Eduardo Contreras Villablanca
La carpa estaba vacía desde hacía horas. Afuera, la
feria de invierno se apagaba entre humo de castañas y luces cansadas. Dentro, solo
quedaba encendida la lámpara a gas con diseños antiguos de Madame Zarifa, y
unas velas, que balanceaban sombras sobre las cartas del tarot extendidas sobre
la mesa.
Ella esperaba clientes. Tenía dos
dedos de sus manos envejecidas con anillos, uno de cobre y otro de plata, llevaba
muchas pulseras en sus muñecas y su melena aún negra estaba casi cubierta por
un pañuelo púrpura con adornos dorados.
Decían que era gitana, aunque nadie
sabía realmente de dónde venía. Otros decían que era una árabe que se las daba
de gitana. Algunos aseguraban que había leído la suerte en puertos rusos;
otros, que había escapado de un circo incendiado en Rumania. Zarifa jamás
corregía ninguna historia. Las mentiras solían darle más dinero que la verdad.
El viento agitó la lona.
Entonces entró el visitante.
Al principio ella creyó que era un
hombre muy alto y delgado cubierto por un abrigo húmedo. Pero cuando levantó la
cabeza, la lámpara reveló una piel verdosa, lisa como piedra mojada. Un cuello
delgado. Una cabeza ovalada imposible. Y dos ojos enormes, completamente
negros, sin párpados visibles.
Zarifa no gritó. Solo apartó
lentamente su taza de té.
—Bueno —murmuró—. He visto maridos
peores.
La criatura inclinó la cabeza. Tardó
unos segundos en hablar, como si buscara una frecuencia adecuada dentro de sí.
—¿Usted… lee… destinos?
La voz no salía exactamente de su
boca. Vibraba en el aire, como una radio mal sintonizada.
—Eso dicen mis carteles.
El extraterrestre observó las telas
bordadas, las velas, el mazo de cartas sobre la mesa.
—Necesito saber… si hice bien.
En cuarenta años leyendo tarot había
conocido personas desesperadas, codiciosas, enamoradas, supersticiosas. Pero
jamás alguien que preguntara si había hecho bien. La mayoría solo quería saber
si el futuro les convenía.
Le señaló la silla.
—Toma asiento, cielo.
La criatura obedeció con movimientos
rígidos, como alguien usando un cuerpo prestado.
Zarifa mezcló las cartas.
—¿Tu nombre?
Hubo un silencio extraño.
—No puede pronunciarse.
—Perfecto. Entonces te llamaré
Julián.
El alienígena aceptó aquello con un
leve movimiento de cabeza. Ella comenzó a repartir; Primera carta: El Ermitaño.
Segunda: La Torre. Tercera: La Luna.
Zarifa sintió un escalofrío.
—Vaya… —susurró.
El extraterrestre se inclinó hacia
adelante.
—¿Qué sale?
—Mucho viaje. Mucha soledad. Y una
catástrofe.
Los ojos negros del visitante no
pestañearon, no podría haberlo hecho.
—Continúe.
Zarifa colocó otra carta. La
Estrella. Después otra. El Juicio. Y finalmente, el Diez de Espadas. La lámpara
parpadeó.
Durante un instante, ella creyó
escuchar un zumbido inmenso detrás de la realidad. Como si el cielo entero
estuviera lleno de motores.
—¿Has venido de muy lejos? —preguntó.
—Sí.
—¿Y destruiste algo?
El extraterrestre tardó demasiado en
responder.
—Sí.
La feria entera parecía haber
desaparecido. Ya no se oían voces ni música. Solo el viento. Zarifa apoyó las
manos sobre las cartas.
—Las cartas no hablan de guerra
exactamente… hablan de un holocausto.
La temperatura descendió. Y Zarifa
vio. No con los ojos. Con algo más antiguo.
Vio un planeta rojo bajo dos lunas.
Ciudades transparentes creciendo como cristales. Millones de seres altos y
silenciosos, como el visitante, moviéndose bajo torres luminosas.
Y vio miedo.
Una enfermedad. No del cuerpo. Del
pensamiento. Una especie de locura colectiva. Mucha codicia, demasiada. Los
habitantes se atacaban unos a otros, los líderes creaban mentiras y las
difuminaban, luego los demás les felicitaban y renovaban la confianza en esos
liderazgos. De a poco iban dejando de pensar. La mayoría caminaba hacia el
vacío riendo, y confiando en futuro mejor. Luego se sacaban los ojos unos a
otros.
Y entonces lo vio a él. Solo frente a
una máquina gigantesca suspendida sobre un océano negro. Temblando. Llorando. Tomando
su decisión.
Después…Fuego. Un planeta entero
convertido en polvo brillante.
Zarifa apartó las manos
violentamente. Respiraba agitada.
—Así que fue eso —dijo ella.
—Era necesario.
—¿Para quién?
Hubo otro silencio.
—Para el resto. Para los que huimos,
los que nos propusimos reiniciar todo, darnos una segunda oportunidad.
La tarotista encendió un cigarro con
dedos algo temblorosos.
—Cariño… he conocido asesinos. Pero
tú exterminaste un mundo.
—Mi mundo.
Ella lo miró largo rato. Por primera
vez notó algo extraño en aquellos ojos oscuros. No eran vacíos. Estaban llenos
de cansancio.
—¿Y qué quieres de mí?
La criatura miró las cartas.
—En mi especie no existe la
adivinación. El tiempo se percibe de otro modo. Quisiera saber que perspectivas
ves en mí, eres parte de este mundo… me interesa tu visión.
Zarifa soltó humo lentamente.
—¿Y viniste a preguntarle a una
anciana de feria si hiciste bien al matar a los tuyos y venir con tus amigos a
La Tierra reiniciar una civilización aquí?
—Sí.
Ella observó nuevamente las cartas.
Tocó algunas de las cartas abiertas sobre la mesa. La Torre. La Luna. Se detuvo
en una; El Juicio. Entonces entendió algo terrible. La visión que tuvo, no
hablaba solo del pasado del extraterrestre.
Hablaba del futuro del planeta Tierra.
—Oh, no… —susurró.
—¿Qué ocurre?
Zarifa levantó los ojos.
—Ustedes quieren partir de nuevo acá…
¡sin nosotros! Tenemos síntomas parecidos a lo que describes de tu planeta. Una
enfermedad del alma, que nos lleva a confiar en las peores abominaciones.
Tomarán con nosotros la misma decisión que tomaron con los suyos.
La criatura quedó inmóvil. Largo
rato.
—Con tu silencio me respondiste —dijo
ella.
Él comenzó a levantarse hacia ella.
La mujer se agarró la cabeza, miró nuevamente las cartas. Las observó por largo
tiempo, se estremeció, y luego lo miró a él.
—¡Espera, Julián! La enfermedad no
murió. Sigue en ti y en tus compañeros.
—Eso es imposible. Al final logramos
obtener un antídoto, no alcanzaba para todos…
—Las cartas no mienten. Algo
sobrevivió contigo, y con cuántos de los tuyos hayan venido. El nuevo ciclo que
quieren iniciar volverá a repetir lo mismo. Como nuestros propios ciclos…
Volverán a elegir imbéciles, como nosotros lo hacemos, seguirán despedazándose
unos a otros, cada vez más carencias, más desesperación.
La lámpara se apagó. La carpa quedó
apenas iluminada por las velas.
El extraterrestre se llevó las manos
al cráneo. Afuera, la feria entera guardaba un silencio antinatural.
Más que sentarse, el alienígena cayó sobre
su asiento.
—Debí destruirme también…
Zarifa sintió recuerdos ajenos
atravesándole la cabeza: océanos negros, soles muertos, criaturas imposibles
moviéndose entre estrellas vacías.
—Quizás solo aceleraste lo que iba a
ocurrir de todos modos —dijo ella—, te lo digo por si eso te consuela. La mala
noticia es que no valió la pena. La pregunta es, ¿qué van a hacer ahora?
Él miro el mazo. Ella también, volvió
a sacar cartas, siguió haciéndolo. Una tras otra.
El Loco.
La Muerte.
El Diablo.
Nada que le diera una esperanza.
—Lo siento, ya no puedo detenerlos
—dijo él—, mis compañeros ya comenzaron, por eso se apagó la lámpara… y ahora
se apagan las velas
La tarotista respiró hondo. Curiosamente,
ya no tenía miedo. Quizás porque a su edad el fin del mundo parecía simplemente
otro cliente difícil.
—Si todo ya estaba en marcha, ¿porqué
viniste a mi carpa?
—Quería conocerlos, antes de… No debí
hacerlo, sobre todo ahora que sé que ya nada de esto tiene sentido.
Ella sacó una última carta.
El Mundo.
Zarifa observó las últimas brasas consumirse dentro del fogón que estaba detrás del alienígena. Luego sonrió con una tristeza casi maternal. Él permaneció inmóvil. Afuera, la última luz de la feria terminó de apagarse.
