El color opaco del crepúsculo llena de desánimo sus dulces rasgos
mientras, tropezándose con sus propios pasos cansados, avanza sobre el camino
en pendiente, cubierto de cantos rodados suaves como canicas. Su vestido largo
ora se enrosca entre sus piernas, ora dibuja una línea que acaricia las piedras
y entretanto siente el agotamiento acumulado por la larga distancia que ya
lleva a las espaldas, subiendo y bajando a través de los pasos escarpados de la
montaña. Desde unos ojos apagados como un par de agujeros, mira la cara
luminosa de su niño, que duerme plácidamente entre sus brazos exhaustos, y se
ahoga con el escarmiento.
Apenas había transcurrido un año desde su boda
cuando su marido desapareció en el frente. Ella regresó a casa de su familia,
embarazada de un niño que no vería a su padre. Estuvo siguiendo con pesar las
listas de los prisioneros retrasmitidas por Radio Teherán. El parecido de los
nombres la dejaba exhausta y los dispositivos de interferencia le cortaban el
aliento, pero no se cansó de la larga espera ni flaquearon las fuerzas ante el
anhelo de escuchar una notica de su prisión, mientras los días se plegaban sobre
sí mismos a una lentitud despiadada, similares, concentrados con los dolores y
las penas de la guerra.
Alza la vista hacia el pálido cielo, a punto
de echarse sobre ella. La desolación traspasaba con sus colmillos su alma
arrugada y las rocas afiladas cortaban como cuchillos el horizonte incierto.
La
calle asfaltada atraviesa la llanura plana debajo de ellos, como una cuerda
negra invisible entre las colinas lejanas. Se puso a prueba a sí misma para
encontrarse con su hermano, quien vería a su hijo por primera vez y pensaba en
su apesadumbrado padre, que caminaba en el silencio en la cola del grupo de refugiados.
No había vuelto a abrir la boca desde la
bofetada que le soltaron los hombres de seguridad en el patio de casa, en
presencia de la familia. Ella se encogió de dolor y se pegó a la pared mientras
el rostro del padre se ahogaba con el sufrimiento y la ira hasta volverse
oscuro como un pozo. Pero fue cuando lo citaron en el departamento de seguridad
y le pidieron que volviera con su hermano pequeño, alistado con los
revolucionarios de las montañas, cuando el silencio hizo presa de él. Regresó a
casa con el rostro encendido y la mirada perdida, buscando refugio cerca de la
chimenea. Conforme le preguntó su madre, estalló, escupiendo su frase cargada
de rencor.
—Los perros… Los perros… ¡me amenazan con el
exilio!
Tras desahogarse con los insultos, se calmó y
el pesar que cargaba sus facciones se aflojó… Pero la última vez fue diferente
porque su cara quedó gris desde entonces.
Se hace la oscuridad cubriéndolo todo. Los
cuerpos se acercan entre sí reduciendo el espacio a un metro escaso.
…No la dejaron llevar la tela con la que
amarraba su cuerpo. Una multitud de hombres armados y mal encarados entró por
la puerta abierta de casa y les empujaron con las culatas hasta sacarlos fuera,
a la calle, en pijama. Los amontonaron en un camión militar IFA atestado de
niños, mujeres y ancianos, que salió pitando por las calles de la ciudad
tomando la carretera general. Los bajaron en un camino de tierra.
—¡No regresen sin sus hijos! —dijeron.
En la montaña, el silencio llena la noche
lóbrega y oscura con un sopor que invita al letargo. Ella siente un deseo
irrefrenable de dormir y de olvidar el contenido de su pasado y su presente,
cuando de repente escucha el llanto de su hijo que con fuerza estalla lánguido
junto a un murmullo agitado resoplando cerca de su oído.
—¡Hágalo callar, hermana! Ya estamos cerca de
la calle y del puesto de guardia.
Inmediatamente se abre el botón de la ropa,
saca su seno y le encaja el pezón entre los labios. Los pensamientos se
agitaban en su cabeza, dando vueltas con aquellas preguntas para las que no
tenía respuesta. ¿Adónde se dirigían? ¿Dónde estarían? ¿Qué sería de ellos?,
hasta que se le nubla la mente y deja de pensar, perdida en la incertidumbre
que tejía los días que estaban por venir, mientras sus pasos eran ya como los
de un sonámbulo: un montón de tristezas errante por la penumbra de la negra
noche.
—Sube y date prisa en cruzar.
El susurro de un combatiente. No se había
apartado de ella ni un segundo desde que se hizo de noche. Fija la vista en las
piedras y afirma uno de los pies sobre el borde del canto, tantea con el otro y
trepa con cuidado hacia el camino empedrado. Cruza deprisa, a pesar del dolor
que le cubre toda la planta del pie.
—Aquel es el puesto de vigilancia. Camina
despacio y en silencio.
Nota un espectro murmurándole aquella frase
mientras desciende por un pasadizo que baja del camino en pendiente hacia una
depresión lóbrega. Alza el pecho hacia una luz tenue que suspendida sobre una
colina tapa una parte de las estrellas del cielo. Uno de sus pies resbala,
pierde el equilibrio y cae rodando, pero un par de brazos fornidos se le echan
encima, ayudándola a subir, al tiempo que el gemido doliente de un niño
desgarra el silencio. Se siente violentada, tropezando con sus propios pasos y
las voces contenidas de pánico que le llegan replicándose desde todos los
rincones de esa oscuridad que la envuelve como cuatro paredes.
—¡Cállelo, cállelo… Nos van a descubrir.
Con unos dedos atolondrados busca su seno de
nuevo. Encaja el pezón en la boca del niño y en ese gesto le viene a la mente
el enfado de aquella anciana del pueblo a la que dejaron una tarde dando voces:
¡Mal rayo les parta a las mujeres! Por su culpa el puesto de vigilancia ha
abierto fuego contra el grupo y han muerto tres chicos. Maldita sea, no ha
podido acallar el llanto de su hijo.
El niño agita la cabeza a derecha e izquierda
escupiendo el pezón de la boca y apretando los dientes, suelta un berrido. Ella
le sujeta la pequeña cabeza con la mano y lo rodea con firmeza tratando de
introducirle el pezón por la fuerza otra vez. La voz de la anciana resuena en
sus oídos, clara, dolorosa: No sirven para nada… para traerle cansancio a
los hombres, eso es para lo único que sirven.
Al fin consigue encajar el pezón entre los
dientes pegados... ¡Por Dios! Van a pagar por mi culpa. ¡Cállate, por favor!
Señor, ten piedad, ten piedad.
Nunca había sentido su peso como en aquel
instante. ¡Cuánto le hubiera gustado poder lanzarlo lejos…! Su cuerpo tiembla
bajo la ropa holgada mientras presiona suavemente la mano sobre su boca. La
tensión del ambiente se hace trizas con un murmullo alterado al silbido de un
disparo que atraviesa por encima de sus cabezas, seguido de un resplandor rojo
que procede del puesto de control situado debajo, y el murmullo se hace
audible, desbordado por el pánico.
—¡Pero haga que se calle de una vez!
Sus manos temblorosas se estremecen. Atrae
hacia sí la cara de su hijo hundiéndola contra su pecho y ahogando el grito que
ya nadie oiría más que ella, como si procediera del fondo de un pozo profundo.
Poco a poco comienza a desvanecerse hasta que se interrumpe definitivamente, y
la calma vuelve a pintarlo todo con la única perturbación del susurro de los
pies y el canto intermitente de las chicharas. Aspira una bocanada de aire de
la fría brisa del anochecer, se siente aliviada, y con ello, un profundo
cansancio le hace relajar las articulaciones. Descienden por un valle angosto
siguiendo un paso que se extiende en línea recta sobre la falda, en compañía del
profundo silencio de la noche y su cielo interminable, con sus estrellas
engarzadas y suspendidas como praderas de luz. Ignora qué distancia han
recorrido cuando a la luz tenue de las estrellas vislumbra una silueta que se
acerca a ella y le pregunta con una voz clara.
—Ya no hay el peligro, ¿cómo está el niño?
Afloja los brazos con los que apretaba el
cuerpo del pequeño, que sereno seguía pegado a su pecho. Lo separa un poco
mirándole la cara que irradiaba blancura, y en el gesto se cae la cabeza hacia
atrás, flácida como una pasta. Se queda clavada en el sitio, sintiendo como un
frío intenso se le hinca en los huesos, y con un movimiento fuera de sí lo
levanta para pegar la oreja en su pecho. Escucha tac…tac…tac, latidos fuertes,
sucesivos que corren como un torrente llenando sus oídos. Aguanta la respiración
y agudiza el oído una vez más. Pierde las fuerzas cuando tiene por cierto que
aquellos latidos no eran otros que los de su propio corazón asustado. Extiende
los brazos con el niño tranquilo e inmóvil hacia el combatiente, fulminado ante
ella como un leño quemado, y su voz rota casi imperceptible, mate, ahogada,
ronca, llena de angustia, exclama entre sus labios trémulos:
—Míralo, mí…ra…lo… Ya lo hice ca…llar… Ya lo
hi…ce…ca…llar.
Salam Ibrahim nació en 1954 en Diwaniya, Irak. Opositor al régimen, es detenido en
más de cinco ocasiones en la década de los setenta. En 1982, huye a las
montañas, poniéndose al servicio de los revolucionarios. Víctima de un ataque
químico en 1987, deambula entre los campamentos de refugiados hasta
establecerse en 1992 en Dinamarca, país donde reside actualmente. Entre sus
trabajos: La visión de la certeza (1994), El lecho de la arena
(2000), La vida es un instante (2010), Ejecución a un pintor
(2016).
