sábado, 11 de julio de 2026

TRES CAMPANADAS

 Maritza Macías Mosquera

 

Las montañas comenzaban a deshielarse, formando un pequeño arroyuelo que corría por la calle creada con el propio paso de los habitantes del pequeño poblado. La primavera solo se dejaba ver en los árboles floridos, en las montañas que perdían su blancura y, en alguno que otro día semi nublado.

Nadie sabía cómo había sucedido aquello tan terrible, inesperado y fatal. Como tampoco se dieron cuenta de la ausencia del anciano. Su esposa lo buscó por dos días y dos noches. El cansancio y el sueño desaparecieron cuando la campana anunció que lo habían encontrado. Pero muerto.

La pequeña comarca, habitada casi completamente por adultos, se había volcado en su búsqueda cuando Joanette comunicó al cura la desaparición de su esposo, el más anciano del lugar.

Loco, lo llamaron desde el día en que, en plena misa, anunció que la montaña estaba repleta de extraterrestres y que no eran precisamente los seres de la Biblia: ni ángeles ni arcángeles ni querubines ni pastores ni discípulos ni nada por el estilo.

El también anciano cura, intentó, en reiteradas ocasiones, explicar lo que Joshua decía cada vez que interrumpía.

—Sucede que, a veces, creemos ver u oír cosas distintas, diría yo... —Pero la gente murmuraba entre ella que estaba demente debido a su edad. Sin ironía ni maldad, hablaban de Joshua como “el loquito”.

Joanette pasó sus últimos sesenta años con él. Un hombre tranquilo, sabio, amigable. Siempre tenía una palabra amable para todos.

—Bonito sombrero, Goky —saludaba a su vecino más próximo—. Qué bella mantilla, Grettel —comentaba en la iglesia—. Qué buen abrigo, Frank —y así, siempre. Para todos había algo agradable cada domingo en la misa y en las celebraciones que se realizaban en el poblado.

Su desaparición descontroló a Joanette. Ella sabía que él no se iría a ninguna parte sin ella. Que la locura no era tal, aunque no terminaba de creerle los cuentos sobre extraterrestres. Lo que lo hacía menos convincente era su insistencia en que “estaban revueltos”. Lo que en palabras simples, pero poco creíbles, era que aquellos seres estaban entre ellos y que él los podía reconocer.

—Nos vienen a estudiar —le dijo a Joanette, quien no se atrevió a desmentirlo, tampoco a comentarlo con sus vecinas. Sabía que solo agudizaría los comentarios sobre su estado mental.

—Joshua, deja de hablar de eso, nadie te cree y solo comentan lo mal que estás de la cabeza —se atrevió a decirle en alguna oportunidad. Sin embargo, él no lograba controlar su lengua e insistía, sobre todo en la iglesia.

Las consignas eran tres: si lo encontraban vivo y bien: una campanada. Si lo encontraban vivo y herido: dos campanadas. Y si lo encontraban muerto: tres.

Tres sonaron. Ella las escuchó en silencio. Tres golpes secos en su gastado corazón. No fue capaz de emitir palabra alguno. Lo había perdido hacía dos días cuando lo buscó en la que fuera la habitación del único hijo que tuvieron y que ahora vivía en la ciudad con su familia. Allí se encerraba por horas a tallar personajes para su nieto, era su pasatiempo preferido y la pobreza no les permitía regalos comprados. El tercer sonido era solo el aviso certero.

El velorio, como era la costumbre, se realizó en su casa. El pueblo entero acudió a acompañar a Joanette. Hacían fila en la calle, evitando tocar el agua del arroyuelo, para verlo y despedirse de él en su urna. De pie, junto a su hijo, Joanette saludaba en la puerta de la pequeña vivienda a quienes pasaban a dar su último adiós al anciano.

La humildad de sus habitantes, lo pequeño de sus casas de adobe pintadas con cal y techos recubiertos de paja para evitar el hielo del invierno y el calor abrumador del verano, sumados al frío que calaba los huesos y la tristeza de los vecinos, hacían el paisaje aún más desolador, a pesar de la belleza natural.

Pero la noticia de su locura y de su teoría había llegado a la ciudad y, cuando se supo de su desaparición, curiosamente llegaron militares a la zona a cooperar en la búsqueda sin que nadie lo hubiera solicitado. Causaron sorpresa entre los ciudadanos del poblado, pero nadie se atrevió a opinar.

Los uniformados mantenían a raya la fila de visitantes para no mojarse los pies en el arroyuelo de la calle principal. Las únicas almas que caminaban libres eran las gallinas, que extrañamente huían de ciertas personas que se acercaban a la puerta.

Un olor dulce y desconocido se percibió en el aire. La sorpresa que se llevaban al verlo en el ataúd era inexplicable. Allí se encontraban con el rostro de un hombre joven, sonriente y con sus ojos abiertos de color púrpura. Aun así, nadie se negó a mirarlo y todos salían sonriendo, igual que él, al retirarse del velatorio.

Nunca se supo si fue contagio o pura casualidad

Maritza Macías Mosquera nació en Chile en 1959. Realizó sus estudios universitarios en la Universidad de Concepción, egresando como Profesora de Educación General Básica en el año 1984. Ha incursionado en la escritura en varios géneros como el epistolar, la lírica, la novela, el cuento y microcuentos y, en la actualidad en el ensayo; ha publicado algunos de sus escritos individualmente y participando con otras y otros escritores, en blogs y en Facebook. Trabajó en escuelas de alta vulnerabilidad, lo que la llevó a mejorar sus competencias, obteniendo el grado de diplomada en gestión de Liderazgo Educativo y en Pedagogía Teatral, y luego dos post títulos, como Orientadora Educacional y Como Jefe de Unidad Técnica Pedagógica. Para terminar, obtuvo el Grado de Magíster en Gestión Educativa, en la Universidad del Mar.

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