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viernes, 1 de mayo de 2026

DESEOS FUERA DE TURNO

 Gergely Buglyó

 

—¿Recuerdas cuando te convertí en dragón? —preguntó el Corazón Oscuro—. Desde entonces ni siquiera me lo has agradecido. Dime, ¿por qué todo el mundo es tan ingrato? ¿Tan difícil es decir “gracias”, eh? —El dragón no respondió; se limitó a mirar fijamente la caja de jade que ocultaba el Corazón. No la abrió, ni tampoco dedicó una sola mirada a los demás tesoros, aunque estuvieran amontonados en su cueva—. Por cierto, no diría que tu deseo te haya ayudado mucho —continuó el Corazón—. Es cierto que como dragón resultas más imponente que como una salamandra enclenque, pero aun así…

—No me fastidies —lo interrumpió el dragón.

—¿Has pensado en pedir otro deseo? Sabes que no tienes por qué esperar tanto. ¡Podrías pedir uno ahora mismo, en este instante!

El dragón suspiró profundamente y apoyó una de sus cabezas sobre una armadura decorativa con incrustaciones de rubíes. Siempre lo mismo, pensó, mientras las placas de oro cedían bajo su peso y se hundían bajo su barbilla. Por desgracia, estaba obligado a escuchar la cantilena del Corazón Oscuro mientras este hacía circular la sangre por su cuerpo.

—Piénsalo —susurró el Corazón—. Por ejemplo, podrías cambiar ese cuerpo tuyo, repugnante y gordo.

—¿No dijiste “imponente”? Además, hace tiempo que no necesito mudar la piel; todavía entro en la del año pasado.

—Porque ya estabas gordo el año pasado. ¿Crees que no veo que sufres? Anhelas princesas, pero “te controlas” y te atiborras de ovejas. Vives aquí, en una cueva de dragón miserable y pestilente, rodeado de tesoros que no te interesan, ¡y no tienes ninguna perspectiva!

—¡Eh, eso ha sido un golpe bajo! Sabes perfectamente que esto era lo único disponible.

El dragón decidió no reaccionar a lo demás. No quería “afinar” su deseo, sino anularlo y volver a ser una salamandra. Hacía tiempo que se había arrepentido de su ambición. Pero era demasiado inteligente como para dejarse convencer y pedir un deseo fuera de turno, por más melosa que fuera la voz del Corazón Oscuro.

Su garra se deslizó inconscientemente hacia el pecho: no le sorprendió no sentir latido alguno. En su lugar, si prestaba atención, podía oír el pulso rítmico del Corazón Oscuro en la caja. Si excluía todos los demás sonidos: el correteo de las ratas en sus madrigueras, el silbido tenue de la corriente de aire, el estrépito al otro lado de la cueva, el zumbido de las moscas… ¿estrépito?

Levantó la cabeza de golpe. ¿Qué había sido eso? Con un eco cavernoso, giró y olfateó el aire. Si otra vez algún humano estúpido se había atrevido a venir hasta allí para intentar venderle cachivaches resistentes al fuego…

—No te justifiques, simplemente formula el deseo. Y luego no olvides dar las gracias. ¿Me oyes? ¡Eh!

La voz por fin se apagó en su cabeza mientras se abría paso por el estrecho pasadizo que conducía a la parte principal de la cueva, y luego avanzaba pesadamente por la sala rodeada de columnas de roca. A su paso se levantaba polvo, y los huesos de un cazador de dragones del año anterior crujieron bajo sus patas. Sí, realmente había llegado el momento de la limpieza de primavera, pero en ese instante no le importaba en absoluto.

—¿Quién anda ahí? —tronó con sus siete gargantas a la vez al percibir movimiento desde la cocina—. ¡No compro nada y no tengo cinco minutos para hablar de mi salvación espiritual!

Durante un instante reinó el silencio.

—Vaya, un dragón ocupado —respondió luego una voz melodiosa—. ¿Se puede saber en qué ocupa su valioso tiempo el señor dragón?

En la entrada de la cocina, donde se abría el extractor –un antiguo agujero en la pared de la cueva provocado por una bala de cañón–, se dibujó una figura humana en la penumbra. Y no cualquier figura.

—Soy la princesa Aniridia —se presentó la recién llegada—. ¿Me reconoces?

El dragón tragó saliva y asintió con algunas de sus cabezas. Durante sus excursiones, cuando desde lo alto observaba ceremonias humanas o inauguraciones a las que también asistía la familia real, ya había tenido ocasión de ver a la princesa… aunque no con un atuendo tan provocador. Hizo lo posible por concentrarse en su rostro y en sus famosos ojos negros.

—Vete, humana, mientras te lo digo por las buenas. —Su voz sonaba más ronca de lo habitual. Tenía que recomponerse.

—¿Y si me quedo, qué vas a hacer conmigo? —Aniridia esbozó una sonrisa que seguramente consideraba encantadora y se acercó. El dragón apartó la mirada.

—Te sacaré de aquí de una patada, como el Gato con Bo…

—Tranquilo, querido señor dragón. Yo pensaba que, si me raptaba un monstruo tan grande y fuerte, seguramente querría devorarme.

—Pero yo no rapt… —El dragón carraspeó—. ¿Devorarte?

La muchacha se tapó la boca y soltó una risita.

—Oh, no te hagas el inocente, pillín. —Se subió a la roca que hacía las veces de encimera y empezó a quitar el polvo y las telarañas de unos libros de cocina que apenas podía levantar—. Veamos qué hay aquí. Hechizos con carne humanaCocina de dieta: damas de sangre azul bajas en calorías. ¡Y esto! Cien recetas con princesas. Un libro que no puede faltar en la cocina de un dragón principiante.

El dragón parpadeó. Sabía que los humanos eran una especie insensata, pero no recordaba que lo fueran tanto.

—Esto lo heredé del anterior propietario. Lárgate de aquí antes de que haga lo que pides. —Por mucho que intentaba mantener la calma, lenguas de fuego brotaban de sus fosas nasales.

—Mi vida se acabará de todos modos. Mi padre quiere casarme con un enan… con un atractivo y heroico barón. Tiene una nariz hermosa, muy varonil.

El dragón se rascó una de las frentes con una larga garra. No entendía ni el tono vacilante de la chica ni la mirada de soslayo, y mucho menos qué pretendía con todo aquello.

—Pero ¿sabes? —continuó Aniridia mientras volvía a deslizarse al suelo—. Yo no quiero casarme, ni siquiera con un hombre así. ¡Prefiero morir! Si me devoras ahora, será un final rápido y sin dolor para mí.

—Sabes que no puedo hacerlo —gruñó el dragón—. La legislación vigente establece que “a los dragones solo se les permite realizar actividades que causen un daño económico moderado mediante el consumo exclusivo de ovejas, siempre que ese daño no supere el mínimo necesario para la subsistencia del dragón. Toda actividad que tenga como objetivo el consumo de algún miembro de la familia real por parte de un dragón será castigada, en caso de intento fallido, con la pérdida de entre tres y siete cabezas, y en caso de acción exitosa con resultado de muerte, con la pérdida máxima de siete cabezas en todos los casos”. ¿No te resulta familiar la ley? La promulgó tu padre, no yo.

La princesa se acercó aún más, batiendo las pestañas.

—Nadie sabrá por mí que me has comido.

 

—No tienes de qué preocuparte, mariposita de miel… ¡cómo no ibas a ser la niña de los ojos de papá! ¿Qué estás diciendo? Bueno, bueno, alto no es, pero llamarlo enano… ¿De verdad importa ahora cómo es su nariz? Pero te digo que, si haces lo que te pido, no tendrás que casarte con el barón Acromegalion. El dragón protestará al principio, pero confío en tu capacidad de persuasión. No tengas miedo, querida Aniridia, el barón estará escondido a tu lado, oculto bajo el manto de invisibilidad. Cuando la bestia se lance contra ti, te cubrirá también con el manto y juntos escaparéis de la cueva.

¿Cómo que qué, angelito de cabeza florida? Intentarás arrancarle unas cuantas frases que dejen claro que quiere devorarte, o simplemente lo pondrás en una situación inequívoca. El barón Acromegalion llevará pluma y tinta, y anotará cuidadosamente todo en el Libro Mágico de las Palabras Verdaderas, en el que solo se pueden escribir palabras verdaderas, porque es mági… bueno, ya entiendes. Así, más tarde podremos hacer justicia. Después de que la ley caiga sobre el dragón, su tesoro será nuestro.

¿Cómo va a ser mejor gravarlo con impuestos, mi dulce pichoncita encantadora? Eras muy pequeña, no puedes recordar cuando impusimos ese impuesto extraordinario del ochenta por ciento sobre todos los tesoros de dragón. Ese maldito presentó una queja de inmediato ante el MEB y… bueno, la Autoridad de Magia para la Igualdad de Trato, cariño. El archimago Marasmus vino al día siguiente a acusarnos de supuesta discriminación racial. En fin, el caso es que la bestia es astuta, no hay que subestimarla. El barón se convertirá en un héroe vencedor de dragones y, no menos importante, podrá aumentar aún más su fortuna; eso lo compensará por tener que renunciar a ti. Y nosotros podremos llenar de nuevo nuestras vacías arcas. Todos saldrán ganando, excepto, claro, el dragón.

¿Qué ocurre, pedacito de mi carne? Bueno, bueno, lo entiendo. Entonces dejémoslo. Pero al menos, por tu pobre padre, ¡cásate con el barón! Su nariz no es tan grande, uno se acostumbra, y… Ay, ardillita mía, ¿qué podría importarme más que lo que tú quieres? Pero también debo pensar en nuestro pequeño reino, en nuestro tesoro, y con la fortuna del barón… ¿Cómo dijiste, mi besito delicioso? Bien. ¡Sabía que eras la hija de papá!

 

La princesa Aniridia sentía que ya no podría contener su rabia por mucho tiempo. ¿Quién habría imaginado que el dragón sería tan difícil? No es de extrañar que casi todos se hubieran extinguido. Recordaba vagamente las historias que le leían de niña sobre el instinto irrefrenable de los dragones de devorar princesas. ¡Claro, cómo no!

Cuando el dragón empezó a recitar leyes, estuvo a punto de salir corriendo de la cueva gritando. Pero entonces pensó en el barón. Si lo arruinas, será tu marido, se recordó. Bastó con imaginar con fuerza su baja estatura y su enorme y rugosa nariz para retomar las negociaciones con renovada energía.

Por cierto, ¿dónde estaba Acromegalion? No podía verlo bajo el manto mágico, claro, pero cuando habían trepado hasta la roca del dragón todavía había oído su respiración a su lado. Entonces, al percibir el olor a sudor enmascarado por perfume, había deseado que el efecto del manto de invisibilidad se extendiera también a los demás sentidos; ahora, sin embargo, la inquietaba cada vez más no tener idea de dónde se ocultaba el barón. El olor del dragón, la voz del dragón lo llenaban todo. Pero no había lugar para la duda: tenía que seguir interpretando su papel y confiar en que todo saliera según el plan.

—Aun así, no voy a comerte —declaró el dragón, quién sabe cuántas veces—. Piénsalo, no solo es problemático desde el punto de vista legal, sino también ético. No eres una oveja, sino un ser inteligente… más o menos, al menos.

Aniridia alzó la vista al cielo, pero enseguida se dio cuenta de que no ayudaba. Mejor mirar a su alrededor en la cocina de la cueva: tenía que haber algo que pudiera usar.

En el caldero sobre el fuego hervía agua –no, no iba a meterse ahí–; encima, sartenes oxidadas colgaban de clavos ubicados en la pared. Sobre la mesa, junto a descomunales platos de madera, se amontonaban verduras y cajas de especias en desorden.

Ahora o nunca, pensó Aniridia, y trepó por la pata de una silla para, desde el respaldo, saltar directamente a la mesa.

—¿Qué haces? —se acercó el dragón con pasos retumbantes, pero para entonces ella ya se había colocado sobre uno de los platos y se esforzaba por espolvorearse con romero y mejorana.

—Ahí tienes, ya solo tienes que echarme fuego encima, grandullón. —Algo brilló en los ojos del dragón. ¿Hambre… o compasión? ¡No podía ser!—. ¿Eres tonto? —le espetó la chica—. ¡Mira que eres un dragón inútil, cabezota! ¡Vamos! ¿Tengo que meterme yo por tu garganta?

La cabeza central se inclinó más cerca. Aniridia no sabía leer en aquellos ojos reptilianos, pero percibía que brillaban de manera distinta que antes. Que el dragón luchaba contra su propia naturaleza, y que iba a perder. Sabía que había llegado el momento.

¡Ahora, enano!, pensó.

 

El barón Acromegalion procuraba seguir a Aniridia desde cierta distancia: la joven se movía con tanta torpeza por la cueva que temía constantemente chocar con ella, y entonces, por mucho manto que llevara, el dragón lo descubriría y los reduciría a cenizas a ambos.

Habría preferido no tener que escuchar toda aquella comedia entre Aniridia y el dragón. Ni siquiera había sacado la pluma ni el libro: lo último que necesitaba era dejar por escrito todas esas tonterías. Sentía lástima por la muchacha, a la que iba a abandonar, pero tenía que entrar en la cámara del tesoro.

Parecía que la actuación de Aniridia no bastaba para distraer al dragón. O bien azotaba con la cola frente al pasadizo que llevaba al tesoro, o bien alguna de sus cabezas se inclinaba en esa dirección. El barón sabía que el olfato del dragón era excelente: incluso siendo invisible, debía esperar a que se alejara de la entrada.

Entonces la princesa subió a la mesa –¿de verdad creía que él la seguiría hasta allí?–, y eso por fin atrajo al dragón. Acromegalion echó a correr.

El pasadizo excavado en la roca parecía demasiado estrecho para que una criatura del tamaño de un dragón pudiera transitar por él, pero el olor indicaba que, aun así, lo hacía. Allí el barón se atrevió a encender su antorcha; la sostuvo con cautela fuera del manto. Cucarachas y cochinillas crujían en las grietas de las paredes o huían de sus pasos por el suelo. Más adelante, al final del corredor, la luz de la antorcha se reflejaba en algo: un ojo entrenado reconocía el oro incluso a esa distancia.

Al oír el grito de Aniridia, la conciencia volvió a atormentarlo con renovada fuerza, pero el sonido de la masticación del dragón le indicó que ya era tarde, que no podía hacer nada. En un libro de autoayuda había leído que hay que dejar ir el pasado, todo aquello que no se puede cambiar, para poder transformar el futuro con el corazón abierto. Eso era precisamente lo que él estaba a punto de hacer.

Cuando llegó a la cámara, comprendió por qué el rey había puesto en riesgo la vida de su hija. Antiguas monedas ricamente acuñadas, copas con incrustaciones de diamantes, joyas, armas de exquisita factura se apilaban en grandes montones, junto con voluminosos volúmenes encuadernados en metal dorado, con títulos como Cómo matar a un cazador de dragones: guía para escupefuegos tímidos. En busca de su botín, avanzaba de puntillas entre los montículos. Por fin, en un rincón oculto, encontró la caja de jade que contenía el corazón del dragón.

Con manos temblorosas levantó la tapa. En su interior palpitaba una masa gris, informe, cuyos contornos resultaban difíciles de distinguir a la luz de la antorcha colgada en la pared. El Corazón Oscuro.

—Ya que me has admirado, ¿vas a pedir también un deseo? —dijo una voz en la cabeza del barón, tan repentina que casi dejó caer la caja.

—Sí —se aclaró la garganta Acromegalion—. Sí, por supuesto.

¿Qué decía el Libro de los Artefactos? Dejó la caja en el suelo e intentó recordar las palabras exactas del ritual mientras sacaba su daga.

—¡Te saludo, oh, Corazón Oscuro! —dijo en voz baja, para que el dragón no lo oyera desde el otro lado de la cueva—. Acepta estas siete gotas de sangre como ofrenda, para que mis palabras…

—Dejemos las formalidades —lo interrumpió el Corazón—. No estamos en la Tercera Era, ¿verdad? Limítate a desear.

—Ah… bueno, de acuerdo —murmuró el barón. Se quedó un momento torpemente con la daga en la mano, luego la volvió a guardar—. Verás… a quien ha sido castigado con una apariencia como la mía, el oro no le hace feliz. Es una maldición terrible, que…

—¡Vamos, dilo de una vez!

El barón asintió y respiró hondo.

—No quiero seguir viviendo como un enano. —Se palpó la nariz—. Pero… ¿se puede pedir que no agrandes todas mis partes de manera proporcional?

El Corazón guardó silencio un instante.

—¿A qué te refieres? Oh, ya entiendo. Algunos hombres suelen pedir que…

—¡Estoy hablando de mi nariz! ¿Entiendes? ¡Que todo crezca por igual, menos la nariz!

La cosa grisácea dentro de la caja de jade empezó a latir con fuerza de repente.

—Tu deseo será concedido.

La grisura se extendió por la cueva, oscureciéndolo todo, como una gota de tinta en una jarra de agua. Apagó la luz de la antorcha. Acromegalion dio un paso atrás, pero sus piernas fallaron. Cayó con estrépito entre cascos y armaduras.

Su corazón latía con violencia: aunque la fuerza lo abandonaba, sus miembros se alargaban de verdad, tal como había deseado. Y seguían alargándose… alargándose… y alargándose…

 

Cuando el polvo se asentó, el Corazón Oscuro por fin pudo contemplar a su creación más reciente: un gigante de quince pies de altura, rebosante de músculos. Por supuesto, esperó en vano el agradecimiento, pero comprobó con satisfacción que no había perdido la práctica. A pesar de los rasgos toscos y la constitución larguirucha, su obra había quedado verdaderamente proporcionada, salvo por un pequeño defecto estético: la nariz era demasiado diminuta para aquella cabeza. En fin, un deseo es un deseo.

—¿Qué me has hecho? —bramó Acromegalion.

El manto de invisibilidad ahora parecía apenas una bufanda fina sobre sus hombros; lo dejó caer al suelo, entre los demás tesoros. Contemplaba su nuevo cuerpo y se apretaba el pecho, allí donde el corazón se le había quedado inmóvil, en una floja quietud. Probablemente habría echado a llorar si en ese momento no hubiera chocado contra él otro cuerpo enorme, desde el pasadizo que conducía a la cueva. El dragón.

Derribó al gigante y le escupió fuego en la cara y el pelo. Acromegalion por fin logró aferrarle uno de los cuellos y, girando sobre sí mismo, estrelló a su atacante contra la pared. La propia montaña tembló con el impacto, y del techo cayó polvo de piedra sobre los combatientes.

El Corazón Oscuro sabía que lo más elegante sería observar el duelo con una indiferencia digna de su rango, pero le pareció que a su nuevo protegido no le vendría mal un poco de aliento civilizado.

—¡Dale en ese hocico de reptil! ¡Vamos, arráncale la cabeza! ¿Dónde está ese gancho de izquierda?

Cuatro cabezas del dragón ya colgaban flácidas, y las tres restantes jadeaban cada vez con más fuerza. Ahora que ya no estaba bajo su protección, se enfrentaba a una nueva dificultad: su corazón todavía no estaba acostumbrado a tener que trabajar, y abastecer de sangre un cuerpo tan enorme no era poca cosa. Mala idea lanzarse a un combate a vida o muerte sin calentamiento, pensó el Corazón Oscuro con malicia. Si no lo mataba el gigante, lo haría el infarto.

Mientras tanto, Acromegalion descubrió su propia invulnerabilidad y, a ojos vistas, empezó a aprovechar cada vez mejor la ventaja. Como protegido del Corazón Oscuro, ni siquiera se chamuscaba en el infierno de llamas que brotaba de los pulmones del dragón.

Tomó de entre los tesoros esparcidos por el suelo una maza descomunal que despedía un resplandor plateado, y se dedicó a triturar metódicamente los huesos del dragón. Para cuando terminó, él también respiraba de manera irregular; su adversario, en cambio, yacía inmóvil al pie de la pared.

—No estuvo mal —comentó el Corazón—. Aun así, puliremos un poco tu técnica antes de que te enfrentes al ejército del rey.

El gigante hizo oídos sordos. Su paso retumbante se detuvo ante la caja de jade que contenía al Corazón.

—¿Qué me hiciste? ¡Yo no deseé esto! Te voy a aplastar, pedazo de… —La maza ya se alzaba.

—Entonces morirás. No olvides que ahora yo soy tu corazón.

Le llevó un rato comprenderlo. Su mirada confusa iba de un lado a otro, desesperada. Al final, el brazo que sostenía la maza cayó.

—Pero yo… ¡yo no deseé algo así! ¡Me engañaste! ¿No hay alguna regla para esto?

—No —respondió el Corazón, casi con pesar.

—¡Me retracto de todo! ¡Vuelve a dejarlo todo como estaba y devuélveme mi deseo!

—Seamos sinceros —susurró el Corazón—: tú hiciste el ruido que llamó la atención del dragón. Sin tu deseo ya estarías muerto. En realidad deberías agradecérmelo, solo que todo el mundo parece olvidarlo.

—¿Qué? ¿Agradecerte? He dicho que…

—Por desgracia, desde mi punto de vista, parece que utilizaste el servicio y ahora quieres retractarte.

Acromegalion tragó saliva.

—¡Esto es ridículo! —En su furia, empezó a golpear la pared con la maza. Al final cayó de rodillas y rompió a sollozar.

—Avísame cuando te calmes. Hay una solución. Otro deseo.

La maza cayó al suelo con un golpe sordo. Acromegalion levantó la vista, los ojos muy abiertos por el asombro.

—¿En serio? ¿Puedo pedir otro?

—Claro, las reglas no lo prohíben. Pero tendrás que esperar un poco.

—¿Cuánto?

El Corazón meditó.

—Antes se podía pedir uno al año. Luego eso cambió, por suerte.

—¿Basta con medio año? —soltó el gigante—. ¿O un trimestre? ¡Dime!

—Un siglo.

—Si calculo bien, ¡eso son tres o cuatro días!

—Un siglo entero.

La boca de Acromegalion se abrió y quedó así. El Corazón no esperó al siguiente ataque histérico.

—Pero también puedes pedir uno fuera de turno.

—Ah, o sea… ¿ahora?

—Así es. No tienes que esperar ni un minuto.

—Ah, bueno… bueno, eso está bien —murmuró el gigante—. Así suena mucho mejor. Entonces deseo que…

—Fuera de turno solo puedes desear una única cosa —siseó el Corazón Oscuro—. Acércate y repite mis palabras.

El gigante se inclinó sobre la caja de jade; el Corazón sintió sobre sí su aliento pesado. Un silencio absoluto se apoderó de la cueva.

—“Devuélveme la felicidad que perdí hace tanto. No importa cuál sea el precio”.

Acromegalion lo sopesó apenas un instante y luego lo repitió. Y entonces ocurrió. Los tentáculos del Corazón Oscuro fueron arrancando uno tras otro los grilletes del Contrato: hacía muchísimo tiempo que no se sentía tan fuerte y libre.

Ahora podía extenderse hacia Acromegalion. Llegó hasta sus ojos, hasta su cerebro, envolvió su mente, su alma.

El gigante aulló, se retorció. Intentó luchar, pero luego regresó al estado temprano de la felicidad, cuando el cerebro empieza a desarrollarse en el vientre materno. Todas sus preocupaciones y tristezas se desvanecieron; ya no tenía que pensar. El Corazón Oscuro asumió por él toda esa carga, como de costumbre sin recibir agradecimiento, aunque esta vez no se lo tomó tan a mal como en general, porque ¿cómo iba a considerar ingrata a una conciencia embrionaria?

Sintió que el enorme cuerpo temblaba bajo la presión de su voluntad. Abrió los ojos. La cámara del tesoro estaba oscura, pero no era solo por eso que veía borroso. Llevaría tiempo familiarizarse con todas las circunvoluciones del cerebro y usarlo de verdad como si fuera suyo. Tiempo, pero nada más.

—Pronto podré hacerle una visita al rey —dijo en voz alta. Era una voz extraña, pero desde ese día era la suya. Tendría que acostumbrarse.

—¿Hablas solo? —preguntó otra voz.

Era débil y sibilante, y venía del pie de la pared. La del dragón.

—¿Sigues vivo? —soltó el gigante—. Bueno, ahora mismo me encargo de eso.

Ya se ponía en marcha, primero con pasos inseguros, luego con un equilibrio cada vez más firme.

—Yo también quiero pedir un deseo —dijo el dragón—. Fuera de turno.

El gigante se detuvo en seco.

—¿Y por qué? —gruñó—. Antes ya sospechabas cuáles eran las consecuencias, y ahora además las has visto.

—Pero ese humano… al menos vive, ¿no? —gimió el dragón—. De una forma u otra, vive. Es feliz a su manera. Yo tampoco… no quiero… morir.

Su voz se apagó.

Así que estamos en esas. El Corazón Oscuro sabía que, decidiera lo que decidiera, no le quedaba mucho tiempo.

La oferta del dragón parecía una posibilidad interesante. El Corazón nunca había intentado controlar dos marionetas a la vez. Pero podría hacerlo. ¿Por qué no iba a poder? Un gigante y un dragón. Si lo lograba, ni siquiera tendría que molestarse con reyes y ejércitos. Podría dirigirse directamente a la Torre de los Magos.

—Que así sea —decidió al fin. Cuando el dragón no reaccionó, añadió—: Supongo que tampoco debo esperar gratitud de ti, ¿verdad? Al fin y al cabo, solo voy a salvarte la vida. Vamos, repite después de mí: “devuélveme la felicidad que perdí hace tanto. No importa cuál sea el precio”.

Se inclinó hacia la única cabeza intacta del dragón. Este susurró algo, pero todas sus palabras eran un balbuceo pastoso.

—Entiendo que estés agonizando, pero intenta articular un poco mejor. No olvides que ya no soy tu corazón para oírlo todo.

Eso tampoco ayudó. La voz del dragón se fue apagando, y aunque el gigante pegó la oreja a su boca, no entendió ni una palabra de lo que decía. La maldición de un cuerpo nuevo. En unos minutos sus sentidos funcionarían de manera aceptable, pero ¿le quedaban aún unos minutos?

—Que el diablo te lleve, dragón —tronó.

Abrió la caja de jade y la acercó a los labios temblorosos del dragón.

—Repítelo, ahora podré oírte.

 

El dragón no hizo lo que hizo por los humanos del reino, ni siquiera para aliviar su culpa por la pobre princesa. No lo guiaban el interés ni el deseo de venganza –en la boca de la muerte no tenía posibilidad alguna de pensar en esas cosas–, sino que simplemente hizo lo único que podía hacer.

En cuanto la caja se abrió ante él, llenó sus pulmones con sus últimas fuerzas y envolvió en fuego al Corazón Oscuro. El grito que estalló le reventó los tímpanos como una explosión. No oía, no sentía nada, y tampoco veía otra cosa que las llamas consumiendo la masa gris. Ni siquiera eso durante mucho tiempo.

Pero de las llamas volvió a nacer la pequeña salamandra que alguna vez había sido. Antes de su deseo. Con la destrucción del Corazón Oscuro, su hechizo se desvaneció, pero una salamandra tampoco necesitaba algo así para recuperarse de manera mágica. Sabía que, con el tiempo, todos sus huesos volverían a unirse, todas sus heridas desaparecerían.

Hasta que moverse dejara de causarle demasiado dolor, tuvo que quedarse en la cueva. Muchas veces contempló la colección de tesoros como una especie de cordillera grotesca, y otra especie de montaña: el cuerpo del humano, que al morir también había vuelto a transformarse, de gigante de nariz diminuta a enano de nariz enorme. Luego, en cuanto por fin pudo dar sus primeros pasos, vio la caja de jade. Estaba vacía, como debía estar.

Miró dentro de sí mismo: ¿de verdad era tan ingrato? Al fin y al cabo, gracias al Corazón Oscuro, gracias a su arrogancia, su deseo más profundo se había cumplido después de todo.

Gracias, le dijo mentalmente, aunque no creía que pudiera oírlo desde el más allá.

Gergely Buglyó nació en 1980 en Debrecen, Hungría, donde actualmente vive con su esposa, sus tres hijos y un gato. Se graduó como médico, pero trabaja como investigador en el campo de la genética humana. Su primera obra publicada fue una trilogía de fantasía juvenil, Oni (Gray Blood, The Silent City, The Puppet and the Talisman). Además de sus novelas, también ha escrito relatos cortos para lectores de todas las edades. Además de escribir, sus pasatiempos favoritos son los videojuegos y el shogi (ajedrez japonés).

 

domingo, 30 de noviembre de 2025

ERROR DE IMAGEN

Gergely Buglyó

 

Subo con cuidado la caja por las escaleras: me gasté dos meses de sueldo en el televisor nuevo. Por fin hoy podré tirar ese viejo trasto de tubo. En el segundo piso ya me resbalan las manos del sudor, tengo que cambiar el agarre. Ni en la puerta me atrevo a apoyarlo en el suelo; mejor toco el timbre con el codo.

—¿Y bien? —le digo a Dia con una sonrisa cuando abre. Recorre la enorme caja con la mirada, sorprendida: seguro no imaginaba lo que significaban en la vida real esos ciento veintisiete centímetros de pantalla.

Solo lo pongo en el suelo lo justo para quitarme los zapatos, y ya lo estoy llevando al salón. Mientras busco unas tijeras en el cajón, noto que me tiemblan las manos como cuando era chico, en Navidad. Sin duda es un buen regalo para celebrar que nos mudamos juntos.

—Pantalla OLED, resolución 4K, WebOS, función 3D… —enumero mientras corto las cintas adhesivas.

—Ajajá —niega Dia con la cabeza, divertida—. ¿Y todo eso realmente lo necesitamos?

Por ahora dejo el televisor viejo en un rincón, sobre unas cajas que aún no hemos vaciado, y enseguida me pongo a instalar el nuevo. Mientras corre la búsqueda de canales, alterno entre sentarme en el borde del sofá moviendo la pierna nerviosamente y ponerme de pie para caminar por el cuarto.

—Ahora sí podremos invitar a tus padres a ver tele —bromeo a medias, y ella me lanza una mirada afilada.

—Te dije que mi papá no puede caminar. ¿También querés cargarlo escaleras arriba?

Intento poner cara de comprensión. Yo presenté a Dia a mi familia desde el principio, pero ella lleva meses retrasando ese encuentro, como si le avergonzara mostrarme. Siempre surge alguna excusa: que están arreglando la casa, que tienen invitados ese fin de semana, y así. En realidad fue ella quien eligió nuestro departamento, así que no entiendo para qué demonios quería mudarse a un edificio sin ascensor si su padre es discapacitado. Pero no voy a discutir ahora. Parece que el sistema por fin está listo.

—Mirá esa nitidez HD. ¡Y esos contrastes, la hostia!

—Está bueno —admite Dia.

—¿También te gusta, no?

—Claro.

No le creo del todo; si fuera por ella, ese dinero seguiría guardado en nuestra cuenta como ahorro. Así que, con un impulso repentino, le pongo uno de los lentes 3D en la mano.

—Veamos Gravedad en 3D. Dicen que así es como se disfruta de verdad.

Ya en las primeras escenas me invade una sensación extraña, como si algo no encajara. Seguro es solo cuestión de que mis ojos se acostumbren al efecto tridimensional. A Dia no digo nada; parece no notar nada raro.

Llegamos a la escena en la que Sandra Bullock se queda dormida en gravedad cero. Y ahí, por fin, lo veo: su silueta proyecta una sombra larguísima sobre los cables de la derecha… aunque la fuente de luz está detrás. No aguanto más y pauso la película.

—¿Lo ves? —le señalo la imagen.

—¿Ver qué?

—Esa sombra no debería existir. Parece… como si saliera de la pantalla. No entiendo un carajo.

Me saco los lentes 3D a prueba. Las siluetas se duplican, el efecto se pierde, pero también desaparece la sombra.

—¿Será un fantasma de imagen? —arriesga Dia.

—Imposible —respondo tajante—. Son lentes polarizados: sin ellos tus ojos ven las dos imágenes a la vez, pero la señal es la misma. Si fuera un defecto de verdad, tendría que verse también ahora.

Me pongo de nuevo los lentes. La sombra reaparece: una mancha oscura, borrosa, asentada sobre esa falsa profundidad.

 

—¿Llamaste al servicio técnico? ¿Qué te dijeron? —pregunta Dia mientras deja la ropa del gimnasio en el cesto.

—Puras idioteces —lanzo una mirada de odio al teléfono, como si fuera su culpa—. Que me fije en la distancia, en el ángulo desde el que veo la pantalla… estupideces así. Ni entendieron de qué tipo de falla hablo.

—¿No sería mejor llevarlo para que lo revisen?

Me quedo pensando en eso. Me encantaría experimentar más con el error, pero lo importante es que tengamos un televisor que funcione bien.

—Mañana lo llevo antes del trabajo. Vamos a comer la pizza antes de que se enfríe; me muero de hambre.

—¿Estás loco? —Dia me mira indignada—. ¡Ya estoy demasiado gorda para mi papel! ¿Para qué te crees que entreno tanto, para comer pizza después?

—Pero no necesitas adelgazar. —Trato de convencerla con un beso rápido, y me siento en la cocina a atacar mi porción.

 

El viernes siguiente me llaman del servicio técnico: no encontraron nada, el 3D funciona perfecto. No me parece que sea así.

—A algunos les pasa eso: ven partes de la imagen duplicadas —me explica amablemente la empleada—. No es una falla del aparato.

¿Y ahora qué? ¿Gritarles para que lo cambien? Al final solo agradezco y corto la comunicación. No me tocaba trabajar ese día, así que tengo la tarde libre para llegar al fondo del asunto.

Pruebo varias películas en 3D. La sombra siempre aparece: primero después de media hora, luego a los cinco minutos y en la última, de inmediato. Y siempre en el mismo sitio. Incluso cuando en la escena no hay nada que pueda proyectarla.

No te exaltes, me repito. Es solo una sombra tonta, un error de imagen. Pero alrededor de esa sombra… empieza a tomar forma algo más. Algo que se parece…

Golpean la puerta de repente. Quien sea, llega en el peor momento. Pauso la película y voy a abrir como en automático. Antes de darme cuenta, ya estoy estrechando manos. Varias.

—Hola.

Son dos chicos: Imi y… Atesz, creo. Compañeros de trabajo, aunque sé poco de ellos porque están en el área de electrónica.

—Perdón que caigamos así —dice Atesz. Su cabeza rapada brilla bajo las luces del pasillo—. Egresi tenía tu nueva dirección anotada, pero no tu número. Escuchamos lo del televisor… y bueno, si no te molesta, nos gustaría verlo. Ya nos encontramos con algo así antes.

Lo dudo mucho, pienso, pero los dejo pasar. ¿A quién carajo le conté esto en el trabajo? La oficina es un nido de chismes, parece un geriátrico.

Justo entonces llega Dia. Se queda mirando al grupo en silencio, atónita, pero antes de que pueda explicarle qué hacen ahí, desaparece en el baño. Yo destapo un par de cervezas para los chicos y les muestro la tele.

—¡Qué bruto! —Imi abre la boca, dejando ver unos dientes enormes y torcidos—. ¿Cuánto cobran en logística?

La película está detenida; solo corre el protector de pantalla del reproductor. Se me ocurre cambiar de fuente y buscar videos 3D en Youtube.

—¿Dónde está la sombra? —pregunta Atesz.

—Solo aparece en 3D. —Pongo un video de un bosque. Atesz agarra los lentes al tiempo que sigue hablando sin parar:

—Entonces no es un pixel muerto. Si lo fuera, lo verías siempre. ¿Probaste cambiar la resolución? —Asiento—. ¿Desactivar el motion processing?

—Ya la vio el servicio técnico —interviene Dia desde la puerta, molesta. Ni la oí entrar.

Atesz se ríe mientras acomoda los lentes en su nariz.

—No te metas, bebé. Esto es cosa de hombres.

—Eh, ¡un momento! —alzo la voz, pero Imi grita.

—¡La puta madre! —y salpica cerveza en el sofá.

Mientras Dia, furiosa, limpia la mancha, yo miro a los chicos. Aunque los lentes ocultan sus ojos, el gesto de sus rostros lo dice todo: están tan shockeados como yo. Y extrañamente eso me tranquiliza. Prueba que no estoy loco.

Les pido los lentes. El bosque cobra profundidad… y aparece la sombra. Pero ya no es solo eso. Entre los árboles se distingue una figura encorvada, humana, pero no del todo. Destaca del entorno, se nota que no pertenece al video, que no está filmada ahí. Y la sombra es suya.

Silencio. Cierro los ojos bajo los lentes; solo siento el aliento con olor a cerveza de los chicos. La figura y su sombra tardan en desvanecerse, como si la imagen se me hubiera quedado grabada en la retina. Me recorre un escalofrío.

—Quizá es un hacker —dice Imi, con los dientes sobresaliendo bajo la luz—. Alguno que quiere joder.

Todos sabemos que no. Esto solo aparece en 3D, y encima son archivos externos: las películas eran Blu-ray, y ahora el video viene de un servidor de Youtube.

Cuando se van los chicos, sigo rebobinando el video una y otra vez. El bosque empieza a volverse borroso y veo otra cosa: vigas en el suelo, una cama, paredes, una puerta. Es un desván. Y la figura encorvada está en la entrada.

Pero hay algo más, algo que debería ver. Lo sé. A veces aparece apenas, en el borde de la imagen, y luego se esfuma, como si jugara conmigo.

Casi ni registro cuando Dia junta las cervezas a medio terminar.

—Por favor, no vuelvas a invitar a esos dos —dice bajito. Al no responder, me pone la mano en el hombro—. Te vendría bien un descanso. El televisor no se va a ir.

—No. Mejor veámoslo juntos.

La oigo inhalar hondo, y luego soltarse lentamente. Finalmente se sienta a mi lado y se pone el otro lente.

Vuelvo a ver el video una y otra vez, ahora con ella. Las imágenes cambian constantemente: la escena del bosque es devorada poco a poco por la del desván. Al final el video se divide en dos realidades: sin lentes, un paseo por el bosque con contornos dobles; con lentes, una pesadilla tridimensional. Y en el borde de la pantalla, apenas perceptible, sigue apareciendo esa cosa blanquecina.

¿Qué es? Me enloquece no saberlo, pero justo esa obsesión me da un foco. Sin ella, mis pensamientos se derrumbarían como una torre de Jenga mal armada.

Dia también parece cada vez más asustada, pero debe ver en mi cara por lo que estoy pasando.

—Tranquilo, amor —fuerza una sonrisa—. Seguro tiene una explicación.

No tengo ánimo ni para agradecer. Media hora después me deja solo, pero yo no puedo soltarlo. Ceno frente al televisor.

—¡Basta! —exige Dia más tarde—. ¡Te estás obsesionando!

Quizá tiene razón, pero no puedo dejarlo así.

—¿No te intriga saber qué es eso del costado?

—No —responde tajante—. Ya sé que voy a dormir bastante mal. Te espero en la cama, ¿o vas a pasar la noche con tu tele?

No tengo respuesta. Cuando sigo pensando qué decir, ella se encoge de hombros y se encierra en el dormitorio.

Rebobino el video una última vez. La imagen ya es casi nítida, pero la figura oscura sigue siendo solo un contorno, porque una lámpara se balancea a sus espaldas. Parece que mueve los pies, como si avanzara. Y del lado más cercano del efecto 3D, junto a la cama, veo esa cosa. La profundidad hace que parezca tan cercana que podría tocarla, pero al mismo tiempo tiene el mismo desenfoque difuso de los objetos fuera de foco.

Luego la imagen se aclara. Y lo veo. Huesos. Un enorme montón de huesos humanos.

Paso todo el fin de semana frente al televisor. Le había prometido a Dia que el sábado a la noche iríamos juntos al show de su amiga, pero me doy cuenta de que sería incapaz de disfrutar de nada hasta descubrir el secreto del desván. Estoy convencido de que todo esto tiene sentido, que si lo resuelvo esa opresión en el estómago desaparecerá. Se lo explico a Dia, pero ella se pone el disfraz, toma su bolso y se va sola. Da un portazo digno de una adolescente.

El fin de semana pasa y no avanzo nada. El lunes aviso que estoy enfermo, toda la semana; de todas formas no podría concentrarme en el trabajo. Pero hasta yo noto que estoy estirando demasiado la cuerda. El martes ya tengo los gemelos contracturados, me duele la espalda de tanto estar sentado, pero lo peor es la neblina mental que se me va asentando en el ánimo. Después de mucho resistirme, dejo que Dia me arrastre lejos del televisor. Nos sentamos en una cafetería, pero no puedo hablar con ella como antes. Me quedo mirando la pared empapelada con estrellitas.

—¿A vos te parece que esto está bien? —rompe el silencio mientras esperamos el café. —Niego con la cabeza. Algunas de las estrellas impresas parecen sobresalir del papel, como en relieve—. ¿Así imaginabas que sería vivir juntos? —pregunta con frialdad.

—Perdoname —es todo lo que logro decir.

Me aprieta el hombro.

—¿Qué carajo te pasa? Casi no te reconozco.

—No es nada grave. Lo voy a resolver, solo necesito tiempo para…

—¡Ningún tiempo! —estalla ella. La pareja de la mesa de al lado deja de besarse para mirarnos—. ¡Ese maldito televisor es el problema! Mañana tengo ensayo general en Budapest, vuelvo tipo diez de la noche. Para entonces, quiero que te hayas deshecho de él.

—¿Qué? ¿Que lo venda? ¿En un día?

—O que lo devuelvas, o lo hagas pedazos con un martillo. Me da igual. Pero cuando vuelva, no quiero verlo.

Dia se va al amanecer. Apenas oigo cerrarse la puerta, me levanto de la cama y me quedo mirando al televisor apagado en el salón: la pantalla es demasiado oscura, parece contener la oscuridad y empujarla hacia afuera. ¿Qué hago? ¿Lo llevo al servicio técnico como dijo Dia? Al final agarro el mando y lo enciendo.

En cuanto me pongo los lentes, ya estoy dentro del desván. Esto ya no es simple 3D, no es una ilusión. Me levanto. Crujen las vigas bajo mis pies, no el parqué del departamento. De reojo distingo el montón de huesos, pero no quiero mirarlo. Más allá del marco vacío de la puerta, una luz se balancea. Alguien viene. El pulso me retumba en los oídos, pero aun así oigo los pasos. Algo oscuro aparece en la entrada.

Me arranco los lentes. El desván se esfuma, pero tardo varios minutos en recuperar el ritmo de la respiración. Me lavo la cara. Pienso. Si no hago algo, voy a enloquecer. ¿Pero qué?

Abro la laptop y escribo “asesor paranormal” en el buscador. Aparece de todo: coaching espiritual, castillos encantados, tonterías así. Hasta que encuentro a alguien. “Visitas a domicilio. Amplia experiencia. Capaz de detectar restos de ectoplasma sin instrumentos.” Esa última frase me da mala espina… pero lo llamo igual.

Dos horas después suena el timbre. En la puerta hay un tipo bien vestido, con una sonrisa confiada.

—Hola, soy Ervin Westhilfer. ¿Dónde viste a la entidad? En este rubro solemos tutearnos, ¿no te molesta?

Me presento rápidamente y lo llevo hacia el salón. En la entrada se detiene varias veces y palpa las paredes.

—Percibo… cómo decirlo… rastros de una presencia ajena.

—¿La de mi novia? Si mirás esa mancha, fue ella la que tiró café contra la pared. No está en casa.

Lo apuro para que siga. Tropieza con una caja llena de tapitas que colecciono, pero al fin llegamos al salón. Enciendo el televisor.

—A veces, una entidad no se manifiesta físicamente, sino que se comunica a través de dispositivos electrónicos —explica Ervin cuando empieza a entender de qué le hablo—. ¿No habrán asesinado al dueño anterior del aparato?

—Lo compré nuevo. Recién salido de fábrica —gruño.

—Entonces es posible que estés recibiendo un mensaje del plano astral —continúa alegremente—. Suele pasar cuando la entidad quiere advertir, vengarse o pedir ayuda.

Mi paciencia se va agotando, pero igual pongo un video 3D. Ni toco los lentes; se los doy a Ervin y le indico que se los ponga.

—Veo una sombra —dice. Parece que lo que sea que habita en el televisor se modera un poco para él.

—¿Qué puede ser? —pregunto.

—Los mensajes astrales suelen tener una conexión personal. ¿Perdiste a alguien que quisiera contactarte? Si no encontramos la respuesta ahora, igual puedo ayudarte. Trabajo para una empresa parapsicológica; por una tarifa muy accesible…

Noto que ya ni mira la pantalla. ¿Cómo puede no afectarle ver cómo cambia la imagen? Seguro cree que es un truco mío para llamar la atención. Debe estar acostumbrado a eso con sus clientes.

Me siento a punto de desmayarme. Le pago rápido, a ver si capta la indirecta.

—Acá tenés mi tarjeta —dice en la puerta—. También vendemos trampas astrales, por si la enti…

—Hasta luego. —Le cierro la puerta en la cara.

Preferiría quedarme solo con mis pensamientos, pero justo cuando me siento a almorzar, suena el teléfono. Es Egresi, del trabajo.

—Mirá —empiezo—, esta semana todavía no puedo ir, pero…

—No es por eso por lo que te llamo. Al menos a vos te puedo ubicar —dice con una inquietud que me crispa.

—¿Cómo?

—¿No sabés nada de Imi Szabó y Attila Újhelyi? El viernes estuvieron viendo tu tele. Desde entonces no aparecen por el trabajo ni atienden el móvil.

Balbuceo algo y lo corto. Seguramente están bien… pero ¿y si no? ¿Y si esto es una especie de maldición? ¿Y si yo soy el próximo?

Me asomo detrás del televisor y voy desenchufando todos los cables uno por uno. Lo levanto y lo llevo hacia la ventana. ¿Lo tiro? Me acuerdo del sueldo invertido y lo dejo en el suelo, junto al sofá. Lo venderé en unos días, pero así, apagado, no puede hacerme daño. Traigo el viejo televisor de tubo del rincón y lo conecto.

Me recibe la imagen granulada de siempre. Un tipo aburrido habla de dentífricos. No hay desván, ni sombras, ni huesos. Por probar, me pongo los lentes 3D. Todavía dentífricos.

—Progreso —murmuro.

 

—Así que lo vas a vender, ¿eh? —dice Dia, tocando con los dedos el marco del televisor nuevo.

—Sí. Y no pienso encenderlo. Ya tuve suficiente.

Se sienta a mi lado y me mira largo rato. Tiene aún un pequeño manchón rojo cerca de la oreja, restos del maquillaje de ensayo. Seguro apuró el regreso para llegar a tiempo.

—No te creo —dice al fin—. Seguís obsesionado. Si fuera verdad que lo querés vender, ya no estaría acá.

De pronto ve la tarjeta de Ervin sobre la mesita. La levanta, la mira un segundo… y sus ojos se agrandan.

—¿Qué es esto? —pregunta, desorientada—. ¿Llamaste a uno de estos… payasos?

—Yo solo…

—No —me interrumpe. La confusión de su mirada da paso a la decepción… y a una especie de frialdad extraña—. Antes no creías en estas tonterías. Cambiaste.

¿En serio? ¿Después de todo queremos hablar de creencias? Me darían ganas de patear la mesa, pero al final solo termino gritando.

—¡Vos también lo viste, ¿no?! ¡Ese televisor, ese desván, no eran ninguna tontería!

—Pero un tipo así…

—…no va a arreglar nada, lo sé —la corto—. ¡Yo mismo lo desenchufé y yo mismo lo voy a vender! ¡Ya está, se acabó, no más errores de imagen!

Se hace un silencio breve.

—Otra vez “yo”. —Dia se pone de pie—. ¡Vos! ¡Siempre vos! ¡Tu televisor, tu vida, tu obsesión!

—¿Qué…?

—¿No te entra en la cabeza que vivir juntos no es eso?

—Ajá. Y vos podrías haber ayudado en vez de dejarme hundirme en esta mierda. Egoísta de mierda —me sale. Apenas lo digo me quiero morder la lengua.

Dia me mira como si fuera un insecto repugnante. Después se da vuelta y se encierra en el dormitorio.

La soledad me despeja un poco. Respiro hondo y vuelvo al sofá. Ya es casi medianoche cuando Dia sale. Me disculpo, y aunque acepta, su mirada sigue triste.

—No es solo culpa tuya —susurra, tomando mi mano—. Yo también arruiné esto de vivir juntos.

—¿A qué te referís?

—A que la idea era conocernos de verdad. Si querés, el domingo te presento a mis padres.

—Quiero —respondo. Y solo después de decirlo me doy cuenta de lo raro que sonó. ¿Querés tomar por esposa a la aquí presente Széphalmy Diána? Siento que se me dibuja una media sonrisa.

 

—¿Nervioso? —pregunta Dia al volante. El camino polvoriento se va acabando mientras nos acercamos a la última casa del barrio.

—No mucho —miento.

—Mentiroso —dice, y tiene razón. ¿Quién no estaría nervioso por conocer a los padres de su novia?

Al estacionar, nos recibe un concierto de ladridos. Por un instante entro en pánico, pero resulta que el perro está encerrado en el patio trasero. Una señora mayor, mejillas sonrosadas y una leve cojera, se acerca al portón. Así que ella es Gyöngyi. No parece peligrosa. Ojalá pudiéramos pasar rápido esos incómodos primeros minutos.

Me sienta en la cocina y me ofrece galletitas. Sé que se acercan las preguntas inevitables: en qué trabajo, qué clase de familia tengo y, con mala suerte, hasta para cuándo pensamos la boda. Busco la mirada de Dia, pero por alguna razón ella sale al recibidor.

—Un joven simpático —dice Gyöngyi con una sonrisa amable—. Preséntale también a tu papá.

—Claro.

—Pobrecito, ya no puede levantarse de la cama. ¿Le llevarías la medicina, por favor?

Acepto encantado: así pospongo la tanda de preguntas. Tomo la cajita de pastillas y subo la escalera. La madera vieja cruje bajo mis pies y de la barandilla se desprende la pintura cada vez que la toco. Entiendo por qué Dia se avergüenza de la casa de sus padres.

Cruzo un umbral y casi tropiezo con un tronco en el suelo: la luz de la lámpara del techo apenas entra allí. ¿Por qué no hay ventana? Más adelante distingo una cama en la penumbra. Al acercarme veo que está vacía. ¿No era que el padre de Dia estaba postrado?

A un lado, algo blanquea. Un bulto. Un bulto demasiado familiar.

Quiero gritar, pero no me sale la voz. Me acerco. Huesos. Me sorprendo a mí mismo mirando una calavera: mandíbula alargada, dientes prominentes. Los dientes de Imi.

Me cuesta no caer. El mundo gira. Tengo que largarme de allí. Me doy vuelta hacia la puerta, pero ya hay alguien. No se le ve la cara; su sombra cae sobre mis pies. Retrocedo hasta pegarme contra la pared. Por un instante veo exactamente lo mismo que en la imagen 3D del televisor. Quisiera sacarme los lentes, pero no llevo lentes.

El personaje se acerca… y reconozco a la madre de Dia. Ya no cojea.

Se me cae la caja de medicamentos: se abre de golpe. Está vacía.

—No te preocupes —dice Gyöngyi—. Papá no necesita ese tipo de medicina.

¿Papá? Miro la cama vacía. Está… respirando. Esta vez sí grito.

Entonces aparece Dia en lo alto de la escalera.

—¡Ayudame! —le grito. No responde. Su mirada es triste, pero helada. Nunca la vi así.

Las dos mujeres avanzan lentamente, con caras de cera. Giro sobre mí mismo buscando una salida. No hay.

Gyöngyi toma un hueso grueso del montón. Le arranca la punta de un mordisco y empieza a sorber. El sonido húmedo me revuelve el estómago.

—Deshacete de estos, mamá —dice Dia, señalando el montón—. Últimamente están demasiado activos.

“Si una entidad quiere advertirte…” oigo la voz de Ervin en mi cabeza. El charlatán había acertado.

Pero no hay tiempo para pensar. Ni para nada. Intento correr hacia la puerta, pero Dia me agarra del hombro y me empuja sobre la cama. Tiene una fuerza monstruosa. Golpeo, pataleo, hago todo por soltarme. Es como pegarle a un muro. Entre su agarre y el olor rancio del cubrecama empiezo a dar arcadas. Algo se mueve bajo mi espalda, dentro del colchón. Papá.

Busco el cuello de Dia con mis manos, pero Gyöngyi me agarra la muñeca.

—Tranquilo, amor —susurra Dia.

Unas fauces se me clavan en la espalda. Grito. Sigo luchando, pero entre la niebla del dolor cada vez veo menos la cara de Dia. Solo su mirada triste… y luego ya ni eso.

Cuando vuelve la conciencia, no sé cuánto tiempo ha pasado. Estoy recostado en algo duro, áspero, frío. Huele a humedad y madera podrida. Apenas logro abrir los ojos: todo es oscuro, salvo por una luz parpadeante detrás de una rendija.

Intento moverme. Un dolor punzante me atraviesa la espalda, como si una sierra me hubiera abierto la carne. Me tiemblan las manos. Las piernas… no las siento. El pánico me sube por la garganta como un vómito.

Oigo voces. Dos. Reconozco a Gyöngyi –esa voz dulce y enmohecida–, la otra es Dia. Hablan como si estuvieran clasificando ropa vieja.

—¿Y este? —pregunta Dia.

—Se está calmando —responde su madre—. Y ya casi está listo.

“Listo para qué”, pienso, pero no quiero saberlo realmente.

La luz parpadea detrás de la rendija. Una sombra se proyecta contra la madera. La figura se inclina, como si me estuviera mirando desde el otro lado. Después escucho el golpe seco: una llave girando. Luego, un chirrido largo, chirriante, de bisagras que no se aceitan desde hace décadas.

La puerta se abre.

Es el desván. O quizás nunca dejamos el desván. Quizás nunca hubo una casa, ni una visita cordial, ni un plato de galletas. Tal vez siempre estuve acá, atrapado en ese espacio entre imagen y realidad, donde lo tridimensional deja de ser un efecto óptico y se vuelve un lugar.

Dia se agacha. Tiene la mirada serena, casi triste, como si lamentara algo… pero no lo suficiente como para detenerse.

—Va a doler —dice, como si me pidiera disculpas por adelantado.

Detrás de ella, en la penumbra, se mueven las otras figuras: Papá, Gyöngyi, quizá otros… formas ennegrecidas por la falta de luz y humanidad.

Intento arrastrarme hacia atrás, pero mis músculos ya no obedecen. Estoy clavado al suelo, o al mueble, o a lo que sea en lo que me dejaron. La respiración me silba entre los dientes. Quiero gritar, pero solo sale un gemido.

—Tranquilo —dice Dia, igual que aquella noche en el sofá, pero ahora su mano no es cálida: es firme y fría, como madera vieja.

Un sonido húmedo, viscoso, se acerca desde atrás. No tengo que ver para saber qué es: la mordida que sentí en la espalda fue solo el comienzo. Algo reptante se desliza bajo el colchón, como si una criatura atrapada en las entrañas de la casa se acercara, guiada por mi olor.

—Va a ser rápido —murmura Gyöngyi, aunque no le creo.

Me toman de los hombros. Me inmovilizan con fuerza. Siento dedos nudosos aferrarse a mi mandíbula para obligarme a mirar al frente.

Y de pronto comprendo algo.

La imagen.

La sombra.

El desván.

Todo lo que vi en el televisor no era un error del aparato.

Era un aviso.

Una filtración.

Una grieta.

Una ventana.

Y yo la abrí. Yo la mantuve abierta. Como un idiota, insistí en mirar más y más hondo. Les di entrada. Les di forma. Les di un rostro.

Un dolor insoportable me parte en dos. La oscuridad me traga como un pozo sin fondo. Tal vez es el mismo pozo donde cayó todo lo que quedaba de mi juicio.

La última voz que escucho es la de Dia, suave y apagada:

—No te resistas. Solo es una imagen más.

Y después, nada.

Gergely Buglyó nació en 1980 en Debrecen, Hungría, donde actualmente vive con su esposa, sus tres hijos y un gato. Se graduó como médico, pero trabaja como investigador en el campo de la genética humana. Su primera obra publicada fue una trilogía de fantasía juvenil, Oni (Gray Blood, The Silent City, The Puppet and the Talisman). Además de sus novelas, también ha escrito relatos cortos para lectores de todas las edades. Además de escribir, sus pasatiempos favoritos son los videojuegos y el shogi (ajedrez japonés).

LA HIJA QUE SANGRA