Rocío Durán-Barba
¡Basta!
Un día me dije: «¡Basta!»
El mismo cuadro se repetía, en Europa, hasta el infinito. A través de
semanas. A través de meses. De años. ¡De veinte años!
«¿De dónde es usted?»
«De Ecuador».
«¡Ah! de Ecuador…»
«¿Lo ha visitado usted?»
«No, pero es como si lo conociera. He leído Ecuador, el libro
de Michaux».
«es como si lo conociera. He
leído Ecuador, el libro de Michaux»…
¡Qué eco!
Inagotable.
Pocos europeos han visitado mi país, pero muchos han leído ese
escrito. Y un libro es todo un universo. Tiene a su haber el don de la palabra,
de la idea, del concepto, del mensaje, de la comunicación. Y puede encarnar
desde el divertimiento hasta la maña de la denigración, maldición, del
pervertimiento.
Y Ecuador es un texto que,
en círculos concéntricos y párrafos extraños, describe a mi país como una nube
negra. Con ciudades-asfixia. Habitantes ridículos. Abismos, valles, volcanes
irrisorios. Lagunas pantanosas. Selvas infernales. Enfermedades galopantes.
Desiertos impotentes. Monstruos en vez de insectos. Tigres, boas, vampiros
acechadores. ¡Tierra abyecta! Atiborrada de miserias. Incrustada de leprosos y
nativos despreciables. Un exotismo repulsivo. Y, sobre todo, una visión
ofensiva.
Desde que supe de su existencia trataba de silenciarlo.
Recorría las librerías y adquiría todos los ejemplares que caían en
mis manos. Todos.
Ante las pilas que recogía mi aflicción decaía-disminuía, hasta
escuchar otra vez: «He leído Ecuador». Entonces, se reanudaban: angustia
y obsesión. Pero en vano. En cuanto se agotaba, reaparecía. Con diferente
formato. Otra portada. Flamante color. Tinta distinta. E, inflexiblemente, con
el mismo discurso. De este estilo:
«El Ecuador es pobre y
pelado.
¡Con jorobas! y la tierra
color de magulladura
O negra como la trufa.
Los caminos menguados, bordeados
de plumeros.
Arriba el cielo es
fangoso...»
Cada vez que adquiría nuevas copias las analizaba. Una a una. Guardaba
la esperanza de que, un día u otro, cambiase el texto. Se deformase. Se
recompusiese. No podía dejar de recorrerlo al derecho y al revés.
A fuerza de revisarlo me sometió. Me enfermó. Demolió mis tareas.
Deshilvanó mis horas. Malogró mis ilusiones. Llegó un momento en que el
universo se me descolorió. Se vació de interés. Y empecé a existir de otra
manera, como cuando se deja de vivir: No comía ni dormía. No paseaba. No miraba
ni escuchaba. Pisoteé mi buen humor. Abandoné a mis amigos. Dejé de rezar.
Maldecía. Rondaba en torno al libro. Una sola idea me ganaba:
Seguirlo-perseguirlo. ¡Destruirlo!
Con el tiempo, el fenómeno se acentuó. El libro adquirió resonancia.
Su voz se alzaba-encumbraba, insistentemente. Golpeaba, cerca de mí y a mi
alrededor:
«El suelo es negro e
inhóspito.
Un suelo que viene de las
entrañas.
No se interesa en las
plantas.
Es una tierra volcánica.
¡Desnudo! Y las casas
recubiertas de negror,
Le dejan toda su desnudez;
El desnudo negro de lo
infernal.»
Fue
así como un día de aquellos, que se levantan con ojos desorbitados y ánimo
vertical, fui presa de un arrebato de venganza.
«La venganza es un plato que se come frío», dice un sabio proverbio
francés. Sabio y, sobre todo, práctico.
«La venganza es un plato que se come frío», empecé a murmurar.
Luego, a repetir con fuerza.
Más tarde, se convirtió en exigencia.
¡Fue incontenible!
Me
dediqué a idear la venganza.
Para ello debía, en primer lugar, encontrar al autor del libro: Henry
Michaux, quien se había ganado, precisamente con Ecuador, un sitio en el “Museo de la Inmortalidad”. Un palacio en
la ciudad de París.
Me procuré la dirección y fui a enfrentarlo.
El edificio contaba con múltiples pisos, salas, corredores. Su
repertorio, con cientos de personajes. Pero no me fue difícil dar con su
paradero. Se hospedaba en el ala del siglo XX.
El circuito que seguí fue singular. Un poco desordenado. Algo azaroso.
En medio de la solemnidad del recinto descubrí muchos silencios. Unos,
sentados, aquí. Otros, allá, derrumbados.
Al cruzar una de las puertas tropecé con Margarita Duras. Fue
imposible pasar de largo. Exhibía una sonrisa mordaz, con marca de eternidad,
estupenda. No pude dejar de saludarla, ya que se burlaba del tic francés de
construir colosales estatuas post-mortem –su valor era sonoro en ese espacio,
mientras hasta la víspera de su despedida se le había dedicado una colección de
adjetivos calificativos más bien horrorosos–. Casi me quedo con ella. Hubiera
sido interesante escuchar su discurso. Pero me despedí. Estaba de prisa. Sufría
de una dolencia moderna e incurable: falta de tiempo total-radical. Y, luego,
el motor de la venganza que me animaba era incesante-sonoro-inclemente. Mi
tarea era buscar a Henry Michaux. Sin embargo, antes de continuar, tomé unos
minutos para firmar el libro de visitas de la Duras. La felicité y le aseguré
que su renombre era internacional, porque yo, que tanto la admiraba, venía de
otro continente y de un país tan lejano: Ecuador.
En
una sala contigua divisé a Michaux, deslumbrando soberbia desde un pedestal. Un
pedestal realmente alto. Plantado. Con ropaje de mármol, bajo el cual
disimulaba muy bien su flacura. Encorvado. Como si soportara algún peso fatal.
Sin embargo, tenía la piel brillante. El semblante satisfecho. El ojo fijo en
la fama. Despedía apariencia invencible. Sobre todo, el cinismo que lo
caracterizó.
Me acerqué. Exhibía en la mano una página de su escrito:
«El Ecuador es recto y
tieso.
«Solo a las cinco y a las
seis de la mañana, cuando el sol está bajo en el horizonte, hay sombra, único
momento en que el Ecuador pierde su dureza.
«La oscuridad cae en las
hondonadas, como en nuestro país, la montaña suaviza la planicie, pero aquí los
hombres que caminan arrastran tras de sí los pedazos más perezosos de ellos
mismos, incluso los vagones toman apariencia de blandos, inclinados, distraídos:
es la Sombra, La Sombra.
«Pero aquello concluye
enseguida, el sol ha tomado altura, pronto cae a plomo, se encarniza sobre
todas las sombras. Pronto no queda ninguna sombra sino bajo los pies. Se está
de vuelta en la justicia implacable del Ecuador.»
Una
ola de sangre me subió a la cabeza. ¡Sangre bullente! Estaba frente a él y
podía ser la protagonista de una venganza histórico-necesaria. Tal vez el
destino me había fijado la tarea… tal vez la tarea fijaría mi destino…
La situación era confusa.
Lo miré.
Desbordaba ironía.
Ante su gesto, me asaltó la escena de la muerte del general Alfaro, un
político ecuatoriano de inicios del siglo XX, cuya ambición revolucionaria lo
condujo a un fin espeluznante: lo arrastraron por las calles capitalinas junto
a sus más cercanos colaboradores.
En este caso no se trataba de un lío político sino de la difamación de
mi país urdida a nivel mundial.
Pero la imagen me pareció pertinente. Lo visualicé literalmente
arrastrado. Solo necesitaba una cuerda y rehacer ese episodio. Dejar sus trozos
desgarrados-esparcidos en los alrededores del museo, su alarido ensordecedor
expandiéndose a lo largo del Sena hasta cobrar eco al otro lado del océano. E
inclusive podría alumbrar una «hoguera bárbara» –como se hizo con los Alfaros–
para quemar lo que quedase: su nada temblante.
La escena podía justificarse. Sin embargo, efectuar un arrastre era un
poco complicado... un poco indecoroso.
Entonces recordé que, en mi terruño, se había dado curso a la justicia
tribal en plenas luces del siglo XXI. De acuerdo con lo cual yo podía
constituirme en tribunal no-convencional. Sentenciarlo y ajusticiarlo. Quemarlo
en el acto, legalmente, en una plaza pública.
El único problema era que no me encontraba en un pueblo ecuatoriano
sino en el centro de un país que había abolido la pena de muerte y no dejaba de
discursear sobre la Carta de los Derechos Humanos... Esta vía se reveló
aún más complicada; cuando podía optar por una acción violenta y destruirlo sin
trámite alguno.
Me aseguré de que no hubiese otro visitante y me decidí:
Arremetí contra el busto con la intención de echarlo por tierra y
pulverizarlo. Pero me di de bruces contra una mole recia. Reboté y me pegué un
suelazo. Adolorida, me reincorporé y acerqué.
Extendí la mano con cautela.
En cuanto lo toqué se movió. Lo que es más, giró y me dio la espalda.
Me quedé estupefacta.
Tal vez contaba con una protección de defensa… O, quizás, no solo se
le había ofrecido un pedestal sino, además, giratorio. Di vueltas a su
alrededor con el objeto de visualizar el mecanismo. No había nada. Volví a
acercar mi mano. El fenómeno se repitió.
«¡Parece vivo!», exclamé.
Una voz lúgubre ironizó a mi espalda:
«Todos estamos vivos».
De la estupefacción pasé a la petrificación.
Cuando me recuperé y, sobre todo, recuperé el raciocinio, entendí el
punto.
Aquellos personajes habían conseguido hospedarse, justamente, en el
edificio de la inmortalidad. Y aquello significa no-muerte. Lo perdurable. Lo
eterno. Al menos, mientras permaneciesen entre los muros de la celebridad
histórica.
Ese instante se concretó, a mis ojos, la posibilidad de una verdadera
venganza:
¡Secuestrarlo! Sacarlo de ahí. Entonces lo olvidarían. Y el afamado libro
¡desaparecería, en consecuencia!
París, agosto 2026.
Rocío Durán-Barba es una escritora y
artista franco-ecuatoriana, poeta, novelista, ensayista, periodista y pintora.
Su trayectoria literaria comenzó con la novela París sueño eterno (1997)
y comprende más de setenta libros, además de su participación en numerosas
obras colectivas. Parte de su producción ha sido traducida a diversas lenguas y
ha sido distinguida internacionalmente. Ha colaborado con medios
latinoamericanos y europeos y participado en encuentros y festivales
internacionales. Su actividad artística incluye asimismo exposiciones en varios
países y la realización de libros de artista. En 2022 concluyó la película Resistir,
surgida de la antología poética latinoamericana del mismo nombre y de una serie
de encuentros internacionales realizados durante la pandemia. Es presidenta de
honor del Encuentro de Literatura Hispanoamericana de París, miembro de PEN
Internacional y dirige la Fundación Cultural Rocío Durán-Barba, en Ecuador, y
la asociación poética Lettres en vol, en París. Entre sus numerosas
distinciones figuran reconocimientos de la Academia Bolivariana de América, el
Senado francés y la Academia Arts-Sciences-Lettres de París.
