jueves, 30 de julio de 2026

CASTIGO

Anushtup Sett

 

Desde que dejó atrás Kharagpur, Sudip no había vuelto a cruzarse con un solo vehículo en la carretera. Lo consideró una excelente señal. Deseaba con todas sus fuerzas que el viaje continuara así de tranquilo hasta llegar a la frontera con Odisha.

El automóvil de Shantanu era muy bueno: viejo, pero sólido. Alcanzaba una velocidad considerable sin dar la menor muestra de problemas.

Sudip y Shantanu habían estudiado en la misma escuela. Ambos la abandonaron casi al mismo tiempo, cuando cursaban octavo grado. Después de eso prácticamente perdieron el contacto.

Volvieron a encontrarse años más tarde en unos grandes almacenes de Midnapore. Sudip, desesperado por conseguir trabajo, había aceptado allí un empleo temporal con un sueldo miserable.

Al ver a Shantanu, dos cosas llamaron inmediatamente su atención.

La primera era que a su viejo amigo no parecía faltarle ni la buena comida ni la buena vida. Siempre había sido corpulento, pero ahora era un hombre robusto, con los bíceps tensando la camiseta y una gruesa cadena colgándole del cuello.

La segunda era que su rostro, su peinado y, sobre todo, su mirada, dejaban claro que no era precisamente un ciudadano ejemplar.

Al día siguiente confirmó que sus sospechas eran correctas.

Durante su descanso, Shantanu apareció por la tienda. No aceptó negativas y prácticamente lo arrastró hasta un pequeño bar escondido en un callejón.

Aquel día, y también los tres siguientes, se reunieron allí para beber cerveza y recordar viejos tiempos. Entre charla y charla, Sud p fue descubriendo muchas cosas sobre la vida de su amigo. Pequeños golpes... Robar objetos olvidados por los viajeros en las estaciones. Sustraer billeteras entre la multitud. Hacer desaparecer mercancías delante de las narices de los comerciantes.

Después de abandonar la escuela, Shantanu había ido perfeccionando todas esas habilidades. Más tarde había dado un paso más: asaltar a viajeros solitarios en carreteras desiertas durante la noche.

—Claro que hice de eso —había dicho riéndose—. Bastantes veces.

Sudip no estaba seguro de que hubiera abandonado realmente ese tipo de actividades.

En cambio, Shantanu también conoció la situación de Sudip: años enteros buscando trabajo, sobreviviendo con medio estómago vacío y siempre corto de dinero. Sudip le contó todo aquello que podía contarle a un viejo amigo. Aunque, pensándolo bien, empezó a sospechar que Shantanu ya conocía su situación antes de aparecer en la tienda. Quizá había ido precisamente por eso. Parecía tener algún plan. Finalmente, el miércoles anterior decidió revelárselo.

—Mira, estos trabajitos ya no sirven. Apenas dejan dinero y nunca alcanza para vivir. Hace falta dar un golpe grande. —Sudip no respondió. Había demasiadas cosas rondándole por la cabeza—. Encontré una oportunidad —continuó Shantanu—. Pero solo no puedo.

—¿Qué oportunidad?

Cuando Shantanu terminó de explicársela, Sudip no pudo evitar cambiar de opinión. Se trataba de una gran tienda de artículos para aficionados. Iba a trasladarse a otro local y ya había vaciado completamente el depósito, acumulando toda la mercadería dentro del negocio. Sin embargo, habían surgido problemas legales con el nuevo edificio, de modo que la mudanza se retrasaría al menos quince días, quizá un mes.

Como el sistema de vigilancia electrónica siempre había estado instalado en el depósito, el local carecía de medidas de seguridad. Y el anciano propietario, que de todas formas pensaba marcharse pronto, no estaba dispuesto a gastar dinero instalando nuevas.

Por eso buscaba un vigilante nocturno temporal.

Shantanu tenía las recomendaciones necesarias e incluso certificados de experiencia. Había conseguido el puesto y ya había empezado a trabajar la noche anterior.

—¿Y después?

Shantanu se inclinó hacia él y bajó la voz. Durante la noche unos ladrones entrarían en la tienda y se llevarían todos los artículos de valor. Naturalmente, antes dejarían inconsciente al vigilante.

—¿Ladrones? ¿Yo? No me hagas reír. ¿Quién va a creer que alguien como yo pudo dejarte fuera de combate?

Shantanu soltó una carcajada.

—¿Quién va a verlo? Solo si te atrapan. Pero eso no ocurrirá. Todo está preparado. Te llevarás la mercancía directamente a Odisha. Después de cruzar la frontera estará esperándote Balaram, un hombre de Shibu Mahapatra. Lo conozco desde hace años. Le entregarás todo, cobrarás en efectivo y regresarás tranquilamente a casa. Después de eso, tú no me conoces y yo no te conozco a ti.

—¿Y el coche?

—También lo tengo resuelto. Llevará una matrícula falsa. No hay ninguna posibilidad de que nos descubran. Balaram y yo hemos hecho esto muchas veces.

Sudip frunció el ceño.

—Entonces, ¿por qué no lo haces tú?

Shantanu volvió a bajar la voz.

—Ahí está el problema. La última vez surgieron algunos inconvenientes. La policía registró el nombre de Balaram y el número de su licencia de conducir. Ya sabes que antes del puente Jangalkanya hay un puesto de control. Basta con que le pidan la documentación para que termine directamente en prisión. Balaram ya no sale del escondite donde lo protege Mahapatra. Podría hacerlo yo... Pero si desaparecen la mercancía y el vigilante al mismo tiempo, todas las sospechas recaerán sobre mí. En cambio, tú no tienes antecedentes. Podrás atravesar el control sin problemas.

Entonces Sudip comprendió perfectamente el plan. Conocía aquel puesto policial. Después venía una estación de servicio y, unos diez minutos más adelante, comenzaba el puente Jangalkanya, una hermosa estructura que cruzaba el ancho río Subarnarekha. Las vistas desde allí eran magníficas. Atravesarlo llevaba aproximadamente siete minutos.

Sudip se observó rápidamente en el espejo del bar. Tenía el rostro alargado, el cabello áspero cayéndole sobre la frente y llevaba dos días sin afeitarse. Pero seguía pareciendo un hombre completamente inofensivo. Si iba bien vestido, ningún policía sospecharía de él.

—De todos modos... imaginar que voy a dejarte inconsciente... No puedo evitar reírme.

Shantanu también rio.

—Con los golpes que das, ni siquiera me enteraría. Escucha. Tengo una especie de maza corta. Te la daré. Me golpeas con fuerza suficiente para dejar una marca en la cabeza. Así, cuando llegue el dueño, no sospechará de mí.

—Pero la policía te interrogará.

—Déjamelo a mí. ¿Crees que llevo todos estos años perdiendo el tiempo? Tú solo ocúpate de sacar la mercancía.

Sudip lo pensó varias veces. Finalmente aceptó. La parte que le correspondía del dinero era demasiado importante para rechazarla. El plan de Shantanu resultó impecable. Y Sudip también preparó cuidadosamente su parte. Todo salió con una facilidad sorprendente. Ahora solo quedaba recorrer aquel último tramo de carretera... Como era lógico, la policía rastrearía las llamadas del vigilante. Por eso todas las conversaciones con Balaram se habían realizado desde el teléfono de Sudip. Incluso habían hablado directamente entre ellos.

Después de cruzar el puente debía continuar unos diez minutos más, girar a la derecha y llegar hasta un pequeño restaurante. Allí lo estaría esperando Balaram. Subiría al automóvil y lo guiaría hasta el destino final. Una vez cruzada la frontera, Sudip quedaría libre. El resto sería responsabilidad de Balaram. Eso era lo acordado.

Aquella misma mañana Balaram había vuelto a llamarlo para confirmar que todo estaba listo y que ya tenía preparado el dinero.  

Sudip empezaba a sentir calor. El viejo coche apenas conseguía enfriar el interior. Quizá fuera culpa del aire acondicionado. O quizá de la excitación. La verdad era que todo había salido demasiado bien.

En cuanto levantó el arma, Shantanu cayó al suelo como un muñeco.

 

Frente a él ya aparecía el puesto de control.

Aunque circulaba dentro del límite de velocidad, Sudip aflojó un poco más el acelerador. Respiró hondo. Vació lentamente los pulmones. Después dibujó una ligera sonrisa en los labios. Lo único que deseaba era que nadie advirtiera los violentos latidos de su corazón.

El oficial de policía tenía el cabello muy ralo en la parte delantera de la cabeza. Tal vez por eso lucía un espeso bigote, como si quisiera compensarlo. Sus ojos eran penetrantes. ¿Qué estaba mirando con tanta atención? A Sudip. Al interior del automóvil. Otra vez a Sudip. La matrícula. Por un instante el corazón dejó de latir.

El policía volvió a mirarlo.

—¿La licencia?

Tenía una voz áspera y poderosa. Del nudillo del pulgar le sobresalían algunos pelos. Su expresión era tan amarga que Sudip pensó, sin motivo alguno, que seguramente su mujer no le hacía demasiado caso.

Entregó la documentación. El policía apenas la observó unos segundos.

—Puede seguir.

—¿Ya?

—Sí, siga. El tiempo no parece bueno. Conduzca con cuidado sobre el puente.

—¡Gracias, señor!

Sudip arrancó con un enorme suspiro de alivio. Tenía ganas de ponerse a cantar. Lo peor ya había quedado atrás. Dentro de apenas un par de horas tendría en las manos un grueso fajo de billetes.

Allí estaba la estación de servicio. ¿Debía cargar combustible? No. Del otro lado del puente había otra. Lo mejor era alejarse cuanto antes de la policía. Seguía sintiendo muchísimo calor. Tal vez por eso le sorprendió que tampoco hubiera nadie en la estación. Bajó un poco la ventanilla. ¿Se acercaba una tormenta? El aire estaba extrañamente pesado. Entonces apareció el cartel.

"Bienvenido al puente Kanchankanya."

Subió nuevamente el vidrio y comenzó a cruzarlo. Apenas avanzó un poco volvió a bajarlo. Necesitaba aire. A ambos lados solo había agua azul. Siempre que contemplaba una extensión de agua tan inmensa sentía que la mente se serenaba. Cuanto más avanzaba, más agua veía. Y, a lo lejos, las orillas cubiertas por una espesa vegetación. ¡Qué lugar tan hermoso!

En medio de un paisaje semejante resultaba casi absurdo pensar en robos, asesinatos y huidas. Sonrió para sí mismo. Aunque el policía hubiera abierto el baúl, no habría encontrado nada. Todo estaba perfectamente preparado. Las dos valijas solo contenían ropa y zapatos. Debajo del falso fondo estaban ocultas las piezas de las costosas cámaras fotográficas y los teléfonos móviles completamente nuevos. Del mismo modo que nadie habría imaginado que, en la misma guantera de donde acababa de sacar la licencia, también escondía una pequeña pistola... junto con los guantes.

No había utilizado la maza de Shantanu. La había dejado en la tienda. Aquello sí era un arma auténtica. Pequeña. Pero letal a corta distancia. Recordó la expresión de Shantanu cuando le apoyó el cañón contra la cabeza. Los ojos parecían querer salírsele de las órbitas. Bastó una ligera presión sobre el gatillo... Y todo terminó.

Convencer a Balaram de pagarle toda la suma en efectivo tampoco le había resultado difícil.

Porque Sudip Samaddar... también conocido como Alok Saha... o Mainak Majumdar... o Prasenjit Niyogi... utilizaba distintas identidades según la ocasión. Precisamente la licencia que acababa de mostrar pertenecía a ese último nombre. Qué suerte que Shantanu jamás hubiera querido comprobar ninguno de sus documentos. Durante aquellos años, Sudip también había aprendido mucho sobre el mundo del crimen. Y, sobre todo, había aprendido a ocultar perfectamente quién era. Mucho mejor que Shantanu. Lo venía haciendo desde su primer asesinato.

Un fuerte viento frío y húmedo entraba por la ventanilla. No tenía ganas de cerrarla. Qué agradable era aquella sensación. Qué paz. Sin darse cuenta empezó a cerrar los ojos.

Entonces...

¡Golpe!

El automóvil dio un violento sacudón. Salió despedido unos metros. La cabeza de Sudip chocó contra el parabrisas. Quedó completamente aturdido. ¿Se había activado algún sistema de seguridad? ¿La alarma? ¿El airbag? ¿Contra qué había golpeado? La carretera estaba completamente vacía. No había absolutamente nada. Sacudió la cabeza. Seguramente había imaginado el impacto. Tal vez el problema fuera el viejo coche. No debería haber conducido tan rápido. Giró la llave. El motor arrancó sin dificultad.

Esta vez siguió avanzando con mucha más prudencia. No tenía sentido sufrir un accidente por culpa de la velocidad. Aunque... Parecía que una rueda rozaba el suelo. Volvió a disminuir la marcha. Naturalmente tardó mucho más en llegar al otro extremo del puente. Al bajar respiró aliviado. Ya no le importaba el paisaje. Solo quería terminar el trabajo. Con el estado en que estaba aquel coche, bastaría una avería para arruinarlo todo. Entonces vio la estación de servicio. ¿Estaba tan cerca? ¿O la habían construido hacía poco? No recordaba haberla visto. Se bajó para revisar el neumático.

Otra vez no había nadie. Seguramente todos estarían almorzando. Cambió él mismo la rueda. Pero ya no le quedaba neumático de repuesto. Y ahora que lo observaba con atención, los otros tampoco parecían encontrarse en muy buen estado. Si pinchaba uno más...

Sacudió la cabeza. Era inútil preocuparse. Subió otra vez al automóvil y siguió adelante. De pronto frunció el ceño. ¿Había otro puente por allí? Abajo volvía a extenderse aquella inmensa superficie de agua azul. Ahora recordaba vagamente que sí... Quizá siempre hubiera estado allí. Hacía tantos años que no pasaba por aquella carretera. Este puente también era bastante largo. Cuando llegó aproximadamente a la mitad sacó el teléfono para mirar la hora.

La batería estaba completamente descargada. Maldijo. Ni siquiera podía cargarlo. El enchufe del coche tampoco funcionaba. Tendría que esperar hasta la próxima estación de servicio. Qué puente tan largo. Mucho más largo que el Kanchankanya. Claro que entonces había ido mucho más deprisa. Por fin terminó. A lo lejos distinguió el cartel rojo de otra estación. Apenas descendió del coche volvió a sentir un calor insoportable. ¿Todas las estaciones de servicio de aquella región tenían puertas de vidrio con un marco blanco? ¿Todas permanecían cerradas? ¿En todas aparecía escrito, con pintura roja y letras torcidas, S0J 2K0? ¿Y en todas había, delante de la puerta, un trozo de tubería rota? No había un alma. Por alguna razón sintió un miedo irracional de entrar. Retrocedió lentamente. Volvió al automóvil. Cerró la puerta. Cuando giró la llave comprobó que tenía la espalda empapada en sudor. Ya faltaba muy poco. No necesitaba el teléfono. Recordaba perfectamente las indicaciones. Diez minutos más. Luego girar a la derecha. Seiscientos metros. La calle junto al edificio naranja de dos plantas...

Pasaron diez minutos. Miró desesperadamente hacia la derecha. No había ninguna carretera. Solo bosque. Ni siquiera un sendero. Pero delante de él sí había algo. Un enorme puente blanco. Debajo brillaba otra vez el agua azul. Pisó el freno. El coche no respondió. Ya no parecía obedecerle. Entró en el puente exactamente a la misma velocidad. Entonces alcanzó a leer el cartel del acceso. En grandes letras decía:

"Bienvenido al puente Kanchankanya."

La policía no tuvo ninguna dificultad para recuperar la mercancía robada del automóvil. Tampoco le costó relacionar la pistola encontrada en poder de Sudip con el asesinato cometido el día anterior en la gran tienda de Midnapore. Lo que jamás consiguió explicar fue otra cosa.

¿Por qué aquel hombre permaneció conduciendo una y otra vez sobre el mismo puente durante todo un día y una noche... hasta que, al amanecer, decidió quitarse la vida?


Anushtup Sett es una escritora, traductora y editora bengalí. Cultiva principalmente la ciencia ficción, la fantasía, el thriller y el terror, géneros en los que ha publicado novelas y relatos. También ha traducido al bengalí obras de destacados autores internacionales de literatura fantástica y de ciencia ficción y ha participado en la edición de antologías dedicadas a Arthur C. Clarke. Colabora regularmente con revistas literarias de su país y su obra abarca desde el policial hasta la ficción especulativa contemporánea.

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