Arvid Kalnins
La ciudad había
dejado de tener nombre mucho antes de quedarse vacía. Primero desaparecieron
los carteles. Después los mapas dejaron de coincidir con las calles.
Finalmente, cuando la gente empezó a abandonar los edificios en silencio, ya
nadie necesitó recordar cómo se llamaba aquel lugar. Era suficiente decir
“allá”, con un gesto cansado de la mano, y todos entendían.
Narek caminaba por el centro de la
avenida principal mientras la niebla azul se espesaba entre las ruinas. Las
ventanas abiertas parecían cuencas vacías. Los semáforos seguían cambiando de
color para nadie. Cada tanto, una corriente de viento arrastraba hojas húmedas
y papeles ennegrecidos que giraban alrededor de sus botas. No tenía frío. Hacía
meses que no sentía frío.
La figura arrodillada detrás de él
permanecía inmóvil, cubierta por una capa negra que se confundía con la
oscuridad. Desde lejos parecía una estatua abandonada entre los escombros, pero
Narek sabía que respiraba. O ejecutaba una acción parecida a respirar.
No se volvió para mirarla.
—No deberías seguirme —dijo. La voz
salió seca, hueca, como si hubiese atravesado demasiados años antes de llegar
al aire.
—Ni siquiera deberías seguir vivo —respondió
la figura después de unos segundos.
Narek sonrió; una sonrisa apenas
esbozada, hija de un desconsuelo creciente que busca proscribirse. Aquella
conversación la habían tenido muchas veces.
Siguió avanzando. El agua acumulada
sobre el asfalto reflejaba una luna blanca y deformada. En otro tiempo, la
avenida habría estado llena de automóviles, de anuncios luminosos, de personas
apuradas mirando pantallas. Ahora solo quedaban fachadas ennegrecidas y el eco
de pasos que parecían ajenos.
Recordó. El problema había
comenzado con los rostros. No con las muertes, con los rostros. Las muertes
vinieron después. Primero ocurrió algo más difícil de explicar: la gente dejó
de reconocerse. Un hombre miraba a su esposa y veía a una desconocida. Una
madre olvidaba la cara de su hijo mientras lo tenía delante. Los médicos
hablaron de una epidemia neurológica. Los sacerdotes hablaron de castigo
divino, como siempre que una calamidad se abate sobre los seres humanos. Las
redes se llenaron de teorías absurdas. Pero nadie encontró una explicación.
Luego aparecieron los otros. Personas
sin expresión. Sin memoria y por lo tanto sin miedo. Caminaban lentamente por
las ciudades, observándolo todo con ojos inmóviles. Algunos afirmaban que eran
alienígenas e imitaban a los humanos. Otros aseguraban que eran humanos
vaciados por algo imposible de nombrar. Narek recordaba el día en que vio al
primero.
Había entrado en una estación de
subterráneo buscando refugio durante uno de los apagones. El hombre estaba
sentado solo en un banco, perfectamente quieto, bajo una luz de emergencia
azulada.
—¿Está bien? —le había preguntado. El
desconocido levantó la vista. No tenía párpados. No parecía herido. Ni enfermo.
Simplemente… incompleto. Entonces dijo una frase que Narek jamás logró olvidar.
—Cuando todos dejen de mirarse,
nosotros ocuparemos el lugar vacante.
Después de eso comenzaron las
desapariciones. La gente abandonaba sus casas durante la noche y nunca
regresaba. Algunos afirmaban haber visto filas enteras de personas caminando
hacia los suburbios, como hipnotizadas. Otros aseguraban que las ciudades
estaban siendo copiadas lentamente, reemplazadas por imitaciones defectuosas.
Narek sobrevivió porque aprendió a
no dormir demasiado. Y porque nunca volvió a confiar en un rostro.
Se detuvo frente a un edificio
derrumbado. Sobre una pared inclinada todavía colgaba parte de un viejo anuncio
publicitario. Una mujer sonreía artificialmente junto a una frase incompleta: “LA
VIDA PUEDE…” El resto había desaparecido bajo las grietas. La figura
encapuchada se aproximó lentamente. Narek sintió el olor húmedo de la tela
mojada.
—Es una compulsión, un atavismo —dijo.
—Sí.
—Aun cuando sepas que no queda
nada.
Narek levantó la vista hacia las
ventanas rotas del quinto piso.
—Queda la costumbre. —La figura
guardó silencio. Durante un instante, el viento atravesó la avenida con un
gemido largo y metálico. En algún lugar distante cayó una estructura. El ruido
retumbó como un trueno amortiguado. Empezó a llover, en silencio, pesadamente; era
una lluvia espesa que lo invadía todo, pero ese torrente que buscaba su camino
no se parecía en absoluto al agua que creía recordar.
—Ella no sobrevivió —dijo la voz
bajo la capucha—. Aunque trates de mentirte, no sobrevivió.
Narek cerró los ojos.
Recordó una cocina iluminada. Una
taza de café. Una mujer riéndose porque él insistía en leer las noticias en
papel cuando todo el mundo usaba implantes visuales. Recordó la curva mínima de
una sonrisa. El movimiento de unas manos. Pero el rostro… El rostro ya no podía
recordarlo. Eso era lo peor. Los muertos desaparecen dos veces, pensó. Primero
cuando dejan de respirar. Después dejan de existir del todo cuando ya nadie
puede imaginarlos.
—A veces creo que todavía está acá
—murmuró.
—Eso no es memoria. Es hambre.
Narek se volvió lentamente.
Los ojos oscuros bajo la capucha
parecían hundidos en una profundidad imposible.
—¿Cuál es tu naturaleza real, tu
verdadera esencia?
La figura tardó en responder.
—Soy lo que serás muy pronto.
—No.
—Todavía no; es cierto —se corrigió—.
Pero el día llegará. No existe la inmunidad absoluta.
El silencio volvió a extenderse
entre ambos. Narek sintió que un cansancio antiguo le recorría el interior de
los huesos. Hacía semanas que veía sombras moviéndose detrás de las ventanas.
Figuras demasiado quietas observándolo desde las esquinas. Cada noche eran más.
Los otros estaban aprendiendo. Aprendiendo a hablar. A copiar gestos. A parecer
humanos. Pero cometían pequeños errores. Nunca parpadeaban al mismo tiempo que
los demás. No comprendían el humor. Nunca entendían por qué alguien lloraba.
—¿Cuántos quedamos? —preguntó.
La figura levantó lentamente la
cabeza hacia la ciudad vacía.
—Muy pocos.
—¿Y ellos?
—Muchos.
Narek respiró hondo. Entonces lo
vio. Al final de la avenida, apenas visible entre la niebla azul, había alguien
observándolos. Después otro. Y otro más. Figuras inmóviles bajo la luz enferma
de la luna. No avanzaban. Se limitaban a esperar.
—Por lo menos aprendieron a esperar
juntos —dijo Narek.
La figura encapuchada asintió.
—Se aprende rápido cuando el mundo
queda vacío.
Narek observó las siluetas lejanas.
Sintió miedo, pero también una extraña resignación. Como si todo aquello
hubiese sido inevitable desde el principio. Tal vez las ciudades siempre
estuvieron destinadas a pertenecer a criaturas sin memoria. Seres capaces de
ocupar edificios, repetir palabras, imitar vidas, pero sin comprender jamás lo
que imitaban.
La figura detrás de él habló por
última vez.
—¿Te interesa saber por qué te
sigo? —Narek no respondió. Hubiera podido decir que no lo sabía, pero prefirió
esperar, y la figura encapuchada finalmente completó su sentencia—. Porque sigo
al último que recuerda que alguna vez fuimos distintos.
La niebla avanzó lentamente sobre
la avenida. Y Narek, que sabía que la batalla estaba perdida, entró una vez más
a la casa y reinició la búsqueda en las habitaciones vacías, en busca de algún
eco, un vestigio, por ínfimo que fuera.
