Bronislava Volková
—De todos modos, yo
no usaría anillo —dijo él—. No uso joyas.
—¿Usas sueños? —preguntó ella.
—No —respondió él—. Prefiero las
películas de suspenso. Tengo miedo. Y tengo mucho poder y no pienso renunciar a
él por nada ni por nadie. Puedes vivir conmigo si estás dispuesta a contribuir
con la mitad de los gastos, pero hasta ahí llego.
—Estás manchando el sueño de mi
corazón —dijo ella.
—Solo quiero lo que es justo y
realista —dijo él—. Tampoco regalo flores. No tienen valor ni duran lo
suficiente para que me tome la molestia. Además, no son masculinas. Yo solo
regalo alcohol. Tal vez te dé flores una o dos veces al año para que no te quejes
demasiado (las mujeres son tontas), pero eso es todo. Lo tomás o lo dejás. La
vida es dura y hay que encontrar belleza en las cosas cotidianas. Los autos y
la televisión, el básquet y el fútbol, por ejemplo, las computadoras y las
hamburguesas, y el simple hecho de que estamos envejeciendo. Vivimos en una
sociedad muy tecnológica y hemos pasado por demasiadas cosas como para
contemplar flores y ponernos románticos con ellas.
—Me gustaría ser tan pequeña como
un pulgar y sentarme junto a tu corazón durante todo el día, acariciarlo y
darle masajes para que entrara en calor y se descongelara. A veces te llevarías
la mano al corazón, me recogerías en la palma y jugarías conmigo. Te reirías,
me acercarías a tu rostro y soplarías sobre mí; yo me reiría y tú también
sonreirías. Sería nuestro juego. Después me acariciarías por todas partes y me
besarías. Desde la coronilla hasta los dedos de los pies. Y cuando quisieras
hacerme el amor, pronunciarías ciertas palabras mágicas para que yo adquiriera
el tamaño apropiado para ti. Y seguirías acariciándome mucho después de que
hubiéramos terminado. No podrías detenerte nunca. Luego, cuando llegara el
momento de ir a trabajar, me guardarías en el bolsillo y mantendrías la mano
sobre él para alegrarte el día con mi calor. Cuando te olvidaras, saltaría y me
sentaría sobre tu nariz para ver casi todo con tus ojos. Y cuando las cosas se
pusieran realmente difíciles, me colocarías sobre la mesa, frente a ti, y
hablarías conmigo. De ese modo, nada saldría mal jamás.
—Soy un gran hombre, aunque no me
gusta que me elogien por eso. Tengo sentido del humor y puedo conseguir que
cualquiera haga lo que quiero (poder mental), y amo a las mujeres y a los
perros. Hasta sé jugar con los niños. Comen de mi mano. Soy muy encantador y sé
beber. Unas cuantas cervezas al día nunca mataron a nadie. Espero que mi
barriga te parezca sexy. Me gusta la estrategia. Soy un luchador. Un misil
intercontinental. Sé complacer a las mujeres y nunca me falta su compañía. Soy
deseable y cotizado. Todas esas mujeres que ves allí te envidian ahora, porque eres
mi elección actual. Sé cómo son las cosas y puedo conseguir que cualquiera me
aprecie si me lo propongo. He hecho grandes cosas en esta vida.
—Canto porque no tengo nombre y,
cuando mis ojos se cansan del sonido, los cierro y parto en busca de otro.
Bronislava Volková es una poeta bilingüe
checo-inglés, semióloga, traductora, artista de collage, ensayista y profesora
emérita de la Universidad de Indiana en Bloomington, EE. UU. Se exilió de la
Checoslovaquia comunista en 1974. Es autora de aproximadamente cincuenta libros
en varios idiomas. Mirando las aguas es su libro de poemas selectos, publicado
en español en Buenos Aires en 2020. Actualmente se está preparando una nueva
edición ampliada para Amazon.
