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miércoles, 29 de abril de 2026

VICTORAS

Rodica Bretin

 

Vivíamos en el mejor de los mundos; la camarada Dafina lo decía una vez cada dos días, para que no se nos olvidara. Solo teníamos que portarnos bien y hacer la tarea. Así llegaríamos –y aquí se le humedecían los ojos– a ser personas de las que su maestra pudiera sentirse orgullosa.

Cuando se detenía para tomar aliento, sabíamos lo que venía: confidencias sobre sí misma. Habíamos oído tantas que podíamos recitar su biografía con los ojos cerrados. Primero, cómo se había ido de un pueblo de Oltenia, con apenas trece años, en busca de fortuna en una ciudad que resultó ser Brașov. Intentaba imaginar a una niñita descalza, sucia y harapienta, pero siempre veía a la camarada Dafina, con sus eternos trajes grises y zapatos negros, toscos, con el cabello entrecano tieso de tanto fijador… En la ciudad estudió mucho –de lo contrario no habría llegado a enseñar a otros–, luego se casó con un capataz de la fábrica Bandera Roja. ¡Un exitoso cuento de hadas de ayer mismo! Y su hija creció, tuvo su propia familia. Así, la maestra llegaba con su relato a Victoras.

El comienzo había sido dramático. Había nacido demasiado pronto, con apenas siete meses, y los médicos lo habían puesto en una incubadora para seres humanos en lugar de una incubadora para pollitos. Los doctores eran escépticos, pero su abuela no había dudado ni un instante: la historia de Victoras seguiría adelante, porque en el mejor de los mundos todo conduce a un final feliz.

¿De veras? Mis tíos y tías habían tenido más problemas de los que querían recordar; mamá y papá habían superado bastantes obstáculos antes de ver que se allanaba el camino. Cuando miraban atrás, ninguno veía un jardín de rosas, florecidas y sin espinas. Todos habían comprado boletos de la suerte en los que decía “no premiado” o “¡intente otra vez!”. La ciudad había extendido una alfombra roja a los pies de la camarada Dafina, exclusivamente para ella. Tenía una familia en casa, otra en la escuela, un partido al que agradecer. Los acontecimientos y las personas de su vida se habían acomodado como debían, eran como tenían que ser. Y el mayor logro de su vida sin tacha seguía siendo Victoras.

Yo había oído tanto sobre el nietecito legendario que me lo imaginaba a veces como un Einstein en pantalones cortos, a veces como un Robert Redford pequeño y rubio. Lo que entró por la puerta del aula cuando por fin nos lo trajo para que lo viéramos –un día en que sus padres estaban fuera, el jardín de infancia cerrado y no tenía con quién dejarlo– fue un chiquillo feúcho, rapado como si hubiera tenido piojos y con unos anteojos que le cubrían media cara, haciéndolo parecer un sapo. ¡Victoras en carne y hueso! Más hueso que carne, porque era delgado y pequeño; le habría dado tres años, no cuatro. No es un futuro príncipe azul, pensé, pero tal vez sea inteligente; esa es una cualidad que no se nota a primera vista.

Victoras era tranquilo, eso hay que reconocerlo. Se había subido a la silla que le habían traído de la sala de profesores y desde entonces permanecía inmóvil; ni siquiera balanceaba las piernas. Donde lo ponías, ahí se quedaba, como dice de un niño exageradamente quieto. O bien había hecho alguna travesura recientemente y estaba en libertad bajo fianza, o así era por naturaleza: la personificación de la docilidad. Pronto me olvidé de él, escuchando a la maestra que nos aconsejaba sobre esto y aquello.

—Queridos niños, ¡ni siquiera saben lo afortunados que son! —decía en ese momento, abriendo los brazos como para estrecharnos a todos contra su pecho encerrado en el habitual traje de chaqueta a cuadros. —Lo sabíamos, porque se encargaba de repetirlo una y otra vez para que se nos metiera bien en la cabeza. Nuestra generación no había conocido la guerra, ni el hambre, ni la explotación del hombre por el hombre. No teníamos más que hacer que crecer. Cuando decía eso, me venía a la mente la película Doña flor y sus dos maridos, a la que mamá había ido preparada con varios pañuelos. Así éramos nosotros, los escolares: flores en los invernaderos de la patria, regadas con regaderas de palabras, ora por los padres, ora por la escuela—. Van a vivir el tercer milenio, ¿se dan cuenta?

La canción Nosotros en el año 2000, cuando ya no seremos niños aún no se había compuesto, pero la maestra se entusiasmaba y nos pintaba el hermoso mundo nuevo en el que viviríamos todos; bastaba con escuchar a los maestros, y ante todo a ella. Nuestros padres están en el trabajo, no tienen suficiente tiempo para dedicarse a nosotros y, sobre todo, pueden equivocarse. Si teníamos dudas sobre algo, preguntas de cualquier tipo, debíamos correr con ellas a la escuela, para que nos liberaran de ese peso. El discurso de ese día era más animado que de costumbre, porque en el auditorio estaba también el nietecito, que la miraba con los ojos muy abiertos de admiración.

Después de volver a pintarnos, en un cuadro oscuro, lo mal que lo habían pasado nuestros abuelos, la camarada Dafina derivó, casi sin darse cuenta, hacia su tema favorito: la ciudad y sus beneficios.

—La primera vez que vi un bollo lo tomé por una piedra. ¿Les conté eso?

¡Solo diez veces! Pero mis compañeros negaron con la cabeza, y yo también. Estábamos en una obra de teatro en la que cada uno conocía su papel: la maestra, aburrirnos; nosotros, fingir que estábamos fascinados.

Victoras estaba cautivado de verdad. Permanecía sentado en su silla, con las manos en el regazo, y detrás de él la pizarra seguía cubierta con las mismas tres palabras, escritas de tantas maneras como alumnos habían pasado por allí en la hora anterior. Yo también había caligrafiado, con letras inclinadas hacia un lado, diferentes a las demás. “Somos el futuro del país”. La escritura era una de las cosas que nos diferenciaban a partir de entonces, nos había explicado la camarada Dafina. No entendía muy bien cómo funcionaba eso, pero me atraía la idea de ser yo misma en todo, incluso en la forma de las letras: un pequeño orgullo que decidí permitirme. Muchos de mis compañeros hacían florituras en las letras, señal de que no era la única narcisista de la clase. Lo que veía en la pizarra me distraía aún más de lo que oía… o quizá la culpa era de Marius, que no se había apresurado a borrarla, a pesar de que ese día estaba de servicio.

Giré hacia los últimos bancos y dio la casualidad de que lo miré a los ojos. Marius era de los que dan un portazo al salir; no habría tenido lugar para pasar si no me le adelantaba siempre. Igual que yo, estaba pensando en las vacaciones. Puede que no fuera el mejor alumno de la clase, pero con la telepatía se defendía bien. Había adivinado mi pensamiento, el de la pizarra, no los otros. Se puso de pie de un salto y luego recordó levantar la mano para pedir permiso.

—¿Puedo borrar la pizarra, camarada?

La maestra frunció el ceño, molesta por la interrupción, y luego hizo un gesto con los dedos que podía significar cualquier cosa: sí, no, déjalo para más tarde. Marius no quería quedarse ni un minuto más después de clase; eligió lo que le convenía y avanzó entre los pupitres con paso decidido. Rodeó al invitado de la clase, pasó detrás del escritorio y se puso a trabajar.

La camarada había pasado a otro de sus temas predilectos, las maravillas de la ciencia y la técnica; hablaba de los camiones que salían por las puertas de la fábrica Bandera Roja … cuando ocurrió… ¿cómo llamarlo? Catástrofe, desastre sería demasiado; incidente, demasiado poco.

Marius había borrado la pizarra y dio un paso atrás –¿para admirar su obra, para ver si no había dejado alguna marca blanca?–, pero en lugar de un paso dio dos, pisó el borde de la tarima y perdió el equilibrio, golpeándose contra el busto del líder del Partido. O Marius no conocía su propia fuerza, o el pedestal no estaba bien asentado en el suelo; se tambaleó y luego se desplomó como un árbol alcanzado por un rayo. ¡Y se hizo polvo, para horror de la maestra y asombro de todos! No era de bronce, como habíamos creído, sino de yeso.

En el instante siguiente miré a Victoras; ¿qué le pasaba?

Puede que la escultura no fuera de metal, pero tampoco era de goma. Había caído con un estruendo ensordecedor; todos nos habíamos asustado, algunos habían gritado. Y no era de extrañar. Antes de hacerse pedazos, había resonado tan fuerte que por la puerta irrumpieron maestros y alumnos de las clases vecinas, a ver qué había explotado. Todos reaccionaron, comentaron, cada uno a su manera.

En medio de la confusión, solo Victoras permanecía imperturbable. Ni siquiera se había sobresaltado, aunque, siendo el más cercano, el busto del camarada podía haberle caído en el pie o –¡Dios no quiso!– en la cabeza. En una película de guerra había visto cómo el héroe le daba la espalda a una explosión y se alejaba con calma mientras detrás de él se desataba el infierno. ¿Tenía Victoras tanta sangre fría?

Ni hablar. Cuando su abuela se abalanzó sobre él, arrancándolo de la silla, la miró, luego alrededor, con una expresión asustada, como si se hubiera despertado en la jaula de los leones sin tener idea de cómo había llegado allí ni cómo salir. Aquel día no estaba muy despierta, pero al final lo entendí. Victoras era sordo, así había nacido.

Y comprendí algo más, al mirar el rostro de la maestra: ya no estaba llena de satisfacción, sino que era una abuela infeliz que no podía cargar con la desgracia de su nieto. De la incubadora milagrosa había salido un niño al que le habían tocado malas cartas desde el nacimiento. Yo sabía lo que eso significaba; el hermano de mi madre había venido al mundo con una enfermedad entonces desconocida: el autismo. Gheorghe no era como debía ser. “La vida no es fácil –me decía a veces mi abuela–; si encima tienes una dolencia, necesitas dos ángeles de la guarda que te cuiden, en lugar de uno solo.” La abuela de Victoras también lo sabía, porque estaba negra de tristeza. No como las mujeres de África, es una manera de decirlo. La máscara de satisfacción se le había desprendido del rostro, dejando al descubierto una cara envejecida por las preocupaciones. Por fuera la cerca está pintada, y por dentro hay un leopardo: un dicho que encajaba con la vida de la camarada Dafina.

Se obligó a sonreír antes de que alguien notara el cambio. Con su voz de siempre envió a Marius a buscar una escoba y un recogedor, a otros dos chicos a traer el cubo de basura del patio de la escuela, y a nosotros, los demás, a nuestras casas, aunque la campana aún no había sonado.

Estaba empezando a guardar mis libros y cuadernos cuando de pronto supe lo que tenía que hacer. En lugar de la manzana de siempre, jonatán o reineta, mamá me había puesto una naranja, que había guardado para comerla de camino a casa. Cuando pasé junto a Victoras, se la dejé en las manos.

—Tienes una abuela estupenda —dije, procurando que viera el movimiento de mis labios.

No era verdad, pero lo dije con tanta convicción que, por un momento, hasta yo lo creí. De todos modos, el rostro de Victoras se iluminó como una bombilla de cien vatios. Era una mentira, ni la primera ni la última de mi vida –algunas inocentes, otras no–, porque por fuera hay que pintar la cerca, por muchos leopardos, leones o hienas que merodeen por dentro…

Rodica Bretin es narradora, miembro de la Unión de Escritores, P.E.N. Rumania y la Asociación de Creadores de Ficción. Ha escrito volúmenes de cuentos (el más reciente, Tigrii viséza ín culori, publicado en 2024) y novelas, abordando temas como la memoria, el realismo fantástico, la historia novelada y las fronteras del conocimiento. Ha publicado antologías y traducciones, y su obra figura en diccionarios y volúmenes colectivos. Publica narrativa, ensayos y artículos en las revistas literarias más importantes tanto de Rumania (România literară, Viaţa românească, Convorbiri literare, Luceafărul de dimineaţă, Familia, Vatra, Tribuna, Curtea de la Argeş, Matca literară, Ficțiunea, Leviathan, Astralis, Neuma, Libris, Ateneu, Timpul, Euphorion, Hyperion, Literadura) como de otros países. Ha recibido numerosas distinciones, entre ellos el "Premio COLIN", edición de 2017, el "Premio Daniel Drăgan" en 2022 y el de la Rama de Brașov de la Unión de Escritores, por la colección de cuentos Amurgul elkilor, el "Premio de Ficción", 2023, por el cuento "A opta moarte", y el "Premio de la Revista Literaria Libris a la Prosa", en 2024.

 

EL AVATAR OLVIDADO