Sándor Szélesi
Para Eva, de Ursula K. Le Guin
Fueron devolviendo
sus nombres uno tras otro. Todos, sin excepción, sin importar cómo sonaran:
podían ser suaves como un soplo, como haai; comenzar en los labios y
susurrar como una hoja seca, como marazzo; brotar desde la garganta,
como squalo; o estallar entre los dientes con un siseo áspero, como shark.
Los animales acuáticos fueron los primeros en devolverlos. De todos modos,
nunca los habían necesitado demasiado: bajo el agua los sonidos son
completamente distintos; ¿qué podía importarles el lenguaje humano? Renunciaron
a él con facilidad. Se desprendieron de sus nombres las ballenas, los pulpos,
los peces espada, los esturiones y toda clase de criaturas escamosas; las
sardinas se los quitaron de encima con un destello, como las bailarinas de un
escenario que, en un compás determinado de la música, se desprenden del velo;
un instante tenían nombre y al siguiente ya no, y después el cardumen giró con
agilidad y desapareció en la penumbra gris verdosa bajo el agua, como si nunca
hubiera formado parte del mundo. Los delfines, riendo, hicieron que las olas
crestadas borraran los nombres de su piel elástica y luego se deslizaron con
rapidez y sin ruido hacia el lejano crepúsculo que temblaba sobre el horizonte.
Focas y pingüinos daban vueltas, giraban, jugaban entre sí mientras arrojaban
lejos todas las secuencias de sonidos que les habían colgado encima. Los
manatíes, melancólicos y de expresión triste, parecieron animarse un poco al
entrar en el anonimato: ya nadie volvería a confundirlos con el poeta, aunque a
cambio también desaparecieron de los cuentos, donde se volvían hermosos,
gráciles y mágicos; tal vez después se arrepintieron de no tener ya nombre,
pero nunca se lo habrían confesado a nadie. Las medusas flotaban suavemente
entre los sonidos y sobre la profundidad sin fondo, se contraían, intentaban subir
hacia la luz, pero no conseguían ascender, como si la palabra se hubiera
convertido en una pesada armadura mientras se desprendía de ellas; de pronto
cayó, y ellas se deslizaron por debajo del escudo de los sonidos y siguieron
flotando. Para ellas, existir dejó de tener importancia, aunque en realidad
siempre habían sido los espíritus de los mares y océanos: agua dentro del agua.
Entre ellas, los individuos inmortales de Turritopsis dohrnii se
mezclaron con los de Turritopsis nutricola, y desde entonces nadie pudo
distinguirlos; así, los mortales se volvieron inmortales y los inmortales,
mortales.
Después de las aguas llegaron los
animales terrestres. Los ciervos y los corzos por fin se convirtieron en una
sola cosa, de modo que nunca más llamaría la atención en los cuentos la extraña
transformación de los pequeños corzos al crecer. Los lobos se sacudieron los
nombres como si fueran gotas de agua atrapadas en su espeso pelaje invernal,
mientras que los zorros jugaron un poco más con ellos: los persiguieron dando
vueltas, como si persiguieran sus propias colas. A los osos y a los pandas todo
aquello les daba igual; se adentraron tambaleándose en el anonimato y se
pusieron a comer. Los perezosos cruzaron lentamente al otro lado y enseguida se
quedaron dormidos.
Los mayores problemas fueron las
cabras y los yaks. Pero las cabras siempre habían embestido todo de frente y
pretendían resolver las cosas por la fuerza, mientras que los yaks dudaban a
causa de su orgullo: todas las lenguas los llamaban del mismo modo, y eso hacía
especial a su especie. Mientras esperaba la decisión de los yaks, yo todavía
conservaba la esperanza de que prevaleciera la sensatez que otorgaban los
nombres, de que regresaran al mundo el orden y la alegría de la diversidad.
Pero, siguiendo la recomendación del consejo de las hembras ancianas,
finalmente ellos también devolvieron su nombre.
Entonces desapareció del mundo el
té con mantequilla de yak.
Solo quedó el té.
Los animales domésticos fueron los
últimos. Eran los que estaban más cerca de los seres humanos. Sobre todo
aquellas especies que vivían bajo el mismo techo que alguien. Vi que los perros
y los gatos vacilaban, aunque por razones distintas. Los perros necesitaban las
órdenes y las palabras con que los llamaban; los gatos, en cambio, necesitaban
su individualidad. Pero si no tienes nombre, ¿cómo puedes ser distinto de los
demás?
Claro que Eva los convenció de que
existían dos clases de nombres y que solo tenían que devolver el común; sus
nombres propios –César, Teddy, Esmeralda, con mayúscula– podían conservarlos.
También consiguió convencer a los loros de que devolvieran el suyo, aunque
ellos eran capaces de hablarnos con palabras humanas...
Los animales domésticos podían ser
persuadidos. Pero yo pregunto: ¿qué sentido tiene el quién si ya no
sabes qué eres en realidad?
Y vi que todo aquello agradaba a
Eva. Se bañaba en las sensaciones liberadas, en las que el miedo ya no se
diferenciaba del dolor, el placer del tormento, un cuerpo de otro cuerpo, una
sangre de otra sangre. Pero cuando miré alrededor vi la pérdida, el caos de lo
imposible de describir. Un torbellino de plumas, el golpeteo conjunto de
pezuñas, olores que ya no podían distinguirse unos de otros.
Me refugié en el trabajo.
Todavía tenía objetos y me aferraba
a ellos. Del tronco de los árboles había desaparecido el escarabajo de la
madera, pero su olor seguía allí; bajo las piedras ya no había hormigas, pero
las piedras todavía chocaban entre sí dentro de mi mano; el reloj seguía
marcando el tiempo con su clic rítmico, aunque el cuco ya nunca volvió a salir
de él. Los objetos conservaron algo de su singularidad, aunque habían perdido
muchas de sus características particulares.
Cuando Eva se acercó, fingí estar
muy ocupado y me puse a arreglar algo con gran empeño. No quería intervenir en
lo que estaba haciendo. Esperaba que comprendiera por sí sola qué era lo que
hacía que existieran lo salvaje y el cazador, el bien y el mal en el mundo; qué
hacía que lo dulce se deshiciera en la boca con una ligereza tan delicada y que
el sabor picante estallara como fuego en la punta de la lengua.
Permaneció un rato a mi lado,
observándome, y después me dio las gracias por el regalo que mi padre y yo le
habíamos hecho.
—Fue útil, pero últimamente ya no
me queda demasiado bien —dijo.
Yo no entendía por qué todo había
cambiado, cuando al principio se había alegrado tanto con aquel regalo, se
había alegrado con nosotros.
—Ahora lo devuelvo.
La amargura me raspó la garganta.
Sentí que debía protestar, pero al final solo dije, como quien no concede
importancia al asunto:
—Déjalo ahí, ¿de acuerdo?
Se quedó un momento más. Luego se
movió y empezó a guardar cosas dentro de una gran maleta, y así continuamos
cada uno con lo suyo, uno junto al otro. De vez en cuando la miraba de reojo.
Parecía tan meticulosa y decidida como siempre me había gustado, pero ya no
tenía la menor idea de lo que pasaba por su cabeza ni por su corazón.
Su corazón, cuya forma, si uno la
dibuja...
Cuya forma...
Caramba, no consigo recordar qué
animal tiene un corazón con esa forma.
De pronto el corazón se convirtió
simplemente en corazón: músculo y sangre, nada más.
Una clase de músculo y sangre.
—Bueno, adiós, cariño —dijo a mi
lado.
La palabra me hizo dar un respingo.
Mencionó la llave de la puerta del jardín, dijo que la encontraría, pero no
recuerdo exactamente lo que añadió, porque yo solo podía pensar en cómo
conseguir que se quedara.
—¿Cuándo estará lista la cena?
—pregunté estúpidamente, sosteniendo entre las manos dos piezas que no
encajaban y que temblaban.
Tal vez pensé que una actividad
cotidiana compartida conseguiría retenerla allí conmigo de algún modo. La cena
tangible, parte de la realidad, una realidad que empezaba a volverse gris,
porque ya tampoco existían tantas cenas diferentes; pero aun así podía ser
nuestra, suya y mía.
—No estoy segura —respondió
lentamente—. Ahora me voy... con ellos.
Con ellos, dijo refiriéndose a
aquellos, y de verdad se volvió y echó a andar.
Se había quitado de encima la vida
que había llevado hasta entonces como quien se desprende de una ropa rasgada,
pensé, y me invadió una tristeza infinita. La observé mientras se alejaba con
aquellos que ya no tenían nombre y que habían arrojado también parte de sus
colores, sus olores y sus sensaciones.
Habría corrido detrás de ella, me
habría puesto ese calzado cuyo nombre provenía de un animal rápido y... y que
ya no tenía nombre, de modo que tampoco existía ya esa clase de calzado; pero
una cansada impotencia me clavó al suelo.
Respiré profundamente y, por última
vez, recordé que nunca volvería a percibir el aroma del almizcle.
Entonces esa palabra, que por algún
milagro había sido la última en aferrarse a mi realidad, también se evaporó sin
dejar rastro; como cuando el sol persistente seca un lago y solo deja detrás el
desierto, la tierra desnuda, agrietada, reseca, sin vida.
Hacía frío y yo temblaba, pero por
dentro me inundó un fuego, un calor vacío que nunca antes había sentido.
Sándor Szélesi es escritor, poeta, editor y guionista, y dirige la Sección de Ciencia Ficción de la Asociación de Escritores Húngaros. Es autor de treinta y cinco novelas y aproximadamente ciento cuarenta relatos. Ha editado varias antologías y fue redactor jefe de la revista literaria de ciencia ficción y fantasía SF&F Átjáró entre 2002 y 2004, publicación que este año se relanza en formato de antología trimestral. A lo largo de su carrera ha trabajado también como director artístico en diversas editoriales. Por sus novelas y relatos de género fantástico ha recibido en ocho ocasiones el Zsoldos Péter-díj, y en 2007 la European Science Fiction Society le concedió en Copenhague el premio al mejor escritor de ciencia ficción. Junto a su pareja, escribe novelas románticas bajo el nombre Pálmai-Lantos Éva. Es miembro de la Sociedad de Escritores de Novela Histórica. Además de su labor literaria, escribe guiones para cine y televisión, incluyendo series como En la línea de fuego y Hacktion, telefilmes como Pilato y Fiscal de la muerte, y largometrajes como La noche de los solteros. Es miembro de la Academia de Cine Húngara.

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