Alberto García-Teresa
Gotea mi sangre por
la escalera mecánica. Gotea, y el hilillo se cuela por las ranuras como un
buscador ansioso de engranajes mientras descendemos. Delante, mi compañero
corre frenéticamente de un lado a otro, con el traje protector robado
severamente rasgado y hecho jirones en varias partes. De hecho, uno de sus dos
penes cuelga y se bambolea como un péndulo en carnavales. Se detiene en el
túnel, frente a un cartel de propaganda de los extraterrestres que abrazan con
fervor al director de la Agrupación de Empresarios Euroasiáticos. El
intercambio de plantillas y de mercados les ha venido como anillo al dedo a
ambos. A su tecnología solar la industria terrestre responde con cachivaches y
estética, y con una legión de consumidores ávidos de novedades, espectáculo y
ostentación. Mi compañero vacía una de sus vejigas contra el plástico; yo saco
la solicitud de cambio de destino y la rompo en pedazos.
Nos cruzamos con un grupo de
turistas que corren alarmados en dirección opuesta. Deslizan sus cuerpos
rugosos de una manera francamente divertida, como patinadores sobre hielo. Su
agencia de viajes seguro que sólo les presentó el lado exótico de las megalópolis
humanas: zonas luminosas, grandes construcciones, visores de imágenes gigantes,
edificios automáticos y personas sonrientes.
Los focos parpadean, y la travesía
hiede a ventilador obstruido. Retumba el estruendo que se está produciendo
arriba, pero aun así los mendigos permanecen derrumbados contra sus mantas,
ajenos al tiempo, en el corredor.
Vemos nuestra salida. Enarbolo la
pancarta y me la enredo en la espalda. Mi compañero se mofa y me dice que
parezco un cangrejo paticorto. Nos besamos. Intento ajustarme los guantes
acartonados.
Estamos desorientados. Reventaron
el grupo y nos separamos. Estaba harto de ser cobaya y oveja incluso dentro de
la disidencia, y optamos por huir del enfrentamiento con la policía cuando,
misteriosamente, irrumpieron por la mitad de nuestra marcha y aislaron a todos
en bloques salvo a la cabecera. Las fotos de las torturas recorrerán mañana
todos los visores de imágenes, y tendremos nuevos mártires con los que reclutar
adeptos. En el fondo, sus líderes y los nuestros desayunan juntos cada mañana
con nuestros tenedores y cucharas.
La confusión y las explosiones
descienden por la escalera con la vaharada de armas eléctricas. Aun así,
sabemos que debemos salir, antes de que comiencen a peinar los túneles con
ondas térmicas. Recojo del suelo unos fragmentos de acero desgajados y subimos.
Ups. La pifiamos. Nos hallamos
entre dos frentes.
Comienzan a abrir fuego. Corro,
doblo una esquina y me topo con otra brigada que destroza literalmente la
retaguardia. Intento escabullirme pero un policía me atrapa. Alza su porra
eléctrica y la aplasta contra mi cabeza. Me salta la lentilla solar e, inmediatamente,
cierro los ojos con fuerza para que no se me arrase el cristalino. Me revuelvo
pero sólo consigo que otros policías se vuelvan y se ceben conmigo. Me golpean,
me golpean, me golpean...
Fundido en negro.
Se me acabó el crédito.
Alberto García-Teresa (Madrid, 1980)
es doctor en Filología Hispánica y ejerce como crítico literario y teatral en
diversas revistas especializadas. Además, forma parte de la asamblea editora de
Caja de resistencia. Revista de poesía crítica y ha coordinado o
dirigido publicaciones de ensayo y literatura fantástica. Su trayectoria abarca
tanto el ensayo, con obras como Poesía de la conciencia crítica (2013),
como la poesía y el microrrelato. Entre sus poemarios destacan Hay que
comerse el mundo a dentelladas (2008), Abrazando vértebras (2013) y A
pesar del muro, la hiedra (2017). Asimismo, ha publicado el libro de
microrrelatos Esa dulce sonrisa que te dejan los gusanos (2013). Su obra
poética de contenido fantástico ha sido reconocida con el Premio Ignotus en
2008 por la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror.
