Carlos Eduardo Sánchez
El recluso Juan Carlos Guanca, alias el
Chino, era un muchacho fornido, de piel oscura y antepasados confusos. En
su cara opaca, y bajo un flequillo de alambres, sobresalían como perlas unos
pequeños ojos rasgados, ladinos y de negrura amenazante.
El Chino había pasado casi la mitad de su corta vida
encerrado. Los periodos en libertad los había aprovechado como podía y mejor
sabía hacerlo: en su extenso prontuario constaban, con reincidencia viciosa,
robos diversos, violaciones y asesinatos.
A pesar de que cumplía una condena
que lo llevaría a envejecer entre rejas, todos sospechaban que comandaba una
banda de peligrosos asaltantes en libertad.
El doctor Rodolfo Niere, descendiente de
inmigrantes alemanes, era propietario de uno de los centros médicos más grandes
y prestigiosos del país. Se jactaba de haber logrado esta posición gracias a su
obstinación y esfuerzo, “sin pedir, ni dar, nada a nadie”.
—Para sobrevivir, estás obligado a
tomar antes que a pedir —aleccionaba a su hijo.
Cuando el indiferente lastre de la
tragedia se desplomó sobre él, la sangre teutona que lo disciplinaba no fue
suficiente. Se hundió en una profunda depresión.
La muerte de su mujer a causa de
una insuficiencia renal –justamente la especialidad médica a la que él se
dedicaba– y después descubrir que la misma enfermedad acechaba, fatídica, a su
único hijo, fue demasiado para él.
El médico empresario, antes activo
y decidido, se transformó, de la noche a la mañana, en un hombre amargado y
abatido.
Preocupado por el dolor de su amigo
de toda la vida, el director de la cárcel provincial, Damián Jailero, le
propuso que, como distracción, colaborara solidariamente en la atención médica
de los convictos. Al principio el doctor Niere ni siquiera consideró la propuesta,
pero luego –en apariencia convencido por su hijo– y para sorpresa de todos,
comenzó a trabajar en una actividad en bien del prójimo, como nunca antes lo
había hecho.
Cuando el Chino
Guanca enfermó, su espíritu
indómito le impidió aceptar la asistencia médica. Pero más tarde, doblegado por
los vómitos y los dolores abdominales, opuso débiles reparos cuando fue
revisado por Niere. Como ya había hecho con muchos otros presos, el médico
llevó al Chino, convenientemente
custodiado, a su clínica para hacerle algunos estudios.
La amabilidad del profesional con
el reo, que tenía la misma edad de su hijo, parecía apaciguar los ánimos
rebeldes del delincuente; pero en realidad, ese ámbito lujoso había avivado en
el Chino las peores inclinaciones. Intuía que en ese lugar debía haber
mucho dinero; y a él, y a sus secuaces, no podía escapárseles semejante
oportunidad. Todos sus sentidos se pusieron en alerta, memorizó cada detalle
del edificio y escuchó con suma atención los comentarios del médico o de sus
colaboradores.
El doctor Niere, después de
exhaustivos análisis, diagnosticó que el recluso tenía cálculos renales y que
debía ser operado para evitar males mayores.
Solo pensar en la posibilidad de
ser cortado con un bisturí, sacaba al Chino de quicio y por eso su
primera reacción fue negarse rotundamente.
El doctor trató de calmarlo
asegurándole que se trataba de una operación con muy pocos riesgos y que la
avanzada tecnología de los quirófanos de la clínica le daba aún mayor
seguridad. Con la sapiencia de los que pueden manejar estas situaciones, dejó
al reo solo en una habitación para que se tranquilizara y pudiera pensarlo
mejor.
La agudeza de su oído le permitió al
Chino escuchar lo que el médico, tras
una puerta, hablaba por teléfono con el director de la cárcel. Le informaba de
la novedad y proponía una fecha para realizar la intervención quirúrgica. Oyó
como Niere dijo que ese día, casualmente, se pagarían los sueldos en la clínica
y que vendría muy bien la custodia policial que acompañaría al preso para
desalentar cualquier intento de robo de la cuantiosa suma de dinero que habría
allí.
—¡Ah, viejo avaro! —exclamó el reo, exultante.
Cuando el doctor retornó a la
habitación, el Chino dijo aceptar la
operación; se ponía en sus manos para cuando quisiera realizarla. Acordaron que
la fecha sería siete días después.
Apenas volvió a su celda, se puso a
planear el golpe. Tenía entre sus compinches a uno de los guardias, quien le
había acercado el teléfono celular con el que ya había dirigido a su pandilla
en numerosos atracos. Envió a dos de sus hombres a los consultorios de la
clínica para que fueran reconociendo el terreno y averiguando cuántas personas
trabajaban en el lugar. Otros matones montaron guardia día y noche en los
alrededores para conocer los movimientos, por si hubiera alguna trampa.
El delincuente estaba decidido a no
huir cuando se produjera el ataque de sus amigos; se quedaría un tiempo más en
la cárcel, donde, en realidad, no la pasaba tan mal. Nadie desconfiaría de él.
Una oscura vanidad lo convencía de que sería el crimen perfecto.
Guanca y Niere ocuparon la semana preparando
al detalle sus respectivas operaciones; ambos estaban ansiosos y sintieron que
esos días parecían tener más de veinticuatro horas.
La noche anterior a la intervención
quirúrgica internaron al presidiario en la clínica. El Chino había logrado
infiltrar a uno de los suyos en la custodia policial.
A poco de amanecer, fueron a
buscarlo a la habitación que el doctor Niere había previsto para él y sus
guardianes. Lo hicieron desnudar, lo cubrieron con una bata descartable y lo
llevaron a una inmensa sala de operaciones, donde un hombre con gorro y barbijo
lo auscultó y le pidió que se tranquilizara. Mientras esto sucedía, los
cómplices tomaban posición en las cercanías del sanatorio; atacarían a las diez
de la mañana, como lo habían planeado. Poco después el Chino sintió, como
último suceso consciente, que le pinchaban un brazo.
Las manos firmes y resueltas de
Niere disfrazaban el temblor que sentía en su alma. Guanca, sin conocimiento, abierto,
e invadido por tubos, cables y paños, no era otra cosa que un recipiente lleno
de palpitantes órganos pastosos. El médico sólo había permitido que
permanecieran en el quirófano, aparte de su paciente y su hijo, tres de sus más
estrechos colaboradores.
El monótono compás de los
sofisticados aparatos, que acompañaban los movimientos de las manos
ensangrentadas del doctor, sólo era interrumpido por las órdenes cortantes del
cirujano a su instrumentista y por un persistente ulular de sirenas lejanas.
Antes de las diez de la mañana, los
bandidos recibieron una llamada del infiltrado en la clínica: les informaba que
el dinero de los sueldos había sido depositado en un banco, donde se pagaría a
los empleados del nosocomio. Les comunicó también que la guardia había sido
reforzada por otros policías ante la sospecha de que Guanca intentara escapar.
Al otro día, cuando el
Chino despertó en la enfermería de la cárcel y su compinche le contó lo que
había sucedido, se sintió estafado; no pudo ni siquiera protestar debido a un
intenso dolor en la espalda.
—Por suerte pudimos suspender el
asalto a tiempo. Podría haber sido una masacre con tantos policías dentro de la
clínica –le explicó el cómplice, tratando de calmarlo, y agregó—: Ahora quedate
tranquilo que por lo menos, según me dijeron, tu operación salió muy bien.
El Chino Guanca, por primera vez en su vida,
sintió un vacío profundo que no pudo explicar. Presentía que algo había
resultado muy mal, pero nunca llegaría a entenderlo del todo.
En la clínica de su padre, el joven
Niere se recuperaba de la exitosa operación de trasplante renal a la que había
sido sometido.
Aunque pocos lo supieron, aquel día hubo un robo en la clínica Niere.
Carlos Eduardo Sánchez, nació en San Miguel de Tucumán, Argentina, el 01 de febrero 1960. En el 2008 obtiene, con el cuento “Robo en la clínica Niere”, el Primer Premio del “Certamen de Narrativa y poesía del IV Mayo de las Letras” organizado por el Ente Cultural de Tucumán, Argentina. En 2009 obtiene un premio con el cuento “Bernabé en París”, en el “Concurso cuentos del noroeste” organizado por la Universidad Nacional de Tucumán, Argentina. En 2023 fue ganador del “X Certamen de microrrelatos “Realidad Ilusoria” de Madrid, España con el microrrelato “Onerosos gustos oníricos”. Cofundador de la revista/libro “A turucuto”. Participó en antologías de cuentos y microficciones de Argentina, México y España. En el año 2022 publicó el libro de cuentos Robo en la clínica Niere y algunos otros engaños.

