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sábado, 25 de abril de 2026

LA PLAYA

Dan Henk

 

Las vacaciones

La familia de Tim pertenecía a la clase trabajadora, pero su compañero de juegos de rol, Drew, tenía padres más acomodados. Ambos asistían a la misma escuela privada cristiana en Carolina del Norte, y con bastante frecuencia pasaban el tiempo juntos los fines de semana. La mayoría de las veces en la casa de Drew, mucho más grande, de dos pisos y estilo Tudor. Era una elegante vivienda de estuco blanco y entramado de madera oscura, oculta dentro de varios acres de terreno arbolado.

Los padres de Drew tenían un bungalow de vacaciones en la isla Brunswick, y a menudo llevaban a Tim allí durante los fines de semana, deteniéndose de paso en un famoso restaurante local para comer hamburguesas. Esta vez, sin embargo, los padres de Tim alquilaron una habitación en un hotel barato cerca de Carolina Beach. Invitaron a Tim a llevar a Drew. Como frecuentaban la misma iglesia, los padres de Drew estuvieron totalmente de acuerdo.

Como era habitual, una vez que llegaron al motel, los padres de Tim desaparecieron, dejando a Drew y a Tim a su suerte. En un motel destartalado que había visto tiempos mejores. Sin embargo, estaba a un tiro de piedra de la playa.

Los dos caminaron hasta la playa, construyeron castillos de arena, cavaron trincheras y trataron de adentrarse en el agua hasta que casi se ahogan. Drew era un poco más corpulento, así que participó menos en las actividades en aguas profundas. Pero al atardecer, ambos recorrieron la orilla en busca de pulgas de mar. Esos curiosos pequeños crustáceos podían encontrarse por las burbujas de aire que dejaban tras el retroceso de las olas. Habían conseguido un balde de plástico amarillo y pasaron la última hora antes del anochecer llenándolo.

 

Pulgas de mar

De vuelta en el motel, Tim recorrió los canales del televisor en busca de algo decente. Todo lo que encontró fue una película de bajo presupuesto sobre conspiraciones alienígenas. Platillos voladores escondidos en garajes industriales, custodiados por hombres uniformados y de carácter duro. Esa versión ochentosa del personal militar, corriendo de un lado a otro y acosando intrusos. Gafas oscuras, uniformes indefinidos, todos los estereotipos presentes y contabilizados.

La trama no era gran cosa, y la película era innecesariamente oscura, así que Tim se distrajo rebuscando en el balde.

Las pulgas de mar se retorcían como si les molestara haber sido desplazadas. La sola vista de ellas provocaba cierto rechazo en Tim. No estaba seguro de qué eran exactamente, ni de si podían morder. Las pinchó con una pajilla de plástico, y algunas se aferraron a ella. Tim agitó la pajilla frenéticamente hasta que las criaturas volvieron a caer en la masa.

Inquieto y aburrido, sacudió el balde, y algo le llamó la atención. Era un poco más redondo y tenía un brillo más metálico que las criaturas. Después de varios intentos con la pajilla, logró aislar el objeto. Empujándolo hacia un lado, lo sacó del balde.

Parecía una moneda vieja y corroída. El tono era más bien verde aguamarina que otra cosa. Algo parecido a esas monedas que permanecen demasiado tiempo en las fuentes de los centros comerciales. Las marcas estaban tan desgastadas que eran ilegibles, pero definitivamente no se parecían a nada que hubiera visto antes. ¡Esto podía valer algo! Había leído muchas de esas historias hechas para niños en las que encuentran cartas valiosas de expresidentes en el fondo de algún cajón viejo.

Mañana preguntaría a los locales para ver si alguien tenía idea de qué era.

 

Los locales

La madre de Tim preparó huevos, tocino, tostadas, y remató todo con un vaso de jugo de naranja. Drew y Tim aún estaban terminando de comer cuando ella llenó un bolso con ropa y anunció

—Tu padre y yo vamos a la playa. Ustedes diviértanse, cariño. ¡Nos vemos a las seis para cenar!

Con eso, el padre dejó los cubiertos sobre un plato vacío y lo llevó al fregadero.

—Gracias, cariño. Deliciosa comida.

Un breve destello de luz desde la puerta, y Drew y Tim quedaron nuevamente a su suerte. En una habitación de motel húmeda y con olor a moho y salitre. Todo parecía tan viejo y desgastado que Tim se preguntó cuánto tiempo llevaba en pie aquel lugar.

Metió la mano en el bolsillo y sacó la moneda.

—¡Mira lo que encontré, Drew!

Drew no pareció impresionado. Le echó un vistazo rápido, se apartó el desordenado cabello castaño.

—¿Qué es? —preguntó.

 

—No lo sé. Una moneda vieja que encontré en ese balde con todas esas pulgas de mar.

—Déjame verla.

Tim la dejó caer en su palma y Drew la hizo girar. A la luz del día parecía aún más vieja y desgastada. De forma más bien ovalada, el borde estaba astillado y todo parecía hecho a mano. Los dibujos se habían oxidado hasta adquirir unas tonalidad verdosa, y las hendiduras tenían un marrón oscuro y sucio. Drew la dio vuelta otra vez y preguntó con indiferencia.

—¿Qué crees que es?

—Ni idea. Vamos a averiguarlo. Podría valer algo.

Tim estaba mucho más entusiasmado que Drew. Pero, claro, siempre lo estaba.

—Claro. ¿Dónde pensabas ir?

Tim no tenía idea, pero había algunos puestos de pesca por la zona. Si lograba reunir valor, preguntaría allí. Hablar con adultos desconocidos era intimidante, pero no quería irse sin saber si aquello podía ser un tesoro escondido.

—Vamos a ver un par de puestos de pesca locales y luego podemos ir a la playa.

Drew parecía escéptico, pero por lo general era bastante accesible. Tim se puso las sandalias, metió una toalla, aletas y gafas en la mochila, y guardó la moneda en el bolsillo.

—Espera un momento —lo detuvo Drew mientras corría a buscar su equipo.

Afuera, la luz del sol era cegadora. El viento levantaba arena que les golpeaba los ojos y las piernas desnudas. Entrecerrando los ojos, Drew miró alrededor del estacionamiento del motel.

—¿Por dónde empezamos? —preguntó.

Tim no tenía idea, pero había sido su propuesta, y no quería parecer desorganizado.

—Creo que vi un puesto de pesca un poco más adelante.

Drew se encogió de hombros. Su camiseta se agitaba con el viento resaltando su barriga y sus brazos rollizos. Tim dudaba de que alguien les prestara atención. Dos chicos en traje de baño y sandalias molestando a adultos con trabajos de verdad. Pensó en ir directamente a la playa, pero era cuestión de orgullo. Ya había formulado la idea, así que lo mejor era terminar con aquello.

Los coches pasaban rugiendo, lanzándoles piedras mientras avanzaban entre los arbustos espinosos al costado del camino. Pasaron algunos negocios pesqueros más formales, un motel barato y una estación de servicio sin nombre. El calor era húmedo y sofocante, calentando incluso las suelas de las sandalias. Tim sudaba y empezaba a sentir el ardor del sol en la piel. Pero era demasiado terco como para rendirse. Algunas piedrecillas se colaban en sus sandalias y le pinchaban las plantas de los pies. Era obvio que Drew también estaba sufriendo. Las axilas de su camiseta mostraban grandes manchas de sudor y respiraba con dificultad. Su ánimo se apagaba por momentos. Tim se detuvo y observó el entorno. Un poco más allá, tras una pendiente, había un puesto que parecía prometedor. Lo bastante deteriorado y aislado como para no resultar demasiado intimidante. Era ahora o nunca, y Tim debía elegir algo antes de que Drew se rindiera.

—¡Vamos! ¡Creo que veo uno!

Drew se limpió el sudor de la frente e intentó ver lo que señalaba Tim.

—¿Ese lugar?

—¡Sí!

Tim salió corriendo por la carretera. Saltó una zanja seca y subió por el camino asfaltado.

—¡Espera! —gritó Drew, jadeando mientras intentaba alcanzarlo. Tim se detuvo frente a la puerta de madera y reunió valor. Cuando Drew llegó, sin aliento, giró hacia la entrada. La choza parecía a punto de venirse abajo. Era de tablas blancas y la puerta ni siquiera tenía un picaporte real, solo un aro de hierro oxidado. Tim lo agarró y la abrió. El interior no era mejor. Las paredes, el techo e incluso el suelo eran de tablones rústicos, algunos apilados formando un mostrador improvisado. No había nadie, y Tim sintió un escalofrío; aquello parecía la escena de mil películas de terror. Tras unos momentos tensos, la ansiedad superó su curiosidad y estuvo a punto de salir corriendo.

—¿Hola?

Una voz áspera surgió de una habitación trasera. Tim se sobresaltó y se detuvo. Drew entró de golpe. Apoyado en sus rodillas, intentó hablar, pero estaba sin aire. Un hombre de mediana edad apareció desde la trastienda. Llevaba una gorra de camionero de malla y ropa que había visto mejores días. Se limpió las manos en la camiseta y las apoyó en el mostrador.

—¿Necesitan algo, chicos?

Tim dudó, incapaz de encontrar las palabras.

Los penetrantes ojos azules del hombre lo observaban sin piedad, lo que solo lo incomodó más.

—Encontré algo en la playa —logró murmurar finalmente—. Pensé que quizá usted sabría qué es...

Ya estaba pensando que era una mala idea.

—¿Qué tienes? Déjame verlo.

Ahora Tim se sentía aún más ridículo. Solo era una moneda vieja. Definitivamente era una mala idea.

Sacó la moneda del bolsillo y la dejó caer sobre el mostrador, que casi estaba a la altura de su cabeza. Se sintió pequeño e insignificante.

El hombre la recogió y, sosteniéndola en alto, la hizo girar entre sus dedos.

—¿De la playa, dices? ¿Tal vez de las cuevas marinas? ¿Entraste allí?

Tim no supo bien qué responder. Bajo esa mirada inquisitiva, todo parecía absurdo.

—Eh... sí, de la playa. No sabía nada de cuevas marinas. Solo parecía... extraña. Como antigua o algo así.

—No es nada especial. Quizá algún turista extranjero la perdió. Vuelve a tus vacaciones, chico. Algunos tenemos trabajo.

El hombre sonó despreciativo y un poco irritado, pero Tim no pudo evitar notar que parecía algo sorprendido. Tim tomó la moneda de su mano.

—Gracias, señor —murmuró—. Perdón por molestar.

Y salió rápidamente hacia la puerta. Esta se cerró de golpe detrás de él, y casi había llegado a la calle cuando Drew lo alcanzó.

—Tim... ¿qué... qué fue todo eso?

Tim se inclinó.

—No confío en ese tipo —susurró—. Creo que encontramos algo importante.

 

Incógnito

Desconfiando de ese hombre, Tim tiró de Drew hacia un lado. Atravesaron un matorral de maleza crecida y se dirigieron hacia unos muelles que se extendían sobre la playa. Estaban a pocos metros del puesto de pesca, y aún lejos del motel, pero Tim pensó que era más seguro que caminar por la carretera abierta. Se deslizaron entre unas pequeñas casas de playa, atravesaron una vieja cerca tambaleante y emergieron en la orilla.

La madera del viejo muelle se alzaba a su izquierda y Tim se agachó para meterse debajo. Deslizándose entre los pilotes, esperó a que Drew lo alcanzara. Todo empezaba a parecer un poco ridículo. Estaba escondido detrás de madera podrida, con los pies medio enterrados en montones de basura turística: vasos y envoltorios de comida rápida. Drew llegó junto a él, jadeando.

—¿Qué pasa, Tim?

—Quedémonos aquí un rato.

Drew se encogió de hombros.

Pasó una hora y Tim empezaba a quedarse sin excusas. Había pasado ese tiempo revolviendo basura plástica y vegetación medio muerta. Estaba a punto de sugerir volver al motel cuando oyó un ruido. Era el zumbido de un vehículo todo terreno, y por instinto se escondió detrás de uno de los pilares interiores. Drew lo miró confundido y se acercó sigilosamente.

—¿Qué es, Tim?

Un ATV avanzó por la playa y se detuvo junto a un grupo de turistas. Un hombre con uniforme policial color caqui descendió y comenzó a gesticular de forma bastante agresiva. Tim estaba medio oculto tras un soporte, concentrado en la escena lejana, cuando un sonido detrás de él casi lo hizo saltar.

—¿Qué están haciendo aquí?

Tim se tensó para salir corriendo, pero la presencia de ese policía lo hizo dudar. Girando la cabeza rápidamente, vio que solo era un chico. Quizá estaba exagerando. Parecía más bien un local descuidado, de esos que se las arreglan solos, que alguien peligroso.

Alto y delgado, vestía unos jeans sucios y una camiseta gastada. Nada que hiciera pensar en un policía. Su cabello rubio largo le caía sobre el rostro en mechones suaves y brillantes, y olía a aceite de motor, cigarrillos y tierra. También llevaba una camiseta blanca de Metallica, con una calavera ensangrentada detrás del logo. Eso le daba bastante más credibilidad.

—Solo estamos pasando el rato.

—¿Son ustedes los que buscan los policías?

Tim volvió a ponerse nervioso y pensó en huir, pero decidió tantear primero la situación.

—¿Qué buscan los policías?

—Oye, tranquilo... que se jodan.

Pronunció la palabra “jodan” con cierta cautela, como si le resultara un poco atrevida. Tim miró al suelo y removió la arena con los pies. No sabía bien qué decir, pero pensó que lo mejor sería ganarse la confianza del muchacho. No parecía policía.

—Soy Tim. Este es mi amigo Drew.

—Encontraron algo, ¿verdad? —Eso no era lo que Tim esperaba—. En serio. Que se jodan. Cuando encontramos cosas, las enterramos. Los que se meten demasiado suelen desaparecer.

—Encontré una moneda. Una moneda rara.

La sacó del bolsillo y se la mostró. El muchacho la tomó, la levantó hacia un rayo de luz que se filtraba entre las vigas y la hizo girar lentamente.

—Espero que no se la hayas mostrado a nadie. Será mejor que la entierres.

—Uh oh.

—Mierda... ¿qué hiciste?

—Solo se la mostré al tipo del puesto de pesca de ahí cerca. Actuó raro, así que me fui.

El muchacho sacó un paquete de cigarrillos Camel, encendió uno y dio una calada.

—¿Le dijiste quién eras?

—No. Salimos corriendo bastante rápido.

—Eviten a ese policía de ahí, entierren la moneda y váyanse lo antes posible. Las cosas se han vuelto muy raras por aquí. Gente nueva que parece... distinta, y muchos más policías de lo normal. Algunos ni siquiera parecen policías.

Drew tenía una expresión de desconcierto. Había permanecido en silencio todo el tiempo, observando algo que claramente no comprendía. Tim, en cambio, estaba sumergiéndose en una espiral mental. Había leído mucha ciencia ficción y terror. Esto sonaba serio, de adultos, y todos sabían que no se podía confiar en el gobierno. Le dio las gracias al chico, rechazó un cigarrillo y volvió a remover la arena con los pies. Ya no quería hablar con desconocidos; pensó que, si no interactuaba, el muchacho se marcharía.

—No estoy bromeando. Durante años ha habido historias raras por aquí. Monstruos marinos y cosas así. Hace unos meses aparecieron unos tipos del gobierno y la gente empezó a desaparecer. Ese tipo del puesto de pesca llegó más o menos al mismo tiempo. Nadie lo conoce y definitivamente no es de aquí.

El muchacho terminó su cigarrillo, lo apagó y se alejó.

—Tengo miedo, Tim. Esto parece algo grande.

Drew se asustaba de todo y con todo. Tim pensó que, si le restaba importancia, tendrían más posibilidades de estar tranquilos al llegar la noche.

 

El motel

Ya era de noche cuando se fueron. Tim y Drew caminaron por la orilla en dirección al motel. Quedaban apenas unos pocos rezagados en la playa. Eran solo siluetas negras a lo lejos, recogiendo toallas y plegando sillas como en una vieja película de animación cuadro por cuadro.

El regreso fue mucho más largo de lo que Tim recordaba. Miraba constantemente las cabañas de madera que bordeaban la costa como referencia. Estaba a punto de dar la vuelta cuando finalmente llegaron a las afueras del motel. El pequeño estacionamiento tenía solo unos pocos coches, y la puerta abierta de su habitación dejaba escapar un delgado haz de luz sobre la grava. Su madre y su padre casi habían terminado de cenar cuando entraron.

—¡Se perdieron la cena! Debe haber sobras en el refrigerador. Espero que se hayan divertido. Tenemos que irnos mañana antes de las once. Diviértanse y no se queden despiertos hasta muy tarde, su padre y yo nos vamos a dormir.

El padre miró a Tim, pero no dijo nada. Dejó el cuchillo y el tenedor en el plato, puso la servilleta encima y se dirigió al fregadero.

—Gracias, cariño, por la cena. Te despertaré a las nueve mañana, Tim.

—Ay, papá, ¿no puede ser a las diez?

—Ya demostraste que no sabes manejar bien el tiempo, Tim. A las nueve, temprano.

Drew corrió hacia el refrigerador y empezó a revisar los platos envueltos en plástico. Dos estaban llenos de pollo frito con arroz. Tomó uno y fue hacia el cajón de los cubiertos. Tim, cabizbajo, se acercó al refrigerador.

Tomó el otro plato y se dirigió al sofá.

—Oye, Drew, ¿puedes traerme cubiertos y una servilleta?

Sacó la mesita plegable y dejó el plato encima. Caminó hasta el televisor y giró el dial hasta encontrar un programa de ciencia ficción sobre cucarachas radiactivas. Un minuto después, Drew se sentó a su lado. Movió el plato de Tim, dejó el suyo y empezó a comer con voracidad, ensuciándose la cara.

—¿Qué estamos viendo?

—Una película de ciencia ficción sobre cucarachas radiactivas devoradoras.

—Bien. ¿Quieres que te traiga algo de beber?

—Claro. Solo agua.

 

Todo se va al infierno

Tim se despertó con esposas. Las muñecas atadas con fuerza detrás de la espalda, lo primero que notó fue lo incómodo que estaba. Apoyado en una esquina, la forma de una silla de madera se le clavaba en el trasero, y los bordes de las esposas de metal le raspaban las muñecas.

—¿Qué está pasando?

La habitación estaba llena de policías. En el centro del suelo, sobre una lona de plástico, yacían los restos de Drew. Había sangre por todas partes, y lo que quedaba de su rostro era una masa irreconocible de carne destrozada y huesos rotos. Un ojo colgaba fuera de la cuenca, deslizándose por la mejilla izquierda como al final de un hilo carmesí. Las cavidades oculares estaban aplastadas en una forma alargada, la otra convertida en una grieta sangrienta. La mayor parte de la nariz era un amasijo de cartílago y sangre gelatinosa. El cuerpo estaba relativamente intacto, aunque pálido e hinchado. La madre estaba acurrucada en una esquina, llorando entre las manos. El padre estaba sentado enfrente, con el rostro enterrado en la palma de la mano, negando lentamente con la cabeza, incrédulo.

Uno de los oficiales se acercó sosteniendo una pequeña pipa de metal.

—Parafernalia de drogas. ¿Sabía que su hijo fumaba marihuana?

El padre negó lentamente.

—No tenía idea, oficial —murmuró.

—¿Dónde consiguió esto? Por cómo se ve, apostaría a que estaba adulterado con algo. Probablemente polvo de ángel. Hemos tenido una especie de epidemia recientemente.

El padre parecía asqueado y evitaba el contacto visual.

Otro policía, revisando el suelo cerca de Drew, levantó un tubo metálico cubierto de sangre.

—¡Parece que tenemos el arma!

Tim miró desesperado a su alrededor.

—¡Papá, sabes que yo no hice esto! —suplicó—. ¡Papá! ¡Mírame!

Por un momento, su padre dejó de mover la cabeza y abrió los ojos completamente. Tim casi pudo oír cómo pensaba. El momento pasó; volvió a bajar los párpados y continuó negando.

—Te encontrarán la ayuda que necesitas, hijo.

—¡Pero papá! ¡Tú me conoces! ¡De verdad! ¡Soy yo! ¡Tu hijo! ¡Sabes que no hice esto!

El padre giró hacia él; sus ojos hinchados por el llanto eran visibles. Una expresión de duda cruzó su rostro, como si quisiera creerle. Pero fue breve. Bajó nuevamente la cabeza y retomó su temblor melancólico.

—Mire, oficial... solo dígame qué debo hacer...

El policía más cercano, que Tim supuso era el investigador principal, se acercó y puso una mano sobre el hombro del padre.

—Tenemos que llevarlo a la comisaría. Pueden seguirnos si quieren.
Algo así de grave... estará detenido bastante tiempo. Quizá quieran buscar un hotel cercano.

 

Solo empeora

Pasó más de una hora. Los forenses llegaron y se fueron. Se colocó cinta amarilla alrededor de la escena del crimen. Tim permanecía sentado, horrorizado, intentando recordar algo de la noche anterior. Sus padres se volvieron cada vez más serios y permanecieron sentados en silencio. Sus lágrimas se habían secado, sus miradas permanecían perdidas en el vacío.

Finalmente, solo quedaron dos policías. Indicaron a Tim que se levantara y lo escoltaron hasta un coche patrulla. Unos minutos después, sus padres salieron. Subieron a su Fiat amarillo mostaza, encendieron el motor y esperaron. Dos policías se acomodaron en la parte delantera del vehículo.

Sin cruzar miradas, salieron hacia la carretera principal.

La mente de Tim corría sin control. ¿Qué podía hacer? Recordó la moneda en su bolsillo y trató de mover las manos esposadas. No llegaban lo suficiente, así que torció el cuerpo intentando alcanzar el bolsillo delantero. Las esposas le mordían las muñecas, el hombro parecía a punto de dislocarse, pero finalmente logró llegar al fondo.

El bolsillo estaba vacío.

Dan Henk nació en una pequeña base militar en el sur profundo de Estados Unidos. Ha vivido en la calle, superó un cáncer cerebral, fue apuñalado por un drogadicto, destrozó tres coches y tres motos, y se precipitó hacia atrás a través de un parabrisas. Tras cuatro horas en coma, se recuperó y retomó su vida normal. Existe la teoría de que es un cíborg. Ha publicado tres novelas y dos plaquettes, ha realizado numerosas ilustraciones para libros y revistas, y es dueño de un estudio de tatuajes en Nueva York. Más de cien libros y revistas han publicado artículos sobre su arte, escritura y tatuajes. Puedes ver sus últimas aventuras y triunfos en su sitio web, danhenk.com.

LA SEÑORA MARITÉ