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martes, 6 de enero de 2026

ROBO EN LA CLÍNICA NIERE

Carlos Eduardo Sánchez

 

El recluso Juan Carlos Guanca, alias el Chino, era un muchacho fornido, de piel oscura y antepasados confusos. En su cara opaca, y bajo un flequillo de alambres, sobresalían como perlas unos pequeños ojos rasgados, ladinos y de negrura amenazante.

El Chino había pasado casi la mitad de su corta vida encerrado. Los periodos en libertad los había aprovechado como podía y mejor sabía hacerlo: en su extenso prontuario constaban, con reincidencia viciosa, robos diversos, violaciones y asesinatos.

A pesar de que cumplía una condena que lo llevaría a envejecer entre rejas, todos sospechaban que comandaba una banda de peligrosos asaltantes en libertad.

 

El doctor Rodolfo Niere, descendiente de inmigrantes alemanes, era propietario de uno de los centros médicos más grandes y prestigiosos del país. Se jactaba de haber logrado esta posición gracias a su obstinación y esfuerzo, “sin pedir, ni dar, nada a nadie”.

—Para sobrevivir, estás obligado a tomar antes que a pedir —aleccionaba a su hijo.

Cuando el indiferente lastre de la tragedia se desplomó sobre él, la sangre teutona que lo disciplinaba no fue suficiente. Se hundió en una profunda depresión.

La muerte de su mujer a causa de una insuficiencia renal –justamente la especialidad médica a la que él se dedicaba– y después descubrir que la misma enfermedad acechaba, fatídica, a su único hijo, fue demasiado para él.

El médico empresario, antes activo y decidido, se transformó, de la noche a la mañana, en un hombre amargado y abatido.

Preocupado por el dolor de su amigo de toda la vida, el director de la cárcel provincial, Damián Jailero, le propuso que, como distracción, colaborara solidariamente en la atención médica de los convictos. Al principio el doctor Niere ni siquiera consideró la propuesta, pero luego –en apariencia convencido por su hijo– y para sorpresa de todos, comenzó a trabajar en una actividad en bien del prójimo, como nunca antes lo había hecho.

 Cuando el Chino Guanca enfermó, su espíritu indómito le impidió aceptar la asistencia médica. Pero más tarde, doblegado por los vómitos y los dolores abdominales, opuso débiles reparos cuando fue revisado por Niere. Como ya había hecho con muchos otros presos, el médico llevó al Chino, convenientemente custodiado, a su clínica para hacerle algunos estudios.

La amabilidad del profesional con el reo, que tenía la misma edad de su hijo, parecía apaciguar los ánimos rebeldes del delincuente; pero en realidad, ese ámbito lujoso había avivado en el Chino las peores inclinaciones. Intuía que en ese lugar debía haber mucho dinero; y a él, y a sus secuaces, no podía escapárseles semejante oportunidad. Todos sus sentidos se pusieron en alerta, memorizó cada detalle del edificio y escuchó con suma atención los comentarios del médico o de sus colaboradores.

El doctor Niere, después de exhaustivos análisis, diagnosticó que el recluso tenía cálculos renales y que debía ser operado para evitar males mayores.

Solo pensar en la posibilidad de ser cortado con un bisturí, sacaba al Chino de quicio y por eso su primera reacción fue negarse rotundamente.

El doctor trató de calmarlo asegurándole que se trataba de una operación con muy pocos riesgos y que la avanzada tecnología de los quirófanos de la clínica le daba aún mayor seguridad. Con la sapiencia de los que pueden manejar estas situaciones, dejó al reo solo en una habitación para que se tranquilizara y pudiera pensarlo mejor.

La agudeza de su oído le permitió al Chino escuchar lo que el médico, tras una puerta, hablaba por teléfono con el director de la cárcel. Le informaba de la novedad y proponía una fecha para realizar la intervención quirúrgica. Oyó como Niere dijo que ese día, casualmente, se pagarían los sueldos en la clínica y que vendría muy bien la custodia policial que acompañaría al preso para desalentar cualquier intento de robo de la cuantiosa suma de dinero que habría allí.

 —¡Ah, viejo avaro! —exclamó el reo, exultante.

Cuando el doctor retornó a la habitación, el Chino dijo aceptar la operación; se ponía en sus manos para cuando quisiera realizarla. Acordaron que la fecha sería siete días después.

Apenas volvió a su celda, se puso a planear el golpe. Tenía entre sus compinches a uno de los guardias, quien le había acercado el teléfono celular con el que ya había dirigido a su pandilla en numerosos atracos. Envió a dos de sus hombres a los consultorios de la clínica para que fueran reconociendo el terreno y averiguando cuántas personas trabajaban en el lugar. Otros matones montaron guardia día y noche en los alrededores para conocer los movimientos, por si hubiera alguna trampa.

El delincuente estaba decidido a no huir cuando se produjera el ataque de sus amigos; se quedaría un tiempo más en la cárcel, donde, en realidad, no la pasaba tan mal. Nadie desconfiaría de él. Una oscura vanidad lo convencía de que sería el crimen perfecto.

Guanca y Niere ocuparon la semana preparando al detalle sus respectivas operaciones; ambos estaban ansiosos y sintieron que esos días parecían tener más de veinticuatro horas.

La noche anterior a la intervención quirúrgica internaron al presidiario en la clínica. El Chino había logrado infiltrar a uno de los suyos en la custodia policial.

A poco de amanecer, fueron a buscarlo a la habitación que el doctor Niere había previsto para él y sus guardianes. Lo hicieron desnudar, lo cubrieron con una bata descartable y lo llevaron a una inmensa sala de operaciones, donde un hombre con gorro y barbijo lo auscultó y le pidió que se tranquilizara. Mientras esto sucedía, los cómplices tomaban posición en las cercanías del sanatorio; atacarían a las diez de la mañana, como lo habían planeado. Poco después el Chino sintió, como último suceso consciente, que le pinchaban un brazo.

Las manos firmes y resueltas de Niere disfrazaban el temblor que sentía en su alma. Guanca, sin conocimiento, abierto, e invadido por tubos, cables y paños, no era otra cosa que un recipiente lleno de palpitantes órganos pastosos. El médico sólo había permitido que permanecieran en el quirófano, aparte de su paciente y su hijo, tres de sus más estrechos colaboradores.

El monótono compás de los sofisticados aparatos, que acompañaban los movimientos de las manos ensangrentadas del doctor, sólo era interrumpido por las órdenes cortantes del cirujano a su instrumentista y por un persistente ulular de sirenas lejanas.

Antes de las diez de la mañana, los bandidos recibieron una llamada del infiltrado en la clínica: les informaba que el dinero de los sueldos había sido depositado en un banco, donde se pagaría a los empleados del nosocomio. Les comunicó también que la guardia había sido reforzada por otros policías ante la sospecha de que Guanca intentara escapar.

Al otro día, cuando el Chino despertó en la enfermería de la cárcel y su compinche le contó lo que había sucedido, se sintió estafado; no pudo ni siquiera protestar debido a un intenso dolor en la espalda.

—Por suerte pudimos suspender el asalto a tiempo. Podría haber sido una masacre con tantos policías dentro de la clínica –le explicó el cómplice, tratando de calmarlo, y agregó—: Ahora quedate tranquilo que por lo menos, según me dijeron, tu operación salió muy bien.

El Chino Guanca, por primera vez en su vida, sintió un vacío profundo que no pudo explicar. Presentía que algo había resultado muy mal, pero nunca llegaría a entenderlo del todo.

En la clínica de su padre, el joven Niere se recuperaba de la exitosa operación de trasplante renal a la que había sido sometido.

Aunque pocos lo supieron, aquel día hubo un robo en la clínica Niere.

Carlos Eduardo Sánchez, nació en San Miguel de Tucumán, Argentina, el 01 de febrero 1960. En el 2008 obtiene, con el cuento “Robo en la clínica Niere”, el Primer Premio del “Certamen de Narrativa y poesía del IV Mayo de las Letras” organizado por el Ente Cultural de Tucumán, Argentina. En 2009 obtiene un premio con el cuento “Bernabé en París”, en el “Concurso cuentos del noroeste” organizado por la Universidad Nacional de Tucumán, Argentina. En 2023 fue ganador del “X Certamen de microrrelatos “Realidad Ilusoria” de Madrid, España con el microrrelato “Onerosos gustos oníricos”.  Cofundador de la revista/libro “A turucuto”. Participó en antologías de cuentos y microficciones de Argentina, México y España. En el año 2022 publicó el libro de cuentos Robo en la clínica Niere y algunos otros engaños.

sábado, 22 de noviembre de 2025

LA CITA

Carlos Eduardo Sánchez

En serio: si no pueden entregarme el periódico a tiempo, 

¿cómo esperan que me abstenga de matar gente?

Jeff Lindsay, Darkly Dreaming Dexter


Gracias, Patricia, usted también me gusta mucho y, claro, me encantaría volver a verla. Siento que me dará la paz que siempre busqué. Soy un hombre mayor y hace tiempo que estoy solo. Las relaciones sentimentales que tuve durante mi vida casi siempre terminaron trágicamente; ya le contaré.

Como recién nos conocemos y hubo tan linda química entre nosotros, quiero advertirle: quizás lleguen a sus oídos ciertos rumores sobre mi persona que, con seguridad, la intranquilizarían.

Como sabrá, muchas veces la gente suele hablar de más, sin conocer la realidad de los acontecimientos. Estoy al tanto de algunos de esos chismes, dicen que soy un desequilibrado, un asesino, y vaya a saber qué otras barbaridades; todas verdades a medias o directamente mentiras.

Con usted quiero sincerarme, creo que me estoy animando por el buen momento que estamos compartiendo y en especial porque confío en que con su sensibilidad de mujer logrará entender a un hombre diferente. Le voy a confesar algo que no se lo dije a nadie que aún esté con vida: en la intimidad acepto que me tilden de asesino, porque sí, es verdad, lo soy, pero no soy un loco y no tolero que me hayan hecho semejante fama; nadie más que yo conozco las circunstancias de mi vida personal.

Puedo asegurarle que, en el fondo, soy un hombre sencillo, común y corriente, pero también soy una persona que no se siente obligada a pensar con la cabeza de los demás. Espero que comprenda, en mí afloran instintos ancestrales que esta cultura hipócrita y castradora logró reprimir en mis congéneres. Me arriesgo a revelarle que desde muy niño he tenido deseos irrefrenables de matar cualquier ser que se cruzara en mi camino. Esta avidez desde siempre la he sentido en el cuerpo: me nace en las tripas, como gases, ¿vio? Después me sube al pecho, a la garganta y finalmente se aloja en las sienes; es una presión insoportable que sólo cede cuando termino con una vida. Al principio me desahogaba con animales pequeños; mi primera experiencia la hice con el canario de mi abuela. Después, de a poco, fui aumentado el tamaño de mis víctimas (no sé si llamarlas así). Lo hice con gatos, conejos, perros. Llegué a matar un caballo, le garantizo que para mí fue muy reconfortante, pero, por desgracia, esta práctica tenía muchas complicaciones.

Con humanos comencé por casualidad y ya de adulto. Fue el día que perdí los estribos cuando el gerente de un banco me negó el crédito. Usted me dirá que es normal, que es su trabajo; un funcionario de banco puede otorgar o no préstamos. Ya sé, es lo usual en estos usureros, es así, está en lo cierto. Lo que en realidad me hizo hervir la sangre fue cómo me trató el sujeto, que me rechazara como lo hizo. Créame, de haber tenido una ametralladora en ese momento, acribillaba al gerente y a todos los empleados del banco, sin dudarlo. Hubiese hecho como esos locos, ¿vio?, que van a la escuela donde cursaron la primaria y hacen una masacre porque los compañeros se burlaban de ellos cuando eran alumnos del lugar. Fue como una revelación; pude entender a esos pobres individuos.

En aquella oportunidad salí del banco con la cabeza que me explotaba, miraba para todos lados buscando un perro callejero, una paloma, un gorrión, algo, pero, le juro, no había nada. Ahí fue cuando un viejito se me entregó, podría decirse “en bandeja”, al preguntarme la hora. Se imaginará, como era mi primera vez con una persona dudé un poco. Llegué a plantearme que el pobre anciano no tenía nada que ver, pero esa idea paralizante duró sólo un instante. Apenas terminé de concretar el hecho, sentí una paz interior que nunca antes había experimentado.

Esta nueva experiencia avivó mis más recónditos instintos. Evidentemente ese día encontré lo que antes buscaba con prácticas que hoy me parecen simples pasatiempos infantiles.

A los pocos días fui por el gerente del banco. Lo esperé con paciencia a la salida de su trabajo y me extirpé la espina que tenía clavada en el ánimo y que me había envenenado la sangre desde el momento en que me rechazó. La eliminación de este burócrata la consideré un hecho higiénico para la sociedad.

Así fue como abandoné a los infortunados animalitos y me dediqué con adicción a hombres y mujeres con los que por azar me topé en la vida. Acaso le parezca extraño, pero la experiencia con los niños no me pareció del todo satisfactoria, no sé muy bien por qué. Quizás se deba a que no representan un desafío importante, no oponen gran resistencia, ¿vio? Como se estará dando cuenta, este hábito que me domina tiene que ver con la sed de adrenalina que tenemos algunos hombres y que, como le dije, una educación para débiles adormeció o directamente anuló en la mayoría de mis semejantes.

Usted con seguridad se preguntará cómo, en todos estos años, logré zafar de la policía. Le cuento que varias veces estuvieron a punto de descubrirme, pero nunca pudieron probar nada a pesar de que me tienen siempre como un natural sospechoso. De esas sospechas surgen gran parte de las habladurías.

Con el tiempo me fui haciendo muy eficiente en aplacar esta necesidad que me acosa. Mis actos son quirúrgicos y nunca me expongo demasiado; creo que la práctica que tuve en mi niñez y adolescencia con animales me fue muy útil. Esos bichos, podemos decir que fueron verdaderos conejillos de India. Ahora me doy cuenta de que nunca antes había usado esa expresión y me causa mucha gracia: ¡conejillos de india!  Como verá no carezco de sentido del humor. ¿A usted también le parece gracioso?

Le aclaro, todo esto que le detallé se fue moderando con los años; ahora estoy más sensato porque sé lo que me calma y lo administro con inteligencia. En la actualidad, como preventivo y cada tanto, hago lo que tengo que hacer. Eso sí, le quiero dar tranquilidad: siempre es con extraños, porque uno no es un monstruo que va a andar liquidando a personas cercanas. Bueno, debo reconocer que me sucedió un par de veces en el pasado, pero fue a causa de deseos muy muy apremiantes y porque no tenía otras opciones a mano; no fueron para nada actos premeditados.

Habrá notado, Patricia, que, en ésta, nuestra primera cita, he abierto mi corazón ante usted. Quería que conociera por mi propia voz como soy, para que no se deje llevar por rumores malintencionados. Espero que le haya quedado claro que no soy un loco.

¿Le parece bien que nos encontremos mañana a las 10 en este mismo lugar? Deseo verla de nuevo porque estoy seguro de que su presencia será un solaz en mi vida.

Por la expresión en su rostro intuyo que teme que me sienta molesto si me rechazara. Tranquila, tal vez sí llegaría a alterarme un poco, pero, por favor, no se sienta presionada; me calmo enseguida. De todos modos confío en que seré correspondido.

Patricia, se quedó callada. ¿Y esas lágrimas? Ay, mi querida señora, veo que usted es tan sensible como yo; me parece que haremos una hermosa pareja. ¿Usted también lo cree así?

Será, como se suele decir: “hasta que la muerte nos separe”.  

Carlos Eduardo Sánchez, nació en San Miguel de Tucumán, Argentina, el 01 de febrero 1960. En el 2008 obtiene, con el cuento “Robo en la clínica Niere”, el Primer Premio del “Certamen de Narrativa y poesía del IV Mayo de las Letras” organizado por el Ente Cultural de Tucumán, Argentina. En 2009 obtiene un premio con el cuento “Bernabé en París”, en el “Concurso cuentos del noroeste” organizado por la Universidad Nacional de Tucumán, Argentina. En 2023 fue ganador del “X Certamen de microrrelatos “Realidad Ilusoria” de Madrid, España con el microrrelato “Onerosos gustos oníricos”.  Cofundador de la revista/libro “A turucuto”. Participó en antologías de cuentos y microficciones de Argentina, México y España. En el año 2022 publicó el libro de cuentos Robo en la clínica Niere y algunos otros engaños.

 

                                                           

                                                                      

 

             

TRES VENTANAS