Phillip Barcio
Eddie caminó hasta
las afueras del pueblo, donde crecen los brabbles, antes de que los demás
despertaran. Llevaba una taza de café caliente de su casa (de origen único,
comercio directo, orgánico, tostado suave) en una taza que le había robado a
Eddie #2, y un pączki relleno con los sueños de una planta de arándano
silvestre.
Su plan consistía en comerse el pączki
en el campo de brabbles, mojándolo en la bebida humeante que había traído para
que el líquido sensual empapara los sueños de arándano del interior y liberara
su sedoso aroma a arrepentimientos de amantes.
—Da pequeños mordiscos, Eddie —se
recordó a sí mismo, tal como había aprendido en la clase de consumo de pączki—.
Deja que la masa dulce se deshaga entre el paladar y la lengua, con los ojos
cerrados, mientras las moscas brabble despiertan y el aria de su luz matinal te
rodea, llenando tu corazón con la sensación de asombro que has perdido.
¿Adónde había ido a parar aquella
creencia de que podía hacer cualquier cosa que quisiera?
Llevaba sus jeans negros, los que
había conseguido en Crossroads, con los ostentosos desgarrones sobre los
bolsillos traseros y los pesados botones de latón grabados con rostros de
tigres. Se había demostrado que los jeans negros, por razones aún no completamente
comprendidas, resistían las perforaciones de los brabbles.
Los combinó con una camisa
amarilla, el color del decimocuarto chakra, el chakra del codo, depósito de la
alegría y de la fe en la magia, y un color ampliamente documentado como
atractivo para el caprichoso afecto de las moscas brabble.
Por supuesto, iba sin botas.
También sin sombrero. Y sin guantes.
Manos desnudas, cabeza desnuda,
pies desnudos: un hombre de paz.
El trayecto hasta las afueras del
pueblo pareció más largo que la última vez que lo había hecho, y Eddie se
preguntó si no estaría encogiéndose.
La impaciencia pudo más que él y se
comió el pączki por el camino, directamente de la bolsa. No lo mojó en
el café. No lo saboreó. No dejó que se derritiera en su boca. No cerró los
ojos.
Simplemente lo devoró: media hora
de emoción comprimida en treinta segundos.
Entonces tropezó con una chapa de
botella y derramó el café sobre sus pies descalzos.
Soltó una furiosa palabrota.
La palabrota quedó suspendida
frente a él, tomando la forma de una mantarraya azul, y luego se lanzó contra
Eddie, adhiriéndose a su rostro.
Eddie cayó de rodillas,
asfixiándose, sabiendo que no había forma de arrancarse aquella cosa de encima.
Murmuró tres veces el Daggum-vidha
hasta que la palabrota aflojó su presa.
La criatura flotó lejos de su cara
y lo observó con enojo.
—Lo siento —dijo Eddie.
La palabrota se volvió translúcida
y agitó suavemente las alas.
Eddie proyectó pensamientos amables
y suaves susurros de deseos sinceros hacia la criatura hasta que finalmente
esta revoloteó y regresó de donde había venido: el reino de las promesas rotas
y los sueños olvidados.
Eddie recuperó la compostura.
Cerró los ojos y respiró.
Se concentró en su respiración.
Se relajó.
No sintió nada.
Entonces abrió los ojos y vio una
luz amarilla suspendida ante él: una única mosca brabble, una diminuta e
interminable supernova ardiente de calor amoroso, un mundo dentro de otro
mundo.
Eddie le sonrió a la mosca brabble.
La mosca brabble se expandió cien
veces, convirtiéndose en un cosmos resplandeciente y giratorio de fuego, un
agujero blanco.
Arrastró a Eddie hacia la luz.
Se precipitó profundamente dentro
del abismo y allí, entre los secretos del cielo, se encontró cara a cara con
sus deseos más profundos.
Eran tres.
Y le hablaron.
—Somos tus deseos más profundos,
Eddie #1. Somos el fracaso, la aceptación del fracaso y el deseo de ser libre.
Eddie extendió la mano hacia sus
deseos, pero estos se desintegraron.
La mosca brabble era lo único que
permanecía ante él.
—Gracias —dijo Eddie.
La mosca brabble le entregó una
diminuta nota que él no podía leer porque era demasiado pequeña y porque jamás
había aprendido a descifrar los símbolos escritos del mundo brabble; en la
escuela siempre estaba demasiado ocupado comiendo pączki y bebiendo
café.
Pero en el instante en que tocó la
nota, comprendió.
Su significado lo inundó.
Fluyó a través de la caverna de su
aorta, recorrió sus venas y llenó su ser interior con una emoción extraña que
disipaba la fatalidad, rompía las nubes y parecía venir de otro mundo; una
emoción que nunca antes había experimentado, pero que más tarde describió a
Eddie #2, Eddie #3, Alexandre y el Hombre Estatua, para explicarles por qué ya
no deseaba cometer delitos con ellos.
La describió así:
—Un cosquilleo... una vibración
suave, zumbante y extática que recorría mi cuerpo de un extremo al otro y que,
temporalmente, me hizo sentir que el mundo no estaba completamente lleno de
mierda.
Phillip Barcio es un autor
galardonado, periodista, escéptico de las redes sociales, defensor de los
animales y aficionado a los sombreros de pescador. Vive en un pequeño pueblo de
Indiana con su mejor amigo, un terrier que viste una chaqueta vaquera. Sus
escritos se han publicado en Boulevard Magazine, Western Humanities Review,
Michigan Quarterly Review, Swamp Ape Review, Space Squid, Grey Sparrow Journal,
Antipodean SF y muchas otras publicaciones de prestigio. Siempre está
trabajando en algo más pequeño.
