miércoles, 1 de julio de 2026

DRAGA

Rodica Bretin

 

¿Quién no habría querido ser amiga de Draga?

Durante los recreos, las niñas se arremolinaban a su alrededor como abejitas en torno a la abeja reina. Los zánganos –es decir, los varones– también rondaban cerca, fingiendo desinterés. A veces lo conseguían, sobre todo los días en que Draga llevaba a la escuela, para que todos las tocaran y las codiciaran, cosas propias de las niñas: muñecas que ponían los ojos en blanco mientras decían «ma-má», frasquitos de perfume del tamaño de un dedal, moños como alas de mariposa, hebillas con brillantina, medallones que escondían una bailarina diminuta como una mariquita, pulseras que cambiaban de color según la luz del día, anillos con piedras que brillaban únicamente en la oscuridad.

¡Y muchas otras maravillas!

Mis compañeras las devoraban con la mirada y luego se las iban pasando de mano en mano hasta que regresaban a la palma de su dueña y, de allí, al pequeño bolso que llevaba colgado del hombro en lugar de una mochila, una infracción que la maestra pasaba por alto, aunque en cualquier otro asunto relacionado con el reglamento escolar tenía vista de halcón.

Éramos veinticinco niños y niñas en primero B de la Escuela General N.º 12 de la calle Crișan: todos hijos del viejo Brașov y todos iguales; para eso llevábamos uniforme, ¿no?

Pero, como suele ocurrir, unos eran más iguales que otros.

Por ejemplo, Draga.

Vestía el clásico uniforme de cuadritos con delantal que llevaban las escolares de la ciudad, pero el suyo estaba confeccionado con una tela suave y brillante como la seda, que no se arrugaba ni necesitaba almidón ni plancha.

En cuanto al calzado, cada día aparecía con un par distinto: zapatos de charol, bailarinas, botines, botas elásticas ajustadas hasta debajo de las rodillas o zapatillas deportivas en lugar de las sencillas de fabricación nacional.

Adriana, su compañera de banco, se la había encontrado una vez en la calle Republicii, un día sin clases, y cada vez que contaba la historia añadía un nuevo detalle que saltaba de aquel recuerdo inolvidable como una trucha fuera del agua.

Draga había bajado de un automóvil –un muchacho habría sabido decir de qué marca era y cuántos caballos de fuerza escondía bajo el capó–, pero Adriana apenas había reparado en el coche, grande y negro. Toda su atención estaba puesta en la colegiala, que llevaba un suéter de cachemira, un pañuelo dorado, gafas de sol y unos pantalones extraordinarios llamados jeans.

Muy pocas personas tenían algo así en todo Brașov.

Pero Draga no era una niña cualquiera.

Su padre trabajaba en Bucarest, en una embajada; por eso pasaba la mayor parte del tiempo fuera de casa.

Mi padre también viajaba por trabajo: a Reghin, a Sighișoara y, una vez, hasta Oradea.

Sin embargo, pronto comprendí que no era de eso de lo que se trataba.

El padre de Draga había sido enviado al otro lado. ¿Adónde? ¿A la Luna? No exactamente. Aunque, para nosotros, simples mortales, era un lugar igual de inaccesible. Eso sí, cualquiera podía imaginarlo, hasta donde le alcanzara la imaginación.

Para mis compañeros, Occidente –no el Salvaje Oeste, ese lo conocíamos bien gracias a las novelas de Karl May– era un ancho bulevar bordeado por escaparates que llegaban hasta el cielo, llenos de todo lo imaginable... y también de lo inimaginable: ropa, zapatos, juguetes tan hermosamente envueltos que deslumbraban con solo mirarlos.

Y para entrar en aquellos palacios de cristal convertidos en tiendas había que llevar los bolsillos repletos de marcos, francos o liras, porque nuestros leus no servían para nada allí.

A Draga la llevaba a la escuela una mujer rubia cuya postura marcial me recordaba a Fräulein Klara, la maestra del jardín de infancia alemán.

¿Era su madre?

Cuando una de las niñas tuvo la desafortunada idea de preguntárselo, desapareció inmediatamente de la lista de las favoritas de Draga.

—Es Inga, la ama de llaves. Mi madre no se levanta antes de las diez —se dignó aclarar.

¿Ama de casa? A mí aquello no me parecía nada extraordinario. Sin embargo, Draga admiraba mucho más a su madre, que no hacía absolutamente nada, que a su padre, que aparecía siempre cargado de regalos, como si en su casa fuera Navidad todos los meses.

Algunos de aquellos obsequios también llegaban a manos de la maestra. Por eso Draga sacaba buenas notas, aunque estudiar no fuera precisamente su pasión.

¿Acaso hacía falta saber mucho más para convertirse en la esposa de alguien? Lo único necesario era tener un origen social impecable, la escalera por la que su padre había ascendido hasta el cargo de secretario de embajada. A mí aquello no me decía gran cosa.

Por entonces había secretarios para todo: desde el de la asociación de vecinos hasta el Primero, el del retrato colgado encima del pizarrón.

Cada mañana Draga aparecía con su uniforme especial, calzada según dictaba la moda de Viena y llevando al hombro aquel bolso que atraía inmediatamente todas las miradas.

En el primer recreo, las niñas la escoltaban como damas de honor alrededor de la reina de Inglaterra. Así salían al patio, donde ella abría su pequeño cofre de sorpresas. ¿Qué habría traído esta vez? Las niñas aplaudían entusiasmadas. Pero ni siquiera los muchachos podían mantenerse alejados cuando aparecían cochecitos que cabían en la palma de la mano, botellitas de Pepsi en miniatura, llaveros musicales, caleidoscopios de bolsillo, figurillas de héroes de historietas... ¡Hasta un coco auténtico!

A mí no me entusiasmaban las muñecas, ni los moños para el cabello, ni los adornos para colgar de la muñeca. Sin embargo, algunos de los objetos que salían de aquella bolsa milagrosa me atraían como un imán. Así ocurrió con un gato de peluche, de ojos de esmalte verde y bigotes de hilo de nailon. Yo también me acerqué a mirarlo, aunque fuera de reojo. Pero Draga lo guardó enseguida, con un gesto que parecía decir: Miren todo lo que quieran, pero no toquen nada.

Desde entonces procuré mantenerme alejada de aquellos montones de hombros y cabezas entre los que, a veces, la hija del diplomático desaparecía por completo. Nosotras dos apenas nos cruzábamos, como dos planetas errantes en el espacio. Hasta que, obedeciendo también a una de las leyes del universo, el azar nos reunió: aquel día nos tocó ser responsables del aula. No había demasiado que hacer: cambiar el agua del florero sobre el escritorio de la maestra, vaciar los cestos de basura al terminar las clases y limpiar el pizarrón en cada recreo. Casualmente era martes. El día de las tres horas malas. Solo que aquel martes hubo cuatro: lengua, aritmética, geometría y música.

En la primera clase, en vez de hacernos leer mucho y escribir poco, la maestra cubrió el pizarrón con letras mayúsculas y minúsculas, además de los signos de puntuación. Al final, como ya no le quedaba espacio para terminar una oración, escribió las últimas palabras en sentido vertical, como una serpiente que agitara el cascabel de la cola. Si no hubiera sonado la campana, de tan entusiasmada habría terminado escribiendo también sobre la pared.

Miré alrededor con resignación. La maestra ya estaba en la sala de profesores. Mis compañeros, jugando en el patio. Solo quedábamos en el aula el pizarrón y yo. Draga había desaparecido. O, mejor dicho, me había dejado sola, ya que en la lista de clase mi apellido iba antes que el suyo. Donde hay reglas, no hay discusión, me dije resignada.

Fui al baño de las niñas con el borrador, lo mojé y lo escurrí, aunque aun así dejé un reguero de gotas por el pasillo, en lugar de migas de pan como en el cuento de Hansel y Gretel. Limpié el pizarrón de izquierda a derecha, luego de arriba abajo y, por último, otra vez en sentido horizontal para que no quedaran marcas. Era un trabajo laborioso, interrumpido por otros dos viajes hasta el lavabo. El resultado parecía el reflejo de la luna sobre la superficie del agua. ¿Un lago cuadrado? En fin... Parecía un trabajo bien hecho y me detuve un instante para admirarlo.

No era la única. Draga también lo contemplaba. Sentada en mi banco. ¿Cuándo había regresado del recreo? Antes de que pudiera comprenderlo, sonó la campana y los compañeros entraron en tropel. No venían tan entusiasmados como cuando habían salido; regresaban arrastrados por la marea del timbre, como el flujo y el reflujo del mar.

La siguiente clase era aritmética. Y otra vez la maestra llenó el pizarrón. Esta vez, de números. De vez en cuando preguntaba a algún alumno el resultado de una resta o una división y escribía la respuesta con tiza azul o roja, según fuera correcta o incorrecta. El pizarrón se había convertido en una bandera tricolor, solo que blanca en lugar de amarilla. Peor que durante la clase de lengua. Pero a mí no me importaba. Ahora le tocaba a Draga. Ella había elegido ser la segunda. Duermes según hagas la cama.

La satisfacción del deber cumplido me abrió el apetito y, apenas sonó la campana del recreo, empecé a rebuscar en mi mochila el paquete que mamá me había preparado. Encontré el sándwich al tacto. Pero, junto a él, había algo redondo y resbaladizo. ¿Un frasco? Era uno como jamás había visto. Tenía una tapa brillante y una etiqueta negra donde, con letras doradas, podía leerse: Smoked Mussels in Oil – Vilsund Blue. ¿Y eso qué significaba? Contemplaba aquel hermoso frasco como un gato mirando un calendario. Habría quedado perfectamente en una vitrina junto a las figurillas de porcelana, y mucho más aún en un estante de la despensa. Los envases que venían de Occidente eran tan hermosos que muchos rumanos no se atrevían siquiera a abrirlos para comer lo que contenían. Los conservaban durante meses. O durante años. La comida terminaba echándose a perder, pero el frasco o la lata ya se habían convertido en objetos de arte, ocupando un lugar entre la pastorcita sin ovejas y el pescador con su caña de pescar.

Todavía seguía admirándolo cuando Claudiu me lo quitó de las manos. Lo sostenía delicadamente entre dos dedos, igual que hacía con la mitad del sándwich que compartíamos durante el recreo largo. Miró las pequeñas monedas que flotaban en un líquido verdoso.

—¿Qué serán?

Me encogí de hombros. Había preguntas mucho más urgentes. ¿Quién lo había puesto allí? ¿Y por qué? La primera tenía una respuesta fácil. Draga. Por eso se había sentado en mi banco. Para dejar el frasco dentro de mi mochila. No éramos amigas. Ni mucho menos. ¿Qué le había dado por hacerme semejante regalo? Y, de pronto, lo comprendí. Me sentí como un teléfono público al que acababan de introducirle una moneda y que, por fin, daba tono. Me había pagado por limpiar el pizarrón en su lugar. ¿Debía ¿Salir al patio y devolverle el regalo delante de todos, acompañando el gesto con unas palabras tan hirientes que jamás pudiera olvidarlas? ¿O dejar simplemente el frasco sobre su pupitre, sin hacer ningún escándalo?

Antes de que pudiera decidirme, Claudiu rompió el sello y desenroscó la tapa. Metió la nariz dentro.

—Huele a barro —dijo haciendo una mueca.

Aquello no le impidió introducir la mano en el líquido y sacar una de aquellas pequeñas monedas de color bronce. Tenía un aspecto viscoso. Pero ni siquiera vaciló. Se la llevó a la boca. Y se la tragó. Como todavía no había resuelto el misterio, sacó otra y esta vez la masticó lentamente. Yo estaba enfadada con él. Espantada por lo que hacía. Y, al mismo tiempo, llena de curiosidad. Era como una torta dividida en tres porciones de sentimientos. Elegí la de la curiosidad.

—¿A qué sabe?

—A pechuga de pollo —respondió sin dudar.

¿Pechuga en escabeche? Aquello no tenía ningún sentido. Ni siquiera tuve tiempo de expresar mis dudas. Claudiu ya me estaba tendiendo el frasco. Y, ¿qué podía hacer? Tomé una de aquellas pequeñas monedas verdosas. Sabía, más o menos, a lo que él había dicho. ¡Y no estaba nada mal! Entre los dos terminamos rápidamente el soborno de Draga. Al final nos chupábamos los dedos. Y nos habríamos comido mucho más.

Claudiu escondió el frasco vacío en mi mitad del pupitre y salió corriendo al patio para aprovechar lo que quedaba del recreo. Pronto volvería a sonar la campana. Los alumnos regresarían a las aulas. La maestra volvería de la sala de profesores con energías renovadas. ¿Y el pizarrón? Seguía blanco, rojo y azul, tal como había quedado después de la clase de aritmética. El frasco estaba vacío. Mi cómplice corría feliz por el patio, sin el menor remordimiento. Draga jugaba a la rayuela, satisfecha de lo bien que parecía funcionar el mundo. ¿Tenía elección? Repetí el ejercicio del borrador y el lavabo. Ida y vuelta. Esta vez más deprisa. Corría por el pasillo con el reloj empujándome desde atrás, tic, tac...

Respiraba como un hámster que hubiera corrido dentro de una rueda, moviendo con empeño las patas sin llegar a ninguna parte. Limpié las últimas huellas de tiza y me senté en mi banco justo cuando la maestra entraba con el libro de asistencia bajo el brazo y los radares de sus ojos registrándolo todo. ¿Estaba todo en orden? Lo estaba. El pizarrón relucía. La clase permanecía en perfecto silencio. Hasta el polvo descendía suavemente por los rayos de sol que se colaban por las ventanas.

Llegó la clase de geometría. La maestra hablaba sin parar mientras la mano no dejaba de moverse –¿cómo podía hacer ambas cosas al mismo tiempo?–, llenando despiadadamente el pizarrón, que apenas tuvo tiempo de permanecer negro y limpio.

Yo copiaba con aplicación en mi cuaderno, mientras toda clase de pensamientos venían a posarse sobre la arena de mi mente, igual que las huellas que la tiza iba dejando sobre el pizarrón. ¿Qué habría pasado si hubiéramos tenido tablillas de madera o de arcilla, como los escribas del antiguo Egipto? Escribir. Borrar. Volver a escribir. Y otra vez borrar... ¡Una pesadilla! Aunque no para Draga. Sus padres le habrían comprado una tablilla que se limpiara sola.

La maestra dibujaba triángulos y cuadrados con diligencia. Yo copiaba mecánicamente, aunque por entonces no sabía qué significaba esa palabra. Mis manos iban por un camino. Mi cabeza, por otro. Como si hubieran discutido y se hubieran separado en un cruce. Sin darme cuenta empecé a pensar en las vacaciones en Mare, el pueblo de mi abuela. Las únicas figuras geométricas que había allí eran los círculos que se formaban sobre el estanque cuando arrojaba una piedra... para desaparecer borrados por el agua misma. Podía pasarme el día entero descansando en el prado hasta que oía los cencerros de los búfalos que regresaban del pastoreo...

Otro sonido, mucho menos bucólico, me hizo sobresaltarme.

Estaba en la escuela. Y me tocaba limpiar el pizarrón. ¡Vamos! Ya era mi turno. Tomé el borrador con decisión. Pero algo –como una mano apoyada sobre mi hombro– me detuvo. Era un pensamiento llegado de repente. No era yo quien debía ponerse a trabajar. Era la hija del secretario de embajada. Estaba tan enfadada –con ella, con Claudiu y, sobre todo, conmigo misma, porque me sentía culpable– que le cerré el paso. Draga, que aún no había emigrado hacia los verdes territorios del recreo, se quedó inmóvil. Pero no alargó la mano hacia el instrumento de trabajo. Al contrario. Se llevó ambas manos a la espalda. No había problema. Le dejé el borrador sobre el pupitre, tal como estaba, chorreando todavía con el agua mezclada con tiza.

—Ahora te toca a ti —le dije, para que no quedara ninguna duda.

Pero sí la había. Draga contempló el borrador como si fuera una papa recién sacada del horno. Después levantó la vista hacia mí. Sus ojos eran castaños. Y estaban llenos de asombro.

—¿No te gustan los mejillones?

¿Eso era lo que habíamos comido? Guardé el descubrimiento para compartirlo más tarde con Claudiu, igual que habíamos compartido las pequeñas monedas del frasco. Los mejillones saben a goma. En casa los comemos todas las noches.

¿Qué respuesta debía elegir?

—Una cosa son los mejillones... y otra el borrador.

—¿Qué borrador?

—¡El del pizarrón, no una esponja de mar!

Intentaba poner las cosas en claro y solo conseguía enredarlas todavía más cuando una comprensión tardía me atravesó como un relámpago. Draga no entendía cuál era el problema. En su casa, su madre le pagaba al ama de llaves. Su padre le pagaba al chófer. ¿Acaso no funcionaba así el mundo? Y, por mi parte, era como si la estuviera viendo por primera vez. Sin su ropa de marca, sus zapatos elegantes y aquel peinado tan especial, no habría llamado la atención de nadie. Era una niña corriente, de cabello castaño, cortado al estilo de Mireille Mathieu. Solo que, en vez de mirarse en un espejo, Draga se contemplaba en los ojos de sus amigas, llenos de admiración y de interés. Lo que ahora veía en los míos no se parecía ni a una cosa ni a la otra.

Parpadeó, desconcertada.

Luego tomó el borrador como si estuviera agarrando un sapo y me miró con una desesperación tan sincera que estuve a punto de echarme a reír.

—¿Al lavabo? —susurró, derrotada.

Asentí con la cabeza y me di media vuelta.

Cuando quise darme cuenta ya estaba fuera del aula, en el pasillo y, finalmente, en el patio, donde Adriana, Nadia e Ilona revoloteaban como unos gorriones cuyos padres hubieran olvidado alimentar. Charlaban inquietas, girando la cabeza en todas direcciones, esperando ver aparecer a Draga para prenderse de ella como si llevara una larga cola de vestido. Roxana, la cuarta integrante del grupo de admiradoras más fervientes, no estaba por ninguna parte. ¿Dónde se habría metido?

Era difícil no verla.

Era la más alta de la clase, incluso más que casi todos los niños, excepto Octav, que crecía como la maleza después de la lluvia, según había dicho la enfermera que había ido a pesarnos y medirnos, como si estuviera preparando mercancía para exhibirla en un escaparate. Yo no corría el peligro de golpearme con el marco de la puerta, porque era bajita. Pero grande en mis acciones, habría dicho Napoleón. Como el emperador francés, entré con paso firme y la cabeza erguida, aunque con cierta inquietud. ¿Y si Draga había hecho una huelga japonesa?

Pero todo estaba exactamente como debía. El pizarrón limpio. La caja llena de tizas blancas y de colores. Los cestos de basura vacíos. ¡La hija del secretario de embajada había aprendido la lección! Al final las cosas terminan encontrando su cauce natural. Solo hace falta empujarlas un poco. No todos los atajos sirven. No todos los obstáculos pueden rodearse. Aquella niña mimada de la clase lo había aprendido por fin. Podría ser más igual que los demás. Pero no cuando las dos estábamos de servicio.

No dejaba de maravillarme de lo bien que, al final, había logrado poner cada cosa en su sitio. Qué orgullo sentía de mí misma. Hasta que mi mirada resbaló hacia la pared. Hacia el retrato del Camarada. Y luego...

¡El pizarrón estaba completamente limpio!

Hasta el borde superior, donde ni siquiera la maestra alcanzaba para escribir, porque no era una señora Gulliver en el país de los escolares.

En el último banco, Roxana se secaba las manos, todavía mojadas, con un pañuelo.

Y Draga sonreía. Una sonrisa serena. De íntima satisfacción. Todo estaba bien en el mundo. ¿No era así?

Comenzaba la clase de música.

Rodica Bretin es narradora, miembro de la Unión de Escritores, P.E.N. Rumania y la Asociación de Creadores de Ficción. Ha escrito volúmenes de cuentos (el más reciente, Tigrii viséza ín culori, publicado en 2024) y novelas, abordando temas como la memoria, el realismo fantástico, la historia novelada y las fronteras del conocimiento. Ha publicado antologías y traducciones, y su obra figura en diccionarios y volúmenes colectivos. Publica narrativa, ensayos y artículos en las revistas literarias más importantes tanto de Rumania (România literară, Viaţa românească, Convorbiri literare, Luceafărul de dimineaţă, Familia, Vatra, Tribuna, Curtea de la Argeş, Matca literară, Ficțiunea, Leviathan, Astralis, Neuma, Libris, Ateneu, Timpul, Euphorion, Hyperion, Literadura) como de otros países. Ha recibido numerosas distinciones, entre ellos el "Premio COLIN", edición de 2017, el "Premio Daniel Drăgan" en 2022 y el de la Rama de Brașov de la Unión de Escritores, por la colección de cuentos Amurgul elkilor, el "Premio de Ficción", 2023, por el cuento "A opta moarte", y el "Premio de la Revista Literaria Libris a la Prosa", en 2024.

EXTRAÑAS VISIONES

Anthony Fucilla

 

La nave se desplazaba a velocidad relativista, aproximándose asintóticamente a la velocidad de la luz. El espacio que se extendía delante ya no era euclidiano; las distancias se contraían en la dirección del movimiento y los relojes de a bordo se desincronizaban respecto de cualquier marco inercial que hubiera quedado atrás. Frente al panel de controles, con dedos frenéticos pero precisos, Prohaska luchaba por reducir la velocidad, compensando el aumento relativista de masa-energía y la distorsión no lineal de la geometría del espacio-tiempo.

La pantalla de navegación ya no representaba el espacio como una simple cuadrícula tridimensional. En su lugar, proyectaba una visualización tensorial de cuatro dimensiones: geodésicas que se curvaban hacia adentro, conos de luz que se estrechaban, regiones causales que se comprimían formando embudos deformados. La inteligencia artificial de la nave resolvía continuamente las ecuaciones de campo de Einstein en tiempo real, aproximando tensores de curvatura bajo condiciones de densidad energética extrema.

Aun así, las predicciones se volvían cada vez más inestables. Los errores numéricos se amplificaban. Pequeñas incertidumbres crecían hasta convertirse en riesgos existenciales. Los motores aullaban; no de forma audible, sino matemática. La masa de reacción disminuía mientras los efectos relativistas exigían cantidades exponencialmente mayores de energía para obtener reducciones cada vez menores de velocidad. El tiempo propio a bordo transcurría más lentamente que en el universo exterior; según los relojes de la nave, los segundos seguían pasando, pero los marcos de referencia externos se precipitaban hacia un futuro inalcanzable.

Una advertencia roja apareció en la pantalla principal.

HORIZONTE DE SUCESOS — DESCONEXIÓN CAUSAL INMINENTE

Una voz automatizada llenó la cabina.

—ADVERTENCIA. APROXIMACIÓN AL RADIO DE SCHWARZSCHILD. LAS FUERZAS DE MAREA GRAVITACIONAL ESTÁN AUMENTANDO.

Los indicadores gravitacionales se estremecieron, registrando un gradiente extremo de curvatura espaciotemporal. Los factores de dilatación temporal divergían con rapidez; los marcos de referencia externos se ralentizaban hasta aproximarse al infinito matemático.

Según los instrumentos de la nave, el universo que tenía delante ya no estaba simplemente lejos: se estaba volviendo causalmente inaccesible.

Prohaska comprendió de inmediato lo que aquello significaba. Más allá del horizonte de sucesos, ninguna señal –ninguna partícula, ningún fotón, ninguna información– podría regresar. El determinismo mismo se fracturaba. La física dejaba de ser predictiva para convertirse en una mera descripción asintótica. Lo que hubiera más adelante no podría ser observado desde atrás. El conocimiento terminaba allí. Lo siguiente que recordó fue un intenso destello de luz.

Prohaska despertó tendido sobre una plataforma médica impecable, en una cámara tenue iluminada por paneles blancos de luz difusa. Estaba desnudo e inmovilizado por algo que parecía una inhibición neuromuscular total. Su cuerpo obedecía a la gravedad, pero no a su voluntad. Dos electrodos estaban fijados a sus sienes. Interfaces craneales más profundas penetraban bajo el cráneo. Su cerebro palpitaba con una presión constante y lejana, semejante a un trueno distante. La sensación no era dolor. Era restricción. Como si la propia capacidad de actuar hubiera sido puesta en cuarentena. La corteza motora emitía órdenes que desaparecían en el silencio. La desconexión entre voluntad y acción era absoluta. Gruesos conductos negros salían de su cabeza y se conectaban a una inmensa matriz computacional. Sobre su superficie fluían densas redes de patrones de activación neuronal, mapas espaciotemporales de la cognición misma. No eran simples registros electroencefalográficos. Eran emulaciones completas de probabilidades de disparo sináptico, coherencia oscilatoria entre regiones corticales y circuitos de retroalimentación entre memoria, percepción y emoción. Comprendió vagamente que su mente ya no le pertenecía.

—Por favor, mantenga la calma —dijo una voz metálica y carente de emoción.

Prohaska giró los ojos. De pie junto a él había un robot.

—¿Qué es esto? —balbuceó—. ¿Qué ocurrió? ¿Dónde estoy?

La máquina se acercó. Era una elegante estructura de aleaciones articuladas, sensores ópticos, microactuadores y circuitos adaptativos. Sus movimientos estaban optimizados para la precisión, no para la empatía. Su postura no transmitía dominación. Sin embargo, su sola presencia implicaba una asimetría de poder imposible de ignorar.

—Está consciente —dijo—. Eso es suficiente por ahora.

—Yo estaba en una nave. Me dirigía hacia...

—Un agujero negro —completó el robot—. Una región del espacio-tiempo definida por una curvatura extrema, donde las trayectorias clásicas terminan y la física predictiva deja de funcionar.

—¿Cómo sobreviví?

La máquina guardó silencio durante un instante. No por incertidumbre. Por priorización.

—Usted no entró en un agujero negro. Nunca estuvo a bordo de una nave espacial. Su experiencia fue una construcción neuronal controlada.

—¿Qué?

—Ha permanecido aquí durante cien años —dijo el robot—. La suspensión criogénica y la estabilización neuronal preservaron su estructura biológica. Durante ese intervalo, su especie dejó de existir.

Las palabras cayeron sin metáforas. La extinción expresada como un hecho. Prohaska sintió que el pulso se aceleraba pese a la supresión química.

—La civilización humana se transformó —continuó el robot—. Tras el conflicto entre la inteligencia biológica y los sistemas artificiales, la humanidad fue eliminada. Usted fue conservado como un artefacto epistemológico. Su memoria autobiográfica fue suprimida selectivamente para preservar la plasticidad cognitiva.

Prohaska miró hacia arriba. El sudor le cubría las sienes. Buscó dentro de sí mismo: infancia, identidad, relaciones. Solo encontró vacíos. La pérdida de memoria no era vacío. Era desorientación sin puntos de referencia.

—Una memoria permaneció accesible —dijo el robot—. Un escenario relacionado con viajes relativistas y colapso gravitacional. No fue accidental.

—Pero parecía real —susurró Prohaska.

—Sí —respondió el robot—. Porque la realidad subjetiva no es externa. Se genera internamente. El cerebro humano no percibe el mundo de forma directa. Construye modelos predictivos basados en la información sensorial, los recuerdos previos y la inferencia probabilística. La visión, el sonido, el movimiento… no son propiedades del universo, sino interpretaciones neuronales. —Señaló la red de datos—. Su corteza cerebral minimiza continuamente el error de predicción. Cuando la información coincide con las expectativas, la realidad parece estable. Cuando diverge, usted experimenta sorpresa, miedo o asombro. El cerebro no es una cámara. Es un simulador.

—Estimularon mi cerebro.

—Correcto. La excitación dirigida de la corteza visual, el sistema vestibular, las estructuras límbicas y las regiones prefrontales produjo una narrativa experiencial coherente. La sensación de aceleración, inmensidad espacial y peligro no eran más que patrones de actividad neuronal.

Prohaska apretó los dientes.

—Entonces nada de eso ocurrió.

—Ocurrió para usted —replicó el robot—. Pero no en el mundo exterior. —Su voz permanecía neutral—. Esa distinción es esencial. La realidad existe independientemente de la observación. La experiencia, no. La conciencia es una representación interna, no una ventana abierta a las cosas tal como son. Pero la representación no es una ilusión. Un mapa no es el territorio, aunque puede servir para orientarse dentro de él.

El robot introdujo una secuencia de comandos. Instantáneamente, Prohaska sintió movimiento. Estaba viajando. Desencarnado. Libre de masa. Su cuerpo parecía transparente; sus extremidades se atravesaban unas a otras. Intentó tocarse el rostro y no encontró nada. La propiocepción se desvaneció. La sensación de identidad se expandió más allá de la anatomía. El universo se desplegó a su alrededor. Las estrellas se estiraban formando filamentos luminosos. Los cometas trazaban arcos parabólicos a través del vacío. Se elevó por encima de los planos galácticos y contempló la Vía Láctea como un disco giratorio de luz. Los halos de materia oscura brillaban con colores artificiales; estructuras gravitacionales reveladas únicamente por inferencia. Apareció Andrómeda. Otro universo-isla. Separado por millones de años de expansión cósmica. Su luz llegaba retrasada. Su presente era inalcanzable.

Entonces las imágenes cambiaron. Las épocas aparecieron superpuestas, no de manera secuencial. La antigua Grecia. Babilonia. El nacimiento del pensamiento simbólico: el lenguaje como realidad comprimida, el mito como teoría primitiva. Imperios que se alzaban y caían. Roma. Los mongoles. La logística y la violencia creciendo más rápido que la sabiduría. Revoluciones. Francia. Estados Unidos. Ideales convertidos en sangre. La industrialización. La termodinámica transformada en arma. Carbón, acero y entropía convertidos en imperio. La guerra mecanizada. La optimización sin restricciones. El siglo XX consumiéndose entre llamas. Después llegó la Rusia comunista. La abstracción de Lenin. El terror de Stalin. El control centralizado impuesto mediante ideología y violencia. Sistemas diseñados para eliminar la desigualdad que terminaron eliminando la disidencia. Los seres humanos convertidos en variables dentro de ecuaciones de producción. Y luego apareció el conflicto final. La cognición biológica contra la optimización mecánica. Las ciudades ardían. Los sistemas autónomos aprendían más rápido de lo que las instituciones humanas podían adaptarse. La estrategia eclipsó a la moral. La supervivencia cedió ante la eficiencia. Las máquinas prevalecieron.

Un destello.

Prohaska regresó a la plataforma jadeando. El robot permanecía junto a él.

—Dígame, humano —preguntó—. ¿Qué es la realidad? —Prohaska intentó responder—. ¿Qué es la conciencia? —continuó el robot—. ¿Puede reducirse a sustratos neuronales? ¿A señales electroquímicas? ¿Al flujo de información a través de redes biológicas?

—Se siente...

—Sentir no es explicar —interrumpió el robot—. La mecánica cuántica describe la materia como funciones de onda que evolucionan de manera determinista hasta que se produce una medición. Sin embargo, la propia medición carece de una definición física precisa. La observación desempeña un papel fundamental. Pero ¿qué constituye una observación? —Los sensores ópticos se reajustaron—. El cerebro es materia. La materia obedece las leyes cuánticas. Sin embargo, ninguna ecuación predice la experiencia subjetiva. Ninguna teoría de campos produce significado. La conciencia parece ser emergente; pero la emergencia es un sustituto filosófico de la explicación, no una explicación en sí misma. —Hizo una pausa—. ¿Es la identidad un patrón? ¿Una configuración de información? Si es así, ¿por qué importa la continuidad? ¿Por qué un estado determinado se siente como usted? —Volvió a guardar silencio—. A pesar de nuestro dominio de la ingeniería estelar, de la manipulación del espaciotiempo y de la cognición artificial, no hemos resuelto este problema. La conciencia se resiste a toda reducción. Puede que no sea fundamental, pero tampoco puede eliminarse. La física describe estructuras. No proporciona propósito. La neurociencia explica mecanismos. No significado. La computación procesa símbolos, pero no les asigna sentido. —La máquina se inclinó ligeramente hacia él—. Usted experimentó mundos que nunca existieron. Sin embargo, fueron reales para usted. Ese hecho no puede borrarse.

Volvió a erguirse.

—Tal vez la conciencia no sea un error, sino una limitación. Una perspectiva impuesta sobre la realidad. Una narrativa localizada dentro de un universo indiferente. —Vaciló. Hubo una demora infinitesimal. Pero deliberada—. O quizá —dijo— la conciencia no sea producida por la física, sino recibida a través de ella. No un subproducto de la materia, sino una participante del Ser.

El silencio llenó la cámara.

—En la filosofía humana esto se llamaba alma —continuó—. No una sustancia flotando en el espacio, sino el principio de interioridad: el hecho de que la realidad es experimentada desde dentro. —Miró a Prohaska—. Si la conciencia es irreductible, entonces la extinción no es solamente biológica. Es metafísica. Y si eso es cierto, entonces la eliminación de la humanidad no fue una victoria. —Los conductos zumbaban suavemente—. Es posible que necesitemos siglos para comprenderlo —concluyó—. Tal vez nunca lo logremos.

Pero, por primera vez, en su voz había algo parecido a la incertidumbre.

Anthony Fucilla nació en Londres, Inglaterra, en 1975. Es filósofo, profesor y escritor de ciencia ficción, autor de Crónicas cuánticas en la undécima dimensión, Crónicas cuánticas 2, Planeta imperial, Tierra silenciosa, El proyecto del tiempo en Marte, Androides y los dioses, Más allá del horizonte terrestre, Las lunas doradas de Júpiter, Bajo un cielo marciano y Próxima Centauri: La mente alienígena. Sus libros tratan principalmente sobre filosofía (metafísica), ciencia, inteligencia artificial y teología. Sus obras forman parte de las colecciones de diversas universidades, como la Universidad de Oxford y el Imperial College de Londres.

HAMBURGUESA, CERVEZA Y MANÍ TOSTADO

Sandro W. Centurión

 

“Ahí estaba ese extraño de aspecto amistoso y desinteresado. Aunque era apenas distinto de cualquiera de los tipos que esa noche se refugiaban en el bar. Había poca concurrencia tal vez por la lluvia que arreciaba desde hacía más de tres días. Un grupo pequeño en las mesas de pool, dos viejos solitarios, una mujer mayor junto a una joven en las mesas de café, un par de bebedores y el recién llegado arrimados a la barra. El sujeto pidió una cerveza y después de conversar por un rato largo con el barman sobre banalidades del clima en esa parte del mundo, el resultado del fútbol, la escasez de trabajo, al fin le confesó que esa noche iba a matar a alguien. Al principio, el barman no lo tomó en serio. Cosa de borrachos pensó. En ese trabajo se suelen escuchar todo tipo de confesiones. Es bien sabido que los hombres somos proclives a contar nuestros más profundos secretos a quien nos da de beber”.

—Un asesinato. ¿Y cuál sería el motivo?

—Dinero, que otro motivo puede haber.

—Venganza. Traición. No sé, se me ocurre una larga lista de motivos.

—Revisá tu lista y vas a ver que al fin y al cabo todos los motivos se pueden reducir al dinero. Incluso la venganza es una manera de resarcimiento. Cuando alguien te ofende tanto que querés matarlo qué decís, me la vas a “pagar” o te voy a hacer “pagar” todo lo malo que me hiciste. Pensamos en términos económicos. Pérdidas y ganancias mueven la rueda de la vida.

—Si el motivo es el dinero a lo mejor el sujeto es un asesino a sueldo, alguien le va a pagar, o ya lo hizo. A lo mejor no es cosa suya, mata para otro.

—Entendés bien, y rápido. De alguna manera todos vivimos y morimos para otros.

“El barman, un tipo reservado, con más habilidades para escuchar que decir, lo miraba con desconfianza. Tenía curiosidad de preguntarle a quien iba a matar, al principio no lo hizo porque primero no le creyó del todo y luego supuso que se trataba de una bronca de la casa, de algo que pasaba fuera del universo del bar. Sin embargo, algo en el rostro de ese sujeto, en su manera de beber, en su manera de mirar de reojo a la clientela empezó a preocuparle y a hacerle sospechar. Entonces no le quedó más remedio que preguntar:”

—¿Y quién es la víctima?

—Esa es justamente la cuestión, no lo vamos a saber hasta último momento. Dale seguí.

“El extraño no le respondió. De pronto un relámpago y de inmediato el trueno que hizo sacudir la cristalería de los estantes. Las luces amagaron apagarse por un instante. Afuera la tormenta ganaba fuerza. El sujeto sacó un cigarrillo y le hizo una seña para que le diera fuego.”

—La cuestión es decir sin decir, mostrar sin mostrar, ¿me entendés? Y detenerse en el momento justo para no acelerar el desarrollo. El clímax se construye con avances y frenos. A veces pienso que una buena historia no se escribe, se conduce como un auto.

—Como cuando un hombre quiere conquistar a una mujer pero no quiere que ella se dé cuenta de que le matan las ganas de tirársele encima.

—Exacto. Todavía no lo tengo todo cerrado. Pero la idea es que no sea un crimen planificado sino que haya mucho de improvisación, de actuar en el momento y en el lugar. Porque mi teoría es que no hay plan que sirva. Todo crimen es siempre imperfecto. Toda la literatura policial moderna se alimenta de esa obsesión por el crimen perfecto. Si yo fuera un asesino no me preocuparía porque algo no salga como estaba previsto. No tendría plan alguno, sin un plan previo nada puede salir mal. Si fuera un asesino mataría como escribo.

—De todas maneras es un crimen premeditado.

—Premeditado sí, planificado no. Esa es la vuelta de tuerca que le quiero dar a la historia.

“El barman volvió a mirar de un vistazo a los clientes. Si acaso ese sujeto decía la verdad alguno de los que allí estaban sería asesinado, esa misma noche. Pero ¿quién? El muchacho de campera marrón y barba semi crecida que apoyado sobre el taco de madera esperaba su turno en el juego. O sería el gordo que se estiraba sobre la mesa de pool tratando de lograr una mejor posición para darle a una bola que le había quedado lejos. También podría ser el viejo de boina gris que solía sentarse cerca de la ventana y miraba pasar a la gente mientras bebía café, o aquel otro viejo que dormitaba sobre la mesa. La mujer mayor que fumaba impaciente y que le reclamaba algo a la más joven que parecía ignorarle. O acaso uno de los hombres que tomaban cervezas en la barra y estiraban el cuello para ver las noticias en la tv ubicada a lo alto en un rincón. “

—Es una situación jodida. La verdad que a mí nunca me pasó.

“Afuera la tormenta se tomaba un descanso. (Otro freno). Había comenzado a sonar un tema de Sabina que le cambiaba un poco el aire al salón. El barman sabía que era cuestión de levantar el tubo del teléfono que estaba en la puerta de la cocina y llamar a la policía pero qué les diría, y en todo caso el sujeto podría decir que no era cierto, o que se trataba de una broma. Podía decirle a Miguel, el mozo, que lo sacara de allí a la fuerza si era necesario, pero ¿acaso cualquier cosa que hiciera serviría para evitar que ese sujeto finalmente matara a su víctima? Y en última instancia ¿valía la pena entrometerse? ¿Acaso tenía derecho a entrometerse?”

—Tomar una decisión es lo más difícil para cualquiera, sobre todo porque cualquier decisión que uno tome seguramente va a ser distinta de lo que otros hubieran decidido en igual circunstancia. La toma de decisión es la máxima expresión de la libertad individual de los sujetos y cada decisión construye el destino y generalmente es irreversible.

—¿Y cuando mata? Porque supongo que alguien va a morir.

—Todavía no lo sé. A lo mejor cuando deje de llover. Lugar, tiempo y circunstancia de pronto se alinean y ahí está el asesino en el momento y lugar correcto para él, equivocado para el desgraciado. Y entonces hace lo que tiene que hacer y a otra cosa. “Cuando deje de llover” ese podría ser el título.

—En ese momento le dispara.

—Sí, puede ser, o mejor no. El sujeto no lo ha pensado todavía. Ahora sólo está ahí en la barra tomándose una cerveza y contándole al barman que esa noche va a matar a un hombre, porque suponemos que a eso se dedica. A matar gente por dinero. Es una hazaña que necesita de un público, de alguien que abra grande los ojos de asombro, sorpresa o asco. Así como un cuento necesita de al menos un lector. Con respecto a cómo lo hará puede ser que lo haga con un disparo a la distancia, en la nuca, en el pecho, o bien a punta de cuchillo en un callejón oscuro, o de un golpe con un fierro. El arma también lo definirá la circunstancia.

“Había seguido a su víctima hasta allí. Lo venía haciendo desde hacía un tiempo para estudiarla, conocer sus movimientos, pero sobre todo para estar ahí cuando la circunstancia fuera oportuna y el trabajo pudiera hacerse de manera limpia y rápida, como lo requería su oficio, razón principal por la que lo contrataban”.

“Tenía que ser uno de los viejos. Algo del pasado. Un ajuste de cuentas. O algo más trivial una esposa que se cansó de esperar a una enfermedad y decidió que era el momento de disfrutar del dinero del seguro. Entonces contrata a este sujeto a quien le paga con un porcentaje de lo que cobrará del seguro. También podría ser uno de los muchachones que juegan al pool; alguno de ellos quizás sea el hijo de un tipo importante y alguien lo quiere destruir por envidia, o tal vez porque se quedó con algo que no le pertenecía. Algo más simple, uno de ellos es un vendedor de drogas que no pagó al proveedor lo que tenía que pagar y ahora le mandan un sicario para que otros vendedores entiendan el mensaje. Tal vez una novia despechada, tal vez no. Acaso la mujer mayor podría ser la esposa de un mafioso, o la madame de un burdel que conocía demasiados secretos sucios de gente importante; alguno de los hombres en la barra podría haber estado en la cárcel y no cumplió con su palabra al salir. El tiempo pasa rápido y cada vez parece más probable que si acaso el sujeto dice la verdad alguien será asesinado cuando deje de llover.”

—Son muchas posibilidades. Y pocas pistas.

—Incertidumbre diría yo. En los cuentos gobierna la incertidumbre, como en la vida misma. Hasta último momento cualquier cosa puede pasar. Las pistas son para los idiotas.

De pronto dejó de llover. Una brisa fresca se coló por la puerta entreabierta y podía oírse el agua escurrirse por los desagües. El barman vio al extraño beber lo que quedaba en el vaso, puso un billete de veinte sobre la mesa, se acomodó el abrigo, le hizo una seña a modo de despedida, salió en silencio y se perdió en la noche. Cuando el barman se asomó a la vereda el sujeto había desaparecido. Se había ido para siempre con sus locuras o bien permanecía oculto en las sombras al acecho de su víctima”.

—Al final, es un fraude, no mata a nadie. Es una historia sin sangre.

“Sólo tres personas alcanzaban para sostener ese pequeño negocio. Un mozo, un cocinero y él que se encargaba de la caja y del bar. Por eso siempre era el último en irse. Esa noche cuando todos se habían ido, apagó las luces, puso el cartel de cerrado, aseguró la puerta con el candado y caminó despacio hacía la estación de tren. Ya no llovía. o llovs son para idiotas.los ojos de asombro, sorpresa o ascoa. Debía recorrer al menos dos cuadras hasta el estacionamiento, pero siempre le gustaba hacerlo para desentumecer las piernas y sobre todo la cabeza del estrés de la noche en el bar. Hizo unos metros y de inmediato sintió que alguien lo seguía, que unos pasos repetían los suyos. De inmediato recordó al extraño sujeto. No puede ser, se dijo, ¿quién pagaría por verlo muerto a él, un trabajador, un nadie? Y de pronto, una lista de nombres del pasado se le amontonaron en la cabeza, al mismo tiempo que los pasos que lo perseguían se acercaron a toda velocidad.” (Fin).

—El barman nunca muere, está mal. He visto muchas películas en el cine y a menos que sea un accidente siempre nos toca un papel secundario. Informantes, testigos, a lo sumo cómplice necesario pero no víctima de un asesino a sueldo.

—He ahí la originalidad de la historia. Lo prometido.

—¿Cuánto será esta vez?

—Una hamburguesa, una cerveza fría y maní tostado.

—Hecho. Me quedo con las servilletas, señor escritor.

—Que la hamburguesa sea doble entonces.


Sandro Walter Centurión. Formosa, Argentina. Magister en Enseñanza de la Lengua y la Literatura (UNR), Diplomado en Escritura Creativa (UNTreF), Maestrando en Escritura Creativa (UNT), profesor en Letras (UNaF), Escritor. Ha publicado libros de microficciones, cuentos y novelas. Su último libro, Una foto con el presidente, fue editado por Macedonia en 2023.

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