Voicu Dașcău
Era considerado un
genio de la geología y un experto en catástrofes naturales. En su infancia y
adolescencia había leído con avidez todo lo que existía sobre las ciencias de
la Tierra, y luego se graduó con summa cum laude en la facultad más
prestigiosa de su especialidad y defendió una tesis doctoral sumamente
apreciada en el ámbito del pasado (muy) remoto de los organismos vivos del
planeta.
Había comenzado su carrera con el
estudio de la paleobiología, pero la fascinación por aquellos “estratos de
historia” que había descubierto lo llevó a abrazar la ciencia de las
transformaciones experimentadas por el planeta a lo largo de los eones, un mundo
que había “logrado”, de manera milagrosa, encontrar la zona del sistema solar
propicia para la vida. La forma de aparición de la Tierra y, en particular, el
hecho de que se produjera a esa distancia del Sol era un misterio inexplicable,
y los mitos añadían aún más confusión al cúmulo de hipótesis, cada una más
fantasiosa que la anterior.
Tras su tesis doctoral, publicó
libros y artículos especializados de gran éxito, y dictó conferencias y cursos
en todos los continentes.
La sucesión de los acontecimientos
lo había cautivado. Al principio, todo parecía encajar con la versión
investigada y conocida desde hacía siglos. Pero, con el tiempo, empezó a darse
cuenta de que algo no cuadraba.
Lo primero que lo impactó fue el
intervalo de tiempo constante entre dos grandes eventos geológicos. Aunque
sonaba increíble, tras examinar todos los hechos y pruebas, extrajo la única
conclusión racional: casi en el mismo número de años, con diferencias de apenas
unas décimas de porcentaje, la Tierra parecía “atraer” meteoritos y asteroides,
engrosando su corteza después de cada impacto de ese tipo. ¿Acaso el planeta
quería protegerse de algo? Pero eso implicaba una acción consciente. Apartó
rápidamente de su mente ese pensamiento fantasioso. Sin embargo, no podía negar
otro aspecto: pese a toda la evolución tecnológica, los humanos no habían
podido perforar más allá de cierta profundidad, sin importar el método
empleado, encontrando, sin excepción, una capa que les impedía avanzar de
cualquier forma. Nadie había podido encontrar una explicación plausible.
El otro detalle lo hizo
estremecerse. Las extinciones masivas de especies animales y vegetales eran
bien conocidas. Pero a nadie parecía llamarle la atención algo más que
evidente: los seres habían desaparecido casi POR COMPLETO. Y no se refería a su
número, sino al hecho de que el volumen de fósiles encontrados era más que
insignificante en comparación con los ejemplares que habían vivido en las
distintas etapas del desarrollo del planeta. Daban la impresión de haberse
evaporado. Las consultas con paleontólogos y arqueólogos de renombre
confirmaron la Teoría; nadie se había planteado esas preguntas hasta entonces.
Con el tiempo,
llegó a resultados cada vez más cercanos a lo fantástico, pero respaldados por
pruebas claras y sólidas. El más asombroso era que la deriva de los
continentes, con la “fragmentación” de Pangea, había conducido al aumento del
tamaño del planeta; el Pacífico era, de forma absolutamente increíble, tan
grande como en los comienzos de la existencia de la Tierra. Todo esto ocurría a
expensas del Atlántico, con su gigantesca falla que se extendía desde
Groenlandia hasta los límites de la Antártida. Toda la expansión de la
superficie se debía a ella; la actividad sísmica y volcánica a miles de metros
de profundidad era –no cabía duda– la clave del gran misterio.
Una idea que había germinado en su
mente lo mantenía despierto días y noches enteras. Antes de colapsar física y
mentalmente por el agotamiento, encontró una respuesta nada tranquilizadora:
toda esa “inquietud” seguía un patrón; el aumento del grosor de la corteza
terrestre y la desaparición sin rastro de innumerables especies iban
acompañados, con una precisión absolutamente impresionante, de la “agitación”
de la falla y el crecimiento de la superficie del Atlántico, con la separación
cada vez mayor de Eurasia y África respecto a las dos Américas.
El terremoto de la semana
siguiente, que su modelo había predicho con una diferencia de apenas unas
horas, fue la última pieza del rompecabezas.
Había trabajado
toda la noche en la nueva supercomputadora, a partir de una leve sospecha.
Partió de una hipótesis asombrosa y, en apariencia, inverosímil.
Todos los cálculos, repetidos una y
otra vez, conducían al mismo desenlace teórico: en los próximos diez años, la
falla atlántica provocaría el evento que pondría fin a la Tierra tal como la
conocían.
Decidió guardarlo todo para sí.
Había reflexionado largamente y había intentado evaluar todos los escenarios
posibles, pero la conclusión era la misma: ningún ser vivo escaparía, sin
importar las medidas adoptadas, y la sociedad, la civilización y la especie
humana se derrumbarían en el caos y la anarquía al conocerse la noticia, mucho
antes de que ocurriera el evento apocalíptico. Decidió por su cuenta que era
mejor que nadie supiera nada, y luego borró cuidadosamente cualquier evidencia
de sus evaluaciones.
Dos años más tarde
se sintieron de pronto las primeras vibraciones. Pero al principio solo fue una
falsa alarma. Sin embargo, no se le escaparon los detalles: la frecuencia y la
intensidad de los terremotos aumentaban, con resultados acumulativos catastróficos.
¿Era o no el fin?
La respuesta llegó tres meses
después. Los sismógrafos se habían “vuelto locos”. El nivel de los océanos y
los mares descendió bruscamente; el agua desaparecía por completo a través de
las inmensas grietas de la corteza que habían surgido de la nada. La vegetación
y la fauna disminuían a ojos vista, sin ninguna explicación lógica. Parecía
que, literalmente, “la tierra se los tragaba”, hecho confirmado en poco tiempo
por múltiples observaciones independientes de su desplome en esas mismas
grietas.
Los terremotos y las erupciones
volcánicas, extendidos rápidamente a escala planetaria, no dejaban lugar a
dudas: el evento final estaba en pleno desarrollo. La falla atlántica había
comenzado a abrirse a lo largo de toda su extensión. La Tierra se estaba partiendo,
en el sentido más literal de la palabra.
Cualquier estructura natural o
artificial existente dejó de existir. Fragmentos del planeta eran lanzados al
espacio, convirtiéndose en los nuevos satélites de lo que alguna vez había sido
la Tierra.
Mientras la especie humana vivía
sus últimos instantes, la colosal criatura que había eclosionado iniciaba su
vuelo de regreso a casa.
Voicu Dașcău nació en Arad, Rumania,
ciudad en la que reside. Es médico de atención primaria especializado en
obstetricia y ginecología en Arad. Su obra literaria hasta la fecha incluye tres
ediciones de Mitul Răpirii sau al lui Obstetrykalion din Sarkynos, en los
que transforma la obstetricia —el embarazo y el parto— en una mitología
original.
