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domingo, 11 de octubre de 2026

PROCLAMA

Fernando Manzini

 

1 de enero de 2026


COMUNICADO DE PRENSA DE PATIC (Personas Apasionadas con Talentos Inhibidos por el Contexto).

Ahora se puede contar.

El año pasado nuestra organización orquestó una abrumadora demostración de fuerza en todo el mundo.

Entre enero y marzo de 2025, habiendo dado lo máximo que podíamos tanto en el plano mental como en el físico, nuestros miembros no lograron ganar ningún concurso literario, ningún torneo de póker, ningún partido de tenis, de básquet, o de vóley. Entre abril y mayo, nuestros miembros aprobaron un total de cero (0) exámenes finales de Análisis Matemático I y ninguna de las pruebas psicofísicas necesarias para ingresar al equipo local de natación, Prefectura Naval, o la Gestión Integral de Residuos. En junio, ninguno de nosotros salió campeón de karate, bochas o dominó en nuestros respectivos clubes barriales; ninguno de nuestros miembros logró llegar a mitad de año con ninguna materia adeudada en las escuelas nocturnas donde cursamos. Durante el receso de invierno (catorce días exactos de vacaciones teóricas), seguimos sin embargo estudiando, trabajando, entrenando obstinadamente.

Todo esto se logró tan subrepticiamente que atrajo poca atención pública.

Entre agosto y setiembre, el hecho de que nos negaran becas doctorales o el derecho a jubilarnos, no logró transformarnos en bestias frustradas: ninguna de las personas que amamos recibió de parte nuestra una amenaza, ni un gesto de fastidio. Usamos quince minutos de cada día del mes de octubre para encerrarnos en nuestros placares o en nuestros baños, darle una trompadita a un saco, a un azulejo, cerrar los ojos y repasar nuestro sueño, muy despacio, como si estuviéramos recordando una canción que nos gustó hace mucho. Entre noviembre y diciembre, ninguno de nosotros logró un ascenso en Walmart. De todos los futbolistas que se encontraban en nuestras filas, el Club Deportivo Riestra contrató a un total de: nadie.

Cabe señalar que, además de las actividades realizadas por nuestros miembros vitalicios, se completaron una serie de actividades no planificadas por miembros a tiempo parcial o incluso por no miembros.

En una piecita de Nagua, República Dominicana, una nena de diez años repasó sus apuntes de Geografía tapándose los oídos con los pulgares mientras sus padres se gritaban y se tiraban ceniceros y sillas en la habitación contigua. En Matera, Italia, después de que su nieto le dijera “vecchio stupido”, un recolector de uvas de setenta y cinco años se pasó una tarde entera viendo un video donde un dibujito animado le enseñaba cuándo usar “b” y cuándo “v”. En Zubarah, una empleada doméstica cubierta con burka pensaba el primer verso violento de su libro imaginario de poemas mientras le masajeaba los pies al dueño de casa. En Berisso, Argentina, un niño jorobado logró evadirse de las cargadas constantes de su hermano mayor jugando una partida mental de ajedrez consigo mismo. Un joven de Indiana, desdentado y hambriento más allá de lo creíble, se esforzó en recordar sus lecciones infantiles de catequesis para olvidarse un rato de sus ganas de matar a alguien.

Una palabra sobre nuestra membrecía.

Desde que el mundo es mundo, a la edad tierna en que ni siquiera se entienden las palabras, nuestras madres cansadas nos paraban el corazón de un grito solo porque las aburríamos. Somos los gordos de las clases de gimnasia, los miedosos de los talleres de teatro, los maricas de las escuelas técnicas. Si captábamos la atención de nuestro padre, era solo en el momento en que bajaba el volumen del televisor para decirnos: “Callate que no escucho”. Toda nuestra infancia, adolescencia y juventud buscamos en vano, con desesperación, un sueño en que creer, un amigo en quien confiar.

En medio de todo eso, como todas las demás personas, tuvimos, al menos, una mínima semilla de luz: un lenguaje que pudo haber sido preciso y proteico, una mente que reconoció una vez un patrón excepcional, unos brazos que, con el entrenamiento adecuado, podrían haber sido enormes o apolíneos. Nada de eso prendió, jamás tuvimos oportunidad.

Por eso, un poco como revancha, y porque la semilla sigue ahí, pulsando como una ampolla de fuego, nos hacemos adultos y a la vez ladrones. Es tiempo lo que robamos, todo el que podemos: a nuestras parejas, a nuestros oficios, a nuestras gestiones bancarias, a nuestros padres viejos. En esos minutos ganados a la obligación, buscamos tierra para nuestra semilla: algo que haga posible lo que hace tiempo perdió toda posibilidad.

Así, a pesar de nuestra biología pobre, del ambiente infértil, aprovechamos la distracción de nuestros jefes para teclear en la computadora de la oficina medio párrafo de nuestro cuentito ñoño, de nuestra tesina obvia; corremos como diablos descosidos entre el kiosco y la lavandería solo para tonificar las piernas, entrenar para el fulbito del lunes; torcemos el lomo sobre la mesa de la cocina para leer cinco o seis páginas de Guerra y paz –nuestros hijos dormidos, nuestras parejas en vela, esperándonos en la cama–, y nos abofeteamos a nosotros mismos para espantar el sueño. Sabemos que dormiremos mucho menos de lo necesario, que mañana rebotaremos soñolientos y lerdos entre obligación y obligación, pero es preciso perseverar, a pesar de todo. Y si no… ¿qué nos queda?

Somos los obstinados torpes. Los esmerados lentos. Los masoquistas del rechazo.

Queremos ser (sí, todavía) el genio que ilumine de un chispazo, el ángel que conmueva.

No tenemos esperanza y lo sabemos: es del todo irrelevante.

Los que sientan necesidad de hacerlo, únanse a nosotros. Jamás volverán a sentirse solos.

Una cosa les juramos: no venceremos. Pero al menos estaremos vivos.


Fernando Manzini nació en La Plata en una fecha precisa que esta noche prefiere olvidar. Luego de una nefasta experiencia con la educación técnica, huyó a las Humanidades y se recibió de psicólogo (dicen las malas lenguas que no tuvo el coraje suficiente para estudiar Filosofía, pero ya sabemos lo sesgadas y venenosas que suelen ser las malas lenguas). Ejerce como docente universitario en la Facultad de Psicología de la UNLP en asignaturas con nombres largos y cacofónicos. Es un eterno aspirante a escritor y un ajedrecista que por no decir improvisado, llamaremos, por decoro, autodidacta. Tiene cero libros publicados y jamás pasó la segunda fase del concurso de cuentos del Banco Provincia. "Mi libro llegará a su debido tiempo", dice, malhumorado, a los que le preguntan cuándo podrán leer algo suyo entre dos tapas. Mientras tanto, el tiempo lo arrasa implacable. Pero a vos también.

 

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