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sábado, 4 de julio de 2026

MIS TIEMPOS DE AJEDRECISTA

Shota Iatashvili

No tenía ni idea de qué le pasaba a la chica. Hacía su movimiento, contenía la respiración unos segundos, luego movía la mano de nuevo hacia el tablero y tocaba la pieza que acababa de colocar, como si la acariciara, o bien agarraba suavemente la parte superior de la pieza con sus dedos pálidos y luego la hacía girar ligeramente, moviéndola unos milímetros hacia un lado susurrando: "acomodo”, con voz cálida y algo ahogada para luego apoyar una vez más su cabeza rubia en la palma carnosa.

Hacía esto después de cada movimiento. No solo ajustaba sus propias piezas; también lo hacía con las mías. Incluso cuando las coloqué con mucho, mucho cuidado, justo en el centro de la casilla, ella seguía ajustándolas. Empecé a sentirme inquieto cada vez que ella realizaba una jugada. Perdía el hilo de mis pensamientos, las variantes calculadas y las combinaciones preparadas se confundían unas con otras. Toda mi atención se concentraba en ella, que en cualquier momento iba a extender la mano hacia la pieza que yo acababa de mover, tocarla, acariciarla, incluso levantarla apenas del tablero para volver a depositarla exactamente en la misma casilla y decir con aquella voz enigmática:

—Acomodo.

Era una norma. Los ajedrecistas pueden ajustar sus piezas, o incluso las del oponente, siempre que pronuncien esas palabras mágicas al hacerlo. Si no pronuncian las palabras, la regla establece que deben mover la pieza que hayan tocado (si era suya) o capturarla (si era de su oponente), suponiendo que sea legal hacerlo. Por desgracia, no había nada en las reglas sobre cuántas veces un jugador podía ajustar una pieza, así que esta chica ejercía su derecho en cada jugada. De hecho, a veces incluso varias veces entre jugadas: tocaba el caballo blanco, o el alfil negro, o los peones de ambos jugadores... Su mano recorría el tablero, acercándose a una pieza mientras murmuraba en una especie de trance:

Acomodo, acomodo, acomodo. Y mientras tanto mi mente se iba nublando poco a poco. Cometía errores groseros y siempre terminaba perdiendo contra ella.

Me acordé de esa chica cuando el gran maestro Suetin nos dio una conferencia sobre la preparación psicológica del ajedrecista. Sobre la preparación psicológica y la influencia psicológica. Nos lo explicaba en teoría y, al mismo tiempo, ilustraba cada concepto con ejemplos concretos. Contó varios casos de partidas ganadas gracias a la presión psicológica ejercida sobre el adversario.

Entre ellos relató este:

—Había un jugador que, apenas hacía una jugada, se quedaba mirando fijamente a los ojos de su rival. No apartaba la vista. Y cuando el adversario respondía, procuraba contestar lo más rápido posible para volver a sostenerle la mirada. Ninguna regla prohíbe mirar al oponente, así que este tampoco podía protestar. Y de ese modo consiguió sacarlo de concentración y vencerlo.

En cuanto escuché aquello, todo se volvió claro para mí.

Comprendí que aquellas interminables y desesperantes maniobras de acomodar las piezas constituían un método cuidadosamente elaborado de presión psicológica. Al menos eso creí entonces. Aunque, pensándolo bien, ¿qué métodos elaborados podía haber desarrollado una niña de apenas doce años? Probablemente se trataba simplemente de una neurosis. Una neurosis silenciosa, una necesidad irresistible de tocarlo todo.

O quién sabe... Tal vez su padre era ciego y había aprendido a jugar con él.

Los ciegos participaban siempre en nuestros torneos. Se sentaban aparte y, curiosamente, eran quienes más espectadores atraían. Cada vez que el rival hacía una jugada, ellos extendían ambas manos sobre el tablero para descubrir qué pieza había sido movida, desde qué casilla y hasta cuál. Una vez que lograban reconstruir la posición, permanecían inmóviles, con la mirada perdida hacia el techo del salón o, más a menudo, dirigida hacia un adversario invisible. Después volvían a recorrer el tablero con las manos y hacían su propia jugada.

No siempre, pero también contra los ciegos perdía con bastante frecuencia.

A veces, cuando terminaba la partida, me pedían que los acompañara hasta la parada de autobús más cercana. Cerraban su tablero plegable de casillas desgastadas, se lo ponían bajo el brazo, yo les ofrecía el mío y caminábamos hasta la Filarmónica. Les iba leyendo los números de los autobuses que llegaban, uno tras otro, hasta que aparecía el que necesitaban. Los ayudaba a subir y luego emprendía el camino de regreso a casa... derrotado por un ciego.

En aquellos torneos por sistema suizo ocurría de todo.

Una vez apareció un soldado ruso. Tenía las mejillas coloradas y era evidente que provenía de alguna remota provincia perdida de Rusia. Llegaba directamente desde el cuartel. Casi siempre lo hacía tarde, entraba corriendo, jadeando, se sentaba frente al tablero... y nos derrotaba a todos, partida tras partida.

Les ganaba también a los ciegos, a la chica que acomodaba las piezas, a nuestros mejores jugadores de primera categoría y hasta a los candidatos a maestro. Pasó por encima de todos con una facilidad humillante y terminó ganando el torneo. Después regresó a su cuartel y nunca más volvió a aparecer.

Supongo que poco tiempo después terminó el servicio militar y lo enviaron de regreso a aquella provincia olvidada. Quizá ahora siga viviendo allí, ya envejecido, entregado a la bebida y, cuando anda escaso de dinero, todavía les gane alguna botella de vodka apostando partidas de ajedrez a sus paisanos.

¿Qué me hizo acordar ahora de aquel soldado ruso, si en realidad quería hablar de otro ruso muy distinto, del gran maestro Suetin, el mismo que nos dio aquella conferencia sobre la preparación psicológica del ajedrecista y que luego se sentó a jugar una exhibición simultánea contra nosotros, un grupo de chicos con las orejas aún puntiagudas por la infancia?

Ahí estaba yo. Hice una jugada, luego otra. El gran maestro Suetin caminaba sin cesar, trazando círculos entre las mesas. Debía enfrentarse al mismo tiempo a veinte o veinticinco niños y despacharnos a todos casi con un simple movimiento de la mano.

Suetin era un hombre corpulento; incluso podría decirse descomunal. Pero eso no tenía ninguna importancia. El ajedrez será un deporte, sí, pero no atletismo. No hace falta un cuerpo perfecto para jugar bien. Lo que hace falta es una mirada penetrante, movimientos ágiles de la mano y una inteligencia afilada. Y el gran maestro Suetin poseía todo eso.

Avanzaba con seguridad entre el rectángulo formado por las mesas. Sin embargo, cuando pasó un par de veces junto a mí y levanté la vista, advertí un detalle extraño: llevaba unas gafas enormes, con lentes desproporcionadamente gruesas. Detrás de aquellos cristales, sus ojos aparecían gigantescos, deformados. Y fueron precisamente esos ojos magnificados los que me sugirieron una idea bastante desagradable.

El gran maestro acababa de contarnos que un ajedrecista había derrotado a su rival manteniéndole la mirada durante toda la partida. En ese mismo instante pensé: si ese método existe, si ya ha demostrado funcionar y, además, no infringe ninguna regla... ¿por qué no utilizarlo ahora mismo?

No bien se me ocurrió, levanté la cabeza y clavé los ojos en los del gran maestro Suetin. Él me miró desde arriba, hizo su jugada y siguió caminando tranquilamente.

Continuó avanzando con su pesado cuerpo de mesa en mesa, realizando los movimientos con absoluta calma mientras completaba otra vuelta. Yo lo seguía con una mirada tensa; unas veces le perforaba la espalda, otras la nuca, otras el perfil del rostro. Cuando volvió a acercarse, me lanzó una mirada de soslayo, hizo otra jugada y siguió su camino.

Bajé la vista al tablero. Habíamos entrado en una Apertura Española. Conocía bien sus caminos. Decidí de inmediato qué variante elegir, hice mi movimiento... y seguí taladrándole la espalda con los ojos.

Mientras tanto volvía a acordarme de la chica que acomodaba las piezas. Pensaba para mis adentros: «Ojalá el destino vuelva a cruzarme contigo. Ya vas a ver. Te devolveré exactamente lo mismo. Te atravesaré con la mirada hasta que bajes los ojos de vergüenza. Ya no podrás mirar bien el tablero; te temblarán la mano y la voz; no podrás hacer una jugada decente ni pronunciar con esa vocecita temblorosa tu "la acomodo...". Entonces sí... entonces me vengaré de ti. Te derrotaré sin piedad.»

Pero ¿qué importaba ahora aquella chica? Estaba jugando contra el gran maestro Suetin y la lucha ya había entrado en el medio juego. Yo, un chico correcto, educado, siempre con las mejores calificaciones, extraordinariamente tímido, de esos que se ruborizan por las cosas más insignificantes, empecé a mover con rapidez. No apartaba la vista de aquel cuerpo torpe y pesado; mejor dicho, intentaba atrapar la mirada escondida tras aquellas enormes gafas. A veces incluso lo conseguía. Y entonces leía en sus ojos una furia terrible. Una crueldad feroz. Después de todo, ¿cómo iba a soportar que un chiquillo al que acababa de enseñar de buena fe un recurso psicológico se atreviera, media hora más tarde, a utilizar precisamente ese mismo recurso contra él?

Estábamos ya casi al final del medio juego. Miré el tablero y no podía creerlo. Tenía una posición claramente superior. Casi ganadora.

«¡El método funciona!», pensé.

El gran maestro Suetin se acercó, se detuvo frente a mi tablero. Yo seguía mirándolo con obstinación. Él se inclinó sobre la posición, hizo su movimiento y, justo en ese instante, acercó todavía más el rostro al mío para susurrarme al oído, en ruso, de manera casi agresiva, procurando que nadie más lo oyera:

—¡No me mires a los ojos!

Me estremecí. El muchacho correcto, tímido y aplicado bajó inmediatamente la cabeza y fijó la vista en sus propios zapatos. Sentía cómo el gran maestro seguía caminando. Cuando se alejó, apenas me atreví a levantar los ojos hacia el tablero para descubrir qué jugada había hecho. Todo a mi alrededor estaba borroso. Forcé la vista hasta distinguir, con dificultad, la posición de las piezas. Volví a bajar la cabeza y me quedé mirando mis zapatos. Calculaba variantes de memoria, desplazaba las piezas mentalmente e intentaba encontrar así la forma de seguir luchando.

Se acercaba...

Creo que ya lo había encontrado... Llegó hasta mi mesa. Se detuvo frente a mí. Levanté apenas la vista e hice mi jugada. Él respondió haciendo resonar la pieza contra el tablero y siguió adelante. Completó otra vuelta sin que yo levantara la cabeza. Y creo que una tercera también. Mientras tanto mi posición iba deteriorándose a ojos vista. La ventaja conquistada comenzaba a evaporarse. Y, sin embargo, seguía oyendo en mi oído aquel susurro:

—¡No me mires a los ojos!

Y entonces me enojé. De golpe. ¿Con qué derecho me lo prohibía? ¿Por qué no podía mirarlo? ¿Acaso no acababa de decirnos él mismo que aquello no infringía ninguna regla? Ahora era él quien estaba rompiendo el espíritu de lo que acababa de enseñarnos. Tal vez no violaba ninguna norma escrita, pero intentaba ejercer presión psicológica sobre mí...

Hasta ese momento había sido yo quien ejercía presión psicológica sobre él. Y aquella cabeza avergonzada se levantó de pronto con orgullo. Quise mirarlo. Ya venía caminando hacia mí. Sus ojos agrandados por las gruesas lentes se encontraron con la mirada aparentemente inocente, aunque obstinada, de un niño. No apartó la vista. Seguía avanzando. Y seguía mirándome. Con una expresión casi feroz. Comprendí que precisamente en ese instante debía resistir. Y resistí. Llegó hasta mi tablero. Se quedó de pie frente a mí. Me observaba desde arriba. Parecía devorarme con los ojos. Yo seguía mirándolo. El gran maestro Suetin ni siquiera dirigía la vista al tablero. Solo me miraba a los ojos. Yo tampoco apartaba la mirada. Temblaba, pero seguía mirándolo. Ni siquiera parpadeaba.

Y vencí.

Fue él quien retiró primero la mirada. Entonces bajó los ojos hacia el tablero, realizó su jugada con un estrépito que resonó por toda la sala y siguió caminando.

Ya quedábamos muy pocos jugadores. Tal vez siete. Para todos los demás la partida había terminado. Por eso regresaba a mi mesa cada vez con mayor rapidez. Yo lo contemplaba sin el menor pudor. Y le jugaba con el mismo descaro. Y le gané. En ajedrez, el derrotado estrecha la mano del vencedor. Es el gesto que simboliza la rendición. Una costumbre aceptada, civilizada. Aunque, extraoficialmente, existe otra forma, bastante menos elegante: cuando uno pierde, puede derribar a propósito su propio rey sobre el tablero.

El gran maestro Suetin hizo precisamente eso. Más que dejar caer a su rey, lo estrelló contra el tablero. Y se marchó sin estrecharme la mano. Yo seguí su figura con la mirada por última vez. Probablemente aquella fue la mayor victoria de toda mi vida. Después de eso jamás volví a experimentar una sensación semejante.

En cambio, nunca más volví a encontrarme con la chica que acomodaba las piezas. Seguíamos jugando los mismos torneos, pero el destino –o, mejor dicho, el sorteo– nunca volvió a emparejarnos. Ella quedaba a la izquierda; yo también. Ella arriba; yo arriba. Ella abajo; yo abajo.

Y, sin embargo, cuánto deseaba volver a enfrentarla.

Me picaban las manos. La mirada ya la tenía preparada. Mientras tanto, la muchacha rubia seguía sentándose frente a otros jugadores y continuaba acomodándoles las piezas. Tal vez lograba desconcentrarlos. O quizá no.

Poco después, unos muchachos me sacaron del Palacio del Ajedrez y me dieron una paliza allí mismo, a pocos metros de la entrada.

Jamás me habían golpeado de esa manera. Fue la primera y la peor paliza de toda mi vida. No consigo recordar qué tenían contra mí, qué les molestaba de mí, qué les había hecho. Pero desde entonces siempre me acompañó la sensación de que aquello había sido un castigo. Un castigo por la forma en que había tratado al gran maestro Suetin. También fue profundamente vergonzoso abandonar el ajedrez y huir del Palacio del Ajedrez.

En uno de los torneos terminé último entre dieciséis participantes, con apenas medio punto.

Iba perdiendo. Seguía perdiendo. Continuaba perdiendo. Luchaba desesperadamente, pero por alguna razón siempre acababa perdiendo. En casa lo ocultaba. Le mentía a mi padre. Yo ya era estudiante universitario.

A veces le decía que había hecho tablas; otras, que había ganado.

Le mentía porque él había sido quien me llevó por primera vez a una escuela de ajedrez. Deseaba de verdad que yo jugara bien. Cada uno de mis pequeños éxitos lo llenaba de felicidad. Y yo no quería que supiera hasta qué punto estaba fracasando. No quería entristecerlo.

Ese miserable medio punto se lo arranqué a un jugador indio. Los demás ya se burlaban de mí.

—Ese pobre indio creyó que eras un rival fuerte y por eso aceptó las tablas. Si no, también te habría ganado.

Jugué mi última partida y salí de allí corriendo. No quise volver a mirar hacia el edificio. Llegué casi a odiar el ajedrez. Para mí, en aquella época, el ajedrez era una derrota interminable. Las derrotas frente a la chica que acomodaba las piezas. Las derrotas frente a los jugadores ciegos. La paliza recibida delante del Palacio del Ajedrez. El medio punto. El último puesto. Las burlas. ¿Qué podía pesar, frente a todo eso, una única victoria insolente sobre el gran maestro Suetin?

Pero comprendí que el ajedrez podía ser todavía una derrota mucho mayor cuando me enteré de la muerte de mi primer entrenador, Shota Intskirveli.

Aquel hombre que había formado campeones del mundo fue encontrado muerto durante los años noventa, en una casa con las ventanas rotas. Murió de hambre. Murió congelado.

Cuando éramos niños, a veces sentaba sobre sus rodillas a la vivaz Keti Abashidze mientras analizaba nuestras partidas y nos enseñaba aperturas y pequeños secretos del ajedrez. Cada vez que yo veía a aquella luminosa Keti Abashidze, mi concentración se desvanecía y ya no lograba seguir hasta el final los análisis posicionales del entrenador. Y cuando ella era mi rival, casi siempre perdía. Exactamente igual que contra la chica que acomodaba las piezas. Muchos años después, cuando ya había terminado la universidad, volví a encontrarme con Keti Abashidze. Seguía irradiando la misma vitalidad. Me invitó a su casa, en Vake.

Tomamos el té, recordamos la infancia y luego dijo:

—Ya que estamos recordando viejos tiempos, juguemos una partida.

Nos sentamos frente al tablero.

Y, naturalmente, volvió a derrotarme con facilidad. Sonrió y creo que hasta comentó:

—Qué curioso... siempre te gano.

Así era. No parecía ser un jugador débil. Y, sin embargo, todos parecían derrotarme. De las victorias no quedaba casi nada. Las derrotas, en cambio, dejaban cicatrices. Me desgastaban por dentro. Me hacían más pesado. Me transformaban. Y, sobre el fondo de todas aquellas derrotas, solo me quedaba una historia para contar: cómo había derrotado al gran maestro Suetin gracias a la presión psicológica. La contaba una y otra vez. Me consolaba contándola.

La repetí tantas veces que terminé cansándome incluso de escucharme a mí mismo.

Y entonces la escribí.

Pero ahora, mientras termino de escribirla, quien vuelve a aparecer ante mis ojos es Shota Intskirveli. Hambriento. Congelado. Muerto en una casa de ventanas rotas. Y me gusta imaginar que lo encontraron sentado frente a un tablero de ajedrez, con la mano inmóvil suspendida en el aire y una dama entre los dedos, a punto de colocarla en f5 o quizá en g6 para mostrarnos una de aquellas hermosas combinaciones de Mijaíl Tal o de Bobby Fischer. Y que no estaba solo. Que seguía abrazado a la sombra de la radiante Keti Abashidze, sentada, como siempre, sobre sus rodillas.

Shota Iatashvili nació en Georgia en 1966. Escribe poesía y prosa, y es traductor y crítico de arte. De 1993 a 1997 trabajó como editor en el Centro de Letras de la República para los periódicos literarios Rubicón y La Tercera Vía. Leer menosEs editor de la editorial The Caucasus House desde 1998 y ha sido editor jefe del periódico The Alternative, publicado por The Caucasus House. Entre sus libros de poesía se encuentran The Wings of Death (1993), Chewing Gum (1994), The Petrol Flowers (2000), While It's Time (2006) y A Scar (2010), entre otros. Sus libros de prosa incluyen Counter-Ajour (1998), The Flower of All Flowers and an Engineer (2000), Photo-Fathers (2005) y Gravitation (2012). Entre sus obras de crítica literaria se encuentra su colección de 2010 Cleaning. Sus traducciones incluyen Styles of Radical Will (1999) y American Poets (2004) de Susan Sontag. Ganó el Premio Saba a la Mejor Colección de Poesía (2007 y 2011), el Premio Internacional de Poesía de la Lavri de Kiev (2009) y el Premio al Mejor Crítico Literario (2011). Sus obras han sido traducidas a más de una docena de idiomas.

 

 

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