María Jiménez
La mente de Florián ya no recordaba muchas cosas y
cambiaba el orden de las que aún tenía memoria.
—Lo siento, tiene usted alzheimer —le había
dicho aquella doctora tan linda y simpática ya hacía dos años. Quizás por eso
no se había tomado tan mal la noticia, por lo guapísima que
era. Ya puestos a que te
fastidien la vida y que te digan que te vas a ir deteriorando poco a
poco sin remedio, que al menos el mensaje llegue envuelto en un bonito papel de regalo.
—Bueno ¡Qué le vamos a hacer! Así también me olvidaré
de todo lo malo.
Y así fue.
Se olvidó de que Carmen había muerto y empezó a
llamarla por la casa. Sobre todo la echaba de menos por las
noches, cuando se despertaba de madrugada, con frío y tocaba al lado de la cama
que ella solía ocupar, y no la encontraba. Aquel lado de la cama ahora estaba
muy frío y vacío. Durante el día
vagaba por las habitaciones de la casa gritando su nombre, pidiéndole que le
trajera alguna cosa.
—¡Carmen tráeme la maquinilla de afeitar que no
la encuentro! —Sólo un silencio sepulcral le contestaba—. Pero Carmen ¿Dónde
estás? ¿Te has ido a comprar y no me has dicho nada?
Carmen no contestaba.
Ni Carmen ni nadie, y el pobre Florián se quedaba muy confundido. A veces se
limitaba a sentarse en el salón, leía un libro y esperaba durante horas a que
regresara su mujer. Cuando ya se hacía de noche y no volvía, llamaba a alguna
de sus hijas para
preguntarle dónde estaba su madre.
—¿Está vuestra madre con alguna de vosotras? Es
que lleva todo el día fuera y no la encuentro.
Entonces ellas, con
gran tristeza, siempre tenían que contestarle lo mismo.
—Pero papá, mamá hace tiempo que nos dejó. ¿No
te acuerdas?
Entonces Florián se
quedaba aún más confundido porque la verdad era que no se acordaba. En esos
momentos se sentía solo en el universo, y muy pequeño. Entonces pensaba que le hubiera
gustado tener un perro que acariciar, o incluso un gato, aunque no fueran unos
animales que le agradaran. Lo que fuera por evitar esa doble soledad, la
soledad de estar solo, y la soledad de no saber que lo estás hasta que alguien
te lo dice.
Otras veces lo que
sucedía era que confundía a su hija Lucía, la más pequeña de las tres, con su
mujer. Ella, muy amable,
solía seguirle la corriente la mayor parte de las veces, sólo sacándole de su
error cuando le daba una palmada en el trasero o intentaba alguna otra
confianza marital similar.
—Papá, ten las manos quietas. Que soy yo, Lucía.
Mamá hace tiempo que murió. ¿Te acuerdas?
Entonces él se ponía a llorar su pena como si fuera
nueva, y en verdad para él lo era, porque en ese preciso momento era cuando se
daba cuenta de que era verdad que su mujer no estaba, y que llevaba mucho
tiempo sin verla ni abrazarla. Recordaba de repente un entierro, mucha gente de
negro, un féretro y que la dejaron allí enterrada y sola, como ahora lo estaba
él. Y lloraba con desesperación por la soledad de ambos. Entonces su hija
Lucía le acariciaba la cabeza como si fuera un niño pequeño, hasta que se
quedaba dormido.
También se olvidó de que su padre había
fallecido hacía ya mucho tiempo y quería llamarlo por teléfono todos los
domingos por la tarde, como hizo durante años, para hablar de fútbol y de las
anécdotas familiares de la semana. Pero cuando le llamaba, nadie cogía el
teléfono al otro lado.
—Papá, el abuelo duerme —le contestaba alguna de
sus hijas, quitándole el teléfono de las manos.
—Es verdad —solía contestar él—. Desde que se
jubiló, este hombre duerme mucho.
Y así fue olvidando a los vivos, mientras
pretendía resucitar a los muertos. No reconociendo a sus hijas y confundiéndolas en cambio con la madre o
la abuela.
A la vez fue olvidando las acciones básicas de
la vida, como cocinar, limpiar, lavarse los dientes, ducharse, apagar las
luz... Sus neuronas fueron muriendo y su mente se fue vaciando, hasta quedar
completamente en blanco.
Lo que nunca olvidó fue ser feliz, a pesar de no
recordar los motivos. Por eso cuando le llegó la hora final, dejó este mundo
con una dulce sonrisa infantil dibujada en la cara.
Isabel María Lobato Jiménez, es española, nacida en Salamanca,
pero desde hace diez años vive en Tenerife porque le gustan el buen tiempo y el
mar. Psicopedagoga,
reflexoterapeuta y practicante de reiki. La escritura es su tabla de salvación
para solventar las tormentas, tornados o tsunamis de su vida. Ha publicado sus
trabajos en espacios digitales
como la revista Crisopeya (Colombia), ladoberlin.com
(Berlín),
Quimera (Costa Rica), Alborismos (Venezuela), Cuerpescritura
(Argentina), Nefelismos (Venezuela), Ensentidofigurado
(México).
También en revistas tradicionales
como YALE,
Papeles del Caracol y La Oca Loca. Ganó el Certamen Regional De
Cuentos Infantiles de la Asociación Cultural Viejo Castillo 2020, obtuvo el Tercer
premio del VIII certamen relato breve Día de la mujer Psoe Alcantarilla 2022, del
Concurso
microrrelatos Fundae Enero 2023, Tercer premio XXXI concurso literatura Epistolar
Calamocha 2025, Segundo Premio Concurso microrrelatos Doctor Mena 2026.
