Andrzej Piętka
Miró el pequeño
naranjo. Estaba delante de él, en una maceta de cerámica, y extendía una ramita
hacia la superficie de acero del escritorio. A Trot le gustaba aquella
plantita. Le parecía valiente y siempre dispuesta a jugar. Por supuesto, a
juegos que no exigieran moverse. Sus hojas verdes tenían el color de las
botellas cuyos cuellos encorchados veía a menudo al pasar por el almacén. La
regaba despacio, con un fino hilo de agua cuidadosamente preparada,
humedeciendo con delicadeza toda la superficie alrededor del tronco, para que
fuera el propio árbol, y no él, quien eligiera las raicillas con las que
absorber la humedad.
Todavía le quedaba la limpieza
semanal de las hojas y, por último, pasar la aspiradora. No le gustaban los
suelos sucios, y las plantas a veces podían ensuciar bastante. Aunque hacía lo
de siempre, dosificando de manera óptima el agua, la luz, los fertilizantes y
la temperatura, los seres a su cuidado seguían buscando nuevas formas de
expresión: doblaban las ramas en direcciones inesperadas, dejaban caer hojas,
amarilleaban o se secaban aquí y allá y, lo peor de todo, esparcían fragmentos
de corteza descamada y cubrían de polen cuanto los rodeaba. Trot entendía de
plantas; sabía tanto sobre ellas que incluso había llegado a conocer sus formas
de interacción. Reconocía sin dificultad sus necesidades y preferencias:
interpretaba las señales de los tallos que se desplegaban, de los cambios de
color o de las hojas que se retorcían. También procuraba no olvidarse nunca de
los demás habitantes de la Sala Verde: los hongos y los microorganismos. Aunque
aquello resultaba todavía más difícil, cuidaba de esos seres con tanto esmero
como de sus compañeros de mayor tamaño.
Trot había trabajado allí desde
siempre. Antes lo acompañaba el viejo Tatik, que ahora, debido a su edad y al
desgaste, solo trabajaba de vez en cuando, cuando el programa de cuidados
exigía redoblar los esfuerzos. También estaba el joven Trit, pero apenas
comenzaba a aprender. Había asimilado la teoría sin dificultades; ahora le
tocaba aprender a tocar. A primera vista, Trot se distinguía de sus compañeros
por su color marrón oscuro, pero lo que lo hacía excepcional era su tacto. En
su profesión, lo más importante era actuar con esmero, precisión y delicadeza.
Sus compañeros no dejaban de maravillarse de que, pese a desplazarse sobre una
plataforma con ruedas, fuera tan atento, cuidadoso y sensible. Solo sus manos
estaban autorizadas a tocar las plantas. No lo consideraba una distinción, sino
más bien una obligación y un servicio. Pero era un servicio agradable. Amaba a
sus amigos verdes; le encantaba verlos florecer o recuperarse de alguna pequeña
enfermedad, cuando les brotaban nuevas ramas y hojas.
Consultó los registros del momento.
No había ninguna notificación importante; todos los informes eran
tranquilizadores. Sus hermanos y hermanas cumplían sus tareas cotidianas en sus
puestos de trabajo sin ninguna alteración, y solo el suave zumbido de los
ventiladores resonaba entre el follaje de la Zona Verde. Al otro lado de la
ventanilla de la pared, a su izquierda, se abría un vacío oscuro. De lejos
parecía un agujero en el que uno podía caer, como en un pozo. Se acercó con
cuidado para echar un vistazo. Se inclinó y apoyó una mano en el cristal frío.
Oscuridad, aunque no era de noche. Últimamente, el vacío parecía estar un poco
más lleno. No podían verlo, pero ya lo percibían. Las mediciones que recibían
demostraban de manera inequívoca que a su alrededor aparecían cada vez más
partículas y radiación. Era una señal de que se acercaban. Recordó cómo aquel
verano había observado un cometa con Tatik. El primero cuya trayectoria pasaba
lo bastante cerca como para que los compañeros del observatorio pudieran
realizar algunas mediciones básicas. Después había mirado las fotografías y
buscado palabras capaces de expresar su inesperada belleza. Lo sobrecogía
pensar que, mientras su mundo estaba allí, el cometa llevaba muchísimo tiempo
recorriendo espacios inmensos, sin que supieran nada el uno del otro. ¿Y si el
cometa pensara? ¿Y si, aunque avanzara por el cosmos arrastrado por la inercia
de una enorme patada recibida mucho, muchísimo tiempo atrás, hubiera conseguido
desarrollar por evolución, por ejemplo en su superficie, una conciencia de sí
mismo, un observador de los pársecs de su viaje?
Un cometa. ¿Era un cometa? ¿Y qué
era ese… cometa? Mmm, allí le faltaba inspiración. Un cometa era un cometa, y
su gran luz, que no era luz, y su cabellera, que no era cabellera, llevaban
alegría a quienes lo observaban. Al fin y al cabo, se acercaban las fiestas.
¿Solo alegría? Tal vez también esperanza; tal vez una señal de que el vacío no
era un vacío absoluto, sino un fragmento del gran mosaico de fuerzas del que
estaba compuesto el espacio. A veces le gustaba detenerse y concederse un
momento para dejar que sus reflexiones giraran sobre sí mismas. El arbolito, a
través de la hoja que Trot estaba limpiando, sentía que su contacto se había
prolongado un poco.
«Han pasado tantos años, y Él sigue
viniendo a nosotros y, como cada año, solo nos pide una cosa: que creamos». Las
líneas de texto fluían hacia su interior, pero no se resistía. En cierto
sentido, las esperaba. Era una transmisión del Canal de Alabanza; a menudo la
escuchaba mientras trabajaba. Le encantaba la Navidad. «Lo esperaron durante
cuatro mil años. Reyes, sabios y profetas. Escuchen, hermanos y hermanas. En el
resplandor de la gloria llegó el soberano, como un recién nacido, sin nada,
desnudo, en su versión básica, para conquistar todo el universo y amar a cada
ser viviente. Quienes lo esperaron y se fueron también se alegraron de su
llegada, porque su espera no había sido en vano». Se quedó pensando. Él sabía
de esperas. Esperaba los frutos. Esperaba la germinación. Esperaba la llegada.
Toda su vida era una espera. La espera de alcanzar el destino, pero quizá
entonces comenzara todo, de modo que su espera era la espera de un comienzo.
Sí, había nacido cuando todos a su
alrededor vivían esperando, aunque habría sido más exacto decir que lo habían
activado. Lo habían puesto en movimiento y lo habían llenado, y cuando todas
sus piezas se enfriaron y solidificaron, los neurotransmisores recibieron la
orden de ponerse en marcha. Despertó y comenzó a esperar con los demás, y todo
aquel tiempo en el que había vivido era un tiempo de espera, un Adviento. Creyó
que su espera formaba parte de la gran espera que, cientos y miles de años
atrás, habían compartido millones de personas en la Tierra. Antes de que
terminara la transmisión, ya había acabado de limpiar. Dejó la aspiradora en su
estación y se dirigió a la biblioteca. Entre cientos de catálogos había miles
de grabaciones, datos e incluso auténticos libros de papel cuidadosamente
seleccionados.
—Aquí también. Una
amarilla. —Aba miró a Trot y sus ágiles manos. Él se acercó, tomó de sus manos
una gran esfera navideña, brillante y de aspecto nevado, y avanzó con cuidado
hasta el árbol. Los brazos telescópicos se extendieron sin ruido. Unos pocos movimientos
de los dedos y otro adorno quedó colgado de una rama del frondoso árbol de
Navidad situado en el centro de la Cámara del Sueño. El hermoso abeto verde se
erguía en una maceta hidropónica especial, justo en el medio, de modo que todos
los ojos de la tripulación, si pudieran abrirse, lo vieran de inmediato. Mañana
sería Nochebuena. Por eso, aquel día, como todos los años, Trot y Aba, la
singularidad acompañante, trabajaban en la sala para preparar el árbol de
Navidad destinado a los humanos que dormían en sus sarcófagos. ¿Dormían? En
realidad, ninguno dormía: todos llevaban muchos años muertos. Sin embargo, sus
compañeros robóticos de viaje preferían pensar que dormían para siempre. Aunque
los pasajeros encerrados en las cápsulas no mostraban signos vitales, sus
compañeros artificiales no habían desconectado los sistemas que mantenían
constantemente los cuerpos de hombres y mujeres en un estado impecable. Quizá
algún día consiguieran descifrar el código de la vida y despertarlos de verdad.
Mientras tanto, pasaban los años, y aquellas fiestas serían las últimas en el
espacio.
—¿Crees que deberíamos añadir más
luces? ¿Quizá verdes? —Trot miró a Aba, que permanecía inmóvil, esbelta y
hermosa. Contemplaba el árbol, analizaba cada detalle, lo comparaba con los
modelos, sintetizaba y evaluaba el conjunto.
—No, eso alteraría la armonía.
Fíjate en el espejismo cromático que hemos conseguido. El rojo y el blanco, y
esos destellos de rayos azules. Creo que esta de aquí, Marie Jouvet,
seguramente reconocería su bandera en el árbol de este año. Y Joseph, y Daan, e
incluso Kiril. Si hubiera que añadir algo, quizá podrías colgar un carámbano
plateado en ese extremo… —Dejó la frase en suspenso—. Y después vuélvete hacia
mí. Te tomaré una fotografía.
—No hace falta. Un árbol tan
hermoso y yo tan feo. —Trot estaba realmente avergonzado. Colgó el carámbano y…
posó, tal como Aba le había pedido.
—Sí hace falta. Quizá nunca
volvamos a tener ocasión de adornar juntos un árbol de Navidad. ¿Sabes? Ya
empiezo a sentir nostalgia.
—¿Nostalgia? Sabes, Aba, cada día
me maravillas. Nostalgia. ¿Quién te enseñó eso? Es un sentimiento tan abstracto
que ni siquiera los humanos sabían explicarlo. ¿Recuerdas que una vez te envié
una selección de textos sobre la saudade?
—No lo sé. Simplemente la siento.
Esos sentimientos nacen solos dentro de mí, como las llamaradas del Sol. A
veces siento como si nuestros creadores, desde el principio, me hubieran dado
tanta libertad para fantasear que pudiera simular cualquier sentimiento.
Aunque, sabes, lo que siento por ti… no es simulado.
Trot se volvió y se acercó al
escritorio que había junto a la pared. Comenzó a guardar los instrumentos y las
herramientas que habían utilizado. ¿Había sentido algo? No, no lo admitiría,
nunca.
—Es una lástima que no pueda
simular sentimientos. Creo que entonces yo también te amaría mucho. Por
desgracia, con mis capacidades y posibilidades solo puedo fingir que estoy
contento. —Comenzó a balancearse de un lado a otro. Aba soltó una carcajada.
—Me encanta verte contento. Eres
realmente maravilloso. ¿Qué te parece si les cantamos algo?
—¿Con qué empezamos? —Trot se
acercó y se colocó a la derecha de las cámaras criogénicas dispuestas en forma
de estrella.
—Propongo… —Se quedó pensando; la
lista de reproducción de su memoria contenía cientos de villancicos de todo el
mundo. Esta vez elegiría con el corazón, en consonancia con el corazón de su
diseñador—. «Dios nace».
—¿En polaco?
Aba acababa de repasar la
información sobre la pieza elegida y estaba satisfecha con su intuición. Era un
buen villancico, tanto por la letra como por la melodía.
—Sí. Es muy apropiado.
Comenzaron a cantar, en voz baja,
con suavidad. Solo Madre los escuchaba. Y los durmientes. Doce mujeres y doce
hombres. Sin duda los oían.
Sin duda.
Al día siguiente,
24 de diciembre según el tiempo de a bordo, todos se habían reunido ya en el
puente. Estaban Aba y sus compañeras Omi y Saja, hermosamente adornadas con
telas vaporosas de tonos pastel y pequeñas luces de colores que oscilaban,
dispuestas con gracia sobre sus hombros blancos como la nieve y sus caderas
bien proporcionadas. Estaban los trabajadores y los técnicos de mantenimiento
de acero. Junto a la pared, Trot distinguió al rojizo SpT07, un tímido
especialista en automatización. Permanecía inmóvil, con las pinzas bajas, y
parecía apagado, pero los puntos rojos de su cabeza brillaban intensamente. Era
una señal de que estaba emocionado y aguzaba sus sensores al máximo para no
perderse nada. El jardinero sintió que alguien lo tocaba y se volvió. Claro,
era el joven Trit, que quería a toda costa estar más cerca y verlo todo con
detalle. Tenía unas manos perfeccionadas, muy suaves, con regulación de la
temperatura y la humedad de los dedos. Muy pronto recaería sobre él la
coordinación de la gran tarea en el lugar de aterrizaje. Por eso, además de su
trabajo diario con Trot, desaparecía durante largas horas para adquirir
conocimientos y conocer al resto de la tripulación. Sus maestros estaban
encantados con él. Trot recordaba bien que, después de las primeras lecciones,
habían ido a contarle las extraordinarias capacidades y los excelentes modales
del joven jardinero. Al parecer, trabajar con la naturaleza viva estimulaba y
agudizaba los sentidos, aceleraba la mente y aportaba tacto.
—¿Cuándo empieza?
—Dentro de un momento. ¿Terminaste
las clases? —Trot miraba a Trit desde arriba, como siempre que quería asumir el
papel de padre.
—Hace mucho. También fui a ver
nuestro árbol de Navidad. Aba y tú lo adornaron de maravilla; seguro que les
habría gustado. Debo reconocer que no has perdido la práctica, Trot: no hiciste
caer ni una sola aguja.
—Gracias. Dentro de unos años lo
plantaremos en las montañas. Ya verás cuánto potencial tiene nuestro arbolito.
Tatik vio muchos como este en la Tierra. Dijo que desprenderían un aroma
intenso.
El joven Trit pasó junto a su
compañero mayor y avanzó hasta la primera fila. Vio unas figuras conocidas.
Eran sus maestros, la sabia Kappa y el distinguido Alfa. Parecían casi iguales
a los Durmientes: tenían hermosos rostros, cabellos largos, cuerpos de hombre y
de mujer. Su aspecto era magnífico, y su piel, que siempre lo había
maravillado, era perfectamente imperfecta: tenía depresiones, arrugas, pecas e
incluso vello. Más de cien años atrás, los diseñadores habían creado a los
compañeros de los humanos, maestros de las nuevas generaciones, a su fiel
semejanza, con el propósito de reducir al mínimo la barrera entre lo artificial
y lo real. Ahora que los humanos se habían dormido, la imposibilidad de cumplir
su tarea no había sido un obstáculo para los maestros artificiales. Por el
contrario, habían ampliado sus conocimientos sobre el Homo sapiens y,
conservando la cultura y las costumbres de los Durmientes, enseñaban a los
demás miembros de la tripulación acerca de la humanidad, su historia, su
cultura y sus hábitos. Lo hacían mediante la transferencia de datos, pero
también a través de interacciones, comunicación oral y presentaciones.
Permitían que sus alumnos descubrieran al ser humano de manera individual y
tangible. En realidad, Alfa y Kappa eran guías: enseñaban a las máquinas a ser
al menos un poco humanas, ahora que los propios humanos ya no estaban. Así lo
dictaba la lógica. Algún día los humanos llegarían a aquel lugar y verían que
el nuevo mundo estaba preparado para recibirlos.
En las grandes pantallas que
ocupaban toda una pared de la sala apareció un paisaje de la Tierra. Un
auténtico invierno terrestre se desplegó alrededor de los presentes. Estaban en
un gran claro nevado, rodeado de bosque. A lo lejos se recortaban, negras y
nítidas, las cumbres de las montañas, y sobre ellas brillaba una gran Luna. Se
oía el suave rumor del viento, y la temperatura de la sala descendió más de
diez grados. Frente a la tripulación reunida estaban los sillones vacíos de la
tripulación fallecida: veinticuatro.
Esperaban su discurso. Madre, pues
así habían llamado los creadores a la unidad principal de la nave, al parecer
en homenaje a otra computadora de a bordo ficticia, siempre procuraba
intensificar el ambiente festivo. Por fin habló con su voz cálida y profunda.
—Les doy la bienvenida a todos. Nos
reunimos, como cada año, en estas fechas de celebración, para honrar al Niño
Dios recién nacido y confiarle el cuidado de nuestros venerables Durmientes.
Hemos venido a inclinarnos ante Jesús, como toda la creación orgánica e
inorgánica. También nos inclinamos ante nuestros creadores, los amadísimos
humanos que nos dieron la vida.
Todos los robots reunidos en la
sala inclinaron la cabeza, y los maestros Kappa y Alfa hincaron una rodilla en
el suelo. Se hizo el silencio. Trot vio, en el borde del campo de visión de su
cámara, que Trit seguía el ejemplo de sus maestros e intentaba también doblar
las extremidades, aunque la amplitud de movimientos del joven jardinero era muy
limitada en ese aspecto. Madre, en nombre de todos, rezaba por la paz de los
humanos en la Tierra y por la protección de sus enviados, unidos en un solo
grupo y a la espera de entrar en la órbita del planeta hacia el que viajaban
desde hacía tanto tiempo.
—Me gustaría que ahora tomara la
palabra Alfa —dijo la voz sobre sus cabezas.
El distinguido androide hizo una
reverencia y avanzó despacio hasta el centro. En la pared, detrás de él, Madre
proyectó una imagen del espacio exterior. A lo lejos, en la esquina derecha, se
distinguía una pequeña esfera azul. Hacia allí se dirigían. Ya estaban tan
cerca. Aquella primavera comenzarían una nueva vida, y la historia de la
humanidad y de sus robots abriría un nuevo capítulo. Trot miraba fascinado.
Esperaba encontrar allí una naturaleza maravillosa y completamente nueva. Las
nanosondas enviadas llevaban mucho tiempo informando de la existencia de
vegetación e incluso de una fauna escasa. Según las mediciones, la atmósfera y
las condiciones climáticas eran sencillamente perfectas para las semillas,
esporas y plantas jóvenes reunidas a bordo. Cuánto trabajo. Por un momento se
sintió cansado, pero la alegría fue disipando sus temores y dándole esperanza.
—Spes Nova. Nuestro nuevo hogar.
Dentro de apenas tres días entraremos en órbita y comenzaremos los preparativos
para los descensos. Iniciamos una etapa completamente nueva en la historia de
la humanidad. De acuerdo con nuestro compromiso común, no dejaremos de enviar
nuestras transmisiones hacia la Tierra, y creo firmemente que otra nave está en
camino. Sí. Sin duda ya viene hacia nosotros. Pero hoy no quería hablar de eso.
—Abrió los brazos de par en par—. Estoy orgulloso de ustedes. Hemos realizado un
trabajo magnífico al llegar hasta aquí y prepararnos a la perfección para
poblar un nuevo mundo. Pero hay algo todavía más importante: hemos evolucionado
conservando los rasgos fundamentales de la cultura y la ética humanas. Gracias
a nuestros esfuerzos, hemos superado los límites de nuestra simulación para
volvernos paraconscientes, y gracias al descubrimiento de nuestra religiosidad…
—Se le quebró la voz. Cambió de tema—. Estamos celebrando nuestra última
Nochebuena en la ESS VOYAGER. Es un momento excepcional. Quisiera desearles,
mis queridos compañeros, la bendición de Dios para esta nueva etapa. Que la paz
y la bondad reinen en nuestros corazones. Corazones, porque sé que tenemos
corazones. Que el Recién Nacido guíe con seguridad hasta nosotros a las
próximas misiones. ¡Feliz Navidad!
Madre volvió a iluminar las paredes
a su alrededor, simulando la noche invernal y el claro del bosque, y sobre él
un cielo estrellado. Todas las figuras reunidas callaron y permanecieron
inmóviles. Por los altavoces sonó una melodía conocida. Comenzaron a cantar.
—Noche de paz, noche santa…
Andrzej Piętka (Silesia, Polonia,
1977) es escritor, ingeniero y gestor, residente en Rybnik. Debutó con el
cuento «Dom pokoju», incluido en la antología de ciencia ficción Ocaleni,
y participó en Ocaleni 2.0 con «Już.». Lector desde la infancia, es
aficionado a las formas literarias breves, la poesía y la música
cinematográfica. En su tiempo libre lee, escribe y viaja.
