Nancy Jane Moore
Te despiertas en mitad de la noche y estiras la mano para tocar a tu
esposo, pero solo encuentras colchón. El sonido de las sirenas de la policía te
sacude y te despierta por completo.
Entonces oyes –más fuerte que las sirenas– la voz sensual que promete a
los que llaman a la mujer de sus sueños por solo tres noventa y cinco el
minuto. Tu esposo se ha quedado dormido en la sala con el televisor encendido.
No estás segura de qué fue lo que te despertó. La luz del farol de la
esquina se filtra por los bordes de las persianas. Puedes ver los contornos de
los muebles: las cómodas de falsa teca, la biblioteca llena de novelas góticas
románticas. Nada distinto.
Estabas soñando. Pero no recuerdas qué.
Lo que sí recuerdas es que no terminaste ese informe del trabajo sobre
el porcentaje de reclamos de seguros correctamente archivados. Esperas llegar
temprano y hacerlo.
Enciendes la radio. La voz tranquilizadora de un locutor de la BBC te
habla de un genocidio en algún lugar de África. Vuelves a quedarte dormida.
Cuando despiertas otra vez, la luz del sol se cuela por la ventana. Son
las siete y cuarto. Te has quedado dormida de más. Te pones la bata y corres a
la cocina para hacer café.
Tu esposo sigue tendido en el sillón reclinable de cuerina marrón,
medio dormido, mirando las noticias. Lleva los pantalones desabrochados y gira
la cabeza como si tuviera una contractura en el cuello.
En la televisión, una joven animada de cabello rubio corto dice:
—Noticias locales: apareció un muro en medio de la ciudad durante la
noche.
La pantalla se llena con una enorme extensión de concreto. Un reportero
está junto a ella, hablando a un micrófono. El muro se eleva muy por encima de
su cabeza.
—El muro apareció en algún momento entre las dos y las cuatro de la
madrugada —dice.
Sabes que el muro levantándose fue lo que te despertó a las tres de la
mañana. Aunque eso no tiene sentido. El muro está muy lejos de tu casa. Corre
junto a las vías del tren que separan el lado correcto de la ciudad del lado
incorrecto.
—Buena idea —dice tu esposo—. No necesitamos a esa clase de gente. —Se
incorpora bruscamente, abandona el sillón y se instala en el baño. No puedes
ducharte hasta las siete y cuarenta y cinco, así que sales tarde, te encuentras
con un embotellamiento y llegas al trabajo después de las nueve.
Acaba de producirse una crisis: el vicepresidente ejecutivo senior de
reducción de costos necesita saber por qué tu departamento utiliza un 3,2 por
ciento más de suministros que los otros departamentos de revisión de reclamos.
Te unes a la empleada administrativa para ayudarla a documentar que no se
desperdicia ningún suministro, y eso hace que olvides tu informe hasta casi el
mediodía, cuando tu jefe te lo pide. Así que te saltas el almuerzo para
terminarlo.
Una mujer del departamento de compras vive del otro lado del muro y no
apareció. Nadie habla de ello.
De regreso a casa, el locutor de radio dice con voz enérgica:
—Las autoridades locales informan que no hay manera de atravesar ni de
superar el muro. En deportes, los muchachos de la ciudad pierden otra vez. Y
esta noche tendremos lluvia.
Quieres ver las noticias, pero tu esposo está viendo una repetición de
una comedia de situación donde unos jóvenes disparatados que comparten un
departamento increíblemente elegante hablan de sexo sin parar, pero nunca lo
practican realmente. Durante los comerciales cambia de canal con rapidez,
deteniéndose apenas cuando aparecen rubias voluptuosas –aunque por lo demás muy
delgadas– en traje de baño.
Sirves la cena frente al televisor y te sientas a mirar un concurso en
el que todas las preguntas son sobre programas de televisión. Aunque sabes
todas las respuestas, no las dices en voz alta. Finalmente te vas a dormir.
Y vuelves a despertarte a las tres de la mañana. Cambias la radio a las
noticias locales y escuchas durante quince minutos antes de que digan algo
sobre el muro. Se ha movido. Está más cerca de tu casa.
Al día siguiente, más personas no se presentan al trabajo. Miras
fijamente la pantalla de la computadora e intentas concentrarte en encontrar
errores en los reclamos de seguros que tienes delante. Cuesta concentrarse en
el trabajo. Le envías un correo electrónico a una compañera al otro lado de la
oficina para preguntarle qué ha oído sobre los muros. Cuando llega la
respuesta, es del departamento de recursos humanos, recordándote que no debes
usar el correo electrónico para asuntos personales.
Al día siguiente faltan dos personas de tu departamento, y tu jefe da
un discurso acerca de que todos deben hacer un pequeño esfuerzo extra durante
la crisis. Te asigna otra región. Te quedas hasta tarde y, cuando llegas a
casa, tu esposo ha pedido pizza y se la ha comido toda. Cenas cereal frío.
Cuando despiertas a las tres de la mañana siguiente, tu corazón late
muy rápido. Tu esposo no está en la cama, pero puedes oír la televisión. Te
gustaría tener compañía, pero simplemente permaneces acostada, sintiendo los
latidos acelerados. No quieres saber qué ocurrió, así que solo enciendes la
BBC. Solo que están hablando de muros apareciendo por todas partes y, de
pronto, ya no suenan tan tranquilizadores.
Manifestantes están incendiando una embajada estadounidense en algún
lugar de Medio Oriente. El primer ministro británico expresa su profunda
preocupación. El secretario general de las Naciones Unidas convoca una reunión
especial del Consejo de Seguridad. Apagas la radio y te quedas acostada en la
oscuridad.
La rubia animada de las noticias matutinas te informa las novedades: un
segundo muro, del otro lado de la ciudad. Este los separa de los más
acomodados.
—Mejor —dice tu esposo—. No necesitamos a esos estirados.
Más personas no van al trabajo. Tu jefe te asigna otra región más. Ese
día te quedas dos horas extra. Te preguntas por qué debes hacer tanto cuando
muchas de las personas cuyos reclamos revisas están del otro lado del muro.
Pero no te quejas.
Dos días después llegas a casa y encuentras a tu esposo despatarrado en
el sillón reclinable, con una pila de latas de cerveza volcadas junto a la
silla. Intentó ir a trabajar, pero se encontró con un muro. Tratas de
despejarlo, cocinas una buena cena de pollo frito y puré de papas, pero a mitad
de la comida se levanta y sale dando un portazo. Regresa quince minutos después
con una bolsa enorme de tortillas fritas y un paquete de seis latas de la nueva
cerveza light cuya publicidad no deja de aparecer en televisión.
Te gustaría consolarlo, pero ya no sabes cómo. Te preguntas si él
siente lo mismo o si, en realidad, simplemente no le importa.
El locutor entusiasta de las noticias informa al día siguiente que han
surgido nuevos muros en dirección perpendicular.
—Las autoridades especulan que algunas partes de la ciudad parecen un
gran tablero de damas —dice, y su compañera lanza la risa protocolaria.
Una mañana, cuando despiertas a las tres, sabes que ahora hay un muro
entre tu casa y el trabajo. Te preguntas si otras personas también despiertan
cuando aparecen los muros. No has oído nada sobre eso en las noticias.
Te levantas y te vistes de todos modos. Tu esposo sigue roncando en el
sillón cuando sales. Conduces por la calle hasta encontrarte con un muro. Es la
primera vez que realmente ves uno.
Por las imágenes de televisión esperabas que fuera liso, pero es de
concreto áspero, apenas terminado. Ves a un hombre intentando escalarlo, usando
las partes rugosas como apoyo para manos y pies, pero pierde el equilibrio y
cae pesadamente al suelo. Permanece allí unos minutos, luego se arrastra hasta
ponerse de pie y empieza a trepar otra vez. Tú te marchas antes de que vuelva a
caer.
Tu esposo está bebiendo el desayuno y viendo los programas matutinos.
No dicen nada sobre los muros. Otra rubia animada entrevista al autor de un
libro de dietas que te permite comer toda la carne vacuna que quieras, pero no
pollo ni pescado. Ni verduras. La rubia asegura que funciona y dice haber
perdido quince kilos.
Empiezas a limpiar. Frotas las juntas de los azulejos del baño con un
viejo cepillo de dientes. Lavas los zócalos. Subes a un banquito y limpias la
parte superior del refrigerador. Pasas la aspiradora hasta que tu esposo te
grita que el ruido interfiere con la televisión.
Al día siguiente trabajas en el jardín. Cortas el césped aunque apenas
hace tres días que lo cortaste. Arrancas malezas del cantero. Cavas un hoyo
para una nueva azalea y vas al vivero a comprarla, solo para encontrarte con un
muro.
Por la noche miras la televisión junto a tu esposo. Ven una nueva
comedia sobre unos jóvenes disparatados que viven en una estación espacial.
Hablan de sexo sin parar, pero nunca lo practican realmente. Ninguno de los dos
se ríe.
Empiezan las noticias de la noche. El presentador adopta su expresión
más solemne y les informa que un hombre fue partido en dos cuando un muro cayó
encima de él. No muestran imágenes. El presentador dice que no es la primera
vez que las personas resultan heridas por los muros. Sus palabras sugieren un
encubrimiento gubernamental. Parece más preocupado por eso que por la gente
lastimada por los muros.
Transmiten un fragmento del presidente expresando compasión por la
familia de la víctima y prometiendo designar una comisión gubernamental para
estudiar los muros. Tu esposo empieza a roncar, y tú interpretas eso como la
señal para irte a dormir.
A las tres de la mañana despiertas jadeando, como si hubieras estado
corriendo durante horas a toda velocidad. Permaneces acostada, mirando los
muebles familiares y escuchando la televisión. No oyes nada.
Quizás se cortó la luz. Pero no: el reloj de la radio cambia de 3:07 a
3:08. Intentas calmar el corazón para poder oír por encima de sus latidos,
escuchas otra vez. Nada.
Tienes miedo de moverte, pero igual te levantas, te pones la bata y las
pantuflas y avanzas por el pasillo.
Y chocas contra el muro. Cruza la casa por la mitad, separando los
dormitorios de la sala y la cocina. Suspiras, lamentando lo de la cocina. Pero
al menos tienes el baño. Lo usas en ese momento antes de volver a la cama,
donde ya no consigues dormir.
Por la mañana sales por la ventana del dormitorio. Un muro atraviesa tu
propiedad en dos. Otro corta la casa de los vecinos. La calle está bloqueada en
ambas direcciones. La única salida es a través de los patios. No parece que se
pueda llegar muy lejos así.
Golpeas la puerta de los vecinos. No hay respuesta. Probablemente
estaban en la cama cuando ocurrió. Entonces recuerdas que las casas son
iguales. Su cocina debe estar de este lado. Rompes una ventana y entras.
Encuentras café y cereal.
El vecino es de los que siempre arreglan cosas. Tomas su taladro,
revisas las brocas y encuentras las adecuadas para concreto. Pasas un alargador
y comienzas a perforar el muro. Tarda más de lo que esperabas incluso hacer una
pequeña marca.
A media tarde has desgastado todas las brocas para concreto y solo has
logrado una hendidura de unos ocho centímetros de profundidad. Pruebas con las
brocas para madera y no avanzas nada.
Regresas a tu dormitorio llevando comida y herramientas.
A las tres de la mañana despiertas intentando gritar, pero no puedes
emitir sonido alguno. El cuarto está completamente oscuro. Sabes, sin mirar,
que el muro está justo afuera de la ventana del dormitorio.
Te levantas tambaleándote, pensando vagamente en beber agua. Pero
chocas de lleno contra el otro muro. Está entre tú y la puerta.
Retrocedes lentamente, tropiezas con la cama y vuelves a dejarte caer
sobre ella. Pero este no es momento de rendirse.
Tomas el pico que robaste a tu vecino y empiezas a golpear el piso del
armario. La madera cede fácilmente y pronto haces un agujero que deja al
descubierto otra capa de madera. La destrozas hasta que puedes ver la tierra y
agradeces a Dios que la casa no esté construida sobre una losa de concreto.
Una vez que el agujero es lo bastante grande, tomas una pala y empiezas
a cavar. Primero arrojas la tierra al espacio bajo el piso, pero se llena
rápidamente, así que comienzas a amontonarla en el dormitorio. Al amanecer
puedes permanecer de pie dentro del pozo hasta los hombros. Es casi tan ancho
como el armario.
Comes un sándwich de mantequilla de maní y admiras tu trabajo. Es hora
de comenzar el túnel lateral.
Cavas como una mujer poseída. Ahora le perdonas a tu esposo su pereza:
si no hubieras pasado tanto tiempo trabajando en el jardín, nunca habrías
tenido la fuerza suficiente para cavar ese túnel. Lo haces lo bastante ancho y
profundo para poder avanzar arrastrándote sobre manos y rodillas.
Después de unos pocos metros ya no puedes usar la pala. Te arrastras
hacia adentro y utilizas una paleta de jardinería. Ahora avanzas más despacio.
Descansas un momento y comes el resto de la mantequilla de maní.
Calculas que debes estar casi en el borde de la casa. Pronto pasarás
por debajo del muro y empiezas a emocionarte pensando en lo que podría haber
del otro lado. ¿Estarán allí los vecinos, con la casa otra vez intacta?
¿Tendrás que explicar lo de la comida y las herramientas?
Empiezas a cavar cada vez más rápido.
Y entonces: clonc.
Has golpeado una roca. Retrocedes y haces lo que haces cuando trabajas
en el jardín: cavar un poco más lejos.
Clonc.
Lentamente comprendes la verdad. No golpeaste una roca. Golpeaste el
muro.
Después de un rato te cansas de llorar y simplemente dejas de hacerlo.
Te pasas un antebrazo sucio por el rostro, te suenas la nariz con la parte
superior del pijama y sales arrastrándote del agujero. Abres una lata de atún.
Una vez alimentada de nuevo, vuelves a entrar en el agujero. Sabes que nunca rodearás el muro, sabes que se hunde demasiado profundo como para pasar por debajo. Empiezas a cavar.
Nancy Jane Moore creció en un entorno rural idílico en la costa del Golfo de Texas, a las afueras de un pequeño pueblo fundado por cuáqueros. A los 18 años se mudó a Austin para asistir a la Universidad de Texas y desde entonces ha vivido en ciudades. En la universidad, formó parte del programa Plan II, el programa de honores en artes liberales, lo que le permitió explorar los clásicos, la sociología, las ciencias políticas y la historia sin especializarse en ninguna materia. Sus relatos cortos han aparecido en numerosas antologías y revistas, desde el National Law Journal hasta Lady Churchill's Rosebud Wristlet. Su primer libro para Aqueduct fue la novela corta Changeling, y una colección de sus cuentos fue publicada por PS Publishing bajo el título Conscientious Inconsistencies. Tras crecer en la costa del Golfo y pasar muchos años en la costa este, Moore ahora vive al otro lado del océano, en Oakland, California, con el hombre que conoció después de que él leyera algunos de sus artículos en WisCon Chronicles. Es decir, tras una vida de feliz soltería, encontró el amor de un buen hombre gracias a su franqueza feminista y a su pasión por la ciencia ficción.
