Camilo Fernández
Cuando me tocó enfrentar a la muerte, no fue ni parecido a lo que
había fantaseado. No fue de repente, ni en la oscuridad, ni al final de un
túnel. El ángel negro estaba sentado en la galería de mi casa sobre los
escalones, con las piernas cruzadas y las manos sobre el regazo.
Lo más extraño fue la manera en que se materializó. En lugar del
esperado traje negro con capucha y una enorme hoz, se trataba de un muchachito
delgado, de cabeza afeitada y un atuendo un tanto delicado.
Lo miré con desconfianza y en los últimos metros fui disminuyendo
la velocidad. Me detuve a poco más de un metro.
—¿Quién sos? —le pregunté,
con los puños cerrados, defendiéndome de una amenaza que tal vez presentía.
—Algunos me conocen con el nombre de “Ángel Negro”, otros como “La Parca”, aunque para la mayoría
soy “La Muerte” —contestó con voz ronca y pausada.
—Te pregunté quién sos, no a qué te dedicás. —Lo arrebaté
pensando que bromeaba.
—Justo Paredes —respondió en
automático, con cierta vergüenza.
—¿También sos la parca, decís?
—Si.
La sonrisa que me acompañaba se evaporó. Había algo en su
expresión. La calma que irradiaba sólo podía ser sostenida por alguien que vive
más allá del bien y del mal. O tal vez sólo por alguien que está más loco que
una cabra.
—Digamos que te creo —le
dije sin jugármela—. ¿Por qué me esperás?
—¿Cómo sabés que te espero a vos?
—Estás sentado en la entrada de mi casa y vivo sólo. No hay
muchas opciones.
—Podría estar descansando.
—¡Si sos quién decís ser,
no necesitás descansar! —lo apuré aplicando un
clásico ataque preventivo.
—Está bien —susurró,
poniéndose de pie lentamente.
Me sorprendió ver que era más alto de lo que aparentaba. Ancho de
hombros. Vestía una camisa de hilo marrón con detalles en rojo, arremangada.
Pantalón de lino y zapatillas náuticas. Un gentleman suave. Su tono de piel estilo caribeño, parecía sospechosamente
artificial.
—¿No me vas a invitar a pasar?
La puerta principal de la casa se abrió con un sonoro chirrido.
Desde el vano de la puerta, Paredes sonreía.
Volví la cabeza con el estómago comprimido y el tipo seguía a mi lado,
sonriendo. Ambos sonreían.
El pequeño acto de magia me
dejó sin aliento. Miré otra vez de un lado al otro. Me resultó imposible mirar a los dos. Casi olvido
respirar.
—Pasen... —dijo el
visitante y se perdió en la oscuridad.
No encontré excusa para negarme. La respiración me
volvió en un espasmo. Crucé la puerta sintiéndome un
intruso. Ni bien encendí la luz del living busqué al otro con nerviosismo, al
tiempo que invité a Paredes a sentarse.
—No te preocupes que ya no estoy —bromeó. Eligió un sillón de tres cuerpos de la sala y se
recostó ligeramente. Se lo veía divertido. Inspiró con tranquilidad y volvió a
romper el silencio—. Un té estaría bien. El de
frutos rojos me encantaría. —Su expresión no
cambió, pero sus ojos brillaron. Juraría que el muy hijo de puta disfrutaba.
Intenté responder, pero las palabras huyeron. Me dieron ganas de
correr, pero imaginé que no había a dónde hacerlo. Opté por resignarme. De
repente, lo obvio comenzó a preocuparme; ya no tenía dudas de su identidad. Restaba saber el motivo.
Esperé el primer hervor, incapaz de levantar la vista. Retiré la
pava del fuego y serví con cuidado en las dos únicas tazas iguales que tenía. Coincidí con su elección y
tomé dos saquitos de frutos rojos. Por reflejo, giré hacia el comedor para
consultarlo pero Paredes se anticipó.
—Cuatro de azúcar.
Con una taza en cada mano caminé hacia la sala tratando de no
volcar el té.
—Gracias —dijo.
—Dejemos de dar vueltas —me
salió desde lo más profundo—. ¿Qué estás haciendo acá?
—Vine a presenciar tu partida; pero tengo la idea de
interrumpirla.
—Mi partida —respondí con
la voz chillona y entrecortada. Ni siquiera fui capaz de darle tono de
pregunta. Sólo afirmación.
—Sí, tu partida. Tu muerte. ¿Te lo explico mejor?
—¡No! Pero... estoy bien. Soy joven, sano, no molesto a nadie. ¿Cómo puede ser?
—¿Y eso qué tiene que ver?
Te olvidás de lo evidente —dijo encogiéndose
de hombros—. Cuando te toca, te toca.
Sus palabras retumbaron y los oídos comenzaron a zumbarme. Me
tocaba, y por más que no pudiera digerirlo, el tipo no mentía.
—¿Cuánto tiempo me queda? —logré
articular.
—Un rato —respondió—. Aunque ya te dije que tengo la intención de evitarlo.
—¿Evitarlo? ¿Se puede hacer eso? ¿Para quién trabajás vos?
—¿Para quién? —dijo
soltando una carcajada—. Primero que nada, ¿me
ves pinta de alguien que trabaja? Soy solo un pasivo
espectador.
—¿Pasivo? —pregunté
incrédulo—. ¿Vos no te llevás a la gente?
—¿Llevarme gente? ¿Qué te
creés, que me los cargo al hombro? Yo no me llevo a nadie. Puedo identificar al que le queda poco tiempo, lo sigo y
espero. Eso es todo. —Lo dijo como si se hablara
del clima—. No esperes la versión Hollywoodense. Hasta donde yo sé, no
hay nada más —dijo—. Y eso es lo peor.
—No entiendo. Si no existe nada... ¿cómo es que estás acá?
¿Estás muerto, no?
—¿Y de donde sacaste que estoy muerto? —preguntó Paredes
desconcertándome hasta el mareo.
Barajé alternativas con la boca abierta. Lo miré con detenimiento,
buscando algún gesto delator en su expresión. Nada.
—¿Vivo? —alcancé a decir a
un bit de la taquicardia—. Pero entonces, ¿cómo
hiciste el truquito de la puerta?
—Puedo decir que estoy vivo, o casi, aunque este no sea mi cuerpo. Es algo así como un reflejo.
—Respiró hondo—. No estoy del todo acá… —Se encogió de hombros—. Ni del todo
allá.
—¿Puedo preguntar por qué
me contás esto? —le pregunté.
—Porque necesito sacármelo de adentro. Ya no lo
soporto. Descubrí que puedo interactuar con los “casi
idos” desde el momento del inicio de la cuenta regresiva.
—¿Cuánto dura la cuenta regresiva? —Yo sólo apuntaba a lo urgente; sobrevivir.
—A
veces es rápido. A veces… no. Lo que no falla, es que
al llegar los instantes finales la historia se
me revela como un chispazo.
—¿Sabés lo que va a pasarme? —lo ataqué impaciente.
—No. Aún no lo sé.
—¡Al final no sabés nada! ¿Qué carajo pensás hacer?
—Ya te dije que tengo la idea de impedirlo, pero si seguís
con esa actitud puede que solo me siente a mirar.
No
respondí. Al mismo tiempo comenzó a caminar con pasos
cortos por la diminuta sala, lento. Miró los adornos con atención, prestando
especial atención a las fotos que colgaban de las paredes.
—¿No parece que tengas mucho a lo que aferrarte, eh?
La crudeza y veracidad de su comentario me dejó sin habla. ¿Cómo contestarle? ¿Cómo defenderme de la amarga verdad? No
supe qué decir. Miré las fotos. Solo yo, en lugares diferentes.
—No es personal —dijo—. No te estoy
evaluando.
El nudo en la garganta se negaba a aflojar. Mi única reacción fue
un intenso calor en las mejillas y un par de ojos llenos de lágrimas. Un
puñetazo de verdad.
Siguió caminando en círculos sin mirar nada en particular. De
pronto se detuvo con la mirada fija en mí,
observándome con el ceño arrugado. La expresión de su rostro desapareció.
—Es la hora —sentenció.
—¿Ahora que hago? —chillé.
—Esperá. Quieto hasta que yo diga.
Mantuvo la mano derecha en alto, apuntándome con la palma. El
corazón me corría como el de un asustado hámster y opté por hacerle caso.
—¡Levantate! Caminá sin correr hasta la puerta, seguí hasta
la vereda y doblá a la derecha.
—Qué va a pasa...
—¡Vamos!
Caminé sobre unas piernas que apenas me sostenían. Llegué a la
vereda sin aire. Miré a ambos lados y doblé a la derecha. Quería correr, pero
obedecí. Un instante después, un camión recolector de residuos bajó por la
calle a toda velocidad entrando al terreno. El
golpe fue tan violento, que el camión, luego de incrustarse contra la escalera,
dio una vuelta de campana y derrumbó parte del ingreso y la sala.
Tuve que sentarme en la vereda porque las piernas se negaron a
sostenerme. Logré pararme y avancé unos pasos en dirección a la casa pensando
en Paredes. Calculé que aún estaba dentro.
—No te preocupes —me
susurró al oído—. No te olvides que nunca
estuve en tu casa.
—No me preocupo.
—Estás libre. Puedo ver que ya no estás en peligro. Tu
sentencia desapareció. Ahora lo único que te falta es cumplir con tu parte, un
pequeño favor. —El susurro meloso me caló
hasta los huesos—. Apuremos, no sé bien por cuánto tiempo voy a
poder interactuar con vos.
—¿Qué favor? ¿A dónde
querés ir?
—Acompañame al hospital. Necesito que termines con mi sufrimiento. Es lo único que pido. Está cerca. Hospital Provincial. Segundo piso. El resto lo
imaginás. ¡Por
favor, no aguanto más!
—¡Dejate de joder! —le dije
a la defensiva—. Yo no me meto en eso.
—Me lo debés por salvarte. ¿Qué clase de persona sos?
—No soy de lo mejor y lo sabés. ¿Además, no es que sólo
podés interactuar con los condenados? Estimo que no te queda mucho tiempo para
“interactuar” conmigo —le dije enfatizando la
palabra “interactuar”.
Me miró con los ojos abiertos de asombro.
—¡Andá a la puta que te parió! —Alcanzó a decir antes de desaparecer.
Me
quedé solo en la vereda. A lo lejos, una ambulancia dobló en la esquina. No
supe por qué… pero comencé a caminar. Seguí caminando.
Cuando
entré al hospital, ya era tarde para arrepentirme.
Camilo Fernández
nació en la ciudad de Córdoba en 1975 y actualmente reside en la localidad de Saldán,
al pie de las Sierras Chicas. Es un apasionado lector de novelas y cuentos de escritores
de todo el mundo desde que tiene memoria. Sus preferidos de la infancia y la
juventud fueron Stephen King, Edgar Alan Poe, Julio Cortazar, Horacio Quiroga y
Charles Bukowski. Estudió Administración y Negociación, especializándose en
Recursos Humanos. Su trabajo durante el día es gerenciar de una empresa especializada
en la selección, evaluación, adiestramiento y desarrollo de profesionales para
distintas áreas, compañías e industrias. A la noche, en tiempos robados a
cualquier otra actividad, se convierte en escritor. Los múltiples viajes
realizados en diferentes momentos de su vida fueron moldeando su pasión por la
escritura y por las historias localizadas en los lugares que capturaron su
mirada, como Paris, Londres y New York, pero también los pueblos perdidos de la
Argentina, de los Estados Unidos y México. Ama recorrer las rutas en auto, lo
que recientemente le agregó el descubrimiento del mundo de las dos ruedas. No
obstante, los intereses de Camilo no se limitan a lo ya señalado, ya que,
cuando puede desarrolla sus otras aficiones: la construcción, la herrería y la carpintería.
