Rodica Bretin
¿Quién no habría
querido ser amiga de Draga?
Durante los recreos, las niñas se
arremolinaban a su alrededor como abejitas en torno a la abeja reina. Los
zánganos –es decir, los varones– también rondaban cerca, fingiendo desinterés.
A veces lo conseguían, sobre todo los días en que Draga llevaba a la escuela,
para que todos las tocaran y las codiciaran, cosas propias de las niñas:
muñecas que ponían los ojos en blanco mientras decían «ma-má», frasquitos de
perfume del tamaño de un dedal, moños como alas de mariposa, hebillas con
brillantina, medallones que escondían una bailarina diminuta como una
mariquita, pulseras que cambiaban de color según la luz del día, anillos con
piedras que brillaban únicamente en la oscuridad.
¡Y muchas otras maravillas!
Mis compañeras las devoraban con la
mirada y luego se las iban pasando de mano en mano hasta que regresaban a la
palma de su dueña y, de allí, al pequeño bolso que llevaba colgado del hombro
en lugar de una mochila, una infracción que la maestra pasaba por alto, aunque
en cualquier otro asunto relacionado con el reglamento escolar tenía vista de
halcón.
Éramos veinticinco niños y niñas en
primero B de la Escuela General N.º 12 de la calle Crișan: todos hijos del
viejo Brașov y todos iguales; para eso llevábamos uniforme, ¿no?
Pero, como suele ocurrir, unos eran
más iguales que otros.
Por ejemplo, Draga.
Vestía el clásico uniforme de
cuadritos con delantal que llevaban las escolares de la ciudad, pero el suyo
estaba confeccionado con una tela suave y brillante como la seda, que no se
arrugaba ni necesitaba almidón ni plancha.
En cuanto al calzado, cada día
aparecía con un par distinto: zapatos de charol, bailarinas, botines, botas
elásticas ajustadas hasta debajo de las rodillas o zapatillas deportivas en
lugar de las sencillas de fabricación nacional.
Adriana, su compañera de banco, se
la había encontrado una vez en la calle Republicii, un día sin clases, y cada
vez que contaba la historia añadía un nuevo detalle que saltaba de aquel
recuerdo inolvidable como una trucha fuera del agua.
Draga había bajado de un automóvil –un
muchacho habría sabido decir de qué marca era y cuántos caballos de fuerza
escondía bajo el capó–, pero Adriana apenas había reparado en el coche, grande
y negro. Toda su atención estaba puesta en la colegiala, que llevaba un suéter
de cachemira, un pañuelo dorado, gafas de sol y unos pantalones extraordinarios
llamados jeans.
Muy pocas personas tenían algo así
en todo Brașov.
Pero Draga no era una niña
cualquiera.
Su padre trabajaba en Bucarest, en
una embajada; por eso pasaba la mayor parte del tiempo fuera de casa.
Mi padre también viajaba por
trabajo: a Reghin, a Sighișoara y, una vez, hasta Oradea.
Sin embargo, pronto comprendí que
no era de eso de lo que se trataba.
El padre de Draga había sido
enviado al otro lado. ¿Adónde? ¿A la Luna? No exactamente. Aunque, para
nosotros, simples mortales, era un lugar igual de inaccesible. Eso sí,
cualquiera podía imaginarlo, hasta donde le alcanzara la imaginación.
Para mis compañeros, Occidente –no
el Salvaje Oeste, ese lo conocíamos bien gracias a las novelas de Karl May– era
un ancho bulevar bordeado por escaparates que llegaban hasta el cielo, llenos
de todo lo imaginable... y también de lo inimaginable: ropa, zapatos, juguetes
tan hermosamente envueltos que deslumbraban con solo mirarlos.
Y para entrar en aquellos palacios
de cristal convertidos en tiendas había que llevar los bolsillos repletos de
marcos, francos o liras, porque nuestros leus no servían para nada allí.
A Draga la llevaba a la escuela una
mujer rubia cuya postura marcial me recordaba a Fräulein Klara, la maestra del
jardín de infancia alemán.
¿Era su madre?
Cuando una de las niñas tuvo la
desafortunada idea de preguntárselo, desapareció inmediatamente de la lista de
las favoritas de Draga.
—Es Inga, la ama de llaves. Mi
madre no se levanta antes de las diez —se dignó aclarar.
¿Ama de casa? A mí aquello no me
parecía nada extraordinario. Sin embargo, Draga admiraba mucho más a su madre,
que no hacía absolutamente nada, que a su padre, que aparecía siempre cargado
de regalos, como si en su casa fuera Navidad todos los meses.
Algunos de aquellos obsequios
también llegaban a manos de la maestra. Por eso Draga sacaba buenas notas,
aunque estudiar no fuera precisamente su pasión.
¿Acaso hacía falta saber mucho más para
convertirse en la esposa de alguien? Lo único necesario era tener un
origen social impecable, la escalera por la que su padre había ascendido hasta
el cargo de secretario de embajada. A mí aquello no me decía gran cosa.
Por entonces había secretarios para
todo: desde el de la asociación de vecinos hasta el Primero, el del retrato
colgado encima del pizarrón.
Cada mañana Draga aparecía con su
uniforme especial, calzada según dictaba la moda de Viena y llevando al hombro
aquel bolso que atraía inmediatamente todas las miradas.
En el primer recreo, las niñas la
escoltaban como damas de honor alrededor de la reina de Inglaterra. Así salían
al patio, donde ella abría su pequeño cofre de sorpresas. ¿Qué habría traído
esta vez? Las niñas aplaudían entusiasmadas. Pero ni siquiera los muchachos
podían mantenerse alejados cuando aparecían cochecitos que cabían en la palma
de la mano, botellitas de Pepsi en miniatura, llaveros musicales,
caleidoscopios de bolsillo, figurillas de héroes de historietas... ¡Hasta un
coco auténtico!
A mí no me entusiasmaban las
muñecas, ni los moños para el cabello, ni los adornos para colgar de la muñeca.
Sin embargo, algunos de los objetos que salían de aquella bolsa milagrosa me
atraían como un imán. Así ocurrió con un gato de peluche, de ojos de esmalte
verde y bigotes de hilo de nailon. Yo también me acerqué a mirarlo, aunque
fuera de reojo. Pero Draga lo guardó enseguida, con un gesto que parecía decir:
Miren todo lo que quieran, pero no toquen nada.
Desde entonces procuré mantenerme
alejada de aquellos montones de hombros y cabezas entre los que, a veces, la
hija del diplomático desaparecía por completo. Nosotras dos apenas nos
cruzábamos, como dos planetas errantes en el espacio. Hasta que, obedeciendo
también a una de las leyes del universo, el azar nos reunió: aquel día nos tocó
ser responsables del aula. No había demasiado que hacer: cambiar el agua del
florero sobre el escritorio de la maestra, vaciar los cestos de basura al
terminar las clases y limpiar el pizarrón en cada recreo. Casualmente era
martes. El día de las tres horas malas. Solo que aquel martes hubo
cuatro: lengua, aritmética, geometría y música.
En la primera clase, en vez de
hacernos leer mucho y escribir poco, la maestra cubrió el pizarrón con letras
mayúsculas y minúsculas, además de los signos de puntuación. Al final, como ya
no le quedaba espacio para terminar una oración, escribió las últimas palabras
en sentido vertical, como una serpiente que agitara el cascabel de la cola. Si
no hubiera sonado la campana, de tan entusiasmada habría terminado escribiendo
también sobre la pared.
Miré alrededor con resignación. La
maestra ya estaba en la sala de profesores. Mis compañeros, jugando en el
patio. Solo quedábamos en el aula el pizarrón y yo. Draga había desaparecido. O,
mejor dicho, me había dejado sola, ya que en la lista de clase mi apellido iba
antes que el suyo. Donde hay reglas, no hay discusión, me dije
resignada.
Fui al baño de las niñas con el
borrador, lo mojé y lo escurrí, aunque aun así dejé un reguero de gotas por el
pasillo, en lugar de migas de pan como en el cuento de Hansel y Gretel. Limpié
el pizarrón de izquierda a derecha, luego de arriba abajo y, por último, otra
vez en sentido horizontal para que no quedaran marcas. Era un trabajo
laborioso, interrumpido por otros dos viajes hasta el lavabo. El resultado
parecía el reflejo de la luna sobre la superficie del agua. ¿Un lago cuadrado? En
fin... Parecía un trabajo bien hecho y me detuve un instante para admirarlo.
No era la única. Draga también lo
contemplaba. Sentada en mi banco. ¿Cuándo había regresado del recreo? Antes de
que pudiera comprenderlo, sonó la campana y los compañeros entraron en tropel. No
venían tan entusiasmados como cuando habían salido; regresaban arrastrados por
la marea del timbre, como el flujo y el reflujo del mar.
La siguiente clase era aritmética. Y
otra vez la maestra llenó el pizarrón. Esta vez, de números. De vez en cuando
preguntaba a algún alumno el resultado de una resta o una división y escribía
la respuesta con tiza azul o roja, según fuera correcta o incorrecta. El
pizarrón se había convertido en una bandera tricolor, solo que blanca en lugar
de amarilla. Peor que durante la clase de lengua. Pero a mí no me importaba. Ahora
le tocaba a Draga. Ella había elegido ser la segunda. Duermes según hagas la
cama.
La satisfacción del deber cumplido
me abrió el apetito y, apenas sonó la campana del recreo, empecé a rebuscar en
mi mochila el paquete que mamá me había preparado. Encontré el sándwich al
tacto. Pero, junto a él, había algo redondo y resbaladizo. ¿Un frasco? Era uno
como jamás había visto. Tenía una tapa brillante y una etiqueta negra donde,
con letras doradas, podía leerse: Smoked Mussels in Oil – Vilsund Blue. ¿Y
eso qué significaba? Contemplaba aquel hermoso frasco como un gato mirando un
calendario. Habría quedado perfectamente en una vitrina junto a las figurillas
de porcelana, y mucho más aún en un estante de la despensa. Los envases
que venían de Occidente eran tan hermosos que muchos rumanos no se atrevían
siquiera a abrirlos para comer lo que contenían. Los conservaban durante meses.
O durante años. La comida terminaba echándose a perder, pero el frasco o la
lata ya se habían convertido en objetos de arte, ocupando un lugar entre la
pastorcita sin ovejas y el pescador con su caña de pescar.
Todavía seguía admirándolo cuando
Claudiu me lo quitó de las manos. Lo sostenía delicadamente entre dos dedos,
igual que hacía con la mitad del sándwich que compartíamos durante el recreo
largo. Miró las pequeñas monedas que flotaban en un líquido verdoso.
—¿Qué serán?
Me encogí de hombros. Había
preguntas mucho más urgentes. ¿Quién lo había puesto allí? ¿Y por qué? La
primera tenía una respuesta fácil. Draga. Por eso se había sentado en mi banco.
Para dejar el frasco dentro de mi mochila. No éramos amigas. Ni mucho menos. ¿Qué
le había dado por hacerme semejante regalo? Y, de pronto, lo comprendí. Me
sentí como un teléfono público al que acababan de introducirle una moneda y
que, por fin, daba tono. Me había pagado por limpiar el pizarrón en su lugar. ¿Debía
¿Salir al patio y devolverle el regalo delante de todos, acompañando el gesto
con unas palabras tan hirientes que jamás pudiera olvidarlas? ¿O dejar
simplemente el frasco sobre su pupitre, sin hacer ningún escándalo?
Antes de que pudiera decidirme,
Claudiu rompió el sello y desenroscó la tapa. Metió la nariz dentro.
—Huele a barro —dijo haciendo una
mueca.
Aquello no le impidió introducir la
mano en el líquido y sacar una de aquellas pequeñas monedas de color bronce. Tenía
un aspecto viscoso. Pero ni siquiera vaciló. Se la llevó a la boca. Y se la
tragó. Como todavía no había resuelto el misterio, sacó otra y esta vez la
masticó lentamente. Yo estaba enfadada con él. Espantada por lo que hacía. Y,
al mismo tiempo, llena de curiosidad. Era como una torta dividida en tres
porciones de sentimientos. Elegí la de la curiosidad.
—¿A qué sabe?
—A pechuga de pollo —respondió sin
dudar.
¿Pechuga en escabeche? Aquello no
tenía ningún sentido. Ni siquiera tuve tiempo de expresar mis dudas. Claudiu ya
me estaba tendiendo el frasco. Y, ¿qué podía hacer? Tomé una de aquellas
pequeñas monedas verdosas. Sabía, más o menos, a lo que él había dicho. ¡Y no
estaba nada mal! Entre los dos terminamos rápidamente el soborno de Draga. Al
final nos chupábamos los dedos. Y nos habríamos comido mucho más.
Claudiu escondió el frasco vacío en
mi mitad del pupitre y salió corriendo al patio para aprovechar lo que quedaba
del recreo. Pronto volvería a sonar la campana. Los alumnos regresarían a las
aulas. La maestra volvería de la sala de profesores con energías renovadas. ¿Y
el pizarrón? Seguía blanco, rojo y azul, tal como había quedado después de la
clase de aritmética. El frasco estaba vacío. Mi cómplice corría feliz por el
patio, sin el menor remordimiento. Draga jugaba a la rayuela, satisfecha de lo
bien que parecía funcionar el mundo. ¿Tenía elección? Repetí el ejercicio del
borrador y el lavabo. Ida y vuelta. Esta vez más deprisa. Corría por el pasillo
con el reloj empujándome desde atrás, tic, tac...
Respiraba como un hámster que
hubiera corrido dentro de una rueda, moviendo con empeño las patas sin llegar a
ninguna parte. Limpié las últimas huellas de tiza y me senté en mi banco justo
cuando la maestra entraba con el libro de asistencia bajo el brazo y los
radares de sus ojos registrándolo todo. ¿Estaba todo en orden? Lo estaba. El
pizarrón relucía. La clase permanecía en perfecto silencio. Hasta el polvo
descendía suavemente por los rayos de sol que se colaban por las ventanas.
Llegó la clase de geometría. La
maestra hablaba sin parar mientras la mano no dejaba de moverse –¿cómo podía
hacer ambas cosas al mismo tiempo?–, llenando despiadadamente el pizarrón, que
apenas tuvo tiempo de permanecer negro y limpio.
Yo copiaba con aplicación en mi
cuaderno, mientras toda clase de pensamientos venían a posarse sobre la arena
de mi mente, igual que las huellas que la tiza iba dejando sobre el pizarrón. ¿Qué
habría pasado si hubiéramos tenido tablillas de madera o de arcilla, como los
escribas del antiguo Egipto? Escribir. Borrar. Volver a escribir. Y otra vez
borrar... ¡Una pesadilla! Aunque no para Draga. Sus padres le habrían comprado
una tablilla que se limpiara sola.
La maestra dibujaba triángulos y
cuadrados con diligencia. Yo copiaba mecánicamente, aunque por entonces no
sabía qué significaba esa palabra. Mis manos iban por un camino. Mi cabeza, por
otro. Como si hubieran discutido y se hubieran separado en un cruce. Sin darme
cuenta empecé a pensar en las vacaciones en Mare, el pueblo de mi abuela. Las
únicas figuras geométricas que había allí eran los círculos que se formaban
sobre el estanque cuando arrojaba una piedra... para desaparecer borrados por
el agua misma. Podía pasarme el día entero descansando en el prado hasta que
oía los cencerros de los búfalos que regresaban del pastoreo...
Otro sonido, mucho menos bucólico,
me hizo sobresaltarme.
Estaba en la escuela. Y me tocaba
limpiar el pizarrón. ¡Vamos! Ya era mi turno. Tomé el borrador con decisión. Pero
algo –como una mano apoyada sobre mi hombro– me detuvo. Era un pensamiento
llegado de repente. No era yo quien debía ponerse a trabajar. Era la hija del
secretario de embajada. Estaba tan enfadada –con ella, con Claudiu y, sobre
todo, conmigo misma, porque me sentía culpable– que le cerré el paso. Draga,
que aún no había emigrado hacia los verdes territorios del recreo, se quedó
inmóvil. Pero no alargó la mano hacia el instrumento de trabajo. Al contrario. Se
llevó ambas manos a la espalda. No había problema. Le dejé el borrador sobre el
pupitre, tal como estaba, chorreando todavía con el agua mezclada con tiza.
—Ahora te toca a ti —le dije, para
que no quedara ninguna duda.
Pero sí la había. Draga contempló
el borrador como si fuera una papa recién sacada del horno. Después levantó la
vista hacia mí. Sus ojos eran castaños. Y estaban llenos de asombro.
—¿No te gustan los mejillones?
¿Eso era lo que habíamos comido? Guardé
el descubrimiento para compartirlo más tarde con Claudiu, igual que habíamos
compartido las pequeñas monedas del frasco. Los mejillones saben a goma.
En casa los comemos todas las noches.
¿Qué respuesta debía elegir?
—Una cosa son los mejillones... y
otra el borrador.
—¿Qué borrador?
—¡El del pizarrón, no una esponja
de mar!
Intentaba poner las cosas en claro
y solo conseguía enredarlas todavía más cuando una comprensión tardía me
atravesó como un relámpago. Draga no entendía cuál era el problema. En su casa,
su madre le pagaba al ama de llaves. Su padre le pagaba al chófer. ¿Acaso no
funcionaba así el mundo? Y, por mi parte, era como si la estuviera viendo por
primera vez. Sin su ropa de marca, sus zapatos elegantes y aquel peinado tan
especial, no habría llamado la atención de nadie. Era una niña corriente, de
cabello castaño, cortado al estilo de Mireille Mathieu. Solo que, en vez de
mirarse en un espejo, Draga se contemplaba en los ojos de sus amigas, llenos de
admiración y de interés. Lo que ahora veía en los míos no se parecía ni a una
cosa ni a la otra.
Parpadeó, desconcertada.
Luego tomó el borrador como si
estuviera agarrando un sapo y me miró con una desesperación tan sincera que
estuve a punto de echarme a reír.
—¿Al lavabo? —susurró, derrotada.
Asentí con la cabeza y me di media
vuelta.
Cuando quise darme cuenta ya estaba
fuera del aula, en el pasillo y, finalmente, en el patio, donde Adriana, Nadia
e Ilona revoloteaban como unos gorriones cuyos padres hubieran olvidado
alimentar. Charlaban inquietas, girando la cabeza en todas direcciones,
esperando ver aparecer a Draga para prenderse de ella como si llevara una larga
cola de vestido. Roxana, la cuarta integrante del grupo de admiradoras más
fervientes, no estaba por ninguna parte. ¿Dónde se habría metido?
Era difícil no verla.
Era la más alta de la clase,
incluso más que casi todos los niños, excepto Octav, que crecía como la maleza
después de la lluvia, según había dicho la enfermera que había ido a pesarnos y
medirnos, como si estuviera preparando mercancía para exhibirla en un
escaparate. Yo no corría el peligro de golpearme con el marco de la puerta,
porque era bajita. Pero grande en mis acciones, habría dicho Napoleón. Como el
emperador francés, entré con paso firme y la cabeza erguida, aunque con cierta
inquietud. ¿Y si Draga había hecho una huelga japonesa?
Pero todo estaba exactamente como
debía. El pizarrón limpio. La caja llena de tizas blancas y de colores. Los
cestos de basura vacíos. ¡La hija del secretario de embajada había aprendido la
lección! Al final las cosas terminan encontrando su cauce natural. Solo hace
falta empujarlas un poco. No todos los atajos sirven. No todos los obstáculos
pueden rodearse. Aquella niña mimada de la clase lo había aprendido por fin. Podría
ser más igual que los demás. Pero no cuando las dos estábamos de servicio.
No dejaba de maravillarme de lo
bien que, al final, había logrado poner cada cosa en su sitio. Qué orgullo
sentía de mí misma. Hasta que mi mirada resbaló hacia la pared. Hacia el
retrato del Camarada. Y luego...
¡El pizarrón estaba completamente
limpio!
Hasta el borde superior, donde ni
siquiera la maestra alcanzaba para escribir, porque no era una señora Gulliver
en el país de los escolares.
En el último banco, Roxana se
secaba las manos, todavía mojadas, con un pañuelo.
Y Draga sonreía. Una sonrisa
serena. De íntima satisfacción. Todo estaba bien en el mundo. ¿No era así?
Comenzaba la clase de música.


