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lunes, 5 de octubre de 2026

PENÉLOPE, TEJIENDO

Carole McDonnell

 

El mar de hombres: vienen en oleadas persistentes e implacables que golpean mi corazón. Que yo haya llegado no solo a ser inmune al rechazo, sino a convertirme en una fría experta en rechazar, haría reír a Ulises. Marcada por el rechazo desde niña, era insegura, bondadosa e ingenua cuando nos casamos. Criada como hija de un rey perfeccionista y a menudo ausente, ¿cómo no iba a identificarme con aquellos a quienes él descartaba con tanta facilidad por malvados, taimados o pretenciosos? Mi esposo, al ver mis heridas emocionales, dijo que haría de mí la más fiel y fuerte de las reinas, y quizá sea en una reina en lo que me he convertido. Me dejó débil y sin las cualidades de una reina; solo en su ausencia he llegado a ser la mejor de las reinas.

Desde el patio central y a través del pórtico, Antínoo entra con aire arrogante. Su sombra se agiganta y tapa el sol cuando entra en la antesala, y se agiganta aún más cuando se detiene en la entrada del salón principal, esperando que todos los demás pretendientes rechazados reparen en él. O lo huelan. La mayoría de nuestros ciudadanos prefieren la rosa y la menta para su aseo. Pero Antínoo se empapa de aromas: mejorana en las axilas, laurel en las partes íntimas, menta en el cabello, tomillo o iris en los pies. Hoy apesta al vino que roba con toda naturalidad de la bodega de mi esposo.

Lleno de soberbia, incapaz de dominarse, vive sin equilibrio ni disciplina. Le tengo miedo. Pero es un miedo que no debo mostrar.

—¡Elígeme, Penélope! —grita, burlón. Los que están cerca del hogar –unos diecisiete o dieciocho hombres de distintas edades– se han vuelto para mirarlo. Sin embargo, guardan silencio; ninguno se atreve a reír sin su permiso.

Antínoo es un sujeto despreciable. Lanza una patada contra un viejo mendigo encapuchado que se ha acercado al arco de Ulises para examinarlo, un arco que aún no se ha doblegado ante los inútiles intentos de Antínoo por tensarlo. Quizá lo irrite la constante resistencia del arco, pero también ha descargado su furia contra mi hijo Telémaco por haber permitido al mendigo entrar en el salón principal.

Antínoo esboza una sonrisa maliciosa: el permiso para que todos participen de su burla. Y ahora el salón resuena con risas autorizadas. Jefes militares, príncipes y señores serviles ríen con él. Pero yo no. Un sollozo desbordante de agotamiento, dolor, terror, desesperación y preocupaciones maternales se me atasca en la garganta. Las lágrimas contenidas siempre me queman detrás de los ojos, pero cada vez que Antínoo entra amenazan con brotar. La ira masculina me aterra.

Se acerca a mí de soslayo, con la mirada puesta más allá de donde estoy, en la sala del trono.

—¡Elígeme, Penélope! —dice de nuevo, y yo respondo, asombrada de que mi voz no tiemble.

—No eres digno de mí —digo.

Él responde:

—Soy digno de ti. Haré que el ocaso de tu vida sea como un nuevo amanecer.

—Más bien la llevarías a una muerte prematura —responde una voz a mis espaldas.

Reconozco la voz. Anfínomo. Bondadoso y bueno, el único que podría robarme el corazón… si es que los corazones fuertes pueden ser robados.

Me vuelvo hacia Anfínomo y lo saludo con una inclinación de cabeza.

—Querida señora —dice, y me rodea la cintura con la mano derecha para calmar mis nervios.

Aparto el brazo reconfortante de Anfínomo, resistiéndome a las persistentes oleadas de su bondad, pero ordeno a mis doncellas que le traigan carnes asadas, quesos y uvas. Veinte años son mucho tiempo. El mundo está lleno de crueldades cotidianas, guerras no declaradas, orgullos heridos y victorias mezquinas. Desde mi juventud estoy cansada de todo eso. Noble de porte y de corazón, Anfínomo me recuerda a Ulises por su capacidad de fortalecer mi corazón. Y solo Anfínomo puede aplacar la desesperación que lo golpea. Con Anfínomo cerca, casi olvido mi desesperada esperanza de que Ulises –a quien no veo y que está muy lejos– no se encuentre en el mundo de los muertos.

—Anfínomo —dice Antínoo—. Por mucho que penes de amor, ¿acaso la señora va a elegirte? ¿No ves que sigue amando a su esposo muerto?

—Mi esposo no está muerto —grito, con la voz temblorosa. Espero que crea que tiembla de ira y no de miedo. Pero ¿quién sabe? Antínoo es un depredador experto en olfatear a sus presas.

Antínoo se dirige solo a Anfínomo, como si yo no hubiera pronunciado una palabra.

—Regresa a tu ciudad, Anfínomo —dice—. Suspira allí por Penélope. Suspira por ella con todo tu corazón y durante todos los años que te queden de vida. Una reina anciana no necesita un nuevo amor. Necesita un rey digno de protegerla tanto a ella como a su hijo.

Vuelve a mirar hacia la sala del trono. Muchas veces lo he encontrado sentado en el trono de Ulises, como si ya gobernara Ítaca.

Me acaricia el rostro, pero Anfínomo le aparta la mano. Sonrío a mi salvador. Pero me recuerdo a mí misma: Ulises sigue vivo.

Cuando los sirvientes regresan con la comida de mi salvador, Eurímaco se ha acercado a mí. Mira las fuentes con evidentes celos. Apreciado por todos los demás pretendientes, a veces me corteja con su silencio, dejando que los otros hablen por él, cuando no hablan por sí mismos. Suele ser el centro de sus reuniones. Incluso cuando está lejos del salón principal, lo domina. Para ellos es como una gran ola, y ellos son las pequeñas ondas que lo rodean. Para mí es como una corriente de resaca, o como Escila y Caribdis, empeñado en hacerme naufragar.

Su perfidia me agota.

Desesperada por llorar y, a la vez, por no hacerlo, digo a todos los pretendientes presentes:

—Debo salir a respirar.

Sin embargo, Eurímaco me toma de la mano y me conduce fuera del palacio, lejos de su hogar encendido. Por lo general permanezco en mis aposentos interiores, tejiendo. Dentro no tengo cómo escapar. Ahora, fuera, unos treinta pretendientes se vuelven para mirarnos, pero ninguno se acerca. Antínoo está dentro, pero sus espías están por todas partes. Al otro lado del patio, el viejo mendigo encapuchado me mira; su rostro está demacrado, pero me resulta extrañamente familiar. Quiero bajar a la orilla. Quizá Ulises llegue hoy.

—¿Has considerado mi propuesta? —pregunta Eurímaco.

—¿Puedo estar un momento a solas? —digo—. Necesito respirar.

—¡Mi propuesta! —insiste.

—Me traicionaste al hacer que mi criada me espiara —digo entre dientes—. ¿Cómo voy a confiar mi corazón a alguien tan traicionero como tú?

—Solo recurrí a la astucia para conquistar tu corazón —dice, riendo, y luego intenta acariciarme el rostro.

Le aparto la mano.

—Jamás conquistarás mi corazón. Las mujeres buscan un esposo digno de confianza; quienes gobiernan buscan cónyuges honorables. Menelao entregó su corazón a Helena. ¿Y cuál fue el resultado? ¿Cómo se lo recompensó? Con la traición de una mujer infiel.

—Solo me serví de tu criada para conocer tus secretos. No la amo.

—¿Qué me importa si la amas o no? —Me estremezco, pero de ira, no de miedo.

—Deja de llorarlo y abandona tu ridículo tejido, Penélope —replica—. Elígeme y no revelaré tu secreto. Veinte largos años has esperado el regreso de Ulises, y durante tres años has tejido, destejido y vuelto a tejer esa mortaja para su padre.

—Sabes que son tres años porque araste con esa novilla —digo, poniendo los ojos en blanco.

—Penélope, no seguiré discutiendo contigo. ¿Quieres que convierta tu mentira en un secreto a voces? Elígeme. No te haré daño ni a ti ni a Telémaco, y tendrás un amante cálido en tu lecho en lugar de un esposo muerto en tus sueños. Y, además, conservarás tu integridad.

—Haz lo que quieras. Cuéntales mi secreto a todos. No me casaré contigo. Mi esposo regresará, y pronto.

Alza la mano derecha ante mi rostro y la sacude de manera amenazante.

—Penélope, eres una buena mujer. Una buena mujer no se dejaría hechizar como Helena. Tampoco sería la causa de largas guerras sangrientas. Como lo fue Helena. Estos pretendientes tuyos se matarán entre sí si sigues con tus engaños.

Me descubro pensando: ¡Oh, Helena, Helena, cuántos hombres han muerto por tu falta de firmeza! ¡Cuántos hombres orgullosos y nobles, jóvenes y viejos, campesinos y aristócratas, han muerto porque eras tan inestable como una balsa vacía en alta mar! Una buena mujer debería ser el más fuerte de los navíos, firme y sólido por mucho que lo azoten el viento y el mar. Eras tan inestable como el agua. Es cierto que los hombres pueden convertirse en cerdos, atrapados fácilmente por sus deseos, presos sin dificultad en las redes seductoras de mujeres astutas. Pero, Helena, eras hermosa y de noble cuna, ¿por qué permitiste que las mareas de la pasión sacudieran la firme nave de tu matrimonio? ¿Y por quién? ¿Paris? ¡Paris! ¡Oh, Helena, Helena! Las mujeres estamos hechas de una materia resistente. Temiendo, esperando, contemplando el mar oscuro como el vino, podrías haberte aferrado a Paris en tu corazón. Helena, ¿no eras una reina como yo? Alabada por todos, te creíste con derecho a la felicidad y no te importaron los demás. ¡Una guerra, Helena! ¡Una guerra, con miles de muertos, y mi esposo ausente!

Eurímaco interrumpe mis pensamientos.

—Penélope —dice—, ¿perderás tu reino y tu honor dejando que el mundo entero conozca tu pequeño y artero engaño?

Suspira y vuelve a entrar en el palacio.

Miro hacia el mar. Estoy tan cansada de estos hombres. Instantes después, unas pisadas se acercan a la carrera: Telémaco, mi hijo.

—Madre —dice, con la voz llena de ira y miedo—. Están revelando tu secreto.

Me toma las manos. Los pretendientes que estaban fuera corren ahora hacia el salón principal. Solo el viejo mendigo encapuchado permanece en el exterior. Telémaco, el viejo mendigo y yo escuchamos cómo el alboroto de los borrachos dentro del palacio se convierte en gritos furiosos contra las mujeres astutas.

—Ahora me llaman «Helena» —digo, y una risa amarga escapa de mis labios. La sonrisa de admiración del viejo mendigo me da libertad para expresar mis pensamientos en voz alta—. Otras esposas aceptaron la pérdida de sus maridos desaparecidos —le digo a Telémaco—. Se dieron por viudas. Desecharon los tejidos de sus antiguos matrimonios y tuvieron hijos con nuevos esposos. Yo permanecí aquí como un faro de castidad y virtud, esperando a un hombre que podía haber muerto… o haber encontrado el amor con otra mujer. Y ahora estos hombres me llaman «la astuta Helena».

—Madre —dice mi hijo—, otros hombres podrán dejarse hechizar por los cantos de sirenas seductoras o por los afrodisíacos de mujeres desconocidas, pero mi padre no.

—Eras un niño cuando se marchó —digo—. ¿Cómo puedes saber lo que ha hecho o dejado de hacer?

Sin prestar atención a la presencia del viejo mendigo, o quizá confiando en ese rostro anciano, digo:

—La vejez y el aire frío del mar me han entumecido los dedos. Mi mente está llena de tejidos. ¡Cuánto tiempo, Ulises! ¡Ven a mí en sueños si aún estás vivo! ¡No, ven, estés vivo o no! Ven con tu astucia y dame fuerzas. ¡Pero qué mundo han tejido ustedes, los hombres, para nosotras, las mujeres, atrapadas en su trama y su urdimbre! Menelao convocó a los antiguos pretendientes de Helena para recuperarla de manos de Paris. ¡Qué pensaría de mis supuestos pretendientes! ¡Los hombres y sus juramentos de hermandad! ¿Acaso estos intrusos no son también amigos y hermanos de mi esposo, unidos a él por juramento? Cuando nos prometimos, me propuse amarte. Y tú, amarme a mí. Si te han atrapado cantos seductores, deléitate con sus dulces y hechizantes armonías, pero no abandones esta nave matrimonial. Ata tu corazón a mi mástil y regresa a mí. Si te ha arrastrado la resaca de la muerte, álzate del inframundo y regresa a mí.

El viejo mendigo se vuelve hacia mí.

—He regresado a casa, Penélope —dice—. Estoy aquí.

Telémaco me sonríe.

—En verdad ha regresado, madre. Madre, aquí está tu esposo, de vuelta del mar.

Ulises sonríe maravillado.

—¡Y qué reina es ella!

Carole McDonnell es una escritora afroamericana nacida en Kingston, Jamaica, y radicada en Estados Unidos. Licenciada en Literatura por SUNY Purchase, ha cultivado una diversa trayectoria centrada principalmente en la ficción especulativa, la fantasía, la ciencia ficción y la literatura de inspiración cristiana. Entre sus obras destacadas se encuentran las novelas Wind Follower (2007) y The Constant Tower (2013), además de colecciones de relatos como Spirit Fruit: Collected Speculative Fiction. Su narrativa explora temas de fe, raza, justicia y relaciones humanas, integrando elementos del afrofuturismo y la fantasía étnica. Sus relatos y ensayos han sido incluidos en antologías influyentes como So Long Been Dreaming: Postcolonial Science Fiction and Fantasy y Sycorax's Daughters, así como en diversas publicaciones periódicas. Además de la ficción, McDonnell ha publicado poesía, devocionales y estudios bíblicos.

 

 

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