Fabio Monteduro
El verdadero centro
del pueblo era casi elegante.
Unas pocas casas, algún que otro
edificio de aspecto señorial y el almacén, como la gente del lugar solía llamar
al supermercado del señor Alberto Banti. Luego estaba el jardín público,
exactamente frente al ayuntamiento, verdadero orgullo de todos los habitantes
de Barbarograsso, el pequeño burgo medieval que, según se decía, había nacido
incluso antes que Roma.
Los habitantes de la cercana ciudad
de Viterbo lo consideraban un pueblo moribundo, uno de esos lugares buenos tan
solo para pasar un domingo, quizá almorzando en la vieja taberna de Carmelo
Erdi, donde, según él, podían comerse las mejores costillas de cordero de toda
la región.
En cualquier caso, moribundo o no,
lo cierto era que los habitantes de Barbarograsso hablaban de sí mismos como de
gente afortunada y muchos de ellos, sin duda, lo eran.
Lo era Carmelo, con su restaurante,
que todos los fines de semana colgaba el cartel de completo, y lo era el señor
Alberto, cuya tienda le había permitido comprar una hermosa villa en la zona y
que, para entonces, solo iba al pueblo por su trabajo. ¿Y acaso no había sido
afortunada la familia más prominente del lugar? Por supuesto, al menos hasta
cierto momento de su existencia: la familia Ferrano, que, partiendo de
Barbarograsso, se había expandido hasta el norte de Italia gracias a la
industria aceitera fundada por Filippo, el fundador de la dinastía. El
patriarca, habría sido mejor llamarlo.
Habían transcurrido casi cien años,
pero el Aceite de Oliva Extravirgen Ferrano ya era famoso en toda la nación.
Para salir de Barbarograsso solo
había dos caminos: el primero ascendía hacia la Colina del Corzo, donde se
encontraba la zona residencial, con sus chalés y sus casas modernas, para luego
descender rápidamente hacia la autopista que conducía a Viterbo; el segundo era
poco más que un camino de herradura; es más, de no haber sido por el asfalto
arrojado casi al azar sobre la calzada, solo habría podido definirse de ese
modo.
Aquel camino, lleno de baches y
flanqueado por una hilera de álamos de aspecto afligido, se extendía a lo largo
de unos cuatro kilómetros, pasaba frente al viejo cementerio y luego, dos
kilómetros después de la antigua empresa de los Ferrano, se convertía en la
carretera estatal número trece… Bueno, digamos la antigua y abandonada empresa
de los Ferrano, el último de los cuales había «pasado a mejor vida» unos
dieciocho años antes.
Allí, en aquella enorme
construcción, había comenzado la saga de esa familia: de unos pocos olivos a un
imperio de varios millones… aunque, para entonces, aquel aceite y aquella
industria solo conservaban de los Ferrano el nombre.
Inversiones equivocadas, se decía
por ahí; algún vecino que trabajaba en Viterbo, por lo general en el
ayuntamiento, contaba que habían caído en manos de un usurero o de la Camorra,
pero también había quien sostenía que Paolo Ferrano, el último miembro de la
familia que aún vivía por entonces, había quedado atrapado en las redes de una
extraña secta esotérica y que por eso lo había perdido todo.
¿Rumores? ¿Fantasías? ¿Cuentos para
niños? Nadie sabía la verdad acerca del fin de aquella gente, pero lo que
quedaba era esa construcción ruinosa que atraía a quienes se consideraban
valientes: muchachos en busca de aventuras, quizá alguna que otra pareja…
aunque había algo que desconcertaba al pequeño Federico Banti, hijo de Alberto,
el dueño del supermercado: todos hablaban de aquel lugar, pero nadie había
entrado jamás… a menos que se quisiera tomar en serio al viejo Antonino, el
vagabundo borracho del pueblo, que le contaba a cualquiera dispuesto a
ofrecerle una cerveza o un vaso de vino que allí dentro estaban las almas de
los difuntos… Allí dentro, repetía poniendo los ojos en blanco, estaban los
espíritus… Y todos se echaban a reír y se daban codazos en la taberna de
Carmelo, probablemente sospechando que ni siquiera Antonino había entrado
jamás.
Una vez, su amigo Mario, hijo de
Carmelo, el dueño del restaurante, le había contado, sin duda para presumir y
asustarlo, que Paolo Ferrano había muerto en aquella casa:
—Se tendió en una bañera llena de
agua, se puso una bolsa de plástico en la cabeza y después se cortó las venas.
Eso había dicho.
Sí, claro, cómo no. ¿Y quizá era el
fantasma de Paolo Ferrano el que vagaba por aquella casa? ¿Por eso nadie había
encontrado nunca el valor de entrar? Tonterías de niños, pensaba Federico,
quien apenas había dejado de serlo.
—Hace dos años —le dijo Mario aquel
día—, Luca, Antonio y Marisa decidieron ir a echar un vistazo… Los tres son
mayores de edad, ya lo sabes, y desde luego no son personas impresionables.
Llegaron frente al terreno de aquella construcción al anochecer, armados con
linternas e incluso con un bate de béisbol. Estaban decididos a descubrir qué
había detrás de la leyenda. Pero cuando se acercaron a la puerta para abrirla y
entrar por fin, oyeron algo… una especie de lamentos… como los de alguien que
intenta gritar con la cabeza metida en una bolsa de plástico.
Naturalmente, salieron corriendo,
según el relato de Mario, que, a pesar de ser inverosímil, había impedido que
Federico pegara un ojo durante dos noches seguidas.
Eran las tres de una tarde
demasiado calurosa para aquel comienzo de primavera cuando Federico se encontró
dando vueltas en su bicicleta nueva, regalo de sus padres por su inminente paso
al primer año de la escuela secundaria.
Sus amigos no tenían permiso para
salir antes de las cinco, y él se puso a reconsiderar las palabras de Mario
acerca de lo que podía haber en aquella casa abandonada.
Casi sin darse cuenta, se encontró
frente al portón de hierro forjado del viejo cementerio y, poco después, ante
el terreno cubierto de maleza de aquella casa de siniestra reputación.
Bajó de la bicicleta y avanzó a pie
hasta el portón… o, mejor dicho, hasta el lugar donde alguna vez había habido
uno. Después se quedó contemplando la casa que tenía delante, como si quisiera
convencerse de que poseía el valor necesario para entrar.
Allí estaba, torcida y con las
paredes descascaradas.
El cuerpo central era lo que
quedaba de la empresa aceitera y, en la parte posterior, aún se alzaban los
silos destinados al almacenamiento de la materia prima. Pero la casa
propiamente dicha, aquella donde la familia Ferrano había vivido durante tanto
tiempo… aquella donde Paolo Ferrano se había quitado la vida, si había que dar
crédito a las habladurías de su amigo Mario, estaba justo allí, a pocos pasos
de él.
Las ventanas rotas parecían cuencas
vacías y, en algún lugar del interior, de vez en cuando se oía el golpeteo de
una puerta.
Federico apoyó la bicicleta contra
un árbol y se encaminó hacia la entrada ruinosa, cuya puerta estaba
entreabierta.
Se detuvo unos metros más adelante,
preguntándose adónde demonios iba… ¿De verdad tenía intención de entrar allí?
No era que creyera todas aquellas historias que se contaban en el pueblo, pero
¿qué sentido tenía hacerlo? Además, nadie le creería… a menos que… a menos que
se llevara algo que solo pudiera haber recogido en aquella casa.
Se acercó titubeando, apoyó una
mano en el marco y sintió un escalofrío, a pesar del aire cálido que lo
rodeaba.
No tenía miedo de los muertos, eso
era indudable. Lo que en verdad lo aterrorizaba era la posibilidad de que
realmente hubiera alguien en aquella casa… pero no espíritus ni estupideces por
el estilo: un vagabundo, por ejemplo, quizá el propio Antonino, o un gitano.
Alguien, en definitiva, que al pasar por allí hubiera decidido finalmente
entrar y que le provocaría un susto descomunal por el solo hecho de encontrarse
dentro.
Federico abrió la puerta y miró
frente a él, preguntándose cómo podía estar tan oscuro allí dentro cuando
afuera resplandecía un día soleado.
¿Tal vez se debía al
deslumbramiento? Quizá solo tenía que esperar a que sus ojos se acostumbraran a
la diferencia de luminosidad. Esperó, pero aquella oscuridad tan absoluta no
pareció cambiar. A pesar de eso, cruzó el umbral y dejó la puerta entornada a
sus espaldas.
Justo frente a él alcanzó a
distinguir otra puerta, de donde provenía una débil luminiscencia rojiza: la
puerta se abría lentamente y luego volvía a cerrarse, como empujada por un
viento que Federico no lograba sentir. Se abrió una vez más y volvió a cerrarse
con un ruido apagado, mientras el muchacho avanzaba un paso y luego se detenía.
Allí estaba, justo delante de
aquella puerta que ahora permanecía entreabierta, como el emblema de todos los
temores humanos.
El niño apoyó una mano sobre ella y
la abrió. Bajo aquella extraña luminiscencia –¿de dónde provenía?– no vio más
que un baño repugnantemente sucio.
Había una bañera y, dentro de ella,
una bolsa de plástico… manchada de sangre, o al menos eso parecía.
¡Eso era lo que se llevaría! ¡Eso
demostraría a todos que realmente había estado en aquella casa!
Entró, tomó la bolsa y se dispuso a
darse vuelta. En ese mismo instante se formó una imagen en su mente: la de un
hombre tendido en una bañera llena de agua, con aquella misma bolsa de plástico
en la cabeza y una hoja de afeitar en la mano.
Inmediatamente después, la puerta
del baño se cerró con un golpe y lo precipitó en la oscuridad más absoluta…
¿Tenía miedo de que hubiera alguien
allí dentro? ¿Alguna persona que lo asustara por el solo hecho de encontrarse
allí? Bueno, si era así, podía quedarse tranquilo, porque en aquella casa, sin
duda, no había un alma viva.
Fabio Monteduro, nacido en
Roma en 1963, es un escritor italiano especializado en novela de suspense,
terror y misterio. Autor de numerosas novelas y colecciones de cuentos, destacó
por un estilo reconocible, basado en la tensión psicológica, una atmósfera
oscura y la atención a la dimensión espiritual y simbólica del horror. Su
escritura evita lo explícito y favorece la inquietud que surge de lo no dicho,
de la memoria, de la culpa y del silencio. A lo largo de los años, ha
construido una sólida base de lectores gracias también a su activa presencia
online y al canal de YouTube donde cuenta historias oscuras y hechos
inexplicables. Ha
publicado las novelas Anima nera (2008), Jodi (2010), Zona di
frontiera (2011), Dove le strade non hanno nome (2012), Cacciatori
di fantasmi (2014), Airam: La sindrome della bambola di legno (2018),
Gli artigli dell'aquila (2019), Obliquo inferno (2021), y las
colecciones de cuentos So chi sei... ed altre ossessioni (2004) y 8
minuti a mezzanotte (2011).

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