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jueves, 21 de mayo de 2026

EL ÚLTIMO TESTIGO

Arvid Kalnins

 

La ciudad había dejado de tener nombre mucho antes de quedarse vacía. Primero desaparecieron los carteles. Después los mapas dejaron de coincidir con las calles. Finalmente, cuando la gente empezó a abandonar los edificios en silencio, ya nadie necesitó recordar cómo se llamaba aquel lugar. Era suficiente decir “allá”, con un gesto cansado de la mano, y todos entendían.

Narek caminaba por el centro de la avenida principal mientras la niebla azul se espesaba entre las ruinas. Las ventanas abiertas parecían cuencas vacías. Los semáforos seguían cambiando de color para nadie. Cada tanto, una corriente de viento arrastraba hojas húmedas y papeles ennegrecidos que giraban alrededor de sus botas. No tenía frío. Hacía meses que no sentía frío.

La figura arrodillada detrás de él permanecía inmóvil, cubierta por una capa negra que se confundía con la oscuridad. Desde lejos parecía una estatua abandonada entre los escombros, pero Narek sabía que respiraba. O ejecutaba una acción parecida a respirar.

No se volvió para mirarla.

—No deberías seguirme —dijo. La voz salió seca, hueca, como si hubiese atravesado demasiados años antes de llegar al aire.

—Ni siquiera deberías seguir vivo —respondió la figura después de unos segundos.

Narek sonrió; una sonrisa apenas esbozada, hija de un desconsuelo creciente que busca proscribirse. Aquella conversación la habían tenido muchas veces.

Siguió avanzando. El agua acumulada sobre el asfalto reflejaba una luna blanca y deformada. En otro tiempo, la avenida habría estado llena de automóviles, de anuncios luminosos, de personas apuradas mirando pantallas. Ahora solo quedaban fachadas ennegrecidas y el eco de pasos que parecían ajenos.

Recordó. El problema había comenzado con los rostros. No con las muertes, con los rostros. Las muertes vinieron después. Primero ocurrió algo más difícil de explicar: la gente dejó de reconocerse. Un hombre miraba a su esposa y veía a una desconocida. Una madre olvidaba la cara de su hijo mientras lo tenía delante. Los médicos hablaron de una epidemia neurológica. Los sacerdotes hablaron de castigo divino, como siempre que una calamidad se abate sobre los seres humanos. Las redes se llenaron de teorías absurdas. Pero nadie encontró una explicación.

Luego aparecieron los otros. Personas sin expresión. Sin memoria y por lo tanto sin miedo. Caminaban lentamente por las ciudades, observándolo todo con ojos inmóviles. Algunos afirmaban que eran alienígenas e imitaban a los humanos. Otros aseguraban que eran humanos vaciados por algo imposible de nombrar. Narek recordaba el día en que vio al primero.

Había entrado en una estación de subterráneo buscando refugio durante uno de los apagones. El hombre estaba sentado solo en un banco, perfectamente quieto, bajo una luz de emergencia azulada.

—¿Está bien? —le había preguntado. El desconocido levantó la vista. No tenía párpados. No parecía herido. Ni enfermo. Simplemente… incompleto. Entonces dijo una frase que Narek jamás logró olvidar.

—Cuando todos dejen de mirarse, nosotros ocuparemos el lugar vacante.

Después de eso comenzaron las desapariciones. La gente abandonaba sus casas durante la noche y nunca regresaba. Algunos afirmaban haber visto filas enteras de personas caminando hacia los suburbios, como hipnotizadas. Otros aseguraban que las ciudades estaban siendo copiadas lentamente, reemplazadas por imitaciones defectuosas.

Narek sobrevivió porque aprendió a no dormir demasiado. Y porque nunca volvió a confiar en un rostro.

Se detuvo frente a un edificio derrumbado. Sobre una pared inclinada todavía colgaba parte de un viejo anuncio publicitario. Una mujer sonreía artificialmente junto a una frase incompleta: “LA VIDA PUEDE…” El resto había desaparecido bajo las grietas. La figura encapuchada se aproximó lentamente. Narek sintió el olor húmedo de la tela mojada.

—Es una compulsión, un atavismo —dijo.

—Sí.

—Aun cuando sepas que no queda nada.

Narek levantó la vista hacia las ventanas rotas del quinto piso.

—Queda la costumbre. —La figura guardó silencio. Durante un instante, el viento atravesó la avenida con un gemido largo y metálico. En algún lugar distante cayó una estructura. El ruido retumbó como un trueno amortiguado. Empezó a llover, en silencio, pesadamente; era una lluvia espesa que lo invadía todo, pero ese torrente que buscaba su camino no se parecía en absoluto al agua que creía recordar.

—Ella no sobrevivió —dijo la voz bajo la capucha—. Aunque trates de mentirte, no sobrevivió.

Narek cerró los ojos.

Recordó una cocina iluminada. Una taza de café. Una mujer riéndose porque él insistía en leer las noticias en papel cuando todo el mundo usaba implantes visuales. Recordó la curva mínima de una sonrisa. El movimiento de unas manos. Pero el rostro… El rostro ya no podía recordarlo. Eso era lo peor. Los muertos desaparecen dos veces, pensó. Primero cuando dejan de respirar. Después dejan de existir del todo cuando ya nadie puede imaginarlos.

—A veces creo que todavía está acá —murmuró.

—Eso no es memoria. Es hambre.

Narek se volvió lentamente.

Los ojos oscuros bajo la capucha parecían hundidos en una profundidad imposible.

—¿Cuál es tu naturaleza real, tu verdadera esencia?

La figura tardó en responder.

—Soy lo que serás muy pronto.

—No.

—Todavía no; es cierto —se corrigió—. Pero el día llegará. No existe la inmunidad absoluta.

El silencio volvió a extenderse entre ambos. Narek sintió que un cansancio antiguo le recorría el interior de los huesos. Hacía semanas que veía sombras moviéndose detrás de las ventanas. Figuras demasiado quietas observándolo desde las esquinas. Cada noche eran más. Los otros estaban aprendiendo. Aprendiendo a hablar. A copiar gestos. A parecer humanos. Pero cometían pequeños errores. Nunca parpadeaban al mismo tiempo que los demás. No comprendían el humor. Nunca entendían por qué alguien lloraba.

—¿Cuántos quedamos? —preguntó.

La figura levantó lentamente la cabeza hacia la ciudad vacía.

—Muy pocos.

—¿Y ellos?

—Muchos.

Narek respiró hondo. Entonces lo vio. Al final de la avenida, apenas visible entre la niebla azul, había alguien observándolos. Después otro. Y otro más. Figuras inmóviles bajo la luz enferma de la luna. No avanzaban. Se limitaban a esperar.

—Por lo menos aprendieron a esperar juntos —dijo Narek.

La figura encapuchada asintió.

—Se aprende rápido cuando el mundo queda vacío.

Narek observó las siluetas lejanas. Sintió miedo, pero también una extraña resignación. Como si todo aquello hubiese sido inevitable desde el principio. Tal vez las ciudades siempre estuvieron destinadas a pertenecer a criaturas sin memoria. Seres capaces de ocupar edificios, repetir palabras, imitar vidas, pero sin comprender jamás lo que imitaban.

La figura detrás de él habló por última vez.

—¿Te interesa saber por qué te sigo? —Narek no respondió. Hubiera podido decir que no lo sabía, pero prefirió esperar, y la figura encapuchada finalmente completó su sentencia—. Porque sigo al último que recuerda que alguna vez fuimos distintos.

La niebla avanzó lentamente sobre la avenida. Y Narek, que sabía que la batalla estaba perdida, entró una vez más a la casa y reinició la búsqueda en las habitaciones vacías, en busca de algún eco, un vestigio, por ínfimo que fuera.

Arvid Kalnins, nacido en 1987, vive entre Malmö y Riga e investiga sistemas de memoria artificial y escritura algorítmica. No obstante, suponemos que el autor de este cuento se ha escudado tras un seudónimo. Probablemente sea, como alega, nórdico o báltico, aunque el original llegó escrito en un castellano irreprochable.

 

 

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