Ionuț Manea
A Roxana la ligué
por Facebook. Le escribí algunos poemas de Maiakovski y fue suficiente. Con las
mujeres hay que ser decidido. Hay que parecer seguro de uno mismo, aunque no
tengas ni idea de lo que estás diciendo. Y regla número uno: no desesperar. Llegó
a mi casa en un Mini Cooper rojo, por la noche, después de las diez. Arreglada,
delgada, un poco encorvada por su estatura. En general, las flacuchas suelen ir
un poco inclinadas hacia adelante. El sexo no tiene nada que ver con las
conversaciones de antes o de después, por mucho que uno quiera creerlo. Mi
problema no es que no encuentre a mi media naranja; mi problema es que la
consumo demasiado rápido. Soy voraz. Me consuelo pensando que, al fin y al
cabo, nacimos para consumirnos.
¿Por qué estoy, sin embargo, tan
obsesionado con las mujeres?… Sufro de la más terrible y desconocida
enfermedad.
Si paso mucho tiempo cerca de una
sola mujer, me aparecen dibujos –así los llamo–, una especie de manchas de
colores por todo el cuerpo. Con Roxana, me aparecieron por primera vez en los
omóplatos. Dos mariposas gigantes, diametralmente opuestas: una amarilla, la
otra negra. Mis dibujos proliferaban. Adquirían relieve, como si quisieran
desprenderse de mi carne y echar a volar. Los síntomas varían de una mujer a
otra, por supuesto; lo mismo ocurre con los dibujos. Los primeros síntomas los
tuve en Poiana Mărului, donde fui con Thea.
Frente a la cabaña, a la luz de la
enorme bombilla de la entrada, había tres caballos negros tendidos sobre la
hierba. El aire agradable de la montaña entraba por la ventana entreabierta, y
de vez en cuando los caballos resoplaban. La sensación era tan placentera que
la vista comenzó a nublárseme. La espalda se me irritaba, me ardía. Hacia la
mañana, en el espejo del baño, vi dos caballitos negros en la espalda,
diametralmente opuestos. Los estados empeoraban, el picor aumentaba en
intensidad.
El brote no duraba mucho, no más de
una hora. Después, todo volvía a la normalidad. Pero durante esa hora, el
tiempo se dilataba. Los momentos pasados en compañía de la amante, de cualquier
naturaleza, se volvían pesados, asfixiantes, reprochándome cualquier gesto
trivial. Y la compasión se carbonizaba hacia el final. Después de cada brote,
no quería volver a saber nada de ella. Me parecía que cada mueca estaba
destinada a lo lamentable. Veía los granos ocultos bajo la capa de maquillaje,
los hombros me parecían gruesos, los pechos demasiado caídos, las pestañas
burdamente depiladas. Una nefasta sensación de inutilidad, como si mi vida se
hubiera escurrido en vano en un reloj de arena común. Naturalmente, seguía una
ruptura en la que tenía que soportar los lamentos y reproches de una mujer
herida. Algunas eran irascibles, despiadadas; otras no decían una palabra,
enloquecían durante unos minutos y luego se marchaban en silencio.
Después venía la merecida etapa de
soledad. Durante un tiempo no quería saber de nadie. Entonces era
verdaderamente yo.
Los síntomas desaparecían por
completo; flotaba en una inmensa piscina de pereza y comodidad, fumaba sin
parar, leía lo que me apetecía –a veces tres libros a la vez–, jugaba Final
Fantasy XIV en la PlayStation y escuchaba doo-wop. La vida transcurría
en su forma preferida.
Cuando agotaba mis recursos
financieros, buscaba algún proyecto para ganar dinero. Entonces también
aparecían las mujeres en mi vida. Debo confesar que, en los casos en que mi
implicación era casi nula, los síntomas desaparecían por completo. Tenía mujeres
de usar y tirar, por unas horas o, como mucho, un día. El momento tardío en el
que me enamoraba de ellas estaba lejos de esos cuerpos suaves y blancos,
sorprendidos ya fuera en los brazos de otro o bajo el chorro caliente de la
ducha; su vida, generalmente ajetreada, terminaba en los patios de las casitas
en las afueras del condado, en terrenos pobres, con padres agotados y felices
de ver a su hija enviada a la ciudad en busca de una vida mejor. Entonces, en
ese momento de su felicidad inflexible, me enamoraba para siempre, en mi cama
que olía a madera, parecida a las tapas del pequeño libro con el que me quedaba
dormido en la cabecera. Y mi amor crecía cada día, protegido por la escasa
posibilidad de volver a encontrarnos. Solo entonces las formas me cosquilleaban
la piel, los dibujos desfilaban como en un caleidoscopio por toda la superficie
de mi cuerpo, sin que yo pudiera elegir; era el juego de mi enfermedad
aturdida, un repaso de todas las posibilidades, una sucesión de lo que podría
haber sido: serpientes, cabras, lobos, formas geométricas complejas, rostros
extraños, desconocidos, deformados, colinas azotadas por el viento, con
pastores dormidos al pie, envueltos en mantas. Nada se repetía, todo era nuevo.
Me encerré en la habitación que
daba a la calle, desde donde observaba a escondidas a los ancianos que iban a
la iglesia con sus ropas más limpias. Algunos caminaban despacio, los años
habían fijado sus piernas al suelo bajo su propio peso, con la cabeza baja, con
la mente quién sabe dónde.
Sus rostros, surcados por profundas
arrugas, ordenaban el mundo a su alrededor con un aire altivo, y los árboles
junto a los que pasaban dejaban caer las hojas muertas con la más leve brisa,
visiblemente intimidados.
No impresionaban a nadie. Solo
seguían su camino sin desviarse. Un hombre así te saludaba con una voz cálida.
Esos personajes tenían el don de tranquilizarme. Me curaba poco a poco, con
seguridad. En esos momentos no hablaba con nadie. Si mi madre me llamaba, no
respondía; le enviaba un mensaje breve. Por la noche leía en la cocina y
fumaba. No tenía ganas de nada, no quería ver labios moviéndose en su frenesí
por decir algo inteligible. No toleraba a nadie en esos estados. Tenía una gata
que se había instalado en el ático, llegada de los vecinos, y un viejo labrador
que dormía en las escaleras. Era suficiente.
El esternón se me había endurecido
como una carcasa, los hombros se me habían subido hasta las orejas, y a lo
largo de la columna sentía espinas que se clavaban en el sofá. Los dedos de los
pies se me habían alargado desmesuradamente, llegando hasta el suelo. Era una
imagen horrible; me odiaba tanto en esos momentos que me obligaba a dormir con
la esperanza de despertarme de nuevo normal. Y tras varios intentos, lo
conseguía. No tengo palabras para describir lo feliz que me despertaba. Era
como haber nacido por segunda vez. Solo que esta vez sentía que algo no estaba
bien.
Nunca me había sentido tan
renovado. En la habitación donde había muerto mi abuela no entraba. Las paredes
de tierra, encaladas hacía mucho tiempo, conservaban un olor rancio,
envejecido, que me transportaba décadas atrás, cuando la gente trabajaba la tierra
y criaba animales, y nada más. No tenían tiempo para otra cosa. Pero esta vez,
no sé cómo, me desperté en el diván tras un largo sueño.
No fue hasta la cuarta semana
cuando las heridas desaparecieron por completo. Los mareos persistían aún; me
arrastraba por las habitaciones altas como un viejo insecto.
Alguien llamó a la puerta dos
veces. Abrí, sorprendido de tener visitas a esa hora. Era una chica de pelo
largo, alta, de muslos estrechos, con estilo. Cuando miro por primera vez a una
mujer, presto atención a cada detalle físico, intentando encontrar defectos.
Me trajo un pastel; era mi nueva
vecina, Petrețki. Trabajaba en el aeropuerto, una chica lista. Su único defecto
era la piel cubierta de una gruesa capa de maquillaje bajo la que se escondía
el acné. Pero eso no me molestaba. Podía pasarlo por alto.
Hablamos un poco; el valor de
cruzar el umbral de mi casa no había sido más que el impulso de una fuerte
atracción que persistía en su cuerpo frágil, casi tembloroso cada vez que sus
pequeños labios articulaban frases breves. En el momento en que la toqué en el
hombro, amistosamente, sentí toda su agitación interior. Y esa fue la gota
final. Estábamos desbordados de excitación, ya no oíamos nada a nuestro
alrededor. Si alguien hubiera entrado en ese momento en la casa, no lo
habríamos notado.
Me desperté desnudo, encerrado en
el baño. La puerta estaba bloqueada por fuera. Cuando miré por el ojo de la
cerradura, Petrețki saltaba desnuda. Toda su espalda estaba cubierta de un
vello espeso. Tenía una cola de un metro de largo. Su rostro deformado, sus
ojos ya no tenían nada de humano, cantaba una canción extraña.
Cada vez que me tocas
insisto en mostrarte de dónde
vengo…
Y repetía esos versos sin cesar. No
me asusté; reconocía los síntomas. Los había tenido tantas veces. Me reía. No
era el único, y eso me hacía feliz.
Encendí un cigarrillo y dejé que el
tiempo pasara.
Ionuț Nicușor Manea vive en
Timișoara, Rumania, y trabaja como dentista. Fue premiado en el concurso
"Incubatorul de condeie" de 2014 y ha publicado prosas breves en las
revistas Egophobia, Hypocrisia, Convorbiri literare,
Orizonturi literare, Helion y Literomania. En 2019 publicó
una historia en el volumen Codename: Flash fiction. Antología de prosa breve
Literomanía.
