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miércoles, 18 de febrero de 2026

EL BAILARÍN Y EL PERRO

Boris Mišić

 

Por un instante pensé que lo lograría. Alcancé el puente y, del otro lado del río, me aguardaba la seguridad. Cuatro de mis guardias ya habían llegado. A pesar de la distancia, reconocí sus rostros: Ark, Dani, Astor, Luk. Guerreros experimentados, curtidos en incontables batallas. Sus poderosos corceles negros nos llevarían con rapidez a la seguridad de la Pustara.

Me detuve, cuidando de no perder de vista a los tres asesinos del rey que se me acercaban lentamente. Los evaluaba por sus movimientos: en apariencia relajados, pero cautelosos, con un andar casi inaudible, como grandes felinos. Se distribuían en círculo, procurando que en ningún momento los tres estuvieran al alcance de mi espada. Sabían con quién se enfrentaban. No retrocedieron ni siquiera cuando vieron a los guardias.

Sentí el cambio incluso antes de sacar la espada de la vaina. Como si una gran sombra hubiera caído sobre el puente. Sobre el mundo. No sabía con certeza si el viento de la Pustara había llevado su olor hasta mis fosas nasales, o si simplemente nos habíamos sentido el uno al otro, como las bestias siempre se detectan entre sí. Mientras los hombres del rey me rodeaban, lancé una mirada furtiva al otro lado del puente.

El Perro había llegado.

Era una mole gigantesca, tan grande como un elefante, de piel negra y áspera, bajo la cual ondulaban innumerables músculos. Sus mandíbulas estaban erizadas de filas de dientes que perforaban y desgarraban la carne con mayor precisión que cualquier cuchillo o espada. El Perro tenía un solo ojo enorme, del que brotaba una pasión asesina y ancestral. Aquel ojo irradiaba inteligencia; en sus profundidades vi los corredores del tiempo. Sabía cuán antiguo era el Perro, sabía que había caminado solo por la Pustara bajo las estrellas frías, mucho antes de la aparición de los hombres.

Casi al mismo tiempo, como si nos leyéramos la mente, nos movimos, el Perro y yo.

Uno de los hombres del rey arremetió furioso contra mí. Retrocedí, aparentando ceder ante su ímpetu. Todo en el combate está en la mente. Brazos, piernas, espadas: son solo herramientas. La clave del éxito es la cabeza. Leer las intenciones del adversario; ocultar las propias.

Mientras retrocedía, el segundo asesino se me acercaba en silencio. Vi el destello de satisfacción en su rostro: estaba exactamente donde él quería que estuviera. Le leí el pensamiento en la cara; en uno o dos segundos me atravesaría con la espada.

De pronto me dejé caer en una media cuclillas. Sentí cómo la hoja silbaba sobre mi cabeza y rozaba mi cabello. Vi la decepción en el rostro del hombre, pero no tuvo tiempo para más: mi espada le cortó los tendones.

Me incorporé a tiempo para que otra hoja pasara zumbando junto a mi cabeza; atravesé el vientre del segundo asesino y cayó de rodillas. Al otro lado del puente también danzaban las espadas. No tenía nada que reprochar a mis guardias: eran magníficos. Pero justo cuando parecía que lo lograrían, el Perro, de manera casi mágica pese a su tamaño, esquivaba cada golpe. Ark levantó la espada apenas un instante tarde, y las mandíbulas se cerraron alrededor de su garganta. Vi a Dani bajar la espada; estaba convencido de que esta vez la hundiría en la cabeza o en el ojo del Perro. Maldito sea: mis amigos luchaban por su vida, y yo casi sentí pena por que aquella criatura majestuosa abandonara el mundo. La espada no alcanzó el objetivo. Una poderosa zarpa se abatió y tiñó de rojo el vientre de Dani.

Rematé al primero, ya sin piernas. El tercero intentó varias fintas que rechacé de manera rutinaria. Decidí acortar el combate y ayudar a los míos. El puente estaba lleno de irregularidades y salientes; durante siglos lo habían transitado incontables caravanas de mercaderes y aún más ejércitos. Pisé mal, aparenté flaquear. Los ojos del asesino brillaron con un fulgor victorioso. Murió de una forma rápida, casi indolora. Sus ojos conservaron la expresión de triunfo mientras, en menos de un segundo, pasaba al Baile y le cortaba el cuello y la garganta.

Me volví para correr hacia mis compañeros.

Demasiado tarde.

Luk yacía en un charco de sangre.

Astor lanzó un último ataque desesperado. El Perro lo esquivó con facilidad y descargó un zarpazo. Observé, hipnotizado, la cabeza de Astor volar hacia el agua, casi cien metros más abajo.

El Perro giró y en ese momento nuestras miradas se cruzaron.

«Tú eres el Bailarín», oí la voz antigua y profunda de la bestia en mi mente. «No eres un cobarde, como la mayoría de los bípedos. No duermes junto al fuego, en una cama caliente. Tu hogar está en una tienda, bajo las estrellas de la Pustara. Amas el olor de la sangre. Amas el miedo en el rostro de tus enemigos. No te despedazaré, mortal. No te arrancaré la cabeza. Un guerrero así merece respeto. Beberé tu sangre. Tu sangre me dará fuerza. Estoy cansado de la Pustara, mortal. Cansado de la soledad. La he olido. En las Tierras Verdes, a cientos de leguas de aquí, de donde tú vienes, en los sótanos del palacio del rey… allí retienen a mi hembra, mortal. Solo somos dos en este mundo. Me prometieron, mortal, que cuando te matara, mi hembra sería liberada. Juntos cazaremos lobos y manadas de bisontes en las Tierras Verdes. Juntos cazaremos hombres, Bailarín. Te recordaré mientras cazamos».

La voz resonó ahora en la mente del Perro.

«La Pustara es mi hogar. No amo las Tierras Verdes. No amo a los nobles viscosos, a las damas empolvadas y flácidas, sus intrigas y sus bailes. No amo las ciudades cuyas puertas y murallas me asfixian. Amo el olor de la arena y el frío de las noches del desierto. Amo el aroma de la libertad, el ardor de las tormentas de arena y la mirada de los antiguos dioses de piedra. Siento tu edad, Perro. Siento la red de la que has salido, la oscura perrera sin tiempo, perdida entre las estrellas. No confíes en el rey ni en sus hombres. No liberarán a tu hembra. No vayas a las Tierras Verdes. Allí habita el mal. Regresa a la Pustara. La Pustara es libertad, Perro. Primigenia, salvaje… antigua. Permite que bailemos juntos… permite que cacemos juntos. Somos uno: Hombre y Perro. Bailarín y Perro».

El silencio se prolongó durante una eternidad. El ojo gigantesco e inmóvil me atravesaba, penetraba en los corredores más profundos del alma; nada podía ocultársele. Veía todos mis miedos y toda mi fuerza. Esperaba la respuesta, y la respuesta era una sentencia. No tenía ilusiones. Si el Perro decidía que ya no merecía caminar bajo las estrellas, ni todas las artes del Baile podrían salvarme. Vi sombras jugar sobre sus músculos poderosos, sentí una estructura que se movía bajo su piel y supe que no era de este mundo, que había llegado desde lejanos universos. Alguna luz inconcebible.

O tal vez oscuridad.

El ojo se cerró por un instante y, cuando volvió a mirarme, supe que la sentencia estaba dictada. No sentí miedo. Muy al fondo de aquellos pozos oscuros vi la negrura infinita de la preexistencia, nebulosas lejanas y brazos galácticos, agujeros negros, cuásares, entramados informes e incoloros de innumerables dimensiones y mundos sellados tras ellos. Con alguna parte de su mente, el Perro aún corría por esas praderas cósmicas, y mientras sus patas surcaban la Pustara y las Tierras Verdes, mientras en sus fosas nasales se arremolinaban la arena y los poderosos aromas tropicales, supe que todo aquello era solo un sustituto, una estación pasajera rumbo a lo eterno y maravilloso… el lejano, celestial coto de caza.

Cerré los ojos. Si debía morir joven y en la plenitud de mis fuerzas, que fuera ahora, y que lo hiciera esta criatura sublime, este monstruo perfecto. Sonreí: la situación era un poco absurda; casi amaba a mi asesino.

Vamos, Perro. Hazlo.

El hombre del rey estaba muriendo. A medida que las entrañas se le derramaban, también se le escapaba la vida. Lo último que vio, habría jurado que lo vio… fue una visión prodigiosa, casi imposible. Un enorme perro negro de un solo ojo, tan grande como un elefante, llevaba sobre el lomo a un hombre conocido como el Bailarín. Vio una alegría inconmensurable en sus rostros, como si hubieran encontrado algo que llevaban siglos buscando.

La conciencia se le nublaba, todo giraba a su alrededor. No pudo discernir hacia dónde había corrido la extraña pareja, ¿en qué dirección?

¿Hacia las Tierras Verdes o hacia la Pustara?

Nunca conocería la respuesta.

Boris Mišić nació el 6 de mayo de 1974. Vive y trabaja en Novi Sad, Serbia, donde se graduó de la Facultad de Derecho. Sus relatos de fantasía, ciencia ficción y terror se han publicado en varias colecciones y revistas de Serbia y la región: Iron GateGuardians of the Golden Fleece 2, Something Breathes in my CakeShades of EvilShades of Time, Besan, Maksim, Omaja, UBIQ, Regia fantasticaVarios de sus relatos fueron traducidos al esloveno y publicados en la revista eslovena de ciencia ficción Supernova. También publicó tres colecciones independientes de relatos de fantasía y terror: Šatorica Fairy, Bells of Heaven y Heart of Dinara.

 

lunes, 5 de enero de 2026

LA SANGRE DE LOS SEÑORES

Boris Mišić

 

El crepúsculo se deslizaba lentamente hacia el castillo, en lo alto de las colinas, mientras él observaba por la ventana las cumbres silenciosas y solitarias del Ben Nevis. Cada vez le costaba más respirar; los ojos lo traicionaban, la sangre se agolpaba detrás de ellos, lista para romper en cualquier momento a través del tejido y la piel. Con una mano flaca y huesuda se aferró al respaldo de la silla. La fuerza lo abandonaba. Ahora odiaba el castillo, la montaña y los lagos circundantes.

No debería haber acabado aquí, pensó, no con colinas ajenas ante mis ojos, no en esta tierra maldita. Daría cualquier cosa por volver a volar de noche sobre los oscuros y densos bosques de los Cárpatos. Lo daría todo por un solo vuelo sobre su patria.

Pero no habría vuelo, lo intuía. La fuerza se le escapaba, gota a gota.

Se desplomó en la silla; la fiebre y los escalofríos volvieron a apoderarse de él. Estuvo a punto de aullar de dolor cuando la sangre envenenada comenzó a brotarle bajo los ojos. En ese instante la puerta se abrió en silencio y en la habitación entró Desmond, su fiel sirviente. Llevaba un cáliz en las manos.

Desmond. Tantos años le había servido con lealtad, mientras él construía su imperio empresarial en aquella parte tranquila y misteriosa del mundo. Necesitaba alejarse del bullicio de Londres, Glasgow y Edimburgo. Demasiados rastros sangrientos quedaban atrás; empezaba a atraer la atención de la prensa sensacionalista, de los competidores, de Scotland Yard…

Desmond lo había cambiado todo.

Con él había levantado un imperio. Ya no tenía que morder los cuellos de las prostitutas que asaltaba en los rincones oscuros de Londres, ni chupar el rubor de ambiciosos jóvenes ejecutivos con los que primero cerraba tratos y luego los sellaba con sangre.

Ya no necesitaba hacerlo, porque Desmond, a través de sus contactos en el sistema sanitario inglés y escocés, le suministraba regularmente sangre joven y sana de donantes fuertes y poderosos. Y cuando la sangre es sana, no hay obstáculos, y a alguien de su calibre no le tomó mucho tiempo ascender hasta la cima.

Y justo cuando se encontraba en la cúspide de la fama y el poder, a punto de eclipsar a sus ilustres antepasados, justo entonces comenzó todo.

Fiebres, temperaturas altas, hemorragias atroces… Los rayos del sol lo quemaban como nunca antes; sentía que la piel se le desprendía, que se pudría por dentro, que algo más oscuro y terrible que las catacumbas bajo sus bosques natales lo estaba devorando, algo más espantoso incluso que la peste que asoló aquellas tierras cuando era joven.

Amy había sembrado la duda. Él no lo creía; se negaba a creerlo. Amy… de piel suave, flexible, de un dorado oscuro. Su amante, su esclava, su juguete obediente. ¿De dónde había sacado la idea de que Desmond lo estaba envenenando? Sabía que no se soportaban, que Amy odiaba a Desmond. Pero una cosa eran los presentimientos femeninos y otra muy distinta desconfiar de su sirviente más leal. Desmond era más que un sirviente: era su amigo. Una amistad que duraba siglos.

La primera vez que ella le propuso acudir al Funcionario de la Máquina de los Muertos, le dio una bofetada. Amy lloró en silencio y le besó la mano. Guardó silencio varios días, pero luego su lengua volvió a ser más rápida que su juicio. La segunda vez le arrancó la piel de la espalda con el látigo. Después de eso, calló.

Desmond dejó el cáliz frente a él. Sus ojos observaban con preocupación a su Señor. El Lord miró el líquido que nadaba en el recipiente. Sangre: de color pleno, joven, fuerte. En apariencia.

Quién diría, pensó, que en ese néctar tan atractivo se escondiera la muerte.

Los ojos del Lord buscaron los de Desmond, tratando de encontrar en ellos rastros de miedo, traición o deslealtad. Nada. Era un actor perfecto, pensó. Había esperado durante siglos, aprendido, observado, preparado el momento, ganándose la confianza de su Señor.

Descargaba su ira y su furia sobre Amy, dejándole moretones sangrientos por todo el cuerpo, pero ella lo perdonaba todo y lo besaba y seducía con humildad. Hasta que ocurrió algo que no había sucedido en siglos: no pudo hacerlo, y la sangre comenzó a brotar por todas partes, por todos sus orificios y órganos; la piel adquirió un tono púrpura cadavérico, los ojos le ardían tanto que sentía que iban a saltar de las órbitas. Gritaba de dolor y humillación, mientras Amy, insatisfecha y aterrorizada, temblaba sobre las sábanas ante su furia impotente.

Y así como ahora estaba sentado mirando fijamente la sangre del cáliz, así también, al día siguiente del fallido acto sexual, se sentó frente al Funcionario y su Máquina.

El Funcionario (el nombre se había establecido con el paso de los siglos; los individuos que atendían la Máquina de los Muertos cambiaban, pero el contenido y el sentido de la función no, de modo que no hacía falta un título pomposo o misterioso: Funcionario era un nombre perfectamente adecuado para todos los que utilizaban los servicios de la Máquina) no tenía nada de especial: un hombrecito bajo, algo calvo, con lentes. Anotaba algo en un papel y luego lo introducía en la computadora. Datos habituales: altura, peso, ¿ha padecido alguna enfermedad?, año de nacimiento, por favor.

—Mil ochenta y tres —respondió el Lord.

—Mil ochenta… —El hombrecito se detuvo—. ¿Cómo dice… mil ochenta y tres?

—Como se te dice, gusano. —El Lord extendió una mano enferma, azulada pero aún fuerte, y lo agarró del cuello.

Se acercó al rostro del hombrecito y sus ojos le perforaron la mente. Este oyó gritos; en su cabeza cobraron vida imágenes ancestrales: lobos corriendo en la noche, murciélagos emitiendo sonidos humanos, cabezas empaladas por miles, y una risa horrible y siniestra brotando de labios muertos… y de pronto todo desapareció.

—Sí, sí, por supuesto, como usted diga —balbuceó el hombre.

Introdujo los datos. El Lord se cortó el pulgar y dejó caer unas gotas de sangre en la Máquina del Funcionario. Durante unos segundos todo giró, y luego la Máquina arrojó el resultado.

El hombrecito palideció. Y el Lord también. La Máquina nunca se equivocaba.

—Morirá porque consume sangre infectada con ébola.

El Lord aulló con la voz de un ancestral lobo de los Cárpatos y lanzó el cáliz directamente contra la cabeza de Desmond. Desmond trastabilló por el impacto, y el Lord reunió sus últimas fuerzas en un salto y en un instante estuvo sobre él; sus colmillos cortaron las arterias del cuello del sirviente y sintió una oleada de pasión mientras bebía la sangre caliente de la víctima, que aún se debatía. Hacía demasiado tiempo que no cazaba seres humanos y comprendió cuánto placer le había negado Desmond y cuán ciego y acomodado había estado al renunciar a la caza.

Pero la fuerza seguía abandonándolo. La fiebre regresó al cabo de pocos minutos; volvía a arder y a sangrar, y ni siquiera la sangre fresca del traidor le servía de ayuda. Intentó llamar a Amy, pero desistió. No quería… no quería que ella lo viera morir. Que lo recordara poderoso, no encogido en el suelo como un perro viejo y enfermo. Con voz temblorosa, a través del monitor, ascendió al sustituto de Desmond, Pistorius, a jefe de la propiedad; ordenó que las cámaras no se apagaran y que los guardias no dejaran entrar a nadie. No quería que nadie disfrutara de su caída, y menos aún los socios comerciales y esas hienas del gobierno británico. Amy sería la única que lo lamentaría.

Se quedó dormido en un sueño oscuro y enfermo. En el sueño recorría los lejanos Cárpatos, pero también ellos estaban cambiados, enfermos. Los lobos gemían y cavaban en el suelo como caballos. No había nieve ni siquiera en las cumbres más altas; un calor anormal derretía el asfalto, los árboles, todo se descomponía y se pudría. También habían desaparecido sus fieles pequeños murciélagos domésticos; en su lugar acechaban criaturas de ojos enormes y ardientes. Serpientes del largo de un autobús se arrastraban por los campos; había monos balanceándose entre los árboles… ¿monos? Todo se pudría y se desmoronaba… ¿dónde estaba? Ese no era su hogar, esos no eran…

Abrió los ojos.

—¿Los Cárpatos?

Yacía en el suelo del castillo, en un antiguo castillo escocés, pudriéndose, sangrando, deshaciéndose. Frente a él estaba Amy, pero ya no era la Amy frágil y delicada que aceptaba el látigo en silencio como penitencia. Ahora era alta, de extremidades largas, flexibles y poderosas; sus ojos brillaban con un fuego sangriento. Un mono se aferraba a su cuello, murciélagos enormes colgaban de sus brazos, y a su alrededor se arrastraban criaturas que le cortaban la respiración: mambas negras y pitones africanos. Intentó decir algo, pero la voz lo abandonó; trató de extender los brazos hacia ella, pero ya no le obedecían.

—No te preocupes —dijo ella, y su voz también era distinta: más fuerte, más profunda, más ominosa—. Pistorius apagó las cámaras, abrió todas las entradas; mi gente se ocupó de todos los que te eran leales. El pobre Desmond te era sinceramente fiel… y te daba sangre sana. Yo contraje el virus hace mucho tiempo, amor, y mi organismo lo absorbió con éxito. El tuyo no fue capaz de combatirlo. Todas esas mordidas, todas esas heridas que me hiciste… ahora sabes lo que te ocurrió. Son débiles, ustedes los vampiros europeos. Merecen morir. Son flácidos, indolentes. No cazan. Beben sangre de hospitales, comercian en la bolsa y con bienes raíces, se rodean de riqueza y lujo. Ya no son cazadores, sino parásitos. El tiempo los ha derrotado. Ahora llega nuestro tiempo. Traeré el África aquí. Todos ustedes, su continente entero, se desmoronará, del Bósforo a Aberdeen; morirán, nadarán en sangre, le rezarán a su Dios miserable para que los vuelva a castigar con la peste, porque comparada con el ébola, la peste les parecerá un evangelio. Y ahora, amor mío… —sus ojos destellaron y enormes colmillos afilados asomaron entre sus labios. —Miró al Lord, si es que aún podía llamarse Lord a la criatura que se retorcía en el suelo, gimoteando de dolor—. Aún tenemos algo de tiempo antes de que mueras.

Por un instante le abrió una ventana a su mente, y en ella vio cómo le arrancaba las correas de piel. No con el látigo. Con los dientes.

Cerró los ojos, llamando a los Cárpatos y a Desmond.

Boris Mišić nació el 6 de mayo de 1974. Vive y trabaja en Novi Sad, Serbia, donde se graduó de la Facultad de Derecho. Sus relatos de fantasía, ciencia ficción y terror se han publicado en varias colecciones y revistas de Serbia y la región: Iron GateGuardians of the Golden Fleece 2, Something Breathes in my CakeShades of EvilShades of Time, Besan, Maksim, Omaja, UBIQ, Regia fantasticaVarios de sus relatos fueron traducidos al esloveno y publicados en la revista eslovena de ciencia ficción Supernova. También publicó tres colecciones independientes de relatos de fantasía y terror: Šatorica Fairy, Bells of Heaven y Heart of Dinara.

viernes, 5 de diciembre de 2025

CACTUS

Boris Mišić

 

El vendedor ambulante bajó la mirada. Hacía tiempo había aprendido que ante la nobleza había que mostrarse humilde. Los nobles no toleraban las miradas directas ni los ojos demasiado vivos. Un mal presagio, pensó; esto no augura nada bueno. Observó al príncipe Relan y a su séquito, y no le gustó nada lo que vio. Los ojos del príncipe, enrojecidos por el alcohol y el insomnio, lo miraban con malicia. Su ropa estaba arrugada, seguramente por haberse revolcado con alguna cortesana, y el cabello, revuelto y grasoso, anunciaba que el príncipe no estaba en su mejor estado. Era famoso por su temperamento impetuoso, y el vendedor esperaba que todo terminara en insultos y burlas, que no le patearan la mercancía ni tiraran las flores.

El vendedor miró el cactus que llevaba siempre consigo en una pequeña maceta. La mañana era fría y brumosa, y le preocupaba si la planta estaba recibiendo suficiente luz. Le susurró con suavidad, acariciando distraído las diminutas y punzantes espinas.

El príncipe Relan estaba de mal humor. Aquella noche había fallado dos veces, cosa que jamás le había ocurrido antes. Demasiada bebida o demasiada comida grasienta... Esas malditas perras seguramente ya se lo habrían contado a todo el mundo. Antes del mediodía toda la ciudad sabría que el príncipe no había podido… Maldición, ¿qué hace ese campesino? ¿Habla con el cactus?

¿Te burlas de mí, eh?, murmuró para sí. ¿Crees que estoy tan borracho que no me daré cuenta?

El murmullo del agua sacó al vendedor de su ensoñación y de sus susurros al cactus. Por un instante no comprendió de dónde venía el sonido. Abrió los ojos y su rostro adoptó una expresión de horror. El príncipe, con una estúpida sonrisa, estaba orinando directamente en la maceta de su querido cactus.

El príncipe no alcanzó a reaccionar cuando la mano del vendedor, rápida como un rayo, se estrelló contra sus ingles. Un largo y profundo: “Aaaaaaaannnghhhhh” resonó antes de que el príncipe acabara de rodillas, mientras un dolor atroz le atravesaba la hombría. La escolta del príncipe se despejó súbitamente. Desenvainaron sus espadas, listos para hacer pedazos al desdichado.

—¡No! —gritó el príncipe—. Dejen con vida a este desgraciado. Mañana al mediodía, en la Puerta Driria, te desafío a duelo, enano. Tendré el placer de cortarte en pedazos. —El príncipe se puso de pie con gran esfuerzo y pateó la maceta del cactus. El vendedor rugió de rabia, pero de algún modo el cactus no se partió. A disgusto, el príncipe sintió un primer destello de respeto hacia aquel hombre que defendía su mísera propiedad con la vida. Hizo señas a sus guardias para que lo soltaran y añadió—: Mañana… no te atrevas a faltar, o tú y tu maldito cactus acabarán en el Pozo de las Pulgas.

El duelo fue una simple formalidad. Un asesinato frío, o más bien una tortura. El príncipe era joven, fuerte y un espadachín entrenado.

El viejo vendedor, con su miserable abrigo y sus pantalones desgarrados, provocaba burlas. No acostumbrado a una espada, se defendía torpemente, incapaz de evitar un solo ataque del príncipe. Este lo hirió pronto en el brazo derecho y la rodilla izquierda. Luego en el brazo izquierdo y la rodilla derecha. Le hizo varios cortes en el pecho y las costillas. Lo torturaba lentamente, infligiéndole un dolor creciente. Cuando consideró que había cobrado lo suficiente por el golpe en sus partes, lo derribó de un tajo que le cortó las piernas por encima de las rodillas.

La espada cayó de las temblorosas manos del vendedor. La sangre empapó la basta tela hecha jirones. El príncipe le clavó la espada en el vientre y después le cortó la hombría.

A pesar del terrible dolor, el vendedor no gritó ni suplicó, pero sus ojos pedían misericordia. Una misericordia más profunda, no el simple miedo a la muerte que se acercaba. El príncipe sintió incomodidad bajo aquella mirada. Deseó acabar el duelo lo antes posible. Le preguntó, como dictaba la costumbre, si tenía algún deseo o alguna última palabra.

—Por favor, Alteza… apiádese… en el bolsillo de mi abrigo… lea… se lo ruego… el cactus, cuide de mi cactus…

El príncipe atravesó el corazón del vendedor. Debería sentir satisfacción por haber destrozado a ese idiota que había osado atacar a la nobleza, pero solo sintió cansancio e indiferencia.

Maldición… ¿qué lo llevó a morir por un maldito cactus?

 

En algún momento de aburrimiento, saturado de orgías interminables e intrigas de palacio, el príncipe abrió el pequeño diario que había encontrado en el abrigo del vendedor. Las primeras páginas estaban llenas de dibujos, unos a carboncillo, otros a pluma. Todos representaban lo mismo: una hermosa joven de largo cabello negro, de rasgos delicados, cuyo rostro irradiaba serenidad y belleza. Su sonrisa melancólica arrancó al príncipe un gesto de admiración. El texto que acompañaba los dibujos era fragmentado, apenas legible, como escrito por alguien perturbado o muy nervioso.

 

Me duele tanto, querida. Te miro cada día y no puedo oír tu voz, ni ver tus lágrimas y alegrías, ni escuchar tus sueños… ¿Tienes frío? ¿Recibes suficiente luz? Esta condena es difícil de soportar… me horrorizan los inviernos. Temo que tú…

 

El príncipe leyó a saltos. El texto lo arrastraba hacia un torbellino oscuro.

 

Maldito sea el día en que no quise tragarme mi orgullo. Los hechiceros son gentuza, y Traganijan en especial. Dijana, hija mía. Eras la niña más hermosa del reino. Si no hubiera rechazado a ese maldito pretendiente, esto no habría ocurrido. Ay. Un padre orgulloso no quiso darte a un viejo calvo y feo. Lo pagué caro. Me castigó terriblemente, hija mía. Transformar a alguien en otra forma de vida es el nivel más alto de magia, y no hay hechizo que pueda revertirlo. Te veo, sé que existes, absorbes los rayos del sol y te alegras de su luz. A tu padre eso le basta. Pero me duele no poder oír tu voz. Mucho.

 

Pronto hubo cambios importantes en el palacio.

El primero visible fue la cabeza del hechicero Traganijan clavada en una pica, dejada allí para mirar desde las almenas a los visitantes con sus ojos muertos.

Se decía que los hombres del príncipe lo habían sorprendido dormido, cuando el poder de un hechicero es más débil. Cesaron las borracheras del príncipe, y sus revolcones con prostitutas, y se volvió más indulgente con los pobres.

Sin embargo, el cambio más sorprendente, del que murmuraba toda la ciudad, tenía que ver con el cactus. La planta fue llevada al palacio poco después del duelo. Los cortesanos no salían de su asombro ante la atención y el cariño con los que el cruel príncipe cuidaba la planta. No se separaba de ella, ni siquiera en presencia de embajadores, reyes y generales.

Los cortesanos y los habitantes de la ciudad fueron testigos de otro cambio inesperado: el príncipe prohibió los duelos.

Boris Mišić nació el 6 de mayo de 1974. Vive y trabaja en Novi Sad, Serbia, donde se graduó de la Facultad de Derecho. Sus relatos de fantasía, ciencia ficción y terror se han publicado en varias colecciones y revistas de Serbia y la región: Iron Gate, Guardians of the Golden Fleece 2, Something Breathes in my Cake, Shades of Evil, Shades of Time, Besan, Maksim, Omaja, UBIQ, Regia fantastica. Varios de sus relatos fueron traducidos al esloveno y publicados en la revista eslovena de ciencia ficción Supernova. También publicó tres colecciones independientes de relatos de fantasía y terror: Šatorica Fairy, Bells of Heaven y Heart of Dinara.

miércoles, 29 de mayo de 2024

SERPIENTES ARCOÍRIS

Boris Mišić

 

Ra-Tea se vertió lentamente en la grieta entre los bloques de roca. Podía sentir el material áspero y triturado, las partículas que la pinchaban y resistían la llegada del intruso que no fue invitado a su reino. No le importaba. Todo en ella estaba cantando y parpadeando, anticipándose a la llegada del Gran Ser. Incluso a esta profundidad, podía sentir el pánico de las criaturas en la superficie.

Ra-Tea se estiró, evitando con mucho cuidado los puntos afilados. Y les susurró suavemente a los bebés que llevaba en su vientre.

Mis queridos. Cuando llegue el Gran Ser, habrá suficiente energía para todos ustedes. Navegarán las corrientes de aire, se infiltrarán en las rocas y mezclarán sus colores con el verde y el dorado de los árboles...

Un sonido amortiguado la sacó de su ensueño. Está comenzando. El Gran Ser está llegando. Miró a miles, cientos de miles de pequeñas bolas de luz esperando a lo largo del plano de la falla. Los Raomi. Molestos pequeños parásitos. Ra-Tea despreciaba a los Raomi, como a todas las demás formas de vida inferiores. Ra-Tea entendía que su pueblo poseía conocimiento y conciencia, pero tenían dificultades para traer jóvenes al mundo y había muy pocos de ellos. Los Raomi, en cambio, compensaban su falta de inteligencia con su número.

Ahora eso cambiaría. Después de incontables ciclos de tiempo estériles, las Serpientes Arcoíris finalmente tendrían descendencia. Ra-Tea se sintió feliz. Los bloques se amontonaron, luego resbalaron, el plano se desplazó y la deidad se liberó de las cadenas.

El impacto fue terrible. No, no el Gran Ser. El Más Grande. Las ondas y vibraciones se extendieron, dividieron continentes, desmoronaron montañas en mares y elevaron nuevas cadenas montañosas. La energía se filtró en cada átomo de su ser. Los colores se mezclaron alegremente. Ra-Tea sintió que había recibido algo único, especial.

De repente sintió una ola de frío. Miles, cientos de miles de bolitas de luz y sonido chocaron contra ella. Gritó. Horrorizada, rebuscó en su conciencia, en sus conocimientos almacenados. Los Raomi siempre se habían nutrido de restos de energía, de sobras, alimentándose a lo largo del plano de la falla. Nunca atacaron a una Serpiente Arco Iris.

Ra-Tea trató de salir a la superficie, pero ahora estaba perezosa y lenta; la energía abrumadora que había absorbido dificultaba sus movimientos. Estaba perdiendo fuerzas; el número de parásitos le estaba pasando factura. En un último destello de conciencia, se dio cuenta de que una nueva criatura monstruosa crecía a partir de las innumerables bolas, y que también iba a alimentarse de sus bebés, y nada de lo aprendido y conocido la había preparado para eso.

Una bola gigante, hecha de luz y sonido, irrumpió en la superficie y flotó por encima de las corrientes de aire. No poseía inteligencia, sólo instintos. Uno de ellos era el Hambre. Le gustaba el sabor de esa colorida criatura parecida a una serpiente. Enviaba mensajes a copias más pequeñas de sí misma: los trabajadores. Sólo tenían una tarea. Atrapar más criaturas parecidas a serpientes. Alimentar a la Reina-Madre.

El sonido. El sonido más hermoso era su ausencia. En los hogares de las Serpientes Arco Iris, ya no había nadie que deseara el silencio.

 

Título original en serbio: Dugine zmije 

Traducción de la versión en inglés del autor: Sergio Gaut vel Hartman

 

Boris Mišić nació el 6 de mayo de 1974. Vive y trabaja en Novi Sad, Serbia. Se licenció en Derecho. Sus relatos de fantasía, ciencia ficción y terror han sido publicados en varias colecciones y revistas de Serbia y la región como: Nešto diše u mojoj torti, Nijanse zla (Nijanse, #1) V- Zbirka fantastičnih priča iz ravnice, Marsónico 8, Omaja, UBIQ y Regia fantastica. Varios de sus relatos se tradujeron al esloveno y publicados en la revista eslovena de SF Supernova. También ha publicado tres colecciones independientes de relatos fantásticos y de terror: Vila šatorica, Nebeska zvona y Srce Dinare.


FATA MORGANA