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domingo, 26 de abril de 2026

LA ABUELA ZAITUNA

Maisalun Hadi

 


Con la aritmética del sol y la luna da comienzo la habitual escena diaria en este hospital desde el instante que entramos en él. En cuanto a la expectación de los pasillos y las puertas, para ese no hay principio ni fin: todo final viene detrás de un principio, y el ajetreo no se detiene nunca. El guarda, en paz descanse, solía sentarse en un sofá, siempre el mismo sofá, colocado cerca de la puerta del hospital que daba al exterior. Con el tiempo descubrí que la mayoría de los funcionarios y sanitarios seguían sentándose en el mismo lugar tanto en las salas de espera como en las habitaciones de contabilidad o administración, a excepción de la abuela Zaituna, la comadrona, que se pasaba la mañana vagando entre las pacientes, y ni una sola vez de las que volví, antes o después del parto, la encontré sentada.

Mis ojos no daban crédito cuando la vi bajando las escaleras. Era como si la viera moverse con el mismo aspecto que hace veinticinco años… Quien la observara de lejos diría que era mucho más joven, aunque había perdido peso. Llevaba en la mano una colcha blanca. Su rostro radiante me hizo recordar aquellos chascarrillos vivaces con los que se mofaba de los gritos de las mujeres durante el parto. A veces usaba constantemente esas palabras obscenas contra aquella que exageraba los gritos de histeria, o cubría al marido de insultos en el momento del parto y le preguntaba sarcástica si le había dedicado un insulto al susodicho o si se había echado a llorar con las mismas lágrimas cuando se revolcaba con él en la cama.

Mi hija Hala subía las escaleras despacio cuando nos encontramos con la abuela Zaituna, en cuyas manos di a luz a mi hija… Salía de la sala de enfermeras, con un chaleco blanco y unos zuecos del mismo color, y una expresión de alegría agradable en su rostro. Tras ella salió a continuación otra enfermera y se unió al grupo de compañeras que corrían detrás de la doctora hacia la sala de obstetricia. Llevaba una muñeca color tierra y dijo que estaría caminando por el pasillo del hospital hasta que llegara a la salida. Alguien se la había olvidado en la sala que acababa de quedar vacía… El pasillo seguía tal cual desde hace muchos años… Las madres debían caminar y llevar a remolque a sus hijos para ponerles las vacunas, o a sus hijas embarazadas que estaban a punto de parir… y las piernas andaban en fila india entre dos paredes largas revestidas con un esmalte brillante y sobre un suelo de azulejos negros adornado con algunos garabatos.

Le pedí a mi hija que caminara un poco entre las sillas y el pasillo, pues es bueno moverse antes del parto. A ratos arrastraba un suspiro profundo o miraba desde el pasamanos de la escalera a los hombres y mujeres que no paraban de subir y bajar. Poco después volvió la abuela Zaituna, sin la muñeca ya, y nos indicó que esperáramos en la silla mientras le preparaban a mi hija una habitación individual en la sala del paritorio, contigua a la escalera decorada con imágenes de niños a los que se les cepillaban los dientes o los vacunaban. Hala se cansó de andar y se paró un momento delante de la sala de enfermeras. Se miró al espejo para comprobar cómo llevaba el pelo y atusarlo un poco. Tendió la mano hacia el espejo como si tocara el universo entero en su retrato. Sus ojos se encontraron con los míos en ese espejo que estaba colgado en la habitación. Le sonreí, como si me viera a mí misma hace veinticinco años.

—Me he cansado de andar, mamá.

—Ven, siéntate, cariño, en las sillas de la sala de espera. Aquel lugar es mejor.

   Mi hija siguió mirándome a través del espejo colgado en la sala de enfermeras… Ella hablaba y yo me veía a mí misma… Naturalmente, eso no era posible, pero lo que yo veía no era muy distinto de la realidad… Solo me provocó extrañeza mi imagen antigua que reapareció ante mí tan pronto como olí el aroma del té con la pintura y el desinfectante Dettol, junto al resto de olores del hospital… Mi hija parecía pálida y apagada por culpa del dolor… Yo también sufrí como ella aquella lejana mañana que la tuve.

Le pregunté:

—¿No has dormido un poco?

—No —dijo—, los dolores de parto empezaron cuando me estaba quedando dormida.

Los dolores del parto siempre empiezan por la noche… o continúan hasta la noche si empiezan durante el día… Y ella, exactamente igual que yo, estaba revisando los cuadernos cuando empezaron… Mi amor… La pobre, la noche en vela hasta las dos de la madrugada por revisar las libretas del examen, y sin gozar ni siquiera de una hora de sueño que le diera fuerzas para una mañana tan difícil como ésta... Quise suavizar el ambiente, tomarle el pelo con el asunto del nuevo prometido que se había acercado a su hermana por tercera vez, pero me prohibió hablar cuando los dolores, insoportables ya, le hicieron perder la paciencia definitivamente.

—Mamá, ¿cuándo voy a ir al paritorio?

—La doctora dijo que esperáramos aquí… Suelen entender que la mujer está para dar a luz solo cuando entre los dolores pasan cinco minutos.

—No puedo esperar más. Me estoy muriendo.

—Por Dios, cielo, voy a llamar a la enfermera para que te pase dentro.

Un grupo de enfermeras volvía entonces a lo lejos y nos dijeron que nos acercáramos a la habitación lateral del paritorio… Entramos allí por duplicado…Yo y otra después de un cuarto de siglo… La primera era la segunda… La segunda era la primera… En aquella sala lateral no había cambiado nada salvo el reloj de pared… Recuerdo que lo miraba durante el parto cada cinco minutos, y lo veía quieto, sin moverse.

—Ven, cariño… Súbete a la cama.

—El dolor es inaguantable… Se me va el alma…

Nadie del grupo de las enfermeras le respondió, ocupadas todas ellas en examinar las dilataciones, algo que medían con los dedos, nada de centímetros. Según crecía la dilatación, la situación se hacía más apremiante y los gritos se volvían más enérgicos. Gritó otra vez:

—¿Dónde está la doctora? —Nadie le respondió… Gritó—: ¡Méteme en la sala, mamá!

Solté mis palabras bromeando con la intención de calmarla.

—La sala grande es para salir no para entrar.

Mi hija me sonrió, a pesar del dolor, y cerró los ojos. Sus pequeños dientes se parecían a los dientes de leche de un niño. Cuando la tuve, chorreaba en sudor y no sentí algo de alivio hasta que se abrió la puerta de la sala grande al aire frío de la mañana: se movieron los flecos de la colcha de la cama y ondeó la cortina en la ventana. Mi cuerpo se sintió aliviado, el cual exageré en perfumar con el miedo de mi exceso de transpiración durante el parto… Desaparecí del mundo por un instante debido al intenso dolor y al despertar, la encontré en mi regazo… ¡Y ahí estaba! Otra brisa que pasaba de la puerta hacia la ventana, y el reloj parado… y una tras otra fluían las mujeres de la habitación lateral a la gran sala del paritorio. No quedaba más que Hala. Tenía el pelo empapado en sudor y aplastado contra a la frente y las sienes… Ni andaba ni soñaba… y cuando estaba todos presentes, y las bocas incansables de discutir alrededor del mostrador, sus ojos se hallaban al otro lado de la ventana, alegre con la lluvia que caía sobre todos los árboles del jardín… feliz…buscaba en un instante cualquier cosa, otros, simplemente esperaba…

   Se me caían las lágrimas cada vez que Hala me retorcía la mano con los dolores. Sus uñas se quedaban enganchadas con fuerza a mi mano hasta que pasaba la crisis, luego volvían las dolorosas contracciones y se mordía el labio inferior gimiendo… Era su primer parto, y el alma prácticamente se despegaba del cuerpo con cada pico de dolor que extirpaba el feto de sus entrañas… Pero mi hija no grita como el resto de las embarazadas, solo llora y prolonga su gemido con una voz asfixiada. Cada vez que se acerca una contracción, yo lo percibo por la presión de sus uñas afiladas sobra la palma de mi mano… y a su alrededor aparecen muchas manos y piernas que hacen retumbar el suelo… Comenzó el alboroto al abrirse las puertas, los pasos y el aguacero de los grifos crecía y se extendía. Supe que pronto llevarían a mi hija a la gran sala, lo que significaba que iba a dar a luz enseguida. Mis lágrimas empezaron a caer como la lluvia… La abuela Zaituna fue amable conmigo, después de impedirme que pasara con ella a la sala de partos.

—Venga, ya basta de tanto lloro —me dijo—. Ven y descansa un poco en los asientos de fuera. No temas por ella. Estaré pendiente.

Recuerdo que la abuela Zaituna olió a mi hija Hala, después de lavarla y entregármela, diciendo que le gustaba cómo olían los recién nacidos. El nacimiento es un final, no un principio, y nada más salir mi hija de mis entrañas al mundo, cesaron todas las molestias del parto, y el tormento se tornó un alivio profundo, absolutamente incomparable a cualquier otro. Todo terminó, y dormí profundamente. Al despertar, tenía a Hala sobre mí y sus delicados dedos se movían, y se espantaban del aire, como tentáculos de pequeñas criaturas que no había conocido en mi vida.

Ahora debo esperar que la abuela Zaituna me traiga un bebé nuevo y ponga en mi regazo un buen olor.

—¿No se acuerda de mí? —le pregunté antes de que volviera a entrar en la sala de patos.

—No es que le quite importancia, solo que veo cientos de mujeres al cabo del mes… Demasiadas caras…

—Lo mismo me pasa a mí… Cientos de estudiantes me recuerdan y yo no me acuerdo de ellos.

—Entonces, tienes que ser profesora.

—Así es, y di a luz a mi hija Hala entre sus manos… Ahora ella dará a luz a su hijo entre sus manos también, abuela Zaituna.

—Guarde cuidado que tengo la misma destreza que la abuela Zaituna.

—¿No es usted la abuela Zaituna?

—No, yo soy su hija Zahrá.

Zahrá se volvió riéndose y me saludo con la mano haciendo un gesto discreto. Reprimí las lágrimas y me miré al espejo. Esperé que la hija de la abuela Zaituna se moviera de su sitio y apretara el paso para unirse a lo que le estaba esperando… Minutos después la miraba alejándose en el espejo… Era ella.


Maisalun Hadi nació en Bagdad en 1954. Se licenció en la facultad de Económicas en 1976 y trabajó en el ámbito del periodismo cultural durante más de tres décadas. Algunos de sus trabajos han sido traducidos al inglés, francés, español, kurdo y chino. Entre su extensa producción narrativa, se destacan: La tercera persona, 1985, El error garrafal 1993, Un hombre detrás de la puerta, 1994, No mires el reloj, 1999, El nieto de la BBC, 2011, En la extremidad del jardín, 2013, y el trono y el arroyo 2015.

LAS OMAJE DE LA MONTAÑA