Mostrando entradas con la etiqueta Alex S. Johnson. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Alex S. Johnson. Mostrar todas las entradas

martes, 1 de septiembre de 2026

ALICE

Alex S. Johnson

 

Hay cierto ritual, cierta manera de ser ella que a la vez la revela y la oculta. Siente que se le corta la respiración, como si alguien le hubiera pisado el empeine. Se siente vulnerable, pero no tiene miedo porque los tranquilizantes le calman la mente, la envuelven en un baño de algodón, la apaciguan y reconfortan.

Y entonces entra en la sala y sabe que el mar atmosférico está llegando, porque vio los informes de las noticias y no dejaba de esperar que dijeran algo sobre Tony. Pero Tony estaba... Tony se había ido, así, sin más, como si nunca hubiera existido.

Era cierto que él y ella nunca habían sido muy cercanos, salvo durante aquel verano, pero descubrieron que compartían el amor por De Kooning. Algo en la serie «Woman» conmovía a ambos, la manera en que los pasteles estaban embadurnados, el rostro de la mujer contorsionado detrás de otra capa de máscaras sobre máscaras.

Encontraron claridad detrás de la pared de copas de vino a través de la cual se espiaban aquella noche tan tranquila y, al día siguiente, como un preludio, él se había ido, un preludio musical.

Ella pensaba que debían de haber sido primos. Pensaba que debían de haberse conocido en el pasado, quizá en otra vida. Pensaba que en aquella otra vida él había sido Alice y ella Tony. Pensaba muchas estupideces.

Había llegado el momento, el momento de adornarse con la máscara. Por supuesto que se había preparado, se había preparado detrás de la máscara que le presentaban los espejos, pero siempre había algo sutilmente equivocado, quizá alienígena, en la base de maquillaje, que hacía que el colorete y todo lo demás, todo lo demás, resbalaran sobre su rostro, cayeran y tropezaran, tropezaran y cayeran.

Se sentía mareada. Metió la mano en el bolso y aferró el frasco. Era un frasco verde de medicamentos recetados y había tironeado y arrancado la etiqueta con las uñas, que estaban ligeramente descascaradas y quebradas y, oh, ¿por qué no iba a una manicura, por qué no se las cortaba? Algo se había desplazado, algo había resbalado, y sentía inestables los tacones bajo los pies y el vestido de cóctel debía de estar puesto al revés, porque las miradas y las sonrisas astutas que percibía por el rabillo del ojo le mostraban, le decían, le revelaban que Tony ya no estaba en el aire.

El mar atmosférico también había aparecido aquel día y se lo había llevado en forma atómica, partes de él arrastradas, partes de él demoradas, del mismo modo que ella se preguntaba si los viajes en avión no dejaban varadas versiones nuestras de líneas temporales alternativas en diversos puntos de intersección... quizá una Alice más ingeniosa, menos frágil, más mundana estuviera sentada en un café de París o Ámsterdam y ¿seguirían existiendo los cafés de hachís? Siempre se lo había preguntado, había experimentado un poco en la universidad, pero ahora que era adulta, que estaba ahí afuera por su cuenta, aquello le parecía algo superficial y fuera de su alcance. No comprendía nada, no veía nada y no parecía aprender nada sobre sí misma. Pensó en empezar de nuevo, regresar a casa y conseguir un trabajo en la zona. Cualquier cosa. Ser práctica. Ahorrar algo de dinero. Pero había insistido en marcharse y seguir adelante en la Gran Ciudad, y ahora subalquilaba un lugar que sabía que no podría pagar.

Aunque tampoco estaba bien regresar a Poughkeepsie con el rabo entre las piernas. ¿Qué iba a hacer, quedarse en el sótano viendo dibujos animados los sábados por la mañana y comiendo cereales de chocolate como durante su adolescencia suburbana?

Tony estaba sentado dentro del enjambre atmosférico. Ella vio su sombrero revolotear a través de los ojos de su médula y después él estaba sobre la mesa y luego ya no podía verlo con claridad, estelas de vapor azul bailando en los bordes de su visión. Y después se había ido, ido, ido, por el sendero blanco del conejo, ido.

Se había puesto el vestido de fiesta aunque en realidad no era esa clase de fiesta, si entienden a qué me refiero, y podía sentir los ojos sobre ella, el juicio; ellos sabían que ella no encajaba allí y pronto tendría que empezar a inventar excusas o sencillamente marcharse, de manera abrupta, y si en realidad nunca la habían querido allí, sin duda todos exhalarían un suspiro de puro alivio: oh, miren, esa ya se fue, todo en ella estaba mal, no era ingeniosa, no era la adecuada, era aburrida con su vestido de cóctel... una flor de pared vestida para emerger por las grietas pero cayendo cada vez más y más hacia el interior de la estela de vapor, y Tony estaba allí, al final de la estela, con algo en la palma, algo apretado en la palma, y ella no quería verlo...

No quería ver el guion... su guion, despertar ahogándose con el lodo de pastillas que su cuerpo había asimilado increíblemente una y otra vez, aunque... Tony tenía el frasco de pastillas en la mano y se lo empujaba delante de la cara: mira la dosis, querida, mira aquí, ahora ya es demasiado tarde...

El río atmosférico corría a través de su médula y el dolor se abría paso a martillazos por su garganta, pero no encontraba una salida, no encontraba por dónde escapar, y entonces ella quedó sola entre los brazos del vapor azul.

Apodado "el Baudelaire de nuestro tiempo" por el padrino del cyberpunk John Shirley (guionista principal de la película de culto de terror El Cuervo), Alex S. Johnson es autor de numerosas obras de ficción, ensayos y poesía, y su obra se encuentra archivada en la Biblioteca Widener de la Universidad de Harvard, que también alberga los Primeros Folios de William Shakespeare. Entre sus colaboradores se encuentran Sandy DeLuca, Jarboe, Pickles, Tricia Warden, Nicole H. Sixx, Juliet Cook, Michael A. Koby y Pat Cadigan. Ha sido entrevistado por R.U. Sirius, cofundador de la revista Mondo 2000, y por John Maggiore del programa de YouTube Maggiore on Bowie. Johnson vive en Carmichael, California, con su familia.

 

 

sábado, 15 de agosto de 2026

LA FÁBRICA DE MÁSCARAS

Alex S. Johnson

 

Fue más la idea de una fábrica de máscaras que su realización concreta la que zanjó el debate tácito entre los dos hombres.

Digo “tácito” porque la idea permanecía entre ellos, y en el aire del estudio de Hauptmann, como un animal, quizá un perro pequeño. De esos animales excesivamente dependientes, sumisos, dispuestos a hacer cualquier cosa por complacer a su amo. En algunas razas esa dependencia alimenta las semillas de la violencia; en otras, vuelve al perro inútil para cualquier cosa que no sea dormir. Pero el proverbial perro echado sobre la alfombra no era inútil… al menos, este no lo era.

—Ha llegado la hora de actuar —dijo Hauptmann de improviso, aplastando su habano, todavía a medio consumir, contra el cenicero y golpeándolo una y otra vez con fuerza brutal.

Ese gesto le pareció innecesario a su interlocutor, Georges Gleese, y presagiaba un estallido de veneno personal.

—No podemos empezar a fabricar máscaras… —comenzó Gleese—. Al menos, todavía no. Podríamos experimentar con “personae” y luego, si conseguimos patrocinadores… entonces…

Pero el esfuerzo fue tibio, y pronto guardó silencio.

—No.

—¿No?

—No. No me refería a fabricar máscaras… una idea excesivamente simple, vuelta todavía más banal por tu deslucida descripción. Necesitamos vigor, señor… vigor… Yo deseo fabricar fábricas de máscaras.

—Es un proyecto imposible —dijo Gleese.

En la penumbra parecía un muchacho rubio, joven y disoluto, aunque había alcanzado los cuarenta y cinco años.

—Nunca funcionará. Mi concepto es práctico, aceptable, realizable… De hecho, ahora mismo puedo pensar en media docena de personas con las que podríamos hablar hoy mismo y que estarían encantadas de participar. Imagínelo, mi querido Hauptmann… máscaras encontrándose con máscaras. Máscaras proliferando… y no solo “personae”, sino máscaras físicas, sólidas, entrelazadas con esas “personae”… Podríamos emplear nanotecnología y metafísica, reajustar las “personae”, ¿comprende? Necesito una copa.

—Creo que aún queda un poco de sangría en el decantador de la cocina, aunque la criada parecía medio muerta la última vez que la vi —dijo Hauptmann, encogiéndose de hombros—. En realidad, estoy casi seguro de que ya está completamente muerta. Ya sabe… pertenece al linaje de Schrödinger.

—Ah, sí, Irwin… Un hombre mágico, verdaderamente extraordinario. Sus experimentos mentales con el boxeo de sombras…

—Ese era Arnold Schoenberg.

—No, está pensando en el compositor.

El perro se incorporó y comenzó a rascarse… un leve sonido de uñas que precipitó el estudio en una oscuridad de otro mundo. A través del muro de ébano, rostros de una luz deslumbrante y de inmensa intensidad fueron desprendiéndose de las sombras.

—Creo que empiezo a comprender su punto de vista —dijo Hauptmann—. Es usted más sabio y extraño de lo que imaginaba. Lo creía aquel joven ingenuo que me seguía a todas partes y espiaba mis encuentros amorosos con aquella Jezabel…

De pronto se puso de pie y, con una mueca siniestra que parecía parpadear en colores de Technicolor, le propinó una bofetada a su invitado.

—¡Dios mío! ¿A qué ha venido eso?

—La verdad es que no estoy seguro —respondió Hauptmann—. Estoy sinceramente desconcertado por mi propio comportamiento. Nunca he sido propenso a la violencia.

—Quizá se trate de un trastorno neurológico —aventuró su invitado.

—¡Jamás! —tronó Hauptmann.

Se dirigió al armario, sacó una escoba y la blandió.

—Ni una palabra más…

—Su estado lo está volviendo imposible, filosófica y epistemológicamente hablando —dijo su invitado—. Lo veo a usted engullido por las sombras mientras yo entro en la luz que emana de estas máscaras…

Gleese extendió la mano hacia la claridad que brotaba de los ojos de las máscaras y extrajo de ella una cuerda de neón con la que inmovilizó rápidamente a Hauptmann, rodeándole todo el cuerpo.

La multitud de máscaras estalló como una ristra de fuegos artificiales y, en el instante mismo de extinguirse, cada una pronunció un monólogo tan exquisito como, paradójicamente, insoportablemente banal.

—Lo que quería decir —comentó Hauptmann— es que he cambiado de opinión. Vuelvo a mi idea original… la fabricación masiva de fábricas de masas, primero a escala local y luego creciendo… creciendo… creciendo.

El rostro de su invitado volvió a hundirse en las sombras. El hombre más joven tomó su bastón de caoba con empuñadura de bronce.

—Bueno, viejo amigo, ha sido tan inquietante como siempre. Nos veremos de nuevo en el Café du Monde.

—Naturalmente.

Apodado "el Baudelaire de nuestro tiempo" por el padrino del cyberpunk John Shirley (guionista principal de la película de culto de terror El Cuervo), Alex S. Johnson es autor de numerosas obras de ficción, ensayos y poesía, y su obra se encuentra archivada en la Biblioteca Widener de la Universidad de Harvard, que también alberga los Primeros Folios de William Shakespeare. Entre sus colaboradores se encuentran Sandy DeLuca, Jarboe, Pickles, Tricia Warden, Nicole H. Sixx, Juliet Cook, Michael A. Koby y Pat Cadigan. Ha sido entrevistado por R.U. Sirius, cofundador de la revista Mondo 2000, y por John Maggiore del programa de YouTube Maggiore on Bowie. Johnson vive en Carmichael, California, con su familia.

 


domingo, 12 de julio de 2026

PERTENENCIA

Alex S. Johnson





 

La pálida luz color miel y limón golpea los arcos de piedra caliza. Entre el gris pizarra y el verde, según sus múltiples estados de ánimo, el Sena cambia de color.

Se oye el estridente graznido de los turistas desde los barcos cargados de extranjeros que pasan deslizándose río abajo; el oleaje golpea los muros del muelle. Macey Kahill siente esas ondulaciones dentro de sí... ella no pertenece a los turistas, a la vociferante horda del vulgo, a los de afuera. Está muy lejos de aquella adolescente torpe, un poco regordeta, quemada por el sol y cubierta de picaduras de abeja, avergonzada de un padre que vendía anfetaminas desde el cobertizo del bosque y de una madre conocida como «la fácil del pueblo».

Ahora es francesa, artista de performance y periodista de verdad. En su biografía antes mencionaba con orgullo «dos años de periodismo en la escuela secundaria», pero hace tiempo eliminó esa línea. Su falta de estudios formales ha quedado eclipsada por el prestigio cultural que posee hoy.

Pasa las páginas de la revista con desgano. Los diminutos sauces de Vert Galant tiemblan con la brisa. El agua golpea suavemente el malecón. El lejano zumbido del tráfico de la orilla derecha, amortiguado por la distancia. Recuerda a Baudelaire y Correspondencias.

Sentada sobre la piedra caliza del muelle e imaginándose en otra parte... un zumbido en los pulmones, en la cabeza, diminutas campanas tintineando... miles de alas... ¿de dónde han salido?

Pasos sobre la piedra antigua... huecos, resonantes. Fragmentos de conversaciones en distintos idiomas llegan flotando desde el puente.

Ha traído el almuerzo. Tiene una hora... la revista le hormiguea entre las manos... tan exótica... se aferra a las palabras; el idioma adquiere de pronto una nitidez absoluta y luego vuelve a escapársele, arrastrado como una barcaza por el río, llevado por las alas, las muchísimas alas...

Otra vez esa palabra, vista en una librería de la Nueva Era: pertenencia. Una manifestación. Un descenso hacia la mente de la colmena.

Hoy es francesa.

Ayer, hace una hora y hace quince minutos estaba de pie mirando el barro. Se sentía atrapada, deformada, como los pies de una estatua hundidos en cemento. Pero ahora... ahora sí... musgo húmedo junto al río... un tenue olor mineral... diésel de un barco que pasa... tierra mojada del pequeño parque situado en la punta de la isla.

Macey siente agitarse la colmena; hay algo en el aire que vibra con una ligera disonancia. Se incorpora, sacude de su falda migas de sal y polvo gris de piedra y continúa. Según el mapa de la revista, este es el Quai de l'Horloge, detrás de Notre Dame.

Los enormes arbotantes se elevan como costillas.

Las suyas le duelen; cada respiración la atraviesa como un puñal... jadea como un maldito animal... qué vulgar, qué poco francés. En casa se reirán de ella. En casa la conocen. Nunca fue precisamente la más brillante. Los muchachos se fijaban en ella simplemente porque no sabía decir que no, si quería salir con alguien. Pero cada vez se sentía explotada. La llenaban. La usaban. Un aborto a los catorce años. Muchos más después. Todo clandestino, por culpa de la religión. Sus padres creían en eso... en un Dios salvaje con el que bebían ginebra... y luego la reprendían y la humillaban... ella sabía que no pertenecía a los elegidos... al menos todavía no.

Las sombras se acumulan bajo los arcos del puente. Los corredores dejan tras de sí cintas de luz; sus ropas brillantes contrastan con la piedra apagada. Las palomas que sobresaltan estallan hacia el cielo.

Hoy es francesa.

Una vez más.

Saborea las palabras, su verdadero linaje, el lugar al que realmente pertenece. Nunca más el apareamiento frenético en los baños de los clubes, varios hombres al mismo tiempo, remolinos de carne, el corazón desbocado por las anfetaminas y el éxtasis... nunca más... ahora conoce su propio valor. Aspira el aire con confianza y busca un cigarrillo. Inhala las campanas de Notre Dame: a veces un toque aislado. Otras, un repique completo. Qué condenadamente sofisticada parece ahora. Qué atractiva.

El golpeteo rítmico de las zapatillas de los corredores. El murmullo grave y constante del río. El acordeón de un músico callejero que desciende desde el muelle superior.

Otra vez ese zumbido...

¿Dónde comienza?

Se deposita como el limo, como un juicio final, como una borradura. Una sombra cae sobre el muelle de piedra caliza... la unión de la luz y la oscuridad... tonos grises... paneles... nodos... abejas...

Ahora están llegando.

Y huelen a piedra caliente bajo el sol y al tenue dulzor de limón y azúcar de las crêpes de un puesto cercano.

Aquí el olor de las algas del río se vuelve más intenso. Las abejas anuncian su presencia: La tempête qui batte.

No son extrañas en su mundo. Las ha visto antes. Muchísimas veces. El altar que construyó. El vínculo que creó sobre la comunidad. La invocación. Fue entonces cuando oyó con mayor claridad el zumbido. El humo de un cigarrillo desciende desde la calle y se mezcla con el suyo.

Se sienta otra vez y abre la revista una vez más. La ha leído tantas veces... ¿cómo pudo pasar por alto aquello?... abejas asesinas procedentes de Sudáfrica... y la ciudad parece inhalar junto con ella. Tose, carraspea, escupe una flema espesa y aplasta el cigarrillo bajo el taco.

El estrecho puente cubierto de candados brilla como una hilera de diminutos insectos metálicos. Las diminutas campanas microscópicas. Vivas. Pululando. Llenándolo todo. Hoy es francesa.

Las tranquilas fachadas residenciales de la Île Saint-Louis: piedra color crema, hierro forjado, ventanas con postigos. Vuelve a toser. Una abeja atrapada en su garganta. Pero no hay abejas en ninguna parte. Levanta la vista y se encuentra con los ojos de decenas de gatos apostados en los alféizares de las ventanas. El río se ensancha a ambos lados, abriendo sus piernas de prostituta. Un viejo puente cruje bajo sus pies.

Un perro ladra desde el balcón de un apartamento. Dentro de ella se multiplican hambres inmensas... es omnívora y lo sabe todo.

El suave entrechocar de platos procedente de cocinas invisibles. El tono del río-prostituta se vuelve más grave a medida que se ensancha.

Hoy es francesa, y una prostituta que atrae a las abejas hacia su miel. Huele a levadura... pan recién horneado de una boulangerie cercana. El picor en la nariz del detergente de la ropa que llega desde las ventanas abiertas.

El aire del río, aquí más fresco y limpio. Limo. Humedad. Entre sus piernas los deseos sedimentan, rezuman, se arrastran, serpentean, se doblan. El zumbido resuena... y resuena... y resuena...

Un tenue aroma a café llega desde las cafeterías que tiene por delante.

Entre islas.

Entre identidades.

La Brasserie de l'Île Saint-Louis.

Toldos rojos, manteles blancos, camareros con chalecos negros.

Se instala en una mesa, pide un café express y espera que el francés que aprendió por internet sea suficiente. El camarero hace lo que ella imagina que es una moue de desagrado... aunque Macey no tiene del todo claro qué significa exactamente esa palabra. Los vecinos leen el periódico; los turistas sostienen guías con títulos como This Way to the Hives y Bee Magick.

El río resplandece justo al otro lado de la terraza. Viejos carteles enmarcados en el interior: nostalgia parisina. El tintineo de las tazas de porcelana. Debajo, más colmenas. Más enjambres. Más carga mental.

El chirrido de las sillas metálicas sobre el pavimento de piedra. Los camareros de ocho ojos cantando pedidos en un francés vertiginoso. El murmullo de las conversaciones, interrumpido por risas que se desintegran dentro de la colmena.

Agitándose. Elevándose. Viva. Suspendida.

El espresso recién hecho: aroma de frutos secos, intenso. Pero hay abejas en él. También en la mantequilla de los croissants y las tartines. Una tenue nota alada, cítrica, vibra sobre las mesas pulidas. El aliento fresco del río se mezcla con el aire cálido del café.

Pertenencia.

En el Pont Marie, los viejos zapatos del puente, remendados y desiguales, mientras las abejas se estrellan contra sus muslos. La orilla izquierda se abre ante ella: puestos de libros, ciclistas, estudiantes. Barcazas amarradas junto al malecón ramero, algunas convertidas en viviendas.

Las alas de la luz del sol destellan sobre las barandillas metálicas. La campanilla de una bicicleta se funde con las diminutas campanas y el zumbido furioso. El golpe de una amarra contra el casco de una barcaza.

Un músico callejero afina una guitarra.

La voz del río suena aquí con más fuerza, más insistente. La colmena sigue creciendo, plegándose dentro de otras colmenas como una fábrica que produjera muñecas rusas recursivas... asfalto caliente... el sabor metálico del agua del río.

El Jardín de Esculturas Tino Rossi.

Esculturas abstractas: curvas, ángulos, vacíos, proyectando sombras extrañas. Sombras monstruosas, insectoides, equivocadas. Incrustadas en otras dimensiones.

Bailarines practicando tango junto al río. Estudiantes dibujando sobre el césped. El resplandor del río, sonoro como un enjambre, al atardecer.

La música del tango brota de altavoces portátiles. Las risas de los grupos que hacen picnic... y luego el pánico cuando llega el enjambre latino.

Hoy es francesa... y las alas hacen thump thump thump dentro del tambor hueco de su cabeza...

Aujourd'hui, elle est française.

Apodado "el Baudelaire de nuestro tiempo" por el padrino del cyberpunk John Shirley (guionista principal de la película de culto de terror El Cuervo), Alex S. Johnson es autor de numerosas obras de ficción, ensayos y poesía, y su obra se encuentra archivada en la Biblioteca Widener de la Universidad de Harvard, que también alberga los Primeros Folios de William Shakespeare. Entre sus colaboradores se encuentran Sandy DeLuca, Jarboe, Pickles, Tricia Warden, Nicole H. Sixx, Juliet Cook, Michael A. Koby y Pat Cadigan. Ha sido entrevistado por R.U. Sirius, cofundador de la revista Mondo 2000, y por John Maggiore del programa de YouTube Maggiore on Bowie. Johnson vive en Carmichael, California, con su familia.

 

martes, 16 de junio de 2026

EL FUNERAL DEL MUNDO

Alex S. Johnson

 

Monsieur Trifage caminaba de un lado a otro por su estudio.

Los paneles de caoba de las estanterías atrapaban la luz de la lámpara y la devolvían en destellos semejantes a diminutas dagas reflejadas en sus gafas sin cristales.

Se encogió de hombros, se quitó las gafas y las dejó colgando mientras se frotaba los ojos.

Las explosiones de fosfenos hicieron girar estrellas ante su vista... Y entonces apareció el fantasma de ella en el revestimiento de madera. Le señaló su propio reflejo en el barniz pulido, un reflejo que comenzó a transformarse en un minotauro.

—Esto no es natural ni correcto —dijo Monsieur Trifage a su reflejo.

—Naturalmente, ahora todos somos minotauros —respondió Gabrielle.

Había sido su amante, muerta en un incendio muchas décadas atrás. Creía haber desterrado de su mente todo recuerdo de ella, pero ahora parecía que aquellos intentos solo habían despertado un ejército de fantasmas que giraban ante sus ojos en remolinos de humo. Miró a su alrededor para comprobar si había provocado algún incendio en el despacho y recordó la historia de Thomas De Quincey apareciéndose en la planta baja ante sus hijas entre risas, el autor de Suspiria con el cabello en llamas, atrapado en un sueño opiáceo mientras estaba despierto.

Pero no había ningún resplandor de fuego. Y, sin embargo, podía oler el humo.

—Es un funeral mundial —dijo Gabrielle. Su acento francés estaba impregnado de matices de rosa, bergamota y otras notas más oscuras—. Estamos recentrando el mundo; reestructurándolo. Reformateándolo. Las redes neuronales están acoplándose al ciberespacio y abriendo paso a los de abajo.

Observó que había hablado en español y no en francés, afirmando claramente que «los de abajo» estaban a punto de alcanzar la supremacía. Sin embargo, en su mente él oyó les maudits.

Los Malditos.

—¿La muerte te ha concedido conocimientos especiales? —preguntó. El erudito que había en él estaba reemplazando al temeroso solterón.

—No —respondió ella, y su voz era como un pozo profundo—. Aunque, pensándolo bien, no estoy muerta.

No estaba muerta.

La garganta se le llenó de polvo mientras el estudio se poblaba de más figuras espectrales. Figuras del pasado. Algunas históricas, como Julius Caesar y Jesús. Le pareció incluso distinguir a su difunta gata, Suzie Dear, entre aquella multitud. Extrañaba a la persa que se frotaba contra sus piernas durante aquellas largas horas de estudio mientras él se sumergía en manuscritos escritos en urdu antiguo y en ciertas lenguas habladas únicamente por los ángeles.

—El Funeral Mundial ha comenzado en serio —dijo Gabrielle—. Y tú tienes un asiento en primera fila.

El erudito comenzó a llorar, pero una de las figuras quizá era Jesús, no estaba completamente seguro, extendió una mano al final de un brazo excesivamente largo.

—Llevan muertos mucho tiempo —dijo con una voz de cenizas y corcho quemado.

—¿Quiénes?

—Todos ellos. Muertos en sus corazones y, por lo tanto, muertos para todos los efectos prácticos.

—¿Estaba todo esto... predestinado? ¿Lo puso Dios en marcha? Una vez leí en un cuento de Jorge Luis Borges...

—Dios no tuvo nada que ver con ello —respondió Jesús—. La verdad es que los deístas tuvieron razón desde el principio. Dios es un relojero, un mago menor para nosotros. Puso el reloj en movimiento y abandonó el lugar...

—Creía que eso era la Cábala luriánica.

—También.

—Sin embargo, no me siento triste. Pensé que me sentiría así...

—La muerte no es un final. Es un espacio como esta habitación o como tu dormitorio, donde no lograste conquistar el corazón –aunque sí el cuerpo– de Gabrielle Saint-Coeur.

—¿Cuándo terminará el funeral?

—Comenzó antes del alba de los tiempos y continuará hasta que finalmente se agote la cuerda del reloj.

—Ah, ya veo. ¿Y nosotros?

—Encontraremos maneras de ocupar el tiempo. ¿Tienes un juego de ajedrez?

Mais naturellement.

—Bien, entonces. Yo prefiero las negras. ¿Coñac?

—Hay una botella en el gabinete.

—Entonces comencemos la partida.

Apodado "el Baudelaire de nuestro tiempo" por el padrino del cyberpunk John Shirley (guionista principal de la película de culto de terror El Cuervo), Alex S. Johnson es autor de numerosas obras de ficción, ensayos y poesía, y su obra se encuentra archivada en la Biblioteca Widener de la Universidad de Harvard, que también alberga los Primeros Folios de William Shakespeare. Entre sus colaboradores se encuentran Sandy DeLuca, Jarboe, Pickles, Tricia Warden, Nicole H. Sixx, Juliet Cook, Michael A. Koby y Pat Cadigan. Ha sido entrevistado por R.U. Sirius, cofundador de la revista Mondo 2000, y por John Maggiore del programa de YouTube Maggiore on Bowie. Johnson vive en Carmichael, California, con su familia.

 

UN MONTÍCULO DE PIEDRAS PLANAS