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martes, 29 de septiembre de 2026

UN PROYECTO LUCRATIVO

 Fernando Sorrentino

 

 

1. Fuera de la ley

Cuando me mudé, desde la Reina del Plata hasta la localidad suburbana de Martínez, observé que la mayor parte de las casas mostraban jardín o cochera al frente. Unos cuantos propietarios acostumbraban dejar —conectada a la canilla— la manguera con que regaban el jardín o lavaban el auto.

Circunscribiéndome al cuadrilátero comprendido por las calles Fleming, Dardo Rocha, Carlos Pellegrini y Paraná, ejecuté un cálculo matemático cuyo resultado fue que, en esa área, habría —considerando el habitual margen de error de toda estadística seria— 10.920 mangueras.

Ahora bien: si consideramos que el precio promedio de una manguera de mediana calidad es, en la Argentina, el equivalente de treinta dólares estadounidenses (la inflación me veda formular el cálculo en moneda nacional), obtenemos como resultado que el conjunto de mangueras disponibles en esa zona de Martínez representa una cifra de 327.600 dólares.

Para una persona como yo, docente de literatura jubilado que siempre ha vivido de su escueto salario, los 327.600 dólares desencadenaron mi codicia.

Las mangueras eran muy vulnerables al hurto: bastaría introducirme en el jardín, practicar la desconexión entre manguera y grifo, y apoderarme así de esos futuros tesoros.

Pero no estaba dispuesto a destruir mi reputación de honestidad dándome a conocer, en el vecindario, como vulgar ladrón de mangueras. De modo que cierta noche me encasqueté una gorra cuadriculada que me tapaba hasta las cejas y cubrí mis ojos con un antifaz negro.

Así caracterizado, a la una de la madrugada de un lunes de junio inicié mi actividad de maleante. Debo acotar que, en las noches de invierno, encontrar un transeúnte en las semidesiertas calles de Martínez es casi tan difícil como hallar un bidet en los Estados Unidos. Tal soledad facilitaba mis planes.

Resulta bastante sencillo ingresar en los jardines: en algunas casas están separados de la acera por sólo un muro que no alcanza un metro de altura. En otras basta con empujar la puerta (muchas veces cerrada sin llave). En el caso más complejo es necesario trepar por las verjas, nunca demasiado elevadas (por otra parte, conservo, desde mi infancia, el hábito de escalar árboles o postes del alumbrado público, una suerte de módico alpinismo).

Salí esa noche, pues, a mi calle Juncal y empecé por apoderarme de la manguera de la casa que, a la derecha, es limítrofe con la mía. Continué en dirección a la calle Fray Luis Beltrán y, con la precaución de no incursionar en aquellas viviendas en que un abominable perro profiere el ladrido de alarma, recaudé siete mangueras más, que me colgué en el hombro izquierdo.

Di, en suma, la vuelta a la manzana (Juncal, Beltrán, Córdoba y Pringles) y volví a casa con treinta y dos mangueras, de calidad más o menos similar. Con el fin de no despertar suspicacias, también “robé” mi propia manguera. Las treinta y tres piezas de caza fueron alojadas en el altillo, ático, desván, mansarda o buhardilla de mi casa, habitáculo más conocido con el anglicismo de playroom, apocopado en play.

 

2. El altillo

Sea cual fuere su nombre, mi altillo es descomunal, pues abarca casi la total superficie cubierta de la casa. Como en invierno lo perforan las agujas del frío polar y en verano braman sobre él los fuegos del ecuador, ningún artefacto para aumentar o disminuir la temperatura surte el menor efecto en tan dilatada área. Por tal motivo, en la parte que da a la calle hice levantar una mampara que, llegando desde el suelo hasta el techo, convierte a este sector en una pequeña oficina fácil de caldear y de refrigerar.

En este paraíso dispongo de escritorio, computadora, impresora, escáner, libros, papeles, tijeras, útiles escolares, etcétera. En fin, todo lo necesario para realizar actividades que me agradan: por ejemplo, leer literatura y redactar verídicas historias que, más tarde, lectores descreídos y malintencionados consideran meros ejercicios de ficción.

El espacio que no es oficina triplica con creces el tamaño de aquélla. Allí tengo la biblioteca principal, varios muebles, heladera, microondas, elementos para preparar mate o café, y otros enseres de carácter práctico.

Y —no por dejarlo para el final, menos importante— en ese sector viven mis dos ancianos gatos: Bam Bam —macho siamés de diecisiete años— y Kitty —gata negra y huérfana que, hace dieciocho, recogí de la calle cuando aún conservaba el cordón umbilical—. A pesar de la larguísima convivencia, ambos felinos —castrados— nunca cultivaron amistad alguna y menos aún entablaron romance.

Este excurso geográfico-histórico-zoológico es indispensable para consignar que las treinta y tres mangueras fueron depositadas en la zona mayor donde viven los gatos y no en el rincón menor que destino a oficina.

 

3. Consecuencias y nuevas excursiones

A la mañana siguiente de mi primera piratería varios vecinos de la calle Juncal al 1300 comentaban en las veredas el masivo robo de sus mangueras. Yo, muy preocupado, me uní a esos coloquios, en los que, tras introducir hipótesis erróneas sobre la posible identidad del delincuente, me despedí agregando fuertes anatemas contra el ladronzuelo en cuestión.

Esa misma noche perpetré otra correría, eligiendo en este periplo una manzana relativamente distante, donde no habrían llegado noticias del latrocinio de la víspera: la comprendida por las calles Vélez Sarsfield, Beruti, Santiago del Estero y Necochea. Esta vez mi cosecha fue más rica: pude incautarme de treinta y cinco mangueras.

Merced a esta eficacia, al volver a casa ya acumulaba un total de sesenta y ocho mangueras. Algunas enroscadas, otras extendidas, ocupaban un espacio relativamente amplio en el habitáculo de los felinos.

Prefiero no abundar en detalles aritméticos (y, por lo tanto, aburridores). Baste decir que, un buen día, llegué a tener en el ático 4.937 mangueras. Me hallaba lejos, es cierto, del ideal aproximado de 10.920, pero ya me estaba acercando al cincuenta por ciento de esa cifra. Calculé que, en dinero, esas 4.937 mangueras equivalían a 148.110 dólares.

Entonces una brusca lucidez me hizo advertir que, en las labores de reunir esa cantidad de mangueras, yo había perdido por completo la noción del tiempo insumido. Sin duda excedía el que se computa en meses, pues alcancé a establecer que más de tres inviernos se habían sucedido.

Por otra parte, me hallaba bastante cansado. Las expediciones nocturnas me causaban un gravoso estrés, pues siempre se hallaba latente la posibilidad de ser identificado, arrestado y encarcelado, cuando no asesinado por algún vecino colérico. En consecuencia, decidí tomarme vacaciones sin límite fijo y durante ese lapso abstenerme de cometer delito alguno.

Así lo hice. Durante el día permanecía en mi oficina, leyendo o escribiendo, o, simplemente, entregado a la feliz conjunción de mate e Internet. Cada tanto, echaba una mirada panorámica sobre el conjunto de mis 4.937 mangueras y me sentía orgulloso de poseer, en potencia, un capital de 148.110 dólares.

 

4. Punto de inflexión

El hecho es que, de la noche a la mañana (literalmente), mi vida sufrió un trastorno serio.

Corría el verano, no sé si del año siguiente del siguiente, o del siguiente del siguiente del siguiente. Ese anochecer dejé, en el ático, todo en orden, para continuar con mis trabajos a la mañana siguiente, y me retiré pisando con cuidado entre el bosque de las casi cinco mil mangueras de goma que ocupaban la mayor parte de la superficie del altillo.

No sé si alguna vez dije que poseo el hábito de levantarme temprano. Cuando, a eso de las siete, emprendí el ascenso por la escalera, me sorprendió que ambos gatos me esperasen al pie de la misma, más exactamente donde una puertecita de madera y una cortina de plástico marcan el límite entre el primer piso de la casa y el comienzo de la escalera que conduce al ático. (Esa puertecita y esa cortina constituyen una frontera cuya función es impedir que dichos felinos invadan otros ámbitos de la vivienda.)

Por la razón que fuere, permanecen siempre arriba, pero esa mañana, como dije, los encontré al pie de la escalera, y su actitud me pareció extraña y temerosa. También yo me asusté un poco ante la posibilidad de alguna anomalía ignota: no olvidemos que, en las historias de terror, sótanos, áticos y escaleras de caracol son emblemas obligatorios.

Sin embargo, sobreponiéndome, aunque con pasos trémulos, subí la escalera (que no es de caracol) y, apenas me asomé al altillo, tuve que concretar una serie de acciones urgentes: bajar a toda velocidad, rescatar los gatos, cerrar la puertecita de madera, bajar la cortina de plástico y asegurarla con sus topes contra el piso.

 

5. Policía aristotélica

Tomé el teléfono y llamé al 911.

Al instante me respondió una voz femenina:

—Oficial subinspectora Marioni Ortibelli, Juana Eduarda. ¿En qué puedo ayudarlo?

Procurando no mostrarme nervioso, intenté explicarle:

—Tuve que rescatar los gatos que tenía en el altillo, estaban en peligro de muerte… En el altillo debe haber alrededor de cinco mil pterodáctilos hambrientos…

—¿Teros… qué?

“Ya sabía yo”, me dije, “que una simple oficial de policía nunca habría oído mencionar esa palabra”. Entonces, repetí, con lentitud y con cuidadas sílabas que la harían tomar conciencia de su ignorancia:

—Pte-ro-dác-ti-los.

—¿Pterodáctilos? ¿Qué son pterodáctilos?

Me dispuse a impartirle una lección de ciencias naturales:

—Son reptiles voladores que…

—Imposible, caballero —me interrumpió—: los reptiles no vuelan, sino que reptan, como su mismo nombre lo indica.

—Pero éste —aduje, a modo de argumento decisivo— es un reptil extinguido hace millones de años.

—Doblemente disparatado, señor mío. Si está extinguido, no sólo no puede volar; tampoco puede reptar. Y, si está extinguido, ¿cómo puede estar vivo?

—No tengo la menor idea.

—Evidentemente, mi estimado amigo, usted desconoce la Metafísica de Aristóteles, donde se expone el principio de no contradicción: “Nada”, dice el Estagirita, “puede ser y no ser al mismo tiempo y en el mismo sentido”. Por ende, amable cofrade, no escapará a su elevado criterio que ningún ser puede estar vivo y muerto al mismo tiempo.

Mi refutación resultó muy precaria:

—Eso lo entiendo perfectamente, pero lo cierto es que en el ático de mi casa hay casi cinco mil pterodáctilos que, en este mismo momento, están viviendo, reptando, volando, graznando, gritando y gruñendo, según me lo indican los horripilantes ruidos que ahora mismo taladran mis tímpanos.

Hubo unos instantes de silencio. Luego oí:

—Caballero —su tono era severo—: sé exactamente desde qué teléfono y desde qué domicilio está llamando, y puedo averiguar en seguida su nombre y su apellido. Aquí hay sólo dos posibilidades. Usted puede ser un payaso o un loco. En el primer caso, podríamos arrestarlo por gastar bromas a una repartición pública al servicio de la ley, el orden y la comunidad en su conjunto. En el segundo, tendríamos, por principios humanitarios, el deber de derivarlo a una clínica psiquiátrica o, de modo más drástico y digno de elogio, recluirlo directamente en un manicomio.

—Pero lejos de mi intención…

—Por favor, caballero, en aras de la salud de todos, de la moral y de las buenas costumbres, le ruego que pongamos punto final a este diálogo absurdo.

Asustado, contesté:

—Disculpe, gracias.

Y corté la comunicación.

 

6. Senderos que se bifurcan

Traté de reflexionar. “Esta oficial subinspectora”, razoné, “estará muy versada en cuestiones filosóficas, pero ignora por completo los arcanos de la zoología”. Al expresar esta última palabra, se me representó la solución.

Busqué el número en la guía y llamé al Jardín Zoológico, que, desde hace siglos, se encuentra frente a la plaza Italia.

Tras un solo llamado, oí:

“Gracias por comunicarse con el Jardín Zoológico de Buenos Aires. Si desea hablar con Administración, marque 071; si desea hablar con Enfermedades Infecciosas de las Aves Rapaces, marque 100; si desea solicitar turno para Visita Guiada, marque 421; si desea interiorizarse de las Conductas Sexuales de los Monotremas, marque 762; si desea…”.

Esperé pacientemente que terminara el mensaje de bienvenida, hasta que oí “O espere a ser atendido por la operadora”.

Y, en efecto, me atendió la operadora. Apenas expuse el problema que me aquejaba, me derivó a un interno, desde donde otra voz femenina dijo:

—Doctora Daisy Cubelli Crocodile: ¿en qué puedo ayudarlo?

Para mi alivio, no se asombró del sustantivo pterodáctilo ni interpuso ningún planteo filosófico, sino que me brindó el número del Museo de Ciencias Naturales de Buenos Aires:

—Ahí sabrán cómo evacuar su consulta —agregó.

Le di las merecidas gracias y llamé al Museo:

—Ah —me dijo el recepcionista (en este caso, la voz de un varón joven)—, como se trata de un animal extinguido, le corresponde a la jurisdicción del Museo de Ciencias Naturales de La Plata, cuyo teléfono es…

 

7. El doctor Boitus

Tomé nota de la información y llamé —larga distancia— a La Plata.

La operadora me derivó a la oficina de Plagas Urbanas y de ésta me pasaron a Plagas Urbanas de Vertebrados. Aquí me atendió un caballero que se presentó como el doctor Boitus; antes de permitirme pronunciar una sola palabra, me ordenó que describiera el motivo de mi llamado.

Así lo hice, con loable exactitud, aunque utilizando sinónimos ociosos al referirme al altillo de los pterodáctilos.

Tras una pausa de reflexión, me preguntó:

—¿Cuál es el hábitat donde usted desarrolla sus actividades vitales?

Como la estructura de la interrogación me pareció un poco barroca, quise pasarla en limpio:

—¿Usted me está preguntando dónde vivo?

En su respuesta hubo displicencia:

—Claro está.

Consideré inconducente este dato y, a manera de represalia, le contesté con vaguedad:

—Gran Buenos Aires, zona norte.

—O sea —especificó Boitus—, en algún punto preciso, o impreciso, de la región que las autoridades cartográficas denominan Cono Urbano Bonaerense.

Estimé esta segunda aclaración aún más innecesaria que la primera pregunta y contesté con un monosílabo:

—Sí.

—Por ende —dijo Boitus—, me veo en el deber de poner en su conocimiento que los seres irracionales que han elegido, a modo de hospedería, la superficie cubierta del espacio hogareño que usted denomina ya ático, ya altillo, ya play, no son ni pueden ser pterodáctilos.

El lenguaje alquitarado de Boitus me irritaba sobremanera:

—¿No son pterodáctilos…? —dije, para darle un final a la cuestión—. Y entonces, ¿qué son?

—Son ranforrincos.

—Bueno…, no sé… Me parecieron pterodáctilos…

—Es verdad que ambas especies pueden mostrar ciertas semejanzas morfológicas, de carácter sólo aparente, que, a una persona como usted, desprovisto del mínimo rigor científico y, tal vez, de inteligencia, puedan inducirlo a error. Le ruego que se subordine a mi sapiencia y acepte ser el anfitrión de un conjunto de ranforrincos, y no de pterodáctilos.

Estas informaciones me parecieron impartidas con autoridad, es cierto, pero lo que yo necesitaba saber era qué hacer con los ranforrincos, y así se lo manifesté al doctor Boitus.

—Ante todo —dijo—, será útil establecer el origen de la plaga… Trate de recordar: ¿usted subió algún neumático de automóvil al lugar invadido?

—¿Neumático…? No, creo que jamás en mi vida he tocado un neumático.

—¿Alguna cámara o cubierta de bicicleta…?

—No, no: imposible.

—¿Algún elemento que contenga goma o caucho…?

—Sí, he subido algunas mangueras de regar jardines…

—¡He ahí la clave! —afirmó Boitus—. Procuraré explicarle de manera sencilla, para que usted, dentro de su mentalidad limitada, pueda más o menos comprenderme.

—Adelante. Soy todo oídos.

—Los fragmentos de caucho, al hallarse en ámbitos cerrados, de gran amplitud térmica (frío y calor extremos), sufren una mutación, o más bien una regresión fitozoológica, que los traslada o, mejor dicho, los devuelve al período jurásico, hace ciento cuarenta y cinco millones de años, y los hace reencarnarse en lo que eran entonces: ranforrincos.

En este punto Boitus hizo silencio, con lo que pareció dar por terminado el asunto.

Temiendo cortase la comunicación y realmente alarmado, exclamé:

—¡Doctor Boitus! ¿Me oye…?

—Sí, sí, adelante… ¿Tiene alguna otra preguntita?

—Por favor, doctor Boitus, dígame: ¿qué debo hacer con los casi cinco mil ranforrincos…? —agregué un matiz de desesperación a mi súplica—. Ocupan todo mi ático, no me permiten el acceso a mi oficina, hacen barullo, graznan, sin duda producen toneladas de excrementos y hectolitros de orina, y tal vez kilos y kilos de vómitos…

—Tranquilícese —me aleccionó— y no sea tan ridículo ni tan tremendista. Para todo hay solución, salvo para la muerte. ¿De acuerdo…?

—De acuerdo.

—Entonces le explicaré, y le ruego preste atención, porque no me agradan los discípulos cortos de entendederas ni tampoco tolero verme obligado a repetir conceptos en extremo sencillos.

No supe qué responder.

—Tras esta regresión al período jurásico, los ranforrincos empiezan a languidecer y a sentir un hambre intensa. Son animales exclusivamente carnívoros y, sin duda, habrían terminado por asesinar y devorar a sus dos gatos, por lo que cabe celebrar su decisión de rescatarlos. Sin embargo, los ranforrincos no practican el canibalismo, y entonces, deprimidos y angustiados, comienza en ellos una etapa que podríamos denominar de inapetencia primero, de adelgazamiento más tarde y de raquitismo finalmente, proceso que, tras un lapso de treinta a cuarenta y cinco días, culmina en el retorno de los animales a su esencial estado de caucho. Una vez que los ranforrincos alcanzan este avatar, empiezan también a recuperar su anterior, o posterior, esencia de manguera de jardín. De modo que usted sólo deberá esperar a lo sumo cuarenta y cinco días, y volverá a hallar en perfecto orden sus casi cinco mil mangueras. ¿Me expliqué con claridad y eficacia didáctica…?

—Perfectamente, doctor Boitus, muchas gracias. Pondré en práctica su consejo.

—No sólo es lo mejor que puede hacer —repuso Boitus—. También es lo único.

 

8. Situación actual

Y así lo hice. Seguí al pie de la letra las recomendaciones del doctor Boitus y, en efecto, en el plazo pronosticado de un mes y medio volví a tener mis casi cinco mil mangueras.

Entonces puse, en la verja de mi casa, el siguiente cartel:

 

Vendo mangueras de jardín, a sólo 20 dólares la unidad

 

Pero transcurren los días y aún no he logrado vender ni siquiera una. El ser humano suele solazarse en la calumnia, y no faltarán quienes me tilden de ladrón de mangueras, y por tal motivo no quieran tener el menor contacto conmigo.

En fin, ahí están los cinco millares de mangueras. No veo otra solución que arrojarlas, lo más pronto posible, a un contenedor municipal. Antes de que vuelvan a transformarse en ranforrincos.

Fernando Sorrentino nació en Buenos Aires, Argentina, el 8 de noviembre 1942. Es escritor y profesor de literatura argentina. Además de obras de ficción y de periodismo cultural, ha escrito ensayos completos de autores clásicos españoles y argentinos (Don Juan Manuel, Arcipreste de Hita, Juan Ruiz de Alarcón, Mariano José de Larra, José Hernández) y ha editado varias antologías de cuentos de Argentina que han sido publicadas por la editorial Plus Ultra de Buenos Aires, además de haber trabajado en la sección literaria de los diarios La Nación, Clarín, La Opinión, La Prensa, Letras de Buenos Aires y Proa. Su obra narrativa está compuesta, entre otras obras, por los libros de cuentos La regresión zoológica (1969), Imperios y servidumbres (1972 y 1992), El mejor de los mundos posibles (1976), En defensa propia (1982), El rigor de las desdichas (1994), La Corrección de los Corderos y otros cuentos improbables (2002), Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza (2005), El regreso y otros cuentos inquietantes (2005), En defensa propia/El rigor de las desdichas (2005), Costumbres del alcaucil (2008), El crimen de san Alberto (2008), El centro de la telaraña, y otros cuentos de crimen y misterio (2008 y 2014), Paraguas, supersticiones y cocodrilos (2013), Los reyes de la fiesta, y otros cuentos con cierto humor (2015), la novela Sanitarios centenarios (1979, 2000 y 2008), y la novela corta Crónica costumbrista (1992), reeditada en 1996 con el título de Costumbres de los muertos.

 

 

jueves, 23 de julio de 2026

EL GANSO BROMISTA

Fernando Sorrentino

 

“El ganso bromista” es el título de un cuento de Constancio C. Vigil cuya lectura disfruté en mi infancia, hace muchísimos años… Unas dos décadas más tarde, ciertos sucesos personales me obligaron a recordarlo y, por ese motivo, asigné el mismo título a este episodio autobiográfico que estás leyendo.

Mi interés por la literatura era, y sigue siendo, bastante mayor que mi interés por la educación. En consecuencia, y a modo de simbiosis práctica, decidí estudiar lo suficiente y necesario, y logré recibirme de profesor de Lengua y Literatura.

Por aquella época inaugural, con el fin de ayudar a mis flacos bolsillos de docente me convertí, free-lance, en corrector de pruebas de imprenta de la Editorial Zahorí, especializada en las llamadas “ciencias del hombre” y cuya sede se hallaba en el barrio de San Telmo.

Ningún escrúpulo resulta óbice para autoelogiarme: mi contracción al trabajo, mi conocimiento de la lengua española y mi gusto por incursionar en cuestiones gramaticales o estilísticas, condiciones aunadas a cierto espíritu obsesivamente detallista, me llevaron pronto a ascender a la categoría de editor externo de obras aceptadas para su publicación.

En aquellos años, anteriores a la proliferación de las computadoras, esa labor consistía en leer con sumo cuidado los originales dactilografiados en Underwoods, Remingtons u Olivettis y, mediante lápiz o bolígrafo, ir extirpando los disparates, desatinos o despropósitos semánticos, conceptuales, ortográficos, sintácticos en que suelen incurrir médicos, sociólogos, historiadores, psicoanalistas… (sin excluir profesores de lengua y literatura), y reemplazarlos por los respectivos términos ortodoxos o, al menos, sensatos. Esa tarea me resultaba muy placentera.

No obstante, mi trabajo carecía de la deseada continuidad, pues solían producirse extensas pausas hasta de meses enteros, en que mi pericia no era necesaria en absoluto. Sea como fuere, mis visitas a la editorial, aunque esporádicas, fueron gradualmente familiarizándome con los distintos miembros de la empresa, gente, dicho sea de paso, en general muy simpática y amable.

Por la índole de las tareas, yo trataba casi exclusivamente con una muchacha un poco mayor que yo, la editora en jefe, conocida como la “profe Tita” (modo familiar y afectuoso de referirse a quien, según su DNI, se llamaba Josefina Titorelli); en menor medida, también charlaba de vez en cuando con tres o cuatro chicas a las que espero no ofender si las califico como “editoras de menor cuantía”.

Mis diálogos con Tita se prolongaban, en ocasiones, más de una hora, pues, como no ignoran quienes se desempeñan en el mundo del libro, la edición es tarea en extremo delicada: obliga a obrar con pies de plomo y a no dejar ningún pormenor librado al azar.

Hacia el fondo del amplio salón principal donde Tita y yo afinábamos detalles textuales, y separada por una mampara de madera y vidrio, se hallaba la oficina contable, cuyo jefe era el señor Jeremiasz Schmar. Su rostro anguloso, sus pómulos salientes, su entrecano pelo rubio y totalmente lacio, su piel blanquísima y sus ojos celestes lo declaraban, a simple vista, oriundo de algún país de Europa oriental. Por las razones que fueren, adolecía de un fuerte acento extranjero que, unido a su voz de registro acutísimo, lo singularizaba fácilmente cuando hablaba en español. Tendría unos cuarenta y cinco años.

A veces, don Jeremías (así, con respeto, lo llamaban en la editorial) interrumpía, muy educada y ceremoniosamente, el diálogo entre Tita y yo para tratar alguna cuestión breve relacionada con la disciplina financiera de la empresa. En varios de esos coloquios pude escucharlo con nitidez y en detalle.

Cierta vez manifestó un tímido malhumor hacia el deficiente servicio de transporte público que debía utilizar para trasladarse hasta la editorial.

—Pero ¿cómo? –se extrañó Tita–. Yo tenía entendido que usted venía a pie…

—Eso era antes, cuando yo vivia en Tacuari y avénida Bélgrano. Ahora mudé lejos, pásaje Calíngasta, Villa Santa Rita…

Fui interesándome en la manera que tenía don Jeremías de expresarse en nuestro idioma. Un buen día, no estando él donde pudiera oírme, se me ocurrió decirle a Tita, en voz baja, unas frases en que imitaba la elocución de dicho caballero.

Y hétenos aquí que la profe Tita, contra todo pronóstico y abandonando por un instante su recato y su seriedad habituales (que no le impedían ser sarcástica a menudo), prorrumpió en una estentórea carcajada, tan sonora como discordante en aquel sitio consagrado a producir libros y a difundir cultura.

Desde entonces, y con entusiasta regocijo de Tita, yo solía remedar la extravagante habla de don Jeremías, reproduciendo las eses muy violentas, la confusión entre erres y eres, las vocales más abiertas o más cerradas, los cambios de acentuación o los errores de conjugación.

Me aqueja cierta tendencia a caer en la hipérbole humorística: no tardé demasiado en extender mis imitaciones más allá de Tita. Con la complicidad de Brunelda, la jovencita, bastante excedida de peso, que oficiaba de recepcionista, adopté la costumbre, al llamar por teléfono, de presentarme como si fuera el señor Jeremías.

Nuestros diálogos se desarrollaban en formato y contenido invariables:

Yo (con el habla, muy sobreactuada, del señor Jeremías): —Buenas tardes, ¿me hiciera ústet el fávor de comunícarme con la ámable señórita profésora Tita?

Brunelda (desternillándose de risa): —Sí, cómo no. ¿De parte de quién, señor?

Yo (cortés aunque perentorio): —De parte de séñor Jeremías. ¿Cómo ústet, tras tantos años, no reconocería mi voz?

Brunelda (compungida): —Ay, sí, tiene razón, don Jeremías, discúlpeme. Ya le paso la comunicación a la profe Tita.

La rutina semiteatral entre Brunelda, Tita y yo continuó sin modificación alguna. No constituía la diversión más apasionante del mundo, pero tampoco era desagradable y, por añadidura, introducía algún matiz ligeramente insólito en nuestras relaciones laborales.

Esta situación habrá durado no menos de seis u ocho meses.

En algún momento no pude no notar que el señor Jeremías ya no formaba parte de la constelación de la Editorial Zahorí. Y llegué a temer que ya no se encontrase sobre la faz de la tierra.

Mi inquietud resultó injustificada: Tita me informó que don Jeremías había renunciado a su empleo en la empresa para ahora integrarse al personal de otra compañía comercial, al parecer con el fin de gozar de mejores condiciones salariales.

Sea como fuere, no había ninguna razón para abandonar mi remedo del habla de don Jeremías. Puede pensarse que todo lo excesivo termina por cansar y por aburrir. Pero, en fin, los tres (Tita, Brunelda y yo) nos divertíamos con esas tonterías que no causaban daño a nadie.

Rutina que se interrumpió cuando advino un largo silencio en que dejé de ser convocado: tal vez tres o cuatro meses.

Nos hallábamos a finales de agosto, y un aire gélñido y grisáceo se esparcía sobre Buenos Aires. Atribulado por la idea de que la Editorial Zahorí no estuviera satisfecha con mi desempeño profesional, una tarde cobré valor y llamé por teléfono.

Yo (con el habla del señor Jeremías): —Buenos días, ¿me hiciera ústet el fávor de comunicarme con la ámable señórita profésora Tita?

¿Brunelda?: —¿De parte de quién, señor?

Yo (cortés aunque perentorio): —De parte de séñor Jeremías. ¿Cómo ústet, tras tantos años, no reconocería mi voz?

¿Brunelda?: —No lo entiendo, señor. Discúlpeme, no sé qué quiere decir…

Yo (tomando conciencia de un hecho nuevo): —Pero ¡cómo! ¿No habla yo con señórita Brúnelda?

Recepcionista: —No, señor, lo siento. Brunelda no pertenece más a la empresa. La nueva recepcionista soy yo.

Yo: —¡Carambo! ¡Qué noticia sorprendédora! Y entonces prégunto: ¿cómo llama ústet misma, amable nueva telefonisto?

Recepcionista: —Mi nombre es Amalia.

Yo: —Nombre Amelia, pero ¿cuál apellida?

Recepcionista: —Amelia no: Amalia. Amalia Sortini.

Yo: —¡Oh, Sordini! ¿Quiere decir que ústet es sorda hipoacústica, que no oye palabras o música o ladridos de gatos?

Recepcionista: —Oigo perfectamente, señor. El que no oye es usted: no dije Sordini sino Sortini.

Yo: —¡Ah, Sortini! Lindo apéllido itálico de la buena suerte sortinisca. En visita a Italia yo conoció sábrosas cómidas. En Argéntina acostumbré comer nutrítivas pastas. Yo siempre almuerza sorrentinos noche de lunes, miércoles y jueves. En cambio, martes y dómingo toma sopa y come rabánitos hervidos.

Recepcionista (con tono glacial): —Ya mismo le paso la comunicación con la señora Tita.

Yo: —¡Muchos gracias, yo habla con señórita Tita en séguida!

Resultó, oh fortuna, que Tita estaba justamente a punto de convocarme por un nuevo original para procesar. Y me citó a fin de que lo retirara el día siguiente.

Así, en la recepción, pude conocer a Amalia. El pelo erizado, el rostro triangular muy anguloso y la nariz corva me hicieron pensar en un carancho o, al menos, en un gallo de riña. Contaría unos cuarenta años, era muy delgada, usaba anteojos y mostraba una expresión avinagrada. Resumí estos rasgos como una combinación de antigua empleada del correo y de archivista municipal.

Sin fingirme don Jeremías, le dije que venía a ver a la señora Tita. Amalia anunció mi presencia por el intercomunicador y me invitó a pasar al salón principal.

Tita me informó que Brunelda había concluido su carrera de derecho y que ahora trabajaba en un estudio jurídico. Ufano de mi actuación, le describí el diálogo mantenido el día anterior con la nueva recepcionista, en la seguridad de que aprobaría mi creatividad. Pero no fue así:

—Me parece que no te conviene hacer participar a Amalia en el histrionismo que usabas con Brunelda. El sentido del humor de Amalia es aún inferior al que posee la momia de Tutankamón, y esta chica hasta podría enojarse con vos.

—Muy bien, de acuerdo, acepto tu consejo. Pero quizá alguna vez, cuando yo llame por teléfono, retome la personalidad de don Jeremías.

Gesto dubitativo de Tita:

—No sé, no sé…

Desplegó sobre el escritorio el original al que yo debía conferir una forma legible, y pasó a explicarme las pautas que debería tener en cuenta. Menos erudito que mediático, el autor (cuya identidad no revelaré) era asaz conocido por participar con harta frecuencia en programas televisivos de “divulgación científica”. El libro abarcaba unas ochocientas páginas, y –me previno Tita– abundaba en cuadros sinópticos, tablas estadísticas, interpolaciones de citas en inglés, en francés y en alemán, apellidos y nombres de pila con grafía errónea… Todos los obstáculos y todas las dificultades confluían en la obra, amén de que versaba sobre temas que no revestían para mí el menor interés: una maraña tenebrosa de psicoanálisis, sociología, epistemología, lingüística…

Ejecutar ese trabajo equivalía a cobrar una razonable suma de dinero, de modo que retorné a casa con el libraco en mi cartapacio y con alegría en mi corazón. En quehaceres del intelecto mi límite para interrumpirlos es el primer atisbo de cansancio mental: en cuanto lo percibo, abandono la tarea y la reanudo el día siguiente. Mediante este método suelo avanzar con lentitud, pero lo que pierdo en velocidad lo gano en eficacia y en precisión.

De manera que, sin prisa y con pausas, fui internándome por esa especie de selva oscura redactada en dialecto tan hiperculto como antipático.

Por otra parte –ya lo anticipé–, la parte genuinamente deleitosa de mi existencia discurría por otros senderos. Me encantaba leer narrativa y dejarme llevar, en especial, por las historias con peripecias extrañas o insólitas: como todo lector, tengo mis amores literarios…

Declararé por enésima vez mi ilimitada admiración hacia las fabulaciones de Marco Denevi. Me seducen sus juegos, sus sorpresas, la fluidez de su prosa, su sentido del humor, su imprevisible imaginación. Resulta fácil verificar que con alguna frecuencia recurre al tema de la impostura: personas que terminan siendo otras. Tal ocurre en Rosaura a las diez, en Ceremonia secreta, en Los asesinos de los días de fiesta…

¡Ah, esos cómicos hermanos despiadados que vivían en la calle San Blas…! ¡Qué hermosa novela!

Una mañana septembrina de domingo decidí conocer la calle San Blas. En esa época yo vivía casi en el confín norte de Palermo, Paraguay al 5400. Consulté un plano de Buenos Aires y averigüé cómo alcanzar en bicicleta la calle San Blas: esfuerzo fácilmente accesible para las energías de mis treinta años de aquellos días.

Tomé por la avenida Juan B. Justo hasta llegar a la coordenada necesaria. Tras algunos giros, pude hallarme en la calle de Meneranda, Iluminada, Honorato, Patricio de la Escosura, Anacarsis y Lucrezia… No puedo no confesar que sentía cierta emoción.

Hete aquí que, al llegar al 3300 de San Blas, apareció, perpendicular, el pasaje Calingasta, o sea, ¡recordé de repente!, donde se encuentra el domicilio de don Jeremías. Se me ocurrió, entonces, recorrer el pasaje y comprobé que consta únicamente de una cuadra donde, según me pareció, no hay nada notable.

Una pregunta acudió a mi caletre: ¿en cuál de estas casas se hallará el hogar del antiguo jefe contable de la Editorial Zahorí? Sin embargo (me dije), ¿qué diablos podía importarme esa información? Y entonces una especie de molesto moscardón de incertidumbre empezó a aletearme…

En casa acudí a la letra S de la guía telefónica, donde, ¡aleluya!, figuraban en el pasaje Calingasta el domicilio y el número telefónico del señor Schmar. Ignoro por qué este hallazgo me infundió alegría.

El lunes por la mañana, a primera hora, y sin motivo racional alguno, llamé por teléfono a la Editorial Zahorí:

Yo (con el habla, cada vez más sobreactuada, del señor Jeremías): —Buenos días, señórita Ámalia. Éspero y déseo que se ácuerde de mi persona.

Amalia (con cierto dejo de disgusto): —No sé, señor, ¿quién es usted?

Yo: —Mi nombre es séñor Jeremías Schmar. Aunque ústet no recuerde mi pérsona, yo conozco perfectamente bélleza y simpatia de señórita Ámalia ya que muchas veces he visitado edítorial y pasado frente a recepción.

Amalia (silencio sepulcral).

Yo: —¿Cortó ústet comunicación? ¿No oye ústet mis palabras? ¿No hace favor de respónderme?

Amalia: —Sí, lo oigo, pero no entiendo qué me quiere decir. No sé quién es usted, nunca lo vi, no lo conozco…

Yo: —Pero yo sí conozco a ústet y debo confésarle que estoy enamórado de ústet y quisiera proponerle matrímonio a la brévedad posible.

Amalia (colérica al máximo): —Dígame, ¿usted está loco o qué demonios le pasa? Deje de hacerse el gracioso, señor imbécil, y no me haga perder tiempo con sus bromas de payaso estúpido.

Yo: —Pero, señórito, escúch…

En este punto Amalia cortó la comunicación, descortesía que por cierto me dolió.

Volví a mi tarea.

El hecho fue que, trabajando metódicamente unas tres horas diarias, concluir la tarea de adecentar el mamotreto me insumió casi noventa días. Al cabo de ese tiempo, ya en los calores de noviembre, pude desembarazarme del gravoso incordio y me presenté en la Editorial Zahorí.

En la recepción me sorprendió la presencia de una nueva empleada: una chica muy joven, tal vez de unos dieciocho años, con pelo rubio y pecas anaranjadas.

Ya ante Tita, comenté:

—Veo que hay nueva recepcionista… Parece que Amalia no duró demasiado…

Tita sonrió:

—Es que, mientras vos desapareciste del mapa, hubo notables novedades en nuestro modesto jet set…

Pensé: “Profe Tita, la de Afilada Lengua”. Repliqué, ligeramente irritado:

—No me calumnies: yo no desaparecí de ningún mapa. Me dediqué a luchar contra el libraco perpetrado por don Dificilongo Galimatías…

Nueva sonrisa de Tita, como aprobando mi explicación. Extrajo una cartulina blancuzca de un cajón de su escritorio y me la extendió. Leí:

 

Ha llegado nuestro momento. Nos casamos y nos encantaría compartir con ustedes este día tan especial. La ceremonia tendrá lugar en la Iglesia Santa Rita de Casia, calle Camarones 3443, Buenos Aires, el sábado 23 de octubre a las 21:00.

Los novios saludaremos en el atrio.

Afectuosos saludos,

Jeremiasz Schmar y Amalia Sortini

 

—Qué lástima —dije—. Me habría gustado presenciar la ceremonia. Pero el sábado 23 ya pasó. Veo que me enteré tarde.

—Bueno –se disculpó Tita–, pensé en avisarte por teléfono pero, con tanto ajetreo laboral, me olvidé. Además, no creo que te importara demasiado. 


Este cuento ha sido publicado en el volumen Contra el mar helado de nuestro corazón. Franz Kafka a cien años de su muerte, textos compilados por Gerardo Piña-Rosales y Daniel R. Fernández para la Academia Norteamericana de la Lengua Española.


Fernando Sorrentino nació en Buenos Aires, Argentina, el 8 de noviembre 1942. Es escritor y profesor de literatura argentina. Además de obras de ficción y de periodismo cultural, ha escrito ensayos completos de autores clásicos españoles y argentinos (Don Juan Manuel, Arcipreste de Hita, Juan Ruiz de Alarcón, Mariano José de Larra, José Hernández) y ha editado varias antologías de cuentos de Argentina que han sido publicadas por la editorial Plus Ultra de Buenos Aires, además de haber trabajado en la sección literaria de los diarios La Nación, Clarín, La Opinión, La Prensa, Letras de Buenos Aires y Proa. Su obra narrativa está compuesta, entre otras obras, por los libros de cuentos La regresión zoológica (1969), Imperios y servidumbres (1972 y 1992), El mejor de los mundos posibles (1976), En defensa propia (1982), El rigor de las desdichas (1994), La Corrección de los Corderos y otros cuentos improbables (2002), Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza (2005), El regreso y otros cuentos inquietantes (2005), En defensa propia/El rigor de las desdichas (2005), Costumbres del alcaucil (2008), El crimen de san Alberto (2008), El centro de la telaraña, y otros cuentos de crimen y misterio (2008 y 2014), Paraguas, supersticiones y cocodrilos (2013), Los reyes de la fiesta, y otros cuentos con cierto humor (2015), la novela Sanitarios centenarios (1979, 2000 y 2008), y la novela corta Crónica costumbrista (1992), reeditada en 1996 con el título de Costumbres de los muertos.

miércoles, 24 de junio de 2026

LA CORRECCION DE LOS CORDEROS

Fernando Sorrentino

 

Según noticias de fuentes muy dispares –y siempre fidedignas–, la Corrección de los Corderos suele últimamente aparecer, cada vez con mayor frecuencia, en distintos puntos de Buenos Aires y de las localidades vecinas.

Todas las informaciones coinciden en describir la manera en que se produce el advenimiento de la Corrección: de pronto aparecen, como surgidos de la nada, cincuenta corderos blancos; en seguida acometen contra una víctima –evidentemente prefijada– y en contados segundos la devoran y carcomen hasta dejarla en sólo su esqueleto; así, tan súbitos como llegaron, en un instante se dispersan y huyen en todas direcciones. Guay de quien ose estorbarles la fuga: al principio se registraron muchos casos fatales; después, los potenciales imprudentes escarmentaron en cabeza ajena, y ya nadie se opuso a la Corrección.

En fin, no tiene sentido extenderme en estos pormenores; todo el mundo está suficientemente informado por medio del periodismo oral y escrito, y el material fotográfico y fílmico es abundante.

La mayor parte de la gente se halla profundamente preocupada por la Corrección, por sus estragos imprevisibles, por su secuela de muerte y de miedo. Pero la mayor parte de la gente es simple, de escasas luces y carente de poder de reflexión, y su inquietud se limita, meramente, a desear que la Corrección no exista. Desde luego, este deseo no anula la Corrección y, mucho menos, logra averiguar sus causas y su sentido.

El error básico reside en que, absortos por la Corrección, se han olvidado de las víctimas. Durante –digamos– las primeras cien ejecuciones, lo que a mí me quitaba el sueño era la inconcebible existencia de corderos que fueran no sólo carnívoros sino, por añadidura, predadores, y de carne humana. Después advertí que, por perderme en esos detalles, descuidaba lo esencial: la personalidad de las víctimas.

Me di, pues, a hacer averiguaciones sobre la vida de los occisos. Como si fuera un sociólogo, empecé por lo más burdo: por los datos económico-culturales. La estadística resultó inservible: en todos los estratos había víctimas.

Entonces cambié de sistema. Busqué conversación con parientes y allegados, y les tiré un poco de la lengua. Los testimonios fueron variados y, a veces, hasta contradictorios. Pero, ya con harta frecuencia, comencé a oír cierto tipo de frase: "Que en paz descanse el pobre, pero la verdad es que…".

Una intuición casi inequívoca me iluminó. Y, en seguida, me sentí casi por completo seguro de mi embrionaria hipótesis el día en que la Corrección descarnó a mi próspero vecino, el doctor P. R. V., el mismo en cuyo bufete…

El caso de P. R. V. me condujo, de manera absolutamente natural, a la comprensión definitiva del enigma.

Bien. Yo odiaba minuciosamente a Nefario. Pero no querría que este odio contaminara de baja pasión la fría objetividad que deseo para este informe. No obstante, me veo obligado, en aras de la intelección del fenómeno, a permitirme una digresión de carácter personal. Aunque quizás a nadie interese, tal excurso es imprescindible –siempre que se me crea– para admitir o rechazar mi hipótesis sobre las causas y los fines que mueven a la Corrección de los Corderos.

La digresión es ésta. Lo cierto es que el apogeo de la Corrección coincidió con una lúgubre comarca de mi vida. Hostigado por la pobreza, por la desorientación, por la pena, me sentía en lo profundo de un pozo oscuro cuya salida ni siquiera lograba imaginar. Así estaba yo.

A Nefario, en cambio, la vida –como suele decirse– le sonreía. Claro: el único objetivo de su proterva existencia era el dinero. Sólo le importaba eso: ganar dinero, por el dinero mismo, y en ese fin sagrado concentraba todas sus despiadadas energías, sin reparar en medios ni escrúpulos. Innecesario es decir que obtuvo éxito rotundo: Nefario era lo que se llama un triunfador.

Yo –ya lo dije– estaba muy necesitado. Y qué fácil resulta abusarse de quien padece. Nefario –ese buitre codicioso que jamás había leído un libro– era editor. Yo, a falta de otra cosa, realizaba para él traducciones o correcciones: Nefario no sólo me pagaba sumas irrisorias, sino que, además, se solazaba en humillarme con ruegos y demoras.

(La vejación y el fracaso ya eran parte de mi persona, y yo me había resignado a ellos.)

Cuando le entregué mi último trabajo –esa maldita y engorrosa traducción–, Nefario, como tantas otras veces, me dijo:

—Por desgracia, hoy no puedo pagarle. No tengo un centavo.

 

Esto me lo decía en su lujoso despacho, bien vestido, perfumado, sonriente. Y, desde luego, triunfador. Yo consideré mis zapatos agrietados, mi ropa vieja, las urgencias de mi familia, mi agobio de tristezas. Haciendo un esfuerzo, dije:

—¿Y para cuándo cree que…?

—Vamos a hacer una cosa —su aire era optimista y protector, como si tratara de ayudarme—. Este sábado no, porque me voy a hacer una escapadita a las playas de Río de Janeiro. Pero el otro, a eso de las once de la mañana, véngase a mi domicilio particular, que arreglamos la cuentita.

Me estrechó cordialmente la mano y me dio una palmada de aliento y amistad en la espalda.

Quince días pasaron. Junto con el sábado anhelado, llegué yo a la hermosa casa de la calle Once de Septiembre. El verde de los árboles, la fragancia vegetal, el esplendor del cielo y la belleza de ese barrio me hacían sentir más desolado aún.

A las once y cinco oprimí el timbre.

—El señor está descansando —me informó una mucama de guardapolvo azul con lunares blancos.

Vacilé un instante, dije:

—¿Y la señora?

—¿Quién es, Rosa? —se oyó.

—Yo, señora —levanté la voz, aferrándome a aquella posibilidad—. ¿Está el señor Nefario?

Rosa se retiró y fue reemplazada por el rostro, cubierto de cosméticos, de la señora de Nefario. Con grueso tono tabacal, me increpó:

—¿No le han dicho que el señor está descansando?

—Sí, señora, pero como me citó para hoy a las once…

—Bueno, pero está descansando —replicó, de modo inapelable.

—¿No le habrá dejado algo para mí? —pregunté estúpidamente: ¡como si no lo conociera a Nefario!

—No.

—Pero resulta que él me había citado para…

—Le estoy diciendo que no me dejó nada, señor. Haga el favor de no molestar, señor.

Entonces oí una algarabía de balidos y vi que llegaba la Corrección de los Corderos. Me hice a un lado y, para mayor seguridad, me trepé a la verja, si bien mi conciencia me decía que la Corrección no venía en mi busca. Los corderos, como una tromba, irrumpieron en el jardín y, antes de que los últimos entraran en él, ya estaban los primeros en el interior de la casa. En pocos segundos, a la manera de un sumidero, la puerta de Nefario absorbió todos los animales: el jardín quedó hollado; las plantas, destruidas.

Por una ventanita primorosa se asomó la señora Nefario:

—¡Venga, señor, venga! —gimió, con el rostro congestionado y lloroso—. ¡Ayúdenos, señor, por favor!

Movido de alguna curiosidad, entré en la casa. Vi muebles volcados, vi espejos rotos. No vi los corderos.

—¡Están arriba! —me informó la señora Nefario, procurando arrastrarme de un brazo en dirección al peligro—. ¡En nuestro dormitorio! ¡Haga algo, no sea cobarde, pórtese como un hombre!

Supe resistirme con firmeza. Nada más lejos de mis principios y convicciones que pretender oponerme a la Corrección de los Corderos. De lo alto venía un confuso rumor de pezuñas. Las redondas grupas lanudas se agitaban alegremente, acompañando quién sabe qué movimiento de presión contra qué cosa. En una visión fugaz, distinguí a Nefario; fue un segundo: desgreñado y horrorizado, gritó algo e intentó con una silla atacar a los corderos. Pero en seguida se hundió entre las blancas y rizosas lanas, como quien es violentamente succionado por arenas movedizas. Hubo aún un breve tumulto concéntrico y el ruido creciente de mandíbulas que desgarraban y trituraban y, de vez en cuando, el pequeño estrépito de un hueso quebrado. Las primeras maniobras de dispersión me indicaron que los corderos habían concluido su tarea, y un instante después los animalitos iniciaron el raudo descenso por la escalera. Alcancé a ver algunas manchas de sangre en la impoluta albura de sus lanas.

Curiosamente, esa sangre –para mí, un símbolo de afirmación ética– terminó de hacerle perder la cabeza a la señora Nefario. Sin dejar de dirigirme llorosos insultos y de decirme cobarde, se lanzó al living con una gran cuchilla en la mano. Como yo bien sabía qué les ocurre a quienes pretenden entorpecer la Corrección de los Corderos, permanecí en un respetuoso segundo plano, observando el rápido y notable espectáculo de la descarnación e ingestión de la señora Nefario. Después, los cincuenta corderos ganaron la calle Once de Septiembre y, como tantas veces, huyeron hacia todos los rumbos.

Rosa, no sé por qué, parecía un poco impresionada. Le dije unas palabras reconfortantes y, libre ya de odio, me despedí de la muchacha con una sonrisa.

Es verdad: no había logrado, ni lograría, que Nefario me pagara aquella engorrosa y maldita traducción. Sin embargo, el verde de los árboles, la fragancia vegetal, el esplendor del cielo y la belleza de ese barrio me hacían repicar de júbilo el corazón. Cantaba.

Sabía que el oscuro pozo en que me hallaba sumido empezaba a iluminarse con la primera luz de esperanza.

Corrección de los Corderos: muchas gracias.

Fernando Sorrentino nació en Buenos Aires, Argentina, el 8 de noviembre 1942. Es escritor y profesor de literatura argentina. Además de obras de ficción y de periodismo cultural, ha escrito ensayos completos de autores clásicos españoles y argentinos (Don Juan Manuel, Arcipreste de Hita, Juan Ruiz de Alarcón, Mariano José de Larra, José Hernández) y ha editado varias antologías de cuentos de Argentina que han sido publicadas por la editorial Plus Ultra de Buenos Aires, además de haber trabajado en la sección literaria de los diarios La Nación, Clarín, La Opinión, La Prensa, Letras de Buenos Aires y Proa. Su obra narrativa está compuesta, entre otras obras, por los libros de cuentos La regresión zoológica (1969), Imperios y servidumbres (1972 y 1992), El mejor de los mundos posibles (1976), En defensa propia (1982), El rigor de las desdichas (1994), La Corrección de los Corderos y otros cuentos improbables (2002), Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza (2005), El regreso y otros cuentos inquietantes (2005), En defensa propia/El rigor de las desdichas (2005), Costumbres del alcaucil (2008), El crimen de san Alberto (2008), El centro de la telaraña, y otros cuentos de crimen y misterio (2008 y 2014), Paraguas, supersticiones y cocodrilos (2013), Los reyes de la fiesta, y otros cuentos con cierto humor (2015), la novela Sanitarios centenarios (1979, 2000 y 2008), y la novela corta Crónica costumbrista (1992), reeditada en 1996 con el título de Costumbres de los muertos.

 

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