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miércoles, 1 de julio de 2026

DRAGA

Rodica Bretin

 

¿Quién no habría querido ser amiga de Draga?

Durante los recreos, las niñas se arremolinaban a su alrededor como abejitas en torno a la abeja reina. Los zánganos –es decir, los varones– también rondaban cerca, fingiendo desinterés. A veces lo conseguían, sobre todo los días en que Draga llevaba a la escuela, para que todos las tocaran y las codiciaran, cosas propias de las niñas: muñecas que ponían los ojos en blanco mientras decían «ma-má», frasquitos de perfume del tamaño de un dedal, moños como alas de mariposa, hebillas con brillantina, medallones que escondían una bailarina diminuta como una mariquita, pulseras que cambiaban de color según la luz del día, anillos con piedras que brillaban únicamente en la oscuridad.

¡Y muchas otras maravillas!

Mis compañeras las devoraban con la mirada y luego se las iban pasando de mano en mano hasta que regresaban a la palma de su dueña y, de allí, al pequeño bolso que llevaba colgado del hombro en lugar de una mochila, una infracción que la maestra pasaba por alto, aunque en cualquier otro asunto relacionado con el reglamento escolar tenía vista de halcón.

Éramos veinticinco niños y niñas en primero B de la Escuela General N.º 12 de la calle Crișan: todos hijos del viejo Brașov y todos iguales; para eso llevábamos uniforme, ¿no?

Pero, como suele ocurrir, unos eran más iguales que otros.

Por ejemplo, Draga.

Vestía el clásico uniforme de cuadritos con delantal que llevaban las escolares de la ciudad, pero el suyo estaba confeccionado con una tela suave y brillante como la seda, que no se arrugaba ni necesitaba almidón ni plancha.

En cuanto al calzado, cada día aparecía con un par distinto: zapatos de charol, bailarinas, botines, botas elásticas ajustadas hasta debajo de las rodillas o zapatillas deportivas en lugar de las sencillas de fabricación nacional.

Adriana, su compañera de banco, se la había encontrado una vez en la calle Republicii, un día sin clases, y cada vez que contaba la historia añadía un nuevo detalle que saltaba de aquel recuerdo inolvidable como una trucha fuera del agua.

Draga había bajado de un automóvil –un muchacho habría sabido decir de qué marca era y cuántos caballos de fuerza escondía bajo el capó–, pero Adriana apenas había reparado en el coche, grande y negro. Toda su atención estaba puesta en la colegiala, que llevaba un suéter de cachemira, un pañuelo dorado, gafas de sol y unos pantalones extraordinarios llamados jeans.

Muy pocas personas tenían algo así en todo Brașov.

Pero Draga no era una niña cualquiera.

Su padre trabajaba en Bucarest, en una embajada; por eso pasaba la mayor parte del tiempo fuera de casa.

Mi padre también viajaba por trabajo: a Reghin, a Sighișoara y, una vez, hasta Oradea.

Sin embargo, pronto comprendí que no era de eso de lo que se trataba.

El padre de Draga había sido enviado al otro lado. ¿Adónde? ¿A la Luna? No exactamente. Aunque, para nosotros, simples mortales, era un lugar igual de inaccesible. Eso sí, cualquiera podía imaginarlo, hasta donde le alcanzara la imaginación.

Para mis compañeros, Occidente –no el Salvaje Oeste, ese lo conocíamos bien gracias a las novelas de Karl May– era un ancho bulevar bordeado por escaparates que llegaban hasta el cielo, llenos de todo lo imaginable... y también de lo inimaginable: ropa, zapatos, juguetes tan hermosamente envueltos que deslumbraban con solo mirarlos.

Y para entrar en aquellos palacios de cristal convertidos en tiendas había que llevar los bolsillos repletos de marcos, francos o liras, porque nuestros leus no servían para nada allí.

A Draga la llevaba a la escuela una mujer rubia cuya postura marcial me recordaba a Fräulein Klara, la maestra del jardín de infancia alemán.

¿Era su madre?

Cuando una de las niñas tuvo la desafortunada idea de preguntárselo, desapareció inmediatamente de la lista de las favoritas de Draga.

—Es Inga, la ama de llaves. Mi madre no se levanta antes de las diez —se dignó aclarar.

¿Ama de casa? A mí aquello no me parecía nada extraordinario. Sin embargo, Draga admiraba mucho más a su madre, que no hacía absolutamente nada, que a su padre, que aparecía siempre cargado de regalos, como si en su casa fuera Navidad todos los meses.

Algunos de aquellos obsequios también llegaban a manos de la maestra. Por eso Draga sacaba buenas notas, aunque estudiar no fuera precisamente su pasión.

¿Acaso hacía falta saber mucho más para convertirse en la esposa de alguien? Lo único necesario era tener un origen social impecable, la escalera por la que su padre había ascendido hasta el cargo de secretario de embajada. A mí aquello no me decía gran cosa.

Por entonces había secretarios para todo: desde el de la asociación de vecinos hasta el Primero, el del retrato colgado encima del pizarrón.

Cada mañana Draga aparecía con su uniforme especial, calzada según dictaba la moda de Viena y llevando al hombro aquel bolso que atraía inmediatamente todas las miradas.

En el primer recreo, las niñas la escoltaban como damas de honor alrededor de la reina de Inglaterra. Así salían al patio, donde ella abría su pequeño cofre de sorpresas. ¿Qué habría traído esta vez? Las niñas aplaudían entusiasmadas. Pero ni siquiera los muchachos podían mantenerse alejados cuando aparecían cochecitos que cabían en la palma de la mano, botellitas de Pepsi en miniatura, llaveros musicales, caleidoscopios de bolsillo, figurillas de héroes de historietas... ¡Hasta un coco auténtico!

A mí no me entusiasmaban las muñecas, ni los moños para el cabello, ni los adornos para colgar de la muñeca. Sin embargo, algunos de los objetos que salían de aquella bolsa milagrosa me atraían como un imán. Así ocurrió con un gato de peluche, de ojos de esmalte verde y bigotes de hilo de nailon. Yo también me acerqué a mirarlo, aunque fuera de reojo. Pero Draga lo guardó enseguida, con un gesto que parecía decir: Miren todo lo que quieran, pero no toquen nada.

Desde entonces procuré mantenerme alejada de aquellos montones de hombros y cabezas entre los que, a veces, la hija del diplomático desaparecía por completo. Nosotras dos apenas nos cruzábamos, como dos planetas errantes en el espacio. Hasta que, obedeciendo también a una de las leyes del universo, el azar nos reunió: aquel día nos tocó ser responsables del aula. No había demasiado que hacer: cambiar el agua del florero sobre el escritorio de la maestra, vaciar los cestos de basura al terminar las clases y limpiar el pizarrón en cada recreo. Casualmente era martes. El día de las tres horas malas. Solo que aquel martes hubo cuatro: lengua, aritmética, geometría y música.

En la primera clase, en vez de hacernos leer mucho y escribir poco, la maestra cubrió el pizarrón con letras mayúsculas y minúsculas, además de los signos de puntuación. Al final, como ya no le quedaba espacio para terminar una oración, escribió las últimas palabras en sentido vertical, como una serpiente que agitara el cascabel de la cola. Si no hubiera sonado la campana, de tan entusiasmada habría terminado escribiendo también sobre la pared.

Miré alrededor con resignación. La maestra ya estaba en la sala de profesores. Mis compañeros, jugando en el patio. Solo quedábamos en el aula el pizarrón y yo. Draga había desaparecido. O, mejor dicho, me había dejado sola, ya que en la lista de clase mi apellido iba antes que el suyo. Donde hay reglas, no hay discusión, me dije resignada.

Fui al baño de las niñas con el borrador, lo mojé y lo escurrí, aunque aun así dejé un reguero de gotas por el pasillo, en lugar de migas de pan como en el cuento de Hansel y Gretel. Limpié el pizarrón de izquierda a derecha, luego de arriba abajo y, por último, otra vez en sentido horizontal para que no quedaran marcas. Era un trabajo laborioso, interrumpido por otros dos viajes hasta el lavabo. El resultado parecía el reflejo de la luna sobre la superficie del agua. ¿Un lago cuadrado? En fin... Parecía un trabajo bien hecho y me detuve un instante para admirarlo.

No era la única. Draga también lo contemplaba. Sentada en mi banco. ¿Cuándo había regresado del recreo? Antes de que pudiera comprenderlo, sonó la campana y los compañeros entraron en tropel. No venían tan entusiasmados como cuando habían salido; regresaban arrastrados por la marea del timbre, como el flujo y el reflujo del mar.

La siguiente clase era aritmética. Y otra vez la maestra llenó el pizarrón. Esta vez, de números. De vez en cuando preguntaba a algún alumno el resultado de una resta o una división y escribía la respuesta con tiza azul o roja, según fuera correcta o incorrecta. El pizarrón se había convertido en una bandera tricolor, solo que blanca en lugar de amarilla. Peor que durante la clase de lengua. Pero a mí no me importaba. Ahora le tocaba a Draga. Ella había elegido ser la segunda. Duermes según hagas la cama.

La satisfacción del deber cumplido me abrió el apetito y, apenas sonó la campana del recreo, empecé a rebuscar en mi mochila el paquete que mamá me había preparado. Encontré el sándwich al tacto. Pero, junto a él, había algo redondo y resbaladizo. ¿Un frasco? Era uno como jamás había visto. Tenía una tapa brillante y una etiqueta negra donde, con letras doradas, podía leerse: Smoked Mussels in Oil – Vilsund Blue. ¿Y eso qué significaba? Contemplaba aquel hermoso frasco como un gato mirando un calendario. Habría quedado perfectamente en una vitrina junto a las figurillas de porcelana, y mucho más aún en un estante de la despensa. Los envases que venían de Occidente eran tan hermosos que muchos rumanos no se atrevían siquiera a abrirlos para comer lo que contenían. Los conservaban durante meses. O durante años. La comida terminaba echándose a perder, pero el frasco o la lata ya se habían convertido en objetos de arte, ocupando un lugar entre la pastorcita sin ovejas y el pescador con su caña de pescar.

Todavía seguía admirándolo cuando Claudiu me lo quitó de las manos. Lo sostenía delicadamente entre dos dedos, igual que hacía con la mitad del sándwich que compartíamos durante el recreo largo. Miró las pequeñas monedas que flotaban en un líquido verdoso.

—¿Qué serán?

Me encogí de hombros. Había preguntas mucho más urgentes. ¿Quién lo había puesto allí? ¿Y por qué? La primera tenía una respuesta fácil. Draga. Por eso se había sentado en mi banco. Para dejar el frasco dentro de mi mochila. No éramos amigas. Ni mucho menos. ¿Qué le había dado por hacerme semejante regalo? Y, de pronto, lo comprendí. Me sentí como un teléfono público al que acababan de introducirle una moneda y que, por fin, daba tono. Me había pagado por limpiar el pizarrón en su lugar. ¿Debía ¿Salir al patio y devolverle el regalo delante de todos, acompañando el gesto con unas palabras tan hirientes que jamás pudiera olvidarlas? ¿O dejar simplemente el frasco sobre su pupitre, sin hacer ningún escándalo?

Antes de que pudiera decidirme, Claudiu rompió el sello y desenroscó la tapa. Metió la nariz dentro.

—Huele a barro —dijo haciendo una mueca.

Aquello no le impidió introducir la mano en el líquido y sacar una de aquellas pequeñas monedas de color bronce. Tenía un aspecto viscoso. Pero ni siquiera vaciló. Se la llevó a la boca. Y se la tragó. Como todavía no había resuelto el misterio, sacó otra y esta vez la masticó lentamente. Yo estaba enfadada con él. Espantada por lo que hacía. Y, al mismo tiempo, llena de curiosidad. Era como una torta dividida en tres porciones de sentimientos. Elegí la de la curiosidad.

—¿A qué sabe?

—A pechuga de pollo —respondió sin dudar.

¿Pechuga en escabeche? Aquello no tenía ningún sentido. Ni siquiera tuve tiempo de expresar mis dudas. Claudiu ya me estaba tendiendo el frasco. Y, ¿qué podía hacer? Tomé una de aquellas pequeñas monedas verdosas. Sabía, más o menos, a lo que él había dicho. ¡Y no estaba nada mal! Entre los dos terminamos rápidamente el soborno de Draga. Al final nos chupábamos los dedos. Y nos habríamos comido mucho más.

Claudiu escondió el frasco vacío en mi mitad del pupitre y salió corriendo al patio para aprovechar lo que quedaba del recreo. Pronto volvería a sonar la campana. Los alumnos regresarían a las aulas. La maestra volvería de la sala de profesores con energías renovadas. ¿Y el pizarrón? Seguía blanco, rojo y azul, tal como había quedado después de la clase de aritmética. El frasco estaba vacío. Mi cómplice corría feliz por el patio, sin el menor remordimiento. Draga jugaba a la rayuela, satisfecha de lo bien que parecía funcionar el mundo. ¿Tenía elección? Repetí el ejercicio del borrador y el lavabo. Ida y vuelta. Esta vez más deprisa. Corría por el pasillo con el reloj empujándome desde atrás, tic, tac...

Respiraba como un hámster que hubiera corrido dentro de una rueda, moviendo con empeño las patas sin llegar a ninguna parte. Limpié las últimas huellas de tiza y me senté en mi banco justo cuando la maestra entraba con el libro de asistencia bajo el brazo y los radares de sus ojos registrándolo todo. ¿Estaba todo en orden? Lo estaba. El pizarrón relucía. La clase permanecía en perfecto silencio. Hasta el polvo descendía suavemente por los rayos de sol que se colaban por las ventanas.

Llegó la clase de geometría. La maestra hablaba sin parar mientras la mano no dejaba de moverse –¿cómo podía hacer ambas cosas al mismo tiempo?–, llenando despiadadamente el pizarrón, que apenas tuvo tiempo de permanecer negro y limpio.

Yo copiaba con aplicación en mi cuaderno, mientras toda clase de pensamientos venían a posarse sobre la arena de mi mente, igual que las huellas que la tiza iba dejando sobre el pizarrón. ¿Qué habría pasado si hubiéramos tenido tablillas de madera o de arcilla, como los escribas del antiguo Egipto? Escribir. Borrar. Volver a escribir. Y otra vez borrar... ¡Una pesadilla! Aunque no para Draga. Sus padres le habrían comprado una tablilla que se limpiara sola.

La maestra dibujaba triángulos y cuadrados con diligencia. Yo copiaba mecánicamente, aunque por entonces no sabía qué significaba esa palabra. Mis manos iban por un camino. Mi cabeza, por otro. Como si hubieran discutido y se hubieran separado en un cruce. Sin darme cuenta empecé a pensar en las vacaciones en Mare, el pueblo de mi abuela. Las únicas figuras geométricas que había allí eran los círculos que se formaban sobre el estanque cuando arrojaba una piedra... para desaparecer borrados por el agua misma. Podía pasarme el día entero descansando en el prado hasta que oía los cencerros de los búfalos que regresaban del pastoreo...

Otro sonido, mucho menos bucólico, me hizo sobresaltarme.

Estaba en la escuela. Y me tocaba limpiar el pizarrón. ¡Vamos! Ya era mi turno. Tomé el borrador con decisión. Pero algo –como una mano apoyada sobre mi hombro– me detuvo. Era un pensamiento llegado de repente. No era yo quien debía ponerse a trabajar. Era la hija del secretario de embajada. Estaba tan enfadada –con ella, con Claudiu y, sobre todo, conmigo misma, porque me sentía culpable– que le cerré el paso. Draga, que aún no había emigrado hacia los verdes territorios del recreo, se quedó inmóvil. Pero no alargó la mano hacia el instrumento de trabajo. Al contrario. Se llevó ambas manos a la espalda. No había problema. Le dejé el borrador sobre el pupitre, tal como estaba, chorreando todavía con el agua mezclada con tiza.

—Ahora te toca a ti —le dije, para que no quedara ninguna duda.

Pero sí la había. Draga contempló el borrador como si fuera una papa recién sacada del horno. Después levantó la vista hacia mí. Sus ojos eran castaños. Y estaban llenos de asombro.

—¿No te gustan los mejillones?

¿Eso era lo que habíamos comido? Guardé el descubrimiento para compartirlo más tarde con Claudiu, igual que habíamos compartido las pequeñas monedas del frasco. Los mejillones saben a goma. En casa los comemos todas las noches.

¿Qué respuesta debía elegir?

—Una cosa son los mejillones... y otra el borrador.

—¿Qué borrador?

—¡El del pizarrón, no una esponja de mar!

Intentaba poner las cosas en claro y solo conseguía enredarlas todavía más cuando una comprensión tardía me atravesó como un relámpago. Draga no entendía cuál era el problema. En su casa, su madre le pagaba al ama de llaves. Su padre le pagaba al chófer. ¿Acaso no funcionaba así el mundo? Y, por mi parte, era como si la estuviera viendo por primera vez. Sin su ropa de marca, sus zapatos elegantes y aquel peinado tan especial, no habría llamado la atención de nadie. Era una niña corriente, de cabello castaño, cortado al estilo de Mireille Mathieu. Solo que, en vez de mirarse en un espejo, Draga se contemplaba en los ojos de sus amigas, llenos de admiración y de interés. Lo que ahora veía en los míos no se parecía ni a una cosa ni a la otra.

Parpadeó, desconcertada.

Luego tomó el borrador como si estuviera agarrando un sapo y me miró con una desesperación tan sincera que estuve a punto de echarme a reír.

—¿Al lavabo? —susurró, derrotada.

Asentí con la cabeza y me di media vuelta.

Cuando quise darme cuenta ya estaba fuera del aula, en el pasillo y, finalmente, en el patio, donde Adriana, Nadia e Ilona revoloteaban como unos gorriones cuyos padres hubieran olvidado alimentar. Charlaban inquietas, girando la cabeza en todas direcciones, esperando ver aparecer a Draga para prenderse de ella como si llevara una larga cola de vestido. Roxana, la cuarta integrante del grupo de admiradoras más fervientes, no estaba por ninguna parte. ¿Dónde se habría metido?

Era difícil no verla.

Era la más alta de la clase, incluso más que casi todos los niños, excepto Octav, que crecía como la maleza después de la lluvia, según había dicho la enfermera que había ido a pesarnos y medirnos, como si estuviera preparando mercancía para exhibirla en un escaparate. Yo no corría el peligro de golpearme con el marco de la puerta, porque era bajita. Pero grande en mis acciones, habría dicho Napoleón. Como el emperador francés, entré con paso firme y la cabeza erguida, aunque con cierta inquietud. ¿Y si Draga había hecho una huelga japonesa?

Pero todo estaba exactamente como debía. El pizarrón limpio. La caja llena de tizas blancas y de colores. Los cestos de basura vacíos. ¡La hija del secretario de embajada había aprendido la lección! Al final las cosas terminan encontrando su cauce natural. Solo hace falta empujarlas un poco. No todos los atajos sirven. No todos los obstáculos pueden rodearse. Aquella niña mimada de la clase lo había aprendido por fin. Podría ser más igual que los demás. Pero no cuando las dos estábamos de servicio.

No dejaba de maravillarme de lo bien que, al final, había logrado poner cada cosa en su sitio. Qué orgullo sentía de mí misma. Hasta que mi mirada resbaló hacia la pared. Hacia el retrato del Camarada. Y luego...

¡El pizarrón estaba completamente limpio!

Hasta el borde superior, donde ni siquiera la maestra alcanzaba para escribir, porque no era una señora Gulliver en el país de los escolares.

En el último banco, Roxana se secaba las manos, todavía mojadas, con un pañuelo.

Y Draga sonreía. Una sonrisa serena. De íntima satisfacción. Todo estaba bien en el mundo. ¿No era así?

Comenzaba la clase de música.

Rodica Bretin es narradora, miembro de la Unión de Escritores, P.E.N. Rumania y la Asociación de Creadores de Ficción. Ha escrito volúmenes de cuentos (el más reciente, Tigrii viséza ín culori, publicado en 2024) y novelas, abordando temas como la memoria, el realismo fantástico, la historia novelada y las fronteras del conocimiento. Ha publicado antologías y traducciones, y su obra figura en diccionarios y volúmenes colectivos. Publica narrativa, ensayos y artículos en las revistas literarias más importantes tanto de Rumania (România literară, Viaţa românească, Convorbiri literare, Luceafărul de dimineaţă, Familia, Vatra, Tribuna, Curtea de la Argeş, Matca literară, Ficțiunea, Leviathan, Astralis, Neuma, Libris, Ateneu, Timpul, Euphorion, Hyperion, Literadura) como de otros países. Ha recibido numerosas distinciones, entre ellos el "Premio COLIN", edición de 2017, el "Premio Daniel Drăgan" en 2022 y el de la Rama de Brașov de la Unión de Escritores, por la colección de cuentos Amurgul elkilor, el "Premio de Ficción", 2023, por el cuento "A opta moarte", y el "Premio de la Revista Literaria Libris a la Prosa", en 2024.

lunes, 18 de mayo de 2026

HANNA, EL ÁNGEL

Rodica Bretin

 

Alix me miró, luego al cielo despejado, salpicado de estrellas. Era de noche y, desde las murallas almenadas, la isla parecía un barco navegando mar adentro.

—Muéstramelo.

Extendí las manos hacia ella, con los dedos separados, como si empujara una barrera invisible, que se volvió más delgada y desapareció por completo cuando Alix apoyó sus palmas contra las mías.

De pronto, tuve la sensación aguda de alguien que despierta de un coma profundo. Imágenes, sonidos y olores explotaron a mi alrededor, como si estuviera en medio de un deslumbrante espectáculo de fuegos artificiales. Podía oír la luz de las estrellas y cada una sonaba diferente, como los instrumentos de una orquesta interpretando la sinfonía del cielo. Distinguía la vibración de un púlsar, el estruendo en cascada de un agujero negro, seguido por la obertura in crescendo de la explosión de una supernova. Podía ver a través del mar hasta las profundidades recorridas por tiburones, ballenas, delfines y pulpos y, más abajo aún, en el abismo acuático donde extrañas siluetas se deslizaban entre los corales, criaturas antediluvianas arrastraban la cola por la arena en la que cohortes de cangrejos marchaban en formación, preparándose para el Día D en que invadirían las playas del mundo. Percibía el olor de los cigarrillos de marihuana que fumaban dos pescadores en algún bote a kilómetros de distancia, el aroma de la resina de pino en un bosque al noroeste, el hedor de neumáticos quemados de un camión donde un muchacho y una muchacha hacían el amor, ella por primera vez, él…

¿Y Alix? ¿Desde cuándo se había vuelto translúcida, como una estatua de cristal? Podía ver sus huesos y músculos, arterias y venas donde la sangre latía en armonía con los ritmos eternos de la naturaleza. Escuché el latido… ¿de dos corazones?

Alix apartó las manos y mi universo volvió a ser como antes, una copia pálida y desvaída, una representación en blanco y negro de lo que Alix vivía, momento a momento. Alix, que… no era del todo humana. Algunos la llamarían diosa mortal, ¡pero no sabían nada! Desde afuera parecía siempre satisfecha consigo misma y con quienes la rodeaban, irradiando equilibrio y serena aceptación, un oasis de calma en un desierto de locura.

Alix oyó mi pensamiento.

—No exactamente —me contradijo sin levantar la voz—. Hubo un tiempo en que yo era igual que tú.

—¿Quieres decir siempre enfadada por cualquier cosa o por cualquiera?

Sonrió, pero sus ojos siguieron fijos en un pasado sombrío.

—Es difícil no saber quién eres, pero es aún más difícil no saber qué eres. Hasta los nueve años pensé que era normal. Nunca conocí a mis padres, pero eso no tenía nada de extraordinario; en aquellos días muchos niños de Estocolmo, Copenhague y Oslo terminaban como yo, abandonados, mendigando en las calles, dependiendo de la misericordia de los extraños. ¿Recuerdas a la niña de las cerillas, que murió congelada en la nieve mientras los ricos y sus familias celebraban la Navidad? ¿Un cuento que conmovió y despertó la sensibilidad de generaciones de lectores o un hecho real registrado por Hans Christian Andersen con dramático realismo? Yo tuve más suerte que la mayoría. Terminé en un orfanato parroquial. Tenía un techo sobre mi cabeza, una cama con un colchón relleno de paja, una manta viscosa y un lugar en la mesa común, donde el manjar cotidiano era un guiso de nabos. Todo estaba racionado. Cuando la ropa nos quedaba pequeña, nos daban otra igual de remendada y gastada. En cuanto a los zapatos, no teníamos. Debíamos estar agradecidas por las sobras, los harapos, un trozo de pan mohoso y una manzana carcomida por gusanos, porque no nos echaban afuera, a la ventisca. Éramos una carga sobre los hombros del personal del orfanato, de la cocinera que todos los días debía enfrentarse a una difícil decisión: ¿papas hervidas o al horno? Sufríamos hambre, frío, estábamos sucias y harapientas, pero podía ser peor… y oíamos aquello hasta que las otras huérfanas y yo empezamos a creerlo.

—Pero no Hanna.

—Hanna era mi amiga, la muchacha de cabello dorado y ojos de un azul tan pálido que parecían dos ópalos. Hanna hablaba poco y solo conmigo, pero no porque fuera tímida, silenciosa o retraída. Hanna creía que era un ángel. Sus padres celestiales se habían visto obligados a dejarla atrás, pero no la habían abandonado. Mañana, o dentro de un año, regresarían para llevársela con ellos. A veces podía oírlos llamándola por su nombre, diciéndole que no perdiera la paciencia ni la esperanza. Se habían marchado por un tiempo, pero…

—¿Adónde fueron? —le pregunté un día.

—La noche siguiente nos escabullimos por la ventana del ático del dormitorio y nos quedamos juntas contemplando el cielo estrellado desde el tejado. “¡Allí!”, dijo ella. Me mostró un destello igual a miles y miles de otros. Pero para Hanna aquella estrella era un faro, iluminando el camino de regreso a casa. Y desde entonces salíamos al tejado cada noche en que el cielo estaba despejado. Una vez me susurró otro secreto al oído. “Me han brotado alas invisibles. Si las abro, podría elevarme por encima de las casas, de los árboles.” ¿Y yo? le pregunté. “No te dejaré, Alix”, me respondió. Cuando mis padres vengan por mí, nos iremos juntas. Cuarenta niñas vivíamos en el dormitorio del ático. Una de ellas, nunca supe cuál, le informó a la supervisora sobre nuestras escapadas nocturnas. En el orfanato todo era escaso y estaba racionado: la comida, el calor, la cera de las velas… todo excepto los castigos. Durante casi dos días nos obligaron a permanecer arrodilladas sobre cáscaras trituradas de nuez. Luego nos dieron cepillos, jabón y cubos de agua para limpiar la sangre de las tablas del suelo. Pero el verdadero castigo aún estaba por llegar. La directora había llamado a un herrero para colocar barrotes de hierro en las ventanas del ático. Y la noche anterior a que el dormitorio se convirtiera en una prisión, Hanna se acercó a mi cama y puso un dedo sobre mis labios. No pronunció una sola palabra, pero comprendí su pensamiento. Aquellos eran nuestros últimos momentos de libertad. ¿Por qué desperdiciarlos? En el cielo, la negrura que cubría las estrellas comenzaba a disiparse. Antes había llovido y el tejado estaba mojado y resbaladizo. ¿Pero qué importaba? Hanna tenía alas, las estrellas parpadeaban entre las nubes desgarradas, pronto el firmamento estaría despejado y sería todo nuestro. Cuando las tejas resbalaron bajo mis pies, Hanna me sujetó de los brazos tratando de detenerme, pero no funcionó. Ambas nos precipitamos por encima del desagüe y caímos catorce metros hasta el patio pavimentado con granito. Desperté en la enfermería del orfanato. El médico me dijo que Hanna había quedado destrozada y había muerto al instante. Era una mentira cruel y me negué a creerla. ¡Hanna había volado! Había abierto las alas y flotaba en algún lugar sobre la ciudad. Pero ¿por qué me había dejado allí? Tal vez me dejó atrás porque todos mis huesos estaban rotos. Nadie en el orfanato creía que sobreviviría hasta la mañana, y esperaron y esperaron. Al amanecer aún no había dado mi último aliento y por la tarde pedí un vaso de agua.

—¿Había ocurrido un milagro?

—El médico me miró horrorizado y asustado, como si yo fuera un ternero de tres cabezas… ¿y qué? Hanna había escapado; volvería para llevarme lejos de él, de todos ellos. Aquella noche la fiebre descendió, pude mantenerme en pie y me levanté de la cama. El baño estaba al otro extremo del corredor y casi había llegado cuando percibí un olor extraño, como flores marchitas. Abrí una puerta, luego otra. En la tercera habitación encontré a Hanna, cubierta con una sábana manchada de óxido. Pero era sangre. La arranqué y contemplé el cuerpo destrozado y el rostro desfigurado de mi amiga. Había sido una niña que soñaba ser una criatura alada; ahora no era más que un cadáver anónimo que el orfanato estaba a punto de vender a la Clínica Real como material de estudio para estudiantes de medicina. Y en cuanto a mí, ¿era un ángel, un demonio, una abominación? Me trasladaron del dormitorio común a un armario en el sótano, pasándome la comida por una rendija de la puerta, como si tuviera lepra, peste o alguna otra enfermedad contagiosa. La directora había llamado a un exorcista y el médico informó a sus colegas anatomistas que prepararan la mesa y los instrumentos de disección, aunque no antes de realizar algunos experimentos científicos. ¿Era resistente al agua helada, al fuego o al ácido sulfúrico? ¿Podrían conservarme en formaldehído? Me llamaban la niña de huesos de goma, que había caído de un tejado y se había levantado sin un rasguño. Así nacen las leyendas urbanas. ¿Era afortunada o hija del diablo? Nunca llegaron a averiguarlo. El tercer día después del accidente que me trajo aquella fama indeseada, escapé del orfanato, dejando atrás la ciudad y luego Suecia. No permanecí más de un par de días en un mismo lugar, todavía huyendo aunque nadie me persiguiera, sin más equipaje que mis recuerdos. Hasta conocerte, Hanna había sido mi única amiga.

—Una muchacha que pensaba que era un ángel y otra que se imaginaba humana —dije—. Ambas estaban equivocadas y tenían razón al mismo tiempo. Pero al final, después de tantos caminos recorridos, ¿descubriste quién eres, qué eres?

Alix inclinó la cabeza hacia un lado y me observó bajo las pestañas.

—Al final… ¿es realmente tan importante?


Rodica Bretin es narradora, miembro de la Unión de Escritores, P.E.N. Rumania y la Asociación de Creadores de Ficción. Ha escrito volúmenes de cuentos (el más reciente, Tigrii viséza ín culori, publicado en 2024) y novelas, abordando temas como la memoria, el realismo fantástico, la historia novelada y las fronteras del conocimiento. Ha publicado antologías y traducciones, y su obra figura en diccionarios y volúmenes colectivos. Publica narrativa, ensayos y artículos en las revistas literarias más importantes tanto de Rumania (România literară, Viaţa românească, Convorbiri literare, Luceafărul de dimineaţă, Familia, Vatra, Tribuna, Curtea de la Argeş, Matca literară, Ficțiunea, Leviathan, Astralis, Neuma, Libris, Ateneu, Timpul, Euphorion, Hyperion, Literadura) como de otros países. Ha recibido numerosas distinciones, entre ellos el "Premio COLIN", edición de 2017, el "Premio Daniel Drăgan" en 2022 y el de la Rama de Brașov de la Unión de Escritores, por la colección de cuentos Amurgul elkilor, el "Premio de Ficción", 2023, por el cuento "A opta moarte", y el "Premio de la Revista Literaria Libris a la Prosa", en 2024.

miércoles, 29 de abril de 2026

VICTORAS

Rodica Bretin

 

Vivíamos en el mejor de los mundos; la camarada Dafina lo decía una vez cada dos días, para que no se nos olvidara. Solo teníamos que portarnos bien y hacer la tarea. Así llegaríamos –y aquí se le humedecían los ojos– a ser personas de las que su maestra pudiera sentirse orgullosa.

Cuando se detenía para tomar aliento, sabíamos lo que venía: confidencias sobre sí misma. Habíamos oído tantas que podíamos recitar su biografía con los ojos cerrados. Primero, cómo se había ido de un pueblo de Oltenia, con apenas trece años, en busca de fortuna en una ciudad que resultó ser Brașov. Intentaba imaginar a una niñita descalza, sucia y harapienta, pero siempre veía a la camarada Dafina, con sus eternos trajes grises y zapatos negros, toscos, con el cabello entrecano tieso de tanto fijador… En la ciudad estudió mucho –de lo contrario no habría llegado a enseñar a otros–, luego se casó con un capataz de la fábrica Bandera Roja. ¡Un exitoso cuento de hadas de ayer mismo! Y su hija creció, tuvo su propia familia. Así, la maestra llegaba con su relato a Victoras.

El comienzo había sido dramático. Había nacido demasiado pronto, con apenas siete meses, y los médicos lo habían puesto en una incubadora para seres humanos en lugar de una incubadora para pollitos. Los doctores eran escépticos, pero su abuela no había dudado ni un instante: la historia de Victoras seguiría adelante, porque en el mejor de los mundos todo conduce a un final feliz.

¿De veras? Mis tíos y tías habían tenido más problemas de los que querían recordar; mamá y papá habían superado bastantes obstáculos antes de ver que se allanaba el camino. Cuando miraban atrás, ninguno veía un jardín de rosas, florecidas y sin espinas. Todos habían comprado boletos de la suerte en los que decía “no premiado” o “¡intente otra vez!”. La ciudad había extendido una alfombra roja a los pies de la camarada Dafina, exclusivamente para ella. Tenía una familia en casa, otra en la escuela, un partido al que agradecer. Los acontecimientos y las personas de su vida se habían acomodado como debían, eran como tenían que ser. Y el mayor logro de su vida sin tacha seguía siendo Victoras.

Yo había oído tanto sobre el nietecito legendario que me lo imaginaba a veces como un Einstein en pantalones cortos, a veces como un Robert Redford pequeño y rubio. Lo que entró por la puerta del aula cuando por fin nos lo trajo para que lo viéramos –un día en que sus padres estaban fuera, el jardín de infancia cerrado y no tenía con quién dejarlo– fue un chiquillo feúcho, rapado como si hubiera tenido piojos y con unos anteojos que le cubrían media cara, haciéndolo parecer un sapo. ¡Victoras en carne y hueso! Más hueso que carne, porque era delgado y pequeño; le habría dado tres años, no cuatro. No es un futuro príncipe azul, pensé, pero tal vez sea inteligente; esa es una cualidad que no se nota a primera vista.

Victoras era tranquilo, eso hay que reconocerlo. Se había subido a la silla que le habían traído de la sala de profesores y desde entonces permanecía inmóvil; ni siquiera balanceaba las piernas. Donde lo ponías, ahí se quedaba, como dice de un niño exageradamente quieto. O bien había hecho alguna travesura recientemente y estaba en libertad bajo fianza, o así era por naturaleza: la personificación de la docilidad. Pronto me olvidé de él, escuchando a la maestra que nos aconsejaba sobre esto y aquello.

—Queridos niños, ¡ni siquiera saben lo afortunados que son! —decía en ese momento, abriendo los brazos como para estrecharnos a todos contra su pecho encerrado en el habitual traje de chaqueta a cuadros. —Lo sabíamos, porque se encargaba de repetirlo una y otra vez para que se nos metiera bien en la cabeza. Nuestra generación no había conocido la guerra, ni el hambre, ni la explotación del hombre por el hombre. No teníamos más que hacer que crecer. Cuando decía eso, me venía a la mente la película Doña flor y sus dos maridos, a la que mamá había ido preparada con varios pañuelos. Así éramos nosotros, los escolares: flores en los invernaderos de la patria, regadas con regaderas de palabras, ora por los padres, ora por la escuela—. Van a vivir el tercer milenio, ¿se dan cuenta?

La canción Nosotros en el año 2000, cuando ya no seremos niños aún no se había compuesto, pero la maestra se entusiasmaba y nos pintaba el hermoso mundo nuevo en el que viviríamos todos; bastaba con escuchar a los maestros, y ante todo a ella. Nuestros padres están en el trabajo, no tienen suficiente tiempo para dedicarse a nosotros y, sobre todo, pueden equivocarse. Si teníamos dudas sobre algo, preguntas de cualquier tipo, debíamos correr con ellas a la escuela, para que nos liberaran de ese peso. El discurso de ese día era más animado que de costumbre, porque en el auditorio estaba también el nietecito, que la miraba con los ojos muy abiertos de admiración.

Después de volver a pintarnos, en un cuadro oscuro, lo mal que lo habían pasado nuestros abuelos, la camarada Dafina derivó, casi sin darse cuenta, hacia su tema favorito: la ciudad y sus beneficios.

—La primera vez que vi un bollo lo tomé por una piedra. ¿Les conté eso?

¡Solo diez veces! Pero mis compañeros negaron con la cabeza, y yo también. Estábamos en una obra de teatro en la que cada uno conocía su papel: la maestra, aburrirnos; nosotros, fingir que estábamos fascinados.

Victoras estaba cautivado de verdad. Permanecía sentado en su silla, con las manos en el regazo, y detrás de él la pizarra seguía cubierta con las mismas tres palabras, escritas de tantas maneras como alumnos habían pasado por allí en la hora anterior. Yo también había caligrafiado, con letras inclinadas hacia un lado, diferentes a las demás. “Somos el futuro del país”. La escritura era una de las cosas que nos diferenciaban a partir de entonces, nos había explicado la camarada Dafina. No entendía muy bien cómo funcionaba eso, pero me atraía la idea de ser yo misma en todo, incluso en la forma de las letras: un pequeño orgullo que decidí permitirme. Muchos de mis compañeros hacían florituras en las letras, señal de que no era la única narcisista de la clase. Lo que veía en la pizarra me distraía aún más de lo que oía… o quizá la culpa era de Marius, que no se había apresurado a borrarla, a pesar de que ese día estaba de servicio.

Giré hacia los últimos bancos y dio la casualidad de que lo miré a los ojos. Marius era de los que dan un portazo al salir; no habría tenido lugar para pasar si no me le adelantaba siempre. Igual que yo, estaba pensando en las vacaciones. Puede que no fuera el mejor alumno de la clase, pero con la telepatía se defendía bien. Había adivinado mi pensamiento, el de la pizarra, no los otros. Se puso de pie de un salto y luego recordó levantar la mano para pedir permiso.

—¿Puedo borrar la pizarra, camarada?

La maestra frunció el ceño, molesta por la interrupción, y luego hizo un gesto con los dedos que podía significar cualquier cosa: sí, no, déjalo para más tarde. Marius no quería quedarse ni un minuto más después de clase; eligió lo que le convenía y avanzó entre los pupitres con paso decidido. Rodeó al invitado de la clase, pasó detrás del escritorio y se puso a trabajar.

La camarada había pasado a otro de sus temas predilectos, las maravillas de la ciencia y la técnica; hablaba de los camiones que salían por las puertas de la fábrica Bandera Roja … cuando ocurrió… ¿cómo llamarlo? Catástrofe, desastre sería demasiado; incidente, demasiado poco.

Marius había borrado la pizarra y dio un paso atrás –¿para admirar su obra, para ver si no había dejado alguna marca blanca?–, pero en lugar de un paso dio dos, pisó el borde de la tarima y perdió el equilibrio, golpeándose contra el busto del líder del Partido. O Marius no conocía su propia fuerza, o el pedestal no estaba bien asentado en el suelo; se tambaleó y luego se desplomó como un árbol alcanzado por un rayo. ¡Y se hizo polvo, para horror de la maestra y asombro de todos! No era de bronce, como habíamos creído, sino de yeso.

En el instante siguiente miré a Victoras; ¿qué le pasaba?

Puede que la escultura no fuera de metal, pero tampoco era de goma. Había caído con un estruendo ensordecedor; todos nos habíamos asustado, algunos habían gritado. Y no era de extrañar. Antes de hacerse pedazos, había resonado tan fuerte que por la puerta irrumpieron maestros y alumnos de las clases vecinas, a ver qué había explotado. Todos reaccionaron, comentaron, cada uno a su manera.

En medio de la confusión, solo Victoras permanecía imperturbable. Ni siquiera se había sobresaltado, aunque, siendo el más cercano, el busto del camarada podía haberle caído en el pie o –¡Dios no quiso!– en la cabeza. En una película de guerra había visto cómo el héroe le daba la espalda a una explosión y se alejaba con calma mientras detrás de él se desataba el infierno. ¿Tenía Victoras tanta sangre fría?

Ni hablar. Cuando su abuela se abalanzó sobre él, arrancándolo de la silla, la miró, luego alrededor, con una expresión asustada, como si se hubiera despertado en la jaula de los leones sin tener idea de cómo había llegado allí ni cómo salir. Aquel día no estaba muy despierta, pero al final lo entendí. Victoras era sordo, así había nacido.

Y comprendí algo más, al mirar el rostro de la maestra: ya no estaba llena de satisfacción, sino que era una abuela infeliz que no podía cargar con la desgracia de su nieto. De la incubadora milagrosa había salido un niño al que le habían tocado malas cartas desde el nacimiento. Yo sabía lo que eso significaba; el hermano de mi madre había venido al mundo con una enfermedad entonces desconocida: el autismo. Gheorghe no era como debía ser. “La vida no es fácil –me decía a veces mi abuela–; si encima tienes una dolencia, necesitas dos ángeles de la guarda que te cuiden, en lugar de uno solo.” La abuela de Victoras también lo sabía, porque estaba negra de tristeza. No como las mujeres de África, es una manera de decirlo. La máscara de satisfacción se le había desprendido del rostro, dejando al descubierto una cara envejecida por las preocupaciones. Por fuera la cerca está pintada, y por dentro hay un leopardo: un dicho que encajaba con la vida de la camarada Dafina.

Se obligó a sonreír antes de que alguien notara el cambio. Con su voz de siempre envió a Marius a buscar una escoba y un recogedor, a otros dos chicos a traer el cubo de basura del patio de la escuela, y a nosotros, los demás, a nuestras casas, aunque la campana aún no había sonado.

Estaba empezando a guardar mis libros y cuadernos cuando de pronto supe lo que tenía que hacer. En lugar de la manzana de siempre, jonatán o reineta, mamá me había puesto una naranja, que había guardado para comerla de camino a casa. Cuando pasé junto a Victoras, se la dejé en las manos.

—Tienes una abuela estupenda —dije, procurando que viera el movimiento de mis labios.

No era verdad, pero lo dije con tanta convicción que, por un momento, hasta yo lo creí. De todos modos, el rostro de Victoras se iluminó como una bombilla de cien vatios. Era una mentira, ni la primera ni la última de mi vida –algunas inocentes, otras no–, porque por fuera hay que pintar la cerca, por muchos leopardos, leones o hienas que merodeen por dentro…

Rodica Bretin es narradora, miembro de la Unión de Escritores, P.E.N. Rumania y la Asociación de Creadores de Ficción. Ha escrito volúmenes de cuentos (el más reciente, Tigrii viséza ín culori, publicado en 2024) y novelas, abordando temas como la memoria, el realismo fantástico, la historia novelada y las fronteras del conocimiento. Ha publicado antologías y traducciones, y su obra figura en diccionarios y volúmenes colectivos. Publica narrativa, ensayos y artículos en las revistas literarias más importantes tanto de Rumania (România literară, Viaţa românească, Convorbiri literare, Luceafărul de dimineaţă, Familia, Vatra, Tribuna, Curtea de la Argeş, Matca literară, Ficțiunea, Leviathan, Astralis, Neuma, Libris, Ateneu, Timpul, Euphorion, Hyperion, Literadura) como de otros países. Ha recibido numerosas distinciones, entre ellos el "Premio COLIN", edición de 2017, el "Premio Daniel Drăgan" en 2022 y el de la Rama de Brașov de la Unión de Escritores, por la colección de cuentos Amurgul elkilor, el "Premio de Ficción", 2023, por el cuento "A opta moarte", y el "Premio de la Revista Literaria Libris a la Prosa", en 2024.

 

FLORET SILVA NOBILIS