Murtada Gzar
En el punto de registro de llegadas, en el
aeropuerto de Chicago, un hombre abrió su maleta, en manos de la policía, y
sacó de ella un gran elefante negro.
Escribí
estas líneas mirando a mi alrededor, delante del oficial de pasaportes. La cola
era larga y nada me ayudaba a tener paciencia durante la espera salvo escribir
un cuento nuevo. El relato se detuvo en el elefante negro y ahí se petrificó.
Pensé en perfilarlo, adornarlo o hacerlo rojo o azul celeste, por ejemplo, pero
mi estómago emitió entonces un sonido similar a las sirenas de los barcos. Lo
último que había comido fue una pequeña porción de pizza en el aeropuerto de
Heathrow, que fui tragando al paso mientras trataba de alcanzar la sala de
embarque para Chicago. Corría con una señora siria que tiraba de sus dos niños
y sus tres maletas, profiriendo por teléfono una retahíla de insultos en
dialecto. Sentía que sus palabras entraban con la pizza en mi estómago. Me paré
y puse mi pequeña maleta en el suelo, dejando así que me adelantara. Saqué mi
libretita amarilla y escribí en el encabezamiento de la página: La pizza de
los insultos.
Algún
día volveré a la historia de la pizza de los insultos, cuando termine con el
elefante que había dejado atemorizando a los guardas y viajeros en el
aeropuerto. Lo dejé sin color ni tamaño ni colmillos. ¿El elefante que salía de
la maleta de un inmigrante necesita colmillos? Los colmillos lo harían agresivo
y yo lo quería dulce, alegre e inocente, moviéndose con cuidado para no
lastimar a los pasajeros y a los hombres de seguridad, aunque fracasaba
respecto a la sutilidad en el andar, y la gente se sentía inquieta a su
alrededor dado que los barría con su enorme cuerpo. El problema era que su
descripción lo asemejaba a Ganesh, la divinidad hindú y yo no soy indio ni
quiero que la mente de los lectores se desvíe hacia ese tema. Dado que procedo
del sur de Iraq, decidí, con vuestro permiso, convertirlo en un búfalo negro de
tamaño de un camión. No, no, la escena parecería un anuncio de la entrada en
las marismas con los búfalos, cual programa de la Unesco para la conservación
del Patrimonio Mundial.
Sin
querer empujé con la esquina de la maleta al pasajero que tenía delante, que
giró y con una mirada fugaz apuntó a mi corbata para, a continuación volver a
su postura inicial. Estaba tan aburrido como yo, quizás dirigió sus ojos hacia
mi corbata pues poco había en mi cara, tan poco como en la cara de los demás,
que llamara la atención. La cola nos hacía similares, con el mismo semblante
serio. En los aeropuertos, las caras se convierten en zapatos que retumban en
el ambiente mientras la gente se calza sus caras y con ellas echa a andar: los
tacones se transforman en cabezas y las cabezas, en tacones, que se enamoran en
los aeropuertos. Ellos son los que bajan las cabezas y miran los zapatos y los
tacones.
Detrás
de nosotros, la cola de los que llegaban empezó a estirarse, retorcerse y
quebrarse a ratos. Yo estaba parado como un taxidermista, aguardando a que el
pasajero que tenía delante diera medio paso, un cuarto de paso, medio cuarto de
paso. Caí en la cuenta de que el avión Chicago-Washington DC se me había
escapado y estaría ahora nadando en el espacio, donde habría una pasajera china
y de tamaño insignificante que no dormiría sobre mi hombro esta tarde.
Pasaron
por mis oídos ruidos de sirenas, risas, crujidos salvajes de zapatos. Me
impulsé hacia delante y con mi maleta golpeé el trasero del pasajero de nuevo.
Parecía acostumbrado a aquello, dado que no se dio vuelta ni hizo ningún
movimiento. Él también estaba momificado y hundido en alguna historia. Al abrir
la mía en mi cabeza buscando al elefante, me fijé en aquel pasajero en medio
del gentío presente atónito con la salida del elefante de la maleta. Lo imaginé
siendo pisoteado bajo las pezuñas del elefante y pidiendo auxilio. Llevaba
puesta una corbata exactamente como la mía, pero yo retrocedí, refunfuñé y me
volví, mirando las caras de la gente de la cola. Entró un rayo de sol que ungió
las cabezas de los viajeros, como si los bautizada con la luz, y el haz se
propagó para llenar por completo la gran sala, propagándose con él una ligera
sensación de felicidad sobre mi cara y sobre las caras de los compañeros de
aburrimiento.
La
luz se coló por las nucas de las mujeres y atravesó las narices y las fosas
nasales de los hombres. Me interesé por ella con las sombras de los viajeros en
la cola que con la sala abarrotada chocaban entre sí sobre el suelo. Encajaban unos con otros y se separaban, se
acoplaban, se mezclaban con sus extremidades y sus cabezas, elaborando un
cuadro en blanco y negro de cuerpos cohesionados entre sí. Sentí estar
observando una escena erótica que merecía mi atención. Me di cuenta entonces de
que yo no tenía sombra, tampoco esta vez, un fenómeno antiguo que nació
conmigo: encontrarse sin sombra en varios sitios. En mi infancia consulté con
un psicólogo, escapé de la escuela después de la burla de los alumnos,
jugábamos al fútbol porque yo no tenía sombra como ellos. Le dije al médico
llorando: ¿¡Qué he hecho en mi vida para merecer estar mutilado de sombra?
¿Acaso las sombras son como las colas de las lagartijas, que podemos perderlas
y luego crecen de nuevo? Me entró un ataque de llanto que se desbordó dentro de
mi cuerpo. El médico no tomó mis preguntas en
serio. Al principio me dio las gracias por acudir a la revisión y admiró mi
capacidad, como niño pequeño que era, de conocer la importancia de los exámenes
psicológicos. Luego me recetó varias cápsulas, que me tragué después de cada
comida. No me echó en el diván ni anotó mis respuestas ni mis libres
asociaciones, como sucede en las películas. Solo recuerdo eso. Después de
aquello volví a casa y allí me rendí ante mi padre, que me reprendió por llegar
tarde.
A
veces, mi sombra volvía a mí parcialmente, apareciendo tenue a altas horas del
día. Empecé a aceptar mi situación y fingía haberla olvidado, aunque me sacaba
de mis casillas ver las sombras de la gente fluctuar detrás de ellos como las
trenzas de las niñas. Envidiaba a los jugadores de fútbol pues ellos
disfrutaban de cuatro sombras que hacían lo que le gustaba con ellos en el
campo verde.
Rememoré
mi airado interrogatorio con el médico mientras miraba a lo lejos a los
oficiales de los pasaportes y hacía pasar mis pupilas sobre las sombras de la
gente, que yacían por sí solas sobre las baldosas de la sala del aeropuerto. Me
imaginé a mí mismo recibiendo mi pasaporte sellado con la negativa del oficial
y le preguntaba: ¿Está prohibido la entrada en EEUU a los hombres que no tienen
sombra?
La
cola vaciló tímidamente y se movió cuatro pasos hacia delante. Ahora podía oír
los ruidos de los sellos del oficial sobre los pasaportes de la gente.
Golpeteaban como martillos en mi cabeza. Me asustaban y me traían a la memoria
muchas cosas que me habían sucedido en mi país. Algunos sellos me hacían sentir
cómodo, pero otros golpeaban en una zona específica de mi cerebro que caía allá
por la glándula del inmigrante, esa glándula que inventé en el avión de Doha a
Heathrow, una glándula que se desarrolla en los sesos de los desertores, de los
inmigrantes y de los que se van. Pica desde dentro. No es posible llegar a
ella. No te es posible rascarla o arañarla con tus dedos porque habita en lo
profundo de tu cabeza, concretamente en esa parte reservada a los recuerdos.
Volví
al elefante que se encontraba en mi cabeza. Le puse zarcillos de oro y tatué su
cuerpo con adornos árabes, hojas, ramas, creaciones hindúes, pequeñas flores
azules y rojas sobre su copete. Coloreé sus extremidades con líneas moradas,
adquiriendo un aspecto festivo, como si acabara de salir de la jaima del circo.
Cuando dejé mi casa de alquiler en Basora hace dos días, el taxista me abrió el
maletero del coche y me ayudó a levantar mis tres pesadas maletas. Cortésmente
me dijo: ¿Estás seguro de que en esta maleta solo hay libros y ropa? Parece que
escondes un elefante en su interior, supuso entre risas.
Las
maletas pesaban de verdad, porque me llevé todo lo que necesitaba, como alguien
que no fuera a regresar jamás. Volví la cabeza mientras me montaba en el coche,
temeroso de que alguien me viera huir sin vuelta al infierno. Eran las tres de
la madrugada y decidí salir disfrazado con el manto de aquella oscuridad y
esperar en el aeropuerto cinco horas, dado que llegaría demasiado pronto.
En la
puerta del aeropuerto internacional de Basora, bajé del coche y le abrí mis
maletas al policía. Aún reinaba la oscuridad en el horizonte, por lo que no
pude confirmar si mi sombra estaba conmigo.
Al
amanecer salí a fumar un pitillo bajo la estatua de Sinbad, en la plaza trasera
del aeropuerto de mi ciudad dormida sobre Shat Alarab, y habitada por las
leyendas de las mil y una noches, las minas y los tesoros petrolíferos de
Aladino. Había algo que me seguía mientras andaba. Lo sentí detrás de mí,
saltando con su cabeza como una pértiga entre las ventanas y los arbustos de
los pequeños sauces. No me preocupé por ella ni me detuve para girar y
buscarla. Noté que mi sombra revoltosa venía detrás. Tal vez no se montara en
el taxi conmigo, quizás se entretuvo en mi casa para despedirse de sus cosas,
igual se extravió, como de costumbre, para luego tomar la autovía y pasar los
controles del ejército montada en los techos de los camiones y autobuses de
trabajadores de las empresas de petróleo.
Puede ser, pero estaba seguro de que era
ella. No quise que notara que estaba feliz porque estuviera conmigo. Era
orgullosa, arrogante y oportunista. Fingía ser mayor, y expresaba soberbia y
desdén por mi compañía. Lo importante es que al final había decidido emigrar
conmigo a América. Yo no quería dejarla sola, sufriendo la amargura y las
torturas aquí, aunque ella no estaba incluida como nosotros, nosotros los seres
humanos, en las trampas, los asesinatos, la contaminación, la corrupción, las
injusticias, las amenazas, las persecuciones de los extremistas, el hambre, la
miseria, la ausencia de electricidad, de libertades y de motivos de felicidad.
No aguardaría como yo cada una de las horas de la noche la mano de asesino que
tocara a la puerta o la desencajara. Las sombras no son como nosotros en ese
sentido. Mi reproche contra ella era que no se movía, estaba estática cuando me
torturaron y me estamparon la cabeza contra las paredes. Sencillamente me
observaba repetidamente mientras yo era torturado, mientras me escupían y me
arrancaban el cuero cabelludo y machacaban mi tobillo con las ruedas del coche.
Aquello fue dos años antes de que consiguiera el visado para entrar en América
como profesor visitante de escritura de relatos.
Las
sombras son afortunadas porque sus cerebros no se astillan después de la
explosión ni se muestran sus partes pudendas cuando caen de bruces tras la
detonación de un coche bomba. Las sombras están camufladas porque nadie verá
los músculos de sus muslos asados mientras se queman, se funden y menguan. En
los hospitales no hay neveras para conservar las sombras de identidad
desconocida; las sombras en Iraq se pierden con el estado de ánimo de sus
dueños, deciden dejarlos en algún momento, los traicionan, se desentienden y se
alejan de ellos.
Una
vez, cuando iba montado en el autobús, escuché una conversación fugaz entre dos
personas. Uno le preguntaba al otro por un lugar llamado “El zoco de las
sombras”. Me acerqué a ellos y me colé en su conversación casi imperceptible:
“Sigue
mi consejo: prueba a vender tu sombra enferma y compra una usada”.
“¿Por
qué? Mi sombra morirá pronto y el legado se convertirá en parte de mi destino”.
Desperté
de los recuerdos aquellos dándome cuenta de que entre el oficial de pasaportes
y yo había solo dos hombres. Podía divisar perfectamente los rasgos del
primero, el anciano que entregaba su documentación al oficial. Ocurrió deprisa.
El oficial abrió el pasaporte por la primera página, le estampó un sello en
algún lugar y se lo devolvió a su dueño, quien dio un paso atrás. El oficial le
ordenó que se alejara para que dejara sitio al segundo hombre. El anciano
moreno y alto obedeció y desapareció entre el alboroto de las colas.
Se
fue el hombre y dejó su rostro apagado, prohibido, aplastándose contra las
paredes.
Entre
el oficial y yo quedaba ahora un hombre con una sola pierna. Ocupó su puesto de
un saltito y se plantó delante del oficial. Le entregó sus papeles y su
pasaporte y se apoyó con el hombro sobre el cristal de separación. El oficial
le preguntó si llevaba comida en el equipaje y el hombre contestó que tenía
unas semillas que la gente usaba en su país para cocinar. Su acento revelaba
que era del este asiático y su desconcierto indicaba que escondía una manada de
elefantes en el bolsillo.
Tak,
tak, tak, se estamparon los sellos del oficial sobre su pasaporte cual misil
fugaz sobre los tejados de hormigón. Vi entonces la sombra del hombre
quebrándose contra la pared mientras él recogía algunos y juntaba los pedazos
de su alma, desgarrada por el misil. Se movió. Hablaba consigo mismo antes de
detenerse y rendirse a un ataque frenético de llanto. Sus gemidos se perdieron
entre el jaleo de los que llegaban, sus estornudos, sus toses y sus risas.
Entre
el oficial y yo quedaba ahora una vasta superficie vacía. Debía avanzar y abrir
mi pecho al misil.
Giré
a derecha e izquierda. Busqué mi sombra agitada. La llamé, ¿dónde estás? Ven,
estamos delante de la puerta de la salvación. Esta es nuestra oportunidad de
huir del infierno. Ven. Te compraré comida especial para las sombras. Te
acariciaré, pero no me abandones. No puedes quedarte retenida en el aeropuerto
como un genio.
—Adelante,
señor —me gritó el oficial.
Afuera
había una nube que puso en penumbra parte de la sala e impidió que luciera el
sol. Una mano por detrás me empujó hacia la pecera del oficial. Volví la cabeza
para disculparme por la lentitud que se había apoderado de mí, y un pronto
magistral de educación se posó en mi persona; en realidad, yo era el campeón de
Asia en las disculpas. Me disculpaba sin razón y perdonaba sin motivo. Me
contuve y giré la cabeza. Me asunté en cuanto lo vi.
Me
sobrevino un temblor antes de poder llegar a decir “lo siento”. El oficial
delante de mí gritaba: adelante, adelante, pero la sangre fría paralizó mis
movimientos por lo terrorífico de la horripilante escena. ¡Era el elefante
empujándome por detrás con su trompa! Pero yo no lo había dibujado con
semejante volumen. Era mucho más gigantesco que su copia almacenada en mi
imaginación.
Me
controlé y dispuse mi ponderación, rindiéndome a la energía positiva que tenía
su inocente rostro, a la que hice penetrar en lo más profundo de mí. No moví la
pierna ni avancé hasta que sentí que estaba cargado de esperanza y optimismo.
Volví
a mi posición, me preparé y decidí dar un paso para presentarme delante del
oficial. Me parece que giré una vez más hacia el elefante para recuperar la
realidad del mundo que me rodeaba. Me volví de nuevo, de forma momentánea, para
espantar al fantasma del elefante detrás de mí.
Pero
ahí seguía él, insistiendo en empujarme y destruir la realidad uniforme del
mundo circundante.
El
oficial abrió mi pasaporte y lo hojeó página a página. Pasó las que estaban
vacías y las examinó cuidadosamente junto a otras, mientras me hacía un barrido
visual de arriba abajo. Este era el primer pasaporte que yo tenía en mi vida y
estaba completamente vacío, a excepción del visado que imprimió en él la
embajada americana en Bagdad, un día de calor sofocante y tras unas medidas
rutinarias mortales para el cuerpo: espera, sudores, empujones, cacheo y
hocicos húmedos de perros olisqueando mis miembros.
¿Debía
darme la vuelta para examinar la cara del elefante? No, el oficial no me había
dejado tiempo para eso: levantó su mano blanca contaminada de rojo y la dejó
caer sobre mi documento. Busqué el ruido que debía emitir como resultado
natural, como complemento al guion dramático emocionante del instante que me
impedía cruzar la puerta de América, pero el sonido fue imperceptible, ni
retumbante ni fuerte.
Fue
un misil con silenciador del ruido, de la imagen y del tiempo.
El
elefante se escondió detrás de mí y ya no fui capaz de imaginarlo. No había
nada que me ayudara a superar aquel instante, salvo los brazos del guardia que
me devolvían a la sala de llegadas y me conducían por donde vine. Le dije: “Un
momento, por favor, he olvidado mi elefante allí”.
No
comprendieron lo que dije y me encontré separado por una pared larga de cristal
de Chicago y de la costa de los que llegaban a la tierra de la seguridad.
De
lejos, vislumbré mi sombra haciéndome señales desde detrás del cristal. Me
saludaba con la mano. Había superado el obstáculo del oficial de pasaportes y
cruzó hacia Chicago. Las sombras no tienen boca ni dientes ni voz por las que
poder saber si se ríen o sonríen, pero la mía me despidió calurosamente y
desapareció. Vi su talle pavoneándose de alegría, apoyándose en el volumen de
los que llegaban a “La Ciudad de los Vientos”.
Mi sombra ahora vive en el extranjero.
Murtada Gzar nació en Kuwait en 1982. Es novelista, cineasta y
dibujante. Sus películas de animación han participado en numerosos festivales
internaciones y sus trabajos han formado parte del programa internacional de
escritura de la Universidad de Iowa. Actualmente reside en la ciudad de Seattle
done imparte “La escritura cinematográfica” en Hugo House. Entre sus
publicaciones se destacan: La escoba del paraíso (2008), El señor más
pequeño más grande (2013), Mi hermosa comunidad (2016), y Mientras
ella también (2017).
