Carlos Gabriel García Herrera
Cuando vivía en el sur de Bogotá compartí una pieza
con dos compañeros de trabajo, en una casa que queda al fondo de un callejón
sin salida. De esos que atrapan la brisa, la basura y la sombra.
Por la ventana de mi habitación se
podía apreciar dos pinos gigantescos que parecían abrazar la casa con sus
ramas, sumiendo el callejón en un crepúsculo eterno, donde todas las mañanas,
una mirla entonaba un extraño trinar melancólico.
En el cuarto contiguo vivía el señor
de barba blanca. Nunca supe su nombre, y creo que nadie lo sabía.
El centro de su cráneo lo tenía
pelado, lustroso como como una pepa de guama. Su pelo blanco caía como cascada
congelada, y se confundía con su barba larga de monje Shaolín antiguo, al que nunca
lo vi salir de día. El sol no conocía su rostro.
Pero en la madrugada, cuando el alba acariciaba
la noche anterior, se escuchaba el chirriar de la puerta de la calle.
A esa hora volvía.
Vestía siempre de frac negro. Sin una
arruga. Llegaba con los ojos rojos encendidos como si se hubiera fumado un
tabaco de marihuana.
En ocasiones, intentaba saludarlo,
pero era inútil, porque no dejaba fija la mirada, y enseguida cruzaba el
pasillo largo como si me tuviera miedo. Casi que, queriendo romper la baldosa
con sus pasos.
La puerta de su cuarto, al cerrarse,
consumía sus pasos.
Una noche, pasé frente a su puerta y
alcancé a vislumbrar por la rendija de abajo, una tenue luz que se movía de un
lado para otro. No parecía el bombillo porque temblaba. Palpitaba. Como si
alguien adentro estuviera sosteniendo un enorme candelabro encendido, pero lo
raro era que no se escuchaba caminar.
Pegué mi oído a la puerta y les juro
que oí una respiración profunda. No era ronquido. Era como un suspiro de esos
que no terminan en seco, sino alargado, fino y perfumado. Y, se repetía.
… Un aroma anestésico.
Aunque nunca le tuve miedo a cuentos
de espanto, este señor tenía lo suyo. Porque varias madrugadas, cuando lo escuchaba
caminar por el pasillo, a veces se detenía frente a nuestra puerta. Y se
quedaba ahí. Quieto. Respirando largo. Sin prisa. Oliéndonos detrás de la
madera.
Una noche no aguanté, y abrí.
¡Y ahí estaba! Demasiado cerca. Sus ojos eran escarlatas… ¡Brasas!
Juro que de ellos saltaban pequeñas
briznas encendidas, como cuando se sopla el fogón con un sombrero, y la leña
está húmeda.
Su frac le olía a sándalo, jazmín y
romero… El olor de los velorios del pueblo.
Olor a muerto.
Esos ojos atravesaron mi cuerpo, y mi
yugular contuvo la hemoglobina. Mis pies se soldaron con plomo y mis arterias parecían
palpitar más rápido. Mi grito se ahogó por una roca dentro de mi garganta.
Su mano pálida y fría se posó en mi
hombro. No era una mano pesada, más bien sentí que era una caricia de muerto.
Estaba en un trance hipnótico, pero
algo dentro de mí luchaba con desesperación por despertar del letargo. Comprendí
que ese señor no era un anciano. Era el alma de una pesadilla viviente.
En eso, desde adentro, la voz de un
compañero me trajo a la realidad. Fue un saludo humano, estúpido, pero reventó
el trance como un martillazo rompe un ventanal. Y, aunque fue únicamente una
pestañeada, cuando quise ver, solo alcancé a ver la cola de su frac entrando a
su habitación.
Al día siguiente saqué mi ropa en una
bolsa mencha, y les conté a mis compañeros. Se cagaron de la risa, y hasta
loco, mentiroso y trabao me llamaron.
A los ocho días, uno de ellos no
volvió del trabajo, y el anciano desapareció. Revisaron la pieza del anciano,
pero estaba vacía, y oliendo a sándalo y jazmín.
Una candelabro con una vela derretida
reposaba sobre el piso.
Carlos Gabriel García Herrera. Es un
escritor y poeta colombiano nacido en San Estanislao De Kostka el 12 de
noviembre de 1969. Autor de novelas, cuentos de misterio y aventura. Obras: Bajo
la sombra, Las brujas del Camajorú, El brujo maldito, Gabo y Fronteras.
