Fernando Sorrentino
“El ganso bromista” es el título de un cuento
de Constancio C. Vigil cuya lectura disfruté en mi infancia, hace muchísimos
años… Unas dos décadas más tarde, ciertos sucesos personales me obligaron a
recordarlo y, por ese motivo, asigné el mismo título a este episodio
autobiográfico que estás leyendo.
Mi interés por la literatura era, y sigue
siendo, bastante mayor que mi interés por la educación. En consecuencia, y a
modo de simbiosis práctica, decidí estudiar lo suficiente y necesario, y logré recibirme
de profesor de Lengua y Literatura.
Por aquella época inaugural, con el fin de
ayudar a mis flacos bolsillos de docente me convertí, free-lance, en corrector de pruebas de imprenta de la Editorial
Zahorí, especializada en las llamadas “ciencias del hombre” y cuya sede se
hallaba en el barrio de San Telmo.
Ningún escrúpulo resulta óbice para
autoelogiarme: mi contracción al trabajo, mi conocimiento de la lengua española
y mi gusto por incursionar en cuestiones gramaticales o estilísticas, condiciones
aunadas a cierto espíritu obsesivamente detallista, me llevaron pronto a
ascender a la categoría de editor externo de obras aceptadas para su
publicación.
En aquellos años, anteriores a la proliferación
de las computadoras, esa labor consistía en leer con sumo cuidado los
originales dactilografiados en Underwoods, Remingtons u Olivettis y, mediante
lápiz o bolígrafo, ir extirpando los disparates, desatinos o despropósitos
semánticos, conceptuales, ortográficos, sintácticos en que suelen incurrir
médicos, sociólogos, historiadores, psicoanalistas… (sin excluir profesores de
lengua y literatura), y reemplazarlos por los respectivos términos ortodoxos o,
al menos, sensatos. Esa tarea me resultaba muy placentera.
No obstante, mi trabajo carecía de la deseada
continuidad, pues solían producirse extensas pausas hasta de meses enteros, en
que mi pericia no era necesaria en absoluto. Sea como fuere, mis visitas a la
editorial, aunque esporádicas, fueron gradualmente familiarizándome con los
distintos miembros de la empresa, gente, dicho sea de paso, en general muy
simpática y amable.
Por la índole de las tareas, yo trataba casi
exclusivamente con una muchacha un poco mayor que yo, la editora en jefe, conocida
como la “profe Tita” (modo familiar y afectuoso de referirse a quien, según su
DNI, se llamaba Josefina Titorelli); en menor medida, también charlaba de vez
en cuando con tres o cuatro chicas a las que espero no ofender si las califico
como “editoras de menor cuantía”.
Mis diálogos con Tita se prolongaban, en
ocasiones, más de una hora, pues, como no ignoran quienes se desempeñan en el
mundo del libro, la edición es tarea en extremo delicada: obliga a obrar con pies
de plomo y a no dejar ningún pormenor librado al azar.
Hacia el fondo del amplio salón principal donde
Tita y yo afinábamos detalles textuales, y separada por una mampara de madera y
vidrio, se hallaba la oficina contable, cuyo jefe era el señor Jeremiasz Schmar.
Su rostro anguloso, sus pómulos salientes, su entrecano pelo rubio y totalmente
lacio, su piel blanquísima y sus ojos celestes lo declaraban, a simple vista,
oriundo de algún país de Europa oriental. Por las razones que fueren, adolecía
de un fuerte acento extranjero que, unido a su voz de registro acutísimo, lo
singularizaba fácilmente cuando hablaba en español. Tendría unos cuarenta y
cinco años.
A veces, don Jeremías (así, con respeto, lo
llamaban en la editorial) interrumpía, muy educada y ceremoniosamente, el
diálogo entre Tita y yo para tratar alguna cuestión breve relacionada con la
disciplina financiera de la empresa. En varios de esos coloquios pude
escucharlo con nitidez y en detalle.
Cierta vez manifestó un tímido malhumor hacia
el deficiente servicio de transporte público que debía utilizar para
trasladarse hasta la editorial.
—Pero ¿cómo? –se extrañó Tita–. Yo tenía
entendido que usted venía a pie…
—Eso era antes, cuando yo vivia en Tacuari y
avénida Bélgrano. Ahora mudé lejos, pásaje Calíngasta, Villa Santa Rita…
Fui interesándome en la manera que tenía don Jeremías
de expresarse en nuestro idioma. Un buen día, no estando él donde pudiera oírme,
se me ocurrió decirle a Tita, en voz baja, unas frases en que imitaba la
elocución de dicho caballero.
Y hétenos aquí que la profe Tita, contra todo
pronóstico y abandonando por un instante su recato y su seriedad habituales
(que no le impedían ser sarcástica a menudo), prorrumpió en una estentórea
carcajada, tan sonora como discordante en aquel sitio consagrado a producir
libros y a difundir cultura.
Desde entonces, y con entusiasta regocijo de Tita,
yo solía remedar la extravagante habla de don Jeremías, reproduciendo las eses
muy violentas, la confusión entre erres y eres, las vocales más abiertas o más
cerradas, los cambios de acentuación o los errores de conjugación.
Me aqueja cierta tendencia a caer en la
hipérbole humorística: no tardé demasiado en extender mis imitaciones más allá
de Tita. Con la complicidad de Brunelda, la jovencita, bastante excedida de
peso, que oficiaba de recepcionista, adopté la costumbre, al llamar por
teléfono, de presentarme como si fuera el señor Jeremías.
Nuestros diálogos se desarrollaban en formato y
contenido invariables:
Yo (con el habla, muy sobreactuada, del señor Jeremías):
—Buenas tardes, ¿me hiciera ústet el fávor de comunícarme con la ámable
señórita profésora Tita?
Brunelda (desternillándose de risa): —Sí, cómo no.
¿De parte de quién, señor?
Yo (cortés aunque perentorio): —De parte de
séñor Jeremías. ¿Cómo ústet, tras tantos años, no reconocería mi voz?
Brunelda (compungida): —Ay, sí, tiene razón, don Jeremías,
discúlpeme. Ya le paso la comunicación a la profe Tita.
La rutina semiteatral entre Brunelda, Tita y yo
continuó sin modificación alguna. No constituía la diversión más apasionante
del mundo, pero tampoco era desagradable y, por añadidura, introducía algún
matiz ligeramente insólito en nuestras relaciones laborales.
Esta situación habrá durado no menos de seis u
ocho meses.
En algún momento no pude no notar que el señor Jeremías
ya no formaba parte de la constelación de la Editorial Zahorí. Y llegué a temer
que ya no se encontrase sobre la faz de la tierra.
Mi inquietud resultó injustificada: Tita me
informó que don Jeremías había renunciado a su empleo en la empresa para ahora
integrarse al personal de otra compañía comercial, al parecer con el fin de
gozar de mejores condiciones salariales.
Sea como fuere, no había ninguna razón para
abandonar mi remedo del habla de don Jeremías. Puede pensarse que todo lo
excesivo termina por cansar y por aburrir. Pero, en fin, los tres (Tita, Brunelda
y yo) nos divertíamos con esas tonterías que no causaban daño a nadie.
Rutina que se interrumpió cuando advino un largo
silencio en que dejé de ser convocado: tal vez tres o cuatro meses.
Nos hallábamos a finales de agosto, y un aire gélñido
y grisáceo se esparcía sobre Buenos Aires. Atribulado por la idea de que la
Editorial Zahorí no estuviera satisfecha con mi desempeño profesional, una tarde
cobré valor y llamé por teléfono.
Yo (con el habla del señor Jeremías): —Buenos
días, ¿me hiciera ústet el fávor de comunicarme con la ámable señórita
profésora Tita?
¿Brunelda?:
—¿De parte de quién, señor?
Yo (cortés aunque perentorio): —De parte de
séñor Jeremías. ¿Cómo ústet, tras tantos años, no reconocería mi voz?
¿Brunelda?:
—No lo entiendo, señor. Discúlpeme, no sé qué quiere decir…
Yo (tomando conciencia de un hecho nuevo): —Pero ¡cómo!
¿No habla yo con señórita Brúnelda?
Recepcionista: —No, señor,
lo siento. Brunelda no pertenece más a la empresa. La nueva recepcionista soy
yo.
Yo: —¡Carambo!
¡Qué noticia sorprendédora! Y entonces prégunto: ¿cómo llama ústet misma,
amable nueva telefonisto?
Recepcionista: —Mi nombre es
Amalia.
Yo: —Nombre Amelia,
pero ¿cuál apellida?
Recepcionista: —Amelia no: Amalia.
Amalia Sortini.
Yo: —¡Oh,
Sordini! ¿Quiere decir que ústet es sorda hipoacústica, que no oye palabras o
música o ladridos de gatos?
Recepcionista: —Oigo
perfectamente, señor. El que no oye es usted: no dije Sordini sino Sortini.
Yo: —¡Ah, Sortini!
Lindo apéllido itálico de la buena suerte sortinisca. En visita a Italia yo conoció
sábrosas cómidas. En Argéntina acostumbré comer nutrítivas pastas. Yo siempre
almuerza sorrentinos noche de lunes, miércoles y jueves. En cambio, martes y dómingo
toma sopa y come rabánitos hervidos.
Recepcionista (con tono glacial): —Ya mismo le paso la
comunicación con la señora Tita.
Yo: —¡Muchos
gracias, yo habla con señórita Tita en séguida!
Resultó, oh fortuna, que Tita estaba justamente
a punto de convocarme por un nuevo original para procesar. Y me citó a fin de
que lo retirara el día siguiente.
Así, en la recepción, pude conocer a Amalia. El
pelo erizado, el rostro triangular muy anguloso y la nariz corva me hicieron
pensar en un carancho o, al menos, en un gallo de riña. Contaría unos cuarenta
años, era muy delgada, usaba anteojos y mostraba una expresión avinagrada. Resumí
estos rasgos como una combinación de antigua empleada del correo y de archivista
municipal.
Sin fingirme don Jeremías, le dije que venía a
ver a la señora Tita. Amalia anunció mi presencia por el intercomunicador y me
invitó a pasar al salón principal.
Tita me informó que Brunelda había concluido su
carrera de derecho y que ahora trabajaba en un estudio jurídico. Ufano de mi
actuación, le describí el diálogo mantenido el día anterior con la nueva
recepcionista, en la seguridad de que aprobaría mi creatividad. Pero no fue
así:
—Me parece que no te conviene hacer participar
a Amalia en el histrionismo que usabas con Brunelda. El sentido del humor de
Amalia es aún inferior al que posee la momia de Tutankamón, y esta chica hasta
podría enojarse con vos.
—Muy bien, de acuerdo, acepto tu consejo. Pero quizá
alguna vez, cuando yo llame por teléfono, retome la personalidad de don Jeremías.
Gesto dubitativo de Tita:
—No sé, no sé…
Desplegó sobre el escritorio el original al que
yo debía conferir una forma legible, y pasó a explicarme las pautas que debería
tener en cuenta. Menos erudito que mediático, el autor (cuya identidad no
revelaré) era asaz conocido por participar con harta frecuencia en programas
televisivos de “divulgación científica”. El libro abarcaba unas ochocientas
páginas, y –me previno Tita– abundaba en cuadros sinópticos, tablas
estadísticas, interpolaciones de citas en inglés, en francés y en alemán,
apellidos y nombres de pila con grafía errónea… Todos los obstáculos y todas
las dificultades confluían en la obra, amén de que versaba sobre temas que no
revestían para mí el menor interés: una maraña tenebrosa de psicoanálisis,
sociología, epistemología, lingüística…
Ejecutar ese trabajo equivalía a cobrar una
razonable suma de dinero, de modo que retorné a casa con el libraco en mi
cartapacio y con alegría en mi corazón. En quehaceres del intelecto mi límite
para interrumpirlos es el primer atisbo de cansancio mental: en cuanto lo
percibo, abandono la tarea y la reanudo el día siguiente. Mediante este método
suelo avanzar con lentitud, pero lo que pierdo en velocidad lo gano en eficacia
y en precisión.
De manera que, sin prisa y con pausas, fui internándome
por esa especie de selva oscura redactada en dialecto tan hiperculto como antipático.
Por otra parte –ya lo anticipé–, la parte
genuinamente deleitosa de mi existencia discurría por otros senderos. Me
encantaba leer narrativa y dejarme llevar, en especial, por las historias con
peripecias extrañas o insólitas: como todo lector, tengo mis amores literarios…
Declararé por enésima vez mi ilimitada
admiración hacia las fabulaciones de Marco Denevi. Me seducen sus juegos, sus
sorpresas, la fluidez de su prosa, su sentido del humor, su imprevisible
imaginación. Resulta fácil verificar que con alguna frecuencia recurre al tema
de la impostura: personas que terminan siendo otras. Tal ocurre en Rosaura a las diez, en Ceremonia secreta, en Los asesinos de los días de fiesta…
¡Ah, esos cómicos hermanos despiadados que
vivían en la calle San Blas…! ¡Qué hermosa novela!
Una mañana septembrina de domingo decidí
conocer la calle San Blas. En esa época yo vivía casi en el confín norte de
Palermo, Paraguay al 5400. Consulté un plano de Buenos Aires y averigüé cómo alcanzar
en bicicleta la calle San Blas: esfuerzo fácilmente accesible para las energías
de mis treinta años de aquellos días.
Tomé por la avenida Juan B. Justo hasta llegar
a la coordenada necesaria. Tras algunos giros, pude hallarme en la calle de
Meneranda, Iluminada, Honorato, Patricio de la Escosura, Anacarsis y Lucrezia… No
puedo no confesar que sentía cierta emoción.
Hete aquí que, al llegar al 3300 de San Blas, apareció,
perpendicular, el pasaje Calingasta, o sea, ¡recordé de repente!, donde se
encuentra el domicilio de don Jeremías. Se me ocurrió, entonces, recorrer el
pasaje y comprobé que consta únicamente de una cuadra donde, según me pareció,
no hay nada notable.
Una pregunta acudió a mi caletre: ¿en cuál de
estas casas se hallará el hogar del antiguo jefe contable de la Editorial
Zahorí? Sin embargo (me dije), ¿qué diablos podía importarme esa información? Y
entonces una especie de molesto moscardón de incertidumbre empezó a aletearme…
En casa acudí a la letra S de la guía
telefónica, donde, ¡aleluya!, figuraban en el pasaje Calingasta el domicilio y
el número telefónico del señor Schmar. Ignoro por qué este hallazgo me infundió
alegría.
El lunes por la mañana, a primera hora, y sin
motivo racional alguno, llamé por
teléfono a la Editorial Zahorí:
Yo (con el habla, cada vez más sobreactuada, del
señor Jeremías): —Buenos días, señórita Ámalia. Éspero y déseo que se
ácuerde de mi persona.
Amalia (con cierto dejo de disgusto): —No sé,
señor, ¿quién es usted?
Yo: —Mi nombre es
séñor Jeremías Schmar. Aunque ústet no recuerde mi pérsona, yo conozco
perfectamente bélleza y simpatia de señórita Ámalia ya que muchas veces he
visitado edítorial y pasado frente a recepción.
Amalia (silencio sepulcral).
Yo: —¿Cortó ústet comunicación?
¿No oye ústet mis palabras? ¿No hace favor de respónderme?
Amalia: —Sí, lo oigo,
pero no entiendo qué me quiere decir. No sé quién es usted, nunca lo vi, no lo
conozco…
Yo: —Pero yo sí conozco a ústet y debo confésarle
que estoy enamórado de ústet y quisiera proponerle matrímonio a la brévedad
posible.
Amalia (colérica al máximo): —Dígame, ¿usted
está loco o qué demonios le pasa? Deje de hacerse el gracioso, señor imbécil, y
no me haga perder tiempo con sus bromas de payaso estúpido.
Yo: —Pero, señórito, escúch…
En este punto Amalia cortó la comunicación,
descortesía que por cierto me dolió.
Volví a mi tarea.
El hecho fue que, trabajando metódicamente unas
tres horas diarias, concluir la tarea de adecentar el mamotreto me insumió casi
noventa días. Al cabo de ese tiempo, ya en los calores de noviembre, pude
desembarazarme del gravoso incordio y me presenté en la Editorial Zahorí.
En la recepción me sorprendió la presencia de
una nueva empleada: una chica muy joven, tal vez de unos dieciocho años, con
pelo rubio y pecas anaranjadas.
Ya ante Tita, comenté:
—Veo que hay nueva recepcionista… Parece que Amalia
no duró demasiado…
Tita sonrió:
—Es que, mientras vos desapareciste del mapa, hubo
notables novedades en nuestro modesto jet
set…
Pensé: “Profe Tita, la de Afilada Lengua”. Repliqué,
ligeramente irritado:
—No me calumnies: yo no desaparecí de ningún
mapa. Me dediqué a luchar contra el libraco perpetrado por don Dificilongo Galimatías…
Nueva sonrisa de Tita, como aprobando mi
explicación. Extrajo una cartulina blancuzca de un cajón de su escritorio y me
la extendió. Leí:
Ha
llegado nuestro momento. Nos casamos y nos encantaría compartir con ustedes
este día tan especial. La ceremonia tendrá lugar en la Iglesia Santa Rita de
Casia, calle Camarones 3443, Buenos Aires, el sábado 23 de octubre a las 21:00.
Los
novios saludaremos en el atrio.
Afectuosos
saludos,
Jeremiasz
Schmar y Amalia Sortini
—Qué lástima —dije—. Me habría gustado
presenciar la ceremonia. Pero el sábado 23 ya pasó. Veo que me enteré tarde.
—Bueno –se disculpó Tita–, pensé en avisarte por teléfono pero, con tanto ajetreo laboral, me olvidé. Además, no creo que te importara demasiado.
Este cuento ha sido publicado en el volumen Contra el mar helado de nuestro corazón. Franz Kafka a cien años de su muerte, textos compilados por Gerardo Piña-Rosales y Daniel R. Fernández para la Academia Norteamericana de la Lengua Española.

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