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sábado, 19 de septiembre de 2026

LA FAMILIA BAJO EL AGUA

Lucy Taylor

 

Poco después de cumplir quince años, regresé a casa y descubrí que se había llenado de agua. No quiero decir que estuviera bajo el agua: estaba llena de agua, como un juguete que uno metería en un acuario. Dentro, mi madre y mi hermana Babette, de diez años, flotaban de una habitación a otra como grandes y delicadas bailarinas que hicieran piruetas en una empapada cámara lenta.

Me quedé mirando a través de la ventana, sin atreverme a abrir la puerta por temor a que saliera un torrente de agua, así que esperé afuera hasta que papá llegó tambaleándose, con aquel brillo malicioso en los ojos que sugería que la acogida que había recibido en el bar del barrio no había estado a la altura de su rango en la Orden Fraternal de Borrachos, Matones y Cretinos. Ni siquiera se fijó en el estado de la casa, sino que se precipitó directamente contra una pared de agua, gritando y agitando los brazos con torpeza en cámara lenta. Casi no se oía nada. Alcancé a distinguir unos gorgoteos que podrían haber sido «maldita perra» y «cantinero imbécil», pero en su mayor parte solo eran sonidos suaves, de succión. No daban ningún miedo. Mamá gritó algo que salió a borbotones de su boca en una larga hilera de burbujas plateadas, como si estuviera vomitando perlas o las cápsulas de huevos de alguna exótica criatura marina.

Papá levantó el puño. Cuando la golpeó, ella se dobló en un silencio lento y elegante, mientras el vestido se inflaba alrededor de sus caderas. Un diente salió flotando de su boca. Respiré profundamente y me zambullí en la sala sumergida.

En cuanto entré en el agua, papá se abalanzó sobre mí, con sus labios gomosos retorcidos como los de una morena enfurecida; movía la boca, pero de ella no salía ningún sonido, salvo el gluglú de las burbujas. Intentó agarrarme, pero antes de que pudiera golpearme, Babette pasó flotando, braceando frenéticamente, con el cabello rojo desplegado alrededor de la cabeza como un halo de fuego. Me tomó de la mano y subió flotando por las escaleras delante de mí como un ángel ahogado.

No fue hasta que entramos nadando en nuestra habitación y nos escondimos en el armario cuando comprendí que había estado respirando todo el tiempo. El agua era espesa, fría y empalagosa, pero al cabo de un rato dejé de notarlo. Solo estaba agradecida de poder respirar.

Aquellas primeras semanas de adaptación a la vida bajo el agua fueron difíciles. Dormía mucho y tenía sueños extraños y turbios en los que me ahogaba, revivía y volvía a ahogarme, pero también empecé a sentir una nueva y agradable calma, un entumecimiento maravilloso en el que incluso las peleas más violentas estallaban en medio del silencio y la serenidad, y la sangre que brotaba de mi labio o de la nariz de mamá se desplegaba como hermosas serpientes submarinas en el agua azul aciano. Los gritos de papá no me asustaban, y el dolor físico, cuando llegaba a sentirlo, parecía producirse en el cuerpo de otra persona; las sensaciones eran lejanas, como el eco de un tren que desaparece a lo lejos por un túnel.

Empecé a lamentar todos los años que había pasado viviendo en el aire.

Por las noches, Babette y yo nos acostábamos juntas en nuestra cama sumergida y hablábamos en susurros, mientras sus burbujas estallaban sobre mi rostro como besos.

—¿Cómo ocurrió esto? —pregunté—. Quiero decir, nuestra casa ni siquiera era capaz de impedir que entrara la lluvia. ¿Cómo puede contener toda esta agua?

—¿De qué estás hablando? —dijo Babette—. Nuestra casa se llenó de agua cuando murió la abuela. Papá se emborrachó y cayó contra el ataúd, y mamá empezó a gritar. Cuando volvimos a casa, estaba llena de agua. Siempre me pregunté por qué nunca decías nada al respecto.

—¿Por eso nunca te he visto llorar? ¿Has estado bajo el agua todos estos años?

—Lo siento. Debería habértelo dicho. Pensaba que simplemente fingías no saberlo.

—Pero eso sigue sin explicar por qué una casa habría de llenarse de agua.

—Porque necesitamos que sea así —dijo Babette—. Para poder vivir aquí sin volvernos locas.

Tenía razón. Al cabo de un tiempo me acostumbré al silencio, a la lentitud, a flotar de una habitación a otra en lugar de caminar. Y entonces, ¡bam!, llegaba la hora de ir a la escuela, a la iglesia o al supermercado, y el mundo exterior, lleno de ruido, bordes duros y personas ásperas y espinosas, me golpeaba como un ladrillo en los dientes, y lo único que quería era volver a zambullirme bajo el agua.

También era extraño cuando venía alguien de afuera y yo estaba a salvo bajo el agua, pero el visitante no, de modo que nos movíamos en dos mundos diferentes, una criatura terrestre y otra marina, incapaces de comunicarnos. Recuerdo un desastre durante mi primer Día de Acción de Gracias bajo el agua. Dejé que un muchacho que me gustaba, Luke, viniera a casa para ver una película. Justo a mitad de la película, papá irrumpió, flotó hasta chocar con el perchero y lo derribó, y luego salió despedido contra la mesa de centro. Un jarrón se hizo añicos, un fragmento de vidrio le hizo un corte en la mejilla a Luke y él salió corriendo y gritando. Lo único que yo podía pensar era lo estúpido que resultaba montar semejante escándalo cuando lo único que tenía que hacer era echarse hacia atrás y flotar.

Creía haberme adaptado a mi mundo submarino hasta el día en que papá se comió a Babette. Mamá estaba arriba, flotando por el ático mientras hacía la limpieza de primavera. Papá miraba lucha libre profesional en la televisión y avanzaba a buen ritmo en su propósito de reemplazar con cerveza toda la sangre de su cuerpo. Yo jugaba a ser una sirena, moviéndome lánguidamente cerca del techo, dando volteretas en cámara lenta en mi habitación.

De pronto, Babette lanzó un chillido aterrador incluso bajo el agua. Nadé escaleras abajo y llegué a tiempo para ver a papá en el suelo, con Babette inmovilizada debajo de él. Ella intentó escabullirse, pero papá la agarró por los tobillos.

Babette nadaba, pataleaba y gritaba cuando, de pronto, los brazos y las piernas de papá se encogieron hasta convertirse en muñones. De su vientre y de su espalda brotaron aletas. Se convirtió en un tiburón con unas horribles mandíbulas de color metálico y unos ojos que parecían arrancados de un cadáver congelado. Abrió la boca y succionó a Babette. Primero se tragó sus pies y sus piernas, después las caderas y luego el resto. El agua se volvió roja y turbulenta. Trozos de carne pasaron flotando frente a mi rostro. Yo no podía pensar, no podía luchar, no podía nadar, y el cráneo de Babette estaba siendo aplastado como una lata de cerveza vacía. Vi sus ojos, vidriosos y enormes, mientras su rostro desaparecía dentro de aquellas fauces, y entonces nuestro Padre, el Gran Tiburón Blanco, levantó la cabeza y concentró en mí su hambre indescriptible, aquel impulso voraz de devorar y destruir.

Abrí una ventana, respiré profundamente y salí nadando, para caer en el luminoso y estridente mundo exterior, lleno de bordes duros y ruido, donde ya no podía nadar, así que me puse de pie y corrí, corrí para salvar la vida.

Es curioso cómo cambia uno después de haber vivido bajo el agua. El mundo de la luz y el aire nunca termina de sentirse bien, nunca funciona del todo. Es como ser una refugiada durante el resto de la vida, buscando siempre un hogar que apenas puedes recordar y que ni siquiera estás segura de haber querido, pero que fue el único lugar donde alguna vez todo pareció normal.

Pasé bastantes años en el mundo del aire. Viajé hacia el oeste haciendo autostop y viví un tiempo en la calle; después fui a un refugio para jóvenes fugitivos, terminé la escuela y conseguí trabajo vendiendo publicidad para una emisora de radio. Con el tiempo aprendí a no hacer burbujas en público ni intentar cruzar una habitación nadando a braza, porque la gente me miraba de manera extraña. Me adapté tan bien que nadie habría imaginado que me había criado en otro lugar que no fuera el aire.

Entonces, una noche después del trabajo, vi en una esquina a un muchacho rubio de ojos verdes como ágatas y sonrisa burlona, fumando un cigarrillo. Ojos duros de ave de presa y una boca carnosa, tentadora, con un rastro de crueldad en las comisuras y un bulto bajo sus Levi's que hizo que el corazón se me derritiera, resbaladizo, ardiente y húmedo, hasta las bragas.

Me detuve donde estaba. Lo saludé.

No me decepcionó.

Se llamaba Darius. Su apartamento estaba en un edificio sin ascensor junto a una licorería. El apartamento estaba bajo el agua. Abrió la puerta y entró nadando. Yo nadé detrás de él. Follamos como peces, en silencio y con un esplendor de sangre fría, mientras el agua nos protegía, nos mantenía separados, una barrera a través de la cual el odio, el miedo y la violencia apenas lograban alcanzarnos. Allí donde la sangre era hermosa y el dolor una distracción interesante.

Supe que había vuelto a casa.

Lucy Campbell Taylor (Richmond, Virginia, 30 de noviembre de 1951) es una escritora de terror estadounidense. En los años 90, fue descrita como "La reina del horror erótico" por la editora Jasmine Sailing. Estudió filosofía e historia del arte en la Universidad de Richmond, y se graduó con un Bachelor of Arts en filosofía. Sus primeros escritos fueron de no ficción, principalmente de viajes. A principios de los 90, se mudó a Boulder y empezó a escribir ficción. Su colección The Flesh Artist (1993), fue nominada para el premio Bram Stoker en 1994. Su novela The Safety of Unknown Cities fue galardonada en 1995 a la mejor primera novela con el premio Bram Stoker y con el International Horror Guild Award, y al año siguiente, en 1996, con el Deathrealm Award a la mejor novela. Algunos de sus relatos originales aparecen en los cinco volúmenes de la serie internacional de antología Exotic Gothic. Entre sus obras pueden citarse, además de las nombradas, Close to the Bone (cuentos, 1993), Painted in Blood (cuentos, 1996), Sub-Human (novela, 1998), Eternal Hearts (novela 1999), Saving Souls (novela, 2002), The Silence Between The Screams (cuentos, 2011), Unspeakable and Other Stories (cuentos, 2011), A Respite for the Dead (novela corta, 2014), Fatal Journeys (cuentos, 2014), In the Cave of the Delicate Singers (novela corta, 2015), Sweetlings (novela corta, 2017), Spree and Other Stories (cuentos, 2018), Desolation: A Horror Western Novella (novela corta, 2021).

 

LA FAMILIA BAJO EL AGUA