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jueves, 23 de julio de 2026

EL GANSO BROMISTA

Fernando Sorrentino

 

“El ganso bromista” es el título de un cuento de Constancio C. Vigil cuya lectura disfruté en mi infancia, hace muchísimos años… Unas dos décadas más tarde, ciertos sucesos personales me obligaron a recordarlo y, por ese motivo, asigné el mismo título a este episodio autobiográfico que estás leyendo.

Mi interés por la literatura era, y sigue siendo, bastante mayor que mi interés por la educación. En consecuencia, y a modo de simbiosis práctica, decidí estudiar lo suficiente y necesario, y logré recibirme de profesor de Lengua y Literatura.

Por aquella época inaugural, con el fin de ayudar a mis flacos bolsillos de docente me convertí, free-lance, en corrector de pruebas de imprenta de la Editorial Zahorí, especializada en las llamadas “ciencias del hombre” y cuya sede se hallaba en el barrio de San Telmo.

Ningún escrúpulo resulta óbice para autoelogiarme: mi contracción al trabajo, mi conocimiento de la lengua española y mi gusto por incursionar en cuestiones gramaticales o estilísticas, condiciones aunadas a cierto espíritu obsesivamente detallista, me llevaron pronto a ascender a la categoría de editor externo de obras aceptadas para su publicación.

En aquellos años, anteriores a la proliferación de las computadoras, esa labor consistía en leer con sumo cuidado los originales dactilografiados en Underwoods, Remingtons u Olivettis y, mediante lápiz o bolígrafo, ir extirpando los disparates, desatinos o despropósitos semánticos, conceptuales, ortográficos, sintácticos en que suelen incurrir médicos, sociólogos, historiadores, psicoanalistas… (sin excluir profesores de lengua y literatura), y reemplazarlos por los respectivos términos ortodoxos o, al menos, sensatos. Esa tarea me resultaba muy placentera.

No obstante, mi trabajo carecía de la deseada continuidad, pues solían producirse extensas pausas hasta de meses enteros, en que mi pericia no era necesaria en absoluto. Sea como fuere, mis visitas a la editorial, aunque esporádicas, fueron gradualmente familiarizándome con los distintos miembros de la empresa, gente, dicho sea de paso, en general muy simpática y amable.

Por la índole de las tareas, yo trataba casi exclusivamente con una muchacha un poco mayor que yo, la editora en jefe, conocida como la “profe Tita” (modo familiar y afectuoso de referirse a quien, según su DNI, se llamaba Josefina Titorelli); en menor medida, también charlaba de vez en cuando con tres o cuatro chicas a las que espero no ofender si las califico como “editoras de menor cuantía”.

Mis diálogos con Tita se prolongaban, en ocasiones, más de una hora, pues, como no ignoran quienes se desempeñan en el mundo del libro, la edición es tarea en extremo delicada: obliga a obrar con pies de plomo y a no dejar ningún pormenor librado al azar.

Hacia el fondo del amplio salón principal donde Tita y yo afinábamos detalles textuales, y separada por una mampara de madera y vidrio, se hallaba la oficina contable, cuyo jefe era el señor Jeremiasz Schmar. Su rostro anguloso, sus pómulos salientes, su entrecano pelo rubio y totalmente lacio, su piel blanquísima y sus ojos celestes lo declaraban, a simple vista, oriundo de algún país de Europa oriental. Por las razones que fueren, adolecía de un fuerte acento extranjero que, unido a su voz de registro acutísimo, lo singularizaba fácilmente cuando hablaba en español. Tendría unos cuarenta y cinco años.

A veces, don Jeremías (así, con respeto, lo llamaban en la editorial) interrumpía, muy educada y ceremoniosamente, el diálogo entre Tita y yo para tratar alguna cuestión breve relacionada con la disciplina financiera de la empresa. En varios de esos coloquios pude escucharlo con nitidez y en detalle.

Cierta vez manifestó un tímido malhumor hacia el deficiente servicio de transporte público que debía utilizar para trasladarse hasta la editorial.

—Pero ¿cómo? –se extrañó Tita–. Yo tenía entendido que usted venía a pie…

—Eso era antes, cuando yo vivia en Tacuari y avénida Bélgrano. Ahora mudé lejos, pásaje Calíngasta, Villa Santa Rita…

Fui interesándome en la manera que tenía don Jeremías de expresarse en nuestro idioma. Un buen día, no estando él donde pudiera oírme, se me ocurrió decirle a Tita, en voz baja, unas frases en que imitaba la elocución de dicho caballero.

Y hétenos aquí que la profe Tita, contra todo pronóstico y abandonando por un instante su recato y su seriedad habituales (que no le impedían ser sarcástica a menudo), prorrumpió en una estentórea carcajada, tan sonora como discordante en aquel sitio consagrado a producir libros y a difundir cultura.

Desde entonces, y con entusiasta regocijo de Tita, yo solía remedar la extravagante habla de don Jeremías, reproduciendo las eses muy violentas, la confusión entre erres y eres, las vocales más abiertas o más cerradas, los cambios de acentuación o los errores de conjugación.

Me aqueja cierta tendencia a caer en la hipérbole humorística: no tardé demasiado en extender mis imitaciones más allá de Tita. Con la complicidad de Brunelda, la jovencita, bastante excedida de peso, que oficiaba de recepcionista, adopté la costumbre, al llamar por teléfono, de presentarme como si fuera el señor Jeremías.

Nuestros diálogos se desarrollaban en formato y contenido invariables:

Yo (con el habla, muy sobreactuada, del señor Jeremías): —Buenas tardes, ¿me hiciera ústet el fávor de comunícarme con la ámable señórita profésora Tita?

Brunelda (desternillándose de risa): —Sí, cómo no. ¿De parte de quién, señor?

Yo (cortés aunque perentorio): —De parte de séñor Jeremías. ¿Cómo ústet, tras tantos años, no reconocería mi voz?

Brunelda (compungida): —Ay, sí, tiene razón, don Jeremías, discúlpeme. Ya le paso la comunicación a la profe Tita.

La rutina semiteatral entre Brunelda, Tita y yo continuó sin modificación alguna. No constituía la diversión más apasionante del mundo, pero tampoco era desagradable y, por añadidura, introducía algún matiz ligeramente insólito en nuestras relaciones laborales.

Esta situación habrá durado no menos de seis u ocho meses.

En algún momento no pude no notar que el señor Jeremías ya no formaba parte de la constelación de la Editorial Zahorí. Y llegué a temer que ya no se encontrase sobre la faz de la tierra.

Mi inquietud resultó injustificada: Tita me informó que don Jeremías había renunciado a su empleo en la empresa para ahora integrarse al personal de otra compañía comercial, al parecer con el fin de gozar de mejores condiciones salariales.

Sea como fuere, no había ninguna razón para abandonar mi remedo del habla de don Jeremías. Puede pensarse que todo lo excesivo termina por cansar y por aburrir. Pero, en fin, los tres (Tita, Brunelda y yo) nos divertíamos con esas tonterías que no causaban daño a nadie.

Rutina que se interrumpió cuando advino un largo silencio en que dejé de ser convocado: tal vez tres o cuatro meses.

Nos hallábamos a finales de agosto, y un aire gélñido y grisáceo se esparcía sobre Buenos Aires. Atribulado por la idea de que la Editorial Zahorí no estuviera satisfecha con mi desempeño profesional, una tarde cobré valor y llamé por teléfono.

Yo (con el habla del señor Jeremías): —Buenos días, ¿me hiciera ústet el fávor de comunicarme con la ámable señórita profésora Tita?

¿Brunelda?: —¿De parte de quién, señor?

Yo (cortés aunque perentorio): —De parte de séñor Jeremías. ¿Cómo ústet, tras tantos años, no reconocería mi voz?

¿Brunelda?: —No lo entiendo, señor. Discúlpeme, no sé qué quiere decir…

Yo (tomando conciencia de un hecho nuevo): —Pero ¡cómo! ¿No habla yo con señórita Brúnelda?

Recepcionista: —No, señor, lo siento. Brunelda no pertenece más a la empresa. La nueva recepcionista soy yo.

Yo: —¡Carambo! ¡Qué noticia sorprendédora! Y entonces prégunto: ¿cómo llama ústet misma, amable nueva telefonisto?

Recepcionista: —Mi nombre es Amalia.

Yo: —Nombre Amelia, pero ¿cuál apellida?

Recepcionista: —Amelia no: Amalia. Amalia Sortini.

Yo: —¡Oh, Sordini! ¿Quiere decir que ústet es sorda hipoacústica, que no oye palabras o música o ladridos de gatos?

Recepcionista: —Oigo perfectamente, señor. El que no oye es usted: no dije Sordini sino Sortini.

Yo: —¡Ah, Sortini! Lindo apéllido itálico de la buena suerte sortinisca. En visita a Italia yo conoció sábrosas cómidas. En Argéntina acostumbré comer nutrítivas pastas. Yo siempre almuerza sorrentinos noche de lunes, miércoles y jueves. En cambio, martes y dómingo toma sopa y come rabánitos hervidos.

Recepcionista (con tono glacial): —Ya mismo le paso la comunicación con la señora Tita.

Yo: —¡Muchos gracias, yo habla con señórita Tita en séguida!

Resultó, oh fortuna, que Tita estaba justamente a punto de convocarme por un nuevo original para procesar. Y me citó a fin de que lo retirara el día siguiente.

Así, en la recepción, pude conocer a Amalia. El pelo erizado, el rostro triangular muy anguloso y la nariz corva me hicieron pensar en un carancho o, al menos, en un gallo de riña. Contaría unos cuarenta años, era muy delgada, usaba anteojos y mostraba una expresión avinagrada. Resumí estos rasgos como una combinación de antigua empleada del correo y de archivista municipal.

Sin fingirme don Jeremías, le dije que venía a ver a la señora Tita. Amalia anunció mi presencia por el intercomunicador y me invitó a pasar al salón principal.

Tita me informó que Brunelda había concluido su carrera de derecho y que ahora trabajaba en un estudio jurídico. Ufano de mi actuación, le describí el diálogo mantenido el día anterior con la nueva recepcionista, en la seguridad de que aprobaría mi creatividad. Pero no fue así:

—Me parece que no te conviene hacer participar a Amalia en el histrionismo que usabas con Brunelda. El sentido del humor de Amalia es aún inferior al que posee la momia de Tutankamón, y esta chica hasta podría enojarse con vos.

—Muy bien, de acuerdo, acepto tu consejo. Pero quizá alguna vez, cuando yo llame por teléfono, retome la personalidad de don Jeremías.

Gesto dubitativo de Tita:

—No sé, no sé…

Desplegó sobre el escritorio el original al que yo debía conferir una forma legible, y pasó a explicarme las pautas que debería tener en cuenta. Menos erudito que mediático, el autor (cuya identidad no revelaré) era asaz conocido por participar con harta frecuencia en programas televisivos de “divulgación científica”. El libro abarcaba unas ochocientas páginas, y –me previno Tita– abundaba en cuadros sinópticos, tablas estadísticas, interpolaciones de citas en inglés, en francés y en alemán, apellidos y nombres de pila con grafía errónea… Todos los obstáculos y todas las dificultades confluían en la obra, amén de que versaba sobre temas que no revestían para mí el menor interés: una maraña tenebrosa de psicoanálisis, sociología, epistemología, lingüística…

Ejecutar ese trabajo equivalía a cobrar una razonable suma de dinero, de modo que retorné a casa con el libraco en mi cartapacio y con alegría en mi corazón. En quehaceres del intelecto mi límite para interrumpirlos es el primer atisbo de cansancio mental: en cuanto lo percibo, abandono la tarea y la reanudo el día siguiente. Mediante este método suelo avanzar con lentitud, pero lo que pierdo en velocidad lo gano en eficacia y en precisión.

De manera que, sin prisa y con pausas, fui internándome por esa especie de selva oscura redactada en dialecto tan hiperculto como antipático.

Por otra parte –ya lo anticipé–, la parte genuinamente deleitosa de mi existencia discurría por otros senderos. Me encantaba leer narrativa y dejarme llevar, en especial, por las historias con peripecias extrañas o insólitas: como todo lector, tengo mis amores literarios…

Declararé por enésima vez mi ilimitada admiración hacia las fabulaciones de Marco Denevi. Me seducen sus juegos, sus sorpresas, la fluidez de su prosa, su sentido del humor, su imprevisible imaginación. Resulta fácil verificar que con alguna frecuencia recurre al tema de la impostura: personas que terminan siendo otras. Tal ocurre en Rosaura a las diez, en Ceremonia secreta, en Los asesinos de los días de fiesta…

¡Ah, esos cómicos hermanos despiadados que vivían en la calle San Blas…! ¡Qué hermosa novela!

Una mañana septembrina de domingo decidí conocer la calle San Blas. En esa época yo vivía casi en el confín norte de Palermo, Paraguay al 5400. Consulté un plano de Buenos Aires y averigüé cómo alcanzar en bicicleta la calle San Blas: esfuerzo fácilmente accesible para las energías de mis treinta años de aquellos días.

Tomé por la avenida Juan B. Justo hasta llegar a la coordenada necesaria. Tras algunos giros, pude hallarme en la calle de Meneranda, Iluminada, Honorato, Patricio de la Escosura, Anacarsis y Lucrezia… No puedo no confesar que sentía cierta emoción.

Hete aquí que, al llegar al 3300 de San Blas, apareció, perpendicular, el pasaje Calingasta, o sea, ¡recordé de repente!, donde se encuentra el domicilio de don Jeremías. Se me ocurrió, entonces, recorrer el pasaje y comprobé que consta únicamente de una cuadra donde, según me pareció, no hay nada notable.

Una pregunta acudió a mi caletre: ¿en cuál de estas casas se hallará el hogar del antiguo jefe contable de la Editorial Zahorí? Sin embargo (me dije), ¿qué diablos podía importarme esa información? Y entonces una especie de molesto moscardón de incertidumbre empezó a aletearme…

En casa acudí a la letra S de la guía telefónica, donde, ¡aleluya!, figuraban en el pasaje Calingasta el domicilio y el número telefónico del señor Schmar. Ignoro por qué este hallazgo me infundió alegría.

El lunes por la mañana, a primera hora, y sin motivo racional alguno, llamé por teléfono a la Editorial Zahorí:

Yo (con el habla, cada vez más sobreactuada, del señor Jeremías): —Buenos días, señórita Ámalia. Éspero y déseo que se ácuerde de mi persona.

Amalia (con cierto dejo de disgusto): —No sé, señor, ¿quién es usted?

Yo: —Mi nombre es séñor Jeremías Schmar. Aunque ústet no recuerde mi pérsona, yo conozco perfectamente bélleza y simpatia de señórita Ámalia ya que muchas veces he visitado edítorial y pasado frente a recepción.

Amalia (silencio sepulcral).

Yo: —¿Cortó ústet comunicación? ¿No oye ústet mis palabras? ¿No hace favor de respónderme?

Amalia: —Sí, lo oigo, pero no entiendo qué me quiere decir. No sé quién es usted, nunca lo vi, no lo conozco…

Yo: —Pero yo sí conozco a ústet y debo confésarle que estoy enamórado de ústet y quisiera proponerle matrímonio a la brévedad posible.

Amalia (colérica al máximo): —Dígame, ¿usted está loco o qué demonios le pasa? Deje de hacerse el gracioso, señor imbécil, y no me haga perder tiempo con sus bromas de payaso estúpido.

Yo: —Pero, señórito, escúch…

En este punto Amalia cortó la comunicación, descortesía que por cierto me dolió.

Volví a mi tarea.

El hecho fue que, trabajando metódicamente unas tres horas diarias, concluir la tarea de adecentar el mamotreto me insumió casi noventa días. Al cabo de ese tiempo, ya en los calores de noviembre, pude desembarazarme del gravoso incordio y me presenté en la Editorial Zahorí.

En la recepción me sorprendió la presencia de una nueva empleada: una chica muy joven, tal vez de unos dieciocho años, con pelo rubio y pecas anaranjadas.

Ya ante Tita, comenté:

—Veo que hay nueva recepcionista… Parece que Amalia no duró demasiado…

Tita sonrió:

—Es que, mientras vos desapareciste del mapa, hubo notables novedades en nuestro modesto jet set

Pensé: “Profe Tita, la de Afilada Lengua”. Repliqué, ligeramente irritado:

—No me calumnies: yo no desaparecí de ningún mapa. Me dediqué a luchar contra el libraco perpetrado por don Dificilongo Galimatías…

Nueva sonrisa de Tita, como aprobando mi explicación. Extrajo una cartulina blancuzca de un cajón de su escritorio y me la extendió. Leí:

 

Ha llegado nuestro momento. Nos casamos y nos encantaría compartir con ustedes este día tan especial. La ceremonia tendrá lugar en la Iglesia Santa Rita de Casia, calle Camarones 3443, Buenos Aires, el sábado 23 de octubre a las 21:00.

Los novios saludaremos en el atrio.

Afectuosos saludos,

Jeremiasz Schmar y Amalia Sortini

 

—Qué lástima —dije—. Me habría gustado presenciar la ceremonia. Pero el sábado 23 ya pasó. Veo que me enteré tarde.

—Bueno –se disculpó Tita–, pensé en avisarte por teléfono pero, con tanto ajetreo laboral, me olvidé. Además, no creo que te importara demasiado. 


Este cuento ha sido publicado en el volumen Contra el mar helado de nuestro corazón. Franz Kafka a cien años de su muerte, textos compilados por Gerardo Piña-Rosales y Daniel R. Fernández para la Academia Norteamericana de la Lengua Española.


Fernando Sorrentino nació en Buenos Aires, Argentina, el 8 de noviembre 1942. Es escritor y profesor de literatura argentina. Además de obras de ficción y de periodismo cultural, ha escrito ensayos completos de autores clásicos españoles y argentinos (Don Juan Manuel, Arcipreste de Hita, Juan Ruiz de Alarcón, Mariano José de Larra, José Hernández) y ha editado varias antologías de cuentos de Argentina que han sido publicadas por la editorial Plus Ultra de Buenos Aires, además de haber trabajado en la sección literaria de los diarios La Nación, Clarín, La Opinión, La Prensa, Letras de Buenos Aires y Proa. Su obra narrativa está compuesta, entre otras obras, por los libros de cuentos La regresión zoológica (1969), Imperios y servidumbres (1972 y 1992), El mejor de los mundos posibles (1976), En defensa propia (1982), El rigor de las desdichas (1994), La Corrección de los Corderos y otros cuentos improbables (2002), Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza (2005), El regreso y otros cuentos inquietantes (2005), En defensa propia/El rigor de las desdichas (2005), Costumbres del alcaucil (2008), El crimen de san Alberto (2008), El centro de la telaraña, y otros cuentos de crimen y misterio (2008 y 2014), Paraguas, supersticiones y cocodrilos (2013), Los reyes de la fiesta, y otros cuentos con cierto humor (2015), la novela Sanitarios centenarios (1979, 2000 y 2008), y la novela corta Crónica costumbrista (1992), reeditada en 1996 con el título de Costumbres de los muertos.

miércoles, 24 de junio de 2026

LA CORRECCION DE LOS CORDEROS

Fernando Sorrentino

 

Según noticias de fuentes muy dispares –y siempre fidedignas–, la Corrección de los Corderos suele últimamente aparecer, cada vez con mayor frecuencia, en distintos puntos de Buenos Aires y de las localidades vecinas.

Todas las informaciones coinciden en describir la manera en que se produce el advenimiento de la Corrección: de pronto aparecen, como surgidos de la nada, cincuenta corderos blancos; en seguida acometen contra una víctima –evidentemente prefijada– y en contados segundos la devoran y carcomen hasta dejarla en sólo su esqueleto; así, tan súbitos como llegaron, en un instante se dispersan y huyen en todas direcciones. Guay de quien ose estorbarles la fuga: al principio se registraron muchos casos fatales; después, los potenciales imprudentes escarmentaron en cabeza ajena, y ya nadie se opuso a la Corrección.

En fin, no tiene sentido extenderme en estos pormenores; todo el mundo está suficientemente informado por medio del periodismo oral y escrito, y el material fotográfico y fílmico es abundante.

La mayor parte de la gente se halla profundamente preocupada por la Corrección, por sus estragos imprevisibles, por su secuela de muerte y de miedo. Pero la mayor parte de la gente es simple, de escasas luces y carente de poder de reflexión, y su inquietud se limita, meramente, a desear que la Corrección no exista. Desde luego, este deseo no anula la Corrección y, mucho menos, logra averiguar sus causas y su sentido.

El error básico reside en que, absortos por la Corrección, se han olvidado de las víctimas. Durante –digamos– las primeras cien ejecuciones, lo que a mí me quitaba el sueño era la inconcebible existencia de corderos que fueran no sólo carnívoros sino, por añadidura, predadores, y de carne humana. Después advertí que, por perderme en esos detalles, descuidaba lo esencial: la personalidad de las víctimas.

Me di, pues, a hacer averiguaciones sobre la vida de los occisos. Como si fuera un sociólogo, empecé por lo más burdo: por los datos económico-culturales. La estadística resultó inservible: en todos los estratos había víctimas.

Entonces cambié de sistema. Busqué conversación con parientes y allegados, y les tiré un poco de la lengua. Los testimonios fueron variados y, a veces, hasta contradictorios. Pero, ya con harta frecuencia, comencé a oír cierto tipo de frase: "Que en paz descanse el pobre, pero la verdad es que…".

Una intuición casi inequívoca me iluminó. Y, en seguida, me sentí casi por completo seguro de mi embrionaria hipótesis el día en que la Corrección descarnó a mi próspero vecino, el doctor P. R. V., el mismo en cuyo bufete…

El caso de P. R. V. me condujo, de manera absolutamente natural, a la comprensión definitiva del enigma.

Bien. Yo odiaba minuciosamente a Nefario. Pero no querría que este odio contaminara de baja pasión la fría objetividad que deseo para este informe. No obstante, me veo obligado, en aras de la intelección del fenómeno, a permitirme una digresión de carácter personal. Aunque quizás a nadie interese, tal excurso es imprescindible –siempre que se me crea– para admitir o rechazar mi hipótesis sobre las causas y los fines que mueven a la Corrección de los Corderos.

La digresión es ésta. Lo cierto es que el apogeo de la Corrección coincidió con una lúgubre comarca de mi vida. Hostigado por la pobreza, por la desorientación, por la pena, me sentía en lo profundo de un pozo oscuro cuya salida ni siquiera lograba imaginar. Así estaba yo.

A Nefario, en cambio, la vida –como suele decirse– le sonreía. Claro: el único objetivo de su proterva existencia era el dinero. Sólo le importaba eso: ganar dinero, por el dinero mismo, y en ese fin sagrado concentraba todas sus despiadadas energías, sin reparar en medios ni escrúpulos. Innecesario es decir que obtuvo éxito rotundo: Nefario era lo que se llama un triunfador.

Yo –ya lo dije– estaba muy necesitado. Y qué fácil resulta abusarse de quien padece. Nefario –ese buitre codicioso que jamás había leído un libro– era editor. Yo, a falta de otra cosa, realizaba para él traducciones o correcciones: Nefario no sólo me pagaba sumas irrisorias, sino que, además, se solazaba en humillarme con ruegos y demoras.

(La vejación y el fracaso ya eran parte de mi persona, y yo me había resignado a ellos.)

Cuando le entregué mi último trabajo –esa maldita y engorrosa traducción–, Nefario, como tantas otras veces, me dijo:

—Por desgracia, hoy no puedo pagarle. No tengo un centavo.

 

Esto me lo decía en su lujoso despacho, bien vestido, perfumado, sonriente. Y, desde luego, triunfador. Yo consideré mis zapatos agrietados, mi ropa vieja, las urgencias de mi familia, mi agobio de tristezas. Haciendo un esfuerzo, dije:

—¿Y para cuándo cree que…?

—Vamos a hacer una cosa —su aire era optimista y protector, como si tratara de ayudarme—. Este sábado no, porque me voy a hacer una escapadita a las playas de Río de Janeiro. Pero el otro, a eso de las once de la mañana, véngase a mi domicilio particular, que arreglamos la cuentita.

Me estrechó cordialmente la mano y me dio una palmada de aliento y amistad en la espalda.

Quince días pasaron. Junto con el sábado anhelado, llegué yo a la hermosa casa de la calle Once de Septiembre. El verde de los árboles, la fragancia vegetal, el esplendor del cielo y la belleza de ese barrio me hacían sentir más desolado aún.

A las once y cinco oprimí el timbre.

—El señor está descansando —me informó una mucama de guardapolvo azul con lunares blancos.

Vacilé un instante, dije:

—¿Y la señora?

—¿Quién es, Rosa? —se oyó.

—Yo, señora —levanté la voz, aferrándome a aquella posibilidad—. ¿Está el señor Nefario?

Rosa se retiró y fue reemplazada por el rostro, cubierto de cosméticos, de la señora de Nefario. Con grueso tono tabacal, me increpó:

—¿No le han dicho que el señor está descansando?

—Sí, señora, pero como me citó para hoy a las once…

—Bueno, pero está descansando —replicó, de modo inapelable.

—¿No le habrá dejado algo para mí? —pregunté estúpidamente: ¡como si no lo conociera a Nefario!

—No.

—Pero resulta que él me había citado para…

—Le estoy diciendo que no me dejó nada, señor. Haga el favor de no molestar, señor.

Entonces oí una algarabía de balidos y vi que llegaba la Corrección de los Corderos. Me hice a un lado y, para mayor seguridad, me trepé a la verja, si bien mi conciencia me decía que la Corrección no venía en mi busca. Los corderos, como una tromba, irrumpieron en el jardín y, antes de que los últimos entraran en él, ya estaban los primeros en el interior de la casa. En pocos segundos, a la manera de un sumidero, la puerta de Nefario absorbió todos los animales: el jardín quedó hollado; las plantas, destruidas.

Por una ventanita primorosa se asomó la señora Nefario:

—¡Venga, señor, venga! —gimió, con el rostro congestionado y lloroso—. ¡Ayúdenos, señor, por favor!

Movido de alguna curiosidad, entré en la casa. Vi muebles volcados, vi espejos rotos. No vi los corderos.

—¡Están arriba! —me informó la señora Nefario, procurando arrastrarme de un brazo en dirección al peligro—. ¡En nuestro dormitorio! ¡Haga algo, no sea cobarde, pórtese como un hombre!

Supe resistirme con firmeza. Nada más lejos de mis principios y convicciones que pretender oponerme a la Corrección de los Corderos. De lo alto venía un confuso rumor de pezuñas. Las redondas grupas lanudas se agitaban alegremente, acompañando quién sabe qué movimiento de presión contra qué cosa. En una visión fugaz, distinguí a Nefario; fue un segundo: desgreñado y horrorizado, gritó algo e intentó con una silla atacar a los corderos. Pero en seguida se hundió entre las blancas y rizosas lanas, como quien es violentamente succionado por arenas movedizas. Hubo aún un breve tumulto concéntrico y el ruido creciente de mandíbulas que desgarraban y trituraban y, de vez en cuando, el pequeño estrépito de un hueso quebrado. Las primeras maniobras de dispersión me indicaron que los corderos habían concluido su tarea, y un instante después los animalitos iniciaron el raudo descenso por la escalera. Alcancé a ver algunas manchas de sangre en la impoluta albura de sus lanas.

Curiosamente, esa sangre –para mí, un símbolo de afirmación ética– terminó de hacerle perder la cabeza a la señora Nefario. Sin dejar de dirigirme llorosos insultos y de decirme cobarde, se lanzó al living con una gran cuchilla en la mano. Como yo bien sabía qué les ocurre a quienes pretenden entorpecer la Corrección de los Corderos, permanecí en un respetuoso segundo plano, observando el rápido y notable espectáculo de la descarnación e ingestión de la señora Nefario. Después, los cincuenta corderos ganaron la calle Once de Septiembre y, como tantas veces, huyeron hacia todos los rumbos.

Rosa, no sé por qué, parecía un poco impresionada. Le dije unas palabras reconfortantes y, libre ya de odio, me despedí de la muchacha con una sonrisa.

Es verdad: no había logrado, ni lograría, que Nefario me pagara aquella engorrosa y maldita traducción. Sin embargo, el verde de los árboles, la fragancia vegetal, el esplendor del cielo y la belleza de ese barrio me hacían repicar de júbilo el corazón. Cantaba.

Sabía que el oscuro pozo en que me hallaba sumido empezaba a iluminarse con la primera luz de esperanza.

Corrección de los Corderos: muchas gracias.

Fernando Sorrentino nació en Buenos Aires, Argentina, el 8 de noviembre 1942. Es escritor y profesor de literatura argentina. Además de obras de ficción y de periodismo cultural, ha escrito ensayos completos de autores clásicos españoles y argentinos (Don Juan Manuel, Arcipreste de Hita, Juan Ruiz de Alarcón, Mariano José de Larra, José Hernández) y ha editado varias antologías de cuentos de Argentina que han sido publicadas por la editorial Plus Ultra de Buenos Aires, además de haber trabajado en la sección literaria de los diarios La Nación, Clarín, La Opinión, La Prensa, Letras de Buenos Aires y Proa. Su obra narrativa está compuesta, entre otras obras, por los libros de cuentos La regresión zoológica (1969), Imperios y servidumbres (1972 y 1992), El mejor de los mundos posibles (1976), En defensa propia (1982), El rigor de las desdichas (1994), La Corrección de los Corderos y otros cuentos improbables (2002), Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza (2005), El regreso y otros cuentos inquietantes (2005), En defensa propia/El rigor de las desdichas (2005), Costumbres del alcaucil (2008), El crimen de san Alberto (2008), El centro de la telaraña, y otros cuentos de crimen y misterio (2008 y 2014), Paraguas, supersticiones y cocodrilos (2013), Los reyes de la fiesta, y otros cuentos con cierto humor (2015), la novela Sanitarios centenarios (1979, 2000 y 2008), y la novela corta Crónica costumbrista (1992), reeditada en 1996 con el título de Costumbres de los muertos.

 

miércoles, 20 de mayo de 2026

UN DRAMA DE NUESTRO TIEMPO

Fernando Sorrentino

Este episodio ocurrió cuando la juventud y el optimismo eran atributos que me acompañaban.

En el barrio de Las Cañitas y, por la calle Matienzo, corrían las tibiezas de octubre. Serían las once de la mañana y era jueves, el único día de la semana que el horario escolar me dejaba en plenitud para mí: yo era profesor de Lengua y Literatura en más de un colegio secundario, tenía veintisiete años y un ilimitado entusiasmo hacia la imaginación y hacia los libros.

Me hallaba sentado en el balcón, tomando mate y releyendo, después de unos tres lustros, las encantadoras aventuras de Las minas del rey Salomón: noté con alguna tristeza que ya no me gustaban tanto como entonces.

De pronto supe que alguien me estaba mirando.

Alcé la vista. En uno de los balcones del edificio de enfrente, y a la misma altura del mío, sorprendí la presencia de una muchacha. Levanté la mano y le mandé un saludo. Ella me dijo chau con el brazo y abandonó el balcón.

Interesado en las posibles derivaciones, traté de entrever el interior de su departamento, sin ningún resultado.

“Esta no sale más”, me dije, y volví a la lectura. No habría leído diez líneas, cuando reapareció, ahora con anteojos ahumados, y se sentó en una reposera.

Empecé a prodigarme en gestos y ademanes infructuosos. La muchacha leía –o fingía leer– una revista. “Es un ardid”, pensé; “no puede ser que no me vea, y ahora se ha puesto en exposición, para que yo la contemple”. No podía distinguirle bien las facciones, pero sí el cuerpo: alto y delgado; el pelo, lacio y oscuro, le caía a plomo sobre los hombros. En conjunto, me pareció una hermosa muchacha, de unos veinticuatro o veinticinco años.

Abandoné el balcón, fui al dormitorio, la espié a través de la persiana: ella miraba hacia mi casa. Entonces salí corriendo y la sorprendí en esa postura culpable.

La saludé con un ampuloso ademán, que exigía la recíproca. En efecto, me retribuyó el saludo. Después de los saludos, lo normal es iniciar una conversación. Pero, desde luego, no íbamos a gritarnos de vereda a vereda. Entonces efectué con el índice derecho cerca de mi oreja ese movimiento giratorio que, como todo el mundo sabe, significa pedir permiso para llamar por teléfono. Metiendo la cabeza entre los hombros y abriendo manos y brazos, la muchacha me contestó, una y otra vez, que no entendía. ¡Canalla! ¿Cómo no iba a entender?

Entré, desenchufé el teléfono y regresé con él al balcón. Lo exhibí, como un trofeo deportivo, alzándolo con ambas manos sobre la cabeza. “Y, taradita, ¿entendés o no entendés?”. Sí, entendía: el rostro le relampagueó en una sonrisa blanca y me respondió con un gesto afirmativo.

Muy bien: ya tenía autorización para telefonearle. Sólo que ignoraba su número. Era menester preguntárselo mediante mímica.

Recurrí a gestos y ademanes muy complejos. Formular la pregunta resultaba difícil, pero ella sabía perfectamente qué necesitaba conocer yo. Por supuesto, y tal como suelen proceder las mujeres, quería divertirse un poco conmigo.

Jugó hasta donde le fue posible. Y, por último, fingió comprender lo que ya, desde el principio, había entendido sin dudar.

Dibujó con el índice unos jeroglíficos en el aire. Me di cuenta de que ella escribía para su propia lectura y de que me era necesario “decodificar” los rasgos que yo veía como ubicado tras un cristal. Con este método de leer en espejo obtuve las siete cifras que me pondrían en comunicación con la bella vecina de la casa de enfrente.

Yo estaba contentísimo. Enchufé el teléfono y disqué. Al primer ring, levantaron el tubo:

—¡Sííí...! —atronó en mi oído una gruesa voz de hombre.

Sorprendido por esta bifurcación, vacilé un instante.

—¿Quién habla? —agregó el vozarrón, ya con un matiz de cólera y de impaciencia.

—Este... —musité, amedrentado—. ¿Hablo con el 771...?

—¡Más fuerte, señor! —me interrumpió, de modo insoportable—. ¡No se escucha nada, señor! ¿Con quién quiere hablar, señor?

Dijo más fuerte en lugar de más alto, dijo no se escucha en lugar de no se oye, dijo señor con el tono que suele emplearse para decir imbécil. Asustadísimo, balbuceé:

—Este... Con la chica...

—¿Qué chica, señor? ¿De qué chica me está hablando, señor? —en el vozarrón acechaba una amenaza.

¿Cómo explicarle algo a alguien que no quiere entender?

—Este... Con la chica del balcón —mi voz era un hilito de cristal.

Pero no se apiadó. Al contrario, se enfureció más:

—¡No moleste, señor, por favor! ¡Somos gente que trabaja, señor!

Un iracundo clic cortó la comunicación. Azorado, quedé un instante sin fuerzas. Miré el teléfono y lo maldije entre dientes.

Luego califiqué con duros adjetivos a aquella muchacha tonta que no había tenido la precaución de atender ella misma. En seguida pensé que la culpa era mía, por haber llamado tan pronto. De la rapidez con que atendió el hombre del vozarrón, deduje que el aparato estaría al alcance de su mano, acaso sobre su escritorio: por eso había dicho “Somos gente que trabaja”. ¿Y a mí qué? Todo el mundo trabajaba: no había mérito especial en ello. Traté de imaginar a ese individuo, atribuyéndole rasgos odiosos: lo pensé gordo, rojizo, sudoroso, panzón.

Ese hombre estentóreo me había infligido una terminante derrota telefónica. Me sentí un poco deprimido y con deseos de venganza.

Después volví al balcón, resuelto a preguntarle a la muchacha su nombre. No estaba. “Claro”, inferí, optimista, “estará junto al teléfono, esperando con ansiedad mi llamada”.

Con renovados bríos, pero también con temor, marqué los siete números. Oí un ring; oí:

—¡¡¡Sííí...!!!

Aterrorizado, corté la comunicación.

Pensé: “Ese troglodita se permite tiranizarme sólo porque a mí me falta un elemento: el nombre de la persona con quien quiero hablar. Es necesario conseguirlo”.

Después razoné: “En la Guía Verde hay una sección donde es posible encontrar los apellidos de los clientes a partir de sus números de teléfono. Yo no tengo Guía Verde. Las grandes empresas tienen Guía Verde. Los bancos son grandes empresas. Los bancos tienen Guía Verde. Mi amigo Balbón trabaja en un banco. Los bancos abren a las doce”.

Esperé hasta las doce y cinco, y llamé a Balbón:

—Oh, querido amigo Fernando —contestó—, me hallo en extremo regocijado y confortado de oír tu voz...

—Gracias, Balbón. Pero escuchame...

—...tu voz de joven despreocupado y libre de obligaciones, deberes y responsabilidades. Feliz de ti, querido amigo Fernando, que tomas la vida como un devenir afortunado y no permites que ningún hecho exterior enturbie la paz de tu existencia. Feliz de ti...

No tengo cómo probarlo pero ruego ser creído: juro que Balbón existe y que, en efecto, habla así y dice ese tipo de cosas.

Después de adornarme con aquellas imaginarias venturas, se pintó a sí mismo –sin permitirme hablar– como una especie de víctima:

—En cambio, yo, el humilde e ínfimo Balbón, continúo hoy, como lo hice ayer y lo haré mañana, y por todos los siglos de los siglos, arrastrando un gravoso carro de miserias y de tristezas, a través de este pérfido planeta… —Yo había oído miles de veces esa historia. Me distraje un poco esperando que concluyese con sus quejas. De pronto, oí—: He tenido mucho gusto en hablar contigo. Será hasta cualquier momento.

Y cortó la comunicación.

Indignado, al instante volví a llamarlo:

—¡Che, Balbón! —le reproché—. ¿Por qué cortaste?

—Ah —dijo—. ¿Tú querías decirme algo?

—Necesitaría que te fijaras en la Guía Verde a qué apellido corresponde el siguiente número de teléfono...

—Aguarda un instante. Voy a buscar mi estilográfica, pues aborrezco escribir con lápices o biromes.

Me devoraba la impaciencia.

—Ese número —dijo, al cabo de algunos minutos— corresponde a una tal Castellucci, Irma G. de. Castellucci con doble ele y doble ce. Pero, ¿para qué lo quieres?

—Muchas gracias, Balbón. Otro día te explico. Chau.

Ahora sí: yo me hallaba en posesión de un arma poderosa. Marqué el número de la muchacha.

—¡¡¡Sííí...!!! —tronó el cavernícola.

Sin vacilar, con voz sonora y bien modulada, y con cierto tinte perentorio, articulé:

—Por favor, me comunica con la señorita Castellucci.

—¿De parte de quién, señor?

Que pregunten de parte de quién es una costumbre que me irrita. Para desconcertarlo, le dije:

—De parte de Tiberíades Heliogábalo Asoarfasayafi.

—¡Pero, señor! —estalló—. ¡La familia Castellucci hace como cuatro años que no vive más aquí, señor! ¡Siempre están molestando con ese maldito Castellucci, señor!

—Y si no vive más ahí, ¿para qué me preguntó de par...?

En la mitad de la palabra me interrumpió su furioso clic: ni siquiera me había permitido expresar esa mínima protesta ante su despotismo. ¡Ah, pero eso no iba a quedar así!

A toda velocidad, volví a discar:

—¡¡¡Sííí...!!!

Con pronunciación de retardado mental, pregunté:

—¿Habdo co da famidia Castedusi?

—¡Pero no, señor! ¡La familia Castellucci hace más de cinco años que no vive más aquí, señor!

—Ah... Qué suedte: estoy habdando con ed señod Castedusi... ¿Cómo de va, señod Castedusi?

—¡Pero no, señor! ¡Entiéndame, señor! —estaba hecho una dinamita—. ¡La familia Castellucci hace como siete años que no vive más aquí, señor!

—¿Cómo está usté, señod Castedusi? —insistí, cordialmente—. ¿Y su señoda? ¿Y dos pibes? ¿No se acuedda de mí, señod Castedusi?

—¿Pero quién habla, señor? —el monstruo, además de terrible, era curioso.

—Habda Madio, señod Castedusi.

—¿Mario? —repitió, con asco—. ¿Qué Mario?

—Madio, señod Castedusi: Madio, ed que se escuendió en ed admadio.

—¿¡Cómo...!? —no me había entendido bien: yo tenía la boca llena de risa.

—Madio, señod Castedusi, Madio Adbedto.

—¿Mario Alberto? ¿Qué Mario Alberto?

—Madio Adbedto, ed que tiene un ojo bizco y ed otdo tuedto, señod Castedusi.

Aquello fue una especie de bomba atómica:

—¡¡¡Pero no molestés, idiota, haceme el favor!!! ¿¡Por qué no te pegás un tiro, infeliz!?

—Podque no puedo, señod Castedusi. Tengo una puntedía de miedda, señod Castedusi. Da údtima vez que quise pegadme un tido en da cabeza, maté sin queded a un pingüino que estaba en da Antádtida, señod Castedusi.

Hubo un instante de silencio, como si aquel individuo enloquecido de rabia, para no ser fulminado por un infarto, aspirase, en una sola bocanada, todo el oxígeno de la atmósfera terrestre.

Yo, muy atento, esperaba.

Entonces, con el máximo furor y ahogándose en su propia cólera, el vestiglo lanzó sobre mí, a los gritos, esta descarga de artillería pesada, donde cada palabra, impaciente por ser proferida, se tropezaba con las demás:

—¡¡¡¡Pero morite, pedazo de idiota, tarado cerebral, grandísimo repelotudo, parásito, infradotado de mierda, cornudo, inútil, inservible, pajero, reverendo imbécil, sifilítico, blenorrágico, boludo alegre!!!!

—Me siento muy hondado pod sus padabdas, señod Castedusi. Muchas gdacias, señod Castedusi.

Cortó de un golpe violentísimo. Fue una lástima: me habría encantado que siguiera insultándome. Era delicioso imaginar a mi enemigo: rojo, transpirado, mesándose los cabellos y mordiéndose los nudillos, quizá con el aparato telefónico averiado a causa del golpe...

Experimenté algo parecido a la felicidad y ya no me importó no haber podido hablar con la muchacha del balcón.

Fernando Sorrentino nació en Buenos Aires, Argentina, el 8 de noviembre 1942. Es escritor y profesor de literatura argentina. Además de obras de ficción y de periodismo cultural, ha escrito ensayos completos de autores clásicos españoles y argentinos (Don Juan Manuel, Arcipreste de Hita, Juan Ruiz de Alarcón, Mariano José de Larra, José Hernández) y ha editado varias antologías de cuentos de Argentina que han sido publicadas por la editorial Plus Ultra de Buenos Aires, además de haber trabajado en la sección literaria de los diarios La Nación, Clarín, La Opinión, La Prensa, Letras de Buenos Aires y Proa. Su obra narrativa está compuesta, entre otras obras, por los libros de cuentos La regresión zoológica (1969), Imperios y servidumbres (1972 y 1992), El mejor de los mundos posibles (1976), En defensa propia (1982), El rigor de las desdichas (1994), La Corrección de los Corderos y otros cuentos improbables (2002), Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza (2005), El regreso y otros cuentos inquietantes (2005), En defensa propia/El rigor de las desdichas (2005), Costumbres del alcaucil (2008), El crimen de san Alberto (2008), El centro de la telaraña, y otros cuentos de crimen y misterio (2008 y 2014), Paraguas, supersticiones y cocodrilos (2013), Los reyes de la fiesta, y otros cuentos con cierto humor (2015), la novela Sanitarios centenarios (1979, 2000 y 2008), y la novela corta Crónica costumbrista (1992), reeditada en 1996 con el título de Costumbres de los muertos.

miércoles, 8 de abril de 2026

EXISTE UN HOMBRE QUE TIENE LA COSTUMBRE DE PEGARME CON UN PARAGUAS EN LA CABEZA

Fernando Sorrentino


Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza. Justamente hoy se cumplen cinco años desde el día en que empezó a pegarme con el paraguas en la cabeza. En los primeros tiempos no podía soportarlo; ahora estoy habituado.

No sé cómo se llama. Sé que es un hombre común, de traje gris, algo canoso, con un rostro vago. Lo conocí hace cinco años, en una mañana calurosa. Yo estaba leyendo el diario, a la sombra de un árbol, sentado en un banco del bosque de Palermo. De pronto, sentí que algo me tocaba la cabeza. Era este mismo hombre que, ahora, mientras estoy escribiendo, continúa mecánica e indiferentemente pegándome paraguazos.

En aquella oportunidad me di vuelta lleno de indignación: él siguió aplicándome golpes. Le pregunté si estaba loco: ni siquiera pareció oírme. Entonces lo amenacé con llamar a un vigilante: imperturbable y sereno, continuó con su tarea. Después de unos instantes de indecisión y viendo que no desistía de su actitud, me puse de pie y le di un puñetazo en el rostro. El hombre, exhalando un tenue quejido, cayó al suelo. En seguida, y haciendo, al parecer, un gran esfuerzo, se levantó y volvió silenciosamente a pegarme con el paraguas en la cabeza. La nariz le sangraba, y, en ese momento, tuve lástima de ese hombre y sentí remordimientos por haberlo golpeado de esa manera. Porque, en realidad, el hombre no me pegaba lo que se llama paraguazos; más bien me aplicaba unos leves golpes, por completo indoloros. Claro está que esos golpes son infinitamente molestos. Todos sabemos que, cuando una mosca se nos posa en la frente, no sentimos dolor alguno: sentimos fastidio. Pues bien, aquel paraguas era una gigantesca mosca que, a intervalos regulares, se posaba, una y otra vez, en mi cabeza.

Convencido de que me hallaba ante un loco, quise alejarme. Pero el hombre me siguió en silencio, sin dejar de pegarme. Entonces empecé a correr (aquí debo puntualizar que hay pocas personas tan veloces como yo). Él salió en persecución mía, tratando en vano de asestarme algún golpe. Y el hombre jadeaba, jadeaba, jadeaba y resoplaba tanto, que pensé que, si seguía obligándolo a correr así, mi torturador caería muerto allí mismo.

Por eso detuve mi carrera y retomé la marcha. Lo miré. En su rostro no había gratitud ni reproche. Sólo me pegaba con el paraguas en la cabeza. Pensé en presentarme en la comisaría, decir: "Señor oficial, este hombre me está pegando con un paraguas en la cabeza". Sería un caso sin precedentes. El oficial me miraría con suspicacia, me pediría documentos, comenzaría a formularme preguntas embarazosas, tal vez terminaría por detenerme.

Me pareció mejor volver a casa. Tomé el colectivo 67. Él, sin dejar de golpearme, subió detrás de mí. Me senté en el primer asiento. Él se ubicó, de pie, a mi lado: con la mano izquierda se tomaba del pasamanos; con la derecha blandía implacablemente el paraguas. Los pasajeros empezaron por cambiar tímidas sonrisas. El conductor se puso a observarnos por el espejo. Poco a poco fue ganando al pasaje una gran carcajada, una carcajada estruendosa, interminable. Yo, de la vergüenza, estaba hecho un fuego. Mi perseguidor, más allá de las risas, siguió con sus golpes.

Bajé —bajamos— en el puente del Pacífico. Íbamos por la avenida Santa Fe. Todos se daban vuelta estúpidamente para mirarnos. Pensé en decirles: "¿Qué miran, imbéciles? ¿Nunca vieron a un hombre que le pegue a otro con un paraguas en la cabeza?" Pero también pensé que nunca habrían visto tal espectáculo. Cinco o seis chicos empezaron a seguirnos, gritando como energúmenos.

Pero yo tenía un plan. Ya en mi casa, quise cerrarle bruscamente la puerta en las narices. No pude: él, con mano firme, se anticipó, agarró el picaporte, forcejeó un instante y entró conmigo.

Desde entonces, continúa golpeándome con el paraguas en la cabeza. Que yo sepa, jamás durmió ni comió nada. Simplemente se limita a pegarme. Me acompaña en todos mis actos, aun en los más íntimos. Recuerdo que, al principio, los golpes me impedían conciliar el sueño; ahora, creo que, sin ellos, me sería imposible dormir.

Con todo, nuestras relaciones no siempre han sido buenas. Muchas veces le he pedido, en todos los tonos posibles, que me explicara su proceder. Fue inútil: calladamente seguía golpeándome con el paraguas en la cabeza. En muchas ocasiones le he propinado puñetazos, patadas y –Dios me perdone– hasta paraguazos. Él aceptaba los golpes con mansedumbre, los aceptaba como una parte más de su tarea. Y este hecho es justamente lo más alucinante de su personalidad: esa suerte de tranquila convicción en su trabajo, esa carencia de odio. En fin, esa certeza de estar cumpliendo con una misión secreta y superior.

Pese a su falta de necesidades fisiológicas, sé que, cuando lo golpeo, siente dolor, sé que es débil, sé que es mortal. Sé también que un tiro me libraría de él. Lo que ignoro es si el tiro debe matarlo a él o matarme a mí. Tampoco sé si, cuando los dos estemos muertos, no seguirá golpeándome con el paraguas en la cabeza. De todos modos, este razonamiento es inútil: reconozco que no me atrevería a matarlo ni a matarme.

Por otra parte, en los últimos tiempos he comprendido que no podría vivir sin sus golpes. Ahora, cada vez con mayor frecuencia, me hostiga cierto presentimiento. Una nueva angustia me corroe el pecho: la angustia de pensar que, acaso cuando más lo necesite, este hombre se irá y yo ya no sentiré esos suaves paraguazos que me hacían dormir tan profundamente.

Fernando Sorrentino nació en Buenos Aires, Argentina, el 8 de noviembre 1942. Es escritor y profesor de literatura argentina. Además de obras de ficción y de periodismo cultural, ha escrito ensayos completos de autores clásicos españoles y argentinos (Don Juan Manuel, Arcipreste de Hita, Juan Ruiz de Alarcón, Mariano José de Larra, José Hernández) y ha editado varias antologías de cuentos de Argentina que han sido publicadas por la editorial Plus Ultra de Buenos Aires, además de haber trabajado en la sección literaria de los diarios La Nación, Clarín, La Opinión, La Prensa, Letras de Buenos Aires y Proa. Su obra narrativa está compuesta, entre otras obras, por los libros de cuentos La regresión zoológica (1969), Imperios y servidumbres (1972 y 1992), El mejor de los mundos posibles (1976), En defensa propia (1982), El rigor de las desdichas (1994), La Corrección de los Corderos y otros cuentos improbables (2002), Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza (2005), El regreso y otros cuentos inquietantes (2005), En defensa propia/El rigor de las desdichas (2005), Costumbres del alcaucil (2008), El crimen de san Alberto (2008), El centro de la telaraña, y otros cuentos de crimen y misterio (2008 y 2014), Paraguas, supersticiones y cocodrilos (2013), Los reyes de la fiesta, y otros cuentos con cierto humor (2015), la novela Sanitarios centenarios (1979, 2000 y 2008), y la novela corta Crónica costumbrista (1992), reeditada en 1996 con el título de Costumbres de los muertos.

AMERICALUGAR: del 11-S al 9-N