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sábado, 3 de octubre de 2026

LA MEMORIA DEL CUERPO

Graciela De Mary

 

Stella nunca tuvo militancia de ninguna clase. Es más, siempre criticó a la gente que según ella perdía el tiempo en vez de ir a trabajar como Dios manda. Pero sus hijas le salieron al padre, qué se le iba a hacer. Ningún conflicto las dejaba indiferentes, y si eran causas perdidas, mucho mejor. Cada vez que Stella pensaba en quien había sido el hombre de su vida, y a pesar de que hacía muchos años que era viuda, una súbita paz le envolvía el pecho y volvía a ser feliz. Se conocieron cuando él la asistió en la calle el día que se desmayó después de que le hicieran un aborto. Ella estaba tirada en una vereda. Se había ido deslizando lentamente hasta el piso, con la frente sudorosa apoyada en la superficie fría de un portón. Eran los tiempos del “no te metás” y la gente que pasaba creía que estaba borracha pero él la levantó y la llevó a tomar un café con leche. Después la acompañó a la casa. A la semana siguiente, la madre de Stella, que se había conformado con las mentiras inventadas por la hija, atendió la puerta.

 —Che, te busca el muchacho que te trajo el otro día.

 Stella se dio cuenta de que ni le había preguntado el nombre.

 —Carlos. Me llamo Carlos.

 Hacía unas semanas que las hijas de Stella no paraban en la casa, y cuando estaban, se la pasaban haciendo carteles. Verdes. También llevaban día y noche pañuelos de ese color en el cuello, o atados a las mochilas. Una tarde, mientras ella les cebaba mate, les preguntó en qué andaban. Esa noche la iban a pasar frente al Congreso para apoyar la legalización del aborto. A Stella le mortificaba la palabra. Si hubiera dependido de ella, la habría prohibido.

 —¿Sabés cuántas mujeres se mueren por abortos clandestinos, mami?

 Claro que sabía. Todavía seguía soñando con Gladys, la partera que se lo practicó a ella. Se acordaba de la desesperación que sintió cuando el noviecito que tenía la dejó; cuando la panza le empezó a crecer; cuando se ahogaba con el llanto contenido por la almohada. Se acordaba de la compañera del colegio que la había mandado a ese sucucho sucio. Se acordaba de haber despertado de la anestesia, de haber llorado a los gritos por el dolor y de cómo la hija de puta de la partera perdió la paciencia y se la sacó de encima a los empujones. Si no hubiera sido por la ternura de Carlos, se hubiera muerto ahí mismo de puro miedo.

 —Voy con ustedes.

 Subieron las escaleras de la estación Callao. Stella, medio perdida, del brazo de sus hijas, se despreocupó del frío y de la lluvia porque estaba sostenida por la multitud. Jamás había vivido nada igual. En cada esquina, alguien comentaba el debate de los diputados o convidaba un mate cocido caliente. Veía a sus hijas manejarse con soltura entre las pancartas y las banderas que al cabo debieron recoger por culpa del viento. Llegó a preguntarse cómo se había perdido todo eso. Separado por unas vallas, había otro grupo, con carteles celestes. Le explicaron que eran los que estaban en contra de la legalización del aborto. Había policías en el medio, de modo que se cruzaban cantitos provocadores, pero nada más.

 De pronto, a Stella le pareció haber visto una cara conocida. Una corazonada la llevó a acercarse al otro bando.

 —¿Adónde vas mamá?

 —Ya vengo.

 Se separó de su grupo y empezó a caminar más rápido. Los policías no le prestaron atención. Su aspecto no intimidaba a nadie.

 —Hola Gladys —dijo bien fuerte.

 Una de las mujeres que sostenía una bandera con un dibujo parecido a un bebé, giró la cabeza.

 —¿Quién sos? —La partera se calzó los anteojos que colgaban de su cuello.

 —¡Claro, qué te vas a acordar! ¿Qué carajo hacés acá?—Stella le gritó en el oído, ya había traspasado las vallas.

 —Salí de acá, tortillera de mierda —dijo Gladys tratando de sacársela de encima.

 —¡Maldita yegua! —Stella se abalanzó sobre ella y se prendió de sus mechas

 Unas horas después Stella recuperó la libertad. Sus hijas, orgullosas, la esperaban en la puerta de la comisaría.


Graciela De Mary nació el 8 de marzo de 1963 y reside en Villa Ballester, Buenos Aires. Es profesora de historia y escritora. Ha publicado el ensayo La enseñanza de la historia y la literatura (2017) y el libro de cuentos Un laberinto de vidrios rotos (2019). También participó en numerosas antologías como Gente de pocas palabras (2018), Más allá de un no (2018), Antología del Primer Concurso Nacional e Internacional de Relatos breves, Israel (2019) y Caperucita feroz (2020). Colaboró con la Revista Yzur (Universidad estatal de Rugers de Nueva Jersey) Vol. 3, Nº 1, julio de 2021. Publicó su segundo libro de cuentos Cría cuervos (2022) y participó en la antología Calladita te ves mejor (2024).

 

  

miércoles, 5 de junio de 2024

LOS HUÉSPEDES NEGROS

Graciela De Mary

 

Don Manuel Achával era un miembro distinguido de la burguesía porteña. Rescató a ciertos líderes de la rebelión de Haití caídos en desgracia y los hizo trasladar a Buenos Aires. Sus superiores de la Logia le habían ordenado iniciar una revolución y le facilitaron la misión burlando el cerco impuesto por las grandes potencias. Si la revuelta se extendía, toda la vida tal como se conocía en las cortes europeas corría serio peligro: los palacios esculpidos en mármol de los Pirineos y cubiertos de sedas, los salones enjoyados con caireles y escenas bíblicas, los jardines y las fuentes; todo, hasta los puentes coronados de ángeles, dependían de la zafra amarga del azúcar. Trescientos años de látigo y sangre no habían sido suficientes. Los esclavos levantiscos de Haití debían ser exterminados. O usados para otros fines. Doña Violeta, la esposa de don Manuel, ignoraba lo que ocurría más allá de sus tertulias y tampoco tenía interés en saber dónde quedaba el Caribe. En cambio, la excitaba conocerlo todo sobre los poderes ancestrales de los negros. Por diferentes razones, los Achával escondieron a los haitianos con el mayor sigilo en las piezas que rodeaban el segundo patio de la casona y la señora se ocupó personalmente de que estuvieran bien atendidos.

 Al cabo de varios días de reuniones con los huéspedes secretos, doña Violeta escribió una esquela. Ya era de noche y fue necesario despertar a Jesús, el más fiel de sus sirvientes, para que la entregara. El hombre, agotado, se levantó de mala gana. Ya sabía que a esa hora y con tanta urgencia, debía correr hasta el lugar de siempre, sin importar el lodazal que cubría las calles. Le hirvió la sangre de pensar que los otros negros dormían calentitos en los cuartos del fondo. ¿Acaso no eran aún más negros que él y que cualquier otro esclavo? La excitación de esa noche no le permitió a doña Violeta desarrollar su caligrafía habitual, que solía ser exquisita. Tampoco pudo introducir en el sobre ninguna ramita de lavanda. Las atesoraba en una caja de maderas finas con herrajes de plata que su hermano le había traído del Alto Perú. Cada vez que abría su caja, el aroma de las flores se mezclaba con la loción inglesa que se contrabandeaba de ordinario en la ciudad puerto y que impregnaba sus pañuelos vaporosos de encaje holandés.

 Esteban, antiguo empleado de don Manuel, recibió la nota en su cuartucho de dependiente ubicado a dos calles de la Plaza Mayor. Por la hora, tuvo la certeza de que se trataba de la confirmación que estaba esperando. La lámpara aún tenía aceite. Leyó con gesto serio: “Ya he comenzado, amor mío. Sólo tuya, Violeta”. Al terminar, acercó la nota a la llama y la quemó teniendo cuidado en recoger bien las cenizas.

 Don Manuel, tal vez el comerciante más rico de la ciudad, empezó a sentir los efectos del maleficio a los dos días del despacho de la carta que su esposa le había escrito a Esteban. Al principio creyó que lo había picado un insecto, de esos que pululan en la orilla barrosa del Río de la Plata. Era común se que acercara hasta la costa de madrugada para supervisar la mercadería que llegaba desde Colonia, antes de introducirla en el enjambre de túneles que él tan bien conocía. La inflamación le cubrió el lado derecho del cuello. La piel se tornó rosada, como la de los chanchos recién nacidos que criaban en una de sus chacras. No le duró mucho y por eso le restó importancia. Su mujer y sus nuevos amigos recién llegados de Haití, probaban nuevos hechizos durante oscuras ceremonias. El segundo ataque lo debilitó. Empezó a escupir sangre y durante dos días no salió de su dormitorio. El pobre Jesús iba y venía con la bacinilla de loza fina. La esposa le servía, con estudiados melindres, infusiones de hierbas y otras pociones que empeoraban su condición. El médico de la familia estaba desorientado. Como si fuera un juego, don Manuel salía y entraba de estos episodios con insólita rapidez. Cuando se sentía bien, conspiraba para derribar al virrey y establecer un nuevo gobierno con la alianza circunstancial de las clases bajas y los esclavos. Preparaba un golpe para que los grandes comerciantes como él tomaran el poder. Durante sus mejorías temporales, pasaba muchas horas fuera de la casa planificando, ordenando, tejiendo alianzas. Doña Violeta aprovechaba la ausencia del marido para perfeccionar sus técnicas. Ya no guardaba las formas y pasaba el día sin arreglarse, incluso bebiendo con los brujos. En camisón y con el pelo renegrido suelto, disfrutaba de la atmósfera turbia de la que se había hecho adicta. En el salón, la platería reflejaba las luces de los velones negros que ardían alimentadas por polvos de fórmulas secretas. Los terciopelos densos que cubrían los ventanales atenuaban los gemidos de los que danzaban en estado de trance. Jesús le había prohibido al resto de los esclavos siquiera acercarse. Una noche, al borde de la locura, doña Violeta clavó varias agujas en el muñeco de paja y trapo que representaba a su esposo. El éxtasis le produjo espasmos de placer. Al poco tiempo, dejó de ver a su amante. Ya no la satisfacía. Había sido su capricho de mujer joven mal casada con un viejo. Esteban no parecía preocupado ni la buscaba. Al contrario, se preparaba en silencio desde su oscuro puesto de escribiente. Ante la debilidad de su patrón, tomó las riendas del negocio. Don Manuel se moría de a poco, mientras sembraba el germen de la revolución entre la burguesía porteña. Violeta se consumía en su propia venganza de mujer sometida. El matrimonio se exterminó a sí mismo.

 El antiguo empleado supo que había llegado su momento. Los enterró a los dos. Reemplazó a don Manuel en la Logia y en los negocios. Gestionó la compra de las armas y las distribuyó entre el populacho con la asistencia de los haitianos. Encabezó la milicia que por fin entró a sangre y fuego a la fortaleza. Presidió la junta que se hizo cargo del gobierno y redactó las nuevas leyes.

 En el primer aniversario de la revolución, don Esteban, como se hacía llamar ahora, pensó que era tiempo de consolidar su poder. Había leído alguna vez que para un hombre de estado era preferible ser temido a ser amado. Le llevó tiempo decidir una nueva forma de martirio. Quiso imprimirle un sesgo aleccionador, bien criollo, para diferenciarse de los anteriores amos. Inspirado en los antiguos sacrificios precolombinos, recurrió a los haitianos que aún estaban vivos y los condenó a muerte por herejes.

 Los habitantes de la ciudad, que ahora eran libres, asistieron conmocionados a la ejecución colectiva que el nuevo gobierno organizó en la plaza, muy cerca del río marrón.


Graciela De Mary nació el 8 de marzo de 1963 y reside en Villa Ballester, Buenos Aires. Es profesora de historia y escritora. Ha publicado el ensayo La enseñanza de la historia y la literatura (2017) y el libro de cuentos Un laberinto de vidrios rotos (2019). También participó en numerosas antologías como Gente de pocas palabras (2018), Más allá de un no (2018), Antología del Primer Concurso Nacional e Internacional de Relatos breves, Israel (2019) y Caperucita feroz (2020). Colaboró con la Revista Yzur (Universidad estatal de Rugers de Nueva Jersey) Vol. 3, Nº 1, julio de 2021. Publicó su segundo libro de cuentos Cría cuervos (2022) y participó en la antología Calladita te ves mejor (2024).

 

 

 

 

 

 

 

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