Flavio Deri
En el siglo XXIII,
la Tierra ya no era la cuna de la humanidad, sino su escenario.
Tras sobrevivir milagrosamente al
colapso ecológico y a las guerras de los siglos XXI y XXII, la humanidad se
había aferrado a la única oferta de salvación posible: la de los Ylthar, una
raza alienígena tecnológicamente muy superior, llegada desde el sector de
Antares. Parecían una mezcla entre los Grises de las leyendas ufológicas y los
Reptilianos de las teorías conspirativas. Quizá aquellos rumores de finales del
segundo milenio habían sido profecías mal interpretadas; o quizá todo había
sido una simple casualidad.
Y así ocurrió.
Los Ylthar no eran filántropos.
Nunca habían venido para colonizar ni para exterminar. Lo único que les
interesaba era el «producto Tierra»: un mundo cuya diversidad cultural e
histórica podía convertirse en el mayor parque temático de toda la galaxia.
El contrato había sido sencillo y
terrible: los Ylthar estabilizarían el clima, limpiarían los océanos y
detendrían la desertificación; a cambio, obtendrían el control absoluto del
planeta como atracción interestelar.
Eran criaturas altas y esbeltas, de
piel gris brillante recorrida por finas escamas, con enormes ojos negros de
reflejos verdes como el jade.
En menos de cincuenta años, la
Tierra había sido «restaurada» como un gigantesco decorado. Los continentes
fueron transformados en escenarios temáticos y las naciones reducidas a teatros
vivientes, donde sus habitantes representaban papeles previamente asignados.
Cada región tenía su propio guion, aprobado por un consejo de dramaturgos
alienígenas de seis ojos y voces semejantes a coros de niños desafinados.
Los italianos permanecían atrapados
en un Renacimiento perpetuo: Florencia y Venecia se habían convertido en
postales vivientes, pobladas por pintores callejeros, saltimbanquis danzantes,
damas vestidas de época y mercaderes que regateaban en las plazas. Los
franceses representaban eternamente la Belle Époque, entre bistrós y
artistas bohemios que bebían absenta fluorescente importada por los Ylthar.
Japón oscilaba entre el feudalismo y el período Edo, con samuráis que blandían
katanas holográficas. Estados Unidos había quedado congelado en un mítico
Lejano Oeste, con pistoleros que disparaban cartuchos de fogueo mientras los
turistas alienígenas se tomaban selfis junto a caballos clonados de dientes
impecablemente blancos.
Los visitantes llegaban desde todos
los rincones de la galaxia a bordo de naves transparentes que sobrevolaban los
continentes, dispuestos a consumir el «espectáculo humano» como quien asiste a
una representación teatral o prueba un exótico aperitivo.
Los seres humanos aceptaban sus
papeles. No existía otra alternativa.
El contrato garantizaba un salario
en créditos energéticos, convertidos en alimentos y asistencia médica. A
cambio, todos debían vestir un disfraz y actuar cada día, sin excepción. Cada
ciudad, cada aldea y cada fortaleza perdida entre las montañas debía permanecer
abierta al turismo y convertirse en una fuente inagotable de entretenimiento
interactivo. Ningún pueblo podía quedar fuera de escena: todos eran escenarios
permanentes.
Los mejores intérpretes recibían
bonificaciones; los peores eran degradados a «extras ambientales»: permanecían
inmóviles durante horas en el fondo de las escenas, como estatuas vivientes,
mientras los turistas les tomaban fotografías. Algunos descendían todavía un
escalón más y eran convertidos en «efectos sonoros»: personas obligadas a
estornudar, hablar en dialecto, reír o llorar cuando se les ordenaba,
conectadas a dispositivos que liberaban olores para hacer la representación aún
más realista.
Entre aquellos bastidores
planetarios vivía Jonatan Righi.
Tenía cincuenta y dos años, los
hombros encorvados y un pasado como profesor de Filosofía Moral en la
Universidad de Milán. Había terminado convertido en barrendero y encargado de
limpieza de las calles de «Renacimiento Italia». Con su escoba y su carrito de
residuos recogía papeles y restos de utilería por las calles de Florencia,
mientras a su alrededor se repetían siempre los mismos diálogos: mercaderes que
discutían el precio de la seda, artistas que pintaban vírgenes sobre lienzos
envejecidos y damas que paseaban vigiladas por drones-directores.
Aquellos drones eran pequeños y
estaban equipados con altavoces que gritaban:
—¡Más dramatismo!
—¡Repita la frase con más
entusiasmo!
Sus voces metálicas infestaban cada
callejón.
Algunos, mal programados,
estallaban en carcajadas a mitad de una conversación o difundían desafinadas
arias de ópera que convertían los callejones en un cabaré delirante. En
ocasiones obligaban a los transeúntes a improvisar reverencias exageradas y, quien
se negaba, era perseguido por hologramas de bufones burlones que lanzaban
confeti tan afilado como cuchillas.
Todo era escenografía y, al mismo
tiempo, amenaza: un grotesco cruce entre el teatro y la tortura cotidiana.
Jonatan ya no soportaba aquel
espectáculo.
El contrato no contemplaba
desapariciones misteriosas ni castigos sangrientos. Nadie era ejecutado ni
eliminado. Sin embargo, una reducción considerable –o la pérdida total– de los
créditos equivalía a caer en una miseria aún peor que la existente antes de la
llegada de los alienígenas. Bastaba perder una bonificación o equivocarse en
una línea del guion para verse obligado a mendigar raciones de alimento
sintético.
Cada día, Jonatan anotaba sus
reflexiones en un viejo cuaderno. Una sola frase se repetía una y otra vez,
como un estribillo:
¡Este mundo se ha vuelto loco!
Su vida cambió el día en que,
durante una jornada de limpieza cerca del Palazzo Vecchio, descubrió un
dron-director caído en el suelo.
Una avería. Una auténtica rareza. Los
Ylthar los habían diseñado para resistirlo todo, incluso los escupitajos de una
llama peruana. Jonatan lo recogió y, mientras manipulaba sus circuitos,
descubrió un canal interno de comunicaciones de los Ylthar. Era solo un
fragmento, pero revelaba una verdad escalofriante. Los alienígenas no se
limitaban a vigilar a los humanos: corregían el argumento en tiempo real. Las
revueltas, los accidentes e incluso las enfermedades eran transformados en
material narrativo e incorporados al espectáculo como parte de la atracción.
No todos los seres humanos habían
aceptado aquella situación con resignación. Fundamentalistas islámicos, el
Vaticano y prácticamente todas las confesiones religiosas, junto con los
pueblos nativos de América, diversas comunidades de África Central y grupos
indígenas de la Amazonia, habían intentado rebelarse contra lo que consideraban
una invasión y una forma de esclavitud hipercapitalista.
Pero los Ylthar habían demostrado
ser más previsores. También aquellas resistencias fueron convertidas en escenas
pintorescas destinadas a divertir a los turistas. No existía nada fuera del
guion. Incluso la rebelión formaba parte del espectáculo.
Jonatan quedó conmocionado.
Su rabia se transformó en una
obsesión: debía desenmascarar el gran engaño. Comenzó con pequeños gestos. Robó
un traje de caballero medieval y, por las noches, recorría las calles a caballo
fingiendo ser un rebelde fuera de su época. Escribió grafitis filosóficos en
los muros: La libertad no se representa. Organizó improvisados discursos
frente a la multitud. En una ocasión incluso simuló un ahorcamiento en la plaza
de la Señoría mientras gritaba citas de Nietzsche. Pero el público alienígena
lo aplaudió con entusiasmo. Siempre ocurría lo mismo. Los drones-directores lo
seguían, los espectadores alienígenas reían, aplaudían y registraban todo. Sus
acciones eran absorbidas de inmediato por el espectáculo y presentadas como un
«nuevo paquete narrativo»:
¡La herejía filosófica del
Renacimiento!
O bien:
¡La rebelión del bufón!
Cuanto más intentaba escapar, más
popular se volvía entre los turistas.
Su rostro comenzó a aparecer en los
hologramas publicitarios:
«¡Venga a conocer al Filósofo
Rebelde de Florencia!»
Los visitantes abarrotaban las
plazas para presenciar sus improvisaciones. Su rebelión se había convertido en
la principal atracción de la temporada. Los Ylthar vendían recuerdos con su
imagen: estatuillas, tazas e incluso muñecos capaces de repetir su frase más
famosa:
¡Este mundo se ha vuelto loco!
Pero Jonatan no estaba solo. Entre
disfraces y máscaras, algunos hombres y mujeres habían empezado a seguirlo, no
como espectadores, sino como cómplices. Actores cansados de representar siempre
el mismo papel. Madres que deseaban un futuro distinto para sus hijos. Ancianos
que se negaban a morir disfrazados. Se llamaban entre ellos los Fuera de
Escena.
Vivían en catacumbas bajo las
ciudades, alimentándose de comida sintética desechada por los alienígenas, y
hablaban en voz baja, temiendo que hasta las paredes pudieran representar un
papel contra ellos. Entonces Jonatan decidió emprender una acción mucho más
radical.
Sabotear la Gran Recreación.
Era el acontecimiento mensual
durante el cual millones de turistas alienígenas asistían a la Síntesis de
la Historia Humana, una representación colosal que involucraba
simultáneamente a todos los continentes.
Ciudades, pueblos y fortalezas
montañosas transmitían secuencias sincronizadas: guerras medievales,
descubrimientos científicos y revoluciones condensados en un único desfile
planetario, con carrozas escénicas conectadas mediante satélites, coros globales
y hologramas visibles incluso desde la órbita.
Si conseguía destruir aquella
representación, quizá lograría romper la ilusión.
La noche de la Recreación, Jonatan
y los Fuera de Escena penetraron en el corazón de la maquinaria teatral.
Sabotearon los proyectores. Desactivaron los disfraces holográficos. Abrieron
los bastidores ocultos tras las escenografías. Les temblaban las manos. Los
corazones les latían al unísono. Pero la esperanza de mostrar la verdad los
mantenía en pie. Algunos subieron a las carrozas triunfales y comenzaron a
volcar cajas llenas de vestuario. Otros liberaron animales holográficos que,
privados de su programación, empezaron a comportarse de manera grotesca:
caballos que rebuznaban como asnos, águilas que recitaban proverbios medievales
y estatuas animadas que lloraban leche agria.
Durante unos minutos, el público
alienígena contempló la verdad. Actores exhaustos. Niños que lloraban fuera de
personaje. Máquinas sosteniendo fachadas de cartón piedra. Hologramas que se
deshacían como polvo de colores. Algunos figurantes, obligados a sonreír
durante horas, se dejaron caer al suelo con los rostros deformados por muecas
permanentes. Viejos campesinos, agotados, comenzaron a reír histéricamente
mientras destrozaban con las manos sus herramientas de utilería. Incluso una
vaca holográfica se desplomó y empezó a recitar poemas futuristas, mientras un
grupo de gladiadores desorientados marchaba en círculos gritando consignas
publicitarias.
La Tierra apareció desnuda. Sin
guion. Convertida en una parodia de sí misma. El silencio fue absoluto. Luego
estalló una ovación ensordecedora. Como si la verdad hubiera sido el giro
argumental más esperado de toda la función.
Los Ylthar anunciaron con
entusiasmo el nacimiento de una nueva temporada: El Teatro de la Rebelión.
El sabotaje de Jonatan había sido
transformado, de inmediato, en un contenido premium, una innovación que
hacía el parque todavía más atractivo. Los rebeldes fueron elevados a
protagonistas de la nueva trama y vendidos como la última atracción
imprescindible para los turistas. Humillado y derrotado, Jonatan comprendió que
había sido absorbido por completo. Cualquier cosa que intentara hacer sería
convertida al instante por los alienígenas en una nueva estrategia comercial. No
existía salida. Salvo un gesto extremo que ningún guion pudiera prever. Esperó
una ocasión propicia. Las plazas estaban repletas de espectadores humanos y
alienígenas.
Entonces se arrancó el disfraz,
sintiendo la tela empapada de sudor adherirse a su piel. Se situó en el centro
del escenario. Y, ante todos, hundió un puñal en su propio cráneo. Durante un
instante irreal, el público quedó sin aliento. El olor acre de la sangre se
mezcló con el aroma dulzón de las flores sintéticas del decorado, mientras un
silencio cortante descendía sobre la plaza. Los gritos de los humanos se
confundieron con los sonidos guturales de los Ylthar, semejantes a gorgoteos
metálicos. Era evidente. Aquello no era ficción. No formaba parte del guion. El
caos estalló.
Los turistas huyeron derribando
recipientes de comida alienígena, cuyo intenso olor a azufre impregnó el aire. Los
drones graznaban órdenes contradictorias mientras emitían destellos cegadores. Los
actores ya no sabían si debían seguir interpretando su papel o llorar de
verdad. Pasos, gritos y sirenas artificiales terminaron fundiéndose en una
única y ensordecedora cacofonía. Al día siguiente, sin embargo, la maquinaria
del espectáculo ya lo había absorbido todo.
En las calles principales de la
ciudad apareció un holograma de Jonatan convertido en el Filósofo Trágico. Su
figura translúcida daba la bienvenida a los recién llegados con una solemne
reverencia, acompañada por el sonido amortiguado de aplausos pregrabados. Y su
frase más célebre se repetía sin cesar, como una letanía hipnótica:
—¡Este mundo se ha vuelto loco!
Flavio Deri nació en Italia el 18 de
octubre de 1988. Desde muy joven se sintió atraído por la obra de H. P.
Lovecraft, cuya lectura despertó una pasión duradera por la literatura
fantástica y el horror cósmico. Miembro de la H. P. Lovecraft Historical Society,
ha dedicado buena parte de su trayectoria a explorar el universo literario
inspirado en los Mitos de Cthulhu. Durante años escribió campañas para juegos
de rol de mesa y en vivo, hasta que decidió volcarse a la narrativa. A partir
de la pandemia comenzó a participar en concursos literarios y en diversas
antologías colectivas, entre ellas Scrivi un racconto di sei parole y Scrittori
Italiani, donde publicó relatos marcadamente influenciados por la tradición
lovecraftiana. Aficionado al weird y al horror, posee una biblioteca
especializada con más de un centenar de volúmenes dedicados a la obra de
Lovecraft y a los autores inspirados en su legado. Además de escritor, practica
karate, es aficionado al heavy metal, participa activamente en juegos de rol en
vivo y es socio fundador de la asociación cultural WHLive APS.
