lunes, 14 de septiembre de 2026

SIN NOMBRES

Sándor Szélesi

 

Para Eva, de Ursula K. Le Guin

 

Fueron devolviendo sus nombres uno tras otro. Todos, sin excepción, sin importar cómo sonaran: podían ser suaves como un soplo, como haai; comenzar en los labios y susurrar como una hoja seca, como marazzo; brotar desde la garganta, como squalo; o estallar entre los dientes con un siseo áspero, como shark. Los animales acuáticos fueron los primeros en devolverlos. De todos modos, nunca los habían necesitado demasiado: bajo el agua los sonidos son completamente distintos; ¿qué podía importarles el lenguaje humano? Renunciaron a él con facilidad. Se desprendieron de sus nombres las ballenas, los pulpos, los peces espada, los esturiones y toda clase de criaturas escamosas; las sardinas se los quitaron de encima con un destello, como las bailarinas de un escenario que, en un compás determinado de la música, se desprenden del velo; un instante tenían nombre y al siguiente ya no, y después el cardumen giró con agilidad y desapareció en la penumbra gris verdosa bajo el agua, como si nunca hubiera formado parte del mundo. Los delfines, riendo, hicieron que las olas crestadas borraran los nombres de su piel elástica y luego se deslizaron con rapidez y sin ruido hacia el lejano crepúsculo que temblaba sobre el horizonte. Focas y pingüinos daban vueltas, giraban, jugaban entre sí mientras arrojaban lejos todas las secuencias de sonidos que les habían colgado encima. Los manatíes, melancólicos y de expresión triste, parecieron animarse un poco al entrar en el anonimato: ya nadie volvería a confundirlos con el poeta, aunque a cambio también desaparecieron de los cuentos, donde se volvían hermosos, gráciles y mágicos; tal vez después se arrepintieron de no tener ya nombre, pero nunca se lo habrían confesado a nadie. Las medusas flotaban suavemente entre los sonidos y sobre la profundidad sin fondo, se contraían, intentaban subir hacia la luz, pero no conseguían ascender, como si la palabra se hubiera convertido en una pesada armadura mientras se desprendía de ellas; de pronto cayó, y ellas se deslizaron por debajo del escudo de los sonidos y siguieron flotando. Para ellas, existir dejó de tener importancia, aunque en realidad siempre habían sido los espíritus de los mares y océanos: agua dentro del agua. Entre ellas, los individuos inmortales de Turritopsis dohrnii se mezclaron con los de Turritopsis nutricola, y desde entonces nadie pudo distinguirlos; así, los mortales se volvieron inmortales y los inmortales, mortales.

Después de las aguas llegaron los animales terrestres. Los ciervos y los corzos por fin se convirtieron en una sola cosa, de modo que nunca más llamaría la atención en los cuentos la extraña transformación de los pequeños corzos al crecer. Los lobos se sacudieron los nombres como si fueran gotas de agua atrapadas en su espeso pelaje invernal, mientras que los zorros jugaron un poco más con ellos: los persiguieron dando vueltas, como si persiguieran sus propias colas. A los osos y a los pandas todo aquello les daba igual; se adentraron tambaleándose en el anonimato y se pusieron a comer. Los perezosos cruzaron lentamente al otro lado y enseguida se quedaron dormidos.

Los mayores problemas fueron las cabras y los yaks. Pero las cabras siempre habían embestido todo de frente y pretendían resolver las cosas por la fuerza, mientras que los yaks dudaban a causa de su orgullo: todas las lenguas los llamaban del mismo modo, y eso hacía especial a su especie. Mientras esperaba la decisión de los yaks, yo todavía conservaba la esperanza de que prevaleciera la sensatez que otorgaban los nombres, de que regresaran al mundo el orden y la alegría de la diversidad. Pero, siguiendo la recomendación del consejo de las hembras ancianas, finalmente ellos también devolvieron su nombre.

Entonces desapareció del mundo el té con mantequilla de yak.

Solo quedó el té.

Los animales domésticos fueron los últimos. Eran los que estaban más cerca de los seres humanos. Sobre todo aquellas especies que vivían bajo el mismo techo que alguien. Vi que los perros y los gatos vacilaban, aunque por razones distintas. Los perros necesitaban las órdenes y las palabras con que los llamaban; los gatos, en cambio, necesitaban su individualidad. Pero si no tienes nombre, ¿cómo puedes ser distinto de los demás?

Claro que Eva los convenció de que existían dos clases de nombres y que solo tenían que devolver el común; sus nombres propios –César, Teddy, Esmeralda, con mayúscula– podían conservarlos. También consiguió convencer a los loros de que devolvieran el suyo, aunque ellos eran capaces de hablarnos con palabras humanas...

Los animales domésticos podían ser persuadidos. Pero yo pregunto: ¿qué sentido tiene el quién si ya no sabes qué eres en realidad?

Y vi que todo aquello agradaba a Eva. Se bañaba en las sensaciones liberadas, en las que el miedo ya no se diferenciaba del dolor, el placer del tormento, un cuerpo de otro cuerpo, una sangre de otra sangre. Pero cuando miré alrededor vi la pérdida, el caos de lo imposible de describir. Un torbellino de plumas, el golpeteo conjunto de pezuñas, olores que ya no podían distinguirse unos de otros.

Me refugié en el trabajo.

Todavía tenía objetos y me aferraba a ellos. Del tronco de los árboles había desaparecido el escarabajo de la madera, pero su olor seguía allí; bajo las piedras ya no había hormigas, pero las piedras todavía chocaban entre sí dentro de mi mano; el reloj seguía marcando el tiempo con su clic rítmico, aunque el cuco ya nunca volvió a salir de él. Los objetos conservaron algo de su singularidad, aunque habían perdido muchas de sus características particulares.

Cuando Eva se acercó, fingí estar muy ocupado y me puse a arreglar algo con gran empeño. No quería intervenir en lo que estaba haciendo. Esperaba que comprendiera por sí sola qué era lo que hacía que existieran lo salvaje y el cazador, el bien y el mal en el mundo; qué hacía que lo dulce se deshiciera en la boca con una ligereza tan delicada y que el sabor picante estallara como fuego en la punta de la lengua.

Permaneció un rato a mi lado, observándome, y después me dio las gracias por el regalo que mi padre y yo le habíamos hecho.

—Fue útil, pero últimamente ya no me queda demasiado bien —dijo.

Yo no entendía por qué todo había cambiado, cuando al principio se había alegrado tanto con aquel regalo, se había alegrado con nosotros.

—Ahora lo devuelvo.

La amargura me raspó la garganta. Sentí que debía protestar, pero al final solo dije, como quien no concede importancia al asunto:

—Déjalo ahí, ¿de acuerdo?

Se quedó un momento más. Luego se movió y empezó a guardar cosas dentro de una gran maleta, y así continuamos cada uno con lo suyo, uno junto al otro. De vez en cuando la miraba de reojo. Parecía tan meticulosa y decidida como siempre me había gustado, pero ya no tenía la menor idea de lo que pasaba por su cabeza ni por su corazón.

Su corazón, cuya forma, si uno la dibuja...

Cuya forma...

Caramba, no consigo recordar qué animal tiene un corazón con esa forma.

De pronto el corazón se convirtió simplemente en corazón: músculo y sangre, nada más.

Una clase de músculo y sangre.

—Bueno, adiós, cariño —dijo a mi lado.

La palabra me hizo dar un respingo. Mencionó la llave de la puerta del jardín, dijo que la encontraría, pero no recuerdo exactamente lo que añadió, porque yo solo podía pensar en cómo conseguir que se quedara.

—¿Cuándo estará lista la cena? —pregunté estúpidamente, sosteniendo entre las manos dos piezas que no encajaban y que temblaban.

Tal vez pensé que una actividad cotidiana compartida conseguiría retenerla allí conmigo de algún modo. La cena tangible, parte de la realidad, una realidad que empezaba a volverse gris, porque ya tampoco existían tantas cenas diferentes; pero aun así podía ser nuestra, suya y mía.

—No estoy segura —respondió lentamente—. Ahora me voy... con ellos.

Con ellos, dijo refiriéndose a aquellos, y de verdad se volvió y echó a andar.

Se había quitado de encima la vida que había llevado hasta entonces como quien se desprende de una ropa rasgada, pensé, y me invadió una tristeza infinita. La observé mientras se alejaba con aquellos que ya no tenían nombre y que habían arrojado también parte de sus colores, sus olores y sus sensaciones.

Habría corrido detrás de ella, me habría puesto ese calzado cuyo nombre provenía de un animal rápido y... y que ya no tenía nombre, de modo que tampoco existía ya esa clase de calzado; pero una cansada impotencia me clavó al suelo.

Respiré profundamente y, por última vez, recordé que nunca volvería a percibir el aroma del almizcle.

Entonces esa palabra, que por algún milagro había sido la última en aferrarse a mi realidad, también se evaporó sin dejar rastro; como cuando el sol persistente seca un lago y solo deja detrás el desierto, la tierra desnuda, agrietada, reseca, sin vida.

Hacía frío y yo temblaba, pero por dentro me inundó un fuego, un calor vacío que nunca antes había sentido.

Sándor Szélesi es escritor, poeta, editor y guionista, y dirige la Sección de Ciencia Ficción de la Asociación de Escritores Húngaros. Es autor de treinta y cinco novelas y aproximadamente ciento cuarenta relatos. Ha editado varias antologías y fue redactor jefe de la revista literaria de ciencia ficción y fantasía SF&F Átjáró entre 2002 y 2004, publicación que este año se relanza en formato de antología trimestral. A lo largo de su carrera ha trabajado también como director artístico en diversas editoriales. Por sus novelas y relatos de género fantástico ha recibido en ocho ocasiones el Zsoldos Péter-díj, y en 2007 la European Science Fiction Society le concedió en Copenhague el premio al mejor escritor de ciencia ficción. Junto a su pareja, escribe novelas románticas bajo el nombre Pálmai-Lantos Éva. Es miembro de la Sociedad de Escritores de Novela Histórica. Además de su labor literaria, escribe guiones para cine y televisión, incluyendo series como En la línea de fuego y Hacktion, telefilmes como Pilato y Fiscal de la muerte, y largometrajes como La noche de los solteros. Es miembro de la Academia de Cine Húngara.

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

CURA DE SUEÑO