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jueves, 18 de junio de 2026

MI CARA, TU CARA

Anita María Riquelme Suazo

 

El viaje fue impostergable. Bastián preparó la maleta y se despidió de su esposa embarazada; estaba en una semana crítica en la que en cualquier día podía dar a luz. La posibilidad de un atraso también era factible, pero por mucho que lo anhelara, aquello implicaría la obligación de inducir el parto. Como alivio, tenía la duración de su viaje: cinco días contando el tiempo de traslado y así finiquitar la alianza comercial que le encomendaron. Bastián no fallaría.

Con este pensamiento y el peso de responder a su familia y a su trabajo, se despidió de su esposa.

—Si tú estás bien, yo lo estaré. Estarás en buenas manos —dijo, lamentando la verdad de la afirmación.

En estos temas, su suegra lo superaba con creces. Al final, Margarita era la hija.

 

En el aeropuerto, su viaje fue reprogramado para cuatro horas más. No deseaba conversar con nadie, tampoco adelantaría trabajo; suficiente hacía con estar ahí por la empresa dada su situación familiar. Una presión en sus sienes empezó a manifestarse, la que fue aumentando progresivamente hasta el embarque. Con esa jaqueca le sería imposible dormir.

Buenas noches, estimados pasajeros. El comandante y todos nosotros les damos las gracias por elegir este vuelo. Por motivos de seguridad, les recordamos que los teléfonos móviles deberán permanecer desconectados desde el cierre de puertas y hasta su apertura en el aeropuerto de destino. Les rogamos guarden todo su equipaje de mano en los compartimentos superiores o debajo del asiento delantero, dejando despejados el pasillo y las salidas de emergencia. Ahora, por favor, abróchense el cinturón de seguridad, mantengan el respaldo de su asiento en posición vertical y su mesita plegada. Les recordamos que no está permitido fumar en el avión. Gracias por su atención y feliz vuelo.

 

El avión despegó. Respiración acelerada. Mantener la calma hasta que pasara el golpe del cambio de presión. Dejar de sostenerse en los brazos del asiento. Acostumbrarse a la altura. Engañar a la ley de Newton. Aunque seguía necesitado de una aspirina. Presionar el botón de asistencia.

—¡Buenas noches! ¿En qué lo puedo ayudar? —Bastián se queda mudo; incrédulo, se refriega los ojos, pero lo que ve no tiene sentido ni lógica: la azafata tiene su rostro. Ella vuelve a preguntar—. ¿Necesita alguna ayuda?

Sí, ¿podría quitarse mi cara?, piensa Bastián emitiendo una risa nerviosa. Desvía la mirada al respaldo; no le gusta cómo lo mira.

—Necesito un vaso de agua, por favor —y agrega—: Tengo un fuerte dolor de cabeza.

La señorita asiente y va en busca de lo solicitado. Cuando se inclina para recibir el vaso, ve que los pasajeros de la fila contraria también portan su fisonomía; salvo la vestimenta, el viaje parece una pesadilla sacada de un mal cuento.

Debo estar soñando, se dice tapándose la cara con las manos. Vuelve a reír nervioso, se carcajea.

—En cualquier momento todos explotan y empezamos a entonar una canción —dice en voz alta, envuelto en sudor. Se siente observado; aunque se piensa en un sueño, prefiere disimular la risa que lo embarga.

El viaje transcurre con normalidad; afortunadamente, el resto de los pasajeros desconoce que el hombre del asiento 013-B mira a todos como copias de él. Bastián, creyendo que soñaba, se sorprende al no sentir un cambio del sueño a la vigilia y ver, mientras sale del avión, el rostro que le corresponde a cada desconocido.

Afuera del aeropuerto busca un taxista que lo lleve.

—Al hotel Tres Montes de la calle San Gregorio, por favor.

—A la orden.

El taxímetro comienza a marcar el recorrido. Bastián contempla por la ventana una seguidilla de edificios y sus escaparates como una extensa muralla de concreto y vidrio.

—El Dolce Taste es la mejor cafetería que encontrará en este sector.

La voz del conductor lo sobresalta. Precisamente pasan fuera de dicho establecimiento «pequeño y sobrio», observa. Estaba por agradecer la recomendación cuando se percata del reflejo en el retrovisor. Las gracias terminan en un susurro involuntario.

—¿Falta mucho? —pregunta con un gallito en la voz.

El chofer se carcajea al tomarlo como un chiquillo.

—A la vuelta de la esquina y ya estamos —responde.

El motor del auto queda suspendido mientras el conductor saca el equipaje del portamaletas. Su rostro es el de un anciano de cara limpia y pelo lacio bajo una boina gris. No es Bastián quien lo atiende, ya no.

Ahora su único deseo es encerrarse en la habitación y dormir. Dormir y olvidarse de todo y no levantarse hasta que tenga que acudir a la reunión agendada. Y, en cierto modo, lo logra. El resto del día se mantendrá aislado del mundo; incluso olvida comunicarse con su mujer.

 

Los días transcurren según lo esperado si ignoramos el trastorno que lo atormenta al tomar cualquier tipo de vehículo. A pesar de ello, Bastián logra concretar la alianza con los nuevos accionistas; hasta se toma una tarde para ir a conocer la cafetería.

El último día se abastece de pastillas de valeriana y pasiflora; también recibe el llamado de su suegra, quien lo recrimina solo con su tono de voz al avisarle que su hija comenzó el trabajo de parto. El retorno es apremiante. Después de ingerir su cóctel de tranquilizantes, toma puesto en el asiento del avión y cierra los ojos. No duerme inmediatamente; tampoco abrirá los ojos.

El avión comienza a descender; escucha el motor detenerse y el barullo que hacen los demás pasajeros para salir a tierra. Bastián espera ser de los últimos; su suegra y su mujer no tienen por qué saberlo; no entenderían su falta de apuro. Cuando el ruido es mínimo, abre los ojos. No hay nada extraño a la vista; la calma del lugar se contrapone a la urgencia de ir a la clínica. Se despide de las azafatas y apresura el paso. En el taxi la calma se mantiene; “al fin”, piensa. Antes de llegar a casa, recuerda sacar el modo avión de su celular. Hay mensajes en el WhatsApp y llamadas no contestadas. Su hijo nació a las 5:35, la hora en que despegó el avión en el aeropuerto de El Salvador.

El dolor de cabeza regresa, pero ahora no necesita de nadie que lo lleve. Una vez que deja su maleta dentro de casa, sube a su auto; en quince minutos estará en la clínica.

—Disculpe, soy el esposo de Margarita Parra; mi hijo acaba de nacer.

—Deme su nombre para avisar a la matrona.

—Bastián León Arias.

La espera es breve. Bastián entra a ver a su mujer y a su hijo en la sala de neonatología.

—¡Muchas felicidades, señor León! Puede pasar a conocer a su hijo. Su esposa lo hizo muy bien, aunque igual necesitará descansar un tiempo más con nosotros antes de partir —lo saluda la matrona con cierto apuro.

—¡Muchas gracias! Le estoy muy agradecido.

La matrona los deja y Bastián se acerca a la cama de su esposa. El bebé descansa en una cuna en el lado contrario de donde se sienta, cerca de su suegra, que musita un hola por respeto a su hija. El cansancio de Margarita es notorio, pero sonríe al verlo; la felicidad brilla en sus ojos.

—Qué bueno que llegaste, amor. Nuestro pequeño Sebastián nació sanito. Es tan hermoso y frágil. Ahora duerme, pero te puedes acercar a verlo. Es igualito a ti.

Bastián se queda mirando a Margarita. Siente que el mundo acaba de darle una cachetada. Las lágrimas brotan de sus ojos. No puede contenerse, ¿cómo explicarse?

Bastián llora y no puede parar.

Anita María Riquelme Suazo (Hualpén, Chile) Es escritora de microrrelatos y cuentos, mediadora de lectura y coordinadora del club latinoamericano MicroCosmos. Finalista en el II Certamen internacional de Microrrelatos "Aldea de Toya" (2024) de la Editorial española Ediciones Rubeo. Sus escritos han sido publicados en diversas antologías, revistas literarias y fanzines, especialmente desde el año 2023 al presente.

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