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lunes, 9 de marzo de 2026

LA ENERGÍA

Iván Bojtor

 

Mr. Brown despertó. Encendió su sonido personal, el aparato de radio que todos los habitantes del satélite artificial Nagada estaban obligados a llevar. La escucha diurna obligatoria del sonido personal había sido ordenada por el nuevo gobierno.

Así que Mr. Brown encendió su sonido personal.

—¡Buenos días, oyentes! Están escuchando la emisión del sector 35 de la radio La Voz de Nagada. Saludamos a los ciudadanos del sector 35 que hoy cumplen 60 años y se jubilan:

Mr. Broughton

Mr. Hyde

Mr. Johnson…

Mr. Brown removía distraídamente su café. Sonrió. Mañana leerían también su nombre. Oh, si su hijo pudiera oírlo. Pero él vivía en otro sector. El nuevo gobierno había cerrado las fronteras sectoriales.

—… Mr. Cartwright

Mr. Woodhouse

Mr. Longfellow

Lo invitamos a usted y a su distinguida esposa a la tradicional ceremonia de despedida en el centro sectorial.

Indicadores económicos en el sector 35…

Mr. Brown estaba acostumbrado a oír solo lo que le interesaba. Había desarrollado esa habilidad hacía tiempo, durante las largas conversaciones con su esposa.

Se despidió de ella. Subió a la cinta transportadora.

—… Geografía de Nagada. Programa para estudiantes. Satélite artificial Nagada; población: 341 millones; promedio de habitantes por sector residencial: 1,9 millones…

Nada mal. La explosión demográfica había sido frenada. Gracias a las medidas del gobierno. Se susurraba que la edad promedio había disminuido considerablemente. Pero ¿qué importaba eso, si uno podía vivir tranquilo y cómodo, cumplir con su trabajo?

El gobierno también había resuelto el problema energético. En los viejos tiempos, durante días no había calefacción ni iluminación. Las fábricas se detenían; montañas de robots defectuosos eran devueltas a los hornos y producían nuevos desperdicios. Entonces instalaron los reactores de nuevo tipo.

En la oficina revisó el informe de la computadora. Las máquinas trabajaban según el plan. Veinte mil robots diarios. Sin defectos. Sin reclamaciones.

Después del trabajo siempre se apresuraba a volver a casa. Ese día no. Después de todo, era su último día laboral. Deambuló por el casco antiguo, entre muros desolados de hormigón y acero. Visitó la Biblioteca Computarizada. En el vestíbulo chocó con una mujer rubia.

—Señor, ¿sobre qué desea información?

Confundido, apenas balbuceó:

—Sobre… sobre el suministro de energía.

—¿De la ciudad espacial?

—Sí… sí, de la ciudad espacial.

—Pase a la cabina siete.

Se sintió desorientado. Las imágenes no le interesaban. Sabía lo que consideraba necesario acerca de los nuevos reactores. Esperó a que los planos desfilaran en la pantalla y emprendió el camino de regreso a casa.

 

—Les desea buenas noches La Voz de Nagada.

Pero Mr. Brown aún no se había acostado. Sacó su viejo aparato de radio. Escuchó la emisión del planeta Ryton. Varios miembros del gobierno derrocado habían huido allí.

—Kali, esposa del dios Shiva, diosa de la guerra…

A veces alcanzaban su conciencia los reproches de Mrs. Brown:

—Vamos a meternos en problemas por eso. De todos modos no lo entiendes. ¿Para qué lo escuchas?

—A la muerte del rajá, la diosa Kali llamó junto a sí a su esposa. La mujer fue quemada…

Mr. Brown realmente no entendía de qué hablaban. En Nagada no se enseñaban historia, filosofía ni lenguas terranas muertas, solo ciencias naturales. Le gustaban aquellas expresiones extranjeras y melodiosas. Tenían una atmósfera extraña, misteriosa. Más misteriosa que los planos de un nuevo robot organizador del trabajo.

Se quedó dormido sin apagar la radio.

—¿Cómo pudo surgir la peculiar mezcla de nazismo e hinduismo? De eso tratará nuestro próximo programa: La probabilidad estadística de la mutación robótica. El programa será conducido por Mr. Benath, experto en Nagada de nuestra emisora…

Y llegó la mañana del gran día.

—… Mr. Brown… —leían en la radio La Voz de Nagada.

Unas horas más tarde estaban de pie en el vestíbulo del centro sectorial. Los robots de control los dirigían hacia distintas puertas. Una puerta se abrió. Un robot le pidió su sonido personal y su invitación.

—¿Mr. Brown?

—Sí.

—Pase.

Entró. Cuatro robots lo sujetaron y lo ataron a una cinta transportadora.

Mr. Brown todavía alcanzó a leer el letrero:

HACIA LA CÁMARA DEL REACTOR.

Iván Bojtor nació en Szombathely, Hungría, en 1954; actualmente vive en Veszprém. Sus primeros artículos se publicaron en la antigua revista Ország-Világ. Fue el fundador del club de SF Kvark de Veszprém, que publicó su propio fanzine llamado PreVega, y después Kvark. Algunos de sus escritos se han incluido en GFK 300GFK 400 y en la antología Durchjáró 20. Sus relatos cortos se han publicado en la revista Castle Ucca Workshop, en el fanzine Black Aether, y sus artículos sobre los misterios de la historia han aparecido en la revista Incredible.

 

miércoles, 4 de febrero de 2026

EL PECIO

Iván Bojtor

 

¿Cómo me encontró? Ya veo. El nombre del barco me delató. Lo sé, fue una mala idea bautizarlo Argos III. Pero, ¿sabe?, son nostalgias de viejo. A esta edad uno ya se aferra a paisajes, ciudades, nombres. ¡Sujétese! Arranco el motor, salimos de la bahía y luego, ya mar adentro, lejos de la costa, nos detenemos y se lo cuento todo. ¿Nos vio alguien? ¿Lo sabe? Por aquí no quieren a los periodistas fisgones. ¿Quién se lo contó? ¿Torre? ¿Antes de morir se jactó de haber encontrado el Argos? Debí imaginarlo. Así que va a escribirlo. Bien. Puede que tenga razón. Ahora, después de tantos años, yo también me arrepiento de no haberlo hecho público, pero entonces esa nos pareció la única salida posible. ¿Qué podríamos haber dicho? ¿Y quién nos habría creído? Al fin y al cabo, solo Torre y yo conocíamos todos los detalles del asunto. Tal vez Papadakis sospechó algo, pero aceptó –o fingió aceptar– nuestras explicaciones.

¡Lo sé! Digo que lo sé. ¡Sí! Podría haber sido una sensación mundial. La idea fue mía, el dinero para la investigación lo puso Torre, y el barco de exploración, Papadakis. Yo iba tras el dinero; Torre, que ya tenía suficiente, buscaba la fama; y Papadakis soñaba con una flota propia. No salió nada de eso. A nosotros dos solo nos quedaron el silencio y el remordimiento; a Papadakis, esa vieja barcaza oxidada.

¡No me estoy lamentando! Si ahora saliera ante el mundo y lo contara todo, se burlarían de mí, me tomarían por loco. No podría probar nada. Torre ya murió. Papadakis finge no recordar nada. Calla porque tiene miedo. ¿Por qué? Piénselo. Qué cosa tan jodida sería que a los ochenta y tantos años lo metieran en la cárcel.

¿Que cómo lo encontramos?

Yo estaba seguro de que estaba allí, porque varios habían mencionado esa tradición. Y las tradiciones son cosas testarudas: pueden durar siglos.

Sobre la destrucción del barco escribieron lo siguiente. Lea.

Que Jasón murió junto con el Argos, ya sea porque una de las vigas podridas del barco le cayó encima (¡ridículo!), o por un hechizo de Medea. En cuanto a cuál fue ese hechizo, los relatos no se ponen de acuerdo. Cada historia dice algo distinto. Algunos afirman que lo durmió con una pócima venenosa; otros, que le prometió rejuvenecerlo mediante una transfusión de sangre, pero que tras desangrarlo lo dejó morir en el barco; y hay incluso una versión según la cual congeló el aire en el Argos, sumiendo a Jasón en un sueño profundo. En las tres variantes, Medea hunde el barco en algún lugar cerca de Corinto.

¿Y ahora por qué pone esa cara? Exactamente la misma que puso Torre cuando se lo mostré por primera vez. ¡Claro que solo le mostré eso! No iba a jugar todas mis cartas de entrada. Lo primero es la desconfianza. Pero Torre resultó ser un buen tipo. Papadakis respondió a nuestro anuncio. Hubo unos veinte candidatos más, pero lo elegimos a él. ¿Sabe por qué? No, no fue por el dinero. No era el más barato. Fue por el nombre de su barco. Por cábala. Ese destartalado barco a motor se llamaba Argos. ¿Bueno, no? Con el Argos buscamos al Argos. ¿Empiezo desde el principio? De acuerdo.

En todos los libros se dice que el barco con el que Jasón y sus compañeros partieron en busca del vellocino de oro recibió su nombre por su rapidez, y que era una nave de remos hecha de madera. ¡Y una mierda!

La palabra argo tiene otro significado: brillante. Así llamaban también a la plata. Entonces, ¿cómo era ese barco? Brillante, plateado, de color plata. ¿Usted cree que eso se logra con madera? ¡De ninguna manera! Era de metal. Cuando la gente lo veía, ni siquiera sabía que era un barco: creían que se trataba de algún monstruo. Y si en aquella época, cerca de Corinto, hundieron un barco de metal… bueno, algo tenía que haber quedado.

Los arqueólogos y los buscadores de tesoros siempre se centraron en los restos de barcos de madera. En esa zona, durante la guerra, se hundieron varios barcos que atravesaban el canal de Corinto. Los pescadores sabían perfectamente dónde estaban, pero a nadie le importaban: todo lo que podía sacarse ya había sido desmontado y robado.
¿Y si el Argos se escondía allí, en ese cementerio de chatarra?

Claro que con eso no terminé de convencer a Torre. Empezó a entusiasmarse de verdad cuando le hablé del santuario de Dodona.¿La relación entre el Argos y Dodona? ¡El mástil! Todos los autores que escribieron sobre el Argos destacaron que el mástil incorporado al barco podía hablar, respondía a las preguntas que le hacían, advertía cuando se acercaba una gran tormenta y, a veces, incluso indicaba el rumbo. También escribieron que ese mástil provenía de Dodona.

Le dije a Torre que, en mi opinión, se trataba de una antena de radio. Y él, que se había hecho rico vendiendo todo tipo de aparatos eléctricos, empezó a pensarlo seriamente. Cuando además le mostré mis dibujos del santuario de Dodona, mordió el anzuelo y abrió la cartera.

Aunque los autores antiguos no entendían nada de aquello, describieron con bastante precisión muchos detalles técnicos, cada uno a su manera. Yo solo tuve que encajar las piezas. Las excavaciones arqueológicas demostraron que el santuario de Dodona no era un gran templo, sino apenas una pequeña capilla. Las descripciones antiguas mencionaban dos columnas: sobre una había una estatua de un muchacho que sostenía en la mano derecha un látigo trenzado de alambre; sobre la otra, una especie de recipiente metálico. Cuando soplaba la brisa o el viento, el látigo golpeaba el recipiente de bronce, que emitía un sonido. Algunos creían que los sacerdotes interpretaban los oráculos a partir de ese sonido; otros, que lo hacían por el tintineo de los numerosos objetos metálicos colgados del roble sagrado; e incluso se decía que eran los trípodes de bronce que rodeaban el árbol los que sonaban. Pero todo eso es una tontería.

Como se demostró después, aquel dispositivo funcionaba. Lo reconstruimos. ¿Electricidad estática? ¡Ni hablar! Es gracioso que lo diga, porque Torre pensó lo mismo al principio. Habría sido demasiado simple.

También había una “fuente sagrada” que brotaba de una cueva. Decían que solo manaba agua de manera periódica, por la mañana, únicamente por la mañana. Es fácil darse cuenta de que, si siempre se secaba al mediodía, no era la naturaleza la que la regulaba, sino algún mecanismo. Una pequeña central hidroeléctrica generaba electricidad hasta que se cargaban las baterías disponibles. Y esas baterías no podían ser otras que los misteriosos trípodes, los artilugios de tres patas cuya cadena formaba la valla del santuario. Los objetos metálicos colocados sobre las columnas y fijados al roble sagrado funcionaban como antenas. Algo muy parecido se había instalado también en el Argos. Y además, trípodes de bronce. ¿Para qué demonios querría alguien pesados trípodes de bronce en un barco de madera?

¿Por qué me mira así? Funcionaba. Le digo que funcionaba. Lo construimos. Es cierto que a escala reducida. Ojalá no lo hubiéramos hecho, porque…

En fin. En algún momento de marzo, después de las tormentas primaverales, comenzamos la búsqueda. Escaneamos toda la costa con radar, pero solo volvimos a identificar restos ya conocidos. Papadakis sugirió que el nivel del mar había subido en los últimos tres mil años y que, además, había corrientes submarinas, por lo que lo que buscábamos podía estar incluso un kilómetro más adentro. Tenía razón. Al día siguiente lo encontramos.

¿Y bien? No parecía un barco. Se asemejaba más a un depósito de petróleo o, mejor aún, a un submarino partido por la mitad. Al ver la imagen del radar, Papadakis primero soltó una risa forzada y luego empezó a asustarnos diciendo que allí dentro podría haber incluso algún tipo de veneno peligroso. (Él debía saber bien lo que ocurría por las noches en la bahía en aquellos tiempos).

¡Era el Argos! Claro que lo era, aunque eso solo se confirmó más tarde.

Bajamos unas diez veces, nadamos a su alrededor, lo palpamos, lo golpeamos, pero entonces todavía no encontramos nada que indicara una entrada. Era como si todo hubiese sido fundido de una sola pieza.

Papadakis estaba muy preocupado y trajo todo tipo de aparatos: un contador de radiación, un detector rápido para gases de combate y no sé cuántas cosas más. De dónde las había conseguido, preferimos no preguntarlo.

Al día siguiente (esa noche casi no dormimos de la excitación) encontramos pequeños orificios azulados en el costado del pecio. Estaban alineados con regularidad, lo que nos llevó a pensar que antaño había allí remaches de cobre que mantenían unidas las planchas de hierro, pero que el agua salada se los había comido hacía mucho tiempo.

—¿Lo ve? ¡Se lo dije! Solo es un maldito tanque —rio aliviado Papadakis cuando le contamos lo que habíamos visto.

Ya estaba anocheciendo, pero Torre y yo decidimos bajar una vez más. Por más que Papadakis suplicó.

—Chicos, esto es una locura. Dejémoslo para mañana. —No le hicimos caso.

Torre encontró la entrada. No estaba en la cubierta, arriba, sino en el costado, apenas sobresalía del lodo. Por un instante creyó ver la luz de mi linterna a lo lejos, pero al acercarse descubrió un pequeño punto luminoso de color verde. La luz venía de dentro, del interior del barco; era tan débil que de día quizá ni la habríamos notado. Lo raspó con el cuchillo y…

Era como una claraboya de camarote. Más tarde encontramos un fragmento: estaba tallada en cristal de roca. Yo vi la luz desde lejos y nadé hacia allí. Torre la palpó hasta que esa lente transparente simplemente se salió de su sitio; el anclaje debía de haberse soltado con el agua salada a lo largo de los siglos.

Aquella especie de cámara de esclusa por la que entramos era en realidad solo una bolsa de aire. Un mecanismo increíblemente simple, pero que aún funcionaba. Con las aletas de buceo, a duras penas logramos trepar por unos troncos de madera podrida que sobresalían de la pared metálica. Tres se rompieron bajo mi peso. Luego avanzamos por un túnel estrecho, envueltos en esa luz verde fosforescente y fantasmal que emanaba de las paredes, y pensé que, después de todo, deberíamos haber traído el maldito contador de radiación. Pero ya daba igual: había que llegar hasta el final, pasara lo que pasara, después de haber invertido tanto tiempo y dinero en aquello.

Al principio creí que era la presión arterial lo que me hacía zumbar los oídos, pero por los gestos de Torre –no nos atrevimos a quitarnos los respiradores– entendí que él también lo oía. A medida que avanzábamos, ese ruido sordo se hacía cada vez más fuerte.

Mirándolo ahora en retrospectiva, el lugar por el que entramos debió de ser una especie de conducto de mantenimiento, no la entrada principal. Tras unos ocho metros, el pasaje giró a la derecha y de pronto nos detuvimos: una maraña de cables y tubitos finos, como una telaraña, bloqueaba el camino.

Torre iba delante. Se lanzó, doblando y apartando los cables, intentando pasar por debajo, pero sin querer rompió varios. ¿Qué podía hacer yo? Lo seguí.

Ya casi habíamos atravesado aquella jungla de cables cuando la pared del conducto se resquebrajó con un fuerte crujido y el agua fangosa irrumpió de golpe. A Torre lo arrastró hacia atrás; a mí me aplastó contra la pared y apenas podía respirar. Todo el armatoste crujía y se deshacía. No veía ni mi propia nariz. En aquella masa negra, la linterna no servía de nada. Manoteaba, palpaba a ciegas, apartaba objetos que flotaban hacia mí, y también algo blando que me golpeó unas tres veces y que creí que era un pez grande. De algún modo logré salir por la abertura por la que habíamos entrado.

Torre ya estaba afuera, esperándome.

Al día siguiente, cuando regresamos, toda la estructura se había derrumbado. Por más que levantamos planchas con el cabrestante del barco, no encontramos nada debajo que pudiera confirmar mi teoría.

Salvo, claro, aquellos pequeños objetos dorados que al principio, por su forma, creí que eran cilindros de sellos. Pero entonces aún no sabíamos qué eran.

No, no eran de oro. Al verlos, incluso a Papadakis se le iluminaron los ojos, pero cuando tomó uno en la mano y lo palpó, la capa dorada se desprendió, y quiso arrojarlo al agua.

—¡Esto no es más que una maldita piedra!

Torre los examinó con una lupa y descubrió finísimas estrías. Me miró y…

¿Voy al grano?

¿Qué? ¡Vamos, no me venga con ese cuento de los ovnis! ¿Que lo dejaron aquí los extraterrestres? Ya le dije que reconstruimos todo el sistema. Todos los materiales que usamos ya se conocían en aquella época. Era tecnología terrestre, aunque solo unos pocos la dominaban. En mi opinión, cada templo, cada lugar sagrado tenía sus pequeños secretos. Incluso los sacerdotes se los ocultaban entre sí. Toda la literatura de la Antigüedad está llena de referencias a rituales y misterios que aún hoy desconocemos. Algunos, claro, estaban destinados a las masas. Ahí tiene, por ejemplo, Eleusis: cientos de miles de personas fueron iniciadas y, sin embargo, no sabemos nada. Guardaron silencio. Todos callaron, incluso quienes más tarde abrazaron el cristianismo. Y ese conocimiento secreto se fue perdiendo poco a poco. ¡Pero nosotros lo encontramos! Y bien encontrado.

Escuche esto. Aquí y allá chisporrotea, pero se entiende.

¿Y bien, qué le parece? ¿Suena como una grabación de gramófono? Claro que sí, porque lo es, o al menos se hizo con un método muy similar. Ese era el secreto de aquellos cilindros. Cuando por fin logramos reproducirlos, solo este quedó intacto; los demás, por desgracia, los arruinamos.

¿Quiere que lo traduzca?

¿Sabe qué? Mejor leo lo que conseguimos extraer.

Sigo vivo. Creo que sigo vivo. Y todavía estoy aquí.

“Anaku sem dartra inoba menting.” ¿Hay alguien ahí? ¡Dodona, responde! ¿Hay alguien? Mientras dormía, Medea me conectó al morfator y me dejó aquí. ¡Libérenme!
Estoy débil, no puedo levantarme. Ni siquiera puedo moverme. “Anaku sem dartra inoba menting.”

¿Qué es ese texto sin sentido? No tengo ni idea de lo que significa. Debe de ser algún tipo de señal de llamada. Cuando construimos la réplica del dispositivo de Dodona, también oímos exactamente eso. Solo eso. Se transmitía continuamente, como si todavía existiera un emisor en algún lugar. No pudimos responder: aún no estábamos preparados. Torre propuso usar el viejo método de triangulación de radio para localizar el origen de la señal, pero cuando reunimos todo el equipo necesario, se apagó.

Luego un barco pesquero sacó del agua aquel cadáver. Creyeron que debía de ser algún actor, porque llevaba un atuendo antiguo, como los de la Antigüedad.

Borramos todas las huellas, rompimos y destruimos todo y salimos corriendo. A Torre incluso se le pasó por la cabeza comprarle el Argos a Papadakis por buen dinero y hundirlo también, pero el griego no quiso saber nada: estaba apegado a su barcaza.

Eso es todo.

¿Todavía no lo entiende? Era ese pobre desgraciado de Jasón. Llevaba miles de años pudriéndose allí. Medea lo había hibernado o conservado de algún modo. Nosotros lo matamos cuando arrancamos los cables que lo mantenían con vida.

Lo mire como lo mire, fue un asesinato. Pero que quede entre nosotros dos.

¿Y ahora por qué me mira así? ¿Esa historia sensacional ya es suya? ¿Va a escribirla? No lo hará. Sabe que aquí el asesinato no prescribe. ¡Levante las manos! ¡Despacio! Digo: ¡despacio!

Iván Bojtor nació en Szombathely, Hungría, en 1954; actualmente vive en Veszprém. Sus primeros artículos se publicaron en la antigua revista Ország-Világ. Fue el fundador del club de SF Kvark de Veszprém, que publicó su propio fanzine llamado PreVega, y después Kvark. Algunos de sus escritos se han incluido en GFK 300GFK 400 y en la antología Durchjáró 20. Sus relatos cortos se han publicado en la revista Castle Ucca Workshop, en el fanzine Black Aether, y sus artículos sobre los misterios de la historia han aparecido en la revista Incredible.

 

martes, 23 de diciembre de 2025

¿ME OYES, BORGES?

Bojtor Iván

 

Leo la vida de Borges. Sospecho que, para cuando llegue al final, yo también habré muerto.

La vida de Borges. Setecientas cuarenta páginas. Eso es lo que quedó del mundo.

La luz de la lámpara se atenúa. La apago. Tengo que esperar a que las baterías vuelvan a cargarse. Entre las latas de conserva tiradas por el suelo, voy trastabillando hasta la cama. Me meto la almohada bajo la cabeza y, boca arriba, me quedo mirando la oscuridad.

Llevo meses escondido aquí en esta ratonera. No me atrevo a salir. No quiero ver qué hay ahí fuera. Todavía no. Con el tiempo. Tal vez... Al final. ¿Qué me queda del espacio proclamado infinito? Un búnker. Seis metros de largo, cinco de ancho; su altura máxima quizá sea de dos metros y medio. No lo medí, ni tengo con qué. Debajo de mí hay otros dos niveles, pero el acceso está cubierto por una gruesa losa de hormigón, tan pesada que soy incapaz de moverla. En los primeros días oía ruidos ahí abajo, golpeaba con esperanza, por si alguien se hubiera escondido en las profundidades antes de que yo llegara. Pegando la oreja al hormigón, con el tiempo, identifiqué los sonidos: a veces chillaba el generador, otras burbujeaba el depurador de agua, otras siseaba el filtro de aire. ¿Y bien? Eso es todo sobre los ruidos de abajo. El estruendo que se oye desde afuera no ha cambiado en meses. Al principio ese rumor constante me molestaba muchísimo. A veces sentía como si sonara dentro de mi cabeza, pero ya me acostumbré.

Mi único entretenimiento es leer. Hace unos días, de golpe, se me ocurrió que debía escribir algo. Algo así como una carta de despedida. ¿Quién sabe? Tal vez la encuentre alguien, o algo. Aunque lo dudo. En mi mochila había un cuaderno. Busqué una página en blanco, la puse sobre la mesa, tomé la lapicera… y… y me quedé mirando, mirando la hoja cuadriculada. No se me ocurría nada. Me quedé un rato inclinado sobre el cuaderno y luego, desanimado, lo cerré y seguí leyendo. Seguí leyendo la vida de Borges.

El libro lo escribió un autor de nombre impronunciable. Algo como Amliwlison o Maliwilason. Es incomprensible que aquella mañana haya guardado justamente este. Ahora, claro, preferiría tener las obras completas de Borges, pero son cinco tomos, y este es uno solo; aunque por peso quizá daba lo mismo. También estaba el… el… Qué raro. Ese también trataba de Borges. Hm. Interesante. Entre dos mil libros elegí, por alguna razón, esos siete; y no soy un fanático de Borges. En aquel instante, solo siete libros tenían posibilidad de sobrevivir, y todos estaban vinculados con él de algún modo: o los había escrito él, o trataban sobre él.

En secreto todavía espero que, de todo ese cúmulo de cosas –podría decir incluso: de ese barullo metafísico– acerca del que Borges escribió, algunas existan. Una de ellas es la eternidad, o, como él la llamaba, la “extratemporalidad”, desde donde puede verse todo a la vez: pasado, presente y futuro. ¡Ah! Fantasmas. ¿O no? ¿Y si existiera? ¿Y si él está allí y ve todo este horror? Incluso podría estar mirándome justo a mí. Entonces seguro le gusta que el único libro que queda sea sobre él. ¿O estará ofendido porque no elegí uno de sus libros? No lo creo. Según él, de todos modos solo existía un Libro, que era el Universo, dictado por un único Autor que, de algún modo, era idéntico a todos los que alguna vez tomaron una pluma. ¡Pues sí! Eso ya es pasado. Porque el volumen que, cerrado, descansa sobre la mesa –le guste o no– es la última emanación de ese único Libro que él imaginó.

Si considero que, para él, todo escritor era idéntico a todos los escritores del mundo, entonces le da igual quién lo haya escrito: él o el de nombre impronunciable.

Claro que quizá le alegraría más si lo hubiera escrito alguno de sus favoritos: Homero, Dante o Stevenson; o Scott, o… ¡Bah! Yo digo que ahora ya da lo mismo quién haya escrito el último libro: Dickens, Dostoievski, Agatha Christie, Viktor Cholnoky o Margit Kafka. ¿Qué cambia? Nada.

Hace un calor insoportable. Estoy empapado. ¡Y ese zumbido! Como si otra vez sonara dentro de mi cabeza…

¿Y esto qué es? Debajo de la orilla, debajo de la orilla, tres cuervos siegan, tres cuervos siegan. ¡Ah! El teléfono. ¿Por qué habré puesto justamente esa melodía? Afuera es la muerte la que siega, no tres cuervos.

Me llegó un mensaje. No lo miro. No tiene sentido. Ya sé lo que dice:

«Si en diez días recarga 6000 forintos en su saldo, le damos un bono de 2000 forintos, válido por dos meses dentro de nuestra red».

Alguna máquina diligente y algún satélite idiota siguen funcionando en algún lado y, en momentos impredecibles, vuelven a mandar ese mensaje una y otra vez.

La primera semana pasé días llamando a todo tipo de números, conocidos y desconocidos. A veces sonaba… Pero nadie contestaba.

Usando la luz del teléfono como guía, voy tambaleándome hasta la mesa. Debí de dormir mucho, porque la lámpara está encendida a plena potencia.

Mis ojos se acostumbran despacio a la luz. Hojeo el libro. ¿Por dónde iba? Ni me acuerdo. En realidad, ni ganas tengo de leer. Me quedo mirando las fotografías en blanco y negro, misteriosamente tristes, de otro siglo: Borges y su hermana en 1908; Borges en 1924; el comité editorial de la revista Sur cuando empezó, en 1930 (Borges con un cigarrillo en la boca; ¡yo también prendería uno!); Borges y Adolfo Bioy Casares en 1942; Borges y María Kodama en algún lugar de Italia; la tumba de Borges.

Hm. La tumba de Borges. Al menos él tiene tumba. ¿O tenía? Quizá ya ni eso.

¿Me oyes, Borges? ¿Todavía tienes tu tumba? Ahí, en Ginebra. ¿La ves desde la eternidad?

¿De verdad podría estar allí? Lo dudo.

Debería escribir algo. ¿Pero qué? ¿Una carta de despedida? Ya lo intenté. Mejor alguna ficción en la que uno pueda perderse para no pensar en la realidad. Una novela. ¡Ah! No tendría paciencia. Un cuento o un ensayo. ¿Un cuento o un ensayo? O un ensayo-cuento. Algo… recién iba a decir “borgesiano”. ¿Y por qué no? Al fin y al cabo, ese género lo inventó él. O al menos eso sostuvo Bioy Casares. (Lo leí hace poco en el libro.) Él debería saberlo: era su amigo. ¡Entonces será un ensayo-cuento! ¿Qué hace falta? Un buen tema y unas cuantas docenas de citas pedantes. Citas exactas, creo, me van a faltar, porque solo tengo este libro. Y si empiezo a desenterrarlas de mi memoria, inevitablemente se meterán los recuerdos, y a ellos les temo más que a lo que sea que haya ahí afuera. Claro que podría inventarme algunos autores, griegos y romanos. Creo que podría. Empiezo:

Andrónikos de Samos. O…

Eumolpos de Tíno, cuya obra principal: El jardín de los dioses.

O podría ser un santo cristiano, por ejemplo: San Taminos. Él habría escrito La vigilia nocturna. O un mártir: San… San… ¡Bah! No tiene sentido.

Si este libro está aquí, ¿por qué no citarlo? ¿Por qué no? Porque entonces también lo que escriba sería sobre Borges. ¡No, por favor! ¿Otra vez? Hace meses que aquí todo gira en torno a Borges. ¿Me oyes, Borges? ¿Me oyes? ¡Me estás volviendo loco!

¡Mira! Hasta la lámpara se atenúa. Se terminó. ¡Volvamos a la cama!

¡Maldita sea! Ya tendría que haber juntado esas latas. Casi me quiebro el tobillo.

No debería escribir sobre Borges, sino sobre ese único autor que es idéntico a Borges, a Stevenson, al innombrable o al Eumolpos de Tíno que acabo de inventar.

Borges y Stevenson… Stevenson y Borges… Esa identidad, por alguna razón, no se me va de la cabeza. Tal vez leí algo sobre eso. Seguro que no lo inventé yo. Lo buscaré en el libro. Quizá está.

Lo encontré sin buscarlo. Retrocedí unas cuantas centenas de páginas porque me di cuenta de que no recordaba ni una palabra de lo que había leído en los últimos días. Ahora estoy otra vez en 1933. En noviembre de ese año se publicó la novela de Norah Lange, 45 días y 30 marineros. Borges sobrevivió, aunque fue una puñalada bien apuntada. Uno de los personajes se llamaba Stevenson. En la figura antipática de ese solterón bibliófilo, fanfarrón de sus antepasados, todos lo reconocieron. Y lo escribió Norah Lange, la gran Ella. Mejor dejemos eso…

Me aburre esta biografía. Habría sido mejor tener las obras completas. En vez de una acumulación de datos, ahora preferiría leer un cuento. Tal vez “Las ruinas circulares”, o “El espejo y la máscara”. Pero eso es imposible. Aun así, tengo que escribir algo; así también pasa el tiempo. Podría escribir un cuento. ¿Y si reescribiera alguno de sus cuentos, tal como me salga? ¡Ah! Saldría una monstruosidad. ¿Y si intentara escribirlo palabra por palabra, como uno de sus héroes, Pierre Menard, que reescribió letra por letra el Don Quijote entero? No lo copió simplemente: luchó con cada párrafo, cada línea, cada palabra, cada letra. Al hacer que el libro de Cervantes y el de Menard sean idénticos, sugiere que cualquier escritor puede ser reemplazado por otro que, si se le da tiempo suficiente, puede escribir o reescribir cualquier obra. Menard se metió en la piel de Cervantes y, de algún modo, se disolvió en él, se identificó con él. Claro que esto es ficción, y quizá suena demasiado complicado dicho así, pero si pienso en las distintas técnicas de sugestión, tal vez haya algo ahí.

Con pintores ya se experimentó. A sujetos que, de hecho, tenían talento, se les hipnotizó haciéndoles creer que eran idénticos a Van Gogh o a Rembrandt, y como resultado crearon cuadros en el estilo de Van Gogh o de Rembrandt. ¿Quién sabe? Tal vez así nacieron esas pinturas cuya autenticidad se discutió durante décadas. ¿Y si ese fuera el secreto de las falsificaciones realmente excelentes? ¿Podría aplicarse esa técnica también a la escritura? No lo sé. Tal vez lo intente. Al fin y al cabo, tiempo me sobra.

Apago la lámpara. Es la última bombilla que queda. Las demás se quemaron: no soportaron las oscilaciones de tensión. ¿Qué haré si esta también se quema y ya no puedo ni leer ni escribir?

Todavía no junté las latas.

Otra vez. La muerte siega.

Soñé. Con ese mundo de afuera. Era de colores, panorámico y ruidoso, como una vieja película de terror de Hollywood. No quiero pensarlo.

Mejor escribo. Ayer formulé en mi cabeza la primera frase. Todavía estoy pensando el título. Y también el nombre del autor. Aún no decidí quién lo va a escribir: ¿yo o Borges? Creo que se lo dejaré a él. ¿Me oyes, Borges? ¡Prepárate! Ahora viene el gran experimento.

Empiezo con las técnicas más simples. Primero, la autosugestión pura. Me acuesto boca arriba, me estiro y respiro hondo, lento, y luego exhalo lento, al mismo ritmo. Mientras tanto me sugiero: «Yo soy Borges. Yo… soy… Borges». ¡Alto! Así no sirve. Me duermo enseguida y no logro nada.

¡Mejor la telepatía! Para establecer un vínculo telepático hay que imaginar intensamente el rostro de la persona objetivo –mejor aún si se tiene una fotografía delante– y pensar en un hecho que provoque emoción, y luego desviar de golpe la atención hacia algo totalmente distinto, borrar los pensamientos anteriores. Se repite hasta que se establece la conexión. A otros les funcionó una vez en un millón; a mí, una de cada veinte seguro. Pero así sería unidireccional. Borges sentiría mi presencia –si yo no fuera demasiado escéptico–, pero el objetivo no es ese, sino que yo entienda sus pensamientos.

Desesperanzador. Lo que quiero se parece más a lo que buscaban los místicos. Porque, ¿qué querían ellos? Alguna forma de identificación con Dios. Los sufíes hasta definieron las etapas: la primera es la conexión, que excluye la identificación entre el creyente y Dios; la segunda, la identificación, donde sus naturalezas se unen; y la tercera, la inhabitación, donde el alma de Dios habita el alma purificada del místico.

Cuando le preguntaron a Al-Hallaj qué camino lleva a Dios, respondió: «Retira ambos pies: uno de la vida terrenal, el otro de la del más allá, y entonces estarás con Él».

Es difícil interpretar esas palabras, pero en mi situación puedo aplicarlas. No estoy ni en la vida ni en el más allá, y…

Debajo de la orilla, debajo de la orilla. Otra vez este maldito teléfono… Ya sería hora de apagarlo. Me irrita cada vez más. Y además solo alimenta esperanzas vanas…

Hoy, por fin, escribí la primera línea:

«Se dice que emergió de algún sarcófago ruinoso de un reactor nuclear».

(Eso lo escribí yo, no Borges.)

Iba a continuar citando la opinión de un académico a quien, como no recordaba su nombre, en mi cabeza llamé D. H. Mayer. Iba a decir algo así como que lo ocurrido era una burla a la concepción física del mundo elaborada durante cuatro mil años.

Pero no lo escribí. Tiré la lapicera detrás de la mesa. Habría arrancado la hoja, pero no cedió. Al final solo pasé una página del cuaderno, y ahora la hoja en blanco reluce sobre la mesa. Y la lámpara está encendida. ¡Debería apagarla! Y los tres cuervos siguen segando, segando…

¿Qué pasó? ¿Habré soñado algo? ¿Otra vez el teléfono? No. Está oscuro, no brilla. Hay un silencio raro. ¿Me quedé sordo? No. ¡Se detuvo el estruendo de afuera! ¡Claro! Seguro me desperté por eso. Leí en algún lado que, a fines del siglo XIX, una noche en que el Niágara se congeló, los vecinos se despertaron todos. Decían que se sobresaltaron porque había caído un silencio espantoso. De verdad hay silencio. Pero creo oír un rasguño. Viene de abajo. Debe de ser el sonido de alguna máquina; hasta ahora lo tapaba el estruendo de afuera.

¿Debería mirar qué hay afuera? No. ¡Eso no! Cuando llegue el momento, cuando ya no me quede otra. Además, tengo que escribir.

¡Esto no puede ser! La lámpara no está encendida. La dejé prendida. Se descargaron las baterías. ¿Y si se arruinaron? Entonces se acerca el final.

De verdad estoy como decía Al-Hallaj: ya retiré un pie del más allá y el otro ya lo saqué de este. Suena bastante confuso. El cabalista Luria hablaba también de una contracción. Según él, Dios se contrajo antes de la creación para dejar lugar al mundo creado. Borges cita a Luria en algún sitio. ¿En cuál? En su ensayo sobre Fitzgerald.

Supone que mientras Fitzgerald traducía el Rubaiyat, el alma de Omar Jayyam se instaló en la suya, porque según Luria «el alma de un muerto puede habitar el alma de otro hombre desgraciado para ayudarlo».

Qué gracioso.

Borges, Borges.

A mí también me vendría bien un poco de ayuda. ¿Me oyes? ¡Ya sería hora de que hablaras! ¡Envía un mensaje! ¡Envía algo de una vez! Por más que te escondas ahí en la eternidad, tarde o temprano igual te voy a invocar. ¡Ya vas a ver! Se me va a ocurrir algo.

La bruja de Endor invocó el espíritu del profeta Samuel. Claro que eso ya sería nigromancia, y los antiguos sostenían que para eso hace falta sangre. Sangre y crueldad. Ericto, la bruja tesalia, le cortó la garganta a un cadáver, le clavó un gancho en el cuerpo y lo arrastró a su cueva, donde, por sus prácticas horrendas, el muerto habló una vez más, por última vez. Pero todas esas atrocidades, reales o supuestas, parecen juegos de jardín de infantes comparadas con la pesadilla de afuera, forjada por la realidad.

Leo la vida de Borges. Vuelvo una y otra vez unas páginas atrás, como si quisiera retrasar aquello de lo que hace tiempo estoy seguro: lo inevitable. Eso que yo llamo búnker no es más que un cobertizo de hormigón en las afueras de una ciudad pequeña de otro tiempo, en el límite entre una realidad irreconocible y una ficción mal formulada.

Las líneas se me mezclan delante de los ojos; me duermo, me sobresalto, me arrastro hasta la cama. Me quedo un rato recostado sobre el lado izquierdo y, cuando el corazón empieza a punzar, me doy vuelta boca arriba y me estiro. El calor me cae encima, me ahoga; una gota de sudor me recorre la frente, haciéndome cosquillas. Fuerzo la mente para pensar en Borges y no en aquello de lo que me separan tres puertas de hierro herméticas. Repaso una por una las fotos en blanco y negro, y mi cerebro se queda pegado en la última: su tumba. Imagino la piedra gris, arriba la inscripción JORGE LUIS BORGES, abajo los años: 1899–1986. Sé que entre esos datos hay un grabado; lo miro, ciego. Al principio me parece que es el rostro de Borges, pero luego la imagen se aclara y reconozco que es una copia de un motivo heráldico en inglés antiguo: muestra siete guerreros, tres de los cuales alzan una espada rota. Debajo hay una cita que creo que está en español y ni intento leer, pero cuando me acerco la puedo deletrear: «… and ne forhtedon na». No sé en qué lengua está, pero siento lo que significa: «… ¡y no temáis!». Rodeo despacio la tumba, observo el barco vikingo del reverso, pero ya no me esfuerzo por descifrar la inscripción. Tengo otra cosa que hacer. Debo escribir.

Releo y, mientras lo hago, espero en secreto que esas líneas me las haya dictado Borges desde la extratemporalidad, porque solo podría conocer esos datos si hubiera terminado de leer el libro. Y entonces ya está muy cerca la…

Vuelvo apurado al cuaderno, hasta esa primera frase que ya escribí una vez. Empiezo a copiarla debajo de las demás:

Se dice que emergió de algún sarcófago ruinoso de un reactor nuclear…

¡Pa-papa pam! ¡Pa-papa pam! Suena el teléfono. ¿Dónde está? Lo dejé junto a la almohada, en la cama. Si suena una vez más, lo apago. Me desconcentró por completo. Así nunca voy a escribir la historia de esas últimas horas. Ahora tengo que empezar de nuevo. ¡Volvamos a la cama!

Me estiro; la manta arrugada me presiona la espalda. Me levanto, la aliso a oscuras. Palpo el teléfono y lo apago. Tal vez esta sea mi última oportunidad. Ahora tengo que hacerlo, cueste lo que cueste. Me acuesto otra vez. Intento concentrarme en una foto de Borges, pero algo me perturba. Como si la cama vibrara debajo de mí, y como si oyera un ruido lejano. Seguro viene de abajo. ¿O de afuera? ¿A quién le importa?

No sé cómo empezar. Todas las técnicas de identificación se basan en ejercicios parecidos. Da lo mismo si pienso en los métodos de los yoguis, los cabalistas, los sufíes o los monjes del Sinaí: todos se apoyan en una frase repetida hasta el infinito y en ejercicios de respiración. Los monjes repetían la “oración de Jesús” –«Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí»– igual que los budistas repiten «Om mani padme hum», o los místicos judíos las letras del nombre secreto de Dios. Lo demás depende de la respiración.

¿Me oyes, Borges? ¡Ten piedad de mí! Borges, ten piedad de mí. ¿Me oyes? ¡Be! ¡O! ¡Ere! ¡Ge! ¡E! ¡Ese…!

Golpean la puerta más interior. No la abro. ¡No puedo abrirla! Tengo que terminar lo que empecé. Solo faltan unas líneas…

 

Biblioteca Galáctica

Desde el hexágono vacío (que no contiene libros, solo un esqueleto humano visible para todos, pero incorpóreo), se encuentra el libro 24 en el estante 8, hexágono 1899, piso 18, sector 344.

Supuestamente hay un facsímil en el hexágono 1986, piso 19, sector 9621: el libro 14 en el estante 6.

(Eso es todo lo que dice. Las otras cuatrocientas tres páginas están en blanco. La interpretación de los símbolos es controvertida).

Iván Bojtor nació en Szombathely, Hungría, en 1954; actualmente vive en Veszprém. Sus primeros artículos se publicaron en la antigua revista Ország-Világ. Fue el fundador del club de SF Kvark de Veszprém, que publicó su propio fanzine llamado PreVega, y después Kvark. Algunos de sus escritos se han incluido en GFK 300GFK 400 y en la antología Durchjáró 20. Sus relatos cortos se han publicado en la revista Castle Ucca Workshop, en el fanzine Black Aether, y sus artículos sobre los misterios de la historia han aparecido en la revista Incredible.

lunes, 24 de noviembre de 2025

IREM, LA DE LOS PILARES

Iván Bojtor

 

Fueron muchos años de tormento los que me empujaron finalmente a escribir todo esto. Quizás así mi conciencia logre, si no calmarse, al menos convencerse de que hice cuanto pude para evitar aquella atrocidad. Porque, incluso después de tanto tiempo, sigo repitiéndome que yo podría haberlos salvado.

Por supuesto, conozco la conclusión oficial de la investigación: “debido a la baja temperatura falló la condición estanca del anillo O del acelerador de combustible sólido derecho, lo que provocó la fuga y la combustión”. Eso –dicen– causó la catástrofe. Y, al fin y al cabo, ¿quién le habría creído a un “paranoico que llama para decir disparates”?

De Irem la de los Pilares, la Ciudad de los Milagros, oí hablar por primera vez en un viejo relato de principios del siglo pasado, obra de H. P. Lovecraft. Dicen que los grandes escritores y poetas perciben hasta la vibración más leve del alma humana; y que los más grandes –Lovecraft entre ellos, sin duda– captan también los fragmentos de sensación y pensamiento que se filtran desde las profundidades oscuras del cosmos hasta nuestro mundo, incluso aquellos que quizá empezaron su viaje antes de que existiera la especie humana. Creo que autores como él, además de intuir y plasmar la cólera, el terror y el pavor que nos llegan del espacio infinito, cumplen otra función: son los ojos y oídos de la Tierra, los pocos capaces de predecir los horrores por venir. Pero no es de eso de lo que quiero hablar, sino de Irem la de los Pilares.

En el cuento de Lovecraft, el beduino Abdul Alhazred encontró accidentalmente la ciudad perdida bajo las arenas perpetuamente agitadas de Hadramaut. La había mandado construir Sedad, último tirano de la tribu de los ‘Ád, como una imitación del paraíso celestial.

Años después volví a encontrar el nombre de la ciudad en textos de cronistas árabes medievales. Según la tradición preislámica, apenas visible detrás del fino velo del islam, aquella ciudad misteriosa fue obra de la tribu de los ‘Ád, desaparecida en circunstancias aterradoras. El folklore dice que los ‘Ád eran gigantes, y por eso atribuyen a ellos todo edificio cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos: fortalezas, palacios, murallas.

Cuando Saddád ibn ‘Ád, primer rey de los áditas, escuchó hablar del paraíso celestial, decidió crear su réplica terrenal. Una vez terminada, llamó a la Ciudad Sin Nombre por el nombre de su abuelo: Irem, nieto de Noé. Saddád partió con su séquito para contemplar la magnificencia de su obra, pero una voz horrible venida del cielo los fulminó a todos.

Según el geógrafo Al–Mas‘udí, en su época encontraron en Hadramaut la tumba de Saddád dentro de una montaña: una cámara funeraria de cien pies de largo por cuarenta de ancho; en el centro, dos lechos de oro. Sobre uno yacía el cadáver de un hombre de tamaño colosal. Una inscripción a su cabecera proclamaba al mundo que allí descansaba Saddád ibn ‘Ád, rey de los áditas.

Tras su muerte espantosa, toda la tribu pereció poco después. El misterioso enviado de Dios, el profeta Húd, les había advertido que destruyeran su horrendo ídolo y abandonaran sus oscuros rituales, pero nadie escuchó su voz. Cuando Dios los castigó con tres años de sequía, enviaron una delegación a La Meca para implorar lluvia. Pero sus emisarios pasaron primero un mes entero entregados al desenfreno, antes de ocuparse de su misión. Al fin pidieron lluvia, y aparecieron tres nubes en el cielo: una blanca, una negra y una roja. Una voz celestial ordenó al jefe de la delegación elegir una. Él escogió la negra, creyendo que traía más agua; pero eligió mal, pues la voz anunció destrucción para el pueblo de ‘Ád. Dios envió la nube sobre el país de los áditas; de ella surgió un viento abrasador que borró del mundo a aquella gente incrédula.

Pero la tradición sostiene que Irem la de los Pilares no fue destruida por el fuego del cielo. Dios la hizo invisible a los mortales, y sólo los escogidos lograron verla, y muy raramente. Según las crónicas, en tiempos del califa Mu‘áwiya, un beduino llamado ‘Abdallah ibn Qilába, mientras buscaba a su camello en el desierto, halló la ciudad desierta. Cuando el califa oyó la historia, envió un ejército entero a buscarla, pero no la encontraron.

El siguiente elegido que supuestamente vio Irem fue Marchie, médico de la expedición a Hadramaut de 1908. Hoy casi nadie sabe de aquella expedición: todos los mapas, notas y fotografías ardieron en un depósito parisino durante un bombardeo en la guerra. Yo sólo tengo el testimonio del nieto del doctor.

Según él, la expedición encontró algo extraordinario, que llamaron la estatua de O-Tarim. Marchie sostenía que aquello no lo había hecho mano humana. De hecho, difícilmente podía llamarse “estatua” según el uso de la época: ¿cómo llamar estatua a algo que cambia de forma y color constantemente, y que además emite sonidos extraños? Aquel ser viscoso, pegajoso, retorciéndose sin cesar, mostrando una apariencia distinta a cada segundo… Marchie creía que era el resto del espantoso ídolo de los áditas, no destruido por el fuego divino sino sobreviviente por algún medio inexplicable.

Siempre según el nieto, no sólo desaparecieron los documentos de la expedición, sino también las notas de su abuelo, sin dejar rastro, de un cajón cerrado con llave. El doctor primero sospechó del servicio secreto británico, pues la expedición francesa había provocado un pequeño escándalo político: a los británicos no les agradaba que una potencia rival investigara un territorio que ellos consideraban propio. Pero cuando encontró, en lugar de su diario guardado en la caja fuerte, sólo un puñado de cenizas, empezó a sospechar de otra cosa. Según cuentan, fue entonces cuando dibujó de memoria el plano de Irem la de los Pilares, el mismo plano que –lo admito– yo robé.

Comparar aquel plano con las imágenes tomadas desde el espacio en 1984 fue lo que me llevó a telefonear a la NASA por primera vez. Intenté advertirles que estaban jugando con algo peligrosísimo, pero se burlaron de mí, me llamaron charlatán y adivino trastornado.

Las imágenes aéreas –o mejor dicho espaciales– que ahora exhiben, y en base a las cuales lanzaron la expedición para encontrar Irem, son falsificaciones. Yo recibí las auténticas en 1984, de manos de un entusiasta amateur que luego fue detenido por espionaje. Dijo haber encontrado por casualidad la frecuencia secreta y grabado las transmisiones del transbordador espacial.

La expedición anunció al mundo que habían encontrado Irem bajo las arenas del Rub al-Jalí, el mayor desierto del planeta. Si no conociera los hechos, quizá yo también lo habría creído, habría pensado que ese asentamiento arrasado por un terremoto era la Ciudad de los Milagros. Pero el plano de esa ciudad no coincide ni con el dibujo de Marchie ni con las imágenes originales del Challenger. Y lo más decisivo: no encontraron la estatua de O-Tarim.

A mí no me vengan con historias de anillos O quemados, sobrecalentamientos o fallos aerodinámicos. La caja negra del transbordador muestra que los instrumentos no señalaron error alguno.

Y aun así siete astronautas murieron el 28 de enero de 1986, cuando explotó el Challenger. Quizá porque en 1984, desde allá arriba, los instrumentos detectaron algo que no debían haber visto.

Alguien sigue guardando el secreto de Irem, la de los Pilares.


Título original en húngaro: Oszlopos Irem

Traducción; Sergio Gaut vel Hartman


Iván Bojtor nació en Szombathely, Hungría, en 1954; actualmente vive en Veszprém. Sus primeros artículos se publicaron en la antigua revista Ország-Világ. Fue el fundador del club de SF Kvark de Veszprém, que publicó su propio fanzine llamado PreVega, y después Kvark. Algunos de sus escritos se han incluido en GFK 300GFK 400 y en la antología Durchjáró 20. Sus relatos cortos se han publicado en la revista Castle Ucca Workshop, en el fanzine Black Aether, y sus artículos sobre los misterios de la historia han aparecido en la revista Incredible.

 

martes, 11 de noviembre de 2025

LA ESPADA

Iván Bojtor

 

Sólo llevaba una armadura de cuero. Era uno de aquellos jefes bárbaros que veneraban a dioses bárbaros.

Había oído ya muchas historias, contradictorias entre sí, acerca de la construcción ciclópea de piedras toscas amontonadas al pie de un acantilado, del tamaño de una colina, a la que acababa de ingresar. Se decían mil cosas sobre ella: que en su interior moraba un dios gigantesco, o un monstruo; que allí se abría el descenso al inframundo; que en su interior se extendía un laberinto del cual jamás salía quien se aventuraba a entrar sin pensar… Y, por último, que al final de sus cámaras entrelazadas, en la última de todas, reposaba una espada maravillosa, capaz de volver invencible en la batalla a quien la poseyera.

El angosto corredor desembocaba en una vasta sala. A la luz de su antorcha distinguió una estatua colosal que llegaba hasta el techo: la figura de una divinidad. Entre las dos piernas de la imagen se abría una puerta, y delante de ella, un altar de piedra lleno de ceniza.

Sin saber qué ofrenda podía granjearle el favor del dios, arrojó sobre el altar un puñado de cebada, unas flores marchitas que había recogido el día anterior y, por si acaso, se pinchó el dedo con la punta del puñal, dejando caer tres gotas de sangre. Encendió el sacrificio con su antorcha, fijó la mirada en la puerta cerrada y esperó.

No vio –no podía verlo– que en un pequeño nicho tallado en la roca, a un lado del corredor por donde había entrado, se alzaba la estatua de un enano grotesco. Tampoco pudo ver cómo, mientras su ofrenda se consumía ante el gran ídolo, la boca del enano se curvaba en una mueca burlona.

Sobre el altar chisporrotearon aún algunos granos de cebada, y entonces la puerta se abrió.
El hedor lo golpeó apenas cruzó el umbral. En el suelo, por todas partes, yacían huesos, jirones de ropa, armas rotas y otras intactas. Avanzó hacia la puerta cerrada que se veía enfrente, pero un sonido irreconocible resonó a su espalda. No pensó, reaccionó: giró sobre sí mismo y blandió su hacha en el aire. Algo –una especie de lagarto escamoso y enorme– se deslizó junto a él y se tendió frente a la puerta. Detrás del monstruo, apoyada contra el muro, se alzaba una espada tan alta como un hombre. Habría jurado que antes no estaba allí.

¿Sería aquella la espada maravillosa de las leyendas, la que había venido a buscar?
Estaba seguro: si vencía al monstruo, el arma sería suya.

Mientras se acercaba, notó que la criatura giraba la cabeza a un lado y otro: comprendió que el brillo de la antorcha hería los ojos de la bestia, acostumbrada a la oscuridad. Con la antorcha en la izquierda y el hacha en la derecha, se abalanzó y descargó el golpe sobre su cráneo. El monstruo se estremeció unas veces y cayó de costado.

Vaciló.

¿Era todo? La victoria le pareció demasiado fácil. Pero no se detuvo a pensarlo.
Extendió la mano hacia la espada… y antes de tocarla, se disolvió en el aire, como una bruma.

Al instante, se abrió otra puerta detrás de él.

La siguiente cámara era más larga que la anterior; al entrar, no alcanzaba a ver su extremo.
Escarmentado por su encuentro con el lagarto, avanzó con más cautela. Llegó sin contratiempos a la puerta siguiente, ante la cual, sentado en un trono de piedra, descansaba un guerrero acorazado. En la hoja de la puerta pendía una espada, aunque no la misma que había visto desaparecer en la sala anterior.

El guerrero se estremeció como quien despierta de un sueño. Se incorporó con estrépito metálico y, empuñando su arma con ambas manos, avanzó hacia él.

Bastaron unos instantes para que el bárbaro comprendiera que, con su armadura ligera, era mucho más veloz.

El caballero descargó golpe tras golpe; él los esquivó todos. Finalmente, se colocó a su espalda y asestó el suyo. El guerrero cayó. Las piezas de la armadura rodaron por el suelo, vacías: no había nadie dentro.

Dudó antes de tocar la espada. Ya no se sorprendió cuando, al extender la mano, el arma se desvaneció ante sus ojos, y tampoco cuando la puerta volvió a abrirse por sí sola.

La cámara siguiente era aún más larga; parecía más bien un pasadizo ancho. A lo lejos titilaba una luz verde, que se fue intensificando mientras avanzaba. Podría haber arrojado su antorcha, ya consumida hasta el mango, pero no se atrevió. ¿Qué lo esperaba?

Lo que lo esperaba era una última puerta, y sobre ella, clavada en cruz, una espada resplandeciente de luz verdosa. De ella emanaba el resplandor que inundaba la sala.
Delante, sobre una alfombra, estaba sentado un niño.

El bárbaro se detuvo. Miró al niño, luego al arma.

¿También debo matar al niño?, pensó.

Durante un rato se miraron en silencio.

Luego el hombre se dio media vuelta y emprendió el camino de regreso.

La sonrisa del enano de piedra se borró, y su cabeza se inclinó levemente, como si hubiera empezado a reflexionar.

Cuando el bárbaro salió de la cámara, una luz cegadora lo envolvió, y cayó al vacío.

Al recobrar el sentido, se encontró tendido en un barranco, al aire libre. El edificio había desaparecido.
Se frotó los ojos, se incorporó, y vio a su lado una espada sobre la hierba.

Parecía una hoja común, sencilla.

La levantó, la probó, la blandió hacia un lado y otro.

Por accidente, pasó demasiado cerca de la roca: pero, en lugar de chocar o sacar chispas, la espada atravesó la piedra como si fuera manteca.

Así lo cuentan.

Quizá ocurrió de verdad, quizá no.

Las tradiciones más antiguas dicen que las armas de los dioses eran forjadas siempre por enanos deformes: Hefesto para Zeus, Ptah –representado a menudo como un pigmeo monstruoso– para Horus, Tvastar para Indra, y Regin, el enano que volvió a forjar la espada rota de Odín, la Gram.

Sí, en aquellos tiempos cada arma extraordinaria tenía su propio nombre.

Las sagas aseguran que también San Olaf, unificador de Noruega y propagador de la fe cristiana, tuvo una espada semejante.

Tal vez sea cierto, tal vez no.

Pero los anales coinciden en algo: Olaf jamás perdió una batalla.


Título original: A kard

Traducción: Sergio Gaut vel Hartman


Iván Bojtor nació en Szombathely, Hungría, en 1954; actualmente vive en Veszprém. Sus primeros artículos se publicaron en la antigua revista Ország-Világ. Fue el fundador del club de SF Kvark de Veszprém, que publicó su propio fanzine llamado PreVega, y después Kvark. Algunos de sus escritos se han incluido en GFK 300GFK 400 y en la antología Durchjáró 20. Sus relatos cortos se han publicado en la revista Castle Ucca Workshop, en el fanzine Black Aether, y sus artículos sobre los misterios de la historia han aparecido en la revista Incredible.

 

 

FATA MORGANA