Rodica Bretin
Vivíamos en el
mejor de los mundos; la camarada Dafina lo decía una vez cada dos días, para
que no se nos olvidara. Solo teníamos que portarnos bien y hacer la tarea. Así
llegaríamos –y aquí se le humedecían los ojos– a ser personas de las que su
maestra pudiera sentirse orgullosa.
Cuando se detenía para tomar
aliento, sabíamos lo que venía: confidencias sobre sí misma. Habíamos oído
tantas que podíamos recitar su biografía con los ojos cerrados. Primero, cómo
se había ido de un pueblo de Oltenia, con apenas trece años, en busca de
fortuna en una ciudad que resultó ser Brașov. Intentaba imaginar a una niñita
descalza, sucia y harapienta, pero siempre veía a la camarada Dafina, con sus
eternos trajes grises y zapatos negros, toscos, con el cabello entrecano tieso
de tanto fijador… En la ciudad estudió mucho –de lo contrario no habría llegado
a enseñar a otros–, luego se casó con un capataz de la fábrica Bandera Roja.
¡Un exitoso cuento de hadas de ayer mismo! Y su hija creció, tuvo su propia
familia. Así, la maestra llegaba con su relato a Victoras.
El comienzo había sido dramático.
Había nacido demasiado pronto, con apenas siete meses, y los médicos lo habían
puesto en una incubadora para seres humanos en lugar de una incubadora para pollitos.
Los doctores eran escépticos, pero su abuela no había dudado ni un instante: la
historia de Victoras seguiría adelante, porque en el mejor de los mundos todo
conduce a un final feliz.
¿De veras? Mis tíos y tías habían
tenido más problemas de los que querían recordar; mamá y papá habían superado
bastantes obstáculos antes de ver que se allanaba el camino. Cuando miraban
atrás, ninguno veía un jardín de rosas, florecidas y sin espinas. Todos habían
comprado boletos de la suerte en los que decía “no premiado” o “¡intente otra
vez!”. La ciudad había extendido una alfombra roja a los pies de la camarada
Dafina, exclusivamente para ella. Tenía una familia en casa, otra en la
escuela, un partido al que agradecer. Los acontecimientos y las personas de su
vida se habían acomodado como debían, eran como tenían que ser. Y el mayor
logro de su vida sin tacha seguía siendo Victoras.
Yo había oído tanto sobre el
nietecito legendario que me lo imaginaba a veces como un Einstein en pantalones
cortos, a veces como un Robert Redford pequeño y rubio. Lo que entró por la
puerta del aula cuando por fin nos lo trajo para que lo viéramos –un día en que
sus padres estaban fuera, el jardín de infancia cerrado y no tenía con quién
dejarlo– fue un chiquillo feúcho, rapado como si hubiera tenido piojos y con
unos anteojos que le cubrían media cara, haciéndolo parecer un sapo. ¡Victoras
en carne y hueso! Más hueso que carne, porque era delgado y pequeño; le habría
dado tres años, no cuatro. No es un futuro príncipe azul, pensé, pero tal vez
sea inteligente; esa es una cualidad que no se nota a primera vista.
Victoras era tranquilo, eso hay que
reconocerlo. Se había subido a la silla que le habían traído de la sala de
profesores y desde entonces permanecía inmóvil; ni siquiera balanceaba las
piernas. Donde lo ponías, ahí se quedaba, como dice de un niño exageradamente
quieto. O bien había hecho alguna travesura recientemente y estaba en libertad
bajo fianza, o así era por naturaleza: la personificación de la docilidad.
Pronto me olvidé de él, escuchando a la maestra que nos aconsejaba sobre esto y
aquello.
—Queridos niños, ¡ni siquiera saben
lo afortunados que son! —decía en ese momento, abriendo los brazos como para
estrecharnos a todos contra su pecho encerrado en el habitual traje de chaqueta
a cuadros. —Lo sabíamos, porque se encargaba de repetirlo una y otra vez para
que se nos metiera bien en la cabeza. Nuestra generación no había conocido la
guerra, ni el hambre, ni la explotación del hombre por el hombre. No teníamos
más que hacer que crecer. Cuando decía eso, me venía a la mente la película Doña
flor y sus dos maridos, a la que mamá había ido preparada con varios
pañuelos. Así éramos nosotros, los escolares: flores en los invernaderos de la
patria, regadas con regaderas de palabras, ora por los padres, ora por la
escuela—. Van a vivir el tercer milenio, ¿se dan cuenta?
La canción Nosotros en el año
2000, cuando ya no seremos niños aún no se había compuesto, pero la maestra
se entusiasmaba y nos pintaba el hermoso mundo nuevo en el que viviríamos
todos; bastaba con escuchar a los maestros, y ante todo a ella. Nuestros padres
están en el trabajo, no tienen suficiente tiempo para dedicarse a nosotros y,
sobre todo, pueden equivocarse. Si teníamos dudas sobre algo, preguntas de
cualquier tipo, debíamos correr con ellas a la escuela, para que nos liberaran
de ese peso. El discurso de ese día era más animado que de costumbre, porque en
el auditorio estaba también el nietecito, que la miraba con los ojos muy
abiertos de admiración.
Después de volver a pintarnos, en
un cuadro oscuro, lo mal que lo habían pasado nuestros abuelos, la camarada
Dafina derivó, casi sin darse cuenta, hacia su tema favorito: la ciudad y sus
beneficios.
—La primera vez que vi un bollo lo
tomé por una piedra. ¿Les conté eso?
¡Solo diez veces! Pero mis
compañeros negaron con la cabeza, y yo también. Estábamos en una obra de teatro
en la que cada uno conocía su papel: la maestra, aburrirnos; nosotros, fingir
que estábamos fascinados.
Victoras estaba cautivado de verdad.
Permanecía sentado en su silla, con las manos en el regazo, y detrás de él la
pizarra seguía cubierta con las mismas tres palabras, escritas de tantas
maneras como alumnos habían pasado por allí en la hora anterior. Yo también había
caligrafiado, con letras inclinadas hacia un lado, diferentes a las demás. “Somos
el futuro del país”. La escritura era una de las cosas que nos diferenciaban a
partir de entonces, nos había explicado la camarada Dafina. No entendía muy
bien cómo funcionaba eso, pero me atraía la idea de ser yo misma en todo,
incluso en la forma de las letras: un pequeño orgullo que decidí permitirme. Muchos
de mis compañeros hacían florituras en las letras, señal de que no era la única
narcisista de la clase. Lo que veía en la pizarra me distraía aún más de lo que
oía… o quizá la culpa era de Marius, que no se había apresurado a borrarla, a
pesar de que ese día estaba de servicio.
Giré hacia los últimos bancos y dio
la casualidad de que lo miré a los ojos. Marius era de los que dan un portazo
al salir; no habría tenido lugar para pasar si no me le adelantaba siempre.
Igual que yo, estaba pensando en las vacaciones. Puede que no fuera el mejor
alumno de la clase, pero con la telepatía se defendía bien. Había adivinado mi
pensamiento, el de la pizarra, no los otros. Se puso de pie de un salto y luego
recordó levantar la mano para pedir permiso.
—¿Puedo borrar la pizarra, camarada?
La maestra frunció el ceño, molesta
por la interrupción, y luego hizo un gesto con los dedos que podía significar
cualquier cosa: sí, no, déjalo para más tarde. Marius no quería quedarse ni un
minuto más después de clase; eligió lo que le convenía y avanzó entre los
pupitres con paso decidido. Rodeó al invitado de la clase, pasó detrás del
escritorio y se puso a trabajar.
La camarada había pasado a otro de
sus temas predilectos, las maravillas de la ciencia y la técnica; hablaba de
los camiones que salían por las puertas de la fábrica Bandera Roja … cuando
ocurrió… ¿cómo llamarlo? Catástrofe, desastre sería demasiado; incidente,
demasiado poco.
Marius había borrado la pizarra y
dio un paso atrás –¿para admirar su obra, para ver si no había dejado alguna
marca blanca?–, pero en lugar de un paso dio dos, pisó el borde de la tarima y
perdió el equilibrio, golpeándose contra el busto del líder del Partido. O
Marius no conocía su propia fuerza, o el pedestal no estaba bien asentado en el
suelo; se tambaleó y luego se desplomó como un árbol alcanzado por un rayo. ¡Y
se hizo polvo, para horror de la maestra y asombro de todos! No era de bronce,
como habíamos creído, sino de yeso.
En el instante siguiente miré a Victoras;
¿qué le pasaba?
Puede que la escultura no fuera de
metal, pero tampoco era de goma. Había caído con un estruendo ensordecedor;
todos nos habíamos asustado, algunos habían gritado. Y no era de extrañar.
Antes de hacerse pedazos, había resonado tan fuerte que por la puerta
irrumpieron maestros y alumnos de las clases vecinas, a ver qué había
explotado. Todos reaccionaron, comentaron, cada uno a su manera.
En medio de la confusión, solo Victoras
permanecía imperturbable. Ni siquiera se había sobresaltado, aunque, siendo el
más cercano, el busto del camarada podía haberle caído en el pie o –¡Dios no quiso!–
en la cabeza. En una película de guerra había visto cómo el héroe le daba la
espalda a una explosión y se alejaba con calma mientras detrás de él se
desataba el infierno. ¿Tenía Victoras tanta sangre fría?
Ni hablar. Cuando su abuela se
abalanzó sobre él, arrancándolo de la silla, la miró, luego alrededor, con una
expresión asustada, como si se hubiera despertado en la jaula de los leones sin
tener idea de cómo había llegado allí ni cómo salir. Aquel día no estaba muy
despierta, pero al final lo entendí. Victoras era sordo, así había nacido.
Y comprendí algo más, al mirar el
rostro de la maestra: ya no estaba llena de satisfacción, sino que era una
abuela infeliz que no podía cargar con la desgracia de su nieto. De la
incubadora milagrosa había salido un niño al que le habían tocado malas cartas
desde el nacimiento. Yo sabía lo que eso significaba; el hermano de mi madre
había venido al mundo con una enfermedad entonces desconocida: el autismo.
Gheorghe no era como debía ser. “La vida no es fácil –me decía a veces mi
abuela–; si encima tienes una dolencia, necesitas dos ángeles de la guarda que
te cuiden, en lugar de uno solo.” La abuela de Victoras también lo sabía,
porque estaba negra de tristeza. No como las mujeres de África, es una manera
de decirlo. La máscara de satisfacción se le había desprendido del rostro,
dejando al descubierto una cara envejecida por las preocupaciones. Por fuera la
cerca está pintada, y por dentro hay un leopardo: un dicho que encajaba con la
vida de la camarada Dafina.
Se obligó a sonreír antes de que
alguien notara el cambio. Con su voz de siempre envió a Marius a buscar una
escoba y un recogedor, a otros dos chicos a traer el cubo de basura del patio
de la escuela, y a nosotros, los demás, a nuestras casas, aunque la campana aún
no había sonado.
Estaba empezando a guardar mis
libros y cuadernos cuando de pronto supe lo que tenía que hacer. En lugar de la
manzana de siempre, jonatán o reineta, mamá me había puesto una naranja, que
había guardado para comerla de camino a casa. Cuando pasé junto a Victoras, se
la dejé en las manos.
—Tienes una abuela estupenda —dije,
procurando que viera el movimiento de mis labios.
No era verdad, pero lo dije con
tanta convicción que, por un momento, hasta yo lo creí. De todos modos, el
rostro de Victoras se iluminó como una bombilla de cien vatios. Era una
mentira, ni la primera ni la última de mi vida –algunas inocentes, otras no–,
porque por fuera hay que pintar la cerca, por muchos leopardos, leones o hienas
que merodeen por dentro…
Rodica Bretin es narradora, miembro de la Unión de
Escritores, P.E.N. Rumania y la Asociación de Creadores de Ficción. Ha escrito
volúmenes de cuentos (el más reciente, Tigrii viséza ín culori,
publicado en 2024) y novelas, abordando temas como la memoria, el realismo
fantástico, la historia novelada y las fronteras del conocimiento. Ha publicado
antologías y traducciones, y su obra figura en diccionarios y volúmenes
colectivos. Publica narrativa, ensayos y artículos en las revistas literarias
más importantes tanto de Rumania (România literară, Viaţa românească, Convorbiri literare, Luceafărul
de dimineaţă, Familia, Vatra, Tribuna, Curtea de la Argeş, Matca literară, Ficțiunea,
Leviathan, Astralis, Neuma, Libris, Ateneu, Timpul, Euphorion, Hyperion, Literadura) como de otros países. Ha
recibido numerosas distinciones, entre ellos el "Premio COLIN",
edición de 2017, el "Premio Daniel Drăgan" en 2022 y el de la Rama de
Brașov de la Unión de Escritores, por la colección de cuentos Amurgul elkilor, el "Premio de Ficción", 2023, por el cuento "A opta
moarte", y el "Premio de la Revista Literaria Libris a la
Prosa", en 2024.
