Fernando Manzini
1
de enero de 2026
COMUNICADO DE
PRENSA DE PATIC (Personas Apasionadas con Talentos Inhibidos por el Contexto).
Ahora se puede
contar.
El año pasado nuestra
organización orquestó una abrumadora demostración de fuerza en todo el mundo.
Entre enero y
marzo de 2025, habiendo dado lo máximo que podíamos tanto en el plano mental
como en el físico, nuestros miembros no lograron ganar ningún concurso
literario, ningún torneo de póker, ningún partido de tenis, de básquet, o de
vóley. Entre abril y mayo, nuestros miembros aprobaron un total de cero (0)
exámenes finales de Análisis Matemático I y ninguna de las pruebas psicofísicas
necesarias para ingresar al equipo local de natación, Prefectura Naval, o la
Gestión Integral de Residuos. En junio, ninguno de nosotros salió campeón de karate,
bochas o dominó en nuestros respectivos clubes barriales; ninguno de nuestros
miembros logró llegar a mitad de año con ninguna materia adeudada en las
escuelas nocturnas donde cursamos. Durante el receso de invierno (catorce días
exactos de vacaciones teóricas), seguimos sin embargo estudiando, trabajando, entrenando
obstinadamente.
Todo esto se logró
tan subrepticiamente que atrajo poca atención pública.
Entre agosto y
setiembre, el hecho de que nos negaran becas doctorales o el derecho a
jubilarnos, no logró transformarnos en bestias frustradas: ninguna de las
personas que amamos recibió de parte nuestra una amenaza, ni un gesto de fastidio.
Usamos quince minutos de cada día del mes de octubre para encerrarnos en
nuestros placares o en nuestros baños, darle una trompadita a un saco, a un
azulejo, cerrar los ojos y repasar nuestro sueño, muy despacio, como si estuviéramos
recordando una canción que nos gustó hace mucho. Entre noviembre y diciembre, ninguno
de nosotros logró un ascenso en Walmart. De todos los futbolistas que se encontraban
en nuestras filas, el Club Deportivo Riestra contrató a un total de: nadie.
Cabe señalar que,
además de las actividades realizadas por nuestros miembros vitalicios, se
completaron una serie de actividades no planificadas por miembros a tiempo
parcial o incluso por no miembros.
En una piecita de Nagua,
República Dominicana, una nena de diez años repasó sus apuntes de Geografía
tapándose los oídos con los pulgares mientras sus padres se gritaban y se tiraban
ceniceros y sillas en la habitación contigua. En Matera, Italia, después de que
su nieto le dijera “vecchio stupido”, un recolector de uvas de setenta y cinco
años se pasó una tarde entera viendo un video donde un dibujito animado le
enseñaba cuándo usar “b” y cuándo “v”. En Zubarah, una empleada doméstica
cubierta con burka pensaba el primer verso violento de su libro imaginario de
poemas mientras le masajeaba los pies al dueño de casa. En Berisso, Argentina,
un niño jorobado logró evadirse de las cargadas constantes de su hermano mayor
jugando una partida mental de ajedrez consigo mismo. Un joven de Indiana,
desdentado y hambriento más allá de lo creíble, se esforzó en recordar sus
lecciones infantiles de catequesis para olvidarse un rato de sus ganas de matar
a alguien.
Una palabra sobre
nuestra membrecía.
Desde que el mundo
es mundo, a la edad tierna en que ni siquiera se entienden las palabras, nuestras
madres cansadas nos paraban el corazón de un grito solo porque las aburríamos.
Somos los gordos de las clases de gimnasia, los miedosos de los talleres de
teatro, los maricas de las escuelas técnicas. Si captábamos la atención de
nuestro padre, era solo en el momento en que bajaba el volumen del televisor para
decirnos: “Callate que no escucho”. Toda nuestra infancia, adolescencia y
juventud buscamos en vano, con desesperación, un sueño en que creer, un amigo
en quien confiar.
En medio de todo
eso, como todas las demás personas, tuvimos, al menos, una mínima semilla de
luz: un lenguaje que pudo haber sido preciso y proteico, una mente que
reconoció una vez un patrón excepcional, unos brazos que, con el entrenamiento
adecuado, podrían haber sido enormes o apolíneos. Nada de eso prendió, jamás
tuvimos oportunidad.
Por eso, un poco
como revancha, y porque la semilla sigue ahí, pulsando como una ampolla de
fuego, nos hacemos adultos y a la vez ladrones. Es tiempo lo que robamos, todo
el que podemos: a nuestras parejas, a nuestros oficios, a nuestras gestiones
bancarias, a nuestros padres viejos. En esos minutos ganados a la obligación,
buscamos tierra para nuestra semilla: algo que haga posible lo que hace tiempo
perdió toda posibilidad.
Así, a pesar de
nuestra biología pobre, del ambiente infértil, aprovechamos la distracción de
nuestros jefes para teclear en la computadora de la oficina medio párrafo de
nuestro cuentito ñoño, de nuestra tesina obvia; corremos como diablos
descosidos entre el kiosco y la lavandería solo para tonificar las piernas,
entrenar para el fulbito del lunes; torcemos el lomo sobre la mesa de la cocina
para leer cinco o seis páginas de Guerra
y paz –nuestros hijos dormidos, nuestras parejas en vela, esperándonos en
la cama–, y nos abofeteamos a nosotros mismos para espantar el sueño. Sabemos
que dormiremos mucho menos de lo necesario, que mañana rebotaremos soñolientos
y lerdos entre obligación y obligación, pero es preciso perseverar, a pesar de
todo. Y si no… ¿qué nos queda?
Somos los
obstinados torpes. Los esmerados lentos. Los masoquistas del rechazo.
Queremos ser (sí,
todavía) el genio que ilumine de un chispazo, el ángel que conmueva.
No tenemos esperanza
y lo sabemos: es del todo irrelevante.
Los que sientan
necesidad de hacerlo, únanse a nosotros. Jamás volverán a sentirse solos.
Una cosa les
juramos: no venceremos. Pero al menos estaremos vivos.
Fernando Manzini nació en La Plata
en una fecha precisa que esta noche prefiere olvidar. Luego de una nefasta
experiencia con la educación técnica, huyó a las Humanidades y se recibió de
psicólogo (dicen las malas lenguas que no tuvo el coraje suficiente para
estudiar Filosofía, pero ya sabemos lo sesgadas y venenosas que suelen ser las
malas lenguas). Ejerce como docente universitario en la Facultad de Psicología
de la UNLP en asignaturas con nombres largos y cacofónicos. Es un eterno
aspirante a escritor y un ajedrecista que por no decir improvisado, llamaremos,
por decoro, autodidacta. Tiene cero libros publicados y jamás pasó la segunda
fase del concurso de cuentos del Banco Provincia. "Mi libro llegará a su
debido tiempo", dice, malhumorado, a los que le preguntan cuándo podrán
leer algo suyo entre dos tapas. Mientras tanto, el tiempo lo arrasa implacable.
Pero a vos también.
