Mostrando entradas con la etiqueta Flavio Deri. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Flavio Deri. Mostrar todas las entradas

domingo, 2 de agosto de 2026

TEATRO REBELDE

Flavio Deri

 

En el siglo XXIII, la Tierra ya no era la cuna de la humanidad, sino su escenario.

Tras sobrevivir milagrosamente al colapso ecológico y a las guerras de los siglos XXI y XXII, la humanidad se había aferrado a la única oferta de salvación posible: la de los Ylthar, una raza alienígena tecnológicamente muy superior, llegada desde el sector de Antares. Parecían una mezcla entre los Grises de las leyendas ufológicas y los Reptilianos de las teorías conspirativas. Quizá aquellos rumores de finales del segundo milenio habían sido profecías mal interpretadas; o quizá todo había sido una simple casualidad.

Y así ocurrió.

Los Ylthar no eran filántropos. Nunca habían venido para colonizar ni para exterminar. Lo único que les interesaba era el «producto Tierra»: un mundo cuya diversidad cultural e histórica podía convertirse en el mayor parque temático de toda la galaxia.

El contrato había sido sencillo y terrible: los Ylthar estabilizarían el clima, limpiarían los océanos y detendrían la desertificación; a cambio, obtendrían el control absoluto del planeta como atracción interestelar.

Eran criaturas altas y esbeltas, de piel gris brillante recorrida por finas escamas, con enormes ojos negros de reflejos verdes como el jade.

En menos de cincuenta años, la Tierra había sido «restaurada» como un gigantesco decorado. Los continentes fueron transformados en escenarios temáticos y las naciones reducidas a teatros vivientes, donde sus habitantes representaban papeles previamente asignados. Cada región tenía su propio guion, aprobado por un consejo de dramaturgos alienígenas de seis ojos y voces semejantes a coros de niños desafinados.

Los italianos permanecían atrapados en un Renacimiento perpetuo: Florencia y Venecia se habían convertido en postales vivientes, pobladas por pintores callejeros, saltimbanquis danzantes, damas vestidas de época y mercaderes que regateaban en las plazas. Los franceses representaban eternamente la Belle Époque, entre bistrós y artistas bohemios que bebían absenta fluorescente importada por los Ylthar. Japón oscilaba entre el feudalismo y el período Edo, con samuráis que blandían katanas holográficas. Estados Unidos había quedado congelado en un mítico Lejano Oeste, con pistoleros que disparaban cartuchos de fogueo mientras los turistas alienígenas se tomaban selfis junto a caballos clonados de dientes impecablemente blancos.

Los visitantes llegaban desde todos los rincones de la galaxia a bordo de naves transparentes que sobrevolaban los continentes, dispuestos a consumir el «espectáculo humano» como quien asiste a una representación teatral o prueba un exótico aperitivo.

Los seres humanos aceptaban sus papeles. No existía otra alternativa.

El contrato garantizaba un salario en créditos energéticos, convertidos en alimentos y asistencia médica. A cambio, todos debían vestir un disfraz y actuar cada día, sin excepción. Cada ciudad, cada aldea y cada fortaleza perdida entre las montañas debía permanecer abierta al turismo y convertirse en una fuente inagotable de entretenimiento interactivo. Ningún pueblo podía quedar fuera de escena: todos eran escenarios permanentes.

Los mejores intérpretes recibían bonificaciones; los peores eran degradados a «extras ambientales»: permanecían inmóviles durante horas en el fondo de las escenas, como estatuas vivientes, mientras los turistas les tomaban fotografías. Algunos descendían todavía un escalón más y eran convertidos en «efectos sonoros»: personas obligadas a estornudar, hablar en dialecto, reír o llorar cuando se les ordenaba, conectadas a dispositivos que liberaban olores para hacer la representación aún más realista.

Entre aquellos bastidores planetarios vivía Jonatan Righi.

Tenía cincuenta y dos años, los hombros encorvados y un pasado como profesor de Filosofía Moral en la Universidad de Milán. Había terminado convertido en barrendero y encargado de limpieza de las calles de «Renacimiento Italia». Con su escoba y su carrito de residuos recogía papeles y restos de utilería por las calles de Florencia, mientras a su alrededor se repetían siempre los mismos diálogos: mercaderes que discutían el precio de la seda, artistas que pintaban vírgenes sobre lienzos envejecidos y damas que paseaban vigiladas por drones-directores.

Aquellos drones eran pequeños y estaban equipados con altavoces que gritaban:

—¡Más dramatismo!

—¡Repita la frase con más entusiasmo!

Sus voces metálicas infestaban cada callejón.

Algunos, mal programados, estallaban en carcajadas a mitad de una conversación o difundían desafinadas arias de ópera que convertían los callejones en un cabaré delirante. En ocasiones obligaban a los transeúntes a improvisar reverencias exageradas y, quien se negaba, era perseguido por hologramas de bufones burlones que lanzaban confeti tan afilado como cuchillas.

Todo era escenografía y, al mismo tiempo, amenaza: un grotesco cruce entre el teatro y la tortura cotidiana.

Jonatan ya no soportaba aquel espectáculo.

El contrato no contemplaba desapariciones misteriosas ni castigos sangrientos. Nadie era ejecutado ni eliminado. Sin embargo, una reducción considerable –o la pérdida total– de los créditos equivalía a caer en una miseria aún peor que la existente antes de la llegada de los alienígenas. Bastaba perder una bonificación o equivocarse en una línea del guion para verse obligado a mendigar raciones de alimento sintético.

Cada día, Jonatan anotaba sus reflexiones en un viejo cuaderno. Una sola frase se repetía una y otra vez, como un estribillo:

¡Este mundo se ha vuelto loco!

Su vida cambió el día en que, durante una jornada de limpieza cerca del Palazzo Vecchio, descubrió un dron-director caído en el suelo.

Una avería. Una auténtica rareza. Los Ylthar los habían diseñado para resistirlo todo, incluso los escupitajos de una llama peruana. Jonatan lo recogió y, mientras manipulaba sus circuitos, descubrió un canal interno de comunicaciones de los Ylthar. Era solo un fragmento, pero revelaba una verdad escalofriante. Los alienígenas no se limitaban a vigilar a los humanos: corregían el argumento en tiempo real. Las revueltas, los accidentes e incluso las enfermedades eran transformados en material narrativo e incorporados al espectáculo como parte de la atracción.

No todos los seres humanos habían aceptado aquella situación con resignación. Fundamentalistas islámicos, el Vaticano y prácticamente todas las confesiones religiosas, junto con los pueblos nativos de América, diversas comunidades de África Central y grupos indígenas de la Amazonia, habían intentado rebelarse contra lo que consideraban una invasión y una forma de esclavitud hipercapitalista.

Pero los Ylthar habían demostrado ser más previsores. También aquellas resistencias fueron convertidas en escenas pintorescas destinadas a divertir a los turistas. No existía nada fuera del guion. Incluso la rebelión formaba parte del espectáculo.

Jonatan quedó conmocionado.

Su rabia se transformó en una obsesión: debía desenmascarar el gran engaño. Comenzó con pequeños gestos. Robó un traje de caballero medieval y, por las noches, recorría las calles a caballo fingiendo ser un rebelde fuera de su época. Escribió grafitis filosóficos en los muros: La libertad no se representa. Organizó improvisados discursos frente a la multitud. En una ocasión incluso simuló un ahorcamiento en la plaza de la Señoría mientras gritaba citas de Nietzsche. Pero el público alienígena lo aplaudió con entusiasmo. Siempre ocurría lo mismo. Los drones-directores lo seguían, los espectadores alienígenas reían, aplaudían y registraban todo. Sus acciones eran absorbidas de inmediato por el espectáculo y presentadas como un «nuevo paquete narrativo»:

¡La herejía filosófica del Renacimiento!

O bien:

¡La rebelión del bufón!

Cuanto más intentaba escapar, más popular se volvía entre los turistas.

Su rostro comenzó a aparecer en los hologramas publicitarios:

«¡Venga a conocer al Filósofo Rebelde de Florencia!»

Los visitantes abarrotaban las plazas para presenciar sus improvisaciones. Su rebelión se había convertido en la principal atracción de la temporada. Los Ylthar vendían recuerdos con su imagen: estatuillas, tazas e incluso muñecos capaces de repetir su frase más famosa:

¡Este mundo se ha vuelto loco!

Pero Jonatan no estaba solo. Entre disfraces y máscaras, algunos hombres y mujeres habían empezado a seguirlo, no como espectadores, sino como cómplices. Actores cansados de representar siempre el mismo papel. Madres que deseaban un futuro distinto para sus hijos. Ancianos que se negaban a morir disfrazados. Se llamaban entre ellos los Fuera de Escena.

Vivían en catacumbas bajo las ciudades, alimentándose de comida sintética desechada por los alienígenas, y hablaban en voz baja, temiendo que hasta las paredes pudieran representar un papel contra ellos. Entonces Jonatan decidió emprender una acción mucho más radical.

Sabotear la Gran Recreación.

Era el acontecimiento mensual durante el cual millones de turistas alienígenas asistían a la Síntesis de la Historia Humana, una representación colosal que involucraba simultáneamente a todos los continentes.

Ciudades, pueblos y fortalezas montañosas transmitían secuencias sincronizadas: guerras medievales, descubrimientos científicos y revoluciones condensados en un único desfile planetario, con carrozas escénicas conectadas mediante satélites, coros globales y hologramas visibles incluso desde la órbita.

Si conseguía destruir aquella representación, quizá lograría romper la ilusión.

La noche de la Recreación, Jonatan y los Fuera de Escena penetraron en el corazón de la maquinaria teatral. Sabotearon los proyectores. Desactivaron los disfraces holográficos. Abrieron los bastidores ocultos tras las escenografías. Les temblaban las manos. Los corazones les latían al unísono. Pero la esperanza de mostrar la verdad los mantenía en pie. Algunos subieron a las carrozas triunfales y comenzaron a volcar cajas llenas de vestuario. Otros liberaron animales holográficos que, privados de su programación, empezaron a comportarse de manera grotesca: caballos que rebuznaban como asnos, águilas que recitaban proverbios medievales y estatuas animadas que lloraban leche agria.

Durante unos minutos, el público alienígena contempló la verdad. Actores exhaustos. Niños que lloraban fuera de personaje. Máquinas sosteniendo fachadas de cartón piedra. Hologramas que se deshacían como polvo de colores. Algunos figurantes, obligados a sonreír durante horas, se dejaron caer al suelo con los rostros deformados por muecas permanentes. Viejos campesinos, agotados, comenzaron a reír histéricamente mientras destrozaban con las manos sus herramientas de utilería. Incluso una vaca holográfica se desplomó y empezó a recitar poemas futuristas, mientras un grupo de gladiadores desorientados marchaba en círculos gritando consignas publicitarias.

La Tierra apareció desnuda. Sin guion. Convertida en una parodia de sí misma. El silencio fue absoluto. Luego estalló una ovación ensordecedora. Como si la verdad hubiera sido el giro argumental más esperado de toda la función.

Los Ylthar anunciaron con entusiasmo el nacimiento de una nueva temporada: El Teatro de la Rebelión.

El sabotaje de Jonatan había sido transformado, de inmediato, en un contenido premium, una innovación que hacía el parque todavía más atractivo. Los rebeldes fueron elevados a protagonistas de la nueva trama y vendidos como la última atracción imprescindible para los turistas. Humillado y derrotado, Jonatan comprendió que había sido absorbido por completo. Cualquier cosa que intentara hacer sería convertida al instante por los alienígenas en una nueva estrategia comercial. No existía salida. Salvo un gesto extremo que ningún guion pudiera prever. Esperó una ocasión propicia. Las plazas estaban repletas de espectadores humanos y alienígenas.

Entonces se arrancó el disfraz, sintiendo la tela empapada de sudor adherirse a su piel. Se situó en el centro del escenario. Y, ante todos, hundió un puñal en su propio cráneo. Durante un instante irreal, el público quedó sin aliento. El olor acre de la sangre se mezcló con el aroma dulzón de las flores sintéticas del decorado, mientras un silencio cortante descendía sobre la plaza. Los gritos de los humanos se confundieron con los sonidos guturales de los Ylthar, semejantes a gorgoteos metálicos. Era evidente. Aquello no era ficción. No formaba parte del guion. El caos estalló.

Los turistas huyeron derribando recipientes de comida alienígena, cuyo intenso olor a azufre impregnó el aire. Los drones graznaban órdenes contradictorias mientras emitían destellos cegadores. Los actores ya no sabían si debían seguir interpretando su papel o llorar de verdad. Pasos, gritos y sirenas artificiales terminaron fundiéndose en una única y ensordecedora cacofonía. Al día siguiente, sin embargo, la maquinaria del espectáculo ya lo había absorbido todo.

En las calles principales de la ciudad apareció un holograma de Jonatan convertido en el Filósofo Trágico. Su figura translúcida daba la bienvenida a los recién llegados con una solemne reverencia, acompañada por el sonido amortiguado de aplausos pregrabados. Y su frase más célebre se repetía sin cesar, como una letanía hipnótica:

¡Este mundo se ha vuelto loco!


Flavio Deri nació en Italia el 18 de octubre de 1988. Desde muy joven se sintió atraído por la obra de H. P. Lovecraft, cuya lectura despertó una pasión duradera por la literatura fantástica y el horror cósmico. Miembro de la H. P. Lovecraft Historical Society, ha dedicado buena parte de su trayectoria a explorar el universo literario inspirado en los Mitos de Cthulhu. Durante años escribió campañas para juegos de rol de mesa y en vivo, hasta que decidió volcarse a la narrativa. A partir de la pandemia comenzó a participar en concursos literarios y en diversas antologías colectivas, entre ellas Scrivi un racconto di sei parole y Scrittori Italiani, donde publicó relatos marcadamente influenciados por la tradición lovecraftiana. Aficionado al weird y al horror, posee una biblioteca especializada con más de un centenar de volúmenes dedicados a la obra de Lovecraft y a los autores inspirados en su legado. Además de escritor, practica karate, es aficionado al heavy metal, participa activamente en juegos de rol en vivo y es socio fundador de la asociación cultural WHLive APS.

 

 

TEATRO REBELDE