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viernes, 9 de octubre de 2026

UNA VIEJA GIGA

Massimo Citi

 

Fuera de la ventana, el prado está húmedo por la lluvia, reluciente hasta el corte nítido del horizonte.

Mientras toca, lo contempla. Levanta la cabeza para subrayar el movimiento del arco, aprieta los labios y entrecierra los ojos hasta transformar el mundo en un dibujo infantil de luces y sombras. No hay nadie que lo escuche. Toca siempre la misma melodía, una vieja balada oída quién sabe dónde y apenas recordada, sin partitura, sin otro ritmo que el de sus pies golpeando el suelo de cemento. Lleva unos zapatos gruesos, incrustados de barro seco, y un viejo suéter demasiado holgado.

No consigue librarse de aquella música; incluso cuando deja de tocarla, se descubre silbándola o tarareándola.

Se detiene por cansancio y vuelve a guardar el violín en su estuche, junto al arpa pequeña y la guitarra. Quería anotar algunas ideas para una música teatral, pero desde hace una semana solo consigue repetir una y otra vez aquel fragmento musical oído quién sabe dónde.

El equipo de música está siempre encendido cuando trabaja: pone las sonatas para violín de Bach a un volumen insoportable y, mientras se prepara algo para comer, intenta ahogar en su mente el ritmo saltarín y las notas prolongadas de la pequeña balada. Parecería música irlandesa o, en todo caso, celta, pero también podría ser asturiana, bretona o quién sabe qué otra cosa. Está harto de la música étnica; durante algunos meses casi no ha escuchado otra cosa: desde cantos javaneses hasta reelaboraciones electrónicas de música india. Pero algo ya no funciona dentro de él. Quién sabe qué. Al piano, con la guitarra, siempre tiene la sensación de estar imitando, copiando, repitiendo. De vez en cuando garabatea algo, lo graba y vuelve a escucharlo y, al oír aquellas pobres notas, crece en su interior una rabia absurda, un deseo ciego de destruirlo todo, hacer pedazos los instrumentos y marcharse a cualquier sitio.

Se ríe en voz baja: debería marcharse a un lugar donde ni él mismo pudiera encontrarse, un lugar donde olvidarlo todo. Sobre la mesa baja donde guarda el papel pautado hay unas bragas de mujer color verde agua, abiertas y cuidadosamente extendidas. ¿Es ella lo que le hace falta? Las conserva allí como un trofeo o quizá como el único resto de un naufragio, como si quisiera desafiarse a sí mismo. ¿Quieres sufrir? Pues mira, esto es lo que te queda de ella; las habrá olvidado quién sabe cuándo, una de esas veces que la trajiste hasta aquí arriba para follar, para follar y nada más. Total, con ella no había otra cosa que hacer ni que decir.

Injusto, cruel.

Pero, por favor: Liliana es una idiota. Idiota incluso cuando lo dejó –tan seria–, como si lo de ellos hubiera sido algo serio. Ella no distinguía un contrabajo de un saxofón y decía «bonito» de cualquier cosa, tanto de un caniche como de Terry Riley; mejor dicho, «boniiiito», con una i que parecía no terminar nunca.

La conoció después de un concierto: el polvo al final era inevitable y parecía que todo acabaría allí. Pero ella siguió apareciendo después, encontrándose por casualidad en los mismos lugares donde estaba él. Él no la buscaba; incluso le daba vergüenza llevarla consigo, inculta como era, siempre un poco sorprendida pero nunca realmente atenta, nunca realmente capaz de sentir algo en serio. Cuando cerraba los ojos para escuchar una hermosa melodía, ella era capaz de preguntarle si se estaba durmiendo. Y, sin embargo, era agradable oírla respirar a su lado, verla dormir, con un brazo abandonado fuera de las mantas y la mano ligeramente abierta, de dedos delgados y claros.

Pero él no es del tipo que sirve para vivir en pareja: verse envejecido en otro rostro, vivir trazando círculos cada vez más estrechos, como un avión que se precipita.

Y ahora ella le ha dejado además la duda de que la desprecia tanto para no sentir dolor. Pero le ha arrebatado la iniciativa, ¿cómo puede perdonárselo? Fue ella quien lo dejó cuando era él quien tenía todos los motivos para hacerlo. Y hasta los cultivaba con una especie de obstinación sutilmente excitante, con un placer rabioso semejante al de quemarle las alas a un insecto.

Deja a medias el plato, ya frío, y va a sentarse en el viejo sofá de tapizado a rayas blancas y rojas y estructura imponente.

Bebe, con una ligera vacilación, pero bebe. Si se convierte en alcohólico, les resultará facilísimo reconstruir su vida retrospectivamente. Bebe porque ella lo dejó; quién sabe qué veía en esa mujer. El bonito trasero, claro. Prefiere hablarse a sí mismo del trasero, por supuesto, porque en la vulgaridad hay más distancia, una rabia complacida pero impotente.

La puerta del dormitorio se cierra con un chirrido de bisagras. A lo mejor son fantasmas. Se ríe sin ganas. Bach ha terminado y no tiene deseos de poner otra cosa. Últimamente solo se lleva a Bach consigo; la fría pasión de su música es la única que soporta.

Desde el sofá contempla cómo el día retrocede y palidece.

Hace frío, tiene frío. Prefiere tiritar antes que levantarse a buscar una manta o mover el mando de la calefacción. De vez en cuando, unos grandes cuervos se posan en el prado, dan torpes saltos, graznan en voz baja, aparentemente satisfechos, y realizan breves vuelos a saltos, como si quisieran representar una parodia de verdaderos pájaros.

Lástima no tener una escopeta. Levanta el índice, apunta y dice «¡bum!». A cincuenta metros de distancia, el pájaro negro se eleva de golpe y vuelve a caer como un trapo mojado.

Se incorpora, todavía aturdido.

Los otros cuervos han levantado vuelo y huyen por el cielo, lentos y pesados.

Se siente más idiota de lo necesario, pero tiene que ir a comprobarlo. Se pone las botas de goma y atraviesa el prado corriendo. El pájaro está indiscutiblemente muerto; yace con las alas semicerradas y la cabeza caída. Lo levanta. Es mucho más ligero de lo que habría imaginado. ¿Podrán los pájaros sufrir un infarto o algo parecido? Deposita el cuerpo lentamente en el suelo, casi con cuidado.

Sopla un viento ligero pero gélido; es extraño que no lo haya notado antes. Levanta los ojos hacia el cielo blanco. Lo contempla durante tanto tiempo que se marea. Hace años que dejó de hacerlo: fijar la mirada en un punto sobre él, con la nuca casi rozando el suelo, mientras poco a poco se apodera de él una sensación de vértigo. De niño era su montaña rusa pobre y solitaria.

Por supuesto, no es culpa suya: ha sido casualidad, una coincidencia, todo lo absurda que se quiera, pero una coincidencia al fin. Vaga un rato más por el prado; el aire frío sobre el rostro le despeja la mente. Hace decididamente frío cuando por fin decide regresar. Empuja la puerta bajando la manija y no ocurre nada. Lo intenta otra vez. Naturalmente no lleva las llaves consigo, pero nunca cierra esa puerta con llave, salvo cuando regresa a la ciudad.

Hace algunos intentos más, cada vez más furioso, pero nada.

Y eso que es una puerta barata, una capa de madera no demasiado gruesa y una cerradura de juguete.

Le daría risa verse tomando impulso por el sendero para derribarla. Da unos pocos pasos acelerando y se lanza contra la puerta.

El dolor en el hombro es nítido y repentino como una cuchillada; le atraviesa el brazo y la espalda, fulminante y abrasador. Cae sobre el sendero cubierto de barro con la boca abierta, una mano sobre el hombro. Hasta el más leve movimiento de los dedos despierta en el brazo un ardor infernal. La luz se ha deslizado más allá de la línea del horizonte: se vuelve de espaldas, con los ojos dirigidos hacia las estrellas heladas de la noche invernal.

Ahora hace verdadero frío: no puede quedarse allí tendido en el sendero durante mucho tiempo. Se levanta con dificultad, sosteniendo con la mano el hombro roto.

Necesita una piedra, a ser posible grande. Dentro de la casa está su teléfono portátil; podrá pedir ayuda. Y qué importa si durante un par de meses no podrá volver a tocar nada. Camina encorvado, rebuscando entre la hierba con la mano que todavía puede usar, silbando sin voz aquella maldita melodía que se le ha pegado al cerebro como un chicle usado.

Nada, ni una piedra; la mano se hunde en el frío cortante de la hierba húmeda sin encontrar más que tierra mojada y barro. La escasa luz le juega malas pasadas y acaba apretando furiosamente una vieja boñiga de vaca.

Maldice y se limpia la mano en la hierba. Termina cerca de la sombra oscura del cuervo muerto. Se aparta con un movimiento nervioso que le hace apretar los dientes de dolor.

A sus espaldas está la casa. A pocos metros, el calor, la comida, la salvación. Se vuelve, decidido a golpear el cristal con el puño. Son vidrios dobles, pero incluso el riesgo de hacerse un corte grave en la mano se ha convertido ya en una tontería.

Las luces están apagadas. Apenas se distingue el perfil de la casa, una oscuridad ciega contra el abismo del cielo.

Está seguro de que había encendido las luces antes, cuando estaba en el sofá.

Seguro. Es fácil decir seguro. Ya no está seguro de nada salvo del dolor y de aquel frío infame. ¿Es posible un final tan ridículo, morir congelado frente a la puerta de su propia casa?

Instintivamente apoya la mejilla contra el cristal. Jadea hasta empañar el oscuro reflejo del cielo sobre el vidrio. Incluso se olvida del dolor: se concentra en respirar, se escucha hacerlo con un asombro nuevo, nunca experimentado.

Intenta empujar el cristal. Es grueso, malditamente grueso. Si no encuentra una piedra no... pero ¿dónde demonios va a encontrarla en aquella oscuridad?

En la ciudad nadie lo espera; dentro de un par de semanas, el director de la obra empezará a bombardear su contestador con insultos. «¿Qué demonios haces con ese trabajo? ¿Está listo? ¿Me vas a llamar o no? ¡Imbécil, decídete de una vez!».

Lo más probable es que lo encuentren hacia mayo quienes suban los animales a los pastos de montaña. Cuatro huesos y dos harapos, lo que le hayan dejado los cuervos. «Fractura de hombro», dirá el médico forense.

Un movimiento ligero, percibido por el rabillo del ojo. Clava la mirada en la oscuridad. Una sombra pálida atraviesa la habitación.

—¡Eh! ¡Eh! ¡Ayuda! —grita con todas sus fuerzas, golpeando el cristal con el brazo sano.

Nada. Quién sabe qué ha visto. Solo un reflejo, un simple reflejo del cielo.

Solo tiene que resistir hasta la mañana, eso es todo. Unas horas. Pero no puede sentarse y mucho menos dormirse.

Cantará para mantenerse despierto. Empieza silbando y de sus labios entreabiertos, resecos por el frío y el miedo, vuelve a surgir la giga que ha repetido durante todos aquellos días.

De pronto recuerda dónde la oyó: la radio del automóvil a todo volumen, la gran avenida con los árboles desnudos y oscuros por la humedad.

—No eres nadie, Liliana, una pobre idiota, eso es lo que eres, una pobre infeliz sin futuro —gritaba, aunque trataba de conservar un tono frío, sarcástico—. Pero vete, vete. Ya encontrarás a un buen muchacho que te mantenga, no te preocupes, un agente de seguros o alguien que trabaje en bienes raíces. Claro que sí.

Ella no respondía; se miraba las rodillas: una niña humillada por la maestra delante de todos. Pero no lloraba; demonios, ni siquiera había conseguido hacerla llorar. Quizá unas lágrimas lo habrían salvado todo. Le habría dicho: «Perdón, perdón. Es que estoy demasiado enamorado de ti», o alguna otra estupidez por el estilo.

Había seguido un rato en aquel tono, dándose cuenta de que ya no tenía ninguna vía de escape. Ella se bajó en un semáforo sin añadir una sola palabra. Muérete, maldita. Debió de decírselo, si es que no se lo gritó.

Después no volvió a oír hablar de ella ni a verla: él se marchó casi inmediatamente.

Podría haberle ocurrido cualquier cosa, realmente cualquier cosa. Incluso podría haber cometido alguna estupidez; después de todo, sería comprensible.

Me gusta tu mundo, decía, me gusta de verdad.

¿Y por qué no consigue recordar cuál es la frase siguiente de aquella giga? Obstinadamente, pero sin esperanza, vuelve a silbarla.

Apagó la radio del automóvil mientras ella se bajaba. No se volvió para mirarla. Como siempre, ella habrá cruzado el diminuto sendero y abierto la pequeña puerta metálica pintada de azul, un poco descascarada. Después de sacar la llave, habrá echado hacia atrás con un movimiento brusco el cabello que le había caído sobre el rostro. Pero no consigue imaginarla llamándolo imbécil, rompiendo las pocas fotografías en las que aparecen juntos. Ella se habrá culpado de todo, incluso de no poder seguir amándolo.

Siente frío en la mente y la cabeza vacía, llena de estrellas de invierno. Ya no consigue recuperar su rabia; todo en su interior se confunde y oscila como la llama de una vela: el cielo de su infancia, la delicada nuca de ella descubierta por el cabello echado hacia atrás, la curva de sus hombros y un cuervo muerto, ligero como una cometa.

Golpea el cristal. Tiene que llegar hasta la mañana, contar y volver a contar las estrellas como un ermitaño, esperando que no falte ninguna. Silba, desafina y siente que las notas palidecen y desaparecen a pocos metros de él, encerradas en una burbuja de tiempo habitada únicamente por él.

En el cristal empieza a dibujarse una forma más clara. Aplasta la nariz contra él para mirar.

Deja de silbar, contiene la respiración y acaricia la ventana con un dedo. La imagen se forma deslizándose lenta, sinuosa, como si estuviera dibujada por una capa de arena y aceite entre dos cristales enfrentados.

Y la mirada de ella es serena, ausente, fija en las estrellas frías a sus espaldas.

Massimo Citi es un reconocido escritor, editor y exlibrero italiano especializado en narrativa especulativa, ciencia ficción, fantasía y ucronías. Nacido en Brescia y radicado en Turín, ejerció durante más de cuatro décadas como librero. A la par de su labor editorial con el sello CS_libri, ha sido codirector de publicaciones literarias como la revista LN LibriNuovi y la antología anual Fata Morgana. Asimismo, destaca por la edición de la serie de antologías Alia, referente de la ciencia ficción tanto italiana como internacional. Como autor, ha publicado numerosas novelas y relatos breves. Su obra abarca subgéneros que van desde el steampunk hasta la ficción distópica y fantástica. En 2002 fue galardonado con el Premio Omelas por su relato «Il perdono a dio», una distinción otorgada en colaboración con Amnistía Internacional a obras de ciencia ficción enfocadas en la defensa de los derechos humanos. Además de sus publicaciones impresas, mantiene una presencia activa en el ámbito crítico y ensayístico a través del blog literario Fronte e retro.

 

 

 

miércoles, 16 de septiembre de 2026

AUTOCOMBUSTIÓN

Massimo Citi

 

Hay quien dice que se ha sumergido en un libro. Que ha sido transportado a otro lugar o arrebatado de la realidad. Incluso que se ha quemado el cerebro para comprenderlo. Por un lado estamos nosotros: activos, vivaces, atentos. Por el otro, el libro: pasivo, silencioso, disponible. Pues bien, el libro de este relato es solo un poco menos pasivo que sus hermanos. Muchísimo menos disponible. Probablemente arrastre un pasado largo, larguísimo, y un futuro oscuro y terrible. Se puede intentar leerlo, desde luego, pero las consecuencias pueden ser realmente imprevisibles… Aunque, en cualquier caso, no podrán decir que su lectura no los hizo sudar…

 

Escribir… bah, inútil.

Tiempo perdido, esfuerzo inútil.

Quizá peligroso.

 

Se lo llevan en silencio, envuelto en un sudario de plástico, como si no quisieran despertarlo.

El riesgo ya no existe. Está carbonizado, quemado como una cerilla.

A través de la rendija de la puerta entreabierta puedo ver a enfermeros y policías recorrer su apartamento, «el apartamento del escritor», buscando indicios, rastros, señales o quién sabe qué otra cosa. Probablemente ni siquiera busquen lo mismo. Pasan en silencio por el pasillo y, supongo, por las otras tres habitaciones. Mi vecino se quedó dormido fumando. La colilla encendida resbaló al suelo y cayó sobre la moqueta. En vez de apagarse, dejando una bonita mancha ennegrecida, prendió fuego al sillón. Imagino que se despertó por el calor y el dolor de las quemaduras… suponiendo que llegara a despertarse. Pero no se movió de su viejo sillón. El portero lo encontró perfectamente calcinado. Seguía sentado, con un bloque de hojas chamuscadas sobre el regazo. Probablemente uno de esos manuscritos que leía para la editorial. O quizá el manuscrito de aquel demente.

Es posible que estuviera borracho. O algo peor. Para encontrar concentración, inspiración o vaya uno a saber qué, consumía cualquier cosa a cualquier hora del día. Tragaba, fumaba o aspiraba lo que se le pusiera por delante: alcohol, porros, cocaína. Todo lo que cayera en sus manos. No creo que lo que fumaba en el sillón fuera un cigarrillo. Pero ahora ya no es fácil averiguarlo.

Me encojo de hombros.

Bueno, ya se darán cuenta solos, pienso. Con los peritos o quien corresponda encontrarán rastros de la droga. O de las drogas.

 

—¿Señora?

Me observa a través de la rendija que deja la puerta, todavía retenida por la cadena. Un ojo castaño, con unas pestañas curiosamente demasiado largas para un hombre, asoma entre las hojas de la puerta. Quito la cadena.

—¿Sí?

Empuja apenas la puerta con la punta del zapato.

—Buenos días. Antonio Calabrese, carabineros. ¿Puedo hacerle unas preguntas?

Me encojo de hombros.

—Ya que está aquí…

Inclina la cabeza en un silencioso gesto de cortesía y entra. Acerca la puerta a su espalda sin llegar a cerrarla.

—Solo un par de preguntas…

No termina la frase, pero ya ha resuelto el caso como «estúpido accidente doméstico» y todo lo que viene después es pura rutina.

—¿Sabe si el señor Piatti recibió visitas anoche?

No quiero verme involucrada en esta historia. Todavía ni siquiera he decidido si debo sentir pena por él. En cualquier caso, la pregunta es absurda si ignora por completo cuál era mi relación con «el señor Piatti». Lo miro abriendo mucho los ojos. Un recurso un poco ridículo para una mujer que se acerca a los cuarenta, pero que sigue –o debería decir todavía– dando resultado.

—No, no lo sé —admito, procurando parecer algo alterada.

El carabinero sonríe con mayor convicción. Ahora se siente un protector de la ley, mientras que yo soy solo una muchacha –o una exmuchacha– necesitada de ayuda, consuelo y apoyo. Y, si se presenta la ocasión, quizá de algo más.

—Entiendo. ¿Oyó voces, movimiento? ¿Gente entrando o saliendo?

Me sonríe, aunque noto cierta desconfianza. Tal vez a mi edad debería abandonar de una vez estos gestos de adolescente. Adopto una expresión seria y reflexiva.

—Bueno… diría que hubo algo de movimiento hacia las once de anoche. No puedo jurar que se tratara del profesor; no tengo la costumbre de espiar detrás de la puerta. Pero creo que, a esa hora, alguien salió de uno de los apartamentos. Escuché los saludos de siempre: «hasta luego», «adiós», «chau», «chau»… Después el ruido de una puerta al cerrarse y, enseguida, silencio.

—¿Colegas? ¿Amigos?

—Era una mujer —aclaro—, pero no puedo asegurar que saliera precisamente del apartamento de Piatti.

—Sí, tiene razón. Además… en este rellano hay alguien más que…

Niego con decisión.

—Creo que no. Nadie con una vida social especialmente intensa.

—Ya veo.

Toma una nota rápida. Después relee en voz baja lo que acaba de escribir.

—Visitas… una mujer… se fue alrededor de las once… antes… —Levanta la cabeza de golpe—. ¿Tiene idea de qué estaba leyendo?

Lo miro fingiendo sorpresa.

—No. No tengo la menor idea.

Asiente.

—Claro. Lo estamos preguntando por ahí, pero nadie sabe responder. Piatti estaba leyendo un borrador, algo que había recibido de otro escritor; un principiante, supongo. Un novato o quizá un colega.

—Piatti leía a menudo textos de otros. Daba consejos… al menos eso tengo entendido… —¡Cuidado! No dejes ver que sabes demasiado de su vida. No despiertes sospechas…

—Ah, imagino que fue Piatti quien se lo comentó, quien se lo confió.

Asiento con rigidez.

—Charlas de ascensor.

—Claro, claro…

Sonríe.

—Después de que esa muchacha se marchó, pasadas las once, ¿oyó algo más?

—No. Un silencio absoluto. Era… bueno, era un hombre silencioso, tranquilo.

—Sí, es verdad. Incluso la forma en que se fue resulta muy acorde con su carácter…

Me mira fijamente, ya sin sonreír.

—¿Está completamente segura de no haber visto nunca el libro que estaba leyendo?

Insiste demasiado. Me temo que sabe algo. Lo niego, aunque con un leve titubeo.

Claro que sé perfectamente de qué libro se trataba. Piatti me había hablado de él.

«El libro que me trajo ese tipo. El de los anteojos gruesos, ese medio loco. Mejor dicho: loco de remate.»

Ya se lo había rechazado otras veces con distintas excusas, pero aquella vez el hombre lo había tomado por sorpresa.

«Creo que es el delirio de un asesino místico. Aunque no lo escribió él. Es una interminable serie de asesinatos narrados hasta el menor detalle, interrumpidos por disparates o estupideces pseudomísticas y por frases sin sentido, ni siquiera escritas en italiano. O en alfabeto latino. Tal vez hebreo. Es un libro obsesivo… casi enfermizo. No sabría describírtelo mejor…»

—Usted lo sabe, ¿verdad?

Aprieto los labios.

—Me comentó algo… una novela policial o algo por el estilo.

—Sí.

Me observa con seriedad.

—Nos hemos hecho una idea aproximada de la relación que existía entre ustedes dos, señora. Nada demasiado serio ni comprometido, desde luego… —Se acaricia una aleta de la nariz con un gesto que, no sé por qué, me resulta bastante vulgar— …pero había algo real entre ustedes. Su exvecino de enfrente tenía cierta afición por la fotografía, ¿lo sabía? Y usted sale muy bien en las fotografías. —Me mira satisfecho, casi desafiándome— ¿Alguna vez le mostró las obras de su genio?

Sonrío también, procurando seguirle el juego.

—Solo alguna que otra vez. Últimamente nuestra relación se había enfriado un poco. Nos veíamos menos. La muchacha de anoche vino por él. Debía de ser una demostración… en fin, no importa… Pero ese libro, ese libro, ¿por qué es tan importante?

—¿Quiere cambiar de tema? No es que el libro haya dejado de interesarme, pero acabamos de establecer que ustedes dos eran íntimos y…

—¿Íntimos? No, no, no. Alguna vez comimos juntos. O nos acostamos juntos. Nada más. Ni siquiera me gustaba tanto el señor Piatti. O quizá, simplemente, a veces se notaba demasiado que, en el fondo, era gay. «Me enamoré de ti porque no tenía nada mejor que hacer…», nada más.

—Bueno, anoche estaba aquí con una muchacha…

—Para herirme. Para decirme: «¿Ves? El que no funciona no soy yo; eres tú».

Me observa con una curiosa expresión a medio camino entre la conmiseración y la compasión. Está convencido de que Piatti me engañó y de que yo ni siquiera tengo el valor de admitir cuánto me dolió.

—Supongo que usted no tiene coartada para anoche.

Lo miro, sinceramente sorprendida.

—No sabía que se tratara de un homicidio. No, no tengo coartada. Pero, por si sirve de algo, yo no lo maté.

Hace un breve gesto de negación.

—No fue un homicidio. Quizá un suicidio asistido.

—Bueno, pues yo no lo asistí.

—Estoy convencido. Pero me temo que el asunto es más complicado. Me gustaría conseguir otra copia del texto que estaba leyendo… ¿Cómo se llamaba el autor?

—No sé si era el autor. En cualquier caso se apellidaba Frigoni o Brigoni, algo parecido. Creo que Piatti guardaba la dirección… o quizá era una tarjeta… En fin, la tenía en su secretaire… Dios, qué nombre tan ridículo.

—Es posible. Echaremos un vistazo a su escritorio –llamémoslo así– y buscaremos al señor Frigoni o Brigoni. Tal vez tenga otra copia del mismo libro. Por el momento, muchas gracias.

Inclino apenas la cabeza, como diciendo «no hay de qué», pero en realidad estoy pensando en otra cosa.

¿Por qué le interesa tanto leer el libro que trajo aquel cuatro ojos desdichado? Da la casualidad de que Piatti estaba leyendo precisamente ese manuscrito la noche de su muerte. Mala suerte, pensándolo bien. Aunque no creo que el libro tenga relación alguna con lo ocurrido.

 

El funeral fue una decepción.

Supongo que esperaba algo más animado o, simplemente, una concurrencia mayor. O que la editorial enviara a alguien más importante que un simple empleado administrativo.

Había un par de escritores: un joven desaliñado, con aspecto de haberse levantado hacía cinco minutos y dispuesto a volver corriendo a la cama, y una mujer de mediana edad, excesivamente arreglada y maquillada como una prostituta de carretera en el ocaso de su carrera.

Los familiares eran pocos: un hombre corriente que habría jurado que era su hermano, acompañado por dos gemelos pálidos y silenciosos como si fueran prometidos de la muerte. Y dos ancianos abatidos, que imaginé serían sus padres.

También estaba Calabrese, prácticamente indistinguible de los empleados del crematorio vestidos de gris.

Al terminar la ceremonia –una breve espera frente al horno crematorio mientras el cuerpo mortal de Piatti terminaba de reducirse a cenizas– Calabrese me aguardaba junto a mi coche, estacionado a unos doscientos metros de la entrada del cementerio.

No hace buen día.

Es el comienzo de la primavera: luminoso, pero frío, azotado por un viento caprichoso del que resulta imposible protegerse.

Lamento no haberme puesto un jersey de cuello alto mientras levanto el cuello del abrigo.

—Todavía hace frío, ¿verdad?

Lo miro sin sonreír. Solo le faltan unos bigotitos finos para parecer la mano derecha del jefe de una familia mafiosa.

—Desde luego —le concedo—. ¿Necesita preguntarme algo más o…?

Levanta una mano con una media sonrisa.

—Por favor, por favor. No es eso. Lo que ocurre es que después no conseguí hablar con Brighenti; así se llamaba. —Saco las llaves del coche del bolso, solo para darle a entender que noticias como esa no me interesan. Más aún: que tengo prisa por volver a casa—. No, espere. Lo interesante no es eso. Lo interesante es que Brighenti murió. La misma noche, de la misma manera y, creo, a la misma hora que… ¿Entiende?

Normalmente me habría encogido de hombros. Ese tipo de noticias, dignas de un programa sensacionalista, nunca me impresionaron demasiado.

Pero no puedo. Tengo que admitir que esto sí me ha impresionado. Calabrese debió advertirlo, porque insiste.

—Quemado. Brighenti estaba en la cama a esa hora. Creo que leía sentado, porque padecía una enfermedad en la garganta que le impedía acostarse. Cualquiera podría pensar que estaba fumando y que se quedó dormido con el cigarrillo encendido entre los dedos.

—Otro idiota, por lo visto.

—Sí, podría suponerse eso. Pero no es posible. El problema es que Brighenti no fumaba. Nadie ha logrado encontrar una explicación razonable para el incendio. Estaba leyendo, pero del libro apenas quedó nada. El caso es que el expediente de Brighenti sigue abierto, aunque tarde o temprano acabarán archivándolo, y el único elemento curioso, o quizá misterioso, es el otro caso semejante ocurrido la misma noche: el de Piatti.

—¿Estaban leyendo el mismo libro?

No sé cómo se me ocurrió la pregunta, pero enseguida comprendo que di en el blanco.

Calabrese asiente con un movimiento exagerado.

—Exactamente. La portada quedó completamente destruida por el fuego, pero algunas páginas sobrevivieron parcialmente y, al compararlas con los fragmentos encontrados sobre Piatti, resultó que, con toda probabilidad, pertenecían al mismo libro. En el texto aparecen unos caracteres muy extraños, quizá hebreos. Algo que no esperaba encontrar…

Se encoge de hombros.

—Naturalmente, esta no es una investigación oficial. La muerte de Piatti quedó archivada como accidente doméstico, pero no descarto conseguir que el caso se reabra.

Asiento.

No me entusiasma la idea de que reabran la investigación. No tengo ninguna gana de declarar: «Sí, mantenía una relación con el señor Piatti».

Pero hay algo en toda esta historia que empieza a asustarme.

—¿Qué clase de libro era? ¿Ha logrado averiguarlo?

—Un manuscrito, aunque no era obra de Brighenti, como quizá usted creyó…

—No, no era suyo. Brighenti nunca me cayó bien, y mucho menos al pobre Piatti, que no encontraba la manera de librarse ni de él ni de su libro. Según Brighenti, se trataba de un documento excepcional, único. Para Bruno, Bruno Piatti, no era más que una interminable sucesión de asesinatos perversos, interrumpidos por reflexiones absurdas. El producto de una mente enferma, escrito sin preocuparse lo más mínimo por el eventual lector. Según él, el autor era un loco. Y Piatti no era precisamente de los que repartían calificativos a la ligera.

—El libro, o lo que queda de él, no contiene nombres ni nada que permita averiguar quién es el autor. Por otra parte… —Calla, buscando las palabras, con la mirada fija en el suelo, en algún punto entre mi rueda y la delantera del coche estacionado delante—. Por otra parte —prosigue—, no es posible –o al menos todavía no lo es–, pensar que exista una relación entre el contenido del libro y la muerte de quienes lo leen. ¿No le parece?

Un escalofrío, inesperado. De pronto ya no tengo ningún deseo de volver sola a casa.

 

Pasaron varios días antes de que volviera a oír la voz de Calabrese. Días tranquilos. Demasiado tranquilos. Vinieron los de la inmobiliaria a mostrar el apartamento de Piatti, recién pintado y restaurado, a tres o cuatro interesados. Los espié por la mirilla de la puerta. Curiosamente, esperaba a cada instante que apareciera Piatti de un momento a otro. ¿Lo echo de menos? No lo sé; diría que no, aunque tampoco estoy demasiado segura. Lo cierto es que me alegra reconocer la voz del suboficial de los carabineros a través del portero eléctrico.

—¡Suba! —grito con inesperado entusiasmo.

—Buenos días.

La voz de Calabrese suena una octava más grave. Y desafinada. Permanece de pie ante la puerta, enfundado en un viejo impermeable demasiado grande para él.

—¿Pero qué…?

—Lo sé, lo sé, no tengo muy buen aspecto. Estoy de licencia en estos días. Mejor dicho, me han suspendido.

—Pero no se quede ahí. Entre.

Niega con la cabeza.

—No estoy aquí oficialmente. En mi situación actual no puedo hacer nada oficial, la verdad. Mucho menos andar molestando a amigos y familiares de personas fallecidas hace poco. Pero tengo mis razones, como imaginará.

Mira un instante a sus espaldas, con la rapidez inquietante de quien ha adquirido hace poco un nuevo hábito.

—Ha habido otras muertes como… como la de Piatti. ¿Ha recibido últimamente algún paquete o un aviso de entrega?

—Sí, claro. Espere un momento… —Me alejo de la puerta y voy hasta la cocina—. ¿De verdad no quiere entrar? —grito.

La respuesta que recibo es un sonido extraño, semejante a un profundo gorgoteo que nadie –yo menos que nadie– habría atribuido a un ser humano. Vacilo un instante. Después tomo el resguardo amarillo del correo y corro hacia la puerta, temiendo que se haya marchado. No. No se había marchado. Seguía allí.

Fuera lo que fuese aquello en lo que se había convertido.

 

Esta mañana me cepillé el cabello. Las canas son ya una clara mayoría. Se quiebran y caen sobre el lavabo. Si cierro los ojos vuelvo a verlo. La llama transparente que brota de su ropa y de su boca; los ojos blancos vueltos hacia arriba; la cabeza doblada hacia atrás como la de un búho o una lechuza. Y aquel sonido, ese profundo gorgoteo que parecía llegar desde algún otro lugar, inaccesible.

Los carabineros certificaron su muerte. ¿Qué otra cosa podían hacer?

Encontraron entre sus ropas fragmentos del libro; mejor dicho, de los libros. Calabrese los llevaba siempre consigo, por miedo a perderlos o quizá por alguna otra razón. Debió de leerlos una y otra vez, hasta aprendérselos de memoria. Después llegaron las visiones. La sensación de que alguien lo buscaba, lo llamaba, lo perseguía. Últimamente ha habido otros casos. Según Calabrese, más personas recibieron el libro –ese libro– y murieron quemadas vivas en sus propias casas. Que yo sepa, nadie se atreve a formular hipótesis, ni siquiera a hablar de un plan. Y, sin embargo, cuesta creer que no exista. Todo parece formar parte de un proyecto. De un proyecto antiquísimo que, lentamente, va convirtiéndose en realidad.

El aviso del paquete que me espera en la oficina de correos sigue ahí, sujeto al tablón de anuncios de la cocina. Por ahora es inofensivo. El lugar de procedencia parece decir «Savona», aunque, con esa letra tan descuidada, también podría leerse Sheol.

En teoría, yo no conozco a nadie ni de un lado ni –eso espero– del otro.

Pero podría estar equivocada.

Al fin y al cabo, también Piatti se equivocó.

Y otros antes que él.

Si el libro tiene que llegar a mis manos, de un modo u otro me será entregado. Y no podré evitar leerlo, apasionarme, horrorizarme, arder –literalmente– mientras lo leo.

Lentamente, el contagio crece y nos consume.

Algo antiguo ha despertado, y un libro espera a cada uno de nosotros. Para que lo leamos y perdamos para siempre las palabras, la imaginación y la vida.

Todos estamos siendo juzgados.

Juzgados.

Y condenados.

Massimo Citi es un reconocido escritor, editor y exlibrero italiano especializado en narrativa especulativa, ciencia ficción, fantasía y ucronías. Nacido en Brescia y radicado en Turín, ejerció durante más de cuatro décadas como librero. A la par de su labor editorial con el sello CS_libri, ha sido codirector de publicaciones literarias como la revista LN LibriNuovi y la antología anual Fata Morgana. Asimismo, destaca por la edición de la serie de antologías Alia, referente de la ciencia ficción tanto italiana como internacional. Como autor, ha publicado numerosas novelas y relatos breves. Su obra abarca subgéneros que van desde el steampunk hasta la ficción distópica y fantástica. En 2002 fue galardonado con el Premio Omelas por su relato «Il perdono a dio», una distinción otorgada en colaboración con Amnistía Internacional a obras de ciencia ficción enfocadas en la defensa de los derechos humanos. Además de sus publicaciones impresas, mantiene una presencia activa en el ámbito crítico y ensayístico a través del blog literario Fronte e retro.

 

 


sábado, 1 de agosto de 2026

DEVOLUCIÓN

Massimo Citi

 

No era, desde luego, la primera vez; al contrario. Era un verdadero rito, o algo semejante. Ocurría los jueves por la noche, hacia las veinte horas.

Se sabe cómo funcionan estas cosas: las compras del hogar tienden a concentrarse en un día específico de la semana y, salvo alguna necesidad particular o algún artículo que rompe la rutina al agotarse el martes o el miércoles, el noventa por ciento de lo que llega a faltar en un refrigerador promedio puede reponerse en una sola excursión. Era uno de los secretos de la vida doméstica que, casado desde hacía poco menos de un lustro, había aprendido con la práctica.

No me molestaba y me había acostumbrado a encargarme de todo yo solo: estacionar, hacer las compras a toda prisa con una lista preconcebida e infringir ligeramente la rigidez del mandato adquiriendo un par de productos fuera de la lista. Ambos trabajábamos y la vivienda era un regalo de mis acaudalados suegros; por lo tanto, no teníamos inconvenientes en permitirnos ciertos desvíos del presupuesto destinado a la gestión del hogar. En realidad, casi nunca representaba un gasto gravoso. Al no tener hijos y haber pospuesto bastante el momento «adecuado» para tenerlos, bastaba con reunir lo necesario –por lo general productos precocinados y listos en cinco minutos– para una pareja que, de todos modos, salía a cenar fuera al menos una o dos veces por semana.

Justo esa noche debía haber algo especial. Quizá la presentación de un comediante de moda o, más probablemente, el estreno de alguna película muy esperada. O tal vez la coincidencia de dos eventos imperdibles. El resultado era que incluso el estacionamiento subterráneo reservado para el supermercado estaba completamente lleno. Tras un breve recorrido, bajé al segundo nivel subterráneo. No me agradaba conducir en aquel laberinto de columnas, flechas, letreros y rampas demasiado estrechas. Tenía temor de rozar algún escalón o murete que se escapara del campo del espejo retrovisor, sin contar la posibilidad de que el pie resbalara del embrague justo durante una curva en bajada. No me gustaban las luces de sodio del estacionamiento subterráneo, que creaban sombras anaranjadas cruzadas, superpuestas y huidizas que confundían el perfil de las aceras y alteraban la percepción de la profundidad.

En el segundo nivel subterráneo la situación no era mejor. Había vehículos por todas partes, ordenadamente alineados en una larga fila sin interrupción. No había lugares libres, ni siquiera lejos de los ascensores. Deambulé un rato y terminé recorriendo los pasillos en sentido contrario al indicado por las flechas –amarillas, por supuesto– pintadas en el suelo. El hecho de que hubiera muy poco movimiento y ningún carrito rondando confirmaba mi hipótesis de que quienes llenaban el estacionamiento del supermercado eran, en primer lugar, los rezagados de aquellos hipotéticos eventos, derivados allí desde otros estacionamientos completos.

Comencé a preguntarme si me había equivocado de estacionamiento. Me detuve en medio del pasillo principal para verificar. El símbolo del supermercado, un rombo verde que inscribía las siglas de la cadena en letras amablemente redondeadas, estaba fijado muy alto sobre mi cabeza, confirmando que me encontraba en el lugar correcto. Pronuncié una grosería en voz alta con la ventanilla abierta: a mi alrededor no se veía un alma. ¿Qué debía hacer?

Tuve la tentación de desistir. La noche siguiente habría menos multitud. Pero la noche siguiente sería viernes. Nos reuniríamos con Gilda y Miki, como sucedía a menudo los viernes, o de todos modos tendríamos algún compromiso previo al fin de semana. Imposible. Y el sábado… ni hablar. Las compras del sábado son para la gente común.

Podía abandonar el vehículo en algún rincón muerto. Ya lo había visto hacer. No era especialmente peligroso. Mi compra solía ser rápida; se trataría de una media hora, no más. Sí… claro… ¿pero y si un camión de reparto…?

Automáticamente miré a mi alrededor. Había un par de camiones. Seguramente elegirían marcharse en el instante preciso en que yo abandonara el vehículo para subir al ascensor. Y comenzarían a hacer sonar la bocina con la obstinación característica de los conductores de camiones, atrayendo la atención de los vigilantes. Tal vez me irían a buscar, o tal vez… La idea de tener que ir al depósito de vehículos incautados al otro extremo de la ciudad, con las bolsas a cuestas para recuperar el automóvil embargado, me pareció simplemente escalofriante.

Nunca me había percatado, pero el estacionamiento continuaba. Existía un tercer nivel subterráneo. Las flechas mostraban un claro «–3» verde. Volví a encender el motor y bajé aún más.

Si tuviera que jurar haber visto realmente aquel «–3», sobre todo en mis condiciones actuales, no podría hacerlo. Es posible que me haya equivocado o tal vez ilusionado. Desde luego, llegado a este punto debo pensar que se trató de una alucinación. No puedo creer verdaderamente que alguien… O tal vez el tercer nivel subterráneo existe en verdad, al igual que el cuarto y… solo que se trata de algo normal, ordinario. Luces de sodio, olor a gasolina y a gases de escape, humedad y silencio.

Nada, ni un rincón libre. Golpee el volante con enfado, repitiendo la misma maldición pronunciada no más de cinco minutos atrás. ¿Pero era posible? ¿Era razonable? Las luces en esta parte del estacionamiento eran distintas. Tubos de neón manchados por los gases de escape y encerrados en rejillas metálicas grises como telarañas. Tenían un aspecto viejo, casi decrépito. Ningún foco encendido bajo los letreros que repetían el logotipo del supermercado. En su lugar, manchas en el suelo y en las paredes, el lejano sonido de gotas y rincones profundamente sumergidos en la sombra. Un lugar nada agradable. «Limpieza y modernidad» debía ser o haber sido el lema de aquel supermercado o tal vez de otros, no lo recuerdo. «Fresh & Clean», como cantaba Tom Waits. Bueno, me hallaba en el extremo opuesto del espectro, sumergido en el olor tenue pero nauseabundo de neumático quemado y diésel.

Recorrí el primer pasillo. Pacientemente al principio; luego, cada vez más incrédulo. La fila de vehículos ordenadamente estacionados no parecía tener fin: una interminable extensión de carrocerías vueltas uniformemente grises por la luz incierta y débil. Aceleré. El suelo del subterráneo había cambiado. El hormigón había dado paso a un pavimento resquebrajado y deteriorado. Charcos, grietas, fragmentos de baldosas color sangre de buey: los sentía bajo las ruedas, pero no me atrevía a detenerme.

El tercer nivel estaba desierto, en apariencia. ¿A quién pertenecían todos esos automóviles grises abandonados a oxidarse bajo una luz blanquecina? No sacaba ninguna conclusión ni formulaba hipótesis. Había resbalado en lo absurdo y me desplazaba por aquel mundo mecánico y crepuscular aferrado al volante de mi vehículo, el único aún vivo en un amenazante y grotesco cementerio de automóviles olvidados, a la espera de una señal del retorno a la realidad.

Avanzaba ya a una velocidad bastante elevada, marcada por la frecuencia con la que el reflejo de los tubos de neón se encendía en mi parabrisas. Si alguien hubiese aparecido de pronto entre un vehículo y otro, no habría logrado frenar ni esquivarlo. Pero no ocurriría: ese nivel no formaba parte –aunque fuese solo provisionalmente– de nuestro mundo. Con el rabillo del ojo seguía el movimiento invariable de las columnas y de los automóviles a mi alrededor. Una hipótesis, aún más absurda que las que se habían formado en mi mente desde que me hallaba en aquel lugar, había comenzado a acompañarme y, aunque me aterrorizaba, también me sentía atraído y fascinado por ella. Quizá mi trayecto no era realmente rectilíneo como me parecía. Tal vez estaba recorriendo una curva tan amplia que resultaba imperceptible, un arco infinito que me conduciría a otro lugar y a otro tiempo.

Me invadió una excitación delirante, una sensación de poder y seguridad que me llevó a olvidar que me encontraba a bordo de un vehículo impulsado por una cantidad finita de energía y combustible, y que, aun si mi recorrido potencial hubiese sido infinito, no lo era yo ni lo era mi automóvil. Con la mente nublada, probablemente hipnotizada por el ritmo regular de las luces, los automóviles y las columnas, me erguí para sentarme mejor, lancé una mirada de desafío a la oscuridad inerte que se congregaba más allá de la última fila de tubos de neón encendidos y aceleré aún más. Por primera vez intenté comprender de verdad la naturaleza de aquel lugar y descifrar qué tipo de vehículos se hallaban reunidos en aquel absurdo e imposible santuario del automóvil.

Las columnas de sección cuadrada eran las mismas que formaban la estructura de la titánica fábrica de los años treinta donde se habían instalado un supermercado, una larga hilera de tiendas, varios cines, un fragmento de universidad, exposiciones, muestras, ferias y muchas otras cosas. Sin embargo, no eran pocas las áreas todavía cerradas e inaccesibles. Por ejemplo, aún no era posible acceder a la segunda rampa en espiral que conducía desde la planta baja hasta la pista situada en la azotea. La había visto de pasada una mañana mientras deambulaba aburrido a la espera de que Luisa terminara sus compras en compañía de una amiga. La segunda rampa estaba justo detrás de una puerta cortafuegos pintada de rojo, que alguien había dejado descuidadamente abierta.

Columnas, suelo y paredes no habían sido repintados, y la rampa, simétrica a la iluminada que descendía en medio del centro comercial, tenía un aspecto mugriento y descuidado, y se hallaba parcialmente sumergida en la oscuridad. Permanecí unos segundos observándola mientras por mi mente pasaban pensamientos extraños, probablemente tan absurdos como el lugar en el que me encontraba. En este momento no recuerdo ninguno, solo permanece la sensación de una vida mineral, paciente y olvidada, que resistía al paso del tiempo. Lo que sí recuerdo es que me alejé de la puerta roja con una sutil sensación de culpabilidad, como si me hubiese atrevido a espiar algo que ya no estaba hecho para ser visto por ojos humanos. Algo familiar, pero que con el correr de los años había desarrollado una naturaleza profunda e inasible. Algo que se había vuelto incognoscible a pesar de poder ser investigado sin dificultad.

Los vehículos. Modelos familiares, automóviles que hasta unos treinta años atrás habían circulado por nuestras calles. Automóviles con un nombre sencillo y concreto. Un número de tres cifras o de cuatro. Los reconocí, pero no experimenté la sensación de tenue nostalgia, un poco insulsa, asociada a los evocaciones demasiado fáciles. Esos vehículos –sombríos, rayados, incrustados de mugre– no eran los medios de transporte domesticados y bien conservados de algún coleccionista. De ellos emanaba una sensación de frío, de impasible y lívida soledad casi palpables. Me esforcé por mirar más allá de las primeras filas, por reconocer otros modelos. Tuve que forzar la vista, incluso reducir la velocidad mientras sentía que el corazón se me daba un vuelco. Si hasta ese momento habría podido creer que de algún modo había terminado en un depósito de automóviles viejos absurdamente olvidado en lo profundo del subsuelo de la ciudad, las formas y perfiles de los vehículos más lejanos a los pasillos del subterráneo me convencieron definitivamente de haber terminado en Otro Lugar, un otro lugar del cual probablemente no lograría regresar jamás.

El diseño de un automóvil responde a pocas normas, fácilmente definibles. Una lógica «interna» debida a la existencia de un motor, un árbol de transmisión, cuatro ruedas, un habitáculo y un maletero. Una lógica «externa» debida a la necesidad de atravesar el aire sin comprometer la estabilidad ni consumir demasiado combustible.

Aquellos automóviles, alineados detrás de los modelos más familiares, parecían escapar en parte o por completo a esas pocas normas. Habitáculos inexistentes o salientes de las formas más grotescas; motores absurdamente complicados que sobresalían de los capós como vísceras expulsadas del vientre, incrustados de grasa negra y polvo; automóviles sin ventanillas ni parabrisas, ciegos como larvas disecadas; vehículos asimétricos, torcidos y absurdos, con la variedad de ruedas más increíble que jamás hubiera visto. Monstruos, pesadillas, caprichos de una Madre Naturaleza mecánica que nadie podría haber montado, ensamblado o pintado. Un museo infinito de posibilidades mecánicas nunca imaginadas y tampoco nacidas, una galería de horrores que no habían logrado materializarse en la mesa de dibujo de ningún ingeniero, pero que estaban presentes en el juego: sombras sin cuya existencia posible, sumergida y oscura, nuestro mundo –el mundo «normal», cotidiano, hecho a nuestra imagen– nunca habría podido existir.

Volví a acelerar y finalmente comencé a buscar alguna señal del mundo del que provenía. Una posible salida, un pasaje. Si había sido posible alcanzar aquel inframundo de oportunidades perdidas, debía ser igualmente posible dar con el número que me devolvería al universo de las posibilidades ocurridas. Al menos, eso es lo que me ilusiona creer. Pero no. Otras rampas descendían hacia ulteriores grados de improbabilidad. Hacia un nivel 4, 5, tal vez hasta el infinito. De esos pasajes surgían de pronto luces que se deslizaban sobre las columnas y los techos; probablemente faros descontrolados de vehículos cada vez más alejados de las normas que sostienen nuestro universo. En el aire, frío y seco, el único ruido era el latido del motor de mi automóvil... que me era devuelto multiplicado y amplificado por las paredes y los vehículos inmóviles.

No sabría decir cuánta distancia he recorrido en busca de un pasaje hacia nuestro mundo. El cuentakilómetros inexplicablemente se ha detenido. Llevo horas y horas conduciendo sin parar, sin reducir jamás la marcha ni detenerme. Siento pavor de lo que podría ocurrir si el motor se apaga o si me viese obligado a salir del habitáculo de mi automóvil.

Apenas por encima de mí –a solo unos metros– el mundo de luces, plástico, olor a patatas fritas, palomitas de maíz y café que nos resulta familiar continúa su danza, ciegamente ignorante de los miles de millones de pasados posibles que ha dejado tras de sí.

Conduzco, continúo conduciendo mientras escudriño la penumbra en busca de un letrero con la leyenda «–2». Aún no estoy demasiado cansado; todavía puedo albergar esperanzas.

Si me veo obligado a detenerme…

Mientras sea un pasajero de este mundo, mientras me mantenga en movimiento, encerrado en mi burbuja de realidad, seré solo un incidente insignificante y perfectamente reversible, un caso entre miles de millones. Pero debo continuar; no puedo parar. Este mundo no debe percatarse de mi existencia. No podré detenerme. No puedo detenerme.

Massimo Citi es un reconocido escritor, editor y exlibrero italiano especializado en narrativa especulativa, ciencia ficción, fantasía y ucronías. Nacido en Brescia y radicado en Turín, ejerció durante más de cuatro décadas como librero. A la par de su labor editorial con el sello CS_libri, ha sido codirector de publicaciones literarias como la revista LN LibriNuovi y la antología anual Fata Morgana. Asimismo, destaca por la edición de la serie de antologías Alia, referente de la ciencia ficción tanto italiana como internacional. Como autor, ha publicado numerosas novelas y relatos breves. Su obra abarca subgéneros que van desde el steampunk hasta la ficción distópica y fantástica. En 2002 fue galardonado con el Premio Omelas por su relato «Il perdono a dio», una distinción otorgada en colaboración con Amnistía Internacional a obras de ciencia ficción enfocadas en la defensa de los derechos humanos. Además de sus publicaciones impresas, mantiene una presencia activa en el ámbito crítico y ensayístico a través del blog literario Fronte e retro.

 

 

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