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sábado, 31 de octubre de 2026

LOS BUENOS VIEJOS TIEMPOS

Praise Mk Nkhoma

 

Hubo un tiempo en que creía que el mundo más allá de mi aldea pertenecía a las personas que viajaban en minibuses, las que llevaban zapatos lustrados y maletines, las que tenían electricidad en sus casas y cuyos hijos no debían levantarse antes que los gallos para prepararse para ir a la escuela. Había oído hablar de Lilongwe, Blantyre, Mzuzu y de lugares más allá de nuestro distrito, pero eran nombres lejanos que flotaban en las conversaciones de los adultos. Mi mundo era más pequeño y, para mí, estaba completo. Lo formaban los campos de maíz, los mangos, los senderos polvorientos, la campana de la escuela y el ganado que regresaba al atardecer, como una fila de personas frente a ADMARC en febrero.

No sabía que un mundo podía ser pequeño y aun así contener todo lo que uno pasaría la vida entera con el deseo de volver a ver.

En aquellos días, antes de que el sol asomara por encima de los árboles, mi madre ya estaba despierta, como siempre.

Yo permanecía acostado y escuchaba. Fu, fu, fu… Soplaba sobre el fuego hasta que prendía. Coro, coro… Movía las ollas sobre las tres piedras. Shua, shua… El suave roce de una escoba sobre la tierra, afuera. A veces abría un ojo y veía pasar su sombra por la puerta. Se movía como alguien que ya hubiera contado las horas del día y supiera que no le alcanzarían.

—¡Praise! Wuka. Kwacha nikale!

¡Praise, despierta! ¡Ya es de día!

Me cubría la cabeza con la manta.

—Amaa, ine navuka.

Mamá, estoy cansado.

—Kuvuka? Wachitanga vi kuti uvuke?

¿Cansado? ¿Qué has hecho para estar tan cansado?

Sonreía debajo de la manta, porque sabía que ella también sonreía, aunque su voz fingiera lo contrario.

—Nigonepo padoko waka.

Quiero dormir un poquito más.

—Pala wagona, sukulu yindilizge iwe?

Si sigues dormido, ¿la escuela te va a esperar?

Entonces, por fin, me incorporaba. Mi uniforme colgaba de un clavo en la pared. Había conocido tiempos mejores. El color se había desvanecido de tanto lavarlo. Mis zapatos, cuando los tenía, no siempre estaban en condiciones de merecer ese nombre. Muchas mañanas iba descalzo. El polvo era mi calzado.

Mi madre me daba algo para comer más tarde en la escuela.

A veces era maíz tostado, envuelto en papel o dentro de una botellita de plástico. Otras veces, un trozo de batata que había sobrado de la noche anterior. Algunas mañanas había tan poca comida que la miraba y me preguntaba cómo lograría aplacar mi estómago hasta la tarde.

—Njawala zakukagulira kenakake, Amaa?

¿Tienes unas monedas para que me compre algo, mamá?

—Praise, ndalama zikumera mumakuni yayi.

Praise, el dinero no crece en los árboles.

Sabía lo que quería decir, aunque no me gustara oírlo.

—Tizamuona pala wawelako mwana wane, wapulika?

Ya veremos cuando vuelvas, hijo mío, ¿de acuerdo?

Tizamuona… Ya veremos… Esa frase nos crio a muchos. La oíamos cuando pedíamos cuadernos… tiwonenge. Cuando se nos rompían las sandalias… tiwonenge. Cuando la escuela nos pedía dinero… tiwonenge. A veces significaba que tal vez apareciera una solución. Otras, que no había solución alguna, solo una madre que no quería aplastar la esperanza de su hijo con un rotundo yayi… No.

Entonces yo no sabía que mi madre a veces decía esas palabras porque tampoco ella tenía una respuesta. Solo sabía que otros niños podían comprarse algo en la escuela.

Un niño no comprende la pobreza a través del estudio de sus causas. La comprende al mirar lo que otro niño tiene y él no.

Sin embargo, después de entregarme mi pequeño desayuno, mi madre me acomodaba el cuello del uniforme y me peinaba con los dedos.

—Luta kasambile, Praise. Kuyembekezela moyo kuwa wakupweka yayi.

Ve a estudiar, Praise. No esperes que la vida sea fácil.

Yo asentía, me ponía los libros bajo el brazo y salía a la mañana. La escuela quedaba a casi cinco kilómetros de casa.

—¡Mwawuka, agogo!

¡Buenos días, abuelo! Saludaba a todos los que encontraba camino a la escuela. En nuestra aldea no podías pasar junto a una persona mayor sin saludarla. Incluso cuando se nos hacía tarde para ir a la escuela, nuestras madres nos recordaban que debíamos ser respetuosos. Si no saludabas, te lo reprochaban antes de que hubieras dado diez pasos.

Harry solía esperarme junto al sendero que salía de la aldea.

—¡Nayamba kukulindizga nimbele!

¡Llevo una eternidad esperándote!… Lo decía con aquella cara de fastidio que ponía.

—¿Wakupatsani udindo wakuti unilindizgenge ninjani?

¿Quién te encargó que me esperaras?

¡Ja, ja, ja! Soltábamos la carcajada y empezaba el camino.

Caminábamos por senderos polvorientos que serpenteaban entre los campos de maíz. Durante la estación seca, la tierra se endurecía y un fino polvo rojo nos cubría los tobillos. ¡Bruuum! Cuando pasaba un vehículo, nos apartábamos y cerrábamos los ojos mientras una nube de polvo se alzaba detrás.

En la estación de las lluvias, el sendero se convertía en otro mundo. La tierra roja se ablandaba bajo nuestros pies. Chap, chap, chap en los charcos. El agua se acumulaba en las hondonadas y a menudo llegábamos a la escuela con la ropa mojada. El maíz crecía alto y verde; cue, cue, cue, cantaban las ranas desde las zanjas, y el aire traía aquel olor intenso y profundo de la tierra húmeda. Nos quejábamos de la lluvia, pero en secreto la disfrutábamos. Chapoteábamos y nos lanzábamos bolitas de barro.

Nuestra escuela estaba cerca del centro comercial. Tenía aulas con pupitres viejos —cucué, cucué al arrastrarlos—, un patio de formación y una campana —¡gong! ¡gong! ¡gong!— cuyo sonido llegaba más allá de las casas más cercanas. Algunas ventanas tenían los vidrios rotos. Las paredes mostraban las huellas de años de lluvia y sol. Pero para nosotros era el lugar donde se suponía que debía empezar el futuro.

Nos formábamos en el patio…

 Oh, Dios, bendice nuestra

tierra de Malawi,

consérvala como una tierra de paz…

 …cantábamos el himno nacional y escuchábamos los anuncios. Ah, qué hermosos días aquellos.

Praise Mk Nkhoma es un joven poeta, escritor, artista de *spoken word* y entusiasta de la literatura, originario de Malaui, cuya obra explora las complejidades de la condición humana. Es autor de *Flowers and Thorns*, un poemario que refleja las contradicciones de la existencia humana. Nkhoma es, además, coautor de *Eyes Glazed With Love* —publicado en agosto de 2024 por Global Visionary Pen Legacy (Malasia)—, obra realizada en colaboración con Zenobia Paguntalan Abiera. Sus textos han aparecido en diversas publicaciones y plataformas literarias, entre ellas *Autumn Magazine*, *All Together*, el *OPA Yearbook 2026* y *Wordsmith International Editorial*. Asimismo, su trabajo ha sido objeto de reconocimiento a través de distintas iniciativas literarias.

 

EL JARDÍN DE LOS MASCARONES DE PROA