Yanni Tugores
Ella camina por la orilla de la playa. Una túnica
negra le cubre los pies. Arrastra algo pesado en la mano derecha. Va de un
extremo al otro y, a mitad del recorrido, se detiene. Levanta la cabeza y me
observa. Solo distingo su silueta, el rostro oculto bajo una capucha y dos
cuencas blancas y vacías que, de algún modo, sé que me miran.
¿Tiene rostro? No
logro distinguirlo desde el ventanal de mi apartamento, en un noveno piso. Sin
embargo, esas cuencas se me aparecen con una claridad imposible.
Todas las noches
repite la misma rutina: camina, se detiene, me observa y continúa.
Afuera es verano,
pero aquí, dentro de mí, hace mucho frío. Me canso de mirarla. Giro la silla de
ruedas y me dirijo al dormitorio. Me paso a la cama y me cubro con una manta de
cuadrados de crochet multicolores que heredé de mamá. Al fin logro dormirme.
Amanece. La luz
del sol atraviesa mis párpados. Intento abrir los ojos, pero no puedo. Siento
una opresión en el pecho. Me froto los párpados hasta conseguir separarlos; aun
así, no veo nada. Estiro las manos hasta alcanzar la silla. Me incorporo y,
ayudándome con los brazos, bajo las piernas de la cama. Logro sentarme. Tiro de
la manta y me cubro. Conozco bien la casa; puedo recorrerla a ciegas.
El frío es cada
vez más intenso. Me acerco al ventanal y corro las cortinas. Siento el sol
sobre el cuerpo, pero no consigue calentarme.
No tengo apetito
ni ganas de hacer nada. Un olor nauseabundo me llega desde algún rincón. Deben
de ser las heces de la gata que no he podido limpiar. ¿Qué puedo hacer si no
veo? No importa, pienso, ya lo limpiaré.
Decido quedarme
allí, inmóvil, esperando. Mimí salta a mi regazo, maúlla y ronronea.
Abro el ventanal y
salgo al balcón. La gata salta al suelo y se aleja. Siempre regresa. No me
preocupo.
Poco a poco se
apaga el ruido del día.
Me llega el olor
de la sal, el vaivén de las olas y las risas de los últimos enamorados que
abandonan la playa. Recuerdo que esta noche hay luna llena e intento imaginar
su luz sobre el agua.
Es extraño: ya no
tengo frío. Por el contrario, un calor intenso me sofoca. Alguien toma mi mano
y me ayuda a incorporarme. Oigo un roce pesado a nuestro lado, algo que se
arrastra. Después siento agua en los pies.
Una mano me toca
el rostro y vuelvo a ver.
Estoy caminando
junto a ella por la orilla del mar. Bajo su capucha, los ojos ya no son cuencas
blancas y vacías: son enormes, rojos, y un halo de fuego le rodea el cuerpo.
Con la mano libre arrastra algo que deja un surco en la arena.
Ahora entiendo: ha
venido a buscarme. Me lleva con ella, pero ¿adónde?
El calor se vuelve
insoportable. Yo no he sido mala.
—¡No, no! ¡Por
favor, déjame!
Forcejeo hasta
soltarme. Me sumerjo en el mar y nado hasta dejar de hacer pie.
¿Hacer pie? ¡Mis
piernas se mueven! ¡Puedo nadar!
La luna llena
ilumina la playa. El agua está cubierta de noctilucas que destellan con cada
brazada. Mi cuerpo desnudo se llena de esos fulgores. ¡Qué placer!
Nado hasta la
orilla y salgo. Aún no puedo creer que esté caminando. Me tiendo boca arriba
sobre la arena y me observo. La piel está tersa, el pelo ha recobrado el color
del trigo. Mis senos lucen turgentes y en mis manos no queda una sola arruga.
¡Soy joven otra vez!
Me acerco al agua
y busco mi reflejo en la superficie iluminada por la luna.
Estoy desnuda.
Debo regresar. Pero antes tendré que secarme.
La playa está
desierta. De la figura que me acompañaba no queda rastro. Decido caminar de un
extremo al otro.
A mitad del
recorrido me detengo. Levanto la mirada y, detrás de un ventanal, veo a una
anciana sentada en una silla de ruedas. Me está mirando.
Bajo los ojos. Una
túnica negra me cubre hasta los pies.
Vuelvo a caminar
por la playa, de un extremo al otro, mientras mi mano derecha arrastra una
pesada guadaña.
Yanni Mara Tugores Tajada nació en Montevideo y reside en La Paz, Canelones, Uruguay. Escritora, prologuista y promotora cultural, es secretaria de la Asociación Uruguaya de Literatura, Historia y Arte, embajadora de Paz por Mil Milenios de Paz y embajadora del idioma español por la Fundación César Egido Serrano. Ha publicado catorce libros y participado en más de trescientas antologías nacionales e internacionales. Sus poemas y cuentos aparecieron en diarios y revistas de distintos países y fueron traducidos al portugués, árabe, italiano y rumano. Algunos poemas fueron musicalizados por autores uruguayos y argentinos. Ha prologado y presentado más de treinta libros, integrado jurados literarios y dictado conferencias sobre escritores uruguayos. Dirige la Comunidad Artística Esquina Cultural La Paz, donde organiza concursos internacionales de poesía y narrativa en español, portugués, italiano y braille. Compila antologías, coordina encuentros literarios y ha recibido premios y reconocimientos por su obra y su labor cultural, social y humanitaria.
