domingo, 18 de octubre de 2026

VILLANCICO PARA LOS DURMIENTES

Andrzej Piętka

 

Miró el pequeño naranjo. Estaba delante de él, en una maceta de cerámica, y extendía una ramita hacia la superficie de acero del escritorio. A Trot le gustaba aquella plantita. Le parecía valiente y siempre dispuesta a jugar. Por supuesto, a juegos que no exigieran moverse. Sus hojas verdes tenían el color de las botellas cuyos cuellos encorchados veía a menudo al pasar por el almacén. La regaba despacio, con un fino hilo de agua cuidadosamente preparada, humedeciendo con delicadeza toda la superficie alrededor del tronco, para que fuera el propio árbol, y no él, quien eligiera las raicillas con las que absorber la humedad.

Todavía le quedaba la limpieza semanal de las hojas y, por último, pasar la aspiradora. No le gustaban los suelos sucios, y las plantas a veces podían ensuciar bastante. Aunque hacía lo de siempre, dosificando de manera óptima el agua, la luz, los fertilizantes y la temperatura, los seres a su cuidado seguían buscando nuevas formas de expresión: doblaban las ramas en direcciones inesperadas, dejaban caer hojas, amarilleaban o se secaban aquí y allá y, lo peor de todo, esparcían fragmentos de corteza descamada y cubrían de polen cuanto los rodeaba. Trot entendía de plantas; sabía tanto sobre ellas que incluso había llegado a conocer sus formas de interacción. Reconocía sin dificultad sus necesidades y preferencias: interpretaba las señales de los tallos que se desplegaban, de los cambios de color o de las hojas que se retorcían. También procuraba no olvidarse nunca de los demás habitantes de la Sala Verde: los hongos y los microorganismos. Aunque aquello resultaba todavía más difícil, cuidaba de esos seres con tanto esmero como de sus compañeros de mayor tamaño.

Trot había trabajado allí desde siempre. Antes lo acompañaba el viejo Tatik, que ahora, debido a su edad y al desgaste, solo trabajaba de vez en cuando, cuando el programa de cuidados exigía redoblar los esfuerzos. También estaba el joven Trit, pero apenas comenzaba a aprender. Había asimilado la teoría sin dificultades; ahora le tocaba aprender a tocar. A primera vista, Trot se distinguía de sus compañeros por su color marrón oscuro, pero lo que lo hacía excepcional era su tacto. En su profesión, lo más importante era actuar con esmero, precisión y delicadeza. Sus compañeros no dejaban de maravillarse de que, pese a desplazarse sobre una plataforma con ruedas, fuera tan atento, cuidadoso y sensible. Solo sus manos estaban autorizadas a tocar las plantas. No lo consideraba una distinción, sino más bien una obligación y un servicio. Pero era un servicio agradable. Amaba a sus amigos verdes; le encantaba verlos florecer o recuperarse de alguna pequeña enfermedad, cuando les brotaban nuevas ramas y hojas.

Consultó los registros del momento. No había ninguna notificación importante; todos los informes eran tranquilizadores. Sus hermanos y hermanas cumplían sus tareas cotidianas en sus puestos de trabajo sin ninguna alteración, y solo el suave zumbido de los ventiladores resonaba entre el follaje de la Zona Verde. Al otro lado de la ventanilla de la pared, a su izquierda, se abría un vacío oscuro. De lejos parecía un agujero en el que uno podía caer, como en un pozo. Se acercó con cuidado para echar un vistazo. Se inclinó y apoyó una mano en el cristal frío. Oscuridad, aunque no era de noche. Últimamente, el vacío parecía estar un poco más lleno. No podían verlo, pero ya lo percibían. Las mediciones que recibían demostraban de manera inequívoca que a su alrededor aparecían cada vez más partículas y radiación. Era una señal de que se acercaban. Recordó cómo aquel verano había observado un cometa con Tatik. El primero cuya trayectoria pasaba lo bastante cerca como para que los compañeros del observatorio pudieran realizar algunas mediciones básicas. Después había mirado las fotografías y buscado palabras capaces de expresar su inesperada belleza. Lo sobrecogía pensar que, mientras su mundo estaba allí, el cometa llevaba muchísimo tiempo recorriendo espacios inmensos, sin que supieran nada el uno del otro. ¿Y si el cometa pensara? ¿Y si, aunque avanzara por el cosmos arrastrado por la inercia de una enorme patada recibida mucho, muchísimo tiempo atrás, hubiera conseguido desarrollar por evolución, por ejemplo en su superficie, una conciencia de sí mismo, un observador de los pársecs de su viaje?

Un cometa. ¿Era un cometa? ¿Y qué era ese… cometa? Mmm, allí le faltaba inspiración. Un cometa era un cometa, y su gran luz, que no era luz, y su cabellera, que no era cabellera, llevaban alegría a quienes lo observaban. Al fin y al cabo, se acercaban las fiestas. ¿Solo alegría? Tal vez también esperanza; tal vez una señal de que el vacío no era un vacío absoluto, sino un fragmento del gran mosaico de fuerzas del que estaba compuesto el espacio. A veces le gustaba detenerse y concederse un momento para dejar que sus reflexiones giraran sobre sí mismas. El arbolito, a través de la hoja que Trot estaba limpiando, sentía que su contacto se había prolongado un poco.

«Han pasado tantos años, y Él sigue viniendo a nosotros y, como cada año, solo nos pide una cosa: que creamos». Las líneas de texto fluían hacia su interior, pero no se resistía. En cierto sentido, las esperaba. Era una transmisión del Canal de Alabanza; a menudo la escuchaba mientras trabajaba. Le encantaba la Navidad. «Lo esperaron durante cuatro mil años. Reyes, sabios y profetas. Escuchen, hermanos y hermanas. En el resplandor de la gloria llegó el soberano, como un recién nacido, sin nada, desnudo, en su versión básica, para conquistar todo el universo y amar a cada ser viviente. Quienes lo esperaron y se fueron también se alegraron de su llegada, porque su espera no había sido en vano». Se quedó pensando. Él sabía de esperas. Esperaba los frutos. Esperaba la germinación. Esperaba la llegada. Toda su vida era una espera. La espera de alcanzar el destino, pero quizá entonces comenzara todo, de modo que su espera era la espera de un comienzo.

Sí, había nacido cuando todos a su alrededor vivían esperando, aunque habría sido más exacto decir que lo habían activado. Lo habían puesto en movimiento y lo habían llenado, y cuando todas sus piezas se enfriaron y solidificaron, los neurotransmisores recibieron la orden de ponerse en marcha. Despertó y comenzó a esperar con los demás, y todo aquel tiempo en el que había vivido era un tiempo de espera, un Adviento. Creyó que su espera formaba parte de la gran espera que, cientos y miles de años atrás, habían compartido millones de personas en la Tierra. Antes de que terminara la transmisión, ya había acabado de limpiar. Dejó la aspiradora en su estación y se dirigió a la biblioteca. Entre cientos de catálogos había miles de grabaciones, datos e incluso auténticos libros de papel cuidadosamente seleccionados.

 

—Aquí también. Una amarilla. —Aba miró a Trot y sus ágiles manos. Él se acercó, tomó de sus manos una gran esfera navideña, brillante y de aspecto nevado, y avanzó con cuidado hasta el árbol. Los brazos telescópicos se extendieron sin ruido. Unos pocos movimientos de los dedos y otro adorno quedó colgado de una rama del frondoso árbol de Navidad situado en el centro de la Cámara del Sueño. El hermoso abeto verde se erguía en una maceta hidropónica especial, justo en el medio, de modo que todos los ojos de la tripulación, si pudieran abrirse, lo vieran de inmediato. Mañana sería Nochebuena. Por eso, aquel día, como todos los años, Trot y Aba, la singularidad acompañante, trabajaban en la sala para preparar el árbol de Navidad destinado a los humanos que dormían en sus sarcófagos. ¿Dormían? En realidad, ninguno dormía: todos llevaban muchos años muertos. Sin embargo, sus compañeros robóticos de viaje preferían pensar que dormían para siempre. Aunque los pasajeros encerrados en las cápsulas no mostraban signos vitales, sus compañeros artificiales no habían desconectado los sistemas que mantenían constantemente los cuerpos de hombres y mujeres en un estado impecable. Quizá algún día consiguieran descifrar el código de la vida y despertarlos de verdad. Mientras tanto, pasaban los años, y aquellas fiestas serían las últimas en el espacio.

—¿Crees que deberíamos añadir más luces? ¿Quizá verdes? —Trot miró a Aba, que permanecía inmóvil, esbelta y hermosa. Contemplaba el árbol, analizaba cada detalle, lo comparaba con los modelos, sintetizaba y evaluaba el conjunto.

—No, eso alteraría la armonía. Fíjate en el espejismo cromático que hemos conseguido. El rojo y el blanco, y esos destellos de rayos azules. Creo que esta de aquí, Marie Jouvet, seguramente reconocería su bandera en el árbol de este año. Y Joseph, y Daan, e incluso Kiril. Si hubiera que añadir algo, quizá podrías colgar un carámbano plateado en ese extremo… —Dejó la frase en suspenso—. Y después vuélvete hacia mí. Te tomaré una fotografía.

—No hace falta. Un árbol tan hermoso y yo tan feo. —Trot estaba realmente avergonzado. Colgó el carámbano y… posó, tal como Aba le había pedido.

—Sí hace falta. Quizá nunca volvamos a tener ocasión de adornar juntos un árbol de Navidad. ¿Sabes? Ya empiezo a sentir nostalgia.

—¿Nostalgia? Sabes, Aba, cada día me maravillas. Nostalgia. ¿Quién te enseñó eso? Es un sentimiento tan abstracto que ni siquiera los humanos sabían explicarlo. ¿Recuerdas que una vez te envié una selección de textos sobre la saudade?

—No lo sé. Simplemente la siento. Esos sentimientos nacen solos dentro de mí, como las llamaradas del Sol. A veces siento como si nuestros creadores, desde el principio, me hubieran dado tanta libertad para fantasear que pudiera simular cualquier sentimiento. Aunque, sabes, lo que siento por ti… no es simulado.

Trot se volvió y se acercó al escritorio que había junto a la pared. Comenzó a guardar los instrumentos y las herramientas que habían utilizado. ¿Había sentido algo? No, no lo admitiría, nunca.

—Es una lástima que no pueda simular sentimientos. Creo que entonces yo también te amaría mucho. Por desgracia, con mis capacidades y posibilidades solo puedo fingir que estoy contento. —Comenzó a balancearse de un lado a otro. Aba soltó una carcajada.

—Me encanta verte contento. Eres realmente maravilloso. ¿Qué te parece si les cantamos algo?

—¿Con qué empezamos? —Trot se acercó y se colocó a la derecha de las cámaras criogénicas dispuestas en forma de estrella.

—Propongo… —Se quedó pensando; la lista de reproducción de su memoria contenía cientos de villancicos de todo el mundo. Esta vez elegiría con el corazón, en consonancia con el corazón de su diseñador—. «Dios nace».

—¿En polaco?

Aba acababa de repasar la información sobre la pieza elegida y estaba satisfecha con su intuición. Era un buen villancico, tanto por la letra como por la melodía.

—Sí. Es muy apropiado.

Comenzaron a cantar, en voz baja, con suavidad. Solo Madre los escuchaba. Y los durmientes. Doce mujeres y doce hombres. Sin duda los oían.

Sin duda.

 

Al día siguiente, 24 de diciembre según el tiempo de a bordo, todos se habían reunido ya en el puente. Estaban Aba y sus compañeras Omi y Saja, hermosamente adornadas con telas vaporosas de tonos pastel y pequeñas luces de colores que oscilaban, dispuestas con gracia sobre sus hombros blancos como la nieve y sus caderas bien proporcionadas. Estaban los trabajadores y los técnicos de mantenimiento de acero. Junto a la pared, Trot distinguió al rojizo SpT07, un tímido especialista en automatización. Permanecía inmóvil, con las pinzas bajas, y parecía apagado, pero los puntos rojos de su cabeza brillaban intensamente. Era una señal de que estaba emocionado y aguzaba sus sensores al máximo para no perderse nada. El jardinero sintió que alguien lo tocaba y se volvió. Claro, era el joven Trit, que quería a toda costa estar más cerca y verlo todo con detalle. Tenía unas manos perfeccionadas, muy suaves, con regulación de la temperatura y la humedad de los dedos. Muy pronto recaería sobre él la coordinación de la gran tarea en el lugar de aterrizaje. Por eso, además de su trabajo diario con Trot, desaparecía durante largas horas para adquirir conocimientos y conocer al resto de la tripulación. Sus maestros estaban encantados con él. Trot recordaba bien que, después de las primeras lecciones, habían ido a contarle las extraordinarias capacidades y los excelentes modales del joven jardinero. Al parecer, trabajar con la naturaleza viva estimulaba y agudizaba los sentidos, aceleraba la mente y aportaba tacto.

—¿Cuándo empieza?

—Dentro de un momento. ¿Terminaste las clases? —Trot miraba a Trit desde arriba, como siempre que quería asumir el papel de padre.

—Hace mucho. También fui a ver nuestro árbol de Navidad. Aba y tú lo adornaron de maravilla; seguro que les habría gustado. Debo reconocer que no has perdido la práctica, Trot: no hiciste caer ni una sola aguja.

—Gracias. Dentro de unos años lo plantaremos en las montañas. Ya verás cuánto potencial tiene nuestro arbolito. Tatik vio muchos como este en la Tierra. Dijo que desprenderían un aroma intenso.

El joven Trit pasó junto a su compañero mayor y avanzó hasta la primera fila. Vio unas figuras conocidas. Eran sus maestros, la sabia Kappa y el distinguido Alfa. Parecían casi iguales a los Durmientes: tenían hermosos rostros, cabellos largos, cuerpos de hombre y de mujer. Su aspecto era magnífico, y su piel, que siempre lo había maravillado, era perfectamente imperfecta: tenía depresiones, arrugas, pecas e incluso vello. Más de cien años atrás, los diseñadores habían creado a los compañeros de los humanos, maestros de las nuevas generaciones, a su fiel semejanza, con el propósito de reducir al mínimo la barrera entre lo artificial y lo real. Ahora que los humanos se habían dormido, la imposibilidad de cumplir su tarea no había sido un obstáculo para los maestros artificiales. Por el contrario, habían ampliado sus conocimientos sobre el Homo sapiens y, conservando la cultura y las costumbres de los Durmientes, enseñaban a los demás miembros de la tripulación acerca de la humanidad, su historia, su cultura y sus hábitos. Lo hacían mediante la transferencia de datos, pero también a través de interacciones, comunicación oral y presentaciones. Permitían que sus alumnos descubrieran al ser humano de manera individual y tangible. En realidad, Alfa y Kappa eran guías: enseñaban a las máquinas a ser al menos un poco humanas, ahora que los propios humanos ya no estaban. Así lo dictaba la lógica. Algún día los humanos llegarían a aquel lugar y verían que el nuevo mundo estaba preparado para recibirlos.

En las grandes pantallas que ocupaban toda una pared de la sala apareció un paisaje de la Tierra. Un auténtico invierno terrestre se desplegó alrededor de los presentes. Estaban en un gran claro nevado, rodeado de bosque. A lo lejos se recortaban, negras y nítidas, las cumbres de las montañas, y sobre ellas brillaba una gran Luna. Se oía el suave rumor del viento, y la temperatura de la sala descendió más de diez grados. Frente a la tripulación reunida estaban los sillones vacíos de la tripulación fallecida: veinticuatro.

Esperaban su discurso. Madre, pues así habían llamado los creadores a la unidad principal de la nave, al parecer en homenaje a otra computadora de a bordo ficticia, siempre procuraba intensificar el ambiente festivo. Por fin habló con su voz cálida y profunda.

—Les doy la bienvenida a todos. Nos reunimos, como cada año, en estas fechas de celebración, para honrar al Niño Dios recién nacido y confiarle el cuidado de nuestros venerables Durmientes. Hemos venido a inclinarnos ante Jesús, como toda la creación orgánica e inorgánica. También nos inclinamos ante nuestros creadores, los amadísimos humanos que nos dieron la vida.

Todos los robots reunidos en la sala inclinaron la cabeza, y los maestros Kappa y Alfa hincaron una rodilla en el suelo. Se hizo el silencio. Trot vio, en el borde del campo de visión de su cámara, que Trit seguía el ejemplo de sus maestros e intentaba también doblar las extremidades, aunque la amplitud de movimientos del joven jardinero era muy limitada en ese aspecto. Madre, en nombre de todos, rezaba por la paz de los humanos en la Tierra y por la protección de sus enviados, unidos en un solo grupo y a la espera de entrar en la órbita del planeta hacia el que viajaban desde hacía tanto tiempo.

—Me gustaría que ahora tomara la palabra Alfa —dijo la voz sobre sus cabezas.

El distinguido androide hizo una reverencia y avanzó despacio hasta el centro. En la pared, detrás de él, Madre proyectó una imagen del espacio exterior. A lo lejos, en la esquina derecha, se distinguía una pequeña esfera azul. Hacia allí se dirigían. Ya estaban tan cerca. Aquella primavera comenzarían una nueva vida, y la historia de la humanidad y de sus robots abriría un nuevo capítulo. Trot miraba fascinado. Esperaba encontrar allí una naturaleza maravillosa y completamente nueva. Las nanosondas enviadas llevaban mucho tiempo informando de la existencia de vegetación e incluso de una fauna escasa. Según las mediciones, la atmósfera y las condiciones climáticas eran sencillamente perfectas para las semillas, esporas y plantas jóvenes reunidas a bordo. Cuánto trabajo. Por un momento se sintió cansado, pero la alegría fue disipando sus temores y dándole esperanza.

—Spes Nova. Nuestro nuevo hogar. Dentro de apenas tres días entraremos en órbita y comenzaremos los preparativos para los descensos. Iniciamos una etapa completamente nueva en la historia de la humanidad. De acuerdo con nuestro compromiso común, no dejaremos de enviar nuestras transmisiones hacia la Tierra, y creo firmemente que otra nave está en camino. Sí. Sin duda ya viene hacia nosotros. Pero hoy no quería hablar de eso. —Abrió los brazos de par en par—. Estoy orgulloso de ustedes. Hemos realizado un trabajo magnífico al llegar hasta aquí y prepararnos a la perfección para poblar un nuevo mundo. Pero hay algo todavía más importante: hemos evolucionado conservando los rasgos fundamentales de la cultura y la ética humanas. Gracias a nuestros esfuerzos, hemos superado los límites de nuestra simulación para volvernos paraconscientes, y gracias al descubrimiento de nuestra religiosidad… —Se le quebró la voz. Cambió de tema—. Estamos celebrando nuestra última Nochebuena en la ESS VOYAGER. Es un momento excepcional. Quisiera desearles, mis queridos compañeros, la bendición de Dios para esta nueva etapa. Que la paz y la bondad reinen en nuestros corazones. Corazones, porque sé que tenemos corazones. Que el Recién Nacido guíe con seguridad hasta nosotros a las próximas misiones. ¡Feliz Navidad!

Madre volvió a iluminar las paredes a su alrededor, simulando la noche invernal y el claro del bosque, y sobre él un cielo estrellado. Todas las figuras reunidas callaron y permanecieron inmóviles. Por los altavoces sonó una melodía conocida. Comenzaron a cantar.

—Noche de paz, noche santa…

Andrzej Piętka (Silesia, Polonia, 1977) es escritor, ingeniero y gestor, residente en Rybnik. Debutó con el cuento «Dom pokoju», incluido en la antología de ciencia ficción Ocaleni, y participó en Ocaleni 2.0 con «Już.». Lector desde la infancia, es aficionado a las formas literarias breves, la poesía y la música cinematográfica. En su tiempo libre lee, escribe y viaja.

 

 

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