Andrea Tillmanns
La primera
entrevista programada para ese día prometía ser la menos interesante. ¿Qué
podría tener para decir un hombre de cien años? Todavía me preguntaba por qué
el editor en jefe me había asignado esa tarea cuando llamamos al timbre del
centenario.
Para mi sorpresa, fue el propio
anciano quien abrió la puerta. Estaba sentado en una silla de ruedas eléctrica
y sus delgados brazos temblaban ligeramente mientras nos guiaba hasta la sala
de estar, pero su voz sonaba sorprendentemente firme cuando nos saludó con unas
breves palabras. Durante un instante absurdo tuve la impresión de que aquel
hombre era mucho más joven que su cuerpo. Pero ¿cómo iba a saber yo cuál era el
estado físico normal de un centenario? Habitualmente, ese tipo de entrevistas
de cumpleaños las hacían voluntarios.
El fotógrafo se marchó enseguida,
apenas felicitamos al anciano, le entregamos el ramo de flores y terminó la
breve sesión de fotos. Yo me quedé a solas con aquel hombre, del que ahora
debía arrancar unas cuantas frases con cierto sentido. ¿Por qué alguien de su
edad no tenía familiares que lo cuidaran de forma permanente, o una enfermera?
Sin duda, eso habría facilitado mucho las cosas.
—¿Podemos empezar de una vez?
—interrumpió el anciano mis pensamientos.
Una vez más me sorprendió la
firmeza de su voz. Arrastraba un poco las palabras, como si la dentadura
postiza no le ajustara del todo bien y, aun así, hablaba con mucha más claridad
de la que yo esperaba. En ambos sentidos de la palabra, añadí para mis adentros.
Quizá no estuviera tan senil como había imaginado. Tenía que ser cuidadoso; no
quería que luego llamara a mi jefe para quejarse de mí.
—Bien, señor Jackson —comencé
mientras seguía buscando mi libreta en el bolsillo interior de la chaqueta—.
Empecemos... Cuénteme un poco sobre usted. ¿Vive completamente solo?
En ese momento caí en la cuenta de
que la pregunta podía interpretarse como algo más que un simple interés cortés.
Y, efectivamente, el anciano
resopló con enojo.
—¡Por supuesto! —respondió con
brusquedad—. ¿Acaso cree que no puedo arreglármelas solo?
Luego volvió a recostarse en su
silla de ruedas.
—Un vecino hace las compras por mí
—explicó con mucha más calma—, y todos los mediodías viene un joven a traerme
la comida. Ya no me queda ningún familiar.
Lo dijo como quien repite algo
aprendido de memoria. ¿Le resultaba esta entrevista tan desagradable como a mí?
Pero entonces, ¿por qué no se había negado cuando concertaron la cita? Quizá el
hombre estuviera realmente senil, pensé. De todos modos, para tener cien años
me parecía demasiado ágil.
—¿Ya terminamos con esto? —continuó
después de una breve pausa.
En realidad, ya tenía suficientes
notas para escribir un pequeño artículo sobre un vivaz centenario que no se
había dejado vencer por la edad ni por las desgracias y que incluso seguía
siendo capaz de vivir solo. Una historia conmovedora que haría sonreír con
ternura a cualquier lector y quizá lo llevaría a reflexionar un instante antes
de volver a doblar el periódico.
No sé por qué no me fui en ese
mismo momento. Tal vez fuera esa chispa de curiosidad que a veces aparece en el
instante justo; quizá fueran mis muchos años de experiencia como periodista.
Algo me hizo negar con la cabeza.
—Necesito algunas impresiones más
—expliqué vagamente.
Miré a mi alrededor, me levanté por
fin y me acerqué a la chimenea. Sobre la repisa había numerosas fotografías que
daban testimonio de una larga vida. Creí reconocer a sus hijos y nietos y, en
otras imágenes, quizá a su esposa. Todos llevaban ropas tan anticuadas que
volví a tomar conciencia de la edad de aquel hombre, que ahora maniobraba su
silla de ruedas hasta colocarse a mi lado.
—No hay nada que ver ahí —dijo con
una voz tan cansada que despertó mi atención.
¿Estaría esperando simplemente la
pregunta adecuada? ¿Acaso sí tenía algo interesante que contarme?
Aparté de mi mente los pensamientos
sobre el escritorio donde el trabajo se iba acumulando y observé las
fotografías con mayor detenimiento.
—¿Sus abuelos? —pregunté
finalmente, señalando dos fotografías antiquísimas situadas en el extremo
izquierdo de aquella galería familiar.
—Mis padres —me corrigió
mecánicamente.
Me quedé inmóvil y empecé a hacer
cálculos. El papel grueso y los bordes descoloridos de aquellas fotografías me
recordaban los retratos de mis propios bisabuelos que mi madre guardaba en una
pequeña caja de madera. Si ese hombre había nacido a principios del siglo
pasado...
Algo no cuadraba.
—¿Y estos niños? —pregunté tras un
instante de vacilación, señalando la fotografía siguiente antes de que
advirtiera mi desconcierto.
—Mi hermana y yo —explicó.
Con un suave zumbido, la silla de
ruedas regresó hasta la mesa baja de la sala, junto a la silla donde yo había
estado sentado. Aparentemente, el anciano había perdido el interés, pero yo
seguía sin poder apartar la vista de las fotografías.
En la siguiente aparecía un joven
de aspecto pálido y enfermizo, aunque eso también podía deberse a la mala
calidad de la imagen. Evidentemente era otra fotografía de estudio; sin
embargo, estaba borrosa y presentaba defectos en varios lugares. Traté de recordar
una fotografía de mi abuelo con uniforme, tomada al comienzo de la Primera
Guerra Mundial. ¿Existían diferencias tan marcadas en la calidad de las
fotografías de aquella época o solo me lo parecía?
Observé las demás imágenes sin
darme cuenta de qué era exactamente lo que me inquietaba tanto. Evidentemente,
el hombre se había recuperado poco después y se había casado; fotografías más
recientes mostraban a sus hijos, nietos y, presumiblemente, bisnietos.
La última fotografía mostraba una
antigua lápida de gran tamaño, evidentemente perteneciente al panteón familiar.
Me incliné para descifrar la
inscripción.
Debajo del apellido familiar
aparecía una cita inusualmente larga:
"Poder quedarse dormido
cuando uno está cansado y poder soltar una carga que se ha llevado durante
mucho tiempo es algo delicioso, maravilloso."
Algunas letras resultaban
ilegibles, pero el sentido del texto estaba claro.
Me volví hacia el anciano.
—¿Es de Goethe? —pregunté,
señalando la fotografía.
Él resopló con desdén.
—De Hermann Hesse, ignorante. ¿No
aprendió nada?
—Creo —respondí lentamente,
procurando respirar con calma— que ya debería irme. Sé todo lo que necesito
saber.
—Olvidó la pregunta de rigor
—objetó el anciano con brusquedad—. Su colega, que vino a verme hace cinco
años, me la hizo enseguida: «¿Cómo logró vivir tantos años?».
Imitó el tono excesivamente amable
que muchos jóvenes periodistas consideran educado.
Me sentí descubierto, aunque
aquella crítica ni siquiera iba dirigida a mí.
—¿Y qué le respondió? —pregunté con
cautela.
—Lo de siempre —contestó con mal
humor—. Mucho ejercicio, alimentación sana y una copa de vino todas las noches.
—Sonreí por compromiso, aunque, evidentemente, no de manera demasiado
convincente—. Pero quizá —continuó, mirándome fijamente con sus ojos apagados—
le habría contado la verdad.
—¿Y cuál es esa verdad? —pregunté
con creciente tensión.
Mientras conversábamos, me había
ido alejando lentamente de la chimenea hasta regresar a la mesa del salón y,
cuando volví a sentarme, el anciano me observó con desconfianza. Apenas podía
imaginar que aún distinguiera algo y, sin embargo, aquellos ojos lechosos
seguían clavados en mi rostro.
—Quién sabe... —murmuró mientras
negaba lentamente con la cabeza.
Tomé aire.
¿Aquel viejo solo estaba burlándose
de mí?
Cuando empujé mi silla hacia atrás
con decisión, levantó una mano temblorosa.
—Espere —dijo apresuradamente—.
Déjeme contarle una historia... Empezó con mi niñera, María. Nadie conocía su
verdadero nombre. Venía de Togo. Cuando estaba enfermo —continuó—, y de niño
enfermaba con frecuencia, María iba a buscar un pequeño frasco de vidrio a su
habitación y echaba exactamente una gota en mi plato de sopa. Lo llamaba «la
medicina de la vida».
Pensé fugazmente en el efecto
placebo, que probablemente fuera aún más intenso en los niños que en los
adultos. ¿O acaso aquella niñera había traído consigo algún brebaje de su
tierra? Dibujé un signo de interrogación junto a la palabra «medicina» en mi libreta.
—«Una gota por un día», decía
siempre. —Había dejado caer aún más la cabeza sobre su pecho hundido—. Se
suponía que cada gota de esa medicina daba a un enfermo un día de salud y a una
persona sana un día de vida.
Parecía esperar que comprendiera lo
que intentaba decirme, pero mis pensamientos eran demasiado irreales para
convertirlos en palabras.
—¿María le dio muchas gotas de esa
medicina? —pregunté lentamente.
Negó con la cabeza.
—Nunca me habría dejado beber
demasiado —respondió el anciano—. Lo habría impedido... si hubiera podido. —Sus
ojos brillaban ahora, quizá por las lágrimas que empezaban a asomar. Aquella
idea me resultó casi más desagradable que lo que pudiera decir a continuación—.
Fue muy fácil —prosiguió. Su voz sonaba tan serena que tuve la certeza de que
estaba haciendo un enorme esfuerzo por contenerse—. Lo único que tuve que hacer
fue esconder el broche favorito de mi madre en la habitación de María. Yo había
descubierto el compartimento secreto bajo una tabla suelta del suelo mucho
tiempo antes, poco después de cumplir diecinueve años. Allí había doce frascos,
todos llenos de la medicina de la vida.
Por primera vez suspiró suavemente.
—Después de que mis padres echaran
a María de la casa, empecé a beberla todos los días: primero una gota, luego
una cucharada y, finalmente, grandes tragos... hasta vaciar los doce frascos.
En aquel entonces todavía tenía miedo de la muerte.
—No hablará en serio, ¿verdad? —me
oí decir con voz ronca después de un momento, cuando tomé conciencia del
silencio—. Es absurdo creer en pociones mágicas y cosas por el estilo a su
edad. Hoy en día no es tan raro vivir tanto como usted; no necesita buscar
explicaciones tan extravagantes.
Advertí que mi voz iba elevándose
cada vez más. Sin embargo, en aquel instante ya no me preocupaba que pudiera
quejarse a mi jefe.
—¿Quiere una prueba? —replicó el
anciano con irritación.
Luego señaló con dedos temblorosos
el aparador.
—Saque la carpeta negra que está a
la derecha. —Sin decir palabra, me levanté, abrí la puerta derecha del
aparador, saqué la delgada carpeta de cuero y la coloqué entre los dos sobre la
mesa del salón—. Ábrala.
Sin pensar, obedecí.
En la primera hoja, amarillenta por
el tiempo, figuraban el nombre del anciano, su fecha de nacimiento exactamente
cien años atrás y unas líneas donde se certificaba que su partida de nacimiento
había sido destruida durante la guerra. Era, sin duda, un documento oficial,
firmado y sellado.
—Siga.
Con cuidado pasé la página. Detrás
de aquel certificado había otra partida de nacimiento con el mismo nombre. Tardé
unos segundos en advertir la diferencia. El año era anterior. Muy anterior.
Las fotografías, que parecían
muchísimo más antiguas de lo que debían ser, su historia... Todo cobraba
sentido, aunque me resultara imposible creerlo.
—¿Cuánto tiempo...? —empecé a
preguntar, pero me interrumpí al darme cuenta de lo absurda que sonaba la
pregunta.
Él me había entendido de todos
modos.
—¿Cuántas gotas caben en un frasco?
¿Y cuántos días caben en una vida?
Su mirada empañada volvió a fijarse
en mi rostro.
—Nunca las conté. Y creo que no
quiero saberlo. Quizá, en algún momento, ya me haya arrepentido durante
suficiente tiempo.
—Pero ahora parece muy anciano
—dije con suavidad—. Tal vez ya no tenga que esperar mucho más...
—Usted solo ve una parte —replicó
el anciano, moviendo lentamente la cabeza—. ¿Quién sabe cómo ha recorrido la
medicina mi cuerpo, cuánto de ella llegó a cada lugar? Mi corazón sigue siendo
fuerte y continuará latiendo, gota tras gota, día tras día...
Me estremecí al ver una lágrima
resbalar por su mejilla.
En ese momento hizo retroceder la
silla de ruedas, giró hacia un lado y avanzó hasta la habitación contigua.
—Ahora váyase —lo oí decir con
aquella voz que sonaba demasiado joven, justo antes de bajar la manija de la
puerta—. Ya conoce el camino.
Abandoné el apartamento sin
pronunciar una sola palabra. ¿Qué habría podido decir?
Mientras caminaba hacia la parada
de autobús más cercana, grabé un breve texto en mi teléfono móvil: una
conmovedora historia sobre un vivaz centenario que, pese a todos los golpes que
le había dado la vida y a su avanzada edad, seguía arreglándoselas para vivir
por sí solo.
Mientras esperaba el siguiente
autobús, pensé en la fotografía del panteón familiar.
Y en el antiquísimo corazón de aquel hombre, que seguía impulsando la sangre con un pulso firme y constante a través de un cuerpo que estaba muy lejos de estar preparado para quedarse dormido para siempre.
Andrea Tillmanns nació en Grevenbroich, Alemania, en 1972 y actualmente vive en Westfalia Oriental, cerca de Bielefeld. Su trabajo habitual es como física; estudió y obtuvo su doctorado en la Universidad RWTH de Aquisgrán. Actualmente trabaja a tiempo completo como profesora de física y tecnología de medición en la Universidad de Ciencias Aplicadas y Artes de Bielefeld, donde su trabajo se centra, entre otras cosas, en las propiedades físicas de los textiles. Lleva muchos años escribiendo poesía, cuentos y novelas de diversos géneros. Sus poemas y relatos se han publicado en The World of Myth, Hawthorn & Ash, SciFanSat y otras revistas y antologías. También ha publicado más de veinte libros en alemán. Pueden encontrar más información sobre la autora y sus textos en su sitio web: www.andreatillmanns.de.

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