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lunes, 29 de junio de 2026

CITA EN LA CALLE INDEPENDENCIA

Juan Pablo Goñi Capurro

 

El comisario Constantini ingresó en sus dominios con un semblante que pronosticaba tormentas. Quienes lo advirtieron, desaparecieron; la mujer de la mesa de entradas no pudo hacerlo, obligada por su puesto. Sus tímidos buenos días recibieron una orden como respuesta.

—Traeme un vaso de agua.

La agente dirigió una mirada a la centralita.

—Yo me encargo del teléfono —aseguró el comisario, y se llevó una mano a la frente.

El inconveniente dolor de cabeza del comisario provocó que fuera él quien atendiera la llamada, mientras extraía dos pastillas blancas de un blíster. Habló con una mujer; más bien, intercaló alguna palabra en el discurso airado.

—El olor es imposible, tres días que llamamos, no menos de seis veces llamamos, ¿por qué no se fijan lo que pasa, porque no tenemos plata?

A un hombre salido de los sótanos de la sociedad como Constantini pocas cosas lo enojaban más que ser acusado de favorecer al poder. Apenas la mujer colgó, se metió las pastillas en la boca e intentó tragarlas. Las pastillas se empeñaron en negarse a pasar por su garganta pero no se distrajo; estudió el libro de llamadas y sí, había seis denuncias sobre el domicilio Independencia 715.

El vaso de agua llegó y el comisario pudo introducir las aspirinas en su organismo. Pidió la lista de partes de los últimos tres días, sin moverse del mostrador. Cerró los ojos, inútil recurso que no aceleró los efectos de los calmantes. Recibió los papeles y comenzó a pasarlos con los dedos, deteniéndose en las direcciones. Constató que las seis veces las patrullas habían acudido al domicilio; los partes eran similares. La ausencia de signos sospechosos de la comisión de un delito los hizo retirarse.

El comisario revisó los participantes en los procedimientos. Ignoraba si estaban de turno, pero los quería ya mismo. Los llamó a los gritos. El dolor de cabeza se disparó con el esfuerzo.

Albina Serrandi dudó; el comisario tenía los ojos cerrados, la cabeza hacia atrás. Los abrió en simultáneo con el puñetazo que descargó en el mostrador. Albina tembló.

—¿Se puede saber qué es esto, ni siquiera tocaron el timbre?

Albina se atragantó; la enorme cabeza del comisario enrojecida, sus gruesas manos apretando un papel, la impresionaron como si estuviera ante un gigante muñido de un garrote. El comisario dejó el parte arrugado sobre el mostrador.

—Pero... comisario... esa es la casa embrujada.

Algunas cabezas asomaron de sus escondites; el inusual silencio en el edificio les había permitido oír los gritos destemplados. Entre ellos, el compañero de patrullaje de la Serrandi

Constantini demoró la respuesta; a su derecha, la telefonista escondía la cara en el libro de registro. Delante de él, Albina, cabeza gacha, contraía sus músculos en un esfuerzo por no orinarse.

—¿Casa embrujada, ¿casa embrujada dijo, oficial Serrandi?

—Sí señor. Usted no es de aquí pero todos en la ciudad saben que esa casa está embrujada.

—¡Casa embrujada, las pelotas! —bramó el comisario.

Las lágrimas derrotaron su timidez y escaparon de los párpados de Albina, en simultáneo con la orina que inició el trazado de una mancha oscura sobre sus pantalones azules. Constantini alzó la trampa del mostrador y la dejó caer tras su paso, el estrépito ahuyentó a los curiosos. Caminó hacia la salida seguido por la mirada de la telefonista.

El comisario abandonó el edificio, un suspiro colectivo aflojó la tensión y hasta las caras de los retratos enmarcados mostraron alivio. Albina Serrandi corrió, empujó a los compañeros que se interponían y se encerró en el baño, a llorar a sus anchas. Hubo movimientos, conversaciones y rostros temerosos. Una pregunta se repitió en los ambientes de la comisaría, ¿hacia dónde se había marchado el comisario?

 

Dos segundos efectivos tuvo la visita del comisario a la casa de la calle Independencia; tres minutos le había tomado forzar la puerta de madera con una barreta; seis minutos estuvo contemplando la casa antes de decidirse a hacerlo. Seis minutos invertidos en aceptar que esa anodina edificación desmejorada fuera la supuesta casa embrujada; esperaba una mansión de varias plantas, con torres y tejados. Tres minutos consumidos en bajar, oler, abrir el baúl y ejercer presión contra la cerradura. Dos segundos para ver el cuerpo descompuesto, con un astillón de madera hundido en el pecho.

La rapidez evitó que las náuseas fueran intensas; observado por los vecinos apostados en las veredas contiguas, Constantini tomó la radio y citó a todo el mundo, desde peritos a médico forense, incluyendo efectivos para custodia y fotógrafos. Movió el coche cincuenta metros para que no tomara olor; la casa hedía como una porqueriza. Regresó, espantando a dos adolescentes que estaban a punto de meterse en la casa; habían pensado que el taciturno hombre de camisa oscura se marchaba. Con un pañuelo a mano, estudió la zona.

Vio casas modestas pero nuevas, alguna todavía en construcción. La del número 715 era la única rodeada por pasto, las restantes iban de medianera a medianera. Dispares pero con dimensiones similares al frente.

Satisfecho, Constantini se concentró en la que importaba. Baja, metida cuatro metros al interior, cercada por las viviendas contiguas y un paredón al fondo. La persiana delantera, cerrada, mostraba pintura descarada y herrumbre, pero no huellas de ruptura. Él mismo había constatado que la puerta del frente tenía llave puesta. Era necesario comprobar las demás aberturas.

Aunque el olor se intensificó, por más que el comisario escogió caminar casi pegado a las paredes vecinas, se encargó de hacer la revisión. Topó con tres persianas cerradas, deterioradas como la otra, y una enclenque puerta trasera. Cuidándose de los cardos espinosos, caminó hasta ella. Tomó el picaporte, empujó; la puerta resistió. No quiso violentarla, era innecesario. Volvió al sendero hollado por él mismo sobre pajas y otros yuyos para regresar a la vereda. Había dos patrullas detenidas.

El dolor de cabeza, anestesiado desde que llegara a la casa, resurgió con crudeza. Constantini dio un golpe al capó de la primera camioneta; bastó para que los uniformados de ambas dotaciones saltaran al piso y se cuadraran. El comisario dudó; había visto un cadáver pero podía haber más, era necesario recorrer el interior de la vivienda.

Los cuatro efectivos, ninguna mujer entre ellos, estaban formados en la vereda, actitud insólita en ellos. Enviarlos al interior solo provocaría el deterioro de la escena del crimen; Constantini los colocó de custodia, con orden de impedir que se acercaran los vecinos. La camioneta de la científica dobló la esquina, el comisario podía dejarlos a cargo y liberarse. Echó un vistazo a los congregados en la vereda opuesta; adolescentes, infantes y unas diez mujeres. Había participado en tantos homicidios que ya no llevaba la cuenta, pero no había visto expresiones como las de esa gente; en sus pupilas había un miedo profundo al que la razón nunca llegaría.

Tras dar indicaciones a los peritos, Constantini cruzó la calle. Los pequeñines se colocaron detrás de sus madres, los adolescentes se apartaron. Las mujeres no se movieron, el comisario se preguntó con cuál de ellas había hablado; sostuvieron su escrutadora mirada, desafiantes casi. Constantini, tras cerrar los ojos unos segundos, empezó a preguntar. Obtuvo respuestas en cantidad, sin que una sola le diera una pista sobre el crimen; en esos últimos días nadie había visto algo diferente a los trastornos padecidos por años. Las menciones a ruidos fuertes, golpes continuos, risas fantasmagóricas y alaridos incesantes, explicaron el mote de «casa embrujada». Recogió un dato importante: nadie vivía allí. Las otras palabras fueron destinadas a la policía, a su inacción y a la indefensión del barrio.

Constantini se retiró convencido de una sola cosa; la actitud de la gente hacia la casa la convertía en un sitio ideal para eliminar a una persona. Apenas oscurecía, los vecinos cerraban las persianas y no salían. La cuadra no contaba con alumbrado, más garantías para un intruso. Durante el día, la gente cruzaba de vereda para no pasar delante de ella. Nadie recordó haber visto las ventanas o la puerta de calle abierta alguna vez. El comisario se vio impelido a involucrarse de lleno en la investigación; no podía confiar en sus subalternos cuando tantos elementos esotéricos hacían pensar que se hallaban ante uno de esos casos dignos de ser novelados.

Junto a su automóvil se reunió con la gente que salía de la casa, efectuadas las primeras diligencias. Todos se quitaron los barbijos recién al llegar junto a él. Recogió información oral, ya habría tiempo de leer las pericias. Detectó que una joven policía —habían llegado tres patrullas más— bebía agua mineral; le solicitó la botella e ingirió otras dos aspirinas.

El forense no pudo darle fecha exacta del deceso, pero estimó que, al menos, había sido una semana atrás; creía evidente que había muerto asesinado con la estaca, pero le daría más precisiones en la autopsia. Concordaba con el llamado, tres días de olor insoportable, pero chocaba con los testimonios que referían lamentos y golpes la misma noche anterior. «Sugestión», apostó, y revisó las fotos tomadas por Clausen. Pasó rápido las del cuerpo, tendido de espaldas en el centro de una sala sencilla. « Al menos, es un solo cadáver», se dijo. Había tomas del resto de la casa; pocas cosas en las dos habitaciones, colchones desnudos, muebles vacíos. En el baño, pese al evidente desuso, no había rastros de orín ni huellas de humedad.

Los peritos agregaron otro dato extraño; en toda la casa no habían hallado una sola huella, las del cadáver estaban borradas. Ni en el piso ni en los muebles había polvo acumulado, tampoco rastros del uso de cloro, detergente u otros productos de limpieza. Tampoco hallaron documentos del muerto, llevaba puesto un reloj muñeca, un anillo con una calavera y una cadenilla de la que colgaba una cruz. «Incoherente», agregó la vivaz informante.

Constantini sintió que la cefalea reanudaba sus ataques. Sus ojos buscaron una víctima propicia; dieron con el teniente Pescini. Lo llamó y le ordenó hacerse cargo de las tareas restantes; precintar la casa cuando acabaran las diligencias, interrogar al vecindario y dejar una pareja como custodia, algo le decía que no bastarían las cintas plásticas para impedir el ingreso a quien quisiera meterse. El teniente marchó, dos enfermeros cargaban una camilla, trasladando el cuerpo en una bolsa negra. El comisario pensó que había demasiada gente allí; sacudió su cabeza y subió al coche, que el teniente se hiciera cargo. Bastante tenía con revisar y dar vistos a los papeles acumulados en su escritorio.

 

Tres días más tarde, viernes, el comisario recorría los pasillos tomándose el vientre; la cena de la víspera le había caído mal. Sospechaba que el asado había sido menos culpable que las indirectas lanzadas por el intendente. Hubo en ellas un subtexto que el hábil Constantini captó de inmediato; el jefe comunal evaluaba pedir un sustituto si no se resolvía el crimen de la casa embrujada antes que trascendiera las comidillas de la ciudad. Asumió el comisario que había detalles para exacerbar el morbo, actividad favorita de la prensa policial; ruidos y gritos, cadáver sin identificar, la inexplicable limpieza absoluta de una casa abandonada, más los condimentos que agregarían con gustos los vecinos ante las cámaras de televisión.

Las voces y un ruido que se negó a aceptar lo hicieron abrir la puerta de una sala; confirmó que el ruido provenía de un cubilete, en ese instante una joven arrojaba el dado sobre la mesa rodeada de efectivos. Las voces callaron al ver al jefe, el dado rodó hasta detenerse en un seis.

Los uniformados retrocedieron hasta las paredes, atropellando sillas en el camino. Constantini, cuya intención original fuera pedir un Sertal u algún otro compuesto que le aliviara el estómago, no atinó a hablar. La misma joven que arrojara el dado, Perla Borges, se atrevió a explicar.

—No es lo que parece, señor comisario, no estamos jugando por dinero o algo así. Estamos decidiendo quien hará la guardia esta noche en la casa encantada.

—¡Casa encantada las pelotas! —gritó el comisario.

La joven, viéndose perdida de todas formas, se atrevió a desafiarlo.

—De verdad, señor comisario, las dos noches que pasaron dividimos los turnos, todos escuchamos los gritos que venían de adentro.

El comisario imaginó el oído atento de un periodista escuchando ese comentario de una fuente policial; en horas tendrían a los medios nacionales frente a la casa. Él lo vería por televisión, en un pueblo perdido en el campo al que habría sido destinado.

—El juego se acabó, esta noche me encargo yo mismo.

 

A las veintidós, Constantini se estacionó delante de la casa. La calle, a oscuras y desierta. Noche sin luna. Unas hebras de luz escapaban de persianas y puertas de las viviendas de la cuadra. Se acomodó mejor, arrepentido por la decisión tomada; amanecería con un dolor de cintura insoportable. Se disponía a inclinar el asiento cuando escuchó voces lastimosas. A diferencia de sus subordinados, sacó el arma de la pistolera y bajó, dispuesto a acabar con el gracioso.

Al entrar, pulsó el interruptor; la luz se encendió. Constantini no se dio cuenta de la rareza; la luz encendía en una casa que llevaba años sin servicio eléctrico.

Sin detenerse a pensar, efectuó la misma operación en las habitaciones restantes. Nadie. Silencio total.

Regresó a la sala, quedaban huellas de sangre donde estuviera el cadáver. Creyó oír un ruido, giró y a punto estuvo de disparar a su imagen en el espejo. Maldijo, efectuó uno de sus habituales cierres de ojos y, al reabrirlos, encontró una frase escrita con vapor en la superficie del cristal.

 «¿Te habías olvidado de mí?».

El comisario dio un respingo. Desoyó el deseo de sus piernas y no se movió. La frase se borró y, delante mismo del comisario, letra por letra apareció otra.

«Jirafa, ¿de verdad no me recuerdas?»

Una sola persona en la vida lo había llamado jirafa. Esta vez fueron las piernas las que no obedecieron la orden de huir.

Constantini giró el tronco, apuntando a la nada.

—¡Marilina, estás muerta!

«Pero mi asesino sigue libre».

Constantini no consiguió despegar sus zapatos del piso. Quiso decirle que su asesino seguiría libre pero se sintió un idiota, planeando conversar con un vidrio.

«Me llevó años dar contigo y con Matute».

Matute Coria, no lo veía desde... El muerto tenía un anillo con una calavera, ¡Matute usaba uno! ¿Cómo no se había dado cuenta?

Retrocedió, arrastrando las suelas; no se percató, estaba donde cayera el muerto, los zapatos pisaban la sangre seca. Su mente rechazó lo que veía; Marilina Verlanga, la que quiso denunciar la violación perpetrada por los oficiales Constatini y Coria. La forzaron entre velas aromáticas y mandalas, habían acudido al consultorio astrológico para responder su llamada por un robo. Marilina, la médium trucha, la que no quiso callar.

«Hasta pronto Constantini»

Quiso decirle que faltaba la coma en la frase, pero se borró muy rápido. El comisario se vio a sí mismo en el espejo. Y vio la estaca de madera que se acercaba rauda a su pecho.

Juan Pablo Goñi Capurro es un escritor y actor argentino, radicado en la ciudad de Olavarría, nacido el 11 de octubre de 1966. Publicó: “Soltando la mano”, La Verónica Cartonera, España 2020; “El cadáver disfrazado”, Just Fiction, 2019; «Agosto», «Destino» y «Cabalgata» (Colección Breves), 2019; “La mano” y “A la vuelta del bar” 2017; “Bollos de papel” 2016; “La puerta de Sierras Bayas”, USA 2014. “Mercancía sin retorno”, La Verónica Cartonera, 2015. “Alejandra” y “Amores, utopías y turbulencias”, 2002. Ha publicado más de quinientos trabajos en antologías y revistas.

miércoles, 22 de abril de 2026

LA CITA CON EL MAGNÍFICO

Juan Pablo Goñi Capurro



Tres eran los ángeles que giraban, cada uno con un ramo de rosas rojas en la mano. Los gatos eran dos, pero poseían un tercer ojo, tan azul como los otros. Tan interesantes apariciones no me consolaron, el maestro había dicho que aparecería ante mí el diablo en persona. El número tres, única relación que encontré entre los seres que poblaban mi garaje, de singular importancia en la masonería, no destacaba en nuestra doctrina. ¿Qué debía hacer, atrapar los pequeños ángeles de un salto y acogotarlos? Acaso así demostraría mi sumisión al Poderoso y Behemot consentiría mi presencia ante él.

Los gatos se mantenían quietos, en un rincón, juntos. Gatos grises, con collares dorados, ordinarios de no ser por los ojos insertos en vertical en sus entrecejos. Los gatos no eran emisarios del dios de judíos y cristianos; deduje que estaban como testigos, ellos certificarían que había eliminado a los ángeles. ¿Por qué el maestro no me había anticipado la existencia de esta prueba? El candelabro parpadeaba, los ángeles eran pequeños, pasaban de la sombra a la luz en un instante. Quise escoger uno de ellos; eran idénticos, hasta los ramos de rosas coincidían. ¿Rosas?, ¿para quién eran esas rosas?

Los gatos se miraban entre sí con el par de ojos normales; el tercero, los terceros, me vigilaban. Imaginé que irían ante Behemot con el relato de un pusilánime que no quiso ejecutar a los ángeles porque temía pincharse con las rosas; ausente la convicción, el temor a ser condenado como cobarde por el maestro me impulsó a dar el salto con las manos abiertas.

Caí sobre mis pies con las manos vacías, el ángel esquivó mi manotazo con facilidad. Lo intenté por segunda vez, repetí el fallo. Necesitaba ingeniar un sistema más eficaz; las redes de pesca habían quedado en casa de mis padres, hubieran venido perfectas para la ocasión. Probé con el disimulo. Avancé hacia los gatos, extendí una mano; de súbito, me impulsé hacia lo alto. Mis manos chocaron entre sí, el vacío entre las palmas. Reboté para tomarlos de sorpresa; caí mal, mi rodilla pegó en el estante de las pinturas, algunas latas cayeron al piso. Ese ruido no me permitió oír la puerta; cuando logré ponerme de pie, no era el único humano en la habitación.

Veinte años, el cabello teñido con grises, parte de él atado sobre la cabeza; ojos claros de una profundidad aterradora. Vestía de negro y de negro pintaba sus uñas; calzas, borcegos y una remera donde se leía «de noche todos los gatos son negros», en inglés. Anael, mi preciosa hija menor, la gótica de la familia, estaba delante de la puerta abierta, los brazos al costado del delgado cuerpo, los ojos interrogándome. Me hubiera gustado decir que había heredado mi pasión por las artes ocultas; no era así, su forma de vestir no era más que una moda sin basamentos. Al menos, no lo había sido hasta esa noche.

Comprendí que tenía ante mí una oportunidad única, introducir a mi descendiente en los arcanos de nuestra escuela. Fui hacia ella; no reaccionó. Pasé de largo y cerré la puerta. Posé una mano en su espalda y la acerqué a la mesa donde estaba el candelabro y el libro negro. Me coloqué del otro lado. Dudé, ¿qué había pensado Anael, casi adolescente, al encontrar a su padre en el piso, vestido con una capucha negra, quitándose latas de encima, junto a dos gatos con tres ojos y tres angelitos que sobrevolaban un candelabro con siete velas?

Alcé la vista, los ángeles continuaban sus circunvoluciones, los gatos proseguían estáticos en su rincón, controlando la escena con sus malditos ojos centrales. Miré a mi hija, su vista continuaba concentrada en mí. ¿Acaso no la maravillaban esos fenómenos, o no podía verlos? Efectué un par de gestos poco claros, precisaba ordenarme. Revelar los secretos de la orden a un neófito sin atravesar los ritos de iniciación era una cuestión sensible, pasaría a responder por ella ante el maestro y los discípulos superiores. ¿Por qué no decía nada mi consentida niña? Unas palabras me hubieran orientado hacia la necesidad de mentirle o de explicarle qué estaba haciendo en ese garaje.

Sentí un nuevo apremio; el maestro no me había hablado de tiempo, ignoraba por cuánto más tendría la oportunidad de acabar con los ángeles para que los siniestros gatos enviaran su mensaje a Behemot… si es que ese era finalmente el procedimiento correcto y no había fallado yo en el conjuro. Se tornó urgente resolver la situación de mi hija; jamás pisaba el garaje, decía que no soportaba el olor a humedad, ¿por qué había venido justo la noche de mi encuentro con el Magnífico?

Escogí ser cauteloso, Anael no había echado siquiera una mirada al libro grueso de páginas amarillas; las nuevas generaciones no tienen curiosidad, dicen, ¿por qué entonces no se despedía y se marchaba?

—Anael, ¿los ves?

Erguí el índice; apunté al techo, luego al rincón de los gatos. Las pupilas de Anael no reaccionaron. Reconocí que no conocía a mi hija como debería, la había postergado en razón de ascender en la orden y obtener la posibilidad única de reunirme con Él. Entre tantos secretos que ignoraba de su vida, no sabía si consumía drogas prohibidas; su comportamiento era similar al de una persona en trance hipnótico, una víctima de algún producto químico ilegal… o una sonámbula, pero hasta aquí, Anael nunca había sufrido episodios de sonambulismo.

—Anael, hija querida, ¿puedes verlos?

Miré de inmediato a los gatos, ese «querida» no correspondía al vocabulario de un iniciado. Los felinos no se inmutaron; aunque no era una garantía su inmovilidad, me dio cierto alivio y pude volver a concentrarme en el problema que tenía delante. Las velas se habían consumido en la tercera parte, Anael continuaba en silencio. Concluí que sí había visto los ángeles y que también había visto los gatos; o se hallaba en silencio esperando una explicación de todo eso, o mi hija estaba tan habituada a los alucinógenos que los consideraba parte de su viaje.

—¿Estás drogada?

Fue una pregunta estúpida que ella no se molestó en responder. ¿Y si le lanzaba el candelabro a un ángel, para derribarlo? La idea me surgió sin relación con el dialogo que intentaba establecer con Anael. Buen plan, primero necesitaba definir la situación de mi niña.

—Anael, por favor, papá está haciendo algo importante. ¿Qué querés, hija?

—Vos me llamaste, papá.

—Yo no te llamé, te habrás confundido.

Me estudió por tres segundos, luego giró hacia la puerta. Abrió, se apartó para dejar paso.

—Vamos, entonces.

Los gatos arrancaron y dejaron del garaje a velocidad supersónica; los ángeles dejaron de girar y trazaron un vuelo recto hasta perderse por el hueco dejado libre por mi hija; al pasar junto a ella, dejaron los ramos de rosas en sus manos pálidas. Sin volverse hacia mí, Anael salió y cerró la puerta.

Estupefacto, demoré unos minutos razonando sobre lo que acababa de suceder. No hallé una sola explicación que no me empujara a la locura. Oí un camión que se detenía cerca; mi vecino, era hora entonces de prepararme para la reunión de la noche.

Me quité la capucha, la guardé con el libro y con el candelabro –luego de quitar las velas casi consumidas– en el baúl que devolvería en un par de horas al maestro. Con las piernas débiles, entré a la casa, a mi casa.

Anael no estaba en la cocina ni en el baño, ni en su habitación. Llegué a la sala, estaba tendida de costado en el sillón, un chupetín paleta en la boca y la atención puesta en el televisor, donde pasaban una telenovela turca.

—Anael... ¿fuiste al garaje?

—No, pa, ¿me llamaste? No te escuché, perdón, en la pausa voy, ¿qué querés que haga?

La dulce Anael de todos los días; lo que pensaba, lo gótico en ella era una pose, una moda pasajera, no tenía interés en las ciencias oscuras.

—Nada hija, ya está.

Nada podía hacer ella por mí. Si no me expulsaban de la orden por mi fracaso, quizá algún día el maestro me explicara en qué había fallado. Me obligué a pensar en un fallo, era lo conveniente; las venganzas del Magnífico son muy crueles para quienes lo invocan en vano.

Juan Pablo Goñi Capurro es un escritor y actor argentino, radicado en la ciudad de Olavarría, nacido el 11 de octubre de 1966. Publicó: “Soltando la mano”, La Verónica Cartonera, España 2020; “El cadáver disfrazado”, Just Fiction, 2019; «Agosto», «Destino» y «Cabalgata» (Colección Breves), 2019; “La mano” y “A la vuelta del bar” 2017; “Bollos de papel” 2016; “La puerta de Sierras Bayas”, USA 2014. “Mercancía sin retorno”, La Verónica Cartonera, 2015. “Alejandra” y “Amores, utopías y turbulencias”, 2002. Ha publicado más de quinientos trabajos en antologías y revistas.

domingo, 12 de mayo de 2024

EL DESPACHO DE WATSON

Juan Pablo Goñi Capurro

 

A los dos segundos de haber traspuesto la puerta del despacho, comprendí que la entrevista sería una tortura. El encuentro con la descorazonadora realidad me tomó con las defensas bajas; el paso previo, en la antesala compartida con los otros postulantes, había resultado casi placentero. La recepcionista, en el escritorio, tenía el monitor ubicado en el centro del mueble, los maceteros estaban situados a idéntica distancia y los sillones destinados a la espera se mantenían en rigurosa línea recta, ayudados por los bulones que los sujetaban al piso. Ese fugaz remanso me condujo a un injustificado optimismo que se derribó apenas enfrenté la oficina del señor Watson, jefe de personal. Presionado por el ultimátum de Morena, vencí el impulso de huir, me adelanté y ocupé el asiento que me estaba destinado.

Veterano de fracasar en esas lides, descarté ciertos tips aconsejados por los especialistas, como mirar hacia adelante y sentarme erguido. Hacerlo cual lo indicaban los manuales para perdedores que pretenden dejar de serlo, implicaba enfrentar el caos que el rubicundo ejecutivo había creado en sus dominios. Papeles distribuidos sin concierto sobre cuanta superficie hubiera disponible, el monitor torcido, el sillón giratorio colocado en ángulo inadecuado en relación con el resto de los muebles, las flores recargando un lateral del florero, allí dentro todo conspiraba para sacarme de los cabales. En la descripción de los requisitos para el puesto al que aspiraba, estaban remarcadas actitudes como serenidad, concentración y aplomo; aunque no lo dijeran expresamente, cualquier manía o fobia era motivo para que la solicitud fuera destinada al cesto de residuos —que, por supuesto, estaba desbordado.

Watson inició la reunión provocándome. Yo mantuve la cabeza baja, apuntando a mis zapatos, actitud desaconsejada por los gurúes de autoayuda: causa impresión de timidez en el aspirante. El ejecutivo dejó el bolígrafo con el que se entretenía sobre el teclado de la computadora –en horrenda diagonal–, ¡sin colocarle el capuchón! Debí amarrar mis dedos, unos con otros, para impedir que corrigieran el fallo. Poco entendí del discurso introductorio, preocupado como estaba por no utilizar los pies para poner en regla las patas del escritorio. Controlar mis impulsos requería utilizar gran parte de mi concentración; debí pedirle que repitiera la pregunta. Quería saber algo más de mis trabajos previos, conocer detalles que no se podían volcar en un currículum. Me propuse dejarlo feliz, referir anécdotas podía evitar que me fijara en los mil horrores que decoraban el recinto.

Empecé a narrar mis primeros días en la empresa de correo privado, me fui sintiendo firme y hasta creí que podría salir bien parado del encuentro. Entonces, el odioso señor Watson, se acomodó como si fuera a disfrutar una película en el sillón de su casa, corriendo el sillón a un lado, permitiéndome apreciar el nudo de su corbata. Me atraganté; en lugar del elegante lazo que esperaba en un hombre de su situación, vi una tela vuelta estropajo de cocina, atada al estilo de una tripa destinada a convertirse en chorizos. Mis dedos tamborilearon en el aire, deseaban ser misiles para salir disparados hacia tamaño insulto a las reglas de la urbanidad. Watson puso cara de asombro, como si fuera yo el que subvertía la correcta disposición de las cosas. Atrapado en ese brote airoso, improvisé: tosí como si estuviera ahogado. Watson se apresuró a solicitar un vaso de agua por el intercomunicador.

Aprovechando las convulsiones de la tos, modifiqué la posición de mi asiento cosa de interponer el monitor entre la anárquica corbata y mis ojos. Mi visión comenzaba en la papada del entrevistador. Dado que la misma era abundante, no resultaría de buen gusto dirigir a ella la mirada; alcé entonces el foco, y estuve a la altura de Watson. El maldito ni siquiera podía mantener las gafas en la postura adecuada, le caían hacia abajo en el ojo derecho. Mordiéndome el labio, evité las palabras injuriosas que se agolparon en la boca; la presión hizo que comenzara a efectuar rápidos parpadeos. Las cejas del jefe de personal se alzaron al apreciar el fenómeno. Intenté que los párpados se detuvieran; alguna neurona en cortocircuito debió trasmitir la orden opuesta, el movimiento se tornó más acelerado. Cual un providencial enviado del destino, ingresó la recepcionista con el vaso de agua y los segundos necesarios para la recuperación.

La efímera presencia femenina provocó que Watson olvidara la mía; lamenté que no se quedara, hubiera sido más sencillo responder el cuestionario con los ojos cerrados en tanto el examinador se deleitaba con la muchacha. La puerta se cerró, clausurando el recreo. Estiré cuanto pude la ingesta, hasta que el vaso quedó vacío. Busqué un apoyo dónde dejarlo; no existía manera de otorgarle una ubicación armónica. Probé con tres puntos diferentes; Watson me obligó a abandonar la búsqueda, al preguntarme si me divertía jugando con el vaso. Nada peor que un espíritu lúdico para ocupar el puesto en pugna. Los compañeros de antesala eran un modelo al respecto, la alegría se les había esfumado el día que un cura les echó agua fría en una pila bautismal y desde entonces no habían vuelto a oír hablar de ella. Dejé así el vaso sobre una de las tantas pilas de papeles; engañé a mi cerebro haciéndole creer que era un posavasos situado a la altura ideal para no romper la paz del espacio.

Olvidando el tema que estábamos tratando cuando apareció mi providencial salvadora, Watson me preguntó sobre mis expectativas en la empresa. Estaba preparado, los tutoriales de internet son muy buenos para aprender las frases hechas que los ejecutivos quieren oír. La regla es una sola: nunca decir la verdad, nunca admitir que queremos trabajar en esa empresa porque carecemos de opciones, ya que no hay otra que nos contrate. Inicié la perorata. Salté sobre los lentes de Watson, elevé los ojos al cielo. Dicha coreografía no discordaba con el palabrerío; mirar a lo alto ha sido siempre una forma de expresar que alguien se dirige a Dios, y considerar Dios a la empresa es lo mínimo que se espera de un solicitante de trabajo. El problema surgió porque el querido Watson, sacerdote encargado de catequizar a los neófitos que pretenden acceder al templo, había quitado una lamparilla y no se había tomado la molestia de reemplazarla. ¿Qué clase de persona podía sentarse bajo dos apliques, uno de ellos sin luz? ¿Cómo soportaba tamaño desequilibrio? ¿Cómo era capaz de funcionar cuando tenía alumbrado un solo lado de la cara, la mitad del escritorio, una pierna y un único brazo?

La náusea trepó por el esófago, la sentí golpear el paladar. Watson, extrañado por el silencio, miró al techo; ni siquiera se dio cuenta de la falta de una luz. ¿Cómo era posible que tuviera éxito una empresa con ejecutivos tan descuidados? Me repetí diez veces, en rápida sucesión: necesito el trabajo, necesito el trabajo. El efecto sedante fue relativo, pero evité vomitar. Bajé la cabeza; pasé de largo los zapatos y topé con el piso. Inaudito. Una baldosa roja en medio del cerámico gris. Tenía que ser una trampa, imposible sostener otra explicación para ese desorden inconcebible. Alguien deseaba mi separación conyugal, un tipo caliente con Morena, uno con contactos. Enterado de la entrevista, había dispuesto adrede ese desastre en el despacho de Watson para hacerme fallar. La baldosa me hizo admitir que lo conseguiría, ya no poseía energía para mantenerme incólume ante lo que veía ni ingenio para engañar a mi inconsciente.

—Es momento de terminar la entrevista —dijo Watson.

Lo agradecí; trabajo, no habría, pero conseguiría salir de esa endemoniada oficina sin exhibirme con un maniático, calificativo que solía ser expresado en mis encuestas laborales y no para referirse al entrevistador de turno. Watson se puso de pie, lo imité. Mantuve los ojos cerrados; quería retirarme, al menos, con la satisfacción de no haber perdido el control, aunque al llegar a casa me encontrara con otra pérdida.

—Tendremos tiempo para conversar más adelante, ahora haré pasar al resto. Mariana tiene los datos, lo va a llamar para completar las formalidades.

Giré medio cuerpo, me detuve. La frase no era la que esperaba. Mariana era la recepcionista, si me llamaría era porque... Era fuerte, precisé asegurarme de no entender mal.

—Eso quiere decir...

—Que está contratado, obvio. Es el único de los postulantes que sabe inglés, no tiene competencia. Lo único que lo hubiera dejado afuera, es que estuviera loco. Ja, ja, ja.

Acompañé sus carcajadas y estreché su mano con ganas. Lo había conseguido. Es decir, lo hubiera conseguido, de no ser porque abrí los ojos al volverme para salir. En la puerta, Watson había pegado un afiche impreso en azul, rompiendo el uniforme verde que decoraba el resto del espacio; para peor, estaba despegado en una esquina. Fue más fuerte que yo, grité ¡basta!, lo arranqué y lo hice pedazos. No esperé la respuesta a mi acción. Abrí la puerta y escapé corriendo de la empresa. La furia de Morena al enterarse podría terminar con nuestro matrimonio, pero yo no podía arriesgarme a perder la razón, trabajando para ejecutivos tan descuidados.


Juan Pablo Goñi Capurro es un escritor y actor argentino, radicado en la ciudad de Olavarría, nacido el 11 de octubre de 1966. Publicó: “Soltando la mano”, La Verónica Cartonera, España 2020; “El cadáver disfrazado”, Just Fiction, 2019; «Agosto», «Destino» y «Cabalgata» (Colección Breves), 2019; “La mano” y “A la vuelta del bar” 2017; “Bollos de papel” 2016; “La puerta de Sierras Bayas”, USA 2014. “Mercancía sin retorno”, La Verónica Cartonera, 2015. “Alejandra” y “Amores, utopías y turbulencias”, 2002. Ha publicado más de quinientos trabajos en antologías y revistas.

domingo, 14 de abril de 2024

LA MALETA EN LA CAMA

 Juan Pablo Goñi Capurro


Soy un adicto a ti, confesaba Rodrigo a través de los parlantes. Liz quebraba las caderas haciendo alarde de su gran capacidad para fingir felicidad. Los muebles castigados no la acompañaban, la cerveza barata no la acompañaba, las paredes desconchadas no la acompañaban, Abel no la acompañaba. La morena le tomó las manos, consiguió arrancarlo del sillón, logró que siguiera sus pasos y la hiciera girar bajo el brazo velludo; no consiguió con ello que la acompañara. Imposible vincular la mente absorta del joven con el cuerpo sabroso que lo abrazaba. Liz se rindió, lo soltó y fue por otra cerveza. El cuerpo de Abel regresó al sillón, el cerebro siguió conectado al pasado reciente.

En la cocina, Liz rabiaba. Por una vez que la vida se descuidaba y les ofrecía una buena, el señor volvía a la maldita costumbre de atender a su absurda obsesión. Tres cuadras habían hecho desde el bar donde cerraron trato, venían saltando en la vereda como dos niños felices, cuando al señor se le ocurrió mirar al cielo; ella no se dio cuenta de que la había abandonado, continuó dando cabriolas durante cincuenta metros hasta advertir que faltaba. La sonrisa se escabulló al completar el giro y mirar hacia atrás; mentón alzado, cabeza echada hacia la espalda, Abel estudiaba los puntos blancos del firmamento con la dedicación que le conocía. Puteó, se revolvió, y exhaló su furia antes de retroceder para traerlo con ella. El señor estaba convencido, esta vez era un ovni de verdad. Durante el resto del trayecto Liz habló en vano de las maravillas que lograrían cuando estuviera cobrado el nuevo trabajo. Los abrazos de celebración no tuvieron respuesta; indolente como materia inorgánica, Abel la dejó hacer sin disimular siquiera el desinterés. Llegaron a casa, puso música para celebrar, abrió cerveza, se tomaron una, y el muchacho continuó en modo piloto automático.

Meses esperando una oportunidad; la perderían, como perdieron tantas otras. Los supuestos platos voladores se aparecían siempre cuando les sucedía algo bueno, los alienígenas complotaban para joderles la vida. Abel estaba convencido de que vendrían por él, no había forma de quitarle esa absurda idea de la cabeza. Liz sintió el deseo de machacarle los sesos contra la mesada revestida en fórmica para ver si así adquirían sensatez. Su pareja no era el primer huérfano que conocía; tuvo dos compañeros de escuela que perdieron a sus padres a los pocos años de edad y trató alguno más en sus distintos trabajos. A ninguno se le ocurrió que los padres habían sido abducidos; a él tampoco, hasta que consultó una vidente para enterarse del sitio donde estaban los cuerpos que no encontraron en el accidente. La vidente no tuvo mejor idea que hablarle de los raptores extraterrestres y él encontró que era la única explicación válida para la falta de los restos. Un alud los había pasado por encima en zona de nieves eternas, entre inexploradas grietas traicioneras de cientos de metros de profundidad; allí estaban los cadáveres, en sitios recónditos a los que nunca accederían.

Una y otra vez en esos años, Liz se preguntó hasta cuándo lo soportaría. La empatía inicial por el joven que buscaba respuestas se fue erosionando ante la repetición de episodios negativos. Vivían en una casa que se les caía encima porque Abel no podía resistirse ante cada congreso de ufología; se esfumaron los ahorros, vendió cuanta cosa medio nueva encontró a mano, desde el auto hasta los televisores de LCD. Había viajado a Estados Unidos, a Europa, dejándolos sin auto, sin celulares de última generación, sin vacaciones. Perdieron una decena de trabajos porque coincidían con alguna de esas estrafalarias reuniones de chiflados que llenaban los bolsillos de los impiadosos de siempre, que un día organizaban conferencias sobre ovnis y a la semana siguiente congresos de terraplanistas; peor, a veces abandonó los trabajos empezados por esa causa, así les quedó la reputación. En vano intentó hacerle ver que lo estafaban. Parada delante de la heladera recuperada del patio de su madre, Liz se dijo que tenía que tomar una resolución dura para hacerlo despertar.

Sacó la segunda y última botella de cerveza. La destapó, frente al voluminoso televisor que les cedió el vecino cuando renovó el que tenía en el quincho que usaba una vez al mes para los asados. Dejarlo era la única resolución que podía afectarlo. ¿Qué futuro le esperaba allí? Esa noche se iría a la cama sola, Abel esperaría a verla dormida y subiría al techo, a seguir la trayectoria de las supuestas luces inexplicables que vio en el camino. Mil noches pasó ella en vela; angustiada al principio, cuando descubrió el misterio de su despertar junto a un lado de la sábana sin marcas de uso, triste cuando se acostumbró a la repetición. Ni qué hablar en la ruta, cuando detenía el coche hasta asegurarse que eran los focos de un vehículo las luminosidades que le habían llamado la atención.

Liz bebió en la cocina; no era fácil decirle que lo dejaba. Lo había pensado otras veces, pero siempre le concedía otra oportunidad. Se juró que esta vez no sería así, se iría y conseguiría otro socio para encarar el trabajo que acababan de encargarles, ella se merecía una vida mejor. Se sirvió otro vaso. El CD de cuartetos había terminado, la casa estaba en silencio. La tentaba ir a verlo, sacudirlo un poco, besarlo. Se sentó para resistir esas oleadas de conmiseración que hacían temblar los pilares de su firmeza. Dejarlo era la única forma de no enloquecer de frustración. Sirvió un tercer vaso, acabaría la botella sola; total, Abel no se daría cuenta. Sorbió la espuma. Lo escuchó caminar. Alzó los hombros, respiró con fuerza. Los pasos se desviaron hacia el baño, o a la habitación; otra decepción. Por las dudas, decidió esperar en la cocina; cruzarse con él antes de armar el bolso la desarmaría. Carecía de defensas ante su rostro vacío.

La cerveza se esfumó. Liz se notó un tanto mareada. Volvió a oír los pasos de Abel; no se ilusionó, retornaba a la sala. Lloró sobre los brazos, ávida de una mano que le acariciara los hombros, de palabras dulces que la confortaran. Abel no se las daría si estaba pensando en métodos para llamar la atención de las naves; aseguraba que no lo encontraban, por eso volvían. Lo decía convencido, en el techo tenía montado un aparato luminoso, una especie de faro. Ella temblaba pensando en la endeblez de los caños utilizados en la construcción del absurdo artefacto, lo veía caído sobre el paredón de ladrillos del vecino del fondo. ¿Cuánto más podía soportar antes de desfallecer? Era mejor irse mientras tuviera fuerzas para empezar otra vez. Lo dijo en voz alta, dio un golpe a la mesa y encaró la habitación.

La maleta rosa estaba sobre el ropero que se sostenía en pie con una pila de libros completando la pata que le faltaba. Hizo equilibrio sobre la indecisa cama para alcanzarla. Abrió los cajones y seleccionó mudas de ropa interior, remeras, blusas, faldas, pantalones. La elección fue rápida, no quería detenerse, no quería pensar en lo que estaba haciendo. El optimismo que se mantenía vivo debajo de las capas de realidad, le decía que Abel iría por ella, que la separación no duraría mucho. Abrió la otra hoja del ropero, donde colgaban las camperas. Pasaba las perchas y lo escuchó. Detuvo las manos. Tragó. Se volvió. Abel estaba en el vano de la puerta, contemplándola con ojos vidriosos. Las piernas de Liz oscilaron, no podía hablar.

Él arrancó de pronto y fue hacia ella. La abrazó con fuerza. Las lágrimas de ambos se mezclaron al pegarse las mejillas. Liz tardó en reparar que las de él emanaban de la alegría. Se apartó. Sí, sonreía.

—No entiendo, Abel, ¿te pone feliz?

—¿Cómo no me va a poner feliz que te vengas conmigo? —replicó, y sacó el bolso que tenía escondido debajo de la cama.

 

Juan Pablo Goñi Capurro es un escritor y actor argentino, radicado en la ciudad de Olavarría, nacido el 11 de octubre de 1966. Publicó: “Soltando la mano”, La Verónica Cartonera, España 2020; “El cadáver disfrazado”, Just Fiction, 2019; «Agosto», «Destino» y «Cabalgata» (Colección Breves), 2019; “La mano” y “A la vuelta del bar” 2017; “Bollos de papel” 2016; “La puerta de Sierras Bayas”, USA  2014. “Mercancía sin retorno”, La Verónica Cartonera, 2015. “Alejandra” y “Amores, utopías y turbulencias”, 2002. Ha publicado más de quinientos trabajos en antologías y revistas.

AMERICALUGAR: del 11-S al 9-N