miércoles, 16 de septiembre de 2026

REAL COMO LA VIDA

Petra Coret

 

El arroyo centelleaba plateado. En sus orillas, arañas negras tejían sus telas entre las ramas de los arbustos. Las hojas de allí todavía estaban verdes, a diferencia de las de los árboles que se alzaban por encima. Lentamente, el amarillo revoloteaba hacia abajo para fundirse con la alfombra marrón. No había rojo. Ni rojo de bayas, ni rojo de petirrojos, ni el suave rojo amarillo anaranjado del atardecer.

Quizá más tarde. Todavía no lo había decidido.

Enjuagó el pincel, lo dejó cuidadosamente a un lado y se quitó el delantal. El rojo tendría que esperar. Primero debía preparar la comida.

Isobel arrastró los pies hasta su modesta cocina. Vaciló un instante.

—Hoy bastará con la cacerola más pequeña —dijo, sin dirigirse a nadie en particular.

Apenas consiguió contenerse para no mirar el rincón vacío donde antes había estado la cesta.

«Eres demasiado vieja para volver a tener un perro.»

Eso decía su sobrina. Pero ¿qué significaba ser vieja? Cerró los ojos y evocó la imagen de Bobbie, el perrito blanco y negro que la había acompañado durante los largos años transcurridos desde la muerte de Thierry. Casi podía oír el golpeteo de sus patas sobre las baldosas.

No. Tenía que ser fuerte.

Después de cenar se dejó caer, cansada, en su sillón favorito. Y, como siempre, se quedó dormida a mitad de las noticias. Un par de horas más tarde, un anuncio publicitario la despertó bruscamente. ¿Por qué esas cosas tenían siempre un volumen tan alto? En cualquier caso, era hora de irse a la cama.

Un día como cualquier otro.

 

En Escocia, en octubre, había squalls. Eran aguaceros helados que caían casi horizontalmente. Su chaqueta era demasiado fina y había olvidado llevar una bufanda abrigada. Sin embargo, las miradas amorosas del hombre que estaba a su lado compensaban cualquier incomodidad. La naturaleza era de una belleza cautivadora. Salvaje e intacta, como las cascadas que rugían bajo el pequeño puente.

 

Isobel despertó con una sonrisa en el rostro.

Algún día regresarían a aquel lugar, pero con mejor tiempo. Nunca habían podido hacerlo.

De camino al baño pasó junto al pequeño cuadro en el que estaba trabajando. Seguramente no era perfecto, pero, en fin... Una pequeña pelota roja descansaba en la orilla, junto al arroyo.

Solo después de desayunar y recogerse su largo cabello gris se dio cuenta de que había algo extraño. Arrastró los pies hasta el caballete y volvió a mirar los tubos de pintura.

El tubo rojo seguía cerrado, sin usar. Y, sin embargo, allí estaba aquella pelota roja. Volvió a limpiar sus gafas. Allí estaba. Una pelota roja. Extraño. Ella no la había pintado, ¿verdad? Se encogió de hombros. Seguramente estaba equivocada.

Más tarde ese mismo día llegó Margje, la asistenta doméstica. Como de costumbre, traía toda clase de comentarios y críticas sobre la forma en que Isobel organizaba su vida y su pequeño apartamento. Isobel solía ignorarla. Seguramente lo hacía con buena intención. Pero esta vez empezó a quejarse del caballete, que estuvo a punto de derribar con la aspiradora. Después de que Isobel gritara un brusco «¡Cuidado!», Margje respondió que entonces no debería dejar aquel trasto allí. ¿Y por qué no tenía una afición normal, como tejer, hacer ganchillo o bordar? Algo que ocupara menos espacio.

Isobel se guardó el comentario de que, al parecer, Margje también quería que ella, por ser anciana, ocupara menos espacio. En cambio, respondió que, según su médico de cabecera, probar algo nuevo era precisamente bueno para mantener el cerebro en forma, y que ya había tejido y hecho suficiente ganchillo en su juventud. Y en cuanto al bordado, las pruebas colgaban de las paredes en forma de diversos trabajos enmarcados.

No mencionó que sus manos ya no servían demasiado para realizar labores tan delicadas.

Margje comprendió que había ido demasiado lejos e intentó compensarlo con un elogio.

—Esos cisnes te han quedado muy bien. Parecen reales. No sabía que también había cisnes negros ni que tuvieran el pico rojo.

Isobel volvió a limpiar cuidadosamente sus gafas.

En el cuadro había dos majestuosos cisnes negros de picos rojos navegando por el arroyo.

¡Ella no había pintado ningún cisne!

No lo dijo. No quería que Margje pensara que se estaba volviendo loca. Otra cosa que no recordaba. Igual que aquella pelota roja.

¡Que ahora ya no estaba!

Después de que Margje se marchara, la anciana se acercó mucho al cuadro. Dos cisnes negros sobre el arroyo y ninguna pelota roja. Tocó el lienzo en el lugar donde estaban los cisnes.

La pintura estaba seca.

Durante el resto de aquella tarde de martes, Isobel volvió a estar sola. Se sentó frente al caballete y pensó qué más podría pintar en la escena del lienzo. Cerró los ojos e intentó recordar qué otras cosas habían sucedido durante aquellas vacaciones.

Habían pasado la mayor parte del tiempo en Edimburgo. En el castillo y recorriendo las calles antiguas. Había decidido deliberadamente no elegir eso para su primer cuadro. Tendría que haber pintado personas, y no se le daba demasiado bien. Por eso había plasmado en el lienzo el recuerdo de aquella excursión.

El viaje en autobús había sido largo y agotador. Sobre todo para su marido, cuyas largas piernas apenas cabían en el asiento. Pero allí había visto montañas de cerca por primera vez, y aquellas cascadas también eran inolvidables. Durante un rato habían estado solos. Sin los demás pasajeros.

Y aquel día cumplían exactamente quince años de casados.

Él había sacado un anillo de un bolsillo oculto de su chaqueta. Un anillo que ella todavía llevaba. Un anillo de oro con una piedra roja. Él sabía que le gustaba el rojo.

Oh, cuánto lo echaba de menos. Su sonrisa torcida cuando la miraba. La calidez que irradiaban sus ojos marrones. El hoyuelo de su barbilla.

Isobel suspiró. Thierry...

Cuando volvió a abrir los ojos, los cisnes habían desaparecido. Claro. De no ser porque Margje también los había visto, habría pensado que realmente se estaba volviendo loca. Se levantó y arrastró los pies hasta la ventana. La intensa lluvia de las últimas semanas cubría con un velo el mundo exterior. No faltaba mucho para que los árboles perdieran también las últimas hojas y quedaran pocos colores aparte de un gris desvaído, azul y negro. En su juventud había vivido en una calle con cerezos japoneses. En primavera se cubrían de una exuberancia de flores de color rosa oscuro y, en otoño, de cálidas hojas rojas. Siempre conseguían alegrarla. El ayuntamiento los había talado porque no querían árboles exóticos en los Países Bajos. Más tarde los sustituyeron por unos troncos delgados, con unas pocas hojas dispersas que no alegraban a nadie.

Regresó al cuadro. Esta vez no había cambiado nada. Se concentró en la pequeña cascada. Salpicaduras blancas sobre el azul. Pequeñas piedras desgastadas por el agua. Ramas y hojas arrastradas por la corriente. Se preguntó adónde iría aquella agua. ¿Al mar?

La casa estaba silenciosa. Ni siquiera la radio ayudaba. Había gente hablando, sí, pero no hablaban con ella. Quizá debería tener otra mascota después de todo. Un perro no, porque había que sacarlo a pasear. Y con sus piernas maltrechas no podía hacerlo demasiado bien. ¿Un pájaro, entonces? O dos. Juntos y felices en una jaula. Una tía suya había tenido agapornis. Lovebirds, los llamaban en inglés. Los dejaba volar regularmente por la casa y se posaban junto a ella para picotear la fruta que estaba comiendo. Unas criaturitas encantadoras.

Su sobrina le había recomendado asistir a los encuentros matutinos que organizaban en el edificio. Había ido una vez. No se había sentido a gusto. La gente, en su mayoría mujeres mayores, hablaba de cosas que no le interesaban y jugaba a juegos aburridísimos de tiempos inmemoriales. No era para ella. Podía mantener conversaciones más profundas con la cajera del supermercado. Eso le recordó que tenía que pedir la compra. A diferencia de otras personas de su edad con las que a veces hablaba en el ascensor, Isobel poseía suficientes conocimientos digitales para realizar operaciones bancarias por su cuenta y encargar por internet las cosas que necesitaba. No podía ser de otra manera habiendo tenido un marido que trabajaba en informática.

Pedía las compras pesadas y aquellas cosas que necesitaba pero por las que no tenía ganas de ir hasta una tienda. Así, cuando salía, podía limitarse a visitar los establecimientos agradables. Como las librerías.

Decidió pedir también un poco de vino. Estando sola no bebía demasiado, pero de vez en cuando resultaba agradable. Y especialmente durante aquellos días sombríos, una copa de chianti acompañada por un bombón de chocolate podía ser muy reconfortante.

Volvió a la pintura. El pequeño puente aún requería algunos retoques; la madera parecía demasiado nueva. Con cuidado, pintó unas cuantas vetas tenues en la barandilla. Sus dedos envejecidos temblaban ligeramente, pero eso no importaba. Logró no emborronar el pajarillo rojo. Contempló su obra con satisfacción. El pajarillo rojo le devolvió la mirada.

¿Qué?

Retrocedió con el taburete y todo. ¿De dónde había salido aquello?

Tomó el tubo rojo y lo abrió. No faltaba pintura. Hundió el índice en ella y tocó con él una esquina del cuadro. Era casi del mismo color que el pájaro. Pero, aparte del hecho de que ella no había pintado aquel pájaro –al menos hasta donde podía recordar–, parecía tener un ligero matiz verdoso.

Estaba ocurriendo algo extraño. Eso estaba claro. Miró el retrato de su difunto esposo que estaba sobre el escritorio. Era la última fotografía que conservaba de él. Las pinturas y el caballete –junto con todos los accesorios– habían sido el último regalo de cumpleaños que él le había hecho.

Poco después, él enfermó y, tras su última estancia en el hospital, falleció en su cama, en casa. El caballete, las pinturas y todo lo demás se habían empaquetado y trasladado a aquel apartamento de residencia asistida cuando la casa resultó demasiado grande para una mujer mayor. Apenas la semana anterior había terminado de desembalar la caja.

—Thierry, ¿qué has hecho?

El hombre de la fotografía la miraba con su habitual sonrisa pícara y no decía nada. Isobel estaba convencida de que, de algún modo, él era el responsable de los extraños sucesos, después de todo. Algo totalmente irracional, por supuesto. Pero a lo largo de su vida juntos, él siempre había sido quien la hacía reír, de una forma u otra. ¿Era aquello su idea de una última broma?

Después de cenar, Isobel se sentó ante el escritorio macizo que había pertenecido a su marido. Había insistido en llevárselo a su nueva casa, a pesar de que ocupaba bastante espacio. Abrió el portátil y esperó el enlace que la conectaría con su hija en Estados Unidos. A su parecer, aquello era lo único bueno que había surgido de la época del coronavirus. Un viaje a Estados Unidos resultaba caro y agotador a su edad; ahora, sin embargo, podía ver y hablar con su única hija todas las semanas.

Y con su nieta, por supuesto. Aquel pequeño milagro. Ambas lo eran, en realidad. Había sucedido durante el viaje a Escocia. Tras un largo periodo de incertidumbre y un diagnóstico que simplemente no llegaba a ser positivo, por fin había concebido pasados ​​los cuarenta años. Valerie, su hija, había pasado más o menos por la misma experiencia; ella también había tenido a su hija a una edad avanzada.

Valerie y Steve, su marido, se turnaban para hablar. Comentaron detalles sobre su nueva casa y el jardín que planeaban acondicionar, sobre las elecciones y, por supuesto, sobre los tornados que azotaban el país. Isobel, a su vez, habló de la lluvia que llevaba semanas cayendo y del cuadro en el que estaba trabajando; incluso apartó el portátil un momento para mostrarlo.

—Es precioso, abuela —dijo una vocecita. En la pantalla apareció la coronilla de una cabeza con pequeñas trenzas castañas. La niña se subió al regazo de su madre y enseguida empezó a parlotear en su habitual mezcla de inglés y neerlandés.

Ella también había estado pintando: un dibujo de un conejo. Mostró su peluche –el mismo que Isobel le había regalado, con el pequeño chaleco y los calcetines que ella misma había tejido–; Joyce y aquel peluche eran inseparables.

La niña no paraba de hablar y saltaba rápidamente de un tema a otro: el colegio, la visita al zoo, los loros y la próxima fiesta de Halloween. ¿Y seguro que la abuela vendría por Navidad este año? La echaba mucho de menos.

La conversación llegó a su fin cuando Steve tomó a la niña en brazos y dijo que la abuela ya tenía que irse a dormir.

Justo antes de colgar, Valerie miró a Isobel con preocupación.

—Mamá, ¿te llamo mañana?

—No, cariño, estaré bien.

 

Más tarde, cuando estaba acostada, comprendió por qué Valerie le había hecho aquella pregunta. Al día siguiente, ella y Thierry habrían cumplido cincuenta y cinco años de casados. Isobel volvió a darse la vuelta. Por lo que a ella respectaba, seguían casados. Su marido simplemente estaba... un poco más lejos. A veces, demasiado lejos... Tomó la almohada que descansaba en el lado de la cama que había pertenecido a él y la abrazó con fuerza.

 

Durmió y soñó. Cada vez más atrás en el tiempo.

Los últimos días en el hospital, sentada junto a su marido, que yacía conectado a una inquietante cantidad de tubos y cables.

—Prométeme que después no estarás demasiado triste. Quiero que seas feliz.

Después, las numerosas cenas en aquel pequeño restaurante del barrio. Sin importar lo que apareciera en el menú, ella siempre elegía lo mismo. Por mucho que Thierry se burlara. Luego, la boda de su hija con aquel hombre al que ellos también habían aprendido rápidamente a querer, pese a que se la llevaría muy lejos, al país situado al otro lado del océano. Y antes de eso, las numerosas vacaciones en la playa o en los bosques, en aquel viejo automóvil que Thierry reparaba constantemente porque siempre se averiaba. La niña jugando al borde de la carretera mientras esperaban el servicio de asistencia.

Otra escena en el hospital: Thierry sosteniendo en brazos a su hija recién nacida como si fuera el mayor tesoro de la Tierra. Que, naturalmente, lo era. Y, por último, aquellas vacaciones en Escocia que lo habían cambiado todo.

 

Despertó en una casa fría.

Isobel dudó si encender la calefacción. El gas estaba muy caro últimamente. Y todos aquellos expertos medioambientales de los medios de comunicación no paraban de hablar de bombas de calor, paneles solares y demás. Ella vivía en el séptimo piso; allí una bomba de calor no serviría para nada. Y por ella podían llenar todo el tejado de paneles solares, pero como simple inquilina no tenía ninguna autoridad sobre eso. Buscó automáticamente aquella bonita bufanda roja que había comprado en Escocia.

Ah, sí. Se había perdido durante la mudanza. Su hija le había dicho que simplemente encargara otra. Como si fuera tan sencillo.

Decidió desayunar panqueques. Después de todo, era una especie de celebración. Aunque fueran del microondas. La cafetería quedaba demasiado lejos y, además, estaba lloviendo. Y prepararlos ella misma... ¿Para una sola persona? Eso no tenía nada de festivo. A pesar de todo, los panqueques estaban bastante buenos. Recién hechos habrían sido mejores, por supuesto, pero, en fin. El año siguiente, cuando hiciera mejor tiempo.

Terminó el último bocado justo a tiempo. Sonó el timbre. Un joven pecoso le entregó la caja de vino que había encargado. Le dio una generosa propina porque era un día de celebración. Colocó todas las botellas menos una en el botellero. La última era para aquella noche. Y para la noche siguiente. Y la siguiente. Porque, estando sola, no iba a terminarla tan rápido.

Mientras tanto, volvió a sentarse frente al cuadro. En conjunto, estaba bastante satisfecha con su trabajo. Pensó que, en realidad, no había ninguna razón para no tomarse ya una copa. Isobel se levantó y, al darse la vuelta, alcanzó a ver una bufanda roja a cuadros colgada sobre el pequeño puente. Decidió dejar de preocuparse por aquella clase de alucinaciones. Necesitaba unas gafas nuevas.

Eso era todo.

Y, efectivamente, cuando regresó, la bufanda había desaparecido.

Esta vez trabajó en las copas de los árboles y en los retazos del cielo de octubre que se veían entre ellas. Había hecho buen tiempo aquel día. No volvió a llover hasta la mañana siguiente. El castillo había sido hermoso, al igual que las callejuelas antiguas. La vieja iglesia era impresionante, los museos abrumadores y la comida deliciosa.

Sin embargo, en sus recuerdos, aquel había sido el día más hermoso de todos.

Continuó trabajando con esmero. Nadie la molestó. El día transcurrió más rápido de lo previsto y la oscuridad comenzó a caer lentamente. Se dio cuenta de que, en realidad, tenía hambre.

Sacó cuidadosamente todos los ingredientes de su plato favorito y empezó a prepararlo. Durante un momento se preguntó por qué añadía aquellos champiñones. Era algo que a Thierry le gustaba comer. A ella no le desagradaban, pero tampoco los necesitaba. Costumbre, probablemente. Había preparado tantas veces aquel plato con champiñones que sin ellos ya no parecía completo. Además, así Thierry estaba un poco con ella.

El vino combinaba muy bien con la comida y quizá bebió más de lo que había pensado. De cualquier modo, después del postre volvió a sentarse un rato frente al cuadro con la copa de vino a medio terminar. Una rosa roja descansaba sobre el puente.

Y un poco más allá había otra. Y más lejos, una tercera. Y así, una tras otra.

Eran las mismas rosas que Thierry le había regalado todos los años. Una por cada año de matrimonio. Al final había necesitado dos jarrones para colocarlas.

Extendió hacia ellas la mano izquierda.

—Oh, amor mío. Mi queridísimo amor...

 

Una voz masculina resonó en el vestíbulo cuando se abrieron las puertas del ascensor.

—¿Estás segura de que fue buena idea traer a la pequeña?

—¿Habrías preferido dejarla sola en la habitación del hotel? —respondió una voz femenina.

Las cintas policiales que rodeaban la puerta ya habían sido retiradas. La cerradura nueva relucía ante los visitantes. Los daños en el marco de la puerta eran prácticamente invisibles. El encargado del edificio había hecho un buen trabajo.

Con cierta vacilación, la mujer introdujo la nueva llave en la cerradura y abrió la puerta.

Había polvo. Naturalmente. Hacía meses que nadie entraba para limpiar. Por lo demás, todo estaba más o menos como lo había descrito el policía. Los cubiertos y los platos estaban lavados sobre la encimera, aunque todavía no habían sido guardados. Los investigadores se habían llevado la copa de vino rota para examinarla, y la gran mancha roja bajo el caballete y el taburete seguía allí. Los investigadores habían determinado que era pintura. No sangre.

—¿La abuela viene ahora? —preguntó la niña, llevando, como siempre, su conejo de peluche entre los brazos.

Antes de que su madre pudiera detenerla, echó a correr alegremente por el pequeño apartamento. Se quedó un momento junto a la ventana, mirando hacia afuera. Las flores de los árboles estaban casi marchitas.

La policía había tardado bastante tiempo en llegar a la conclusión de que, en realidad, no sabía qué había sucedido. Ni exactamente cuándo había sucedido. El mensajero había entregado el vino el miércoles, pero al día siguiente el repartidor del supermercado se había encontrado con la puerta cerrada. El martes siguiente había pasado la asistenta doméstica, pero no encontró a la señora Gravestein en casa. Tampoco había ninguna nota indicando adónde había ido, como solía dejar algunas veces. Al día siguiente, Valerie había llamado en vano. Y llamado. Y llamado de nuevo. Y después... Aquella era una época en la que prefería no pensar. Se sentía inmensamente culpable por no haberla visitado con mayor frecuencia. Sobre todo durante aquellos últimos meses. Pero tenía muchísimo trabajo y el vuelo era muy caro.

Y así había muchas razones para no ir.

Steve la abrazó para consolarla. Sostenía un tubo de pintura en la mano.

—¿Qué es eso?

—Estaba en el suelo. Pintura roja. Alguien debe de haberlo pisado porque está completamente vacío.

Señaló la mancha roja sobre el suelo laminado.

—Pero no hay huellas...

—Ya...

También era una marca extraña. Valerie nunca había oído hablar de ella.

Conte de fées.

—¡Mamá, mira! ¡La abuela! —gritó la pequeña Joyce, señalando el cuadro.

Valerie abrazó a su hija.

—Sí, cariño. Nosotros también echamos de menos a la abuela.

—¡No! ¡Mira! Allí, allí está la abuela.

Valerie miró el cuadro detrás de su hija. Sintió un frío helado.

Era el paisaje boscoso que su madre le había mostrado la última vez que hablaron. Un perrito blanco y negro, con una pelota roja en la boca, estaba sentado sobre el pequeño puente. Estaba completamente segura de que un momento antes no estaba allí.

Pero no fue eso lo que hizo que la sangre pareciera congelársele en todo el cuerpo. Al final del sendero que partía del puente se distinguían las siluetas de un hombre y una mujer estrechamente abrazados. Tampoco habían estado allí un momento antes. La mujer llevaba un ramo de rosas rojas entre los brazos.

Petra Coret es una escritora neerlandesa que nació en Rijswijk (Zuid Holland) y reside en Zoetermeer. La autora dice de sí misma: Siempre me han interesado los idiomas, la historia y las historias que la gente cuenta sobre el mundo que les rodea. Esto me llevó a obtener una maestría en lengua y cultura griega y latina antiguas, y a escribir mis propias historias. Estas historias sobre mundos extraordinarios y gente común, o viceversa, se publican desde hace unos dos años.

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