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lunes, 16 de febrero de 2026

FUE DURA LA VIDA DEL SEÑOR VALDEZ

Carlos Eduardo Sánchez 


  
                           

 “Mis señores, yo no estoy hecho de piedra. 

Sólo soy un hombre y un hombre es el más frágil de los monumentos” 

                                                                                                (Gary Jennings, libro Azteca)

 

Lo recuerdo como si hubiera sido ayer, fue el 29 de abril de 2027. Hasta ese día por vergüenza me había negado a hacerlo, pero la cotidiana y machacadora perorata de María pudo más que mi bochorno: “no podemos seguir con esta situación”, “soy una mujer joven y no puedo vivir continuamente  insatisfecha”,  “lo que más deseo en el mundo es ser madre”, “si no es con vos será con el primero que se me cruce en la calle”, repetía estos y otros reclamos humillantes. Y así, como la gota horada la piedra, su obstinación hizo quebrar mi resistencia.

Con la esperanza de no ser visto por algún conocido, esa mañana fui muy temprano al hospital a inyectarme la nueva medicina rusa contra la disfunción sexual masculina: Putin Plus. Ya, de entrada, el nombre del producto me inquietaba; a esto se sumaba que no podía sacarme de la cabeza las distintas versiones que corrían de él: se rumoreaba que en la inyección se inoculaba un chip; que producía extrañísimos efectos secundarios, y muchas otras alarmantes sospechas.

En el lugar me atendió una enfermera mal gestada quien me hizo pasar a una pequeña sala. Por cómo me miraba, intuí su pensamiento: “es una vergüenza que un hombre tan joven necesite esta droga”. Pero, bueno, mientras tuve el problema, estas especulaciones persecutorias siempre me acosaron; no sé si eran sólo ideas mías. La cuestión es que cerró la puerta y sin muchas vueltas me hizo bajar los pantalones (el medicamento se inyecta en la ingle). Después me ordenó que me quedara acostado un momento en una camilla por si me causaba algún efecto no deseado. Se fue y como a la media hora volvió, en ese transcurso sentí un calor muy intenso en todo el cuerpo; estaba empapado de transpiración.

Apenas me vio, dijo sonriendo:

Veo que el pinchazo ya dio su primer fruto.

Avergonzado, me levanté como pude; la inyección ya había ocasionado en mí un efecto de endurecimiento y volumen; era muy visible.

De pie, me sorprendí de que la enfermera, que antes me había provocado rechazo, ahora me parecía muy atractiva y sexy. Incitado por un nuevo instinto le guiñé un ojo y la miré provocador; pero la mujer, que debía manejar a diario situaciones parecidas, me sacó de patitas a la calle.

Cuando volví a casa, mi esposa no estaba; la esperé impaciente. Llegó cerca del mediodía; apenas abrió la puerta, la arrastré hacia nuestro dormitorio para demostrarle lo que había desatado en mí el fármaco ruso. No salimos del cuarto hasta el día siguiente. Es difícil describir la alegría reflejada en el rostro de María.

En la madrugada del primero de mayo, como si tuviese un receptor de radio en mi cabeza, escuché en directo el discurso de Vladimir Putin a su pueblo en la Plaza Roja. Por alguna razón extraña no me sorprendió este síntoma insólito. Tampoco me pareció extravagante entender a la perfección el idioma ruso. Estaba tan entusiasmado con los resultados del remedio que no me importaron estas secuelas mínimas; supuse que era una estrategia propagandística que por cierto las consideré muy válidas.

Los alcances del medicamento en mi cuerpo eran extraordinarios; me sentía un toro. Cada vez que lo deseaba, mi miembro lograba una rigidez granítica; superaba cualquier prueba a la que lo sometía una María embelesada. Podía, por ejemplo, soportar cargas pesadísimas sin inmutarse. Ella lo hizo pasar por diferentes pruebas. Llegó, en una oportunidad, a subirse y pararse sobre él. Maravillados vimos como mi órgano pudo soportar su peso a la perfección.

A la distancia pienso que quizás esos días fueron los más felices de nuestro matrimonio. No podíamos imaginar lo que nos deparaba el futuro.

Como era de esperar, al poco tiempo ella quedó encinta, fue una gran alegría; lo anhelábamos desde siempre. Con la primera ecografía, felices nos enteramos de que esperábamos mellizos. Debo reconocer que el embarazo fue muy duro para mí porque mi nueva voracidad sexual no podía ser satisfecha por María. Aunque ella, pobre, se llevaba la peor parte; de forma extraña, sin haber engordado demasiado, duplicó su peso normal lo que la obligó a estar en cama casi todos los meses de gestación.

El día del parto los médicos no me permitieron entrar al quirófano porque, según se justificaron, “había algunas pequeñas complicaciones”. No tuve más remedio que aguardar en una sala de espera. Después de un tiempo interminable escuché el llanto de un bebé que me emocionó hasta las lágrimas. Al rato salió del quirófano una enfermera con mi niño en brazos, me dijo que acababa de ser padre de un varoncito sano y fuerte.

Era un bebote bello, rozagante, que parecía mirarme desde unos ojos enormes.

Cuando le pregunté por el otro bebé, mientras huía de la sala, me contestó:

Ya vendrá el doctor a darle más detalles del parto.

Un poco después apareció el médico obstetra. Con gestos muy teatrales me expresó que había sobrevivido sólo uno de los mellizos y que, por suerte, María estaba en perfectas condiciones de salud. Expuso que este parto había sido un caso muy especial y me pidió paciencia para conocer lo sucedido con el otro bebé, porque era preferible que los científicos estudien en profundidad el fenómeno (recuerdo que usó esa palabra), antes de darme mayor información. Me adelantó, misterioso, que en sus muchos años de carrera nunca había visto algo parecido y agregó, con evidentes intenciones de cambiar de tema:

Señor Valdez, ahora disfrute de su hijo, él es un pequeño roble, sano y muy vivaz.

Ese día llegó Tirso a nuestras vidas. El nombre lo eligió María porque así se llama el niño de un cuento de su escritora preferida, Silvina Ocampo.

La alegría de tener a Tirso nos permitió soportar la pérdida de su melliza (sí, era una nena).

Casi una semana después del parto nos citaron de la morgue del hospital para darnos el cuerpo de nuestra hija.

Cuando llegamos al lugar nos esperaba toda una comitiva de médicos.

Nos hicieron pasar a una sala enorme y muy fría. Allí, sobre una mesa de acero inoxidable y cubierta con una sábana blanca, estaba la hermanita de Tirso.

El director del hospital nos expresó que, según investigaron, a nivel internacional no tenían referencia científica de un hecho semejante.

No entendíamos nada hasta que nos llevaron a ver el cuerpo. Debajo de esa sábana había un bebé perfecto; parecía esculpido en mármol blanco.

Otro médico dijo que nunca antes se había observado un proceso de petrificación de tal magnitud en un organismo. Expresó que todas las ecografías indicaban que cada centímetro del pequeño cuerpo se había transformado, literalmente, en una roca.

Ignoramos el pedido de catedráticos de biología y de otras ciencias de diferentes partes del mundo para quedarse con el cuerpo y nos llevamos nuestra hija a su hogar. En el patio de atrás de casa improvisamos un pequeño altar donde colocamos a la niña de piedra; la llamamos Venus.

Por suerte Tirso iluminaba con alegría nuestra existencia. Era un niño muy despierto y sus mohines hacían la delicia de toda la familia.

Al mes siguiente del parto, María, para nuestra sorpresa, quedó embarazada de nuevo. Por desgracia, a los siete meses tuvo un aborto espontáneo. Como en el caso de la melliza de Tirso, esta criatura también vino al mundo como una pequeña estatua. En esta oportunidad fue un varoncito que llamamos David y fue a ocupar un lugar al lado de Venus.

Para esa época empecé a sospechar que esta extraña situación era causa de haberme inyectado Putin Plus. Intenté investigar sobre la droga pero en la web no pude encontrar algo al respecto. Poco tiempo después, orientado por un amigo conocedor de la cultura rusa, en el buscador Yandex de ese país encontré información.

Al contrario de mis presunciones, el nombre Putin de la medicina rusa no está referido al jefe de estado de esa nación, sino al escultor Nicolay Putin, un pariente lejano del mandatario, famoso por su obra escultórica, pero mucho más conocido por poseer un apetito carnal insaciable sustentado por una legendaria potencia sexual. Antes de su fallecimiento, científicos estudiaron con minuciosidad el cuerpo y el contexto social de Nicolay; éste se había prestado gustoso por el bien de la ciencia y de la felicidad de los hombres de su patria. Los estudiosos advirtieron que el artista a diario aspiraba, mientras trabajaba y sin saberlo, el polvillo de un mármol que hacía traer de Siberia. Descubrieron que la inhalación de estas ínfimas partículas daba al cuerpo y a la mente del artista capacidades únicas. Con este increíble hallazgo y tecnología de última generación, desarrollaron la sustancia contra la impotencia que tanto éxito tiene en el mundo. Aunque es un secreto muy bien guardado, parece ser que Putin Plus contiene nanopartículas del mármol que solamente se halla en lugares recónditos de la Siberia oriental.

Todo lo que averigüé en esa oportunidad, no hacía más que confirmar mi sospecha: era este producto el causante de la anormal circunstancia que estábamos viviendo.

Los embarazos incompletos de María se sucedían uno tras otro, más allá de los cuidados que teníamos en nuestras relaciones, incluso en una total abstinencia. A los siete meses teníamos un nuevo bebé estatua que pasaba a formar parte de nuestra prole petrificada.

Cuando Tirso, nuestro único hijo de carne y hueso, cumplió siete años recibimos la visita de tres personas de la embajada rusa. Nos dijeron que se habían anoticiado de nuestro caso y nos ofrecieron colaborar con la crianza y educación de Tirso y con el mantenimiento de nuestra descendencia de piedra. Propusieron otorgarle a toda la familia la nacionalidad rusa para facilitar los trámites burocráticos. Aceptamos encantados porque nos venía muy bien el aporte.

A partir de ese día nuestra vida cambió radicalmente. Lo primero que hicieron los rusos  fue inyectarle un antídoto a María para impedir embarazos no deseados. Nos compraron una nueva casa, enorme, en las afueras de la ciudad, donde tuvimos lugar para acomodar a los once niños-estatua nacidos hasta ese momento.

Tirso creció con muy buena educación; tiene gran facilidad para los idiomas y una sensibilidad especial para el arte. Desde adolescente tuvo un gran apetito y potencia sexual y, para colmo, mucho éxito con las chicas; a varias dejó embarazadas. Como le había sucedido a su madre, las gestaciones de estas muchachas nunca superaron los siete meses, produciéndose el alumbramiento de bebés estatuas de los que nadie quería hacerse cargo. Esos pequeños nietos de piedra pasaron a ser parte de nuestra multitudinaria familia.

Él, desde muy joven, se transformó en un reconocido escultor. A los quince años ya había expuesto en galerías de arte de Moscú, San Petersburgo y otras ciudades importantes de Europa y América. Yo, que ya me había acostumbrado a escuchar las noticias rusas a través del receptor en mi cabeza, sentía mucho orgullo cuando lo nombraban.

Hoy es un joven exitoso en todos los aspectos de la vida y, en la actualidad, muy famoso. Gracias a sus dotes físicas, recibió una propuesta de productores de Bolywood para hacer cine porno en Bombay; obviamente, él aceptó con mucho entusiasmo.

En el único país donde están prohibidas sus películas es en Estados Unidos porque sospechan que es un agente encubierto de la nueva KGB que envía mensajes subliminales en sus filmes para propagar ideas comunistas. No me consta, pero como es un chico muy inquieto, no me sorprendería que sea cierto.

María y yo cobramos una renta que nos otorgó el gobierno ruso y, a pesar de que hace tiempo estamos separados, juntos hemos realizado exhibiciones de nuestra prole de piedra. Gracias a esta actividad pudimos viajar por distintos lugares del mundo.

Nuestro matrimonio se terminó no por falta de amor;  al menos de mi lado, fue todo lo contrario, pero hace ya algunos años ella me pidió que me fuera de casa porque no podía sostener mis exigencias amorosas. Sin darme opción me dijo que me daba libertad para que yo pudiera satisfacer mis necesidades y que, por favor, la dejara en paz.

Aunque ya soy un hombre bastante mayor, Putin Plus todavía tiene efectos notorios en mí, no tan sólo en el órgano para el que fue diseñado, sino también en el resto de mi cuerpo y mi mente.

Hoy  tomo conciencia de que mi existencia tendrá el inexorable porvenir que se determinó cuando me inyecté esta pócima bendita y perversa a la vez. Desde aquel lejano día vienen sucediendo en mí  ínfimas transformaciones que, ahora acumuladas, se manifiestan con una terca pesadez en todo el organismo. Esta creciente carga está haciendo que mi existencia sea cada día menos soportable.

Hasta llego a sentir cierto alivio cuando me doy cuenta de que el momento de mi aliento final está cada vez más cerca. Claro, aunque (vaya paradoja) también me desvela una chocante sensación: saber que, cuando llegue ese desenlace, parte de mis restos no se degradará como se degrada la carne muerta, sino que se mantendrá inmutable para la eternidad. Perdurará como una vulgar piedra y no como el órgano sensible que alguna vez fue.

Carlos Eduardo Sánchez, nació en San Miguel de Tucumán, Argentina, el 01 de febrero 1960. En el 2008 obtiene, con el cuento “Robo en la clínica Niere”, el Primer Premio del “Certamen de Narrativa y poesía del IV Mayo de las Letras” organizado por el Ente Cultural de Tucumán, Argentina. En 2009 obtiene un premio con el cuento “Bernabé en París”, en el “Concurso cuentos del noroeste” organizado por la Universidad Nacional de Tucumán, Argentina. En 2023 fue ganador del “X Certamen de microrrelatos “Realidad Ilusoria” de Madrid, España con el microrrelato “Onerosos gustos oníricos”.  Cofundador de la revista/libro “A turucuto”. Participó en antologías de cuentos y microficciones de Argentina, México y España. En el año 2022 publicó el libro de cuentos Robo en la clínica Niere y algunos otros engaños.

                                                    

martes, 6 de enero de 2026

ROBO EN LA CLÍNICA NIERE

Carlos Eduardo Sánchez

 

El recluso Juan Carlos Guanca, alias el Chino, era un muchacho fornido, de piel oscura y antepasados confusos. En su cara opaca, y bajo un flequillo de alambres, sobresalían como perlas unos pequeños ojos rasgados, ladinos y de negrura amenazante.

El Chino había pasado casi la mitad de su corta vida encerrado. Los periodos en libertad los había aprovechado como podía y mejor sabía hacerlo: en su extenso prontuario constaban, con reincidencia viciosa, robos diversos, violaciones y asesinatos.

A pesar de que cumplía una condena que lo llevaría a envejecer entre rejas, todos sospechaban que comandaba una banda de peligrosos asaltantes en libertad.

 

El doctor Rodolfo Niere, descendiente de inmigrantes alemanes, era propietario de uno de los centros médicos más grandes y prestigiosos del país. Se jactaba de haber logrado esta posición gracias a su obstinación y esfuerzo, “sin pedir, ni dar, nada a nadie”.

—Para sobrevivir, estás obligado a tomar antes que a pedir —aleccionaba a su hijo.

Cuando el indiferente lastre de la tragedia se desplomó sobre él, la sangre teutona que lo disciplinaba no fue suficiente. Se hundió en una profunda depresión.

La muerte de su mujer a causa de una insuficiencia renal –justamente la especialidad médica a la que él se dedicaba– y después descubrir que la misma enfermedad acechaba, fatídica, a su único hijo, fue demasiado para él.

El médico empresario, antes activo y decidido, se transformó, de la noche a la mañana, en un hombre amargado y abatido.

Preocupado por el dolor de su amigo de toda la vida, el director de la cárcel provincial, Damián Jailero, le propuso que, como distracción, colaborara solidariamente en la atención médica de los convictos. Al principio el doctor Niere ni siquiera consideró la propuesta, pero luego –en apariencia convencido por su hijo– y para sorpresa de todos, comenzó a trabajar en una actividad en bien del prójimo, como nunca antes lo había hecho.

 Cuando el Chino Guanca enfermó, su espíritu indómito le impidió aceptar la asistencia médica. Pero más tarde, doblegado por los vómitos y los dolores abdominales, opuso débiles reparos cuando fue revisado por Niere. Como ya había hecho con muchos otros presos, el médico llevó al Chino, convenientemente custodiado, a su clínica para hacerle algunos estudios.

La amabilidad del profesional con el reo, que tenía la misma edad de su hijo, parecía apaciguar los ánimos rebeldes del delincuente; pero en realidad, ese ámbito lujoso había avivado en el Chino las peores inclinaciones. Intuía que en ese lugar debía haber mucho dinero; y a él, y a sus secuaces, no podía escapárseles semejante oportunidad. Todos sus sentidos se pusieron en alerta, memorizó cada detalle del edificio y escuchó con suma atención los comentarios del médico o de sus colaboradores.

El doctor Niere, después de exhaustivos análisis, diagnosticó que el recluso tenía cálculos renales y que debía ser operado para evitar males mayores.

Solo pensar en la posibilidad de ser cortado con un bisturí, sacaba al Chino de quicio y por eso su primera reacción fue negarse rotundamente.

El doctor trató de calmarlo asegurándole que se trataba de una operación con muy pocos riesgos y que la avanzada tecnología de los quirófanos de la clínica le daba aún mayor seguridad. Con la sapiencia de los que pueden manejar estas situaciones, dejó al reo solo en una habitación para que se tranquilizara y pudiera pensarlo mejor.

La agudeza de su oído le permitió al Chino escuchar lo que el médico, tras una puerta, hablaba por teléfono con el director de la cárcel. Le informaba de la novedad y proponía una fecha para realizar la intervención quirúrgica. Oyó como Niere dijo que ese día, casualmente, se pagarían los sueldos en la clínica y que vendría muy bien la custodia policial que acompañaría al preso para desalentar cualquier intento de robo de la cuantiosa suma de dinero que habría allí.

 —¡Ah, viejo avaro! —exclamó el reo, exultante.

Cuando el doctor retornó a la habitación, el Chino dijo aceptar la operación; se ponía en sus manos para cuando quisiera realizarla. Acordaron que la fecha sería siete días después.

Apenas volvió a su celda, se puso a planear el golpe. Tenía entre sus compinches a uno de los guardias, quien le había acercado el teléfono celular con el que ya había dirigido a su pandilla en numerosos atracos. Envió a dos de sus hombres a los consultorios de la clínica para que fueran reconociendo el terreno y averiguando cuántas personas trabajaban en el lugar. Otros matones montaron guardia día y noche en los alrededores para conocer los movimientos, por si hubiera alguna trampa.

El delincuente estaba decidido a no huir cuando se produjera el ataque de sus amigos; se quedaría un tiempo más en la cárcel, donde, en realidad, no la pasaba tan mal. Nadie desconfiaría de él. Una oscura vanidad lo convencía de que sería el crimen perfecto.

Guanca y Niere ocuparon la semana preparando al detalle sus respectivas operaciones; ambos estaban ansiosos y sintieron que esos días parecían tener más de veinticuatro horas.

La noche anterior a la intervención quirúrgica internaron al presidiario en la clínica. El Chino había logrado infiltrar a uno de los suyos en la custodia policial.

A poco de amanecer, fueron a buscarlo a la habitación que el doctor Niere había previsto para él y sus guardianes. Lo hicieron desnudar, lo cubrieron con una bata descartable y lo llevaron a una inmensa sala de operaciones, donde un hombre con gorro y barbijo lo auscultó y le pidió que se tranquilizara. Mientras esto sucedía, los cómplices tomaban posición en las cercanías del sanatorio; atacarían a las diez de la mañana, como lo habían planeado. Poco después el Chino sintió, como último suceso consciente, que le pinchaban un brazo.

Las manos firmes y resueltas de Niere disfrazaban el temblor que sentía en su alma. Guanca, sin conocimiento, abierto, e invadido por tubos, cables y paños, no era otra cosa que un recipiente lleno de palpitantes órganos pastosos. El médico sólo había permitido que permanecieran en el quirófano, aparte de su paciente y su hijo, tres de sus más estrechos colaboradores.

El monótono compás de los sofisticados aparatos, que acompañaban los movimientos de las manos ensangrentadas del doctor, sólo era interrumpido por las órdenes cortantes del cirujano a su instrumentista y por un persistente ulular de sirenas lejanas.

Antes de las diez de la mañana, los bandidos recibieron una llamada del infiltrado en la clínica: les informaba que el dinero de los sueldos había sido depositado en un banco, donde se pagaría a los empleados del nosocomio. Les comunicó también que la guardia había sido reforzada por otros policías ante la sospecha de que Guanca intentara escapar.

Al otro día, cuando el Chino despertó en la enfermería de la cárcel y su compinche le contó lo que había sucedido, se sintió estafado; no pudo ni siquiera protestar debido a un intenso dolor en la espalda.

—Por suerte pudimos suspender el asalto a tiempo. Podría haber sido una masacre con tantos policías dentro de la clínica –le explicó el cómplice, tratando de calmarlo, y agregó—: Ahora quedate tranquilo que por lo menos, según me dijeron, tu operación salió muy bien.

El Chino Guanca, por primera vez en su vida, sintió un vacío profundo que no pudo explicar. Presentía que algo había resultado muy mal, pero nunca llegaría a entenderlo del todo.

En la clínica de su padre, el joven Niere se recuperaba de la exitosa operación de trasplante renal a la que había sido sometido.

Aunque pocos lo supieron, aquel día hubo un robo en la clínica Niere.

Carlos Eduardo Sánchez, nació en San Miguel de Tucumán, Argentina, el 01 de febrero 1960. En el 2008 obtiene, con el cuento “Robo en la clínica Niere”, el Primer Premio del “Certamen de Narrativa y poesía del IV Mayo de las Letras” organizado por el Ente Cultural de Tucumán, Argentina. En 2009 obtiene un premio con el cuento “Bernabé en París”, en el “Concurso cuentos del noroeste” organizado por la Universidad Nacional de Tucumán, Argentina. En 2023 fue ganador del “X Certamen de microrrelatos “Realidad Ilusoria” de Madrid, España con el microrrelato “Onerosos gustos oníricos”.  Cofundador de la revista/libro “A turucuto”. Participó en antologías de cuentos y microficciones de Argentina, México y España. En el año 2022 publicó el libro de cuentos Robo en la clínica Niere y algunos otros engaños.

sábado, 22 de noviembre de 2025

LA CITA

Carlos Eduardo Sánchez

En serio: si no pueden entregarme el periódico a tiempo, 

¿cómo esperan que me abstenga de matar gente?

Jeff Lindsay, Darkly Dreaming Dexter


Gracias, Patricia, usted también me gusta mucho y, claro, me encantaría volver a verla. Siento que me dará la paz que siempre busqué. Soy un hombre mayor y hace tiempo que estoy solo. Las relaciones sentimentales que tuve durante mi vida casi siempre terminaron trágicamente; ya le contaré.

Como recién nos conocemos y hubo tan linda química entre nosotros, quiero advertirle: quizás lleguen a sus oídos ciertos rumores sobre mi persona que, con seguridad, la intranquilizarían.

Como sabrá, muchas veces la gente suele hablar de más, sin conocer la realidad de los acontecimientos. Estoy al tanto de algunos de esos chismes, dicen que soy un desequilibrado, un asesino, y vaya a saber qué otras barbaridades; todas verdades a medias o directamente mentiras.

Con usted quiero sincerarme, creo que me estoy animando por el buen momento que estamos compartiendo y en especial porque confío en que con su sensibilidad de mujer logrará entender a un hombre diferente. Le voy a confesar algo que no se lo dije a nadie que aún esté con vida: en la intimidad acepto que me tilden de asesino, porque sí, es verdad, lo soy, pero no soy un loco y no tolero que me hayan hecho semejante fama; nadie más que yo conozco las circunstancias de mi vida personal.

Puedo asegurarle que, en el fondo, soy un hombre sencillo, común y corriente, pero también soy una persona que no se siente obligada a pensar con la cabeza de los demás. Espero que comprenda, en mí afloran instintos ancestrales que esta cultura hipócrita y castradora logró reprimir en mis congéneres. Me arriesgo a revelarle que desde muy niño he tenido deseos irrefrenables de matar cualquier ser que se cruzara en mi camino. Esta avidez desde siempre la he sentido en el cuerpo: me nace en las tripas, como gases, ¿vio? Después me sube al pecho, a la garganta y finalmente se aloja en las sienes; es una presión insoportable que sólo cede cuando termino con una vida. Al principio me desahogaba con animales pequeños; mi primera experiencia la hice con el canario de mi abuela. Después, de a poco, fui aumentado el tamaño de mis víctimas (no sé si llamarlas así). Lo hice con gatos, conejos, perros. Llegué a matar un caballo, le garantizo que para mí fue muy reconfortante, pero, por desgracia, esta práctica tenía muchas complicaciones.

Con humanos comencé por casualidad y ya de adulto. Fue el día que perdí los estribos cuando el gerente de un banco me negó el crédito. Usted me dirá que es normal, que es su trabajo; un funcionario de banco puede otorgar o no préstamos. Ya sé, es lo usual en estos usureros, es así, está en lo cierto. Lo que en realidad me hizo hervir la sangre fue cómo me trató el sujeto, que me rechazara como lo hizo. Créame, de haber tenido una ametralladora en ese momento, acribillaba al gerente y a todos los empleados del banco, sin dudarlo. Hubiese hecho como esos locos, ¿vio?, que van a la escuela donde cursaron la primaria y hacen una masacre porque los compañeros se burlaban de ellos cuando eran alumnos del lugar. Fue como una revelación; pude entender a esos pobres individuos.

En aquella oportunidad salí del banco con la cabeza que me explotaba, miraba para todos lados buscando un perro callejero, una paloma, un gorrión, algo, pero, le juro, no había nada. Ahí fue cuando un viejito se me entregó, podría decirse “en bandeja”, al preguntarme la hora. Se imaginará, como era mi primera vez con una persona dudé un poco. Llegué a plantearme que el pobre anciano no tenía nada que ver, pero esa idea paralizante duró sólo un instante. Apenas terminé de concretar el hecho, sentí una paz interior que nunca antes había experimentado.

Esta nueva experiencia avivó mis más recónditos instintos. Evidentemente ese día encontré lo que antes buscaba con prácticas que hoy me parecen simples pasatiempos infantiles.

A los pocos días fui por el gerente del banco. Lo esperé con paciencia a la salida de su trabajo y me extirpé la espina que tenía clavada en el ánimo y que me había envenenado la sangre desde el momento en que me rechazó. La eliminación de este burócrata la consideré un hecho higiénico para la sociedad.

Así fue como abandoné a los infortunados animalitos y me dediqué con adicción a hombres y mujeres con los que por azar me topé en la vida. Acaso le parezca extraño, pero la experiencia con los niños no me pareció del todo satisfactoria, no sé muy bien por qué. Quizás se deba a que no representan un desafío importante, no oponen gran resistencia, ¿vio? Como se estará dando cuenta, este hábito que me domina tiene que ver con la sed de adrenalina que tenemos algunos hombres y que, como le dije, una educación para débiles adormeció o directamente anuló en la mayoría de mis semejantes.

Usted con seguridad se preguntará cómo, en todos estos años, logré zafar de la policía. Le cuento que varias veces estuvieron a punto de descubrirme, pero nunca pudieron probar nada a pesar de que me tienen siempre como un natural sospechoso. De esas sospechas surgen gran parte de las habladurías.

Con el tiempo me fui haciendo muy eficiente en aplacar esta necesidad que me acosa. Mis actos son quirúrgicos y nunca me expongo demasiado; creo que la práctica que tuve en mi niñez y adolescencia con animales me fue muy útil. Esos bichos, podemos decir que fueron verdaderos conejillos de India. Ahora me doy cuenta de que nunca antes había usado esa expresión y me causa mucha gracia: ¡conejillos de india!  Como verá no carezco de sentido del humor. ¿A usted también le parece gracioso?

Le aclaro, todo esto que le detallé se fue moderando con los años; ahora estoy más sensato porque sé lo que me calma y lo administro con inteligencia. En la actualidad, como preventivo y cada tanto, hago lo que tengo que hacer. Eso sí, le quiero dar tranquilidad: siempre es con extraños, porque uno no es un monstruo que va a andar liquidando a personas cercanas. Bueno, debo reconocer que me sucedió un par de veces en el pasado, pero fue a causa de deseos muy muy apremiantes y porque no tenía otras opciones a mano; no fueron para nada actos premeditados.

Habrá notado, Patricia, que, en ésta, nuestra primera cita, he abierto mi corazón ante usted. Quería que conociera por mi propia voz como soy, para que no se deje llevar por rumores malintencionados. Espero que le haya quedado claro que no soy un loco.

¿Le parece bien que nos encontremos mañana a las 10 en este mismo lugar? Deseo verla de nuevo porque estoy seguro de que su presencia será un solaz en mi vida.

Por la expresión en su rostro intuyo que teme que me sienta molesto si me rechazara. Tranquila, tal vez sí llegaría a alterarme un poco, pero, por favor, no se sienta presionada; me calmo enseguida. De todos modos confío en que seré correspondido.

Patricia, se quedó callada. ¿Y esas lágrimas? Ay, mi querida señora, veo que usted es tan sensible como yo; me parece que haremos una hermosa pareja. ¿Usted también lo cree así?

Será, como se suele decir: “hasta que la muerte nos separe”.  

Carlos Eduardo Sánchez, nació en San Miguel de Tucumán, Argentina, el 01 de febrero 1960. En el 2008 obtiene, con el cuento “Robo en la clínica Niere”, el Primer Premio del “Certamen de Narrativa y poesía del IV Mayo de las Letras” organizado por el Ente Cultural de Tucumán, Argentina. En 2009 obtiene un premio con el cuento “Bernabé en París”, en el “Concurso cuentos del noroeste” organizado por la Universidad Nacional de Tucumán, Argentina. En 2023 fue ganador del “X Certamen de microrrelatos “Realidad Ilusoria” de Madrid, España con el microrrelato “Onerosos gustos oníricos”.  Cofundador de la revista/libro “A turucuto”. Participó en antologías de cuentos y microficciones de Argentina, México y España. En el año 2022 publicó el libro de cuentos Robo en la clínica Niere y algunos otros engaños.

 

                                                           

                                                                      

 

             

YO SOY LA ESPERANZA