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martes, 23 de diciembre de 2025

¿ME OYES, BORGES?

Bojtor Iván

 

Leo la vida de Borges. Sospecho que, para cuando llegue al final, yo también habré muerto.

La vida de Borges. Setecientas cuarenta páginas. Eso es lo que quedó del mundo.

La luz de la lámpara se atenúa. La apago. Tengo que esperar a que las baterías vuelvan a cargarse. Entre las latas de conserva tiradas por el suelo, voy trastabillando hasta la cama. Me meto la almohada bajo la cabeza y, boca arriba, me quedo mirando la oscuridad.

Llevo meses escondido aquí en esta ratonera. No me atrevo a salir. No quiero ver qué hay ahí fuera. Todavía no. Con el tiempo. Tal vez... Al final. ¿Qué me queda del espacio proclamado infinito? Un búnker. Seis metros de largo, cinco de ancho; su altura máxima quizá sea de dos metros y medio. No lo medí, ni tengo con qué. Debajo de mí hay otros dos niveles, pero el acceso está cubierto por una gruesa losa de hormigón, tan pesada que soy incapaz de moverla. En los primeros días oía ruidos ahí abajo, golpeaba con esperanza, por si alguien se hubiera escondido en las profundidades antes de que yo llegara. Pegando la oreja al hormigón, con el tiempo, identifiqué los sonidos: a veces chillaba el generador, otras burbujeaba el depurador de agua, otras siseaba el filtro de aire. ¿Y bien? Eso es todo sobre los ruidos de abajo. El estruendo que se oye desde afuera no ha cambiado en meses. Al principio ese rumor constante me molestaba muchísimo. A veces sentía como si sonara dentro de mi cabeza, pero ya me acostumbré.

Mi único entretenimiento es leer. Hace unos días, de golpe, se me ocurrió que debía escribir algo. Algo así como una carta de despedida. ¿Quién sabe? Tal vez la encuentre alguien, o algo. Aunque lo dudo. En mi mochila había un cuaderno. Busqué una página en blanco, la puse sobre la mesa, tomé la lapicera… y… y me quedé mirando, mirando la hoja cuadriculada. No se me ocurría nada. Me quedé un rato inclinado sobre el cuaderno y luego, desanimado, lo cerré y seguí leyendo. Seguí leyendo la vida de Borges.

El libro lo escribió un autor de nombre impronunciable. Algo como Amliwlison o Maliwilason. Es incomprensible que aquella mañana haya guardado justamente este. Ahora, claro, preferiría tener las obras completas de Borges, pero son cinco tomos, y este es uno solo; aunque por peso quizá daba lo mismo. También estaba el… el… Qué raro. Ese también trataba de Borges. Hm. Interesante. Entre dos mil libros elegí, por alguna razón, esos siete; y no soy un fanático de Borges. En aquel instante, solo siete libros tenían posibilidad de sobrevivir, y todos estaban vinculados con él de algún modo: o los había escrito él, o trataban sobre él.

En secreto todavía espero que, de todo ese cúmulo de cosas –podría decir incluso: de ese barullo metafísico– acerca del que Borges escribió, algunas existan. Una de ellas es la eternidad, o, como él la llamaba, la “extratemporalidad”, desde donde puede verse todo a la vez: pasado, presente y futuro. ¡Ah! Fantasmas. ¿O no? ¿Y si existiera? ¿Y si él está allí y ve todo este horror? Incluso podría estar mirándome justo a mí. Entonces seguro le gusta que el único libro que queda sea sobre él. ¿O estará ofendido porque no elegí uno de sus libros? No lo creo. Según él, de todos modos solo existía un Libro, que era el Universo, dictado por un único Autor que, de algún modo, era idéntico a todos los que alguna vez tomaron una pluma. ¡Pues sí! Eso ya es pasado. Porque el volumen que, cerrado, descansa sobre la mesa –le guste o no– es la última emanación de ese único Libro que él imaginó.

Si considero que, para él, todo escritor era idéntico a todos los escritores del mundo, entonces le da igual quién lo haya escrito: él o el de nombre impronunciable.

Claro que quizá le alegraría más si lo hubiera escrito alguno de sus favoritos: Homero, Dante o Stevenson; o Scott, o… ¡Bah! Yo digo que ahora ya da lo mismo quién haya escrito el último libro: Dickens, Dostoievski, Agatha Christie, Viktor Cholnoky o Margit Kafka. ¿Qué cambia? Nada.

Hace un calor insoportable. Estoy empapado. ¡Y ese zumbido! Como si otra vez sonara dentro de mi cabeza…

¿Y esto qué es? Debajo de la orilla, debajo de la orilla, tres cuervos siegan, tres cuervos siegan. ¡Ah! El teléfono. ¿Por qué habré puesto justamente esa melodía? Afuera es la muerte la que siega, no tres cuervos.

Me llegó un mensaje. No lo miro. No tiene sentido. Ya sé lo que dice:

«Si en diez días recarga 6000 forintos en su saldo, le damos un bono de 2000 forintos, válido por dos meses dentro de nuestra red».

Alguna máquina diligente y algún satélite idiota siguen funcionando en algún lado y, en momentos impredecibles, vuelven a mandar ese mensaje una y otra vez.

La primera semana pasé días llamando a todo tipo de números, conocidos y desconocidos. A veces sonaba… Pero nadie contestaba.

Usando la luz del teléfono como guía, voy tambaleándome hasta la mesa. Debí de dormir mucho, porque la lámpara está encendida a plena potencia.

Mis ojos se acostumbran despacio a la luz. Hojeo el libro. ¿Por dónde iba? Ni me acuerdo. En realidad, ni ganas tengo de leer. Me quedo mirando las fotografías en blanco y negro, misteriosamente tristes, de otro siglo: Borges y su hermana en 1908; Borges en 1924; el comité editorial de la revista Sur cuando empezó, en 1930 (Borges con un cigarrillo en la boca; ¡yo también prendería uno!); Borges y Adolfo Bioy Casares en 1942; Borges y María Kodama en algún lugar de Italia; la tumba de Borges.

Hm. La tumba de Borges. Al menos él tiene tumba. ¿O tenía? Quizá ya ni eso.

¿Me oyes, Borges? ¿Todavía tienes tu tumba? Ahí, en Ginebra. ¿La ves desde la eternidad?

¿De verdad podría estar allí? Lo dudo.

Debería escribir algo. ¿Pero qué? ¿Una carta de despedida? Ya lo intenté. Mejor alguna ficción en la que uno pueda perderse para no pensar en la realidad. Una novela. ¡Ah! No tendría paciencia. Un cuento o un ensayo. ¿Un cuento o un ensayo? O un ensayo-cuento. Algo… recién iba a decir “borgesiano”. ¿Y por qué no? Al fin y al cabo, ese género lo inventó él. O al menos eso sostuvo Bioy Casares. (Lo leí hace poco en el libro.) Él debería saberlo: era su amigo. ¡Entonces será un ensayo-cuento! ¿Qué hace falta? Un buen tema y unas cuantas docenas de citas pedantes. Citas exactas, creo, me van a faltar, porque solo tengo este libro. Y si empiezo a desenterrarlas de mi memoria, inevitablemente se meterán los recuerdos, y a ellos les temo más que a lo que sea que haya ahí afuera. Claro que podría inventarme algunos autores, griegos y romanos. Creo que podría. Empiezo:

Andrónikos de Samos. O…

Eumolpos de Tíno, cuya obra principal: El jardín de los dioses.

O podría ser un santo cristiano, por ejemplo: San Taminos. Él habría escrito La vigilia nocturna. O un mártir: San… San… ¡Bah! No tiene sentido.

Si este libro está aquí, ¿por qué no citarlo? ¿Por qué no? Porque entonces también lo que escriba sería sobre Borges. ¡No, por favor! ¿Otra vez? Hace meses que aquí todo gira en torno a Borges. ¿Me oyes, Borges? ¿Me oyes? ¡Me estás volviendo loco!

¡Mira! Hasta la lámpara se atenúa. Se terminó. ¡Volvamos a la cama!

¡Maldita sea! Ya tendría que haber juntado esas latas. Casi me quiebro el tobillo.

No debería escribir sobre Borges, sino sobre ese único autor que es idéntico a Borges, a Stevenson, al innombrable o al Eumolpos de Tíno que acabo de inventar.

Borges y Stevenson… Stevenson y Borges… Esa identidad, por alguna razón, no se me va de la cabeza. Tal vez leí algo sobre eso. Seguro que no lo inventé yo. Lo buscaré en el libro. Quizá está.

Lo encontré sin buscarlo. Retrocedí unas cuantas centenas de páginas porque me di cuenta de que no recordaba ni una palabra de lo que había leído en los últimos días. Ahora estoy otra vez en 1933. En noviembre de ese año se publicó la novela de Norah Lange, 45 días y 30 marineros. Borges sobrevivió, aunque fue una puñalada bien apuntada. Uno de los personajes se llamaba Stevenson. En la figura antipática de ese solterón bibliófilo, fanfarrón de sus antepasados, todos lo reconocieron. Y lo escribió Norah Lange, la gran Ella. Mejor dejemos eso…

Me aburre esta biografía. Habría sido mejor tener las obras completas. En vez de una acumulación de datos, ahora preferiría leer un cuento. Tal vez “Las ruinas circulares”, o “El espejo y la máscara”. Pero eso es imposible. Aun así, tengo que escribir algo; así también pasa el tiempo. Podría escribir un cuento. ¿Y si reescribiera alguno de sus cuentos, tal como me salga? ¡Ah! Saldría una monstruosidad. ¿Y si intentara escribirlo palabra por palabra, como uno de sus héroes, Pierre Menard, que reescribió letra por letra el Don Quijote entero? No lo copió simplemente: luchó con cada párrafo, cada línea, cada palabra, cada letra. Al hacer que el libro de Cervantes y el de Menard sean idénticos, sugiere que cualquier escritor puede ser reemplazado por otro que, si se le da tiempo suficiente, puede escribir o reescribir cualquier obra. Menard se metió en la piel de Cervantes y, de algún modo, se disolvió en él, se identificó con él. Claro que esto es ficción, y quizá suena demasiado complicado dicho así, pero si pienso en las distintas técnicas de sugestión, tal vez haya algo ahí.

Con pintores ya se experimentó. A sujetos que, de hecho, tenían talento, se les hipnotizó haciéndoles creer que eran idénticos a Van Gogh o a Rembrandt, y como resultado crearon cuadros en el estilo de Van Gogh o de Rembrandt. ¿Quién sabe? Tal vez así nacieron esas pinturas cuya autenticidad se discutió durante décadas. ¿Y si ese fuera el secreto de las falsificaciones realmente excelentes? ¿Podría aplicarse esa técnica también a la escritura? No lo sé. Tal vez lo intente. Al fin y al cabo, tiempo me sobra.

Apago la lámpara. Es la última bombilla que queda. Las demás se quemaron: no soportaron las oscilaciones de tensión. ¿Qué haré si esta también se quema y ya no puedo ni leer ni escribir?

Todavía no junté las latas.

Otra vez. La muerte siega.

Soñé. Con ese mundo de afuera. Era de colores, panorámico y ruidoso, como una vieja película de terror de Hollywood. No quiero pensarlo.

Mejor escribo. Ayer formulé en mi cabeza la primera frase. Todavía estoy pensando el título. Y también el nombre del autor. Aún no decidí quién lo va a escribir: ¿yo o Borges? Creo que se lo dejaré a él. ¿Me oyes, Borges? ¡Prepárate! Ahora viene el gran experimento.

Empiezo con las técnicas más simples. Primero, la autosugestión pura. Me acuesto boca arriba, me estiro y respiro hondo, lento, y luego exhalo lento, al mismo ritmo. Mientras tanto me sugiero: «Yo soy Borges. Yo… soy… Borges». ¡Alto! Así no sirve. Me duermo enseguida y no logro nada.

¡Mejor la telepatía! Para establecer un vínculo telepático hay que imaginar intensamente el rostro de la persona objetivo –mejor aún si se tiene una fotografía delante– y pensar en un hecho que provoque emoción, y luego desviar de golpe la atención hacia algo totalmente distinto, borrar los pensamientos anteriores. Se repite hasta que se establece la conexión. A otros les funcionó una vez en un millón; a mí, una de cada veinte seguro. Pero así sería unidireccional. Borges sentiría mi presencia –si yo no fuera demasiado escéptico–, pero el objetivo no es ese, sino que yo entienda sus pensamientos.

Desesperanzador. Lo que quiero se parece más a lo que buscaban los místicos. Porque, ¿qué querían ellos? Alguna forma de identificación con Dios. Los sufíes hasta definieron las etapas: la primera es la conexión, que excluye la identificación entre el creyente y Dios; la segunda, la identificación, donde sus naturalezas se unen; y la tercera, la inhabitación, donde el alma de Dios habita el alma purificada del místico.

Cuando le preguntaron a Al-Hallaj qué camino lleva a Dios, respondió: «Retira ambos pies: uno de la vida terrenal, el otro de la del más allá, y entonces estarás con Él».

Es difícil interpretar esas palabras, pero en mi situación puedo aplicarlas. No estoy ni en la vida ni en el más allá, y…

Debajo de la orilla, debajo de la orilla. Otra vez este maldito teléfono… Ya sería hora de apagarlo. Me irrita cada vez más. Y además solo alimenta esperanzas vanas…

Hoy, por fin, escribí la primera línea:

«Se dice que emergió de algún sarcófago ruinoso de un reactor nuclear».

(Eso lo escribí yo, no Borges.)

Iba a continuar citando la opinión de un académico a quien, como no recordaba su nombre, en mi cabeza llamé D. H. Mayer. Iba a decir algo así como que lo ocurrido era una burla a la concepción física del mundo elaborada durante cuatro mil años.

Pero no lo escribí. Tiré la lapicera detrás de la mesa. Habría arrancado la hoja, pero no cedió. Al final solo pasé una página del cuaderno, y ahora la hoja en blanco reluce sobre la mesa. Y la lámpara está encendida. ¡Debería apagarla! Y los tres cuervos siguen segando, segando…

¿Qué pasó? ¿Habré soñado algo? ¿Otra vez el teléfono? No. Está oscuro, no brilla. Hay un silencio raro. ¿Me quedé sordo? No. ¡Se detuvo el estruendo de afuera! ¡Claro! Seguro me desperté por eso. Leí en algún lado que, a fines del siglo XIX, una noche en que el Niágara se congeló, los vecinos se despertaron todos. Decían que se sobresaltaron porque había caído un silencio espantoso. De verdad hay silencio. Pero creo oír un rasguño. Viene de abajo. Debe de ser el sonido de alguna máquina; hasta ahora lo tapaba el estruendo de afuera.

¿Debería mirar qué hay afuera? No. ¡Eso no! Cuando llegue el momento, cuando ya no me quede otra. Además, tengo que escribir.

¡Esto no puede ser! La lámpara no está encendida. La dejé prendida. Se descargaron las baterías. ¿Y si se arruinaron? Entonces se acerca el final.

De verdad estoy como decía Al-Hallaj: ya retiré un pie del más allá y el otro ya lo saqué de este. Suena bastante confuso. El cabalista Luria hablaba también de una contracción. Según él, Dios se contrajo antes de la creación para dejar lugar al mundo creado. Borges cita a Luria en algún sitio. ¿En cuál? En su ensayo sobre Fitzgerald.

Supone que mientras Fitzgerald traducía el Rubaiyat, el alma de Omar Jayyam se instaló en la suya, porque según Luria «el alma de un muerto puede habitar el alma de otro hombre desgraciado para ayudarlo».

Qué gracioso.

Borges, Borges.

A mí también me vendría bien un poco de ayuda. ¿Me oyes? ¡Ya sería hora de que hablaras! ¡Envía un mensaje! ¡Envía algo de una vez! Por más que te escondas ahí en la eternidad, tarde o temprano igual te voy a invocar. ¡Ya vas a ver! Se me va a ocurrir algo.

La bruja de Endor invocó el espíritu del profeta Samuel. Claro que eso ya sería nigromancia, y los antiguos sostenían que para eso hace falta sangre. Sangre y crueldad. Ericto, la bruja tesalia, le cortó la garganta a un cadáver, le clavó un gancho en el cuerpo y lo arrastró a su cueva, donde, por sus prácticas horrendas, el muerto habló una vez más, por última vez. Pero todas esas atrocidades, reales o supuestas, parecen juegos de jardín de infantes comparadas con la pesadilla de afuera, forjada por la realidad.

Leo la vida de Borges. Vuelvo una y otra vez unas páginas atrás, como si quisiera retrasar aquello de lo que hace tiempo estoy seguro: lo inevitable. Eso que yo llamo búnker no es más que un cobertizo de hormigón en las afueras de una ciudad pequeña de otro tiempo, en el límite entre una realidad irreconocible y una ficción mal formulada.

Las líneas se me mezclan delante de los ojos; me duermo, me sobresalto, me arrastro hasta la cama. Me quedo un rato recostado sobre el lado izquierdo y, cuando el corazón empieza a punzar, me doy vuelta boca arriba y me estiro. El calor me cae encima, me ahoga; una gota de sudor me recorre la frente, haciéndome cosquillas. Fuerzo la mente para pensar en Borges y no en aquello de lo que me separan tres puertas de hierro herméticas. Repaso una por una las fotos en blanco y negro, y mi cerebro se queda pegado en la última: su tumba. Imagino la piedra gris, arriba la inscripción JORGE LUIS BORGES, abajo los años: 1899–1986. Sé que entre esos datos hay un grabado; lo miro, ciego. Al principio me parece que es el rostro de Borges, pero luego la imagen se aclara y reconozco que es una copia de un motivo heráldico en inglés antiguo: muestra siete guerreros, tres de los cuales alzan una espada rota. Debajo hay una cita que creo que está en español y ni intento leer, pero cuando me acerco la puedo deletrear: «… and ne forhtedon na». No sé en qué lengua está, pero siento lo que significa: «… ¡y no temáis!». Rodeo despacio la tumba, observo el barco vikingo del reverso, pero ya no me esfuerzo por descifrar la inscripción. Tengo otra cosa que hacer. Debo escribir.

Releo y, mientras lo hago, espero en secreto que esas líneas me las haya dictado Borges desde la extratemporalidad, porque solo podría conocer esos datos si hubiera terminado de leer el libro. Y entonces ya está muy cerca la…

Vuelvo apurado al cuaderno, hasta esa primera frase que ya escribí una vez. Empiezo a copiarla debajo de las demás:

Se dice que emergió de algún sarcófago ruinoso de un reactor nuclear…

¡Pa-papa pam! ¡Pa-papa pam! Suena el teléfono. ¿Dónde está? Lo dejé junto a la almohada, en la cama. Si suena una vez más, lo apago. Me desconcentró por completo. Así nunca voy a escribir la historia de esas últimas horas. Ahora tengo que empezar de nuevo. ¡Volvamos a la cama!

Me estiro; la manta arrugada me presiona la espalda. Me levanto, la aliso a oscuras. Palpo el teléfono y lo apago. Tal vez esta sea mi última oportunidad. Ahora tengo que hacerlo, cueste lo que cueste. Me acuesto otra vez. Intento concentrarme en una foto de Borges, pero algo me perturba. Como si la cama vibrara debajo de mí, y como si oyera un ruido lejano. Seguro viene de abajo. ¿O de afuera? ¿A quién le importa?

No sé cómo empezar. Todas las técnicas de identificación se basan en ejercicios parecidos. Da lo mismo si pienso en los métodos de los yoguis, los cabalistas, los sufíes o los monjes del Sinaí: todos se apoyan en una frase repetida hasta el infinito y en ejercicios de respiración. Los monjes repetían la “oración de Jesús” –«Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí»– igual que los budistas repiten «Om mani padme hum», o los místicos judíos las letras del nombre secreto de Dios. Lo demás depende de la respiración.

¿Me oyes, Borges? ¡Ten piedad de mí! Borges, ten piedad de mí. ¿Me oyes? ¡Be! ¡O! ¡Ere! ¡Ge! ¡E! ¡Ese…!

Golpean la puerta más interior. No la abro. ¡No puedo abrirla! Tengo que terminar lo que empecé. Solo faltan unas líneas…

 

Biblioteca Galáctica

Desde el hexágono vacío (que no contiene libros, solo un esqueleto humano visible para todos, pero incorpóreo), se encuentra el libro 24 en el estante 8, hexágono 1899, piso 18, sector 344.

Supuestamente hay un facsímil en el hexágono 1986, piso 19, sector 9621: el libro 14 en el estante 6.

(Eso es todo lo que dice. Las otras cuatrocientas tres páginas están en blanco. La interpretación de los símbolos es controvertida).

Iván Bojtor nació en Szombathely, Hungría, en 1954; actualmente vive en Veszprém. Sus primeros artículos se publicaron en la antigua revista Ország-Világ. Fue el fundador del club de SF Kvark de Veszprém, que publicó su propio fanzine llamado PreVega, y después Kvark. Algunos de sus escritos se han incluido en GFK 300GFK 400 y en la antología Durchjáró 20. Sus relatos cortos se han publicado en la revista Castle Ucca Workshop, en el fanzine Black Aether, y sus artículos sobre los misterios de la historia han aparecido en la revista Incredible.

lunes, 24 de noviembre de 2025

IREM, LA DE LOS PILARES

Iván Bojtor

 

Fueron muchos años de tormento los que me empujaron finalmente a escribir todo esto. Quizás así mi conciencia logre, si no calmarse, al menos convencerse de que hice cuanto pude para evitar aquella atrocidad. Porque, incluso después de tanto tiempo, sigo repitiéndome que yo podría haberlos salvado.

Por supuesto, conozco la conclusión oficial de la investigación: “debido a la baja temperatura falló la condición estanca del anillo O del acelerador de combustible sólido derecho, lo que provocó la fuga y la combustión”. Eso –dicen– causó la catástrofe. Y, al fin y al cabo, ¿quién le habría creído a un “paranoico que llama para decir disparates”?

De Irem la de los Pilares, la Ciudad de los Milagros, oí hablar por primera vez en un viejo relato de principios del siglo pasado, obra de H. P. Lovecraft. Dicen que los grandes escritores y poetas perciben hasta la vibración más leve del alma humana; y que los más grandes –Lovecraft entre ellos, sin duda– captan también los fragmentos de sensación y pensamiento que se filtran desde las profundidades oscuras del cosmos hasta nuestro mundo, incluso aquellos que quizá empezaron su viaje antes de que existiera la especie humana. Creo que autores como él, además de intuir y plasmar la cólera, el terror y el pavor que nos llegan del espacio infinito, cumplen otra función: son los ojos y oídos de la Tierra, los pocos capaces de predecir los horrores por venir. Pero no es de eso de lo que quiero hablar, sino de Irem la de los Pilares.

En el cuento de Lovecraft, el beduino Abdul Alhazred encontró accidentalmente la ciudad perdida bajo las arenas perpetuamente agitadas de Hadramaut. La había mandado construir Sedad, último tirano de la tribu de los ‘Ád, como una imitación del paraíso celestial.

Años después volví a encontrar el nombre de la ciudad en textos de cronistas árabes medievales. Según la tradición preislámica, apenas visible detrás del fino velo del islam, aquella ciudad misteriosa fue obra de la tribu de los ‘Ád, desaparecida en circunstancias aterradoras. El folklore dice que los ‘Ád eran gigantes, y por eso atribuyen a ellos todo edificio cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos: fortalezas, palacios, murallas.

Cuando Saddád ibn ‘Ád, primer rey de los áditas, escuchó hablar del paraíso celestial, decidió crear su réplica terrenal. Una vez terminada, llamó a la Ciudad Sin Nombre por el nombre de su abuelo: Irem, nieto de Noé. Saddád partió con su séquito para contemplar la magnificencia de su obra, pero una voz horrible venida del cielo los fulminó a todos.

Según el geógrafo Al–Mas‘udí, en su época encontraron en Hadramaut la tumba de Saddád dentro de una montaña: una cámara funeraria de cien pies de largo por cuarenta de ancho; en el centro, dos lechos de oro. Sobre uno yacía el cadáver de un hombre de tamaño colosal. Una inscripción a su cabecera proclamaba al mundo que allí descansaba Saddád ibn ‘Ád, rey de los áditas.

Tras su muerte espantosa, toda la tribu pereció poco después. El misterioso enviado de Dios, el profeta Húd, les había advertido que destruyeran su horrendo ídolo y abandonaran sus oscuros rituales, pero nadie escuchó su voz. Cuando Dios los castigó con tres años de sequía, enviaron una delegación a La Meca para implorar lluvia. Pero sus emisarios pasaron primero un mes entero entregados al desenfreno, antes de ocuparse de su misión. Al fin pidieron lluvia, y aparecieron tres nubes en el cielo: una blanca, una negra y una roja. Una voz celestial ordenó al jefe de la delegación elegir una. Él escogió la negra, creyendo que traía más agua; pero eligió mal, pues la voz anunció destrucción para el pueblo de ‘Ád. Dios envió la nube sobre el país de los áditas; de ella surgió un viento abrasador que borró del mundo a aquella gente incrédula.

Pero la tradición sostiene que Irem la de los Pilares no fue destruida por el fuego del cielo. Dios la hizo invisible a los mortales, y sólo los escogidos lograron verla, y muy raramente. Según las crónicas, en tiempos del califa Mu‘áwiya, un beduino llamado ‘Abdallah ibn Qilába, mientras buscaba a su camello en el desierto, halló la ciudad desierta. Cuando el califa oyó la historia, envió un ejército entero a buscarla, pero no la encontraron.

El siguiente elegido que supuestamente vio Irem fue Marchie, médico de la expedición a Hadramaut de 1908. Hoy casi nadie sabe de aquella expedición: todos los mapas, notas y fotografías ardieron en un depósito parisino durante un bombardeo en la guerra. Yo sólo tengo el testimonio del nieto del doctor.

Según él, la expedición encontró algo extraordinario, que llamaron la estatua de O-Tarim. Marchie sostenía que aquello no lo había hecho mano humana. De hecho, difícilmente podía llamarse “estatua” según el uso de la época: ¿cómo llamar estatua a algo que cambia de forma y color constantemente, y que además emite sonidos extraños? Aquel ser viscoso, pegajoso, retorciéndose sin cesar, mostrando una apariencia distinta a cada segundo… Marchie creía que era el resto del espantoso ídolo de los áditas, no destruido por el fuego divino sino sobreviviente por algún medio inexplicable.

Siempre según el nieto, no sólo desaparecieron los documentos de la expedición, sino también las notas de su abuelo, sin dejar rastro, de un cajón cerrado con llave. El doctor primero sospechó del servicio secreto británico, pues la expedición francesa había provocado un pequeño escándalo político: a los británicos no les agradaba que una potencia rival investigara un territorio que ellos consideraban propio. Pero cuando encontró, en lugar de su diario guardado en la caja fuerte, sólo un puñado de cenizas, empezó a sospechar de otra cosa. Según cuentan, fue entonces cuando dibujó de memoria el plano de Irem la de los Pilares, el mismo plano que –lo admito– yo robé.

Comparar aquel plano con las imágenes tomadas desde el espacio en 1984 fue lo que me llevó a telefonear a la NASA por primera vez. Intenté advertirles que estaban jugando con algo peligrosísimo, pero se burlaron de mí, me llamaron charlatán y adivino trastornado.

Las imágenes aéreas –o mejor dicho espaciales– que ahora exhiben, y en base a las cuales lanzaron la expedición para encontrar Irem, son falsificaciones. Yo recibí las auténticas en 1984, de manos de un entusiasta amateur que luego fue detenido por espionaje. Dijo haber encontrado por casualidad la frecuencia secreta y grabado las transmisiones del transbordador espacial.

La expedición anunció al mundo que habían encontrado Irem bajo las arenas del Rub al-Jalí, el mayor desierto del planeta. Si no conociera los hechos, quizá yo también lo habría creído, habría pensado que ese asentamiento arrasado por un terremoto era la Ciudad de los Milagros. Pero el plano de esa ciudad no coincide ni con el dibujo de Marchie ni con las imágenes originales del Challenger. Y lo más decisivo: no encontraron la estatua de O-Tarim.

A mí no me vengan con historias de anillos O quemados, sobrecalentamientos o fallos aerodinámicos. La caja negra del transbordador muestra que los instrumentos no señalaron error alguno.

Y aun así siete astronautas murieron el 28 de enero de 1986, cuando explotó el Challenger. Quizá porque en 1984, desde allá arriba, los instrumentos detectaron algo que no debían haber visto.

Alguien sigue guardando el secreto de Irem, la de los Pilares.


Título original en húngaro: Oszlopos Irem

Traducción; Sergio Gaut vel Hartman


Iván Bojtor nació en Szombathely, Hungría, en 1954; actualmente vive en Veszprém. Sus primeros artículos se publicaron en la antigua revista Ország-Világ. Fue el fundador del club de SF Kvark de Veszprém, que publicó su propio fanzine llamado PreVega, y después Kvark. Algunos de sus escritos se han incluido en GFK 300GFK 400 y en la antología Durchjáró 20. Sus relatos cortos se han publicado en la revista Castle Ucca Workshop, en el fanzine Black Aether, y sus artículos sobre los misterios de la historia han aparecido en la revista Incredible.

 

martes, 11 de noviembre de 2025

LA ESPADA

Iván Bojtor

 

Sólo llevaba una armadura de cuero. Era uno de aquellos jefes bárbaros que veneraban a dioses bárbaros.

Había oído ya muchas historias, contradictorias entre sí, acerca de la construcción ciclópea de piedras toscas amontonadas al pie de un acantilado, del tamaño de una colina, a la que acababa de ingresar. Se decían mil cosas sobre ella: que en su interior moraba un dios gigantesco, o un monstruo; que allí se abría el descenso al inframundo; que en su interior se extendía un laberinto del cual jamás salía quien se aventuraba a entrar sin pensar… Y, por último, que al final de sus cámaras entrelazadas, en la última de todas, reposaba una espada maravillosa, capaz de volver invencible en la batalla a quien la poseyera.

El angosto corredor desembocaba en una vasta sala. A la luz de su antorcha distinguió una estatua colosal que llegaba hasta el techo: la figura de una divinidad. Entre las dos piernas de la imagen se abría una puerta, y delante de ella, un altar de piedra lleno de ceniza.

Sin saber qué ofrenda podía granjearle el favor del dios, arrojó sobre el altar un puñado de cebada, unas flores marchitas que había recogido el día anterior y, por si acaso, se pinchó el dedo con la punta del puñal, dejando caer tres gotas de sangre. Encendió el sacrificio con su antorcha, fijó la mirada en la puerta cerrada y esperó.

No vio –no podía verlo– que en un pequeño nicho tallado en la roca, a un lado del corredor por donde había entrado, se alzaba la estatua de un enano grotesco. Tampoco pudo ver cómo, mientras su ofrenda se consumía ante el gran ídolo, la boca del enano se curvaba en una mueca burlona.

Sobre el altar chisporrotearon aún algunos granos de cebada, y entonces la puerta se abrió.
El hedor lo golpeó apenas cruzó el umbral. En el suelo, por todas partes, yacían huesos, jirones de ropa, armas rotas y otras intactas. Avanzó hacia la puerta cerrada que se veía enfrente, pero un sonido irreconocible resonó a su espalda. No pensó, reaccionó: giró sobre sí mismo y blandió su hacha en el aire. Algo –una especie de lagarto escamoso y enorme– se deslizó junto a él y se tendió frente a la puerta. Detrás del monstruo, apoyada contra el muro, se alzaba una espada tan alta como un hombre. Habría jurado que antes no estaba allí.

¿Sería aquella la espada maravillosa de las leyendas, la que había venido a buscar?
Estaba seguro: si vencía al monstruo, el arma sería suya.

Mientras se acercaba, notó que la criatura giraba la cabeza a un lado y otro: comprendió que el brillo de la antorcha hería los ojos de la bestia, acostumbrada a la oscuridad. Con la antorcha en la izquierda y el hacha en la derecha, se abalanzó y descargó el golpe sobre su cráneo. El monstruo se estremeció unas veces y cayó de costado.

Vaciló.

¿Era todo? La victoria le pareció demasiado fácil. Pero no se detuvo a pensarlo.
Extendió la mano hacia la espada… y antes de tocarla, se disolvió en el aire, como una bruma.

Al instante, se abrió otra puerta detrás de él.

La siguiente cámara era más larga que la anterior; al entrar, no alcanzaba a ver su extremo.
Escarmentado por su encuentro con el lagarto, avanzó con más cautela. Llegó sin contratiempos a la puerta siguiente, ante la cual, sentado en un trono de piedra, descansaba un guerrero acorazado. En la hoja de la puerta pendía una espada, aunque no la misma que había visto desaparecer en la sala anterior.

El guerrero se estremeció como quien despierta de un sueño. Se incorporó con estrépito metálico y, empuñando su arma con ambas manos, avanzó hacia él.

Bastaron unos instantes para que el bárbaro comprendiera que, con su armadura ligera, era mucho más veloz.

El caballero descargó golpe tras golpe; él los esquivó todos. Finalmente, se colocó a su espalda y asestó el suyo. El guerrero cayó. Las piezas de la armadura rodaron por el suelo, vacías: no había nadie dentro.

Dudó antes de tocar la espada. Ya no se sorprendió cuando, al extender la mano, el arma se desvaneció ante sus ojos, y tampoco cuando la puerta volvió a abrirse por sí sola.

La cámara siguiente era aún más larga; parecía más bien un pasadizo ancho. A lo lejos titilaba una luz verde, que se fue intensificando mientras avanzaba. Podría haber arrojado su antorcha, ya consumida hasta el mango, pero no se atrevió. ¿Qué lo esperaba?

Lo que lo esperaba era una última puerta, y sobre ella, clavada en cruz, una espada resplandeciente de luz verdosa. De ella emanaba el resplandor que inundaba la sala.
Delante, sobre una alfombra, estaba sentado un niño.

El bárbaro se detuvo. Miró al niño, luego al arma.

¿También debo matar al niño?, pensó.

Durante un rato se miraron en silencio.

Luego el hombre se dio media vuelta y emprendió el camino de regreso.

La sonrisa del enano de piedra se borró, y su cabeza se inclinó levemente, como si hubiera empezado a reflexionar.

Cuando el bárbaro salió de la cámara, una luz cegadora lo envolvió, y cayó al vacío.

Al recobrar el sentido, se encontró tendido en un barranco, al aire libre. El edificio había desaparecido.
Se frotó los ojos, se incorporó, y vio a su lado una espada sobre la hierba.

Parecía una hoja común, sencilla.

La levantó, la probó, la blandió hacia un lado y otro.

Por accidente, pasó demasiado cerca de la roca: pero, en lugar de chocar o sacar chispas, la espada atravesó la piedra como si fuera manteca.

Así lo cuentan.

Quizá ocurrió de verdad, quizá no.

Las tradiciones más antiguas dicen que las armas de los dioses eran forjadas siempre por enanos deformes: Hefesto para Zeus, Ptah –representado a menudo como un pigmeo monstruoso– para Horus, Tvastar para Indra, y Regin, el enano que volvió a forjar la espada rota de Odín, la Gram.

Sí, en aquellos tiempos cada arma extraordinaria tenía su propio nombre.

Las sagas aseguran que también San Olaf, unificador de Noruega y propagador de la fe cristiana, tuvo una espada semejante.

Tal vez sea cierto, tal vez no.

Pero los anales coinciden en algo: Olaf jamás perdió una batalla.


Título original: A kard

Traducción: Sergio Gaut vel Hartman


Iván Bojtor nació en Szombathely, Hungría, en 1954; actualmente vive en Veszprém. Sus primeros artículos se publicaron en la antigua revista Ország-Világ. Fue el fundador del club de SF Kvark de Veszprém, que publicó su propio fanzine llamado PreVega, y después Kvark. Algunos de sus escritos se han incluido en GFK 300GFK 400 y en la antología Durchjáró 20. Sus relatos cortos se han publicado en la revista Castle Ucca Workshop, en el fanzine Black Aether, y sus artículos sobre los misterios de la historia han aparecido en la revista Incredible.

 

 

viernes, 14 de marzo de 2025

MEDIA HORA DE NOSTALGIA

Iván Bojtor


¡De nuevo de permiso! ¿Permiso? Durante los últimos dos años terrestres pasados en la estación espacial, sentía cada vez más que era prisionero de sus recuerdos. Como si ya no existiera nada más que aquella taberna sucia, de olor rancio, en la que se metió por casualidad unos veinte años atrás. En su momento, esa nueva experiencia lo protegió por mucho tiempo de sumergirse en el mundo de sueños y visiones artificiales, pero ahora trataba de escapar de sus propios recuerdos.

Llegó. Sus pies descalzos sintieron el calor del piso de tierra apisonada de la taberna, y su nariz fue golpeada por el olor a licor, pero no vio nada. Estaba oscuro. ¿Qué pudo haber pasado? ¿Habían configurado mal el temporizador y se equivocó de momento? Tropezó entre los bancos, palpando a su alrededor, buscando la ropa que había enviado con anticipación.

A apenas dos pasos de distancia, un destello de luz brilló ante él, seguido de una carcajada atronadora. A la luz de la vela, vio que unas treinta personas, hombres, mujeres y niños, lo rodeaban, lo miraban y señalaban. Uno de los hombres tenía su ropa en la mano, agitándola como si esperara que corriera a buscarla. Pero un hombre corpulento y calvo se la arrancó, apropiándose de ella.

—¡Se acabó el circo! —exclamó.

Y se la entregó. Algunos protestaron diciendo que, por el dinero que habían pagado, el espectáculo debería haber durado más, pero el hombre grande alzó el dedo amenazadoramente y todos guardaron silencio.

Mientras se subía los pantalones apresuradamente, miró a su alrededor, pero en la tenue luz no reconoció ningún rostro familiar. Dudó: ¿Acaso me equivoqué de fecha? ¡No! Todo lo contrario. Lo más probable es que acertara. Ya había estado en este tiempo antes, y ahora el programa, siguiendo una regla casi ininteligible, me lanzó no a otro lugar, sino al mismo lugar, pero en otro intervalo de tiempo.

Y cuando el calvo corpulento hizo la pregunta habitual estuvo seguro de lo que había pasado.

—¿Ya ha estado aquí antes?

El calvo hizo una señal al joven detrás de la barra, quien corrió hacia ellos con una botella de vodka y dos vasos. Como pronto se enteró, él era el nuevo tabernero. Había comprado el lugar hacía ocho años, después de la muerte del anterior.

¿Qué podía decirle? ¿Que justo quería hablar con el tabernero anterior para aclarar algunas cosas muy importantes? ¿A quién le importaría ya?

Escuchó con indiferencia la charla del hombre corpulento sobre la cosecha de centeno y la granizada que había caído unos días antes. Solo esperaba a que pasara el tiempo para poder regresar.

—¿Qué pasó con el tabernero anterior? —preguntó después del tercer vaso de vodka.

—Fue una terrible desgracia —comenzó el calvo—. Sucedió junto al horno. Estaba bebiendo con uno de los clientes, igual que nosotros ahora. Se emborracharon terriblemente, los dos. Nadie sabe de qué discutieron. Después alguien dijo que el forastero pudo haber dicho algo sobre su madre, o la insultó. Pero eso no es seguro. ¿Quién podría saberlo? Comenzaron a gritar más fuerte, y luego se levantó, tomó el hacha que estaba junto al horno y, tambaleándose, fue hacia el forastero. Pero este fue más rápido, saltó del banco, agarró el hacha y se la lanzó. Le acertó de tal forma que el filo le hundió la frente. Murió en el acto.

—¿Se sabe quién lo mató?

—Nadie lo sabe. Era alguien como usted: un visitante. Dijeron que ya había estado aquí varias veces, pero siempre hablaba solo con él, con nadie más. Tal vez compartían algún secreto. Incluso es posible que hicieran negocios, contrabandeando algo. O quién sabe.


Título original: Félóra nosztalgia

Traducción: Sergio Gaut vel Hartman 


Iván Bojtor nació en Szombathely, Hungría, en 1954; actualmente vive en Veszprém. Sus primeros artículos se publicaron en la antigua revista Ország-Világ. Fue el fundador del club de SF Kvark de Veszprém, que publicó su propio fanzine llamado PreVega, y después Kvark. Algunos de sus escritos se han incluido en GFK 300GFK 400 y en la antología Durchjáró 20. Sus relatos cortos se han publicado en la revista Castle Ucca Workshop, en el fanzine Black Aether, y sus artículos sobre los misterios de la historia han aparecido en la revista Incredible.

 

viernes, 28 de febrero de 2025

LA CRUZ TALLADA

 

Iván Bojtor

 


Módos era un pueblo próspero. Decían que eso se lo debía al Cerro del Ángel, que atrapaba y desviaba el gélido aliento que descendía de las montañas. En la cima desnuda del cerro se alzaba la famosa capilla de los peregrinos. Hay que mencionarla, porque esta historia también comenzó un día antes de una peregrinación.

Ya anochecía cuando Józsi, el viejo guardabosques, entró en la taberna diciendo que había vuelto a ver aquel gran pájaro.

Se rieron de él.

—¿Y por qué no le disparaste con tu escopeta de perdigones? — bromeó Pál Szekeres, el carnicero—. ¡Qué buena pechuga debe de tener esa enorme tórtola! Tal vez alcanzaría para la cena de diez personas.

—¡No es tan simple! —murmuró el viejo—. ¿Quién sabe qué clase de pájaro nos ha enviado el buen Dios?

—Eso sí que no se sabe —asintió Jóska Balogh—. Mi tía Mári encontró una pluma enorme mientras recogía setas cerca del Bosque de Köves. Corrió con ella y se la mostró al párroco. No estoy bromeando. De verdad salió disparada con sus ochenta y siete años como si en algún lugar se hubiera desatado un incendio. Le pregunté qué había ocurrido, pero no quiso decir nada, solo se persignaba una y otra vez.

—Bueno, mañana yo mismo interrogaré al párroco cuando… —comenzó a decir Pál Szekeres, pero Jóska lo interrumpió:

—Eso será difícil, porque tomó el tren de la tarde a la ciudad. Lo vi con mis propios ojos cuando subía. Por alguna razón llevaba mucha prisa.

—¿Será que ha pasado un ángel por aquí, como en los viejos tiempos? —rio Pál Szekeres.

Su hijo, Pali, que estaba sentado en un rincón, tenía en mente a otro tipo de ángel, Marika, la hija del tabernero. Esperaba con ansias verla, aunque solo fuera un instante, aunque sabía que el padre de la muchacha no la dejaba servir por la noche a aquella clientela tambaleante.

 

A la noche siguiente se celebró el baile. Se dice que Pali fue el que lanzó la primera puñalada. Sus amigos intentaron ocultarlo, pero fue en vano, porque casi todo el pueblo estaba presente y muchos testificaron en su contra.

Los músicos tocaban con gran entusiasmo, pero eran pocos los que estaban bailando cuando apareció el forastero. Era alto, rubio, de rostro aniñado, pero bajo su abrigo, en la espalda, había un bulto o una malformación. Lo diré sin rodeos: parecía jorobado. Miró alrededor del patio de la taberna y enseguida se fijó en Marika, que estaba bajo el moral con dos amigas. Se acercó y la invitó a bailar.

Pali, que había entrado por un trago para animarse, salió justo en ese momento. Al verlos juntos, inmediatamente volvió por otro trago.

La música sonaba, las parejas danzaban. Los amigos de Pali lo empujaban hacia adelante, instándolo a que reclamara por la muchacha, que no fuera un cobarde.

El forastero, empapado en sudor tras el baile, se dirigió a uno de los bancos, se quitó la chaqueta y la lanzó sobre él. Quienes lo vieron exclamaron con horror, porque debajo de la chaqueta emergieron unas enormes alas blancas. El forastero no les prestó atención, simplemente se las arrancó y las puso junto a la chaqueta en el banco. Luego tomó a Marika de la mano e intentó llevarla de nuevo a la pista, pero ella se soltó y corrió hacia la puerta de la taberna. El forastero la persiguió, pero se topó con Pali, que permanecía inmóvil, rígido como la estatua de San Martín en la iglesia.

Lo siguiente ocurrió con mucha rapidez. Y los testigos vieron cosas diferentes.

Pronto se estableció que Pali fue el primero en lanzar la puñalada. Pero ese fue el único punto en el que los testimonios coincidieron.

Según el joven Józsi, el desconocido agarró a Pali por el brazo, le arrancó el cuchillo de la mano, le empujó al suelo y luego le asestó dos puñaladas en la cabeza. Según Pista Soós, después de la puñalada, Pali dejó caer el cuchillo—tal vez al ver el chorro de sangre—, el forastero lo recogió y se lo clavó dos veces en el cuerpo. Pero el anciano Józsi Korpás, que hay que decir que estaba más borracho que nadie esa noche, afirmó que el forastero simplemente extendió la mano hacia el cuchillo, y este saltó hacia su mano, para luego volar de vuelta por el aire y tallar una cruz en la frente de Pali.

Algunos quisieron abalanzarse sobre el forastero, pero cuando intentaron moverse, ya no estaba. La chaqueta y las alas también habían desaparecido del banco. Solo quedó un rastro de sangre que iba de la puerta de la taberna hasta el banco.

Pero la policía no creyó en este “cuento milagroso”, y cuando una semana después los leñadores encontraron un cadáver en el Bosque de Nagytát, Pali fue llevado a la ciudad.

El juez, István Rozgonyi Nagy, tenía fama de ser un hombre muy justo. Hasta los ladrones y asaltantes a los que había condenado lo reconocían, pues decían que siempre les daba la pena justa (quizá solo un poco menos). Pero en este caso estaba perplejo.

No creía ni por un segundo en la historia del ángel que peleaba con cuchillos. Solo después de interrogar a todos los testigos (lo que tomó casi una semana), mandó llamar a Pali desde la celda para escucharlo.

Mientras tanto, ya había quedado claro que el cadáver hallado en el bosque no podía ser el del joven forastero, pues resultó ser un viejo vendedor ambulante que murió de un infarto subiendo la cuesta, sin señales de heridas ni cortes en su cuerpo.

En realidad, Pali pudo haber sido liberado de inmediato, pero el juez tenía curiosidad por su versión de los hechos.

Lo que oyó de él era aún más confuso que las demás historias:

—Bebí. Bebí mucho. El cuchillo estaba en mi bolsillo, cerrado. No sé en qué momento lo abrí. No recuerdo la puñalada, solo la sangre salpicándome la cara. En un instante me despejé, y lo vi sonriéndome como si nada hubiera pasado. Sentí un dolor punzante en la mano y solté el cuchillo, pero no cayó, sino que de repente estaba en su mano. Intenté retroceder, pero caí de espaldas. Quise levantarme, pero algo me oprimía, me inmovilizaba, ni siquiera podía mover las manos. Él se inclinó sobre mí, murmuró algo y me marcó esta cruz en la frente. Así contado parece largo, pero todo pasó en un par de segundos.

—No hay víctima —dijo el juez—, no hay denuncia, no hay crimen. Que pague una multa por el desorden y que se vaya con la bendición de Dios.

Cuando Pali fue arrojado fuera de la cárcel, miró a su alrededor para ver quién presenciaba su vergüenza. Solo había una persona en la calle: Marika.

—¿Tú?

—Sabes, Pali, yo quiero un hombre que, si es necesario, luche por mí hasta con los ángeles.

Entonces Pali recordó lo que el ángel le susurró mientras le marcaba la cruz en la frente.

Esta cruz me la agradecerás muchas veces en tus oraciones.

 

Título original: Vágott kereszt

Traducción: Sergio Gaut vel Hartman



Iván Bojtor nació en Szombathely, Hungría, en 1954; actualmente vive en Veszprém. Sus primeros artículos se publicaron en la antigua revista Ország-Világ. Fue el fundador del club de SF Kvark de Veszprém, que publicó su propio fanzine llamado PreVega, y después Kvark. Algunos de sus escritos se han incluido en GFK 300GFK 400 y en la antología Durchjáró 20. Sus relatos cortos se han publicado en la revista Castle Ucca Workshop, en el fanzine Black Aether, y sus artículos sobre los misterios de la historia han aparecido en la revista Incredible.

 

jueves, 22 de agosto de 2024

LA VENGANZA DE BATU KAN

Iván Bojtor

 

Me dirigí "hacia arriba" en el "ascensor" hasta el nivel 1241. "Hacia arriba", todavía decimos así, pero en realidad me estaba moviendo hacia atrás en el tiempo. Adoptamos esta tecnología de los joguunos hace unos seiscientos años, quienes se habían extraviado en la Tierra desde algún planeta en la galaxia Messier 81. Busqué la puerta que daba al pasillo del año 1241 y, apremiado por el tiempo, corrí hasta la cuarta puerta. Simplemente la atravesé, no necesitaba abrirla ni cerrarla. Ya estaba en una sala correspondiente a abril de 1241, cuyos treinta lados giraban en círculos. Me tomó tiempo elegir el correcto. Ya estaba mareado por la vista cuando finalmente la rotación de las paredes se desaceleró y encontré la que buscaba. Le di una patada furiosa, fijando así el día. Por suerte, los cuadrados que ajustaban las horas aparecieron en el suelo. Solo tuve que pisar el número seis, dar unos cuantos golpes y así fijé también los minutos. Luego me agaché y toqué dos veces con mi dedo el cuadrado, seleccionando el segundo.

Ya había introducido las coordenadas geográficas antes de partir, así que solo me quedaba iniciar el programa. (¡Gasté una fortuna en este viaje! Espero que valga la pena). Pronuncié la contraseña que había elegido: "Batu". En ese instante, me encontraba en el campamento mongol en el amanecer del segundo día de la batalla de Muhi. Caminé con cautela entre los guerreros y caballos inmóviles como estatuas hasta la yurta más ornamentada, donde un mozo sostenía un caballo con una brida, junto al cual un guerrero armado estaba a punto de montar, con un pie ya ligeramente levantado. Lo reconocí de inmediato. No por una fotografía, ya que no había ninguna de él, sino por un antiguo dibujo a tinta chino que la máquina me mostró unas diez mil veces durante mis estudios. ¡Ahora vas a recibir lo tuyo! En realidad, no estaba enojado con Batu, sino con todo el mundo. Principalmente conmigo mismo, por haberme dejado engañar en el examen. Y también con los examinadores, esos dos idiotas que, cuando di una respuesta incorrecta, se rieron con tanto sarcasmo en la pantalla que me dieron ganas de lanzarles algo. Estaba enfadado con el programa que me dieron, porque en los cinco minutos que tenía para responder, no pudo decidir cuál era la respuesta correcta. Claro, también fue engañado por la pregunta, igual que yo. (“¿Batu era realmente hijo biológico de Gengis Kan, o no?”) ¡Yo, idiota! Cuando comparé los materiales que la máquina me proporcionó, llegué a la conclusión de que sí. Empecé a argumentar, pero no pude terminar porque los dos examinadores, como si lo estuvieran esperando, empezaron a reírse y a balancearse de un lado a otro.

—¡Respuesta incorrecta! —La correcta era: "Desafortunadamente, aún no lo sabemos".

Y allí estaba, frente a Batu. En el camino planeé desquitarme bien con él, darle un buen golpe, pero... Su casco... ¿Qué pasa si me corta o me hiere la mano? Para cuando regrese, podría infectarse, y además, no llevo vendas. ¿Por qué no pensé en eso? Debo idear otra cosa. Tal vez podría robarle la espada. Buen trabajo, se vería genial en la pared de mi habitación. ¿Qué trofeo sería? Lástima que no saldría conmigo, porque "el tiempo restaura las modificaciones". Es decir, simplemente desaparecería de mis manos y regresaría aquí. Entonces, ¿qué demonios debo hacer? ¿Cómo podría irritarlo más? Solo tengo 1.2 segundos, ese es el tiempo que tengo para hacer algo, porque si lo supero, entonces... entonces todo se moverá y el infierno se desatará. ¡Me advirtieron sobre esto! Entonces tuve una idea. Me acerqué al kan y... le di un golpecito en la nariz. Los ojos de Batu brillaron y su cabeza se estremeció por un momento, pero inmediatamente volvió a quedar inmóvil. ¡Ja, ja, ja! ¡Lo logré! ¡Qué sorpresa se llevó! Ja, ja. Ahora se romperá la cabeza pensando en lo que sucedió. ¡Vamos a casa!

¡Finalmente en casa! Me relajo en el sillón, mirando la pared y sorbiendo mi carísimo vino reservado para esta ocasión. ¡Eso salió realmente bien! Puede que otros digan que fue una venganza mezquina, pero mi enojo se disipó. Y por eso, ya valió la pena. Qué bien que está esta máquina, el regalo de los joguunos. Al principio, todos le tenían miedo, durante mucho tiempo solo los investigadores podían usarla. Nadie entiende hasta hoy cómo funciona. Pero ¿a quién le importa? Lo importante es que funciona. Qué divertido fue cuando Batu me miró fijamente. En realidad, no es tan feo como en ese dibujo a tinta. Lo miré bien. Su rostro, incluso en ese momento antes de la batalla, irradiaba calma. Y parecía haber una sonrisa en la comisura de su boca. Claro, puede que solo yo lo haya visto así. ¿Qué fue eso? Un destello metálico. ¡Aú! Mi nariz. ¿Qué la golpeó? ¿Y qué es esa risa?

 

Título original: Batu Kán bosszúja

Traducción del húngaro: Sergio Gaut vel Hartman


Iván Bojtor nació en Szombathely, Hungría, en 1954; actualmente vive en Veszprém. Sus primeros artículos se publicaron en la antigua revista Ország-Világ. Fue el fundador del club de SF Kvark de Veszprém, que publicó su propio fanzine llamado PreVega, y después Kvark. Algunos de sus escritos se han incluido en GFK 300GFK 400 y en la antología Durchjáró 20. Sus relatos cortos se han publicado en la revista Castle Ucca Workshop, en el fanzine Black Aether, y sus artículos sobre los misterios de la historia han aparecido en la revista Incredible.

EN CASA AJENA (OCHO)