jueves, 23 de julio de 2026

¿CUÁNTOS DÍAS CABEN EN UNA VIDA?

Andrea Tillmanns

 

La primera entrevista programada para ese día prometía ser la menos interesante. ¿Qué podría tener para decir un hombre de cien años? Todavía me preguntaba por qué el editor en jefe me había asignado esa tarea cuando llamamos al timbre del centenario.

Para mi sorpresa, fue el propio anciano quien abrió la puerta. Estaba sentado en una silla de ruedas eléctrica y sus delgados brazos temblaban ligeramente mientras nos guiaba hasta la sala de estar, pero su voz sonaba sorprendentemente firme cuando nos saludó con unas breves palabras. Durante un instante absurdo tuve la impresión de que aquel hombre era mucho más joven que su cuerpo. Pero ¿cómo iba a saber yo cuál era el estado físico normal de un centenario? Habitualmente, ese tipo de entrevistas de cumpleaños las hacían voluntarios.

El fotógrafo se marchó enseguida, apenas felicitamos al anciano, le entregamos el ramo de flores y terminó la breve sesión de fotos. Yo me quedé a solas con aquel hombre, del que ahora debía arrancar unas cuantas frases con cierto sentido. ¿Por qué alguien de su edad no tenía familiares que lo cuidaran de forma permanente, o una enfermera? Sin duda, eso habría facilitado mucho las cosas.

—¿Podemos empezar de una vez? —interrumpió el anciano mis pensamientos.

Una vez más me sorprendió la firmeza de su voz. Arrastraba un poco las palabras, como si la dentadura postiza no le ajustara del todo bien y, aun así, hablaba con mucha más claridad de la que yo esperaba. En ambos sentidos de la palabra, añadí para mis adentros. Quizá no estuviera tan senil como había imaginado. Tenía que ser cuidadoso; no quería que luego llamara a mi jefe para quejarse de mí.

—Bien, señor Jackson —comencé mientras seguía buscando mi libreta en el bolsillo interior de la chaqueta—. Empecemos... Cuénteme un poco sobre usted. ¿Vive completamente solo?

En ese momento caí en la cuenta de que la pregunta podía interpretarse como algo más que un simple interés cortés.

Y, efectivamente, el anciano resopló con enojo.

—¡Por supuesto! —respondió con brusquedad—. ¿Acaso cree que no puedo arreglármelas solo?

Luego volvió a recostarse en su silla de ruedas.

—Un vecino hace las compras por mí —explicó con mucha más calma—, y todos los mediodías viene un joven a traerme la comida. Ya no me queda ningún familiar.

Lo dijo como quien repite algo aprendido de memoria. ¿Le resultaba esta entrevista tan desagradable como a mí? Pero entonces, ¿por qué no se había negado cuando concertaron la cita? Quizá el hombre estuviera realmente senil, pensé. De todos modos, para tener cien años me parecía demasiado ágil.

—¿Ya terminamos con esto? —continuó después de una breve pausa.

En realidad, ya tenía suficientes notas para escribir un pequeño artículo sobre un vivaz centenario que no se había dejado vencer por la edad ni por las desgracias y que incluso seguía siendo capaz de vivir solo. Una historia conmovedora que haría sonreír con ternura a cualquier lector y quizá lo llevaría a reflexionar un instante antes de volver a doblar el periódico.

No sé por qué no me fui en ese mismo momento. Tal vez fuera esa chispa de curiosidad que a veces aparece en el instante justo; quizá fueran mis muchos años de experiencia como periodista. Algo me hizo negar con la cabeza.

—Necesito algunas impresiones más —expliqué vagamente.

Miré a mi alrededor, me levanté por fin y me acerqué a la chimenea. Sobre la repisa había numerosas fotografías que daban testimonio de una larga vida. Creí reconocer a sus hijos y nietos y, en otras imágenes, quizá a su esposa. Todos llevaban ropas tan anticuadas que volví a tomar conciencia de la edad de aquel hombre, que ahora maniobraba su silla de ruedas hasta colocarse a mi lado.

—No hay nada que ver ahí —dijo con una voz tan cansada que despertó mi atención.

¿Estaría esperando simplemente la pregunta adecuada? ¿Acaso sí tenía algo interesante que contarme?

Aparté de mi mente los pensamientos sobre el escritorio donde el trabajo se iba acumulando y observé las fotografías con mayor detenimiento.

—¿Sus abuelos? —pregunté finalmente, señalando dos fotografías antiquísimas situadas en el extremo izquierdo de aquella galería familiar.

—Mis padres —me corrigió mecánicamente.

Me quedé inmóvil y empecé a hacer cálculos. El papel grueso y los bordes descoloridos de aquellas fotografías me recordaban los retratos de mis propios bisabuelos que mi madre guardaba en una pequeña caja de madera. Si ese hombre había nacido a principios del siglo pasado...

Algo no cuadraba.

—¿Y estos niños? —pregunté tras un instante de vacilación, señalando la fotografía siguiente antes de que advirtiera mi desconcierto.

—Mi hermana y yo —explicó.

Con un suave zumbido, la silla de ruedas regresó hasta la mesa baja de la sala, junto a la silla donde yo había estado sentado. Aparentemente, el anciano había perdido el interés, pero yo seguía sin poder apartar la vista de las fotografías.

En la siguiente aparecía un joven de aspecto pálido y enfermizo, aunque eso también podía deberse a la mala calidad de la imagen. Evidentemente era otra fotografía de estudio; sin embargo, estaba borrosa y presentaba defectos en varios lugares. Traté de recordar una fotografía de mi abuelo con uniforme, tomada al comienzo de la Primera Guerra Mundial. ¿Existían diferencias tan marcadas en la calidad de las fotografías de aquella época o solo me lo parecía?

Observé las demás imágenes sin darme cuenta de qué era exactamente lo que me inquietaba tanto. Evidentemente, el hombre se había recuperado poco después y se había casado; fotografías más recientes mostraban a sus hijos, nietos y, presumiblemente, bisnietos.

La última fotografía mostraba una antigua lápida de gran tamaño, evidentemente perteneciente al panteón familiar.

Me incliné para descifrar la inscripción.

Debajo del apellido familiar aparecía una cita inusualmente larga:

"Poder quedarse dormido cuando uno está cansado y poder soltar una carga que se ha llevado durante mucho tiempo es algo delicioso, maravilloso."

Algunas letras resultaban ilegibles, pero el sentido del texto estaba claro.

Me volví hacia el anciano.

—¿Es de Goethe? —pregunté, señalando la fotografía.

Él resopló con desdén.

—De Hermann Hesse, ignorante. ¿No aprendió nada?

—Creo —respondí lentamente, procurando respirar con calma— que ya debería irme. Sé todo lo que necesito saber.

—Olvidó la pregunta de rigor —objetó el anciano con brusquedad—. Su colega, que vino a verme hace cinco años, me la hizo enseguida: «¿Cómo logró vivir tantos años?».

Imitó el tono excesivamente amable que muchos jóvenes periodistas consideran educado.

Me sentí descubierto, aunque aquella crítica ni siquiera iba dirigida a mí.

—¿Y qué le respondió? —pregunté con cautela.

—Lo de siempre —contestó con mal humor—. Mucho ejercicio, alimentación sana y una copa de vino todas las noches. —Sonreí por compromiso, aunque, evidentemente, no de manera demasiado convincente—. Pero quizá —continuó, mirándome fijamente con sus ojos apagados— le habría contado la verdad.

—¿Y cuál es esa verdad? —pregunté con creciente tensión.

Mientras conversábamos, me había ido alejando lentamente de la chimenea hasta regresar a la mesa del salón y, cuando volví a sentarme, el anciano me observó con desconfianza. Apenas podía imaginar que aún distinguiera algo y, sin embargo, aquellos ojos lechosos seguían clavados en mi rostro.

—Quién sabe... —murmuró mientras negaba lentamente con la cabeza.

Tomé aire.

¿Aquel viejo solo estaba burlándose de mí?

Cuando empujé mi silla hacia atrás con decisión, levantó una mano temblorosa.

—Espere —dijo apresuradamente—. Déjeme contarle una historia... Empezó con mi niñera, María. Nadie conocía su verdadero nombre. Venía de Togo. Cuando estaba enfermo —continuó—, y de niño enfermaba con frecuencia, María iba a buscar un pequeño frasco de vidrio a su habitación y echaba exactamente una gota en mi plato de sopa. Lo llamaba «la medicina de la vida».

Pensé fugazmente en el efecto placebo, que probablemente fuera aún más intenso en los niños que en los adultos. ¿O acaso aquella niñera había traído consigo algún brebaje de su tierra? Dibujé un signo de interrogación junto a la palabra «medicina» en mi libreta.

—«Una gota por un día», decía siempre. —Había dejado caer aún más la cabeza sobre su pecho hundido—. Se suponía que cada gota de esa medicina daba a un enfermo un día de salud y a una persona sana un día de vida.

Parecía esperar que comprendiera lo que intentaba decirme, pero mis pensamientos eran demasiado irreales para convertirlos en palabras.

—¿María le dio muchas gotas de esa medicina? —pregunté lentamente.

Negó con la cabeza.

—Nunca me habría dejado beber demasiado —respondió el anciano—. Lo habría impedido... si hubiera podido. —Sus ojos brillaban ahora, quizá por las lágrimas que empezaban a asomar. Aquella idea me resultó casi más desagradable que lo que pudiera decir a continuación—. Fue muy fácil —prosiguió. Su voz sonaba tan serena que tuve la certeza de que estaba haciendo un enorme esfuerzo por contenerse—. Lo único que tuve que hacer fue esconder el broche favorito de mi madre en la habitación de María. Yo había descubierto el compartimento secreto bajo una tabla suelta del suelo mucho tiempo antes, poco después de cumplir diecinueve años. Allí había doce frascos, todos llenos de la medicina de la vida.

Por primera vez suspiró suavemente.

—Después de que mis padres echaran a María de la casa, empecé a beberla todos los días: primero una gota, luego una cucharada y, finalmente, grandes tragos... hasta vaciar los doce frascos. En aquel entonces todavía tenía miedo de la muerte.

—No hablará en serio, ¿verdad? —me oí decir con voz ronca después de un momento, cuando tomé conciencia del silencio—. Es absurdo creer en pociones mágicas y cosas por el estilo a su edad. Hoy en día no es tan raro vivir tanto como usted; no necesita buscar explicaciones tan extravagantes.

Advertí que mi voz iba elevándose cada vez más. Sin embargo, en aquel instante ya no me preocupaba que pudiera quejarse a mi jefe.

—¿Quiere una prueba? —replicó el anciano con irritación.

Luego señaló con dedos temblorosos el aparador.

—Saque la carpeta negra que está a la derecha. —Sin decir palabra, me levanté, abrí la puerta derecha del aparador, saqué la delgada carpeta de cuero y la coloqué entre los dos sobre la mesa del salón—. Ábrala.

Sin pensar, obedecí.

En la primera hoja, amarillenta por el tiempo, figuraban el nombre del anciano, su fecha de nacimiento exactamente cien años atrás y unas líneas donde se certificaba que su partida de nacimiento había sido destruida durante la guerra. Era, sin duda, un documento oficial, firmado y sellado.

—Siga.

Con cuidado pasé la página. Detrás de aquel certificado había otra partida de nacimiento con el mismo nombre. Tardé unos segundos en advertir la diferencia. El año era anterior. Muy anterior.

Las fotografías, que parecían muchísimo más antiguas de lo que debían ser, su historia... Todo cobraba sentido, aunque me resultara imposible creerlo.

—¿Cuánto tiempo...? —empecé a preguntar, pero me interrumpí al darme cuenta de lo absurda que sonaba la pregunta.

Él me había entendido de todos modos.

—¿Cuántas gotas caben en un frasco? ¿Y cuántos días caben en una vida?

Su mirada empañada volvió a fijarse en mi rostro.

—Nunca las conté. Y creo que no quiero saberlo. Quizá, en algún momento, ya me haya arrepentido durante suficiente tiempo.

—Pero ahora parece muy anciano —dije con suavidad—. Tal vez ya no tenga que esperar mucho más...

—Usted solo ve una parte —replicó el anciano, moviendo lentamente la cabeza—. ¿Quién sabe cómo ha recorrido la medicina mi cuerpo, cuánto de ella llegó a cada lugar? Mi corazón sigue siendo fuerte y continuará latiendo, gota tras gota, día tras día...

Me estremecí al ver una lágrima resbalar por su mejilla.

En ese momento hizo retroceder la silla de ruedas, giró hacia un lado y avanzó hasta la habitación contigua.

—Ahora váyase —lo oí decir con aquella voz que sonaba demasiado joven, justo antes de bajar la manija de la puerta—. Ya conoce el camino.

Abandoné el apartamento sin pronunciar una sola palabra. ¿Qué habría podido decir?

Mientras caminaba hacia la parada de autobús más cercana, grabé un breve texto en mi teléfono móvil: una conmovedora historia sobre un vivaz centenario que, pese a todos los golpes que le había dado la vida y a su avanzada edad, seguía arreglándoselas para vivir por sí solo.

Mientras esperaba el siguiente autobús, pensé en la fotografía del panteón familiar.

Y en el antiquísimo corazón de aquel hombre, que seguía impulsando la sangre con un pulso firme y constante a través de un cuerpo que estaba muy lejos de estar preparado para quedarse dormido para siempre.

Andrea Tillmanns nació en Grevenbroich, Alemania, en 1972 y actualmente vive en Westfalia Oriental, cerca de Bielefeld. Su trabajo habitual es como física; estudió y obtuvo su doctorado en la Universidad RWTH de Aquisgrán. Actualmente trabaja a tiempo completo como profesora de física y tecnología de medición en la Universidad de Ciencias Aplicadas y Artes de Bielefeld, donde su trabajo se centra, entre otras cosas, en las propiedades físicas de los textiles. Lleva muchos años escribiendo poesía, cuentos y novelas de diversos géneros. Sus poemas y relatos se han publicado en The World of Myth, Hawthorn & Ash, SciFanSat y otras revistas y antologías. También ha publicado más de veinte libros en alemán. Pueden encontrar más información sobre la autora y sus textos en su sitio web: www.andreatillmanns.de.

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EL GANSO BROMISTA