Anita María Riquelme
Suazo
El viaje fue impostergable. Bastián preparó la maleta
y se despidió de su esposa embarazada; estaba en una semana crítica en la que
en cualquier día podía dar a luz. La posibilidad de un atraso también era
factible, pero por mucho que lo anhelara, aquello implicaría la obligación de
inducir el parto. Como alivio, tenía la duración de su viaje: cinco días
contando el tiempo de traslado y así finiquitar la alianza comercial que le
encomendaron. Bastián no fallaría.
Con este pensamiento y el peso de
responder a su familia y a su trabajo, se despidió de su esposa.
—Si tú estás bien, yo lo estaré.
Estarás en buenas manos —dijo, lamentando la verdad de la afirmación.
En estos temas, su suegra lo superaba
con creces. Al final, Margarita era la hija.
En el aeropuerto, su viaje fue reprogramado para
cuatro horas más. No deseaba conversar con nadie, tampoco adelantaría trabajo;
suficiente hacía con estar ahí por la empresa dada su situación familiar. Una
presión en sus sienes empezó a manifestarse, la que fue aumentando
progresivamente hasta el embarque. Con esa jaqueca le sería imposible dormir.
Buenas
noches, estimados pasajeros. El comandante y todos nosotros les damos las
gracias por elegir este vuelo. Por motivos de seguridad, les recordamos que los
teléfonos móviles deberán permanecer desconectados desde el cierre de puertas y
hasta su apertura en el aeropuerto de destino. Les rogamos guarden todo su
equipaje de mano en los compartimentos superiores o debajo del asiento
delantero, dejando despejados el pasillo y las salidas de emergencia. Ahora,
por favor, abróchense el cinturón de seguridad, mantengan el respaldo de su
asiento en posición vertical y su mesita plegada. Les recordamos que no está
permitido fumar en el avión. Gracias por su atención y feliz vuelo.
El avión despegó. Respiración acelerada. Mantener la
calma hasta que pasara el golpe del cambio de presión. Dejar de sostenerse en
los brazos del asiento. Acostumbrarse a la altura. Engañar a la ley de Newton.
Aunque seguía necesitado de una aspirina. Presionar el botón de asistencia.
—¡Buenas noches! ¿En qué lo puedo
ayudar? —Bastián se queda mudo; incrédulo, se refriega los ojos, pero lo que ve
no tiene sentido ni lógica: la azafata tiene su rostro. Ella vuelve a preguntar—.
¿Necesita alguna ayuda?
Sí, ¿podría quitarse mi cara?, piensa
Bastián emitiendo una risa nerviosa. Desvía la mirada al respaldo; no le gusta
cómo lo mira.
—Necesito un vaso de agua, por favor
—y agrega—: Tengo un fuerte dolor de cabeza.
La señorita asiente y va en busca de
lo solicitado. Cuando se inclina para recibir el vaso, ve que los pasajeros de
la fila contraria también portan su fisonomía; salvo la vestimenta, el viaje
parece una pesadilla sacada de un mal cuento.
Debo estar soñando, se dice tapándose
la cara con las manos. Vuelve a reír nervioso, se carcajea.
—En cualquier momento todos explotan
y empezamos a entonar una canción —dice en voz alta, envuelto en sudor. Se
siente observado; aunque se piensa en un sueño, prefiere disimular la risa que
lo embarga.
El viaje transcurre con normalidad;
afortunadamente, el resto de los pasajeros desconoce que el hombre del asiento
013-B mira a todos como copias de él. Bastián, creyendo que soñaba, se
sorprende al no sentir un cambio del sueño a la vigilia y ver, mientras sale
del avión, el rostro que le corresponde a cada desconocido.
Afuera del aeropuerto busca un
taxista que lo lleve.
—Al hotel Tres Montes de la calle San
Gregorio, por favor.
—A la orden.
El taxímetro comienza a marcar el
recorrido. Bastián contempla por la ventana una seguidilla de edificios y sus
escaparates como una extensa muralla de concreto y vidrio.
—El Dolce Taste es la mejor cafetería que encontrará en este sector.
La voz del conductor lo sobresalta.
Precisamente pasan fuera de dicho establecimiento «pequeño
y sobrio», observa. Estaba por agradecer la
recomendación cuando se percata del reflejo en el retrovisor. Las gracias
terminan en un susurro involuntario.
—¿Falta mucho? —pregunta con un
gallito en la voz.
El chofer se carcajea al tomarlo como
un chiquillo.
—A la vuelta de la esquina y ya
estamos —responde.
El motor del auto queda suspendido
mientras el conductor saca el equipaje del portamaletas. Su rostro es el de un
anciano de cara limpia y pelo lacio bajo una boina gris. No es Bastián quien lo
atiende, ya no.
Ahora su único deseo es encerrarse en
la habitación y dormir. Dormir y olvidarse de todo y no levantarse hasta que
tenga que acudir a la reunión agendada. Y, en cierto modo, lo logra. El resto
del día se mantendrá aislado del mundo; incluso olvida comunicarse con su
mujer.
Los días transcurren según lo esperado si ignoramos el
trastorno que lo atormenta al tomar cualquier tipo de vehículo. A pesar de
ello, Bastián logra concretar la alianza con los nuevos accionistas; hasta se
toma una tarde para ir a conocer la cafetería.
El último día se abastece de
pastillas de valeriana y pasiflora; también recibe el llamado de su suegra,
quien lo recrimina solo con su tono de voz al avisarle que su hija comenzó el
trabajo de parto. El retorno es apremiante. Después de ingerir su cóctel de
tranquilizantes, toma puesto en el asiento del avión y cierra los ojos. No
duerme inmediatamente; tampoco abrirá los ojos.
El avión comienza a descender;
escucha el motor detenerse y el barullo que hacen los demás pasajeros para
salir a tierra. Bastián espera ser de los últimos; su suegra y su mujer no
tienen por qué saberlo; no entenderían su falta de apuro. Cuando el ruido es
mínimo, abre los ojos. No hay nada extraño a la vista; la calma del lugar se
contrapone a la urgencia de ir a la clínica. Se despide de las azafatas y
apresura el paso. En el taxi la calma se mantiene; “al fin”, piensa. Antes de
llegar a casa, recuerda sacar el modo avión de su celular. Hay mensajes en el
WhatsApp y llamadas no contestadas. Su hijo nació a las 5:35, la hora en que
despegó el avión en el aeropuerto de El Salvador.
El dolor de cabeza regresa, pero
ahora no necesita de nadie que lo lleve. Una vez que deja su maleta dentro de
casa, sube a su auto; en quince minutos estará en la clínica.
—Disculpe, soy el esposo de Margarita
Parra; mi hijo acaba de nacer.
—Deme su nombre para avisar a la
matrona.
—Bastián León Arias.
La espera es breve. Bastián entra a
ver a su mujer y a su hijo en la sala de neonatología.
—¡Muchas felicidades, señor León!
Puede pasar a conocer a su hijo. Su esposa lo hizo muy bien, aunque igual
necesitará descansar un tiempo más con nosotros antes de partir —lo saluda la
matrona con cierto apuro.
—¡Muchas gracias! Le estoy muy
agradecido.
La matrona los deja y Bastián se
acerca a la cama de su esposa. El bebé descansa en una cuna en el lado
contrario de donde se sienta, cerca de su suegra, que musita un hola por
respeto a su hija. El cansancio de Margarita es notorio, pero sonríe al verlo;
la felicidad brilla en sus ojos.
—Qué bueno que llegaste, amor.
Nuestro pequeño Sebastián nació sanito. Es tan hermoso y frágil. Ahora duerme,
pero te puedes acercar a verlo. Es igualito a ti.
Bastián se queda mirando a Margarita.
Siente que el mundo acaba de darle una cachetada. Las lágrimas brotan de sus
ojos. No puede contenerse, ¿cómo explicarse?
Bastián llora y no puede parar.
Anita María
Riquelme Suazo (Hualpén, Chile) Es escritora de microrrelatos y cuentos,
mediadora de lectura y coordinadora del club latinoamericano MicroCosmos.
Finalista en el II Certamen internacional de Microrrelatos "Aldea de
Toya" (2024) de la Editorial española Ediciones Rubeo. Sus escritos han
sido publicados en diversas antologías, revistas literarias y fanzines,
especialmente desde el año 2023 al presente.
