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lunes, 17 de agosto de 2026

DESARME

Araceli Otamendi

 

Marita había pasado una noche de perros, casi sin dormir.

Primero fueron los duendes, o los fantasmas, esos que andan por la cocina y abren las puertas de los armarios para que de pronto salte algún paquete de fideos secos, de arroz o de galletitas y se estrelle en el piso.

El susto por el ruido no pasa a mayores pero la desvela.

Es entonces cuando se pone a pensar temas para un cuento, o le aparecen, se le ocurren, alguien, no sabe quién, le dicta al oído: “Etelvina, la araña dañina”, “La guerra twittera”, o “La soledad de los trapos”. Cualquier título viene bien para empezar a escribir.

Etelvina es una araña que camina despacio pero acecha... teje su tela y sus ojos se mantienen abiertos...

La guerra twittera, táctica y estrategia de unos contra otros, quiénes son los unos y quiénes son los otros, le recuerda al film Los unos y los otros de Lelouch, Jorge Donn bailaba el Bolero de Ravel …

La soledad de los trapos, puede ser la soledad del vestuario en un camarín, cuando la función termina y las actrices y los actores se van.

Ahí aparece la soledad, los trapos colgados, abandonados hasta la próxima función. Solos, como los títeres después de actuar hasta que algún títere cansado de esperar salta del estante y con un ademán les indica a los otros que lo sigan. Aprovechan la madrugada y el sueño del titiritero para salir de ahí y escapar.

La luz del amanecer se filtra por las maderas de la persiana, un aire fresco la obliga a cubrirse con una manta.

La escalera de luz se dibuja en la pared.

A esa hora no puede llamar a nadie; los que están despiertos empiezan a publicar en las redes sociales. Es demasiado temprano para postear fotos, frases, alguna pintura. Siempre hay algo para publicar. Lo peor de todo no es la noche pasada sin dormir sino lo que viene después: el vecino de arriba. Los golpes, los martillazos, empiezan temprano.

Parece que al vecino, un hombre joven, con músculos desarrollados a fuerza de gimnasia y boxeo, con muchos tatuajes, se le ha ocurrido remodelar la cocina. El vecino siempre anda con el ceño fruncido. Marita sólo sabe que el vecino tiene una moto, vuelve de noche tarde a la casa, generalmente a la misma hora de siempre. Tal vez trabaje de noche, en seguridad o en algún local nocturno.

Escucha los ruidos del departamento de arriba, la música se escucha fuerte, también el sonido del agua cuando su vecino se baña.

Y en estos últimos días su vecino está rompiendo el piso, sacando los armarios con ayuda de alguien. Hace días que Marita soporta el calvario de los ruidos sobre su cabeza. Hace días que piensa en subir y tocar el timbre del vecino y pedirle que empiece a trabajar a otra hora, que lo haga de tarde, que espere un poco.

¿Y si el hombre reacciona mal?

Porque hay mucha violencia y a nadie le gusta que le toquen el timbre para decirle que está haciendo algo mal. Puede ser que ese hombre le aseste un golpe, por presentarse en su casa.

Marita insomne es otra Marita, el insomnio es un viaje sin punto de llegada, es una noche de fantasía, fantasmas y oscuridad, también de duendes.

Durante la mañana Marita tiene cosas que hacer, como siempre. Salir por las mañanas es una parte importante de su vida. Tomar un café, leer, caminar, hacer alguna compra. La tarde es diferente, hay otra luz, otros ruidos. También se escucha el canto de algunos pájaros, otros, distintos a los del amanecer. A veces gritan las cotorras que cruzan de un lado al otro de los árboles, a veces grita también algún carancho. O puede ser algún buitre de esos que acechan a las palomas.

Tendida en el sofá intenta dormir, recuperar unas horas de sueño nocturno. Sin embargo, nada de eso ocurre. El vecino comienza ahora con una sierra eléctrica, hace un ruido infernal. Parecería que las paredes estuvieran moviéndose. Es hora de enfrentarlo, de subir un piso, tocar el timbre y decirle que termine con esos ruidos molestos. Hacer un pacto, un acuerdo, si me avisa los días y las horas, me voy de casa; en esas horas estaré afuera.

Eso le va a proponer.

Sube la escalera. Ensaya una media sonrisa, una expresión canchera y toca el timbre. Toca una vez, dos, tres veces. Nadie parece escuchar. Después golpea la puerta. Se escuchan pasos, el tintineo de unas llaves. La puerta se abre.

En lugar de salir el hombre robusto y musculoso, aparece un pequeño perro, un Chihuahua de color negro, tiene una capa de paño color rosa y un brillantito pegado en la cabeza.

La imagen del perrito que tiene al lado de sus pies ahora la retrotrae a otra etapa de su vida, cuando era muy joven y alguien depositó en sus manos un perrito igual a ése, un cachorro. ¡Qué feliz que era! Cuántas ganas de vivir y hacer cosas tenía! Se veía a sí misma con el perrito que alguna vez tuvo en sus manos.

Marita se quedó callada por unos instantes hasta que apareció en primer plano el vecino.

—¿Sí? —preguntó el hombre.

—Soy la vecina de abajo —dijo Marita.

El hombre la miraba con curiosidad.

El perrito empezó a correr por el palier, Marita intentaba agarrarlo. Los argumentos que había preparado para increpar a su vecino se le habían desarmado.

—Nada —dijo Marita—, no tiene importancia, me confundí de piso; su perro se parece mucho a uno que tuve antes.


Araceli Otamendi (Quilmes, Provincia de Buenos Aires) vive en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires desde los 9 años. Graduada en la carrera de Análisis de Sistemas (Universidad Tecnológica Nacional – Fac. Regional Buenos Aires). Cursó estudios de literatura principalmente en el taller de Mirta Arlt. Es escritora y periodista, dirige desde hace veintidós años las revistas digitales de cultura Archivos del Sur y Barco de papel. Publicó las novelas policiales Pájaros debajo de la piel y cerveza – Premio Fundación El Libro a escritores noveles 1994 y Extraños en la noche de Iemanjá. En 2000 su antología de escritores hispanoamericanos Imágenes de New York fue presentada en el Centro Rey Juan Carlos I de NYU, New York. Es traductora, tradujo a varias escritoras y escritores brasileños. Publica habitualmente en revistas y suplementos literarios de Argentina y de otros países. Es miembro correspondiente de la Academia Gloriense de Letras (Brasil), silla Silvina Ocampo.

jueves, 21 de mayo de 2026

CON LA RED

Araceli Otamendi

 

"Es el pasado, no el futuro, lo que nos devora.

El futuro siempre ha pertenecido

y seguirá perteneciendo al poeta".

Henry Miller

 

      Buenos Aires, 1988

 

 

Las once. Esta es mi hora. Es la hora que me gusta de la noche, que me atrae, que me atrapa. Ahora es la hora de escribir. El tren. Se llamará el tren. El teléfono ha dejado de sonar. Por suerte. El sonido es furioso, incesante, perturbador, insistente. No he querido atenderlo. No quiero saber por qué intentan hablar. O mejor sí, creo saberlo. Hablar a esta hora en que escribo, no, no quiero hablar. De noche, en esta ciudad maldita y amada, atrayente y perturbadora el silencio se hace de golpe. Cae una red suspendida del espacio y lo atrapa todo, el silencio es un come-ruidos –¡qué palabra!–, los devora, los tritura en su inmenso estómago, los deglute y es aprisionador. Los aprisiona y se lo agradezco porque gracias a él puedo escribir en mi computadora. ¿La realidad copia a la ficción? ¿La ficción copia a la realidad? ¿Qué sucede cuando las imágenes de los sueños parecen penetrar en lo real? ¿Se apoderan de ella? ¿Existe un espacio secreto entre la realidad y el sueño? ¿Hay en cada uno de nosotros un lugar para ese espacio? Ahora voy en un tren, inexplicablemente estoy ahí, pero lo acepto. Algunos hombres disfrazados, desfiguradas sus caras como máscaras, viajan colgados de los estribos del último vagón. Afuera, las hojas ocres, doradas y tenuemente rojas viajan en dirección contraria. Alguien, una voz secreta me dice al oído: tu punto de destino es Schumann. No conozco ninguna ciudad con ese nombre pero sí un compositor. Escuchá música clásica, clásica, clásica. En mis oídos resuenan esas palabras repetidas en la infancia. Un recuerdo infantil, lo desecho. Beethoven me parecía triste, odiaba su música, por suerte llegaron los Beatles. ¿Si mi destino fuera llegar a Schumann? ¿Qué quiere decir? El también se obsesionó con la literatura.

Si pudiera escribir de manera tan simple como los cálculos y fórmulas matemáticas donde apenas con algunos signos se puede expresar que el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos en el triángulo rectángulo sin decir todo esto, me acercaría a un estado parecido a la felicidad. Pero no, estoy llena de palabras, de significantes que desbordan a veces sin poder atraparlos. Palabras que hay que atrapar como esas pelotitas que saltan enloquecidas en un juego de parque de diversiones, a las que hay que atrapar con una red, a ver quién atrapa más, la gente aprieta los labios y trata de mantener firme el pulso, a ver quién atrapa más y el que gana es que logra reunir más cantidad. Yo quisiera ensartar la menor cantidad y así expresarlo todo.

Viajar en auto puede ser peligroso. No hay nada tan inofensivo como andar en auto por las calles del centro. Andar por andar sin ningún motivo especial. Vulgarmente se llama dar una vuelta. La tarde está pintada de gris. La ciudad se ha vuelto una paleta de grises, no tiene luces, no tiene brillo. Tres hombres vestidos con traje y corbata nos detienen. Estoy con mi novio. Los tres nos miran serios, inexpresivos. Una extraña inquietud se apodera de mí. No hay motivos para detenerlos, dicen. Tampoco hay motivos para dejarlos circular.

¿Cuáles son los motivos? Pienso en ese momento. Y enseguida arguyo: soy una buena mujer, no he matado a nadie, no he traicionado, no he robado. Soy una buena esposa, una buena madre, una buena amiga. Fui una buena empleada, una buena estudiante. ¿Por qué me detienen? Soy una buena ciudadana. ¿No se da cuenta? Usted es sólo eso, me dicen. Una transeúnte. Y no hay motivos para andar por acá. ¿Comprende? En realidad no, no entiendo nada. Dejen el auto con las puertas abiertas y váyanse. Lo dejamos ahí, los tres hombres suben al auto. Ni siquiera miramos hacia atrás, como Lot, sin el miedo a convertirme o a convertir a nadie en una estatua de sal. Nos alejamos rápido del lugar. Aparecemos en Florida y Rivadavia. Se hizo de noche. Apenas hay algunas luces prendidas. No nos importa dejar nada atrás. Todo queda como detenido en el tiempo. Los hombres se van en el auto. Escuchamos el ruido del escape. Ni siquiera hablamos. Caminamos apresuradamente por Florida. A medida que avanzamos mi desasosiego aumenta. Es necesario encontrar un lugar. ¿Para qué? A veces me pregunto. Tengo la sensación extraña, incierta de que ocurrirá algo inminente. Algo así como un avión que cae, una explosión, una tormenta, un huracán. Entre la gente que camina por ahí no es posible ver nada. Aparecemos en una iglesia. Una mujer cierra las puertas y las ventanas. Nuestros ojos se cruzan con otros y se intercambian miradas de asombro. Otra mujer que no alcanzo a distinguir bien dice con voz de flauta: ahora vamos a rezar. Vamos a entonar un himno. Todos los que estamos ahí nos miramos sin saber qué hacer. Nadie recuerda cómo se reza. Tengo una rarísima sensación de inquietud. Creo que nunca supe cómo se rezaba. Es una situación absurda y angustiosa. Me siento aprisionada. Estoy aprisionada en ese lugar tan oscuro, donde todo huele a incienso. Igual a cuando era chica y debía cantar en el coro de la misa, todos los días cuando concurría a clases. Entonces una de las monjas ejecutaba himnos en un órgano desafinado y lo único que yo deseaba era escapar de ahí, si fuera posible volando. Quería transformarme en un pájaro. Soñaba despierta con volar desde el coro y escapar por una ventana.

Sin saber cómo ni por qué aparezco en un lugar oscuro y abierto. Un espacio inexplicable. Se escucha una música estridente. Hombres y mujeres vestidos de negro bailan rock and roll. Me niego a participar de esa danza. Aunque me llaman. Ese no es mi tiempo. Ya superé la estridencia, las luces sicodélicas, las luces negras, la atmósfera asfixiante y un buen día dije no va más y como en el casino, no fue más. Tengo necesidad de tomar un café para seguir escribiendo.

Al costado hay un camino oscuro por el que no puedo internarme. Una fila de chicos con máscaras interrumpe sorpresivamente el ensimismamiento en que estaba. ¿Por qué los chicos tienen máscaras? A lo mejor no son chicos, son pigmeos. Enseguida me acuerdo de algo que leí. El hombre que compró la isla de Manhattan fue estafado por unos indios. Los verdaderos dueños de la isla espiaban en el bosque durante la transacción. Y el muy tonto de Peter, que así se llamaba, les creyó. Yo también he deseado creer, creer en algo. Alguien, no sé quien es me dice: ¿cómo va tu relación con Dios? Como si lo hubiera estado esperando digo: hablemos de Dios.

Ahora navego en un barco medio deshecho pero no estoy sola ahí. Somos varios. Atravesamos un río revuelto, una tormenta cae sobre nosotros. El viento agita el agua, el barco, a todos, vamos a la deriva. El río es una inmensidad marrón, me pregunto si esa es nuestra vida o tan solo un pedazo. ¿La vida es eso, navegar? Nos internamos ahora por un riacho, entre las islas. Es de noche y casi a tientas buscamos el camino que nos permita salir de ahí. No se ve casi nada. Sé que el río es marrón y es opaco. Casi como la tierra. En ese momento, desesperadamente quiero acordarme de una poesía de Walt Whitman. Algo que me hable de su manera de ver las cosas. Tengo la sensación de que en cualquier momento la nave se va a partir en mil pedazos. Y sin embargo me empecino en seguir. Habré dormido noches, años. Inesperadamente se hace de día, llegamos a tierra firme. Salió el sol. Siempre, sin saber cómo, el amanecer llega. Entonces inicio otra etapa.

Por algún lado encuentro una poesía, la escribe un personaje de una novela que comencé hace algún tiempo. El marido se ha ido, ¡otra vez el sonsonete! con una mujer treinta años menor. Viven en la casa de enfrente, él y su amante. La mujer los ve por la ventana. La poesía termina así: “fue el infinito el límite de mi inocencia. Creí que vendrías una tarde cualquiera”. El personaje me aburre mortalmente. No lo aguanto, ese personaje está muerto, tan muerto como decía Henri Miller: todos estamos vacíos y muertos aquí en Villa Borghese. Pienso que en Buenos Aires ni siquiera estamos así, sino hundidos, varados en una ciénaga de cemento. Europa se pudre, dice Miller. Y yo digo que Argentina da señas de ese olor. Cuando todo el mundo piensa en irse, en tomar el avión y salvarse. Una vez estuve en el aeropuerto. Ezeiza. El avión ya salía, vía Roma. El hombre me miró con autoridad, con firmeza. Falta una firma, me dijo, ¿no ve? No entiendo, dije. Falta una firma más. Quiero irme, quiero tomar el avión que se va, digo. Y él me responde: jódase. El avión vía Roma no sale, tengo que conseguir esa firma. Pero pierdo el pasaje, el pasaporte tardará dos o tres días. Recuerdo al hombre, nadie pudo hacer nada. El jefe del aeropuerto sonreía: será un error, y esa palabra: jódase. Entonces algo se pudre irremediablemente.

Sin saber cómo se ha abierto una ventana color beige. Tal vez alguien pudo dibujarla. Está a otra altura de dónde estoy, más arriba. Estoy en el foso de algún teatro, las piernas de las bailarinas se mueven en un cuadro bellísimo. No quiero que me envidien el sueño, los colores han sido modelados y todos armonizan, rosas, amarillos, tierras, celeste. La música irrumpe en la escena, todo es mágico. No debo salir de ahí, me quedo mirando el espectáculo, las bailarinas siguen bailando, me despierto. El sol ya se entrometió en mi cuarto. Es un nuevo día, la función debe continuar. 

Araceli Otamendi nació en Quilmes, Provincia de Buenos Aires, Argentina. Es escritora y periodista, blogger, traductora y editora. Desde el año 2002 dirige y edita ininterrumpidamente las revistas digitales de cultura Archivos del Sur y Barco de papel (para niños, padres y docentes). Escribe cuentos, novelas, ensayos, crónicas y poesía. En 1994 recibió el Premio Fundación El Libro por su novela policial Pájaros debajo de la piel y cerveza. Ha publicado la novela policial Extraños en la noche de Iemanjá en la revista Aurora Boreal (Dinamarca) en formato e-book. Sus cuentos han sido publicados en antologías de Argentina y de otros países, en revistas, periódicos y sitios web. Es miembro correspondiente de la Academia Gloriense de Letras (Brasil), silla Silvina Ocampo.

domingo, 14 de abril de 2024

EL CONJURADO


Araceli Otamendi



Elina, que había sabido ser amiga y algo más del hijo, fue esa mañana temprano a visitar al viejo.

Un sueño durante la noche anterior le anticipó lo que iba a pasar durante la visita.

Elina deslizó la traba del portón que daba al jardín y entró. Un perro atado ladró varías veces. Era un caserón antiguo en la provincia de Buenos Aires, de esas casas grandes con jardín, galería y patio, frescas en verano, frías en invierno.

El viejo estaba sentado bajo la parra; medio en la sombra se podía ver la curva de su barriga y un poco el pelo blanco. Sostenía en una mano un libro. Algunos rayos de sol se filtraban entre las hojas. Las facciones de la cara del viejo eran casi las mismas de antes. La cara era un espejo adelantado en años a la del hijo, un espejo que devolvía en la imagen lo que el tiempo podía hacer.

Hacía calor y las cigarras cantaban.

Sentado en una mecedora antigua, de mimbre, el viejo dormitaba, el calor era pegajoso.

Elina, que había llegado casi en puntas de pie se sentó frente a él; el anciano estaba con los ojos cerrados, roncaba.

La mecedora se movía impasiblemente como si la respiración del viejo la hamacara.

El viejo abrió un poco los ojos y se encontró con la figura de la mujer a la que recordaba más joven y con más belleza.

Si hubiera sido más joven y mi belleza se conservara intacta, pensó el viejo, que pensaba Elina, no estaría aquí. El viejo sonrió apenas, con algo de malicia y dijo:

—Qué bueno que viniste, no te esperaba.

—Yo tampoco sabía que iba a venir —dijo Elina. Al viejo le gustaba hablar y a Elina escuchar.

—Anoche soñé con él, era joven y buen mozo, como siempre. Era la fiesta de mi casamiento con Jeanette, bailábamos —afirmó el viejo—. Jeanette, que era una mujer ya grande se veía joven y linda.

—Y él, ¿qué hacía? —pregunto Elina

—En principio, miraba. Nunca le gustó Jeanette ni que yo me volviera a casar. Inteligente, complejo, Francisco era intrincado también.

Comprendió enseguida que hablaba de un fantasma, que había vuelto y que estaba muerto, o tal vez no. Elina sintió que se le erizaba la piel. La historia se repite, pensó.

De sueño en sueño, la silueta fantasmal de Francisco se presentaba.

El viejo empezó a contar anécdotas de su vida, el pasado se hacía presente en la narración, como en tantas cosas.

Había transcurrido el tiempo y Francisco seguía viviendo entre ellos, los que lo recordaban.

Era inminente su aparición.

Después de un rato una ráfaga de viento abrió de golpe el portón del jardín y el conjurado entró.

Vestido íntegramente de blanco como el Gran Gatsby, parecía venir de una fiesta o tal vez de algún funeral; caminaba despacio por las lajas esquivando el pasto y la tierra que a esa hora se ponía más seca.

El semblante del viejo había cambiado desde que escuchó el sonido del portón abriéndose, parecía asustado.

—¿Qué le pasa? ¿Tiene miedo? —preguntó Elina.

—Está viniendo muy seguido, no puedo vivir así —contestó el viejo.

Enseguida se incorporó mientras la mecedora seguía hamacándose sola.

Se escucharon pasos. Elina se quedó sentada en la silla, esperaba un desenlace.

El viejo entró en la casa, buscó algo en la cocina, tal vez un arma.

Francisco se acercó a Elina, ella se incorporó, quería verlo cara a cara.

—Quedate sentada —dijo Francisco y entró enseguida en la casa. Elina no le hizo caso y lo siguió. Se quedó de pie en el jardín.

El viento cálido empezó a arremolinar las hojas secas que anticipaban la llegada del otoño. Se escuchó el grito de unos buitres que volaban alto, revoloteaban. Daban vueltas a una altura considerable sobre el jardín, con las alas desplegadas, seguramente en busca de alguna presa.

Poco después se abrió la puerta que daba a la galería y Francisco salió, tenía un cuchillo en la mano y lo arrojó al pasto. El metal quedó cubierto por unos gramillones largos.

Francisco siguió caminando, Elina iba detrás.

No cruzaron palabra casi hasta el final.

Ya en el portón de calle Elina dijo:

—¿Por qué viniste?

—Tenía que hacerlo, había que matarlo.

—Ya lo sé —dijo Elina y continuó—: Ahora podremos vivir, ahora no podrá soñarnos.

El calor se había tornado insoportable.

Las dos siluetas se fueron caminando barranca abajo, hacia el río, se perdieron entre las sombras de los árboles.

Araceli Otamendi nació en Quilmes, Provincia de Buenos Aires, Argentina. Es escritora y periodista, blogger, traductora y editora. Desde el año 2002 dirige y edita ininterrumpidamente las revistas digitales de cultura Archivos del Sur y Barco de papel (para niños, padres y docentes). Escribe cuentos, novelas, ensayos, crónicas y poesía. En 1994 recibió el Premio Fundación El Libro por su novela policial Pájaros debajo de la piel y cerveza. Ha publicado la novela policial Extraños en la noche de Iemanjá en la revista Aurora Boreal (Dinamarca) en formato e-book. Sus cuentos han sido publicados en antologías de Argentina y de otros países, en revistas, periódicos y sitios web.


INCIDENTE EN FLANDES