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jueves, 7 de mayo de 2026

FALLA

Voicu Dașcău

 

Era considerado un genio de la geología y un experto en catástrofes naturales. En su infancia y adolescencia había leído con avidez todo lo que existía sobre las ciencias de la Tierra, y luego se graduó con summa cum laude en la facultad más prestigiosa de su especialidad y defendió una tesis doctoral sumamente apreciada en el ámbito del pasado (muy) remoto de los organismos vivos del planeta.

Había comenzado su carrera con el estudio de la paleobiología, pero la fascinación por aquellos “estratos de historia” que había descubierto lo llevó a abrazar la ciencia de las transformaciones experimentadas por el planeta a lo largo de los eones, un mundo que había “logrado”, de manera milagrosa, encontrar la zona del sistema solar propicia para la vida. La forma de aparición de la Tierra y, en particular, el hecho de que se produjera a esa distancia del Sol era un misterio inexplicable, y los mitos añadían aún más confusión al cúmulo de hipótesis, cada una más fantasiosa que la anterior.

Tras su tesis doctoral, publicó libros y artículos especializados de gran éxito, y dictó conferencias y cursos en todos los continentes.

La sucesión de los acontecimientos lo había cautivado. Al principio, todo parecía encajar con la versión investigada y conocida desde hacía siglos. Pero, con el tiempo, empezó a darse cuenta de que algo no cuadraba.

Lo primero que lo impactó fue el intervalo de tiempo constante entre dos grandes eventos geológicos. Aunque sonaba increíble, tras examinar todos los hechos y pruebas, extrajo la única conclusión racional: casi en el mismo número de años, con diferencias de apenas unas décimas de porcentaje, la Tierra parecía “atraer” meteoritos y asteroides, engrosando su corteza después de cada impacto de ese tipo. ¿Acaso el planeta quería protegerse de algo? Pero eso implicaba una acción consciente. Apartó rápidamente de su mente ese pensamiento fantasioso. Sin embargo, no podía negar otro aspecto: pese a toda la evolución tecnológica, los humanos no habían podido perforar más allá de cierta profundidad, sin importar el método empleado, encontrando, sin excepción, una capa que les impedía avanzar de cualquier forma. Nadie había podido encontrar una explicación plausible.

El otro detalle lo hizo estremecerse. Las extinciones masivas de especies animales y vegetales eran bien conocidas. Pero a nadie parecía llamarle la atención algo más que evidente: los seres habían desaparecido casi POR COMPLETO. Y no se refería a su número, sino al hecho de que el volumen de fósiles encontrados era más que insignificante en comparación con los ejemplares que habían vivido en las distintas etapas del desarrollo del planeta. Daban la impresión de haberse evaporado. Las consultas con paleontólogos y arqueólogos de renombre confirmaron la Teoría; nadie se había planteado esas preguntas hasta entonces.

 

Con el tiempo, llegó a resultados cada vez más cercanos a lo fantástico, pero respaldados por pruebas claras y sólidas. El más asombroso era que la deriva de los continentes, con la “fragmentación” de Pangea, había conducido al aumento del tamaño del planeta; el Pacífico era, de forma absolutamente increíble, tan grande como en los comienzos de la existencia de la Tierra. Todo esto ocurría a expensas del Atlántico, con su gigantesca falla que se extendía desde Groenlandia hasta los límites de la Antártida. Toda la expansión de la superficie se debía a ella; la actividad sísmica y volcánica a miles de metros de profundidad era –no cabía duda– la clave del gran misterio.

Una idea que había germinado en su mente lo mantenía despierto días y noches enteras. Antes de colapsar física y mentalmente por el agotamiento, encontró una respuesta nada tranquilizadora: toda esa “inquietud” seguía un patrón; el aumento del grosor de la corteza terrestre y la desaparición sin rastro de innumerables especies iban acompañados, con una precisión absolutamente impresionante, de la “agitación” de la falla y el crecimiento de la superficie del Atlántico, con la separación cada vez mayor de Eurasia y África respecto a las dos Américas.

El terremoto de la semana siguiente, que su modelo había predicho con una diferencia de apenas unas horas, fue la última pieza del rompecabezas.

 

Había trabajado toda la noche en la nueva supercomputadora, a partir de una leve sospecha. Partió de una hipótesis asombrosa y, en apariencia, inverosímil.

Todos los cálculos, repetidos una y otra vez, conducían al mismo desenlace teórico: en los próximos diez años, la falla atlántica provocaría el evento que pondría fin a la Tierra tal como la conocían.

Decidió guardarlo todo para sí. Había reflexionado largamente y había intentado evaluar todos los escenarios posibles, pero la conclusión era la misma: ningún ser vivo escaparía, sin importar las medidas adoptadas, y la sociedad, la civilización y la especie humana se derrumbarían en el caos y la anarquía al conocerse la noticia, mucho antes de que ocurriera el evento apocalíptico. Decidió por su cuenta que era mejor que nadie supiera nada, y luego borró cuidadosamente cualquier evidencia de sus evaluaciones.

 

Dos años más tarde se sintieron de pronto las primeras vibraciones. Pero al principio solo fue una falsa alarma. Sin embargo, no se le escaparon los detalles: la frecuencia y la intensidad de los terremotos aumentaban, con resultados acumulativos catastróficos. ¿Era o no el fin?

La respuesta llegó tres meses después. Los sismógrafos se habían “vuelto locos”. El nivel de los océanos y los mares descendió bruscamente; el agua desaparecía por completo a través de las inmensas grietas de la corteza que habían surgido de la nada. La vegetación y la fauna disminuían a ojos vista, sin ninguna explicación lógica. Parecía que, literalmente, “la tierra se los tragaba”, hecho confirmado en poco tiempo por múltiples observaciones independientes de su desplome en esas mismas grietas.

Los terremotos y las erupciones volcánicas, extendidos rápidamente a escala planetaria, no dejaban lugar a dudas: el evento final estaba en pleno desarrollo. La falla atlántica había comenzado a abrirse a lo largo de toda su extensión. La Tierra se estaba partiendo, en el sentido más literal de la palabra.

Cualquier estructura natural o artificial existente dejó de existir. Fragmentos del planeta eran lanzados al espacio, convirtiéndose en los nuevos satélites de lo que alguna vez había sido la Tierra.

Mientras la especie humana vivía sus últimos instantes, la colosal criatura que había eclosionado iniciaba su vuelo de regreso a casa.

Voicu Dașcău nació en Arad, Rumania, ciudad en la que reside. Es médico de atención primaria especializado en obstetricia y ginecología en Arad. Su obra literaria hasta la fecha incluye tres ediciones de Mitul Răpirii sau al lui Obstetrykalion din Sarkynos, en los que transforma la obstetricia —el embarazo y el parto— en una mitología original.

 

ARAÑAS