Larisa Marin
Amo apasionadamente
la lluvia. La lluvia interminable.
La lluvia fría y la lluvia cálida
del verano. Siento que me cura, que me ayuda a lavar los pecados cometidos y
los que no he cometido. Me permite pensar con mayor claridad y, sobre todo,
llorar cuanto se me antoje: nadie lo advertirá. Caminar sin rumbo bajo las
lluvias de mayo es algo que hago todos los años. También rezar para que llueva.
Soñar con la lluvia, invocarla, anhelar su sonido. Quienes aman el sol
abrasador de agosto me denigrarán por mi amor a los días sombríos.
Sin embargo, el día que entré en la
iglesia llovía como si hubiera llegado el fin del mundo. Era una de esas
lluvias capaces de cubrir de inmediato aquel poblado de montaña, con todos sus
habitantes. Entonces comprendí que debía hacer algo, encontrar un refugio. Por
mucho que amara la lluvia, no tenía intención de dejar que me devorara.
La puerta del templo estaba
abierta, así que me atreví a entrar. No llevaba pañuelo alguno para cubrirme la
cabeza y tampoco me considero demasiado creyente. Dentro hacía calor, demasiado
calor, y las velas que titilaban en las manos de los feligreses despedían un
intenso olor a cera derretida. También el silencio era pesado, como una cortina
que debía apartar para poder avanzar unos pasos. Personas de toda clase y edad
permanecían clavadas en sillas de madera que databan de principios de siglo,
con la mirada fija en el altar. Esperaban algo, probablemente a algún clérigo
que los sacara de su letargo.
Mis ojos se dirigieron hacia las
paredes. Eran blancas, inmaculadas, algo insólito en una iglesia. No había
ningún santo pintado, ni siquiera un antiguo icono milagroso. En cambio,
alrededor, en el lugar que debían ocupar los iconos, colgaban relojes: decenas
de relojes. De todos los tamaños y formas. Nuevos y viejos, de madera y metal,
grandes, pequeños, cuadrados, redondos, de bolsillo; todos marcaban el tiempo
con un estrépito ensordecedor y al mismo ritmo, como en un vals macabro. Supe
que algo no estaba bien en aquel lugar, pero una fuerza ajena a mi voluntad me
indujo a no salir corriendo por la puerta.
Un escalofrío me recorre y no sé si
debería marcharme o quedarme. No se ve ningún sacerdote y la ceremonia no
parece estar a punto de comenzar. A mi lado, una mujer de cabello largo y
entrecano me observa como si me conociera de algún sitio. No experimento
ninguna sensación de déjà vu, así que es evidente que nunca había estado
en esa iglesia. En realidad, pensándolo bien, no había visitado muchas iglesias
a lo largo de mi vida. De todos modos, estoy segura de que esta es diferente o
de que, quizá, algunos de nosotros deberíamos rendir culto al tiempo.
La mujer se acerca cada vez más y
me ofrece una vela. La acepto y musito un agradecimiento. Ni siquiera sé si
debería presentarme. A decir verdad, ¿es extraño decirle tu nombre a una
desconocida dentro de una iglesia? Enciende mi vela con la llama de la que
sostiene tímidamente entre las manos y luego inclina la cabeza hacia mí. Por un
instante creo que quiere besarme. Sacudo la cabeza, como si pudiera ahuyentar
aquel pensamiento absurdo, y me vuelvo hacia ella por cortesía.
—¿Es la primera vez? —me pregunta.
Abro mucho los ojos, intentando
encontrarles sentido a sus palabras.
—¿Cómo dice? —respondo, mientras
cambio el peso de un pie al otro.
—¿Ya habías estado aquí?
—No. Nunca había estado aquí...
Llovía a cántaros y quise refugiarme —explico, torpe también en mis gestos.
La llama de la vela titila y en el
rostro de la desconocida descubro una sonrisa extraña y cierta desconfianza.
¿Por qué mentiría acerca de no haber estado aquí?, pienso.
—Todos dicen lo mismo... —concluye.
La atmósfera me resulta cada vez
más opresiva.
—¿Dónde están los iconos?
—pregunto, no solo por auténtica curiosidad, sino también para romper el
silencio entre nosotras.
—No los necesitamos —responde,
levantando la mirada hacia el techo, como si esperara recibir desde allí la
confirmación de que sus palabras son ciertas.
—¿Por qué tienen relojes en su
lugar?
—Para no olvidar.
Por primera vez sonríe con toda la
boca y puedo verle los dientes torcidos y estropeados, aunque no es muy anciana
y su ropa, pese a estar gastada, se encuentra limpia. Su apariencia me recuerda
a las brujas de los cuentos que mi madre me leía junto al fuego durante los
terribles inviernos de Vladivostok. Pero esta mujer no es una aparición y las
brujas desaparecieron hace mucho tiempo. Otro pensamiento que no me deja en
paz.
El olor de las velas me abruma,
pero me alegra haber entrado un poco en calor. La lluvia todavía retumba con
fuerza sobre el enorme techo de la iglesia. Es una señal de que pasaré varias
horas junto a aquellos desconocidos, en apariencia hipnotizados por algo que
está a punto de surgir de detrás del altar. La mujer que está a mi lado mira al
frente como si nada pudiera sorprenderla. Estoy segura de que ya ha participado
en reuniones semejantes y de que comprende exactamente lo que sucede aquí. Por
lo tanto, reúno el valor necesario para hacerle otra pregunta, quizá la última.
—¿Va a comenzar la ceremonia?
—pregunto tímidamente, como si la respuesta fuera a decidir los próximos
minutos de mi vida.
—Sí, a la hora en punto —responde
la mujer, evitando mirarme.
Observo mi muñeca izquierda. El
reloj con correa de cuero marca las 18:45. Un pensamiento fugaz me atraviesa y
reprimo una sonrisa. Con tantos relojes en las paredes, he decidido confiar
únicamente en el que llevo puesto. Como si los relojes de aquel templo marcaran
otro tiempo, como si fueran relojes mentirosos. Un escalofrío surgido de la
nada me sobresalta. No tengo miedo, pero algo no está bien en este lugar.
—¿Está segura? —insisto, como si
hubiera mentido acerca de la ceremonia, como si aquellas personas no fueran
reales y la espera careciera de sentido.
—Sí, siempre comienza a la hora en
punto —responde con la seguridad de quien conoce de memoria el ritual del
sitio.
Pienso que sería mejor marcharme,
por fuerte que llueva afuera. No formo parte de ese grupo. Ni siquiera creo que
los presentes sean ortodoxos, y no lo digo como un juicio. Leí en algún sitio
que, cuando la intuición te dice que debes hacer algo –o no hacerlo–, conviene
escucharla. En ese momento, una voz interior no me susurra, sino que me grita
que debo salir de la iglesia cuanto antes. Soplo dos veces sobre la vela, pero
no se apaga; la llama apenas oscila de un lado a otro. La mujer vuelve a
sonreír mostrando sus dientes estropeados y me habla con falsa dulzura.
—No se apaga.
—¿Cómo dice? —Frunzo el ceño y me
vuelvo hacia ella.
¿Qué clase de disparate es este?
¿Cómo que la vela no se apaga?, pienso, aunque no expreso en voz alta mi
desconcierto.
—Una vez encendida, la llama no se
apaga.
—¿Nunca? —pregunto, y probablemente
mi rostro se deforma por el asombro y la incredulidad.
—Cuando termina la ceremonia, se
apaga por sí sola.
No lo comprendo, pero decido
obedecer a mi intuición y le devuelvo la vela encendida. La cera ya comenzaba a
escurrir por un costado. La mujer la toma y me examina atentamente, con una
sonrisa antinatural en el rostro.
—Mire, creo que debo marcharme. No
sé qué es este lugar, pero no me siento muy bien. La lluvia acabará
deteniéndose. Me las arreglaré.
Balbuceo palabras inútiles y me
dirijo con decisión hacia la puerta marrón de madera maciza. La mujer no dice
nada. Llego hasta el picaporte y tiro con fuerza, pero la puerta no se mueve.
Está cerrada con llave. No puede ser. ¿Por qué cerrarían un templo donde está a
punto de celebrarse una ceremonia? Me reprocho haber entrado, pero intento
dominarme para que quienes ocupan los bancos no adviertan mi terror. Vuelvo a
tirar del picaporte, sin resultado, y por un instante pienso en gritarles a
todos aquellos durmientes, preguntarles qué demonios sucede. Pero no lo hago.
Decido no gritar en la casa del Señor o, mejor dicho, en la casa del Tiempo.
Regreso junto a la mujer y la tomo
de la mano. Su piel está anormalmente fría y pálida y, presa del miedo, pienso
que quizá no sea real o, peor aún, que no esté viva.
Observo que todavía sostiene mi
vela encendida.
—¿Por qué está cerrada la puerta?
Se lleva con parsimonia un dedo a
los labios, indicándome que debo guardar silencio. Su gesto tiene el extraño
poder de dominarme y, aunque tengo miles de preguntas, permanezco en un
silencio sepulcral. Luego vuelve a ponerme la vela en la mano.
Del altar sale un hombre de mediana
edad. Viste una sotana blanca y lleva en la cabeza una corona de flores
trenzadas. No es como los sacerdotes a quienes mi madre recibía durante las
festividades. Ni siquiera parece un ayudante de iglesia. Las personas lo
contemplan fijamente y se levantan todas al mismo tiempo. Los relojes marcan
las 18:55. Lo curioso es que siento que llevo allí mucho más tiempo. En diez
minutos han sucedido demasiadas cosas y todavía no consigo comprender qué clase
de reunión es aquella.
Esos feligreses –o miembros de una
secta– parecen títeres de un teatro como aquellos a los que asistía durante mi
adolescencia para ver representar La gaviota, de Chéjov. Alguien mueve
sus hilos, alguien los obliga a mirar al vacío, a permanecer clavados entre
aquellas paredes blancas e inmaculadas, atestadas de relojes.
Al principio, el hombre no dice
nada. Se limita a avanzar. Por extraño que parezca, sus pasos no se oyen sobre
el suelo de piedra, desnudo de las alfombras persas habituales en esta clase de
templos cristianos. O quizá los devora el tictac de los relojes, que ahora
parece más intenso, más cercano, como si cada segundo se hubiera instalado
directamente bajo mi piel. La corona de flores le queda inquietantemente bien,
pero no tiene nada de solemne. Nada de sagrado.
Me recuerda las coronas que
llevaban las muchachas durante la festividad de Iván Kupala, en aquellas noches
en que mi abuela decía que los muertos se acercaban demasiado a los vivos. El
hombre se detiene frente al altar y levanta lentamente las manos. En ese mismo
instante, todos los que ocupan los bancos inclinan la cabeza.
Yo no.
Permanezco erguida, con la vela tan
apretada entre los dedos que la cera caliente me toca la piel. Debería dolerme,
pero ya no siento nada. Estoy casi hipnotizada por aquel ritual. Casi he
olvidado que la puerta está cerrada; casi me parece natural lo que sucede
delante de mí. El sacerdote heterodoxo se acerca y me mira sin miedo ni
sorpresa, como si supiera exactamente dónde estoy y por qué he llegado.
Lo observo y comprendo que ya lo he
visto en algún lugar, en algún momento. Las piezas de aquel misterio no encajan
en mi mente y ahora soy incapaz de establecer las conexiones. Es evidente que
experimento un déjà vu. Quizá lo haya visto en una fotografía, en un
sueño o en un recuerdo que mi mente se niega a sacar a la superficie.
La mujer que está a mi lado me
aprieta la mano. Vuelvo el rostro hacia ella y advierto que su semblante se ha
iluminado; incluso parece más joven bajo la luz de las velas que nos rodean.
Sin embargo, su piel continúa terriblemente fría.
Miro los relojes. Todos marcan
exactamente las 19:00. Un pensamiento surgido de la nada me impulsa a consultar
mi muñeca izquierda.
Pero mi reloj ya no está.
Ha desaparecido. Estoy segura de
que lo llevaba hace unos momentos. Es imposible que me equivoque.
Entonces el hombre del altar habla
por primera vez.
—Eva.
La sangre se me hiela. Porque
conoce mi nombre y porque nadie parece sorprendido. Como si todo estuviera
destinado a ocurrir exactamente allí y en ese momento.
—No lo conozco —susurro, con la
boca seca.
El desconocido vestido de blanco me
mira con incredulidad. En el rostro, que ahora puedo ver de cerca, aparece una
sonrisa casi burlona.
—¡Has llegado tarde! —me reprende.
No comprendo qué quiere decir.
—Nunca había estado aquí —me
defiendo.
La mujer que está a mi lado me
aprieta la mano con mayor fuerza. Está cada vez más fría.
—¿Estás segura? —pregunta él.
La corona se inclina ligeramente
hacia la izquierda sobre su cabeza.
No respondo; no sé por qué. Mi
mente me engaña. ¿Y si esas personas tienen razón? ¿Y si ya he estado en ese
templo, ya me he encontrado frente a aquel hombre, ya he oído los relojes? En
ese caso, ¿por qué no lo recuerdo?
—No entiendo —digo.
—Mira —responde con firmeza.
Me ofrece el reloj que ha
desaparecido de mi muñeca. Lo tomo y observo la esfera reluciente, la correa de
cuero gastada. Es el mío, sin ninguna duda. Lo examino con atención. Algo no
está bien. La hora es la misma, exactamente las 19:00, pero la fecha no. El
reloj indica el día anterior: ayer. Eso significa que ayer, a esa misma hora,
estuve allí.
El hombre no miente.
Soy yo quien no lo recuerda.
Desconcertada, acepto sin protestar
la cucharada de vino con la que comulga conmigo el supuesto sacerdote. Luego
cierro los ojos con fuerza y, cuando vuelvo a abrirlos, ya no está delante de
mí: ha regresado al altar.
En la iglesia se eleva un coro. Una
música extraña y ritual, cantada en hebreo, hace que todos los presentes
inclinemos la cabeza. Una fracción de segundo después descubro que estoy
tarareando. Sé la letra, conozco la melodía.
La mano fría de la mujer abandona
la mía.
Ahora también estoy fría, como un
bloque de hielo. Los relojes de las paredes se han detenido en la hora exacta.
Las velas arden al unísono y yo soy una de ellas.
Quizá siempre lo haya sido.
Entre el clamor de nuestras voces,
en el eco que asciende hasta Dios –si es a él a quien adoramos–, se oye un
ruido sordo. La puerta de la iglesia golpea contra la pared.
En el umbral hay una mujer joven,
con la ropa empapada y el cabello pegado a la frente. Es evidente que la ha
sorprendido la lluvia torrencial que se anunciaba. La desconocida se abre paso
entre la multitud y la veo situarse a mi derecha. Instintivamente miro hacia la
izquierda, buscando a la mujer que me recibió cuando llegué.
Pero ha desaparecido.
La recién llegada respira aliviada.
Me observa con atención.
—¿Es la primera vez? —le pregunto
con cuidado, procurando no asustarla, como sucede con todas.
—¿Cómo dice?
—¿Ya habías estado aquí? —repito
con mayor claridad.
—No. Nunca había estado aquí...
Llovía a cántaros y quise refugiarme —explica, torpe también en sus gestos.
—Todas dicen lo mismo... —concluyo.
Estoy segura de que la atmósfera le
resulta cada vez más opresiva.
—¿Dónde están los iconos? —pregunta
para romper el silencio entre nosotras.
—No los necesitamos —respondo,
levantando la mirada hacia el techo.
—¿Por qué tienen relojes en su
lugar? —pregunta rápidamente, como si buscara una explicación.
—Para no olvidar —respondo,
esbozando una amplia sonrisa.
Espero que no se horrorice al ver
mis dientes estropeados e imperfectos. Le ofrezco una vela encendida y ella la
toma sin sobresaltarse. Sin embargo, cuando roza mi piel, se estremece. Es
comprensible: estoy más fría que los mortales.
La observo de reojo. Es hermosa,
está perdida y llena de dudas.
Se llama Eva.
Como yo.
Como todas las que vinieron antes.
Larisa Marin
es autora de la novela de suspense ¡No lo olvides!, publicada en 2025.
Se desempeña como editora de revistas y redactora publicitaria. Licenciada en
Letras por la Universidad de Bucarest, Rumania, le apasionan la historia y las
relaciones internacionales. Ha publicado relatos cortos, ensayos y artículos en
las revistas Proezia.ro y As Cultural. Su próxima novela, titulada simplemente Gloria,
se publicará este año, tras haber obtenido el segundo puesto en un concurso
literario organizado en Rumania. Se identifica con el estilo literario de
autores como Gabriel García Márquez y Paulo Coelho.
