Carole McDonnell
El mar de hombres:
vienen en oleadas persistentes e implacables que golpean mi corazón. Que yo
haya llegado no solo a ser inmune al rechazo, sino a convertirme en una fría
experta en rechazar, haría reír a Ulises. Marcada por el rechazo desde niña,
era insegura, bondadosa e ingenua cuando nos casamos. Criada como hija de un
rey perfeccionista y a menudo ausente, ¿cómo no iba a identificarme con
aquellos a quienes él descartaba con tanta facilidad por malvados, taimados o
pretenciosos? Mi esposo, al ver mis heridas emocionales, dijo que haría de mí
la más fiel y fuerte de las reinas, y quizá sea en una reina en lo que me he
convertido. Me dejó débil y sin las cualidades de una reina; solo en su
ausencia he llegado a ser la mejor de las reinas.
Desde el patio central y a través
del pórtico, Antínoo entra con aire arrogante. Su sombra se agiganta y tapa el
sol cuando entra en la antesala, y se agiganta aún más cuando se detiene en la
entrada del salón principal, esperando que todos los demás pretendientes
rechazados reparen en él. O lo huelan. La mayoría de nuestros ciudadanos
prefieren la rosa y la menta para su aseo. Pero Antínoo se empapa de aromas:
mejorana en las axilas, laurel en las partes íntimas, menta en el cabello,
tomillo o iris en los pies. Hoy apesta al vino que roba con toda naturalidad de
la bodega de mi esposo.
Lleno de soberbia, incapaz de
dominarse, vive sin equilibrio ni disciplina. Le tengo miedo. Pero es un miedo
que no debo mostrar.
—¡Elígeme, Penélope! —grita,
burlón. Los que están cerca del hogar –unos diecisiete o dieciocho hombres de
distintas edades– se han vuelto para mirarlo. Sin embargo, guardan silencio;
ninguno se atreve a reír sin su permiso.
Antínoo es un sujeto despreciable.
Lanza una patada contra un viejo mendigo encapuchado que se ha acercado al arco
de Ulises para examinarlo, un arco que aún no se ha doblegado ante los inútiles
intentos de Antínoo por tensarlo. Quizá lo irrite la constante resistencia del
arco, pero también ha descargado su furia contra mi hijo Telémaco por haber
permitido al mendigo entrar en el salón principal.
Antínoo esboza una sonrisa
maliciosa: el permiso para que todos participen de su burla. Y ahora el
salón resuena con risas autorizadas. Jefes militares, príncipes y señores
serviles ríen con él. Pero yo no. Un sollozo desbordante de agotamiento, dolor,
terror, desesperación y preocupaciones maternales se me atasca en la garganta.
Las lágrimas contenidas siempre me queman detrás de los ojos, pero cada vez que
Antínoo entra amenazan con brotar. La ira masculina me aterra.
Se acerca a mí de soslayo, con la
mirada puesta más allá de donde estoy, en la sala del trono.
—¡Elígeme, Penélope! —dice de
nuevo, y yo respondo, asombrada de que mi voz no tiemble.
—No eres digno de mí —digo.
Él responde:
—Soy digno de ti. Haré que
el ocaso de tu vida sea como un nuevo amanecer.
—Más bien la llevarías a una muerte
prematura —responde una voz a mis espaldas.
Reconozco la voz. Anfínomo.
Bondadoso y bueno, el único que podría robarme el corazón… si es que los
corazones fuertes pueden ser robados.
Me vuelvo hacia Anfínomo y lo
saludo con una inclinación de cabeza.
—Querida señora —dice, y me rodea
la cintura con la mano derecha para calmar mis nervios.
Aparto el brazo reconfortante de
Anfínomo, resistiéndome a las persistentes oleadas de su bondad, pero ordeno a
mis doncellas que le traigan carnes asadas, quesos y uvas. Veinte años son
mucho tiempo. El mundo está lleno de crueldades cotidianas, guerras no
declaradas, orgullos heridos y victorias mezquinas. Desde mi juventud estoy
cansada de todo eso. Noble de porte y de corazón, Anfínomo me recuerda a Ulises
por su capacidad de fortalecer mi corazón. Y solo Anfínomo puede aplacar la
desesperación que lo golpea. Con Anfínomo cerca, casi olvido mi desesperada
esperanza de que Ulises –a quien no veo y que está muy lejos– no se encuentre
en el mundo de los muertos.
—Anfínomo —dice Antínoo—. Por mucho
que penes de amor, ¿acaso la señora va a elegirte? ¿No ves que sigue amando a
su esposo muerto?
—Mi esposo no está muerto —grito,
con la voz temblorosa. Espero que crea que tiembla de ira y no de miedo. Pero
¿quién sabe? Antínoo es un depredador experto en olfatear a sus presas.
Antínoo se dirige solo a Anfínomo,
como si yo no hubiera pronunciado una palabra.
—Regresa a tu ciudad, Anfínomo
—dice—. Suspira allí por Penélope. Suspira por ella con todo tu corazón y
durante todos los años que te queden de vida. Una reina anciana no necesita un
nuevo amor. Necesita un rey digno de protegerla tanto a ella como a su hijo.
Vuelve a mirar hacia la sala del
trono. Muchas veces lo he encontrado sentado en el trono de Ulises, como si ya
gobernara Ítaca.
Me acaricia el rostro, pero
Anfínomo le aparta la mano. Sonrío a mi salvador. Pero me recuerdo a mí misma:
Ulises sigue vivo.
Cuando los sirvientes regresan con
la comida de mi salvador, Eurímaco se ha acercado a mí. Mira las fuentes con
evidentes celos. Apreciado por todos los demás pretendientes, a veces me
corteja con su silencio, dejando que los otros hablen por él, cuando no hablan
por sí mismos. Suele ser el centro de sus reuniones. Incluso cuando está lejos
del salón principal, lo domina. Para ellos es como una gran ola, y ellos son
las pequeñas ondas que lo rodean. Para mí es como una corriente de resaca, o
como Escila y Caribdis, empeñado en hacerme naufragar.
Su perfidia me agota.
Desesperada por llorar y, a la vez,
por no hacerlo, digo a todos los pretendientes presentes:
—Debo salir a respirar.
Sin embargo, Eurímaco me toma de la
mano y me conduce fuera del palacio, lejos de su hogar encendido. Por lo
general permanezco en mis aposentos interiores, tejiendo. Dentro no tengo cómo
escapar. Ahora, fuera, unos treinta pretendientes se vuelven para mirarnos,
pero ninguno se acerca. Antínoo está dentro, pero sus espías están por todas
partes. Al otro lado del patio, el viejo mendigo encapuchado me mira; su rostro
está demacrado, pero me resulta extrañamente familiar. Quiero bajar a la
orilla. Quizá Ulises llegue hoy.
—¿Has considerado mi propuesta?
—pregunta Eurímaco.
—¿Puedo estar un momento a solas?
—digo—. Necesito respirar.
—¡Mi propuesta! —insiste.
—Me traicionaste al hacer que mi
criada me espiara —digo entre dientes—. ¿Cómo voy a confiar mi corazón a
alguien tan traicionero como tú?
—Solo recurrí a la astucia para
conquistar tu corazón —dice, riendo, y luego intenta acariciarme el rostro.
Le aparto la mano.
—Jamás conquistarás mi corazón. Las
mujeres buscan un esposo digno de confianza; quienes gobiernan buscan cónyuges
honorables. Menelao entregó su corazón a Helena. ¿Y cuál fue el resultado?
¿Cómo se lo recompensó? Con la traición de una mujer infiel.
—Solo me serví de tu criada para
conocer tus secretos. No la amo.
—¿Qué me importa si la amas o no?
—Me estremezco, pero de ira, no de miedo.
—Deja de llorarlo y abandona tu
ridículo tejido, Penélope —replica—. Elígeme y no revelaré tu secreto. Veinte
largos años has esperado el regreso de Ulises, y durante tres años has tejido,
destejido y vuelto a tejer esa mortaja para su padre.
—Sabes que son tres años porque
araste con esa novilla —digo, poniendo los ojos en blanco.
—Penélope, no seguiré discutiendo
contigo. ¿Quieres que convierta tu mentira en un secreto a voces? Elígeme. No
te haré daño ni a ti ni a Telémaco, y tendrás un amante cálido en tu lecho en
lugar de un esposo muerto en tus sueños. Y, además, conservarás tu integridad.
—Haz lo que quieras. Cuéntales mi
secreto a todos. No me casaré contigo. Mi esposo regresará, y pronto.
Alza la mano derecha ante mi rostro
y la sacude de manera amenazante.
—Penélope, eres una buena mujer.
Una buena mujer no se dejaría hechizar como Helena. Tampoco sería la causa de
largas guerras sangrientas. Como lo fue Helena. Estos pretendientes tuyos se
matarán entre sí si sigues con tus engaños.
Me descubro pensando: ¡Oh,
Helena, Helena, cuántos hombres han muerto por tu falta de firmeza! ¡Cuántos
hombres orgullosos y nobles, jóvenes y viejos, campesinos y aristócratas, han
muerto porque eras tan inestable como una balsa vacía en alta mar! Una buena
mujer debería ser el más fuerte de los navíos, firme y sólido por mucho que lo
azoten el viento y el mar. Eras tan inestable como el agua. Es cierto que los
hombres pueden convertirse en cerdos, atrapados fácilmente por sus deseos,
presos sin dificultad en las redes seductoras de mujeres astutas. Pero, Helena,
eras hermosa y de noble cuna, ¿por qué permitiste que las mareas de la pasión
sacudieran la firme nave de tu matrimonio? ¿Y por quién? ¿Paris? ¡Paris! ¡Oh,
Helena, Helena! Las mujeres estamos hechas de una materia resistente. Temiendo,
esperando, contemplando el mar oscuro como el vino, podrías haberte aferrado a
Paris en tu corazón. Helena, ¿no eras una reina como yo? Alabada por todos, te
creíste con derecho a la felicidad y no te importaron los demás. ¡Una guerra,
Helena! ¡Una guerra, con miles de muertos, y mi esposo ausente!
Eurímaco interrumpe mis
pensamientos.
—Penélope —dice—, ¿perderás tu
reino y tu honor dejando que el mundo entero conozca tu pequeño y artero
engaño?
Suspira y vuelve a entrar en el
palacio.
Miro hacia el mar. Estoy tan
cansada de estos hombres. Instantes después, unas pisadas se acercan a la
carrera: Telémaco, mi hijo.
—Madre —dice, con la voz llena de
ira y miedo—. Están revelando tu secreto.
Me toma las manos. Los
pretendientes que estaban fuera corren ahora hacia el salón principal. Solo el
viejo mendigo encapuchado permanece en el exterior. Telémaco, el viejo mendigo
y yo escuchamos cómo el alboroto de los borrachos dentro del palacio se convierte
en gritos furiosos contra las mujeres astutas.
—Ahora me llaman «Helena» —digo, y
una risa amarga escapa de mis labios. La sonrisa de admiración del viejo
mendigo me da libertad para expresar mis pensamientos en voz alta—. Otras
esposas aceptaron la pérdida de sus maridos desaparecidos —le digo a Telémaco—.
Se dieron por viudas. Desecharon los tejidos de sus antiguos matrimonios y
tuvieron hijos con nuevos esposos. Yo permanecí aquí como un faro de castidad y
virtud, esperando a un hombre que podía haber muerto… o haber encontrado el
amor con otra mujer. Y ahora estos hombres me llaman «la astuta Helena».
—Madre —dice mi hijo—, otros
hombres podrán dejarse hechizar por los cantos de sirenas seductoras o por los
afrodisíacos de mujeres desconocidas, pero mi padre no.
—Eras un niño cuando se marchó
—digo—. ¿Cómo puedes saber lo que ha hecho o dejado de hacer?
Sin prestar atención a la presencia
del viejo mendigo, o quizá confiando en ese rostro anciano, digo:
—La vejez y el aire frío del mar me
han entumecido los dedos. Mi mente está llena de tejidos. ¡Cuánto tiempo,
Ulises! ¡Ven a mí en sueños si aún estás vivo! ¡No, ven, estés vivo o no! Ven
con tu astucia y dame fuerzas. ¡Pero qué mundo han tejido ustedes, los hombres,
para nosotras, las mujeres, atrapadas en su trama y su urdimbre! Menelao
convocó a los antiguos pretendientes de Helena para recuperarla de manos de
Paris. ¡Qué pensaría de mis supuestos pretendientes! ¡Los hombres y sus
juramentos de hermandad! ¿Acaso estos intrusos no son también amigos y hermanos
de mi esposo, unidos a él por juramento? Cuando nos prometimos, me propuse
amarte. Y tú, amarme a mí. Si te han atrapado cantos seductores, deléitate con
sus dulces y hechizantes armonías, pero no abandones esta nave matrimonial. Ata
tu corazón a mi mástil y regresa a mí. Si te ha arrastrado la resaca de la
muerte, álzate del inframundo y regresa a mí.
El viejo mendigo se vuelve hacia
mí.
—He regresado a casa, Penélope
—dice—. Estoy aquí.
Telémaco me sonríe.
—En verdad ha regresado, madre.
Madre, aquí está tu esposo, de vuelta del mar.
Ulises sonríe maravillado.
—¡Y qué reina es ella!
Carole McDonnell es una escritora
afroamericana nacida en Kingston, Jamaica, y radicada en Estados Unidos.
Licenciada en Literatura por SUNY Purchase, ha cultivado una diversa
trayectoria centrada principalmente en la ficción especulativa, la fantasía, la
ciencia ficción y la literatura de inspiración cristiana. Entre sus obras
destacadas se encuentran las novelas Wind Follower (2007) y The
Constant Tower (2013), además de colecciones de relatos como Spirit
Fruit: Collected Speculative Fiction. Su narrativa explora temas de fe,
raza, justicia y relaciones humanas, integrando elementos del afrofuturismo y
la fantasía étnica. Sus relatos y ensayos han sido incluidos en antologías
influyentes como So Long Been Dreaming: Postcolonial Science Fiction and
Fantasy y Sycorax's Daughters, así como en diversas publicaciones
periódicas. Además de la ficción, McDonnell ha publicado poesía, devocionales y
estudios bíblicos.
