Araceli Otamendi
"Es
el pasado, no el futuro, lo que nos devora.
El
futuro siempre ha pertenecido
y
seguirá perteneciendo al poeta".
Henry
Miller
Buenos Aires, 1988
Las once. Esta es mi
hora. Es la hora que me gusta de la noche, que me atrae, que me atrapa. Ahora
es la hora de escribir. El tren. Se llamará el tren. El teléfono ha dejado de
sonar. Por suerte. El sonido es furioso, incesante, perturbador, insistente. No
he querido atenderlo. No quiero saber por qué intentan hablar. O mejor sí, creo
saberlo. Hablar a esta hora en que escribo, no, no quiero hablar. De noche, en
esta ciudad maldita y amada, atrayente y perturbadora el silencio se hace de
golpe. Cae una red suspendida del espacio y lo atrapa todo, el silencio es un
come-ruidos –¡qué palabra!–, los devora, los tritura en su inmenso estómago,
los deglute y es aprisionador. Los aprisiona y se lo agradezco porque gracias a
él puedo escribir en mi computadora. ¿La realidad copia a la ficción? ¿La
ficción copia a la realidad? ¿Qué sucede cuando las imágenes de los sueños
parecen penetrar en lo real? ¿Se apoderan de ella? ¿Existe un espacio secreto
entre la realidad y el sueño? ¿Hay en cada uno de nosotros un lugar para ese
espacio? Ahora voy en un tren, inexplicablemente estoy ahí, pero lo acepto. Algunos
hombres disfrazados, desfiguradas sus caras como máscaras, viajan colgados de
los estribos del último vagón. Afuera, las hojas ocres, doradas y tenuemente
rojas viajan en dirección contraria. Alguien, una voz secreta me dice al oído:
tu punto de destino es Schumann. No conozco ninguna ciudad con ese nombre pero
sí un compositor. Escuchá música clásica, clásica, clásica. En mis oídos
resuenan esas palabras repetidas en la infancia. Un recuerdo infantil, lo
desecho. Beethoven me parecía triste, odiaba su música, por suerte llegaron los
Beatles. ¿Si mi destino fuera llegar a Schumann? ¿Qué quiere decir? El también
se obsesionó con la literatura.
Si pudiera
escribir de manera tan simple como los cálculos y fórmulas matemáticas donde
apenas con algunos signos se puede expresar que el cuadrado de la hipotenusa es
igual a la suma de los cuadrados de los catetos en el triángulo rectángulo sin
decir todo esto, me acercaría a un estado parecido a la felicidad. Pero no,
estoy llena de palabras, de significantes que desbordan a veces sin poder
atraparlos. Palabras que hay que atrapar como esas pelotitas que saltan
enloquecidas en un juego de parque de diversiones, a las que hay que atrapar
con una red, a ver quién atrapa más, la gente aprieta los labios y trata de
mantener firme el pulso, a ver quién atrapa más y el que gana es que logra
reunir más cantidad. Yo quisiera ensartar la menor cantidad y así expresarlo
todo.
Viajar en
auto puede ser peligroso. No hay nada tan inofensivo como andar en auto por las
calles del centro. Andar por andar sin ningún motivo especial. Vulgarmente se
llama dar una vuelta. La tarde está pintada de gris. La ciudad se ha vuelto una
paleta de grises, no tiene luces, no tiene brillo. Tres hombres vestidos con
traje y corbata nos detienen. Estoy con mi novio. Los tres nos miran serios,
inexpresivos. Una extraña inquietud se apodera de mí. No hay motivos para
detenerlos, dicen. Tampoco hay motivos para dejarlos circular.
¿Cuáles son
los motivos? Pienso en ese momento. Y enseguida arguyo: soy una buena mujer, no
he matado a nadie, no he traicionado, no he robado. Soy una buena esposa, una
buena madre, una buena amiga. Fui una buena empleada, una buena estudiante.
¿Por qué me detienen? Soy una buena ciudadana. ¿No se da cuenta? Usted es sólo
eso, me dicen. Una transeúnte. Y no hay motivos para andar por acá. ¿Comprende?
En realidad no, no entiendo nada. Dejen el auto con las puertas abiertas y
váyanse. Lo dejamos ahí, los tres hombres suben al auto. Ni siquiera miramos
hacia atrás, como Lot, sin el miedo a convertirme o a convertir a nadie en una
estatua de sal. Nos alejamos rápido del lugar. Aparecemos en Florida y Rivadavia.
Se hizo de noche. Apenas hay algunas luces prendidas. No nos importa dejar nada
atrás. Todo queda como detenido en el tiempo. Los hombres se van en el auto.
Escuchamos el ruido del escape. Ni siquiera hablamos. Caminamos apresuradamente
por Florida. A medida que avanzamos mi desasosiego aumenta. Es necesario
encontrar un lugar. ¿Para qué? A veces me pregunto. Tengo la sensación extraña,
incierta de que ocurrirá algo inminente. Algo así como un avión que cae, una
explosión, una tormenta, un huracán. Entre la gente que camina por ahí no es
posible ver nada. Aparecemos en una iglesia. Una mujer cierra las puertas y las
ventanas. Nuestros ojos se cruzan con otros y se intercambian miradas de
asombro. Otra mujer que no alcanzo a distinguir bien dice con voz de flauta:
ahora vamos a rezar. Vamos a entonar un himno. Todos los que estamos ahí nos
miramos sin saber qué hacer. Nadie recuerda cómo se reza. Tengo una rarísima
sensación de inquietud. Creo que nunca supe cómo se rezaba. Es una situación
absurda y angustiosa. Me siento aprisionada. Estoy aprisionada en ese lugar tan
oscuro, donde todo huele a incienso. Igual a cuando era chica y debía cantar en
el coro de la misa, todos los días cuando concurría a clases. Entonces una de
las monjas ejecutaba himnos en un órgano desafinado y lo único que yo deseaba
era escapar de ahí, si fuera posible volando. Quería transformarme en un
pájaro. Soñaba despierta con volar desde el coro y escapar por una ventana.
Sin saber
cómo ni por qué aparezco en un lugar oscuro y abierto. Un espacio inexplicable.
Se escucha una música estridente. Hombres y mujeres vestidos de negro bailan
rock and roll. Me niego a participar de esa danza. Aunque me llaman. Ese no es
mi tiempo. Ya superé la estridencia, las luces sicodélicas, las luces negras,
la atmósfera asfixiante y un buen día dije no va más y como en el casino, no
fue más. Tengo necesidad de tomar un café para seguir escribiendo.
Al costado
hay un camino oscuro por el que no puedo internarme. Una fila de chicos con
máscaras interrumpe sorpresivamente el ensimismamiento en que estaba. ¿Por qué
los chicos tienen máscaras? A lo mejor no son chicos, son pigmeos. Enseguida me
acuerdo de algo que leí. El hombre que compró la isla de Manhattan fue estafado
por unos indios. Los verdaderos dueños de la isla espiaban en el bosque durante
la transacción. Y el muy tonto de Peter, que así se llamaba, les creyó. Yo
también he deseado creer, creer en algo. Alguien, no sé quien es me dice: ¿cómo
va tu relación con Dios? Como si lo hubiera estado esperando digo: hablemos de
Dios.
Ahora navego
en un barco medio deshecho pero no estoy sola ahí. Somos varios. Atravesamos un
río revuelto, una tormenta cae sobre nosotros. El viento agita el agua, el
barco, a todos, vamos a la deriva. El río es una inmensidad marrón, me pregunto
si esa es nuestra vida o tan solo un pedazo. ¿La vida es eso, navegar? Nos
internamos ahora por un riacho, entre las islas. Es de noche y casi a tientas
buscamos el camino que nos permita salir de ahí. No se ve casi nada. Sé que el
río es marrón y es opaco. Casi como la tierra. En ese momento, desesperadamente
quiero acordarme de una poesía de Walt Whitman. Algo que me hable de su manera
de ver las cosas. Tengo la sensación de que en cualquier momento la nave se va
a partir en mil pedazos. Y sin embargo me empecino en seguir. Habré dormido
noches, años. Inesperadamente se hace de día, llegamos a tierra firme. Salió el
sol. Siempre, sin saber cómo, el amanecer llega. Entonces inicio otra etapa.
Por algún
lado encuentro una poesía, la escribe un personaje de una novela que comencé
hace algún tiempo. El marido se ha ido, ¡otra vez el sonsonete! con una mujer
treinta años menor. Viven en la casa de enfrente, él y su amante. La mujer los
ve por la ventana. La poesía termina así: “fue el infinito el límite de mi
inocencia. Creí que vendrías una tarde cualquiera”. El personaje me aburre
mortalmente. No lo aguanto, ese personaje está muerto, tan muerto como decía
Henri Miller: todos estamos vacíos y muertos aquí en Villa Borghese. Pienso que
en Buenos Aires ni siquiera estamos así, sino hundidos, varados en una ciénaga
de cemento. Europa se pudre, dice Miller. Y yo digo que Argentina da señas de
ese olor. Cuando todo el mundo piensa en irse, en tomar el avión y salvarse.
Una vez estuve en el aeropuerto. Ezeiza. El avión ya salía, vía Roma. El hombre
me miró con autoridad, con firmeza. Falta una firma, me dijo, ¿no ve? No
entiendo, dije. Falta una firma más. Quiero irme, quiero tomar el avión que se
va, digo. Y él me responde: jódase. El avión vía Roma no sale, tengo que
conseguir esa firma. Pero pierdo el pasaje, el pasaporte tardará dos o tres
días. Recuerdo al hombre, nadie pudo hacer nada. El jefe del aeropuerto
sonreía: será un error, y esa palabra: jódase. Entonces algo se pudre
irremediablemente.
Sin saber
cómo se ha abierto una ventana color beige. Tal vez alguien pudo dibujarla.
Está a otra altura de dónde estoy, más arriba. Estoy en el foso de algún
teatro, las piernas de las bailarinas se mueven en un cuadro bellísimo. No
quiero que me envidien el sueño, los colores han sido modelados y todos
armonizan, rosas, amarillos, tierras, celeste. La música irrumpe en la escena,
todo es mágico. No debo salir de ahí, me quedo mirando el espectáculo, las
bailarinas siguen bailando, me despierto. El sol ya se entrometió en mi cuarto.
Es un nuevo día, la función debe continuar.

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