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domingo, 9 de agosto de 2026

OJOS CERRADOS

Ambra Stancampiano

Donde nací se encuentran dos mares y dos cielos. Mi isla y sus hermanas bailan vestidas de roca y de fuego. Vivimos entre el fuego y el viento. Fue precisamente aquí donde un antiguo dios estableció su fragua.

Playas de arena fina y de piedra sostuvieron mis piernas desde mis primeros pasos, y el canto de los grillos y el romper de las olas educaron mis oídos. Solo recuerdo luces verdes y amarillas, paisajes azules. Mi nariz creció explorando el olor de la sal, el mirto y la retama.

Vivo en la casa más cercana al volcán negro, lejos de las casitas blancas del pueblo, amontonadas como un grupo de comadres que cuchichean alrededor de la plaza.

Mi madre trabaja en la cantera de piedra pómez de la isla más grande junto con otros confinados. Sale cuando el aire aún está negro por la noche y cruza la isla en silencio mientras los primeros rayos violáceos del amanecer juegan al escondite con la boca del volcán. De vez en cuando suspira y mira hacia el horizonte; lo sé porque un par de veces la acompañé hasta el barco que la lleva, junto con los demás, al trabajo, mientras el hombre vestido de negro los insulta.

Regresa cada tarde completamente blanca, como una estatua, cuando el sol ya se ha sumergido en el agua, roja y violeta como si sintiera quién sabe qué vergüenza.

Mi padre no está. En el pueblo dicen que fue a la guerra y que eso es un gran honor, pero mamá no parece contenta. De él solo conozco el rostro de una fotografía amarillenta sobre la mesita junto a la cama grande donde ella me arropa cada noche: el cabello engominado, la mirada orgullosa, un sombrero de carabinero con el penacho erguido.

Mamá pasa noches enteras escribiendo frente a esa fotografía y consume vela tras vela, que terminan convertidas en gruesas lágrimas de cera. Por la mañana, mi abuela las funde en una gran olla para darles una nueva vida.

Es la única fotografía que tenemos en casa, y una vez le pregunté por qué no había ninguna de su boda. Mamá se puso roja como el mar al atardecer y balbuceó que hay cosas más importantes que los matrimonios, que la guerra es un monstruo hecho de plomo que devora el tiempo y que, a veces, es mejor limitarse a ser feliz.

La abuela le dirigió una mirada cargada de reproche y ella dejó de hablar de inmediato.

Mi abuela nunca ha empuñado una pluma en toda su vida y sacude la cabeza cada vez que posa la mirada sobre su única hija, consumiéndose como el cabo de una vela detrás de aquellas serpientes de tinta que ella es incapaz de descifrar.

Todas las noches refunfuña como la cafetera que prepara para la mañana siguiente y se queja de estos jóvenes modernos que anteponen las ideas a los sagrados deberes del hogar. Sin embargo, cuando mi madre termina desplomándose con la cabeza sobre la dura mesa de madera, le acomoda con ternura un almohadón relleno con ropa vieja.

En el pueblo dicen que la abuela Santuzza es una mavàra, y las comadres escupen sobre el camino polvoriento después de verla pasar. Sin embargo, de vez en cuando vienen a visitarnos con el rostro gris y la mirada derrotada; traen regalos y la tratan con el mismo respeto con que tratan al padre Fazio.

La abuela las recibe con alguna pulla, pero no les guarda rencor. Siempre escucha todo lo que tienen que decirle delante de una taza de café y unas pastas de almendra, para luego encerrarse con ellas en su habitación y susurrar cosas que tengo terminantemente prohibido escuchar.

 

Aquel día el volcán se había despertado de mal humor y gruñía sordamente. Parecía haber contagiado su estado de ánimo al cielo plomizo y al mar que hervía junto a él.

Llegó una carta, pero no fue el cartero de siempre quien la trajo. Un carabinero con uniforme oscuro llegó hasta nuestra puerta y la arrojó de mala manera en manos de la abuela.

—Me parece justo que ustedes también lo sepan.

Lo dijo con desprecio, clavando en mí unos ojos pequeños y violentos. El sobre ya estaba rasgado y la hoja, arrugada. Malas noticias. Nos quedamos mirándonos, impotentes, frente a aquel pedazo de papel que escondía algo de nosotros. Esperamos a mamá hasta el atardecer, lanzando miradas inquietas hacia las hojas arrugadas sobre la mesa.

Mamá regresó cuando ya casi había oscurecido, con el rostro cubierto de polvo de piedra pómez. Se quedó inmóvil en la puerta, contemplando la mancha blanca y arrugada sobre la mesa. Lloraba incluso antes de abrirla: el ejército nunca escribe para dar buenas noticias. Luego cayó de rodillas y susurró una sola palabra:

—Desaparecido.

La abuela le apoyó una mano en el hombro.

—Lo que está escrito no sabe nada. Le preguntaremos la verdad a San Jorge.

Mamá levantó la cabeza y la miró sin comprender. La abuela la condujo hasta su habitación y cerró la puerta. Yo intenté escuchar, pero no entendía nada.

Durante ocho días la abuela dejó de prestarme atención, y a todas las cosas de este mundo también. Murmuraba sin cesar una cantilena con los ojos cerrados mientras realizaba sus tareas habituales, avanzando a tientas como una ciega.

Cada vez que mamá volvía de la cantera, la arrastraba consigo a su habitación, y yo tenía que acostarme solo, sin el beso en la frente y privado de aquella taza de leche caliente que me obligaban a beber para crecer fuerte y sano.

La novena noche me enfadé. Lloriqueé diciendo que no podía dormir bien sin esas atenciones.

Mamá me lanzó una mirada húmeda. La abuela le dirigió otra, severa, y la apartó de mí como si yo fuera un mosquito molesto. Una vez más se encerraron en la habitación que me estaba prohibida. Molesto, me apoyé contra la puerta, que cedió bajo mi peso de niño y se abrió de golpe. No me lo esperaba. Tropecé con mis propios pies.

Mamá se enfadó.

—¿Qué haces aquí? ¡Vete ahora mismo!

La abuela la miró y dijo, con una voz fina como una aguja:

—Bueno, es su padre. Tú renegaste de los sacramentos por él, pero no es tu marido. Si hay alguien que realmente merece saber en esta casa, no eres tú.

Yo ya había vuelto a cerrar la puerta detrás de mí. La abuela la abrió apenas un poco y murmuró:

—Puedes entrar, pero prométeme que permanecerás con los ojos cerrados. Pase lo que pase. Oigas lo que oigas.

Le respondió el volcán, con un temblor sordo que ascendía desde las entrañas del mar a nuestros pies. El aire olía a azufre.

En el centro de la habitación ardía una vela gruesa y blanca, como las que se llevan al cementerio. Mamá, sentada en el suelo, sollozaba. Se interrumpió al verme y dirigió a la abuela una mirada de reproche.

La abuela se sentó, cerró los ojos y comenzó a recitar, balanceando lentamente la cabeza hacia delante y hacia atrás:

San Giorgio Cavaleri, vui siti a cavaddru e io sugnu a pedi, pi la vostra santità puttatimi insonnu a virità. Caballero San Jorge, tú que vas a caballo mientras yo estoy a pie, por tu santidad, tráeme en sueños la verdad.

Cerré los ojos.

La vela olía a iglesia. Mamá dejó de sollozar y sorbió por la nariz procurando no hacer ruido. La abuela repitió la letanía otras seis veces y luego guardó silencio.

Llegó la noche. La sentía descender sobre mis hombros como una manta húmeda. Todo a nuestro alrededor quedó sumido en un extraño silencio; hasta los grillos habían dejado de cantar. El volcán seguía murmurando a lo lejos, como un león que ronronea. La abuela volvió a recitar la letanía. Entonces oí acercarse los cascos de un caballo.

San Giorgiu cavaleri...

El sonido se hacía cada vez más cercano. La abuela terminó la invocación y, en ese mismo instante, el volcán lanzó un rugido. El suelo vibró. La puerta de la habitación se abrió de golpe y volvió a cerrarse impulsada por una ráfaga de viento abrasador. Un relincho hizo temblar la puerta de entrada. Dos pares de cascos avanzaron por la casa.

Clop... clop... clop... clop...

Como si en el recibidor de nuestra humilde vivienda no hubiera muebles que obstaculizaran el paso. El caballo cruzó toda la casa.

Clop... clop... clop... clop...

Hasta detenerse detrás de la puerta de nuestra habitación. Resopló suavemente. Alguien llamó. Tres golpes sordos que parecían venir al mismo tiempo de la puerta, del techo, de las persianas atrancadas y del suelo de tierra apisonada donde permanecíamos sentados, aferrados al humo de la vela como tres náufragos en un mar de oscuridad. Nadie preguntó quién era. Una voz que parecía brotar de las propias paredes dijo:

Spe gaudentes in tribulatione patientes, orationi instantes. Alégrate en la esperanza, sé paciente en la tribulación y persevera en la oración.

Algo comenzó a temblarme dentro del estómago. Tenía ganas de llorar.

La abuela respondió en voz muy baja, como si siguiera rezando, desde un rincón de la habitación que me parecía lejísimo:

Necessitatibus sanctorum communicantes, hospitalitatem sectantes. Comparte las necesidades de los santos y practica la hospitalidad.

La puerta se abrió sola, sin que soplara el menor viento. El caballo entró. Clop... clop... Giró sobre sí mismo. Clop... clop... clop... clop... Y se detuvo justo a mi lado. Volvió a resoplar. El suelo y las paredes vibraban al ritmo de sus cascos.

Sentía su presencia a un paso de mi nuca, como si dos ojos ardientes me estuvieran observando. Una respiración rítmica y abrasadora marcaba el compás de mi corazón aterrado. Olía igual que cualquier otro caballo. ¿Era realmente el caballo de San Jorge? ¿Era posible que un ser tan ruidoso y con un olor tan intenso hubiera descendido del cielo? Y si venía del cielo, como decía el padre Fazio de los santos, ¿cómo había podido caminar sobre las nubes hasta llegar a nuestra casa?

Todas esas preguntas, gritadas dentro de mi cabeza, se perdieron en el silencio de la noche.

La abuela carraspeó. El caballo se estremeció. Oí un golpe seco junto a mi rostro. Un relincho nervioso. Un aliento desagradable rozó mi oído. El chasquido de una lengua. El golpe de unos dientes.

 

Abrí los ojos sobresaltado. Frente a mí había un caballo de un blanco deslumbrante, como si estuviera hecho de luz. Sus músculos eran sólidos, reales, terrestres. Temblaban de rabia, preparados para lanzarse contra un enemigo invisible que tal vez se encontraba a mi espalda. El jinete que lo montaba iba cubierto por una armadura dorada en la que habría podido reflejarse el mundo entero. Sujetaba las riendas con una sola mano, sin mostrar el menor esfuerzo. En la otra empuñaba una lanza ensangrentada que devolvía destellos como mil relámpagos. Me miró con unos ojos de fuego y dijo, con una voz cavernosa que hacía retumbar las paredes:

—¡Quien se atreva a mirar a un santo pierde para siempre el derecho a la vista!

Me golpeó el rostro con la lanza. Caí al suelo. Mi madre gritaba.

 

Me desprendí de mi cuerpo. Flotaba cerca del techo y ya nada parecía importante. Lo veía todo, pero no oía ningún sonido. Mi madre avanzaba a tientas hacia mí con los ojos todavía cerrados. Derribó la vela, que se apagó sobre el suelo. Me tomó entre sus brazos y me estrechó con desesperación. El caballero dorado volvió a lanzar su caballo al galope y atravesó la pared. Un viento furioso sacudió la casa, haciendo golpear las puertas y agitando el cabello de mamá, las hierbas que la abuela tenía colgadas para secar y las cortinas bordadas de las ventanas.

La abuela abrió los ojos de golpe, como si hubiera sentido pasar al jinete, y corrió hasta mí. Sacó dos grandes monedas de plata de un bolsillo y las colocó sobre mis ojos mientras murmuraba unas palabras que no alcancé a oír. Sentí que el rostro comenzaba a arder. Entonces regresé.

En medio de todo aquel caos, antes de desaparecer, San Jorge dijo algo que sentí vibrar dentro de mí. Pero mamá gritaba y la abuela nunca quiso hablar de ello, de modo que jamás conocimos la respuesta del oráculo.

 

Ha pasado mucho tiempo y ya no veo. La gente me evita. Dicen que quien es tocado por un santo pierde la razón. Los pocos amigos con los que antes corría entre las playas de piedra y la fragante vegetación de las laderas del volcán ahora se burlan del bastón con el que me veo obligado a orientarme.

Pero yo no estoy triste. La abuela me dijo que quienes son como yo poseen el don de percibir las cosas que existen entre el cielo y el infierno, porque no se distraen con los colores ni con las formas, y que me enseñará a escuchar, si tengo paciencia.

Quizá así encuentre a mi padre.

Ambra Stancampiano nació en Mesina, Sicilia, Italia, en 1987. Estudió edición y periodismo, cursó la Escuela Holden y recorrió parte de Italia y Europa. Trabaja como editora independiente y dirige las colecciones Cani, gatti&c. y Heroic Fantasy Italia para Delos Digital. Ha publicado las colecciones de cuentos Storie Bestiali, Mostri di Sicilia e I Siciliani.

LA MUJER