Maisalun Hadi
Con la aritmética del sol y la luna da
comienzo la habitual escena diaria en este hospital desde el instante que
entramos en él. En cuanto a la expectación de los pasillos y las puertas, para
ese no hay principio ni fin: todo final viene detrás de un principio, y el
ajetreo no se detiene nunca. El guarda, en paz descanse, solía sentarse en un
sofá, siempre el mismo sofá, colocado cerca de la puerta del hospital que daba
al exterior. Con el tiempo descubrí que la mayoría de los funcionarios y
sanitarios seguían sentándose en el mismo lugar tanto en las salas de espera
como en las habitaciones de contabilidad o administración, a excepción de la
abuela Zaituna, la comadrona, que se pasaba la mañana vagando entre las pacientes, y ni una sola vez de las
que volví, antes o después del parto, la encontré sentada.
Mis
ojos no daban crédito cuando la vi bajando las escaleras. Era como si la viera
moverse con el mismo aspecto que hace veinticinco años… Quien la observara de
lejos diría que era mucho más joven, aunque había perdido peso. Llevaba en la
mano una colcha blanca. Su rostro radiante me hizo recordar aquellos
chascarrillos vivaces con los que se mofaba de los gritos de las mujeres
durante el parto. A veces usaba constantemente esas palabras obscenas contra
aquella que exageraba los gritos de histeria, o cubría al marido de insultos en
el momento del parto y le preguntaba sarcástica si le había dedicado un insulto
al susodicho o si se había echado a llorar con las mismas lágrimas cuando se
revolcaba con él en la cama.
Mi
hija Hala subía las escaleras despacio cuando nos encontramos con la abuela
Zaituna, en cuyas manos di a luz a mi hija… Salía de la sala de enfermeras, con
un chaleco blanco y unos zuecos del mismo color, y una expresión de alegría
agradable en su rostro. Tras ella salió a continuación otra enfermera y se unió
al grupo de compañeras que corrían detrás de la doctora hacia la sala de
obstetricia. Llevaba una muñeca color tierra y dijo que estaría caminando por
el pasillo del hospital hasta que llegara a la salida. Alguien se la había
olvidado en la sala que acababa de quedar vacía… El pasillo seguía tal cual
desde hace muchos años… Las madres debían caminar y llevar a remolque a sus
hijos para ponerles las vacunas, o a sus hijas embarazadas que estaban a punto
de parir… y las piernas andaban en fila india entre dos paredes largas
revestidas con un esmalte brillante y sobre un suelo de azulejos negros
adornado con algunos garabatos.
Le
pedí a mi hija que caminara un poco entre las sillas y el pasillo, pues es
bueno moverse antes del parto. A ratos arrastraba un suspiro profundo o miraba
desde el pasamanos de la escalera a los hombres y mujeres que no paraban de
subir y bajar. Poco después volvió la abuela Zaituna, sin la muñeca ya, y nos
indicó que esperáramos en la silla mientras le preparaban a mi hija una
habitación individual en la sala del paritorio, contigua a la escalera decorada
con imágenes de niños a los que se les cepillaban los dientes o los vacunaban.
Hala se cansó de andar y se paró un momento delante de la sala de enfermeras.
Se miró al espejo para comprobar cómo llevaba el pelo y
atusarlo un poco. Tendió la mano hacia el espejo como si tocara el
universo entero en su retrato. Sus ojos se encontraron con los míos en ese
espejo que estaba colgado en la habitación. Le sonreí, como si me viera a mí
misma hace veinticinco años.
—Me
he cansado de andar, mamá.
—Ven,
siéntate, cariño, en las sillas de la sala de espera. Aquel lugar es mejor.
Mi hija siguió mirándome a través del espejo
colgado en la sala de enfermeras… Ella hablaba y yo me veía a mí misma…
Naturalmente, eso no era posible, pero lo que yo veía no era muy distinto de la
realidad… Solo me provocó extrañeza mi imagen antigua que reapareció ante mí
tan pronto como olí el aroma del té con la pintura y el desinfectante Dettol,
junto al resto de olores del hospital… Mi hija parecía pálida y apagada por
culpa del dolor… Yo también sufrí como ella aquella lejana mañana que la tuve.
Le
pregunté:
—¿No
has dormido un poco?
—No
—dijo—, los dolores de parto empezaron cuando me estaba quedando dormida.
Los
dolores del parto siempre empiezan por la noche… o continúan hasta la noche si
empiezan durante el día… Y ella, exactamente igual que yo, estaba revisando los
cuadernos cuando empezaron… Mi amor… La pobre, la noche en vela hasta las dos
de la madrugada por revisar las libretas del examen, y sin gozar ni siquiera de
una hora de sueño que le diera fuerzas para una mañana tan difícil como ésta...
Quise suavizar el ambiente, tomarle el pelo con el asunto del nuevo prometido
que se había acercado a su hermana por tercera vez, pero me prohibió hablar
cuando los dolores, insoportables ya, le hicieron perder la paciencia
definitivamente.
—Mamá,
¿cuándo voy a ir al paritorio?
—La
doctora dijo que esperáramos aquí… Suelen entender que la mujer está para dar a
luz solo cuando entre los dolores pasan cinco minutos.
—No
puedo esperar más. Me estoy muriendo.
—Por
Dios, cielo, voy a llamar a la enfermera para que te pase dentro.
Un
grupo de enfermeras volvía entonces a lo lejos y nos dijeron que nos
acercáramos a la habitación lateral del paritorio… Entramos allí por
duplicado…Yo y otra después de un cuarto de siglo… La primera era la segunda…
La segunda era la primera… En aquella sala lateral no había cambiado nada salvo
el reloj de pared… Recuerdo que lo miraba durante el parto cada cinco minutos,
y lo veía quieto, sin moverse.
—Ven,
cariño… Súbete a la cama.
—El
dolor es inaguantable… Se me va el alma…
Nadie
del grupo de las enfermeras le respondió, ocupadas todas ellas en examinar las
dilataciones, algo que medían con los dedos, nada de centímetros. Según crecía
la dilatación, la situación se hacía más apremiante y los gritos se volvían más
enérgicos. Gritó otra vez:
—¿Dónde
está la doctora? —Nadie le respondió… Gritó—: ¡Méteme en la sala, mamá!
Solté
mis palabras bromeando con la intención de calmarla.
—La
sala grande es para salir no para entrar.
Mi
hija me sonrió, a pesar del dolor, y cerró los ojos. Sus pequeños dientes se
parecían a los dientes de leche de un niño. Cuando la tuve, chorreaba en sudor
y no sentí algo de alivio hasta que se abrió la puerta de la sala grande al
aire frío de la mañana: se movieron los flecos de la colcha de la cama y ondeó
la cortina en la ventana. Mi cuerpo se sintió aliviado, el cual exageré en
perfumar con el miedo de mi exceso de transpiración durante el parto…
Desaparecí del mundo por un instante debido al intenso dolor y al despertar, la
encontré en mi regazo… ¡Y ahí estaba! Otra brisa que pasaba de la puerta hacia
la ventana, y el reloj parado… y una tras otra fluían las mujeres de la
habitación lateral a la gran sala del paritorio. No quedaba más que Hala. Tenía
el pelo empapado en sudor y aplastado contra a la frente y las sienes… Ni
andaba ni soñaba… y cuando estaba todos presentes, y las bocas incansables de
discutir alrededor del mostrador, sus ojos se hallaban al otro lado de la
ventana, alegre con la lluvia que caía sobre todos los árboles del jardín…
feliz…buscaba en un instante cualquier cosa, otros, simplemente esperaba…
Se me caían las lágrimas cada vez que Hala
me retorcía la mano con los dolores. Sus uñas se quedaban enganchadas con
fuerza a mi mano hasta que pasaba la crisis, luego volvían las dolorosas
contracciones y se mordía el labio inferior gimiendo… Era su primer parto, y el
alma prácticamente se despegaba del cuerpo con cada pico de dolor que extirpaba
el feto de sus entrañas… Pero mi hija no grita como el resto de las
embarazadas, solo llora y prolonga su gemido con una voz asfixiada. Cada vez
que se acerca una contracción, yo lo percibo por la presión de sus uñas
afiladas sobra la palma de mi mano… y a su alrededor aparecen muchas manos y
piernas que hacen retumbar el suelo… Comenzó el alboroto al abrirse las
puertas, los pasos y el aguacero de los grifos crecía y se extendía. Supe que
pronto llevarían a mi hija a la gran sala, lo que significaba que iba a dar a
luz enseguida. Mis lágrimas empezaron a caer como la lluvia… La abuela Zaituna
fue amable conmigo, después de impedirme que pasara con ella a la sala de
partos.
—Venga,
ya basta de tanto lloro —me dijo—. Ven y descansa un poco en los asientos de
fuera. No temas por ella. Estaré pendiente.
Recuerdo
que la abuela Zaituna olió a mi hija Hala, después de lavarla y entregármela,
diciendo que le gustaba cómo olían los recién nacidos. El nacimiento es un
final, no un principio, y nada más salir mi hija de mis entrañas al mundo,
cesaron todas las molestias del parto, y el tormento se tornó un alivio
profundo, absolutamente incomparable a cualquier otro. Todo terminó, y dormí
profundamente. Al despertar, tenía a Hala sobre mí y sus delicados dedos se
movían, y se espantaban del aire, como tentáculos de pequeñas criaturas que no
había conocido en mi vida.
Ahora
debo esperar que la abuela Zaituna me traiga un bebé nuevo y ponga en mi regazo
un buen olor.
—¿No
se acuerda de mí? —le pregunté antes de que volviera a entrar en la sala de
patos.
—No
es que le quite importancia, solo que veo cientos de mujeres al cabo del mes…
Demasiadas caras…
—Lo
mismo me pasa a mí… Cientos de estudiantes me recuerdan y yo no me acuerdo de
ellos.
—Entonces,
tienes que ser profesora.
—Así
es, y di a luz a mi hija Hala entre sus manos… Ahora ella dará a luz a su hijo
entre sus manos también, abuela Zaituna.
—Guarde
cuidado que tengo la misma destreza que la abuela Zaituna.
—¿No
es usted la abuela Zaituna?
—No,
yo soy su hija Zahrá.
Zahrá
se volvió riéndose y me saludo con la mano haciendo un gesto discreto. Reprimí
las lágrimas y me miré al espejo. Esperé que la hija de la abuela Zaituna se
moviera de su sitio y apretara el paso para unirse a lo que le estaba
esperando… Minutos después la miraba alejándose en el espejo… Era ella.
Maisalun Hadi nació en Bagdad en 1954. Se
licenció en la facultad de Económicas en 1976 y trabajó en el ámbito del
periodismo cultural durante más de tres décadas. Algunos de sus trabajos han
sido traducidos al inglés, francés, español, kurdo y chino. Entre su extensa
producción narrativa, se destacan: La tercera persona, 1985, El error
garrafal 1993, Un hombre detrás de la puerta, 1994, No mires el
reloj, 1999, El nieto de la BBC, 2011, En la extremidad del
jardín, 2013, y el trono y el arroyo 2015.
