María Cristina Rolnik
Otra vez desperté
abrazándome, en posición fetal. La boca y los ojos secos, dolor de garganta y
las rodillas rojas. Fue el sueño.
El médico, hace
tiempo, diagnosticó sequedad de mucosas, recetó anteojos oscuros y un bozal de
tela para dormir. Apagar los ventiladores y el aire acondicionado. Dejar las
ventanas abiertas. Y un psiquiatra. Jamás dejaría las ventanas abiertas, el
horror entra por allí. Las otras indicaciones las cumplí durante cinco minutos exactos
y terminé imitando a Michael Jackson frente al espejo, encendiendo el
ventilador después de tanto esfuerzo y tirando anteojos, bozal y demás.
Otra vez desperté
abrazándome, en posición fetal. La boca y los ojos secos, dolor de garganta y
las rodillas rojas. Fue el sueño.
El psiquiatra no
usaba diván y menos que menos barba. Quería contarle el sueño, pero insistió en
remontarnos a la infancia, la adolescencia. Durante diez sesiones.
Otra vez desperté
abrazándome, en posición fetal. La boca y los ojos secos, dolor de garganta y
las rodillas rojas. Fue el sueño. Pero esta vez las marcas rojas aparecieron en
el cuello. Durante el día parecían moretones de pasión; cubrirlos con un bonito
pañuelo y a trabajar.
El psiquiatra
reaccionó cuando vio los moretones alrededor del cuello. Quería contarle acerca
del sueño, pero preguntó sobre mis amantes, mis preferencias sexuales y luego
de un par de bostezos (no escuchó precisamente el diario de una princesa rusa)
recetó ansiolíticos y no sé qué para dormir.
Otra vez desperté
abrazándome, en posición fetal. La boca y los ojos secos, dolor de garganta y
las rodillas rojas. Fue el sueño. Además de moretones en el cuello, mis uñas
tenían algo oscuro, bermellón, sangre coagulada. No era mía.
—Estás muy flaca —masticó
Fabiana junto a la medialuna en el bar de siempre—. ¿Te teñiste el cabello de
rubio? La colorista se equivocó de color. Estás casi canosa.
Le dije sí (era
no) como en todas nuestras charlas. Ella conocía mis sueños y desde el
principio quería acompañarme a su tarotista-espiritista-masajista-reiki
personal. Le dije sí (era sí).
Otra vez desperté
abrazándome, en posición fetal. La boca y los ojos secos, dolor de garganta y
las rodillas rojas. Fue el sueño. Moretones, sangre coagulada entre las uñas y
esta vez latidos que retumbaban en la cabeza. Comparé mi ritmo cardíaco con el tam-tam
insoportable; no coincidían.
Yo creo en
fantasmas, en brujas, y en todo lo que leo. La ficción desapareció para mí,
desde pequeña, cuando por las noches las luces invadían el cuarto a través de
las persianas y una ronda de sombras ocupaba el techo. Eran siluetas oscuras,
no se movían. Ellos decidieron no regresar y todo se calmó. Hasta que comencé a
soñar.
La Señora Bruja
de Barrio Norte se llama Perla, vive en un piso 12, rodeada de gatos siameses.
Me gustan los gatos y la altura. Perla era majestuosa. Fabiana se sentó en el
sillón masajeador.
La señora me
acompañó a un cuarto oscuro. Sonreí: olía a muñecas nuevas, como mi cuarto, y
escuchaba el tic tac del reloj de la gallinita que tenía en la mesita de luz.
Tropecé con algo, no pregunté a Perla qué era, estaba segura que se trataba del
escritorio "para estudiar".
—Acostate —susurró
la señora—; falta poco para las doce. —Temblaba entre las sábanas, y cerraba
los ojos para no ver el techo, la ventana.
Perla murmuraba
letanías o una canción de cuna, no sé bien. Logré dormir. Las luces me
despertaron, infiltradas entre las maderas, muy fuertes, muy blancas y se
movían haciendo un sonido agudo, como un foquito a punto de quemarse. Miré el
techo, estaban allí. Llamé a Perla, nada. Corrí hacia el escritorio y me
escondí debajo. Choqué contra un bulto pequeño, blando.
—Hola —me dijo la
niña—; tengo miedo, ayudame. —Las luces no llegaban hasta allí y no veíamos las
sombras. Por primera vez, estaba tranquila: había una niña a quien salvar. La
abracé muy fuerte.
—Nadie te va a
hacer daño. —El corazón de la chiquita latía, latía fuerte, tan fuerte, tan
delator que penetraba en mi cabeza. Las luces se acercaban, casi a nuestros
pies. La puerta se abrió, y entró alguien que no era una sombra, ni un fantasma
ni un ser de otra galaxia. Era un hijo de puta de este mundo. No veía su
rostro, pero llamaba a la niña.
—No dejes que me
toque —imploró la chiquita. —Me incorporé con furia. El hombre se sorprendió y
casi huye. Pero la puerta se cerró, las sombras del techo cayeron sobre él, y
gritó. De pie con los puños cerrados y una felicidad de valientes, observé
todo. La niña salió de su escondite. Ella, en ese pijama tan conocido y
querido, esos cabellos rubios de infancia y esa sonrisa verdadera que nunca
tuvo, me abrazó por última vez. Las luces la rodeaban y se iban con ella. Se
fue.
Cuando Perla me
despertó, yo dormía civilizadamente, boca abajo, en una habitación sin otro
mueble que un sillón símil cuero. Busqué las heridas, no estaban.
—¿Qué fue esto,
Perla? —pregunté por preguntar. La señora sonrió.
—Fue una cura de
sueño. —Pagué y nos fuimos.
Duermo bien, gracias.
María Cristina Rolnik nació en 1973 en la provincia de Corrientes, Argentina, y morirá, asegura, en el 2073 en la provincia de Corrientes (Estados del Sur Unidos por el Norte). Hizo estudios primarios, secundarios y terciarios, completos, por lo que puede afirmarse que es el orgullo de mamá y papá. Estudió danzas clásicas, pero las abandonó cuando se vio horrenda con más tutú que encanto. Estudió francés comercial, inglés de postguerra y sabe algunas palabras en guaraní y polaco. Actualmente hace ejercicio casi legal de la Medicina. Película favorita: Las alas del deseo. Escritor favorito: Edgar A. Poe. Poeta favorito: Alejandra Pizarnik.

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