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lunes, 2 de marzo de 2026

POR CULPA DEL DOCTOR MOREAU

Fernando Sorrentino

1

Todo llega en esta vida: también llegó el momento en que Marina me dijo:

—Quiero que conozcas a mis padres.

 

2

De esto hará una década: sucedió una húmeda tarde de febrero, cerca de la estación Acassuso, a la sombra de unos eucaliptos mecidos por un viento que traía el olor de distantes lluvias. Sin embargo, hoy no puedo recordar el rostro de Marina.

Sé, sin duda alguna, que era hermosa: es cierto que yo estaba enamorado de ella. Pero insisto: era hermosa; no cabe discusión sobre este punto. ¿Qué más, qué más puedo recuperar de Marina? Era alta, era morena, era risueña, era irresponsable, era simple, ignorante e infinitamente querible. ¿Me recordará ahora con tanta pobreza como yo a ella? ¡Y pensar cuántas veces nos dijimos que estábamos hechos el uno para la otra!

 

3

Andábamos alrededor de los veinticinco años. En aquella época todo me salía bien. No conocía la desdicha y, si la había conocido alguna vez, ya estaba olvidada. Tenía una ingenua visión optimista del universo. Confiaba en la honestidad de los gobiernos, en los ascensos que obtendría en mi empleo, en la finalización de mis estudios, en la dignidad de los hombres. Vivía en el mejor de los mundos posibles.

Sin que los entorpecieran sino ligeros y previsibles obstáculos, todos mis proyectos se encarrilaban por el curso que yo les había asignado. Mi proyecto era casarme con Marina en un plazo no mayor de un año. Y no tenía el más pequeño motivo para dudar de que, en efecto, antes de un año me casaría con Marina.

Y, como todo llega en esta vida, también llegó el momento en que Marina me dijo:

—Quiero que conozcas a mis padres.


4

La señora Stella Maris, la madre, constituía una versión madura de Marina (que, en realidad, se llamaba, cacofónicamente, Marina Ondina). Calculé que así sería Marina dentro de dos décadas, cuando fuéramos, a nuestro turno, padres de una muchacha, que llevaría nombres de rima menos intensa: tal fue el objetivo de largo plazo que me formulé al saludarla. Queda entendido, pues, que la señora Stella Maris era una alta, morena, risueña y elegante dama de cuarenta y cinco años.

Pero el padre de Marina resultó el hombre más horrible que he logrado conocer. Se conformaba en una estatura reducida. Esto no es grave. Nadie debe inferir que era un enano: no era sino una persona de talla breve. Lo inadmisible era que la cabeza sola le usurpaba más de la mitad de su altura. ¡Y qué cabeza, Dios mío! El primer rasgo que me atrajo (o, más bien, me repelió) fue su color, un color impropio de una piel. Parecía un tornasol entre rosado y negro, con todos los matices intermedios, tan sensible a las luces, que me obligaba a parpadear cuando me encandilaba con sus resplandores. Al mismo tiempo, se advertía que esa piel era húmeda y era lícito suponerla –aunque no la toqué– viscosa. Cabello no tenía y barba tampoco, y era evidente que no los había tenido nunca: hasta tal punto la simple observación demostraba que ningún pelo podía germinar en aquella cabeza. La parte superior amenazaba con ser una rotunda esfera, pero se frustraba en un hemisferio perfecto, pues, a partir de lo que sería la línea del ecuador (más o menos a la altura de las inexistentes orejas), la cabeza se transformaba en una columna cilíndrica, hasta perderse, sin admitir la transición de un cuello, entre los pliegues de una especie de túnica amarilla, de tela de toalla, que lo cubría hasta los pies sin que pudiera encontrarse el ensanchamiento correspondiente a los hombros. Es decir, el padre de Marina conservaba el mismo diámetro desde la cúspide hasta los cimientos. Era un monolito con la cumbre redondeada, al que alguien hubiera envuelto hasta la mitad con un toallón amarillo. Unos pocos centímetros por sobre la toga se hallaba la boca, o sea una hendidura móvil y desdentada, flexible y córnea a la vez, que se contraía hasta desaparecer o se dilataba tanto, que, extendiéndose sus comisuras hasta la nuca, transmitía la sensación de que el señor Octavio fuera un degollado cuya cabeza, descansando sobre una mínima base no alcanzada por un verdugo negligente, podría venirse estrepitosamente al suelo con que sólo la más famélica de las moscas se posara sobre ella. Carecía de orejas y de nariz: esos lugares se mostraban tan lisos y pulidos como la calva; nada, ni una cicatriz, ni una arruga, ni una marquita. Los ojos eran dos: descomunales, redondos, sanguinolentos, sin cejas, sin pestañas, sin blancos, sin pupilas, sin movimiento, sin expresión.

 

5

—Octavio está a régimen —aclaró la señora Stella Maris al advertir que yo miraba la fuente destinada a su marido.

La señora Stella Maris, Marina y yo comíamos alimentos –digamos– corrientes. La fuente del señor Octavio, en cambio, se nos mostraba como una suerte de antología de la fauna marítima. El brusco hedor de pescadería prorrumpió en mis narices hasta lo profundo, hasta los ojos, haciéndome lagrimear. Fuente tras fuente de peces, moluscos y crustáceos sin cocinar eran agotadas rápida y vorazmente por mi futuro suegro. A ojo calculé que había ingerido no menos de cinco kilos de aquellos animalejos multicolores. Creí distinguir calamares, camarones, ostras, cangrejos, caracoles, medusas, mejillones, almejas, estrellas y erizos de mar, corales, esponjas, aguavivas, peces irreconocibles.

—Octavio está a régimen —ratificó la señora Stella Maris hacia el final de la comida—. ¿Vamos al living para tomar el café?

Le cedí el paso al señor Octavio y observé su modo de caminar. Lo hacía irregularmente, ora dando un paso muy veloz, ora otro lentísimo, sin que hubiera, por otra parte, esa alternancia de uno a uno que podría indicar una cojera corriente. Su andar recordaba el de un automóvil cuyas ruedas fueran: una, triangular; otra, oblonga; otra, redonda, y la cuarta, ovalada. La toga amarilla lo cubría por completo, con excepción de la cabeza: es decir, cubría la mitad inferior de su altura. Las manos estaban envueltas en las mangas, que terminaban en un nudo. El ruedo de la toga era generoso y se arrastraba por el suelo a manera de vestido de novia.

La señora Stella Maris depositó una bandeja con pocillos de café sobre una labrada mesita octogonal, flanqueada por dos sillones. En uno nos sentamos Marina y yo; frente a nosotros, mesa por medio, el señor Octavio y su esposa. Pude entonces observar otro detalle, que, durante la cena, me había pasado inadvertido. Cuando el señor Octavio hablaba, en la sección del cilindro cubierta por la túnica se producían unos movimientos reflejos, como si invisibles brazos acompañasen con ademanes las partes más salientes del discurso. Daba la idea de que el cuerpo del señor Octavio se hallase en ebullición: tan violentas y frecuentes eran las burbujas amarillas que formaba la toga.

 

El señor Octavio era locuaz, con una irrefrenable tendencia a monopolizar la conversación. Hablaba y hablaba y hablaba. Yo ni lo oía. Pensaba: "¿Pero es posible que este hombre monstruoso haya engendrado a Marina, a mi encantadora, bella y angelical Marina?". De repente, pensé que, en su juventud, la señora Stella Maris le había sido infiel a su marido y que Marina era fruto de esos amores ilícitos. En seguida, llevado de este pensamiento, me encontré lanzándole a la señora Stella Maris cómplices miradas de solidaridad –por suerte, no las advirtió–, como dándole a entender que yo había descubierto su secreto, pero que no la delataría. Al contrario, al contrario: aprobaba sin reservas su hazaña, aprobaba todo, menos que ese gárrulo vestiglo parlante fuera el padre de mi Marina.

Una pregunta dirigida a mí me volvió a la realidad. La conversación había decaído en el tema de las enfermedades. La señora Stella Maris se lanzó con entusiasmo a desarrollar este asunto, en el que se sentía cómoda.

—Estás como el pez en el agua —acotó el señor Octavio.

Ella sonrió con orgullo y siguió adelante. Tenía, en este aspecto, un magnífico currículum: operaciones, fracturas, infartos, afecciones hepáticas, trastornos nerviosos... Yo, como soy tímido, había guardado hasta entonces un silencio excesivo. Marina me instó con una mirada a intervenir en la plática. Con humildad, aduje ciertos accesos de asma que me hostigaban de tanto en tanto.

—Para el asma —dijo el señor Octavio, con su voz llena de burbujas—, nada mejor que el mar. El mar es mucho mejor que cualquiera de esas porquerías que recetan los médicos, salvo, por supuesto, el aceite de hígado de bacalao.

—Por favor, Octavio —le reconvino su esposa—, no digas eso, que una vez en Mar del Plata me agarré un resfrío que me duró como dos meses.

—¿Ves? —sentenció el señor Octavio—. El pez por la boca muere. Recordá que ese famoso resfrío lo pescaste aquí, a pocos kilómetros de Buenos Aires, cuando íbamos hacia Mar del Plata, no en Mar del Plata. No hay como el mar para la salud.

—Claro, claro —dijeron, dijimos, profusamente—; el clima marítimo, el yodo, la arena...

—Nada mejor que el mar —repitió el señor Octavio, con un tono de autoridad irrefutable—. Ocho días en el mar y ¡adiós asma! Si te he visto, no me acuerdo.

 

—Sí, papá, sí —concedió Marina—. A vos te gusta el mar porque sos de Acuario, pero hay gente que no congenia con... Yo, por ejemplo, aunque soy de Piscis...

—Y —dijo la señora Stella Maris— yo soy de Cáncer, y tampoco me gusta demasiado el mar...

—A mí —confesó Marina— el mar me pone nerviosa.

—Al contrario —repuso el señor Octavio—. Todo es cuestión de adaptar el organismo. Una vez que te acostumbrás, vas a ver cómo el mar te calma los nervios.

—Hablando de nervios —interrumpió la señora Stella Maris—, el susto que nos pegamos en el avión, cuando veníamos de Río de Janeiro...

—Yo te lo había advertido —el principio rector de la conducta del señor Octavio era el de oponerse a cuanto allí se dijera—. Te dije: viajá en barco. El barco es seguro, es cómodo, es barato, se siente el olor del mar, se ven los peces... Aunque el avión tarde mucho menos, no se lo puede comparar.

La energía con que pronunció estas palabras causó cierta impresión, por lo que sobrevinieron unos instantes de silencio. Yo no me sentía capaz de reanudar la conversación. En realidad, no me sentía capaz de nada. El aspecto monstruoso del señor Octavio –aunque atenuado por cierta paradójica simpatía que emanaba de sus imperativas opiniones–, su voz acuosa, el olor de su dieta marítima eran fuertes argumentos que me impelían a retirarme. Sentía la transpiración en la frente y el ahogo en el cuello de la camisa; mis piernas, sin que las pudiera gobernar, se mecían incesantemente. Estaba desasosegado y hasta diría que enfermo. Sólo quería irme a casa. Una inquietante sensación proveniente de mi estómago me hacía vacilar entre el vómito y la diarrea nerviosa.

Pero aquel terceto verborrágico era incontenible. La señora Stella Maris y Marina, aunque siempre encontraban la inapelable refutación del señor Octavio, no parecían fastidiadas. Se veía que ése era el modo habitual en que transcurrían sus charlas: el señor Octavio, digno y calmo, destruía todos los argumentos de su esposa y de su hija; ellas admitían esta situación con naturalidad.

De nuevo advertí que se requería mi opinión. El debate giraba en torno de cuál sería el mejor lugar para que Marina y yo pasáramos nuestra luna de miel. Marina sugería débil y simultáneamente el campo, las sierras de Córdoba, las provincias del norte; el señor Octavio patrocinaba con tenacidad a Mar del Plata.

—Es más sano —dijo—, más natural. Hay mar, hay sal, hay yodo, hay arena, hay caracoles... No hay nada mejor que el mar...

 

Yo estaba desfalleciente. Creí entender que Marina argumentaba en favor de un lugar tranquilo, con pocos turistas...

—¿Querés un lugar tranquilo? —el señor Octavio era invencible—. Ahí tenés San Clemente, Santa Clara del Mar, Santa Teresita... ¡Lugares tranquilos hay a patadas en la costa atlántica!

Haciendo un gran esfuerzo, me puse de pie y anuncié tenuemente que me retiraría.

—¿Tan temprano? —preguntó el señor Octavio, mirando el reloj—. Faltan todavía ocho minutos para la medianoche.

La recriminación que emanaba de estas palabras volvió a arrojarme en el sofá. ¡Qué personalidad poderosa tenía aquel hombre tan horrible!

Con pálida alegría, contemplé la posibilidad de que una botella de whisky, recién llegada en brazos de la señora Stella Maris, me reanimara en parte. De un solo trago vacié mi vaso.

—En mis tiempos —decía el señor Octavio—, cuando yo era joven, íbamos a bailar por los cafetines del puerto de Bahía Blanca...

Me distraje un instante tratando de imaginar al señor Octavio como bailarín.

—...a veces bailábamos toda la noche, hasta el amanecer. En cambio, la muchachada de ahora, a las ocho de la noche ya está en la camita, con su frazadita y su bolsita de agüita calentita... ¡Ja, ja, ja! Si parecen nenitos del jardín de infantes...

El soliloquio del señor Octavio, agravado en su fase final por esa serie de diminutivos injuriosos, había adquirido los inconfundibles tintes de un ataque personal. Me puse de pie, resuelto a retirarme de viva fuerza, si fuese necesario. Por fortuna, no fue menester apelar a la violencia. El señor Octavio recobró sus maneras afables y, después de tenderme la anudada manga de su toalla amarilla, dijo, con el aire confortable de quien se apresta a rubricar una jornada perfecta:

—Bueno... —y se restregó las manos—, ahora a la cama, con un buen libro...

Asentí con amplitud. Quería salir de aquella casa. De permanecer allí un segundo más, creo que hubiera caído desmayado.

—Te acompaño hasta la vereda —dijo Marina.


6

Entre la casa y la vereda estaba el jardín: me golpeó como una bendición la fragancia vegetal de pinos y abetos. Respiré con hondura, procurando que el aire puro expulsara los últimos vestigios de la hediondez de pescadería. Me pareció resucitar: al instante se evaporaron las sensaciones estomacales que me habían hostigado.

—¿Viste, pobre papá? —dijo Marina.

—Sí —contesté vagamente, sin saber qué agregar.

—Él está mucho mejor —continuó Marina, tomándome de la cintura, como quien se apresta a hacer una confidencia—. Hasta hace un año no lo podíamos sacar de la pileta. Día y noche en la pileta. Ahora, por lo menos, come en la mesa y duerme en la cama. Ya es un progreso, ¿no?

Dijo tantas cosas y yo sólo reparé en una, la menos importante:

—¿Tienen pileta de natación en la casa?

—Claro, ¿nunca te lo dije? En el jardín del fondo. Ahora no te la puedo mostrar porque la está usando papá. Todas las noches se da un chapuzón, antes de acostarse. Así digiere mejor.

Formulé una pregunta imbécil:

—¿No se le corta la digestión?

—Al contrario: necesita agua salada. Eso sí, cuando está en el agua, se pone muy agresivo y no reconoce a nadie. Ni a nosotras nos reconoce. Cuando vuelve a tierra, ya viste qué bueno y simpático es...

Abrumado, sin saber qué hacer, miré el reloj. Marina esperaba algo de mí.

—¿Y los vecinos? —pregunté—. ¿No se quejan?

—¿Por qué se van a quejar? Ruido no hay ninguno. Papá más silencioso no puede ser. Ni siquiera se zambulle. Llega al borde de la pileta y se deja resbalar así: shhhh...

Su mano se deslizó flojamente por mi rostro. Asustado, di un salto hacia atrás. Marina quiso reconfortarme con una anécdota jocosa:

—Una noche estaba semisumergido, junto al borde de la pileta. El perrito del vecino del fondo pasó el cerco de ligustrina y se acercó a olerlo. Entonces papá sacó algunos de sus brazos y... ¡shak!

Y, con una sonrisa juguetona, Marina simuló estrangularme. Ni siquiera me rozó: sólo hizo la mímica de extender a la vez los brazos y las piernas hacia mí. En esta demostración, sus miembros parecían haber adquirido singular plasticidad y fuerza. Si antes yo había dado un salto hacia atrás, ahora volé literalmente unos tres metros. Marina se echó a reír, divertida con mi desproporcionada reacción. Marina reía, reía, reía. Me pareció que su boca se dilataba hasta la nuca, que la cabeza se hacía redonda y se agrandaba, que desaparecían la nariz y las orejas, que perdía su soberbio cabello prieto, que su piel se tornasolaba en negro y en rosado... Para no caer, me apoyé en un árbol.

—¡Che! ¿Qué te pasa? —Marina me sacudió del brazo y yo volví en mis cabales.

Allí estaba la misma adorable Marina de siempre. La Marina alta, morena, risueña, irresponsable, simple, ignorante e infinitamente querible.

—No es nada —dije, resoplando—. Me siento un poco mal.

Para concluir de reanimarme, Marina dijo:

—¿Querés venir a nadar, mañana a la mañana? Total, es domingo. Te traés la malla y listo.

Prometí concurrir, a eso de las diez. Me despedí de Marina como siempre: con un beso.

—Hasta mañana —dije.

 

7

Pero no volví.

Con súbita lucidez, antes de que el tren llegase a La Lucila, supe todo lo que debía hacer. En los siguientes quince días fui un torbellino de actividad febril y arreglé casi todos mis asuntos pendientes. No atendí el teléfono y logré cambiar de domicilio y de empleo. Como suelen decir las crónicas policiales, dejé de presentarme en los lugares que solía frecuentar. Al cabo de un tiempo, conseguí radicarme de manera definitiva en Santa Rosa, provincia de La Pampa: la ciudad goza de un clima muy seco y está ubicada equidistantemente lejos, tanto del océano Atlántico como del Pacífico.

Fernando Sorrentino nació en Buenos Aires, Argentina, el 8 de noviembre 1942. Es escritor y profesor de literatura argentina. Además de obras de ficción y de periodismo cultural, ha escrito ensayos completos de autores clásicos españoles y argentinos (Don Juan Manuel, Arcipreste de Hita, Juan Ruiz de Alarcón, Mariano José de Larra, José Hernández) y ha editado varias antologías de cuentos de Argentina que han sido publicadas por la editorial Plus Ultra de Buenos Aires, además de haber trabajado en la sección literaria de los diarios La NaciónClarínLa OpiniónLa PrensaLetras de Buenos Aires y Proa. Su obra narrativa está compuesta, entre otras obras, por los libros de cuentos La regresión zoológica (1969), Imperios y servidumbres (1972 y 1992), El mejor de los mundos posibles (1976), En defensa propia (1982), El rigor de las desdichas (1994), La Corrección de los Corderos y otros cuentos improbables (2002), Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza (2005), El regreso y otros cuentos inquietantes (2005), En defensa propia/El rigor de las desdichas (2005), Costumbres del alcaucil (2008), El crimen de san Alberto (2008), El centro de la telaraña, y otros cuentos de crimen y misterio (2008 y 2014), Paraguas, supersticiones y cocodrilos (2013), Los reyes de la fiesta, y otros cuentos con cierto humor (2015), la novela Sanitarios centenarios (1979, 2000 y 2008), y la novela corta Crónica costumbrista (1992), reeditada en 1996 con el título de Costumbres de los muertos.

 

lunes, 9 de febrero de 2026

COSTUMBRES DEL ALCAUCIL

Fernando Sorrentino

 

Muy pocas personas conocen el pasaje Ohm. Su única cuadra de extensión corre cerca de la esquina de las avenidas Triunvirato y de los Incas. En un pequeño departamento con balcón al contrafrente vivo yo.

Alcancé los cuarenta y ocho años sin querer –o sin poder– casarme. Vivo solo y me arreglo bastante bien. No soy agricultor ni botánico, sino profesor de castellano, literatura y latín: nada sé de aquellas ciencias rurales y naturales, pero algo conozco de lingüística y etimologías. Desde estos campos empecé mi acercamiento al alcaucil.

Como se sabe, un buen porcentaje del léxico español reconoce su origen en la lengua de los invasores árabes del siglo VIII. A veces éstos crearon el vocablo mediante el recurso de conferir forma árabe a un sustantivo latino (o neolatino) corriente en la España de entonces.

Tal es el caso de la palabra mozárabe caucil, proveniente del latín capitiellum, que significa «cabecita». De manera que alcaucil (artículo + sustantivo) significa «la cabecita». Este nombre popular posee, digamos, mayor «expresividad» y «utilidad» que el término científico Cynara scolymus.

Veamos por qué. 

En Buenos Aires nadie ha visto una planta de alcaucil. De las verdulerías nosotros conocemos, precisamente, esas cabecitas muertas cuyo corazón (mejor llamado receptáculo) y las bases de cuyas hojas (mejor dicho, escamas) son, por cierto, muy sabrosos. Ahora bien, estas cabecitas guardan el germen de la flor, y el horticultor las arranca de la planta antes de que aquélla llegue a desarrollarse, pues, de no hacerlo así, luego se endurecen y ya no son comestibles.

Durante toda mi vida, yo fui un ignorante total en lo que a morfología, vida y costumbres del alcaucil respecta. Ahora, en cambio, puedo decir, sin pedantería, que he adquirido bastante información y que me he convertido en una suerte de módica autoridad en la materia. Admito, sí, que, sobre el alcaucil, es más lo que me resta por aprender que lo que he aprendido.

El alcaucil puede cultivarse en una maceta, de proporciones más bien amplias. Como es una planta áspera y sufrida, una especie de cardo, requiere escasos cuidados; se desarrolla en seguida; alcanza, de altura, un metro y, en extensión horizontal, una longitud que, hasta ahora, resulta imposible determinar.

Aunque, en general, no me interesan ni me atraen las plantas, acepté con fingida gratitud el alcaucil que me regaló una vecina apodada la Chiche: ésta es una señora de cierta edad y de anteojos, simple y aburridora, que tiene un hijo, más bien de escasas luces, llamado Sebastián.

El joven Sebas –así apocopado por su madre y sus amigos– terminó el tercer año con arduas dificultades. Ignoro por qué me avine a impartirle gratuitamente clases particulares de castellano para que intentara aprender en pocos días lo que no había logrado ni siquiera sospechar en los once o doce meses anteriores.

Nada me cuesta declarar que soy un excelente profesor de castellano, con la experiencia –y el cansancio– de veinte años de tiza y pizarrón. Pero Sebas –inapelablemente palurdo y de tropezado razonamiento– resultó, tal como yo lo preveía, reprobado con justicia por la mesa examinadora del mes de marzo.

La señora Chiche –fanatismo maternal a un lado– supo comprender que la deficiencia no estaba en mí sino en su hijo y, para agradecerme de alguna manera, me regaló la susodicha planta de alcaucil.

La señora Chiche llegó a mi departamento, estuvo un rato, emitió abundantes errores e imprecisiones, no prestó la menor atención a ninguna de mis palabras, me hizo conocer su visión desencantada del mundo y, ¡por fin!, se retiró, dejándome la habitual sensación de desagrado que me producen las personas de escasa inteligencia e ilimitada incultura. Y, junto con cierto mal humor, ahí quedó, en el balcón, en su maceta roja y blanca, la planta de alcaucil.

Poco a poco, fue prodigándose en múltiples cabecitas (alcauciles) de color verde apagado. Por su propio peso, los alcauciles fueron doblegando la resistencia de los tallos y empezaron a reptar por el suelo del balcón, como si fueran las múltiples garras de un animal amorfo y difícil de reconocer, una suerte de erizado pulpo terrestre, con algo de la dureza pétrea y verdusca de las bestias prehistóricas.

Así habrá transcurrido una semana.

Años enteros he luchado sin éxito contra las hormiguitas rojas, esos bichitos invencibles y omnívoros diseminados en infinitas cuevas por todo el departamento. Una tarde me hallaba sentado en el balcón; leía el diario y tomaba mate.

Entonces vi que cuatro de las tantas cabecitas de la planta estaban dadas a la caza de hormigas rojas. Su técnica era, a la vez, muy sencilla y muy eficaz. Con las hojas abajo y el tallo arriba, corrían a modo de arañas, apresaban con delicada exactitud a la hormiga y, mediante rápidos movimientos de tracción y masticación, la llevaban hasta el centro del alcaucil, por donde era ingerida.

Observando con atención, podía advertirse, en los puntos de ensanchamiento del tallo móvil o tentáculo, que los cadáveres de las hormigas eran trasladados hasta el tallo central, donde –imaginé– se hallaría el aparato digestivo del alcaucil. En películas documentales yo había visto más de una vez algo parecido: cuando la culebra traga una laucha o una rana, uno puede percibir la forma del cuerpo de la víctima que se desliza por el interior del cuerpo del victimario: de esta misma manera comían también los alcauciles.

Sentí alegría. Este hecho me pareció auspicioso. Los alcauciles eran infatigables y terriblemente hambrientos. Pensé que, en poco tiempo, lograrían triunfar donde yo fracasé durante años: que terminarían, de modo contundente, con todas las hormigas rojas del departamento, esas hormigas que yo, en mi impotencia, tanto aborrecía.

En efecto, así fue. Llegó el momento en que ya no vi ninguna hormiguita roja. Entonces el alcaucil se extendió en la busca de otros alimentos.

Algunos alcauciles estrangularon y devoraron a las demás plantas del balcón: malvones, geranios, un rosal siempre fracasado, unos helechos antiquísimos, un bravío cacto espinoso. Otros alcauciles, en cambio, prefirieron cavar la tierra y capturaron lombrices útiles y sabandijas perjudiciales. Un tercer grupo trepó por las paredes y penetró en lo hondo de los antros de las arañas.

En verdad, esos alcauciles tenían buen apetito, y crecían. Crecían siempre. No tardaron mucho tiempo en ocupar todo el balcón. A modo de enredadera, se tendieron por el piso, por el techo, por las paredes, en vueltas y revueltas que los convirtieron en selva inextricable.

Debo confesar que, en este punto, me asusté un poquito: temí, estúpidamente, que el alcaucil continuara creciendo hasta ocupar todo el departamento.

—Muy bien —le dije—. Si ésa es tu intención, te condeno a morir de hambre.

Bajé las cortinas de madera gris y cerré herméticamente los vidrios de los ventanales del comedor y del dormitorio. Estaba seguro de que, privado de alimento, el alcaucil empezaría a languidecer, a debilitarse, a encogerse, y terminaría por agostarse en briznas resecas hasta morir.

Adopté esa medida precautoria el lunes 11 de abril de 1988. Por no sé qué conflicto laboral, en mi colegio no hubo clases hacia el final de la semana. Aproveché entonces para hacerme una escapadita a Mar del Plata, en compañía de una especie de novia —por cierto, ya madura— que tengo desde hace muchísimos años, que es profesora de matemática y que se llama Liliana Tedeschi. Ambos devotos del tren y refractarios al ómnibus, partimos de Constitución el miércoles por la noche y pasamos luego cuatro hermosos días en aquella grata ciudad otoñal.

El domingo 17 de abril, hacia las ocho de la mañana, me hallé de regreso en mi departamento de la calle Ohm. Como temo a los ladrones, tengo puerta blindada y dos cerrojos de seguridad. Con el modesto orgullo de ser tan previsor, abrí el primer cerrojo, abrí el segundo, empujé la puerta. Noté que ofrecía cierta resistencia: no demasiado firme, es verdad, pero resistencia al fin.

Entré entonces en una suerte de bosquecillo de alcauciles. Me recibió una fuerte corriente de aire: en mi ausencia, estos individuos habían primero devorado las maderas de la cortina enrollable y luego destrozado los vidrios de los ventanales. Ahora, como ingentes medusas, se hallaban esparcidos por todo el departamento, y cubrían metódicamente pisos, paredes y cielos rasos, reptaban por los rincones, se encaramaban a los muebles, investigaban agujeros y recovecos…

Esto fue lo que vi en una primera mirada general. En seguida intenté obtener un cuadro más sistemático de la situación. Aunque traté de mantenerme sereno, aquellos abusos no pudieron menos que indignarme.

Los alcauciles habían abierto la heladera, el freezer y todas las alacenas, y habían comido el queso, la manteca, las carnes congeladas, las papas, los tomates, los fideos, el arroz, la harina de trigo, las galletitas… En el piso de la cocina me topé con frascos, ahora vacíos, de mermelada, de aceitunas, de pickles, de chimichurri…

Habían devorado todo lo humanamente devorable y ahora –ante mis ojos coléricos– se dedicaban también a todo lo alcaucilmente devorable, que, según estaba viendo, era toda materia orgánica –muerta o viva–, y se hallaban desgarrando, royendo y mascando el cuero y las plumas de los sillones y las maderas de los muebles. Y se hallaban desgarrando, royendo y mascando los libros, ¡oh, Dios, mis libros queridos, reunidos con amor a lo largo de más de treinta años, mis libros subrayados y comentados –jamás con tinta, siempre con lápiz– por mi letra prolija y cuidadosa una y mil veces!

No tengo cuchilla de carnicero pero sí una tijera para trozar pollos. Coloqué un tallo de alcaucil entre las dos hojas de acero y –con odio, con jubilosa impiedad– cercené la abominable cabecita enemiga.

El alcaucil decapitado rodó unos centímetros. En el mismo instante, el tallo seccionado se multifurcó en no sé cuántos tallos menores y, simultáneamente, nacieron quince, veinte, cincuenta cabecitas que, furiosas, se lanzaron contra mí, intentando morderme los zapatos, las piernas, las manos.

Entonces, y como pude, retrocedí hacia la zona del baño y del dormitorio, donde la densidad de alcauciles por centímetro cuadrado era mucho menor. Soy una persona –creo– bastante lúcida y no me hallaba dispuesto a perder la calma: sólo quería serenarme y reflexionar un poco, pues no dudaba –siempre tuve mucha confianza en mí mismo– de que hallaría pronta solución al problema de los alcauciles.

Razoné.

Durante mi ausencia, ¿qué los había exasperado y hasta enloquecido? Sin duda, la falta de alimentos. En efecto, durante las semanas anteriores –cuando se hallaban normalmente nutridos–, los alcauciles habían manifestado una conducta digna y juiciosa. Bastaría, pues, con proveerlos de la comida necesaria para que volvieran a ser los calmos y mansos alcauciles de otrora.

Desde el teléfono del dormitorio –casi no había cama, ni mesitas de luz ni placares ni ropas– llamé al mercadito Los Dos Amigos. El primer amigo vende carne; el segundo amigo, verduras y frutas. Al primero le encargué ocho kilos de menudencias bien baratas: hígado, bofe, huesos. Al segundo, papas y zapallos, que cuestan poquísimo y rinden mucho. Les pedí que me mandaran todo en seguida: así aplacaría, por el momento, el hambre de los alcauciles. Más adelante buscaría –y hallaría– la solución definitiva.

Mientras los alcauciles y yo esperábamos los víveres, ellos continuaban royendo. El ruido que produce su roer es similar al de sacudir una caja de fósforos, con la salvedad de que nadie está todo el tiempo sacudiendo una caja de fósforos, y, en cambio, los alcauciles roían, roían, roían todo el tiempo. Continuaban royendo los restos de los muebles: tragaban la madera y desechaban la laca y los elementos metálicos o plásticos.

Pensé: «Mientras tengan algo para comer, estaré a salvo.» Y, en seguida: «Cómo tardan Los Dos Amigos.»

Entonces sonó el timbre (no el del portero eléctrico sino el del departamento): sonó con ese tipo de llamado largo e impaciente que yo aborrezco. Anticipándose a mi movimiento, un alcaucil presionó hacia abajo el picaporte y abrió de par en par la puerta.

En el vano, sobre el fondo más oscuro del pasillo, con delantal blanco y gorrita blanca, y con una enorme canasta de mimbre sostenida por ambas manos, apareció el muchacho gordo y rudimentario que muchas veces yo había visto lavando la vereda del mercadito Los Dos Amigos.

El muchacho –descomunal zopenco de veinte años y cien kilos de peso– vaciló un instante entre saludarme y avanzar. Otra cosa no pudo hacer: en segundos fue envuelto por una telaraña verde, dúctil y eficaz de cuarenta o cincuenta alcauciles. No llegó a gritar ni pudo mover los brazos. Con alcauciles en los ojos, en el cuello y dentro de la boca, semiestrangulado, y no sé si vivo o ya muerto, fue arrastrado –con ligereza de pluma– hasta el centro del comedor, y allí los alcauciles, en áspero tumulto, se dieron a la tarea de horadar y carcomer al muchacho gordo del mercadito, y también su canasta de mimbre, y las papas y los zapallos, y el hígado y el bofe y los huesos.

Aquella imagen de los pequeños alcauciles que recorrían el gran cuerpo me recordó la de las hormiguitas rojas cuando seccionan una cucaracha muerta, o viva.

Mientras estos alcauciles ingerían al muchacho, otros habían echado llave a la puerta del departamento y mantenían ahora aquélla en su poder, lejos de mi posibilidad de alcance.

Entonces me encerré en el cuarto de baño, recinto aún del todo libre de alcauciles. Corrí el pasador metálico y, sentado en el borde de la bañadera, traté de imaginar un rápido plan para derrotar a los alcauciles. Con muchos nervios y con poco tiempo, apenas si llegué a esbozar la idea de provocar un incendio. Pero, ¿qué incendiar?: ya casi no quedaban cosas inflamables, mi casa sólo era un esqueleto de materias inorgánicas.

Estas especulaciones, y otras parecidas, resultaban, al fin, ociosas e inoperantes. Lo mejor –me dije– será no pensar en nada. Y esperar. Sentado en el borde de la bañadera, esperar. Contemplando con estúpida atención esos objetos familiares tan desprovistos de interés: el lavatorio, el espejo, los azulejos…

Los alcauciles ya han empezado a roer y perforar la puerta del cuarto de baño en veinte puntos distintos. Pronto habrá allí veinte boquetes y, en seguida, veinte cabecitas de un verde apagado que avanzarán hacia mí.

Yo espero: ni resignado ni pasivo. He arrancado la barra del toallero y la empuño a modo de garrote: no me entregaré sin resistencia; trataré de inferirles el mayor daño posible.

Repito lo que dije al principio: he aprendido bastante –pero aún ignoro muchas cosas– sobre las costumbres del alcaucil.

Fernando Sorrentino nació en Buenos Aires, Argentina, el 8 de noviembre 1942. Es escritor y profesor de literatura argentina. Además de obras de ficción y de periodismo cultural, ha escrito ensayos completos de autores clásicos españoles y argentinos (Don Juan Manuel, Arcipreste de Hita, Juan Ruiz de Alarcón, Mariano José de Larra, José Hernández) y ha editado varias antologías de cuentos de Argentina que han sido publicadas por la editorial Plus Ultra de Buenos Aires, además de haber trabajado en la sección literaria de los diarios La NaciónClarínLa OpiniónLa PrensaLetras de Buenos Aires y Proa. Su obra narrativa está compuesta, entre otras obras, por los libros de cuentos La regresión zoológica (1969), Imperios y servidumbres (1972 y 1992), El mejor de los mundos posibles (1976), En defensa propia (1982), El rigor de las desdichas (1994), La Corrección de los Corderos y otros cuentos improbables (2002), Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza (2005), El regreso y otros cuentos inquietantes (2005), En defensa propia/El rigor de las desdichas (2005), Costumbres del alcaucil (2008), El crimen de san Alberto (2008), El centro de la telaraña, y otros cuentos de crimen y misterio (2008 y 2014), Paraguas, supersticiones y cocodrilos (2013), Los reyes de la fiesta, y otros cuentos con cierto humor (2015), la novela Sanitarios centenarios (1979, 2000 y 2008), y la novela corta Crónica costumbrista (1992), reeditada en 1996 con el título de Costumbres de los muertos.

 

lunes, 6 de mayo de 2024

EN DEFENSA PROPIA

Fernando Sorrentino

 

Era sábado, serían las diez de la mañana.

En un descuido, mi hijo mayor, que es el diablo, trazó con un alambre un garabato en la puerta del departamento vecino. Nada alarmante ni catastrófico: un breve firulete, acaso imperceptible para quien no estuviera sobre aviso.

Lo confieso con rubor: al principio –¿quién no ha tenido estas debilidades?– pensé en callar. Pero después me pareció que lo correcto era disculparme ante el vecino y ofrecerle pagar los daños. Afianzó esta determinación de honestidad la certeza de que los gastos serían escasos.

Llamé brevemente. De los vecinos sólo sabía que eran nuevos en la casa, que eran tres, que eran rubios. Cuando hablaron, supe que eran extranjeros. Cuando hablaron un poco más, los supuse alemanes, austríacos o suizos.

Rieron bonachonamente; no le asignaron al garabato ninguna importancia; hasta fingieron esforzarse, con una lupa, para poder verlo, tan insignificante era.

Con firmeza y alegría rechazaron mis disculpas, dijeron que todos los niños eran traviesos, no admitieron –en suma– que yo me hiciera cargo de los gastos de reparación.

Nos despedimos entre sonoras risotadas y con férreos apretones de manos.

Ya en casa, mi mujer –que había estado espiando por la mirilla– me preguntó, anhelante:

—¿Saldrá cara la pintura?

—No quieren ni un centavo —la tranquilicé.

—Menos mal —repuso, y oprimió un poco la cartera.

No hice más que volverme, cuando vi, junto a la puerta, un pequeñísimo sobre blanco. En su interior había una tarjeta de visita. Impresos, en letras cuadraditas, dos nombres: GUILLERMO HOFER Y RICARDA H. KORNFELD DE HOFER. Después, en menuda caligrafía azul, se agregaba: y Guillermito Gustavo Hofer saludan muy atentamente al señor y a la señora Sorrentino, y les piden mil disculpas por el mal rato que pudieron haber pasado por la presunta travesura –que no es tal– del pequeño Juan Manuel Sorrentino al adornar nuestra vieja puerta con un gracioso dibujito.

—¡Caramba! —dije—. Qué gente delicada. No sólo no se enojan, sino que se disculpan.

Para retribuir de algún modo tanta amabilidad, tomé un libro infantil sin estrenar, que reservaba como regalo para Juan Manuel, y le pedí que obsequiara con él al pequeño Guillermito Gustavo Hofer.

Ése era mi día de suerte: Juan Manuel obedeció sin imponerme condiciones humillantes, y volvió portador de millones de gracias de parte del matrimonio Hofer y de su retoño.

Serían las doce. Los sábados suelo, sin éxito, intentar leer. Me senté, abrí el libro, leí dos palabras, sonó el timbre. En estos casos, siempre soy el único habitante de la casa y mi deber es levantarme. Emití un resoplido de fastidio y fui a abrir la puerta. Me encontré con un joven de bigotes, vestido como un soldadito de plomo, eclipsado tras un ingente ramo de rosas.

Firmé un papel, di una propina, recibí una especie de saludo militar, conté veinticuatro rosas, leí, en una tarjeta ocre, Guillermo Hofer y Ricarda H. Kornfeld de Hofer saludan muy atentamente al señor y a la señora Sorrentino, y al pequeño Juan Manuel Sorrentino, y les agradecen el bellísimo libro de cuentos infantiles –alimento para el espíritu– con que han obsequiado a Guillermito Gustavo.

En eso, con bolsas y esfuerzos, llegó del mercado mi mujer.

—¡Qué lindas rosas! ¡Con lo que a mí me gustan las flores! ¿Cómo se te ocurrió comprarlas, a vos que nunca se te ocurre nada?

Tuve que confesar que eran un regalo del matrimonio Hofer.

—Esto hay que agradecerlo —dijo, distribuyendo las rosas en jarrones—. Los invitaremos a tomar el té.

Mis planes para ese sábado eran otros. Débilmente, aventuré:

—¿Esta tarde...?

—No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy.

Serían las seis de la tarde. Esplendorosa vajilla y albo mantel cubrían la mesa del comedor. Un rato antes, obedeciendo órdenes de mi mujer –que deseaba un toque vienés–, debí presentarme en una confitería de la avenida Cabildo, comprar sándwiches, masas, postres, golosinas. Eso sí, todo de primera calidad y el paquete atado con una cintita roja y blanca que realmente abría el apetito. Al pasar frente a una ferretería, una oscura ruindad me impulsó a comparar el importe de mi reciente gasto con el precio de la más gigantesca lata de la mejor de todas las pinturas. Experimenté una ligera congoja.

Los Hofer no llegaron con las manos vacías. Los entorpecía –blanca, cremosa y barroca– una torta descomunal que hubiera alcanzado para todos los soldados de un regimiento. Mi mujer quedó anonadada por la excesiva generosidad del presente. Yo también, pero ya me sentía un poco incómodo. Los Hofer, con su charla hecha sobre todo de disculpas y zalamerías, no lograban interesarme. Juan Manuel y Guillermito, con sus juegos hechos sobre todo de carreras, golpes, gritos y destrozos, lograban alarmarme.

A las ocho me hubiera parecido meritorio que se retiraran. Pero mi mujer me musitó al oído, en la cocina:

—Han sido tan amables. Semejante torta. Tendríamos que invitarlos a cenar.

—¿A cenar qué, si no hay comida? ¿A cenar por qué, si no tenemos hambre?

—Si no hay comida aquí, habrá en la rotisería. En cuanto al hambre, ¿quién dijo que es necesario comer? Lo importante es compartir la mesa y pasar un rato divertido.

A pesar de que lo importante no era la comida, a eso de las diez de la noche, cargado como una mula, transporté, desde la rotisería, enormes y fragantes paquetes. Una vez más, los Hofer demostraron que no eran gente de presentarse con las manos vacías: en un cofre de hierro y bronce trajeron treinta botellas de vino italiano y cinco de coñac francés.

Serían las dos de la mañana. Extenuado por las migraciones, ahíto por el exceso de comida, embriagado por el vino y el coñac, aturdido por la emoción de la amistad, me dormí al instante. Fue una suerte: a las seis, los Hofer, vestidos con ropas deportivas y protegidos los ojos con lentes ahumados, tocaron el timbre. Nos llevarían en automóvil a su quinta de la vecina localidad de Ingeniero Maschwitz.

Mentiría quien dijese que este pueblo está pegado a Buenos Aires. En el coche pensé con nostalgia en mi mate, en mi diario, en mi ocio. Si mantenía abiertos los ojos, me ardían; si los cerraba, me quedaba dormido. Los Hofer, misteriosamente descansados, charlaron y rieron durante todo el trayecto.

En la quinta, que era muy linda, nos trataron como a reyes. Tomamos sol, nadamos en la pileta, comimos delicioso asado criollo, hasta dormí una siestita bajo un árbol con hormigas. Al despertarme, caí en la cuenta de que habíamos ido con las manos vacías.

—No seas guarango —susurró mi mujer—. Aunque sea comprale algo al chico.

Fui a caminar por el pueblo con Guillermito. Ante el escaparate de una juguetería le pregunté:

—¿Qué querés que te compre?

—Un caballo.

Entendí que se refería a un caballito de juguete. Me equivocaba: volví a la quinta en ancas de un bayo brioso, sujeto de la cintura de Guillermito y sin siquiera un cojinillo para mis asentaderas doloridas.

Así pasó el domingo.

El lunes, al volver de mi empleo, encontré al señor Hofer enseñándole a Juan Manuel a manejar una motocicleta.

—¿Cómo le va? —me dijo—. ¿Le gusta lo que le regalé al nene?

—Pero si es muy chico para andar en moto —objeté.

—Entonces se la regalo a usted.

Nunca lo hubiera dicho. Al verse despojado del reciente obsequio, Juan Manuel estalló en una rabieta estentórea.

—Pobrecito —comprendió el señor Hofer—. Los chicos son así. Vení, querido, tengo algo lindo para vos.

Yo me senté en la motocicleta y, como no sé manejar, me puse a hacer ruido de motocicleta con la boca.

—¡Alto ahí o lo mato!

Juan Manuel me apuntaba con una escopeta de aire comprimido.

—Nunca dispares a los ojos —le recomendó el señor Hofer.

Hice ruido de frenar la motocicleta, y Juan Manuel dejó de apuntarme. Subimos a casa muy contentos los dos.

—Recibir regalos es muy fácil —señaló mi mujer—. Pero hay que saber retribuir. A ver si te hacés notar.

Comprendí. El martes adquirí un automóvil importado y una carabina. El señor Hofer me preguntó por qué me había molestado; Guillermito, del primer tiro, rompió el farol del alumbrado público.

El miércoles los regalos fueron tres. Para mí, un desmesurado ómnibus de viajes internacionales, provisto de aire acondicionado y servicios de baño, sauna, restaurante y salón de baile. Para Juan Manuel, una bazuca de fabricación vietnamita. Para mi mujer, un lujoso vestido blanco de fiesta.

—¿Dónde voy a lucir el vestido? —comentó, decepcionada—. ¿En el ómnibus? La culpa es tuya, que nunca le regalaste nada a la señora. Por eso ahora me regalan limosnas.

Un estampido horrendo casi me dejó sordo. Para probar su bazuca, Juan Manuel acababa de demoler, de un solo disparo, la casa de la esquina, por fortuna deshabitada tiempo ha.

Pero mi mujer seguía con sus quejas:

—Claro, para el señor, un ómnibus como para ir hasta el Brasil. Para el señorito, un arma poderosa como para defenderse de los antropófagos del Mato Grosso. Para la sirvienta, un vestidito de fiesta... Estos Hofer, como buenos europeos, son unos tacaños...

Subí a mi ómnibus y lo puse en marcha. Me detuve cerca del río, en un paraje solitario. Allí, perdido en el desaforado asiento, gozando de la fresca penumbra que me brindaban los visillos corridos, me entregué a la serena meditación.

Cuando supe exactamente qué debía hacer, me dirigí al ministerio a ver a Pérez. Como todo argentino, yo tengo un amigo en un ministerio, y este amigo se llama Pérez. Por más que soy muy emprendedor, en este caso necesitaba que Pérez interpusiera su influencia.

Y lo logré.

Vivo en el barrio de Las Cañitas, al que ahora le dicen San Benito de Palermo. Para extender una vía férrea desde la estación Lisandro de la Torre hasta la puerta de mi casa, fue necesario el trabajo silencioso, fecundo e ininterrumpido de un multitudinario ejército de ingenieros, técnicos y obreros, quienes, utilizando la más especializada y moderna maquinaria internacional, y tras expropiar y demoler las cuatro manzanas de suntuosos edificios que otrora se extendían por la avenida del Libertador entre las calles Olleros y Matienzo, coronaron con éxito rotundo tan valerosa empresa. De más está puntualizar que sus dueños recibieron justa e instantánea indemnización. Es que con un Pérez en un ministerio no existe la palabra imposible.

Esta vez quise darle una sorpresa al señor Hofer. Cuando el jueves, a las ocho de la mañana, salió a la calle, encontró una reluciente locomotora Diésel, roja y amarilla, enganchada a seis vagones. Sobre la puerta de la locomotora, un cartelito rezaba: BIENVENIDO A SU TREN, SEÑOR HOFER.

—¡Un tren! —exclamó—. ¡Un tren, todo para mí solo! ¡El sueño de mi vida! ¡Desde chico que quiero manejar un tren!

Y, loco de contento y sin siquiera agradecerme, subió a la locomotora, donde un sencillo manual de instrucciones lo esperaba para explicarle cómo conducirla.

—Pero espere —dije—, no sea abombado. Mire lo que le compré a Guillermito.

Un poderoso tanque de guerra destruía con sus orugas las baldosas de la acera.

—¡¡¡Bieeeennn!!! —gritó Guillermito—. ¡Con las ganas que tengo de tirar abajo el obelisco!

—Tampoco me olvidé de la señora —añadí.

Y le entregué, recién recibido de Francia, el más fino y delicado tapado de visón.

Como eran ansiosos y juguetones, los Hofer quisieron estrenar en ese mismo instante sus regalos.

Pero en cada obsequio yo había colocado una pequeña trampa.

El tapado de visón estaba interiormente recubierto de una emulsión mágica evaporante que me había cedido un hechicero del Congo, de manera que, apenas se envolvió con él, la señora Ricarda se achicharró primero y luego se convirtió en una tenue nubecilla blancuzca que se perdió en el cielo.

No bien Guillermito efectuó su primer cañonazo contra el obelisco, la torreta del tanque, accionada por un dispositivo especial, salió disparada hacia el espacio y depositó al pequeño, sano y salvo, en una de las diez lunas del planeta Saturno.

Cuando el señor Hofer puso en marcha el tren, éste, incontrolable, se lanzó raudamente por un viaducto atómico cuyo itinerario, tras cruzar el Atlántico, el noroeste del África y el canal de Sicilia, concluía bruscamente en el cráter del volcán Etna, que por esos días había entrado en erupción.

Así fue como llegó el viernes, y no recibimos ningún regalo de los Hofer. Al anochecer, mientras preparaba la comida, mi mujer dijo:

—Sea uno amable con los vecinos. Póngase en gastos. Que tren, que tanque, que visón. Y ellos, ni una tarjetita de agradecimiento.

 

Fernando Sorrentino nació en Buenos Aires, Argentina, el 8 de noviembre 1942. Es escritor y profesor de literatura argentina. Además de obras de ficción y de periodismo cultural, ha escrito ensayos completos de autores clásicos españoles y argentinos (Don Juan Manuel, Arcipreste de Hita, Juan Ruiz de Alarcón, Mariano José de Larra, José Hernández) y ha editado varias antologías de cuentos de Argentina que han sido publicadas por la editorial Plus Ultra de Buenos Aires, además de haber trabajado en la sección literaria de los diarios La Nación, Clarín, La Opinión, La Prensa, Letras de Buenos Aires y Proa. Su obra narrativa está compuesta, entre otras obras, por los libros de cuentos La regresión zoológica (1969), Imperios y servidumbres (1972 y 1992), El mejor de los mundos posibles (1976), En defensa propia (1982), El rigor de las desdichas (1994), La Corrección de los Corderos y otros cuentos improbables (2002), Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza (2005), El regreso y otros cuentos inquietantes (2005), En defensa propia/El rigor de las desdichas (2005), Costumbres del alcaucil (2008), El crimen de san Alberto (2008), El centro de la telaraña, y otros cuentos de crimen y misterio (2008 y 2014), Paraguas, supersticiones y cocodrilos (2013), Los reyes de la fiesta, y otros cuentos con cierto humor (2015), la novela Sanitarios centenarios (1979, 2000 y 2008), y la novela corta Crónica costumbrista (1992), reeditada en 1996 con el título de Costumbres de los muertos.

 

FATA MORGANA