Wahid Ghanim
El
desertor se escabulló en la oscuridad de la noche, rodeado de un aura que lo
convertía en la imagen en negativo de una rata caminando sobre sus patas
traseras, una radiante imagen de un tembloroso blanco grisáceo. Era un espectro
gris que corría, y el espectro se convirtió en dos, tres, cuatro... hasta el
infinito.
Había sobrevivido milagrosamente después de que una llama infernal
le quemara el rostro y una enorme explosión lo arrojara al suelo. Quedó sordo y
ya no podía oír la voz de su compañero, Falah Abdul-Amir. Solo su mano no se
apartó de una pequeña radio de transistores; sus ojos estaban cerrados, con
luces ardientes parpadeando en sus pupilas.
Ahora, estaba enterrado en la arena del desierto, entre arbustos y
trincheras, refugiándose bajo vehículos destrozados. Otra guerra, pero la
misma. Otras armas, cuyo frío metal había tocado su cuerpo décadas atrás, lo
habían puesto al alcance de las armas de soldados estadounidenses, australianos
y británicos. Era como si, en su infancia, o incluso antes de nacer, los
proyectiles y misiles hubieran dejado una ceniza ardiente, blanca y radiactiva
que le escocía en el cuerpo. Se alejó de su unidad militar; tal vez acababan de
lanzar sobre ella la llamada "Madre de Todas las Bombas".
Le pedía prestada a uno de los soldados la pequeña radio Philips,
guardada en un estuche de cuero marrón perforado, y la dejaba susurrar las
noticias hasta bien entrada la noche. Escucharon la advertencia en Radio
Montecarlo. Once toneladas de TNT caerían sobre sus cabezas. Los soldados
pensaron que los estadounidenses captarían la señal de radio y bombardearían su ubicación los impulsó a gritarle, obligándolo a
apagar la radio de sus recuerdos y las aterradoras y lánguidas tardes. Soñaron
con esa madre ensangrentada abrazándolos y liberándolos de su tormento.
Su amigo, Falah Abdul-Amir, pálido, dijo: "¡Estás
condenado!".
Pero este amigo ya había hecho sus preparativos desde que salió de
sus vacaciones habituales. La última vez, hace un mes, trajo consigo una paloma
mensajera, algo que causó sorpresa. El oficial quiso quitársela, era un
teniente frenético, pero él logró retenerla y la escondió entre los soldados.
El oficial la persiguió, y ella revoloteó de un lado a otro. Escribió unas
palabras de despedida. Y un testamento en un pedazo de papel que ató a la pata
de la paloma; en caso de que muriera el pájaro volvería a su familia para informarles:
“Este pájaro no tiene ninguna conexión conmigo excepto con mi muerte”.
En aquel entonces, los teléfonos celulares no habían aparecido o
estaban prohibidos en el país. Los teléfonos satelitales Thuraya estaban
permitidos para algunas personas cercanas a las autoridades, y los dispositivos
inalámbricos no funcionaban; en cuanto se iniciaba una llamada, el lugar era
bombardeado.
Sentía que ya había pasado por ese infierno mientras caminaba entre
las ruinas. Le sorprendió su propia apatía, pues se había entregado a su
destino sin miedo; tal vez su miedo se había disipado, enterrado en lo más
profundo de él, dando paso a una máscara fría que ya había visto en los rostros
de las películas de terror, en los rostros de asesinos y víctimas desesperadas.
Cuando el lugar fue bombardeado de nuevo, se arrastró, tanteando
los rostros ensangrentados, y su mano se hundió en el cerebro de uno de los
hombres. Los huesos de su cráneo se partieron, y se veía amarillo en la
oscuridad. Quizás era su propio amigo. Un traqueteo y un gemido lo siguieron, y
más tarde descubrió, sentado entre soldados de un batallón británico, que
mientras se arrastraba había estado gritando inconscientemente, pero no podía
oír su propia voz.
Ya no había un frente de guerra, sino una extensión de vehículos
volados, cadáveres de soldados, troncos de palmeras y personas, todo cubierto
de cenizas, esparcido a lo largo de un camino exterior, pero la guerra no se
detuvo, y su arco continuó extendiéndose, iluminado por un crepúsculo rojizo en
el cielo. De vez en cuando, un helicóptero estadounidense Cobra rugía,
derribando todo lo que se movía. Los aviones de la coalición seguían disparando
aquí y allá. Recordó que un crepúsculo ardiente brillaba en la distancia, y no
lo vio al girarse, pues las llamas lo rodeaban en la oscuridad, y él era parte
de ese arco ardiente.
Se llamaba Ibrahim y era forastero en Basora, procedente de una de
las ciudades del Éufrates. De civil, era adicto a las películas de acción,
guerra y fantasía, toda la locura que Hollywood le había metido en la cabeza,
pero también tenía un caballo, cabras y ovejas.
Caminaba día y noche, sucio, radiante, azotado por una brisa marina
húmeda. Entró en la ciudad y se movió sigilosamente por los callejones, sin
sentir nada, pero evitando instintivamente ser capturado por las fuerzas de
seguridad, evitando las calles principales. Las farolas estaban iluminadas con
luces amarillas y el aire de marzo era frío, pero no se encontró con nadie;
solo perros, y sus ladridos no eran más que un sonido de la nada, como si los
oyera, su eco reverberando en el cielo, que retenía los rayos del sol, el azul
y los vapores venenosos, tal vez de su recuerdo, donde una paloma vuela, de un
futuro gris, los animales del color del terror en sus madrigueras, y las
criaturas de su memoria. Estaba entumecido. Perdió toda sensibilidad hacia las
cosas, hacia sí mismo. Todo lo que le conectaba con la vida se desvaneció, y
esa fuerza aterradora encarnada en el personal de seguridad, con rostros fríos
y duros como robots de película, se borró. Justificó sus acciones ante sí
mismo; si le apuntaban con sus rifles, se quedaría quieto, sumiso, igual que su
amigo, el campesino, se había sometido al llamado de la guerra y se había
apostado en la frontera para luego desaparecer. No quedaba nadie de su unidad.
Solo encontró la radio. Experimentó la misma ilusión; ningún amigo había muerto
a causa de esa bomba traicionera, y ni siquiera estaba seguro de que hubiera
caído. Había un amigo en su provincia, a orillas del río Éufrates, conduciendo
un tractor y cantándole a las novias de su campo, aunque no podía oír su voz.
En cuanto a la radio fue para alguien más, o quizás para él personalmente,
Radio Montecarlo tocaba suave música de acordeón, acompañando a una banda de
los años cincuenta; a nadie le gusta un soldado que deserta de su puesto.
Seguirá siendo motivo de desprecio incluso si su unidad militar se derrumba y
sus miembros se dispersan. Debería morir allí, entre sus camaradas, crea o no
en su deber. Mientras escucha una pequeña radio con la batería descargada,
siente un viejo desprecio y una tristeza que lo envenena para el resto de su
vida.
Llegó al amanecer a un gran edificio de fachada blanca y líneas
negras en la cima. Sintió que conocía el extraño lugar. Las luces del amanecer
fluían densamente y lo rozaban, como si el vapor del río de la ciudad hubiera
subido y limpiado su rostro ardiente. Él era el chico extraño. Un letrero
brillaba en la oscuridad: era un club de profesores, su parte norte estaba
destruida y sus puertas de hierro rotas; debía haber sido bombardeado y su
contenido probablemente saqueado por la gente.
Entró en un corredor que le pareció haber visitado antes y recorrió
un pasillo flanqueado por habitaciones abiertas, escritorios, sillas, armarios
y macetas con plantas tropicales a ambos lados. Sus pies lo arrastraron y
descubrió que le faltaba un zapato. Le sangraba el pie, tenía una uña rota y un
dedo hinchado, pero no sentía dolor y no se dio cuenta de que se dirigía a la
cocina. Allí encontró conservas, bolsas de arroz, legumbres y papas, bebidas y
un refrigerador bien iluminado, rebosante de pollo y hamburguesas; todo permanecía
como estaba antes, como si todos hubieran huido de repente. Recordó que tenía
hambre. Se lavaría y se vendaría la cara, que había empezado a supurar, con una
gasa que encontró en un botiquín de madera encalada. Se vio reflejado en el
espejo del baño y supo que era él, el mismo que había recibido el beso de la
muerte sin morir. El hilillo de sangre de su nariz se secó. El fugitivo, que se
despreciaba a sí mismo y a su alegría por sobrevivir, temblaba ante el agua
fría.
A media mañana, se despertó con unos ruidos que venían de la
carretera; no eran ruidos específicos, ni de coches, ni de personas, ni de
animales. Se dio cuenta de ello al ordenar sus pensamientos, que era el
traqueteo de la puerta exterior de hierro, sacudida por el viento. Era su
primer día con vida y se estaba agotando. Un viento azotaba los pasillos,
soplando desde el lado devastado. Vio un cráter dejado por un misil, ahora
lleno de agua. Mirando hacia afuera, pudo ver sombras a la luz del sol, figuras
humanas distantes arrastrándose. Tenía sed. Regresó a la cocina y tomó una
botella de agua. De algo estaba seguro: el sonido de los bombardeos había
cesado, tal vez para reanudarse por la noche. Se arrastró, apoyado en la pared.
Algo en su cabeza lo impulsaba a levantarse. En las siguientes horas, la gente
llegó y saqueó la cocina, pasando junto a él sin notarlo. Otros lo siguieron,
con voces jóvenes, buscando cualquier cosa que pudieran encontrar.
Era una criatura frágil y sin rostro, escuchando su propio silencio
y vacío, sin saber dónde había perdido la radio. ¿Cuándo se le había soltado de
la mano? Quizás otros lo notarían si subía el volumen. ¿Qué había sido de su
amigo campesino de piel oscura? ¿De su hermana, su madre, sus hermanos mayores,
los que habían muerto y los que habían sobrevivido?
El agua relucía en los arrozales y oyó el canto de las aves
migratorias. Vio las ruedas de los soldados surcando los senderos polvorientos.
Sin darse cuenta, una sensación de desapego lo acompañaba; podía oír el
murmullo de su sangre y su pulso. Se levantó y miró a su alrededor; no quedaba
nada. La luz se filtraba por los grandes ventanales, con los cristales rotos,
mientras imaginaba oír el rugido de maquinaria y helicópteros. Bebió agua
turbia del grifo y caminó por el pasillo hasta una gran puerta de madera. Al
abrirla, se encontró de pie en la entrada de un espacioso salón. En un extremo,
un proyector de películas se alzaba tras filas de sillas, frente a una pantalla
blanca de cuatro metros de largo. El proyector parecía una mantis religiosa
convexa, y detrás, en la pared, había una gran vitrina de madera vidriada que
contenía rollos de película, latas y otros objetos. El sonido de potentes
motores se acercaba, pero no les prestó atención; creía haber encontrado algo
que siempre le había gustado. Corrió las pesadas cortinas de las ventanas, así
que la luz se atenuó. Colocó el dedo sobre un botón y simplemente lo presionó;
el proyector se encendió y su luz se iluminó en la pantalla.
Comenzó una canción triste, apenas audible. Apareció un rostro,
arrugado y resignado. Una botella de Martel, un palmeral y otros árboles. El
verde lujo del recuerdo parecía engañoso, como si lo supiera de antemano.
Sombras oscuras se deslizaban, atravesadas por aviones de guerra, con sus
hélices aleteando, su movimiento fluido. Entonces, el bosque se transformó en
una ola de llamas y humo. El soldado bailaba, alucinando y desnudo. El guerrero
fue engullido gradualmente por los sucesos del infierno: fuego y cadáveres
dispersos. Un hombre viviendo en las profundidades del infierno, su propio
infierno yacía al otro lado, corriendo entre la gente pequeña en sus campos. El
ritmo monótono de la muerte, lento y luego repentino y devastador, la
masacre... la masacre...
Otros llegaban apresurados, hambrientos, ladrones e intrusos,
empujando la puerta del vestíbulo; esta crujía, y el crujido se oía como si
emanara de dentro. Miraban dentro del vestíbulo a su fantasma y se retiraban.
Recordó haber sobrevivido a los proyectiles estadounidenses y
británicos, y se tocó el rostro carbonizado. Ya no sentía que hubiera
sobrevivido; el fuego de la tierra se intensificó y lo rodeó. Entonces, en lo
profundo del crepúsculo ardiente, percibió pasos que se acercaban e inclinó la
cabeza. La puerta del vestíbulo se abrió, y los soldados estaban sentados a su
alrededor en sillas, susurrando y haciendo sonar sus botas, como si no
quisieran despertarlo de su pesadilla. Sin embargo, reían a carcajadas.
—Amigo mío, esta es una película estresante —gritó un traductor
iraquí que los acompañaba.
La presencia fría e inhóspita lo despertó de golpe, como si le
hubieran dado un golpecito en la cabeza. Miró y vio soldados rubios, quizá
británicos o estadounidenses, de brigadas de infantería, blindados o navales,
algunos con la tez del mismo color que el brillante pelaje rubio de sus
caballos, aquella era una recluta que se recogió el pelo con una goma en la
raíz, se levantó el casco y se secó la frente. Estaban viendo la película con
él. Siete soldados con uniforme de combate, con la cara sucia, habían cruzado
el desierto.
Lo miraron a la cara y contemplaron su uniforme militar desgarrado,
con las manos en las armas. Uno lo saludó con un gesto y fumó un cigarrillo,
mientras que el otro le ofreció otro, pero él no respondió.
La masacre lo rodeaba, frente a él, detrás de él, dentro de él, en la oscuridad y la luz. Sintió un escalofrío que lo invadía, un miedo repentino y aterrador que se apoderó de él, y un dolor atronador que estalló de repente. En ese momento, dejó escapar un aullido, temblando. Dos soldados se levantaron con cautela, con los dedos en el gatillo, y el traductor se acercó. El soldado sintió miedo; lo oyó aullar por dentro. Los cuerpos que veía en la pantalla lo seguían de un lado a otro.
Traducción Abdul Hadi Sadoun
Wahid Ghanim (Basora 1962) es un escritor y novelista iraquí contemporáneo, considerado una de las voces narrativas que han abordado las cuestiones del ser humano, la guerra y la memoria. Ha escrito novela y cuento, y sus obras se caracterizan por la profundidad psicológica y la experimentación en la construcción narrativa. Es considerado uno de los autores que han contribuido a la renovación de la narrativa iraquí contemporánea. Entre sus novelas más destacadas se encuentran El hermoso que huye hacia su destino (2016), en la que trata los efectos de la violencia y las transformaciones sociales. También ha publicado libros de relatos como: Las que se bañan en la sala de los muertos (2025) y Días de quien ha perdido el amor (2023).
