Massimo Citi
Fuera de la
ventana, el prado está húmedo por la lluvia, reluciente hasta el corte nítido
del horizonte.
Mientras toca, lo contempla.
Levanta la cabeza para subrayar el movimiento del arco, aprieta los labios y
entrecierra los ojos hasta transformar el mundo en un dibujo infantil de luces
y sombras. No hay nadie que lo escuche. Toca siempre la misma melodía, una
vieja balada oída quién sabe dónde y apenas recordada, sin partitura, sin otro
ritmo que el de sus pies golpeando el suelo de cemento. Lleva unos zapatos
gruesos, incrustados de barro seco, y un viejo suéter demasiado holgado.
No consigue librarse de aquella
música; incluso cuando deja de tocarla, se descubre silbándola o tarareándola.
Se detiene por cansancio y vuelve a
guardar el violín en su estuche, junto al arpa pequeña y la guitarra. Quería
anotar algunas ideas para una música teatral, pero desde hace una semana solo
consigue repetir una y otra vez aquel fragmento musical oído quién sabe dónde.
El equipo de música está siempre
encendido cuando trabaja: pone las sonatas para violín de Bach a un volumen
insoportable y, mientras se prepara algo para comer, intenta ahogar en su mente
el ritmo saltarín y las notas prolongadas de la pequeña balada. Parecería
música irlandesa o, en todo caso, celta, pero también podría ser asturiana,
bretona o quién sabe qué otra cosa. Está harto de la música étnica; durante
algunos meses casi no ha escuchado otra cosa: desde cantos javaneses hasta
reelaboraciones electrónicas de música india. Pero algo ya no funciona dentro
de él. Quién sabe qué. Al piano, con la guitarra, siempre tiene la sensación de
estar imitando, copiando, repitiendo. De vez en cuando garabatea algo, lo graba
y vuelve a escucharlo y, al oír aquellas pobres notas, crece en su interior una
rabia absurda, un deseo ciego de destruirlo todo, hacer pedazos los
instrumentos y marcharse a cualquier sitio.
Se ríe en voz baja: debería
marcharse a un lugar donde ni él mismo pudiera encontrarse, un lugar donde
olvidarlo todo. Sobre la mesa baja donde guarda el papel pautado hay unas
bragas de mujer color verde agua, abiertas y cuidadosamente extendidas. ¿Es ella
lo que le hace falta? Las conserva allí como un trofeo o quizá como el único
resto de un naufragio, como si quisiera desafiarse a sí mismo. ¿Quieres sufrir?
Pues mira, esto es lo que te queda de ella; las habrá olvidado quién sabe
cuándo, una de esas veces que la trajiste hasta aquí arriba para follar, para
follar y nada más. Total, con ella no había otra cosa que hacer ni que decir.
Injusto, cruel.
Pero, por favor: Liliana es una
idiota. Idiota incluso cuando lo dejó –tan seria–, como si lo de ellos hubiera
sido algo serio. Ella no distinguía un contrabajo de un saxofón y decía
«bonito» de cualquier cosa, tanto de un caniche como de Terry Riley; mejor
dicho, «boniiiito», con una i que parecía no terminar nunca.
La conoció después de un concierto:
el polvo al final era inevitable y parecía que todo acabaría allí. Pero ella
siguió apareciendo después, encontrándose por casualidad en los mismos lugares
donde estaba él. Él no la buscaba; incluso le daba vergüenza llevarla consigo,
inculta como era, siempre un poco sorprendida pero nunca realmente atenta,
nunca realmente capaz de sentir algo en serio. Cuando cerraba los ojos para
escuchar una hermosa melodía, ella era capaz de preguntarle si se estaba
durmiendo. Y, sin embargo, era agradable oírla respirar a su lado, verla
dormir, con un brazo abandonado fuera de las mantas y la mano ligeramente
abierta, de dedos delgados y claros.
Pero él no es del tipo que sirve
para vivir en pareja: verse envejecido en otro rostro, vivir trazando círculos
cada vez más estrechos, como un avión que se precipita.
Y ahora ella le ha dejado además la
duda de que la desprecia tanto para no sentir dolor. Pero le ha arrebatado la
iniciativa, ¿cómo puede perdonárselo? Fue ella quien lo dejó cuando era él
quien tenía todos los motivos para hacerlo. Y hasta los cultivaba con una
especie de obstinación sutilmente excitante, con un placer rabioso semejante al
de quemarle las alas a un insecto.
Deja a medias el plato, ya frío, y
va a sentarse en el viejo sofá de tapizado a rayas blancas y rojas y estructura
imponente.
Bebe, con una ligera vacilación,
pero bebe. Si se convierte en alcohólico, les resultará facilísimo reconstruir
su vida retrospectivamente. Bebe porque ella lo dejó; quién sabe qué veía en
esa mujer. El bonito trasero, claro. Prefiere hablarse a sí mismo del trasero,
por supuesto, porque en la vulgaridad hay más distancia, una rabia complacida
pero impotente.
La puerta del dormitorio se cierra
con un chirrido de bisagras. A lo mejor son fantasmas. Se ríe sin ganas. Bach
ha terminado y no tiene deseos de poner otra cosa. Últimamente solo se lleva a
Bach consigo; la fría pasión de su música es la única que soporta.
Desde el sofá contempla cómo el día
retrocede y palidece.
Hace frío, tiene frío. Prefiere
tiritar antes que levantarse a buscar una manta o mover el mando de la
calefacción. De vez en cuando, unos grandes cuervos se posan en el prado, dan
torpes saltos, graznan en voz baja, aparentemente satisfechos, y realizan
breves vuelos a saltos, como si quisieran representar una parodia de verdaderos
pájaros.
Lástima no tener una escopeta.
Levanta el índice, apunta y dice «¡bum!». A cincuenta metros de distancia, el
pájaro negro se eleva de golpe y vuelve a caer como un trapo mojado.
Se incorpora, todavía aturdido.
Los otros cuervos han levantado
vuelo y huyen por el cielo, lentos y pesados.
Se siente más idiota de lo
necesario, pero tiene que ir a comprobarlo. Se pone las botas de goma y
atraviesa el prado corriendo. El pájaro está indiscutiblemente muerto; yace con
las alas semicerradas y la cabeza caída. Lo levanta. Es mucho más ligero de lo
que habría imaginado. ¿Podrán los pájaros sufrir un infarto o algo parecido?
Deposita el cuerpo lentamente en el suelo, casi con cuidado.
Sopla un viento ligero pero gélido;
es extraño que no lo haya notado antes. Levanta los ojos hacia el cielo blanco.
Lo contempla durante tanto tiempo que se marea. Hace años que dejó de hacerlo:
fijar la mirada en un punto sobre él, con la nuca casi rozando el suelo,
mientras poco a poco se apodera de él una sensación de vértigo. De niño era su
montaña rusa pobre y solitaria.
Por supuesto, no es culpa suya: ha
sido casualidad, una coincidencia, todo lo absurda que se quiera, pero una
coincidencia al fin. Vaga un rato más por el prado; el aire frío sobre el
rostro le despeja la mente. Hace decididamente frío cuando por fin decide
regresar. Empuja la puerta bajando la manija y no ocurre nada. Lo intenta otra
vez. Naturalmente no lleva las llaves consigo, pero nunca cierra esa puerta con
llave, salvo cuando regresa a la ciudad.
Hace algunos intentos más, cada vez
más furioso, pero nada.
Y eso que es una puerta barata, una
capa de madera no demasiado gruesa y una cerradura de juguete.
Le daría risa verse tomando impulso
por el sendero para derribarla. Da unos pocos pasos acelerando y se lanza
contra la puerta.
El dolor en el hombro es nítido y
repentino como una cuchillada; le atraviesa el brazo y la espalda, fulminante y
abrasador. Cae sobre el sendero cubierto de barro con la boca abierta, una mano
sobre el hombro. Hasta el más leve movimiento de los dedos despierta en el
brazo un ardor infernal. La luz se ha deslizado más allá de la línea del
horizonte: se vuelve de espaldas, con los ojos dirigidos hacia las estrellas
heladas de la noche invernal.
Ahora hace verdadero frío: no puede
quedarse allí tendido en el sendero durante mucho tiempo. Se levanta con
dificultad, sosteniendo con la mano el hombro roto.
Necesita una piedra, a ser posible
grande. Dentro de la casa está su teléfono portátil; podrá pedir ayuda. Y qué
importa si durante un par de meses no podrá volver a tocar nada. Camina
encorvado, rebuscando entre la hierba con la mano que todavía puede usar,
silbando sin voz aquella maldita melodía que se le ha pegado al cerebro como un
chicle usado.
Nada, ni una piedra; la mano se
hunde en el frío cortante de la hierba húmeda sin encontrar más que tierra
mojada y barro. La escasa luz le juega malas pasadas y acaba apretando
furiosamente una vieja boñiga de vaca.
Maldice y se limpia la mano en la
hierba. Termina cerca de la sombra oscura del cuervo muerto. Se aparta con un
movimiento nervioso que le hace apretar los dientes de dolor.
A sus espaldas está la casa. A
pocos metros, el calor, la comida, la salvación. Se vuelve, decidido a golpear
el cristal con el puño. Son vidrios dobles, pero incluso el riesgo de hacerse
un corte grave en la mano se ha convertido ya en una tontería.
Las luces están apagadas. Apenas se
distingue el perfil de la casa, una oscuridad ciega contra el abismo del cielo.
Está seguro de que había encendido
las luces antes, cuando estaba en el sofá.
Seguro. Es fácil decir seguro. Ya
no está seguro de nada salvo del dolor y de aquel frío infame. ¿Es posible un
final tan ridículo, morir congelado frente a la puerta de su propia casa?
Instintivamente apoya la mejilla
contra el cristal. Jadea hasta empañar el oscuro reflejo del cielo sobre el
vidrio. Incluso se olvida del dolor: se concentra en respirar, se escucha
hacerlo con un asombro nuevo, nunca experimentado.
Intenta empujar el cristal. Es
grueso, malditamente grueso. Si no encuentra una piedra no... pero ¿dónde
demonios va a encontrarla en aquella oscuridad?
En la ciudad nadie lo espera;
dentro de un par de semanas, el director de la obra empezará a bombardear su
contestador con insultos. «¿Qué demonios haces con ese trabajo? ¿Está listo?
¿Me vas a llamar o no? ¡Imbécil, decídete de una vez!».
Lo más probable es que lo
encuentren hacia mayo quienes suban los animales a los pastos de montaña.
Cuatro huesos y dos harapos, lo que le hayan dejado los cuervos. «Fractura de
hombro», dirá el médico forense.
Un movimiento ligero, percibido por
el rabillo del ojo. Clava la mirada en la oscuridad. Una sombra pálida
atraviesa la habitación.
—¡Eh! ¡Eh! ¡Ayuda! —grita con todas
sus fuerzas, golpeando el cristal con el brazo sano.
Nada. Quién sabe qué ha visto. Solo
un reflejo, un simple reflejo del cielo.
Solo tiene que resistir hasta la
mañana, eso es todo. Unas horas. Pero no puede sentarse y mucho menos dormirse.
Cantará para mantenerse despierto.
Empieza silbando y de sus labios entreabiertos, resecos por el frío y el miedo,
vuelve a surgir la giga que ha repetido durante todos aquellos días.
De pronto recuerda dónde la oyó: la
radio del automóvil a todo volumen, la gran avenida con los árboles desnudos y
oscuros por la humedad.
—No eres nadie, Liliana, una pobre
idiota, eso es lo que eres, una pobre infeliz sin futuro —gritaba, aunque
trataba de conservar un tono frío, sarcástico—. Pero vete, vete. Ya encontrarás
a un buen muchacho que te mantenga, no te preocupes, un agente de seguros o
alguien que trabaje en bienes raíces. Claro que sí.
Ella no respondía; se miraba las
rodillas: una niña humillada por la maestra delante de todos. Pero no lloraba;
demonios, ni siquiera había conseguido hacerla llorar. Quizá unas lágrimas lo
habrían salvado todo. Le habría dicho: «Perdón, perdón. Es que estoy demasiado
enamorado de ti», o alguna otra estupidez por el estilo.
Había seguido un rato en aquel
tono, dándose cuenta de que ya no tenía ninguna vía de escape. Ella se bajó en
un semáforo sin añadir una sola palabra. Muérete, maldita. Debió de decírselo,
si es que no se lo gritó.
Después no volvió a oír hablar de
ella ni a verla: él se marchó casi inmediatamente.
Podría haberle ocurrido cualquier
cosa, realmente cualquier cosa. Incluso podría haber cometido alguna estupidez;
después de todo, sería comprensible.
Me gusta tu mundo, decía, me gusta
de verdad.
¿Y por qué no consigue recordar
cuál es la frase siguiente de aquella giga? Obstinadamente, pero sin esperanza,
vuelve a silbarla.
Apagó la radio del automóvil
mientras ella se bajaba. No se volvió para mirarla. Como siempre, ella habrá
cruzado el diminuto sendero y abierto la pequeña puerta metálica pintada de
azul, un poco descascarada. Después de sacar la llave, habrá echado hacia atrás
con un movimiento brusco el cabello que le había caído sobre el rostro. Pero no
consigue imaginarla llamándolo imbécil, rompiendo las pocas fotografías en las
que aparecen juntos. Ella se habrá culpado de todo, incluso de no poder seguir
amándolo.
Siente frío en la mente y la cabeza
vacía, llena de estrellas de invierno. Ya no consigue recuperar su rabia; todo
en su interior se confunde y oscila como la llama de una vela: el cielo de su
infancia, la delicada nuca de ella descubierta por el cabello echado hacia
atrás, la curva de sus hombros y un cuervo muerto, ligero como una cometa.
Golpea el cristal. Tiene que llegar
hasta la mañana, contar y volver a contar las estrellas como un ermitaño,
esperando que no falte ninguna. Silba, desafina y siente que las notas
palidecen y desaparecen a pocos metros de él, encerradas en una burbuja de
tiempo habitada únicamente por él.
En el cristal empieza a dibujarse
una forma más clara. Aplasta la nariz contra él para mirar.
Deja de silbar, contiene la
respiración y acaricia la ventana con un dedo. La imagen se forma deslizándose
lenta, sinuosa, como si estuviera dibujada por una capa de arena y aceite entre
dos cristales enfrentados.
Y la mirada de ella es serena, ausente, fija en las estrellas frías a sus espaldas.
Massimo Citi es un reconocido escritor, editor y exlibrero italiano especializado en narrativa especulativa, ciencia ficción, fantasía y ucronías. Nacido en Brescia y radicado en Turín, ejerció durante más de cuatro décadas como librero. A la par de su labor editorial con el sello CS_libri, ha sido codirector de publicaciones literarias como la revista LN LibriNuovi y la antología anual Fata Morgana. Asimismo, destaca por la edición de la serie de antologías Alia, referente de la ciencia ficción tanto italiana como internacional. Como autor, ha publicado numerosas novelas y relatos breves. Su obra abarca subgéneros que van desde el steampunk hasta la ficción distópica y fantástica. En 2002 fue galardonado con el Premio Omelas por su relato «Il perdono a dio», una distinción otorgada en colaboración con Amnistía Internacional a obras de ciencia ficción enfocadas en la defensa de los derechos humanos. Además de sus publicaciones impresas, mantiene una presencia activa en el ámbito crítico y ensayístico a través del blog literario Fronte e retro.


